miércoles, marzo 30, 2016

Recorte
















Doroteo, mi mecánico, no tenía por qué saber que soy escritor, así que jamás se lo había dicho, pero hace unos días se enteró solo y me lo compartió con una pregunta disparada a quemarropa: “¿Usted es escritor, verdad?” “Sí —le respondí—, ¿cómo lo supo?” Me explicó que hace poco colocaba unos periódicos debajo de un motor en reparación y en una página vio mi foto y el encabezado: “Escritor de Torreón gana premio de poesía”. Tras leer, supo de mi trayectoria. “Es usted muy importante, profe”, afirmó con sencillez y, creo, sinceridad. Padecí la pequeña incomodidad de dar alguna explicación en tierra baldía, pues realmente no me sentía nada, ni importante ni nada; aquel buen hombre, sin embargo, me pidió un favor: “Espere, déjeme le traigo el recorte, aquí lo tengo”. Fue al cuartito aceitoso donde guardaba la herramienta y al rato volvió con una hoja suelta de periódico en la mano (la tomaba de una esquina para no mancharla con sus dedotes grasosos): allí estaba mi foto en pose mamona de brazos cruzados y la nota, en efecto. Era de un diario de la capital que no supe cómo había llegado a parar en el taller, y me compartió el papel. A lectura veloz leí la nota; estaba asombrosamente bien redactada y daba cuenta del título del libro ganador, de los jurados, de la importancia del premio, del monto económico que pronto me iban a entregar (cien maracas) y de otras generalidades más o menos estandarizadas de la información literaria, como una breve ficha biográfica y la cita textual de un comentario inevitablemente difuso expelido por un jurado sólo para salir del paso: “… su poesía combina con destreza elementos de la cultura popular y un experimentalismo que se materializa con cierto desenfado en versos de suyo…”. Pensé que el mecánico iba a regalarme el recorte, pero no dijo nada, casi me lo arrebató, lo miró de nuevo como con vaga satisfacción y tras un breve silencio volvimos a un asunto más terrenal: mi Volkswagen. Doroteo me dio una explicación técnica e inentendible sobre los problemas en el motor y cerró la cotización con la suma de dinero más alta que me había dado desde que yo era su cliente. Tuve que decirle que sí sin regatear, pues de mecánica sé lo que mi mecánico de supervivencia en la poesía. Allí entendí literalmente lo que significa el precio de la fama.