miércoles, julio 13, 2016

Film













Se llamaba Nelson Rovirosa, era de acá, de La Laguna, y tenía como quince años obsesionado con la grotesca idea de triunfar en el mundo del cine. Para lograrlo emigró al DF, se mezcló en el ambiente fílmico y logró aprender un poco de todo. Había empezado como cargador de cables en una producción y su máximo logro fue asistir en la dirección de una película. Nada, pues, para alegrarse demasiado, y él lo sabía. Cuando me convidó a ver su primer y único film lo sentí enfebrecido, ya medio loco con la idea de tener éxito. Noté que hacía cine con un solo propósito: ser famoso, pasar a la historia de esta actividad como un genio a lo Buñuel, a lo Kurosawa, a lo Fellini o más que eso, pues con un solo rodaje, el primero en su haber, pensaba pegar el mayor campanazo que alguien hubiera dado con su primera cinta. Me citó en su departamentito hippie del centro, me hizo ver una lentísima película como de hora y media en la que sólo había cinco momentos de cierta vertiginosidad. Todo ocurría en una cabaña desolada, y casi no había escenas de día. Una especie de ermitaño —papel que encarnaba Prometeo Rovirosa, hermano de Nelson y deplorable actor— recibía sin motivo aparente la visita de forasteros. No había muchos diálogos, todo se reducía a balbuceos quizá para evitar que se notara demasiado la nula capacidad histriónica de Prometeo. Los visitantes parecían lúmpenes, ancianos miserables o drogadictos ya irredentos, todos perfectamente caracterizados, eso sí. Sin aviso previo, los pobres diablos llegaban a la cabaña perdida en el desierto y allí comenzaban a convivir con el ermitaño, a acompañarlo a sus monótonas faenas. Luego, cada visitante era golpeado por sorpresa ora con un palo, ora con un azadón, ora con una piedra. Al terminar la cinta, Nelson me pidió opinión: “¿Qué opinas? Tú que eres publicista, ¿crees que tendría éxito si se le arma una buena campaña?” Fui sincero: “No, Nelson, creo que esta película no tiene el ritmo que gusta hoy. Lo único que quizá la salva es el realismo de los personajes que llegan a la cabaña y las escenas de violencia”. Nelson sonrió. Había en su gesto una especie de sentimiento triunfal, se reacomodó en el sofá, entrelazó los dedos y comenzó a explicarme el asunto con serenidad. “Ahí está el detalle, como dijo Cantinflas, querido amigo. El realismo que viste no es realismo, es rea-li-dad. Rodé esta película sólo con mi hermano, quien hace el papel del ermitaño. Los visitantes son pordioseros o viciosos sin familia a los que llevamos engañados porque todos iban a morir de veras, y así fue: grabé cinco asesinatos. Es una ópera prima genial, ¿no? Ahora lo que necesito es saber cómo hacer la publicidad, cómo presentar mi film ante el mundo, y para eso te invité, campeón”.