sábado, mayo 21, 2016

Dirección














Tenía la cara medio chueca, las cejas muy pegadas y la mandíbula tan salida como la de ciertos pescados tendidos en el súper sobre hielo sucio, así que con ese sujeto no me esperaba nada bueno. Nos citamos en un Oxxo para negociar la venta del coche, y hasta que estuve allí me di cuenta de que había sido una pésima decisión. Todo comenzó con el anuncio clasificado. Anoté el teléfono y llamé. El tipo me preguntó que por dónde vivía y cometí el error de decirle que en el rumbo de Fontaine Residencial. Ah, bueno, dijo, si quiere nos vemos hoy a las cinco en el Oxxo que está sobre la calle tal y tal. Accedí. Unas horas después nos encontramos en las bancas de esa tienda bien refrigerada, él con una Coca de vidrio y yo con un bote de té. El tipo se mantenía inmóvil, sentado como ídolo prehispánico, con los dedos cruzados sobre la mesita, casi como si orara frente a su botella de medio litro. En su cara ladeada sólo se movían los ojos a veces para parpadear y a veces para mirar hacia el ventanal, misteriosamente. Le agradecí de entrada, y sólo por decir algo, que hubiera venido hasta acá, pero nomás afirmó imperceptiblemente y sin modificar la jeta de acritud. Cuesta sesenta mil fierros, pero podemos negociar, soltó sin más. Me gustaría verlo, le respondí. Preparado para el caso, desenfundó del bolsillo de la camisa tres fotos asquerosas, manoseadas. Las tomé como quien toma un murciélago y las vi: allí estaba, desde tres ángulos distintos, el Jetta color plata que anunció en el diario. Pero necesito verlo “en persona”, añadí para hacerme el gracioso, y el tipo siguió igual, serio y con la cara como de mono de Picasso, de frente y de perfil al mismo tiempo. En ese momento recordé a mi amigo Manuel, quien sabe de coches y me sugirió una ayuda que de inmediato decliné. Gracias, Manuel, le dije a Manuel, pero no tiene chiste comprar un carro. Ahora yo veía que sí, que tenía chiste. Deme su dirección y se lo llevo para que le eche un ojo, dijo el tipo. Bueno, es calle tal número tal colonia tal, respondí y otra vez noté tarde el error. Bueno, se lo llevaré mañana para que lo vea, dijo, y agregó sin un solo titubeo que el carrito no tenía papeles. ¿Cómo, no tiene papeles?, pregunté azorado. No, no tiene, los perdí, por eso se lo ofrezco tan barato, en realidad cuesta como 150 mil. Por supuesto, y como mal negociante, reculé demasiado tarde: sin papeles no me interesa, muchas gracias, dije con ánimo de salir corriendo. Mire, amigo, vea el mueble, le gustará —dijo con voz serena y cascada, luego dio un traguito a su bebida y continuó—: mañana lo busco en su casa, ya tengo la dirección.