miércoles, febrero 17, 2016

Guerra













Había pasado el peor fin de semana en la vida de Meléndez y ya era lunes, al fin. Llegaba a las nueve para ver los pendientes y tener todo listo antes de que apareciera su patrón, don Bernabé, siempre a las diez en punto, sin falla. Esa era la rutina de todos los días, cronometrada. Faltaban quince minutos para las diez, así que a Meléndez le queda un cuarto de hora para saber de qué tamaño sería el latigazo. Veinte años en la empresa lo hacían conocer perfectamente todos los gestos del patrón, cada una de sus características como jefe. Sabía, por ejemplo, de sus estallidos de cólera motivados por minucias, de su sonrisa ladeada cuando algo le provocaba mucha gracia, de su ceja izquierda levantada cuando estaba a punto de fulminar con palabras, de su mirada fija —como perdida— cuando se reconcentraba en una idea perversa. Don Bernabé era dueño de un emporio dedicado a la construcción de obra civil. Tenía intereses en muchos otros negocios, pero el que más le interesaba custodiar era el de la política. Sabía que por allí pasaba gran parte de su éxito, así que siempre procuraba tener sana la comunicación con los hombres que decidían hacia dónde iba a parar la inversión pública. Para eso le servía Meléndez: él era el interlocutor, el hombre de confianza que llevaba los regalos y con frecuencia cerraba tratos previamente apalabrados. El jefe era implacable con todos y al parecer sólo tenía miedo a un ser humano: su esposa. Difusos rumores hablaban de pleitos entre ellos, de secretos y nunca comprobados distanciamientos. Don Bernabé jamás abordaba el tema. Con todos —y esto incluía a Meléndez— sólo trataba asuntos de trabajo, como cuando le encargó conseguir el espectáculo para el aniversario de la empresa. A Meléndez se le ocurrió contratar un cómico. Esa tarde, don Bernabé llevó a su esposa, una señora fría, de gesto inflexible. El cómico fue el deleite de todos los trabajadores, pero Meléndez no despegó la vista de la pareja principal. Los monólogos del cómico trataban temas conyugales en los que se ridiculizaba por igual al hombre y la mujer, y todos reían, menos la señora del patrón. Aquello terminó y don Bernabé salió disparado y sin tomar a su mujer de la mano. Por eso fue el fin de semana más angustioso en la vida de Meléndez. Pero ya era lunes y esperaba la llegada del patrón. Lo vio bajar del Mercedes, vio detrás al escolta, vio que se aproximaba a la oficina. Traía la sonrisa ladeada y la primera frase que soltó fue epifánica: “Gracias, Meléndez. El cómico fue la cereza del pastel. Lo discutimos y por fin ella se larga”.