miércoles, julio 20, 2016

Palmadas











El balón provenía de un rebote. Lo tomé como dos metros afuera de nuestra área grande, justo cuando ellos se habían ido en masa a rematar un córner en aquel partido surrealista. Íbamos igualados a dos y ya estábamos en la compensación. El empate determinaba tiempos extras y sin duda nos aventajaban en condición física. Mis compañeros ya estaban derretidos por el cansancio. Ellos habían dejado al zaguero y al guardameta en el fondo, y me salió de inmediato un enemigo al que eludí con un autopase largo, ya con mi última reserva de energía. De reojo vi que su lateral, un enano velocísimo, comenzó la carrera para alcanzarme desde el otro lado de la cancha. Avancé diez metros y con una mirada inmediata hacia atrás noté que nadie, ninguno de los míos, me acompañaba. La jugada se abría pues para mí solo, sin remedio. El defensa corrió unos cinco metros hacia atrás y abrió los brazos para cuidar el quiebre por alguno de sus flancos. Indeciso llegué casi hasta él y sólo por intuición le piqué corto el balón hacia la izquierda. Cometió entonces un error de central primerizo: me dio la espalda para alcanzarme por el lado hacia donde empujé el balón. Como mi trazo fue cortito viré hacia la derecha. El defensor, perdido ya, iba corriendo en mi dirección, de espaldas al balón y sin saber por qué punto me escurriría. Al verme de reojo le tiré de nuevo el balón hacia su lado ciego y ahí quedó, el pobre, hecho nudo con su propio cuerpo. Creí que el portero sería más fácil cuando lo vi venir encarrerado a cerrar el ángulo. Para tomarlo a contramarcha adelanté como siete metros el balón por su derecha. Pensé que yo iba pasar limpio, pero como estábamos afuera su área grande todavía alcanzó a echarme el cuerpo encima para tratar de derribarme. Trastabillé, temí que el árbitro pitara tiro libre y expulsión, pero supongo que le pareció clara la ley de la ventaja. Toqué el césped con las dos manos, sin caer. Al recuperar mi vertical vi que el balón se adelantó hacia la línea de meta. Sentí que podía alcanzarlo, pegué el último sprint y llegué a tiempo para patear al arco en diagonal. No sé de dónde, sin embargo, salió el enano lateral para obstruir el primer palo. Por intuición, sólo por intuición, porque el futbol es así, corté hacia dentro y el enano se estrelló en el poste. Entonces quedé solo a medio metro del arco. Detuve el balón, miré hacia atrás, esperé uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos eternos mientras nuestra gente ya gritaba gol. Por fin la empujé con un toquecito. Para celebrar corrí hacia la esquina, miré a la tribuna y en la espalda sentí las palmadas del primero que llegó a felicitarme. Las palmadas fueron poco a poco más insistentes. Miré hacia atrás y allí estaba mi padre, despertándome.