sábado, julio 30, 2016

Bajo la tormenta













Publiqué esto en el Facebook, pero quiero conservarlo también en este espacio:

Tras el diluvio de anoche todos o casi todos en La Laguna podemos contar algo. Recomiendo, por ejemplo, los comentarios que han escrito Marcela Pámanes y Eduardo Sanromán, ambos periodistas de la región. Yo también tengo una historia. Duró como cinco horas. Como a las siete y pelos me preparaba para pasar por mis hijas con el fin de pasear. Por Whatsapp les comuniqué que esperaran, pues una gorda nube negra se veía en camino, aterradora. Por un momento pensé (seguramente pensamos muchos) que llovería como suele llover en La Laguna: un salivazo de quince o veinte minutos. Poco después se nos vino encima el apocalipsis now e, inevitablemente, escribí a mis hijas que se suspendía el paseo. Vivo en un espacio acogedor, con departamentitos antiguos, y a veces, cuando he estado de viaje y llueve fuerte, mis vecinos han desahogado el agua que se acumula en mi patio. Ahora me tocó a mí: varios de mis vecinos estaban de viaje, así que ante la lluvia brutal de inmediato me calcé unos huaraches, un short y una gorra de pelotero, tomé la escoba y a madres comencé a despejar el pasillo que hace alberca y puede inundar las habitaciones. Una hora o más de diluvio me obligó a no parar, a barrer como poseído por el demonio. A medio jale llamé a mis hijas para preguntar cómo estaban. Me comunicaron que bien, pero también que había humedad en ciertas zonas interiores de su casa. Sospeché. Al final, luego del desastre, escampó, esperé treinta minutos ahora secando un charquito que se coló a mi depa, y entonces tomé el coche para revisar los estragos en casa de mis hijas. La distancia es corta, pero al conducir por la Colón llegué a la altura de la Bravo y había una laguna pavorosa, como de medio metro de alto. Traté de pasarla, pero como mi coche es bajo de inmediato dio muestras de que estaba valiendo madre, así que muy apenas pude recular y a punta de tirones regresé. Era imprudente no ir a casa de mis hijas, así que decidí hacerlo a pie. Me puse ahora los tenis y desempaqué una sudadera, pues seguía cayendo una especie de garúa helada. Caminé entonces por la ciudad, eran como las once de la noche y anduve encima de los estropicios. Pasé caminando bíblicamente por las aguas, sin importarme nada, y vi bares que esperaban un viernes de reventón y no tenían ni moscas. Al atravesar el bulevar Independencia, un océano, esperé mi rojo y de todos modos un imbécil fresa con Jetta del año casi me atropella. Le grité "¡cuidado, hijo de puta, está en rojo!", y seguí mi camino a agua (no a campo) traviesa. Al llegar a casa de mis hijas subí a la azotea, en efecto destapé canales de desagüe que por la obstrucción de hojas formaba albercas aéreas. Una hora después estaba todo despejado y regresé por la misma ruta acuática a mi depa. Vi incluso soldados en camionetas con la leyenda "Plan DN II". Era ya la medianoche, tenía sed y hambre, y no había nada en la calle para comer. En el Oxxo compré algo de chatarra y ya en mi refugio sin luz, alumbrado con una vela, me di un baño con énfasis en el aseo de las patas. Yo sabía a esa hora que la ciudad estaba muy golpeada, y que eso será inevitable cada vez que llueva así. A estas alturas de nuestra historia es imposible una inversión para mejorar el drenaje pluvial. Sería mucho dinero, demasiada tentación para los expertos en tirar rollo, sólo rollo.