miércoles, abril 06, 2016

Rubia














Está bien embrutecer por las mujeres, pero hay límites. Cuando me informaron que viajaría a Venezuela con Rolando no pensé que él era inexperto en la materia. No soy lo que se dice un hombre de mundo, un viajero de clase Premier, pero como sea dos o tres veces al año me trepo al avión para desahogar algún asunto de la empresa. Cuando eso sucede me gusta más, cómo no, viajar solo, pero esta vez fuimos los dos juntos a recibir la capacitación y la cosa ha salido muy jodida, terrible hasta el momento. Rolando está declarando y yo con él, claro. Llamé a México para solicitar asesoría y en la empresa lo primero que me comunicaron fue una mentada de madre. “¡Cómo se le ocurrió hacer eso, por qué no lo cuidaste!”, dijo mi jefe inmediato como si yo tuviera la culpa de lo que hizo el animal de Rolando. La situación comenzó a descomponerse desde que hacíamos fila para documentar. Detrás de nosotros venía una rubia criminal, como de tres metros de estatura y unas curvas que infundían miedo. Era imposible no verla, era imposible resistir a la tentación de clavarle los ojos y desearla de inmediato. Por supuesto, estaba operada de la nariz, las tetas y quién sabe qué más, así que Rolando y yo de inmediato comenzamos a cuchichear. Le atribuimos, por supuesto, una chamba ad hoc: teibolera, escort, actriz tres equis, algo así, prejuiciados por la apariencia. Ya en la sala de abordar no la perdimos de vista. Ella, como pantera rubia con los ojos ocultos en unos enormes lentes oscuros, cruzaba su sinuoso piernón mientras picoteaba el celular. Cuando llamaron para pasar al avión adrede tratamos de formarnos detrás de ella, como perros. La tipa no hablaba, sabía que apabullaba a los demás, y al pobre diablo de la línea le extendió con cierto desdén el pase de abordar y la identificación. Vino luego lo maravilloso: le tocó de compañera a Rolando. Lo envidié, es obvio, pero no pasó mucho tiempo para que me venciera el sueño. De lejos, eso sí, entre varias cabezas de pasajeros pude notar que la güerota conversaba con mi amigo, el hombre más feliz de ese vuelo. Sentí más envidia. Así pasaron las horas en el aire y al salir del avión vi que, sobrado, medio fanfarrón, Rolando cargaba un maletín negro, de piel fina y gordito. “Es de Natacha. Me pidió que le ayude a cargarlo mientras ella va al baño. Se lo daré en la banda”. Pero a la banda no llegamos. Dos hombres nos tomaron de los antebrazos y ahora Rolando les está explicando que a esa rubia no la conocemos, que la busquen y le pregunten, por favor.