miércoles, agosto 03, 2016

Ventanal




















No sabe que la veo, pero la veo. Veo que escribe. Ya no estoy con ella ni con nadie, morí hace tres semanas y todavía no me acostumbro a la nueva vida, es decir, a la muerte. Es menos triste de lo que imaginaba, aunque tiene su costado aburrido. De hecho no sé si todas las muertes son iguales. Me refiero, claro, no tanto a las muertes sino a las trascendencias, es decir, a que no sé si del otro lado de la vida todos los muertos estamos igual. Supongo que sí, pero no lo sé con total certeza porque permanecemos incomunicados. En mi experiencia siento que gradualmente me desvanezco y pierdo toda conexión con el otro lado, con la vida. Es como quedarse son WiFi, como no poder abrir una página. Pero luego, también de golpe, la señal renace y aparece una realidad determinada. Así, sin que yo sepa cuánto tiempo pasa, he visto a mi madre en su cama, a mis hermanos en su trabajo, a mis mejores amigos en la cantina, a mi más antigua novia preparando la comida de sus hijos. Es como un premio. Sospeché que sólo tenía derecho a ver los movimientos de las personas que quise. Después noté que eso no era correcto, que más bien me aparecía ante las personas que me quisieron o que todavía me quieren. Poco más adelante conjeturé mejor la situación: me aparezco ante una escena en la que soy invocado con amor, al menos con genuino afecto. Yo estoy tranquilo, en la oscuridad, en la nada eterna, digamos, y de repente, como en una disolvencia cinematográfica, veo que aparece algo, un cacho de realidad sin sonido. En esa escena está alguien que me quiere y me está pensando con una dosis alta de fervor. Así he visto a mi madre en su cama de enferma, pensándome, llorando hacia adentro su nostalgia de mi presencia física. Así he visto a mis hermanos riendo al recordar alguno de mis chistes. Así veo ahora, en este momento, a mi hija recordando que fue conmigo con quien conoció el DF, donde ahora estudia. Es cierto, ella alguna vez me dijo que de vez en cuando visitaba esa calle, la Simón Bolívar, en el centro histórico, y comía en la Parrilla Leonesa junto al ventanal que da a la calle sólo porque allí comimos en su primer viaje a la capital. “Eso me lleva a recordarte”, me dijo. Y sí, ahora está allí, recordándome con el inacabable amor que me tiene. Ha terminado de comer, tiene ya un café a la mano y, al lado, Final del juego, de Cortázar. En el cuadernito Moleskine que le regalé hace cinco años anota algo. Me acerco a ella, atravieso el ventanal levemente salpicado por la lluvia y me inclino ante la mesa. Veo su mano preciosa, veo hacia un lado, en su hombro, todo su pelo, y veo después sus palabras, las leo y dice “No sabe que la veo, pero la veo. Veo que escribe…”.