miércoles, junio 08, 2016

Espinas




















“Asegúrate de decir de quién eres hijo; no se te vaya a pasar”, dijo mi padre cuando fui a saludarlo antes de mi viaje a Monclova. Cada tanto, una o dos veces por semana, cuando el trabajo me lo permitía, iba de visita a su casa. Mi hermana lo atendía, era ya un hombre de poco más de ochenta años, pero se mantenía bien de salud y se creía de sesenta, a veces hasta de menos. Esas visitas solían coincidir con algún encuentro deportivo importante transmitido por televisión. A él le fascinaban, sobre todo, el beisbol y el box, aunque no despreciaba el fut, de manera que siempre nos echábamos esos programas y las acciones servían como pábulo de nuestra plática. Aquella vez no hubo programa deportivo. Caí de golpe sólo con el fin de anunciarle que de Monclova recibí la invitación para presentar mi tercer libro, la investigación que me sirvió para obtener el doctorado. Mi padre era monclovense, pero a los 25 años pasó a radicar definitivamente en La Laguna. Yo sabía, sin embargo, que él no renegaba de su origen y se sentía orgulloso de haber nacido donde nació: “La tierra del acero”, solía decir, orondo. Por eso creí importante comunicarle mi salida, la presentación del estudio en su lugar de origen. El libro sería comentado por el secretario de economía del gobierno estatal y un investigador de la universidad pública. Todo eso provocó un sentimiento de realización en mi padre, lo que yo quería, pero no imaginé la consecuencia. “Te pediré algo”, dijo; “prométeme que lo cumplirás”, remachó. Acepté sin saber lo que solicitaría, pues obviamente calculé que se trataba de algún capricho de viejito. No me equivoqué. Mi padre comenzó a describir un periodo de su juventud: “Hace más de sesenta años —narró— intenté tres noviazgos que por mala suerte no funcionaron. Fueron tres oportunidades que se me escaparon porque por entonces yo no tenía nada, ni experiencia ni dinero, así que me quedé con esas espinas clavadas en el corazón” (usó esa metáfora de trío Los Panchos). El paso de los años —de las décadas en este caso—, el nacimiento de sus cuatro hijos, su éxito económico como pequeño comerciante y el largo matrimonio con mi madre ya muerta no habían apagado aquellos remotos despechos. “Todas eran cuatro o cinco años más jóvenes que yo. Tal vez vivan todavía. Te ruego que en Monclova no olvides mencionar delante de la prensa quién es tu padre”. Pensé —y me dio una leve risa íntima— en esa venganza motivada por tan rancia frustración: mi padre deseaba desquitarse presumiéndome, dejar claro quién era el jefe del joven investigador que publicaba libros. “Vanidoso”, pensé. Luego, como si me hubiera leído la mente, precisó: “Mi deseo es que conozcan al hijo que se perdieron”.