sábado, abril 16, 2016

Emprendedor
















“Tenemos que platicar, luego vuelvo a llamarte, no me busques”, dijo Mireya y tronchó la llamada. Yo sabía que el desastre estaba cerca, pues varios días antes ella había amenazado con mandarme al diablo. Eso me dolía, me dolía mucho, pues de verdad le tengo ley, como decían en otras épocas. Pero ella me iba a echar, era cuestión de tiempo, así que esperé. Mientras eso ocurría, seguí en lo mío, con la chamba de siempre en el despacho y muy atento al celular, por si aparecía Mireya. Pasaron dos días y nada, el que apareció fue Olmedo. “Tenemos que platicar, tengo un negocio que a huevo debe interesarte”, me informó. Olmedo era un amigo no sé si cercano o lejano, y me caía bien, pese a todo. Se había especializado en fracasar, lo suyo era imaginar un porvenir venturoso pero sólo imaginarlo, ya que nada le cuajaba. Tenía plática, era inteligente, pero algo había en él que no sintonizaba con el mundo, algo que lo alejaba de cualquier estabilidad. Me compartía sus andanzas, sus “negocios”, y el hecho de que me pidiera dinero prestado, sin devolverlo jamás, era indicio claro de que lo suyo estaba más bien vinculado a las bancarrotas. A veces le iba más o menos, pero sucedía que en poco tiempo regresaba a la precariedad y a la solicitud de pequeños empréstitos de mera supervivencia. Quedamos de vernos esa misma noche en un ruidoso bar para jóvenes. Cuando llegué, allí estaba ya, inmóvil, esperándome. Presentí lo peor. Luego de los saludos y el comentario obligado sobre el clima, me compartió su asunto: “Gané un dinerito y quiero invertirlo en un restaurant-bar. Mi idea es simple: cubrir una parte del mercado que no han atendido estos locales. Poco a poco me di cuenta de que todos los negocios de este tipo propenden a estimular la felicidad. Yo quiero lo contrario: llegar al segmento del mercado de los tristes, de los infelices, de los desdichados que no se curan ni con alegría. Ahora hay oferta para todo. ¿No has visto a esos vejetes aniñados que gustan de las cuatrimotos? ¿Sabes que hay revistas especializadas en tatuajes? Quiero hacer negocio con quienes poseen el don de la tristeza, un bar con luces ocres, con pura música depresiva y buen trago, ideal para que los apaleados ahoguen sus desgracias en alcohol. Detrás de la desdicha hay mucho dinero y el único riesgo que corremos es que algún cliente se suicide en el baño, pero viéndolo bien eso sería un hitazo publicitario. Sólo requiero un socio que apoquine treinta mil varitos. Ya tengo ubicado el local. ¿Cómo ves, te animas?”. Le respondí que me dejara pensarlo. La verdad, sentí que era una estupidez, pero quién sabe. En el fondo la decisión de apoyar a Olmedo estaba en Mireya, si me mandaba a la chingada o no.