miércoles, febrero 24, 2016

Cacharro














Llamaron tres días después. Un burócrata no identificado preguntaba si yo era dueño del Nissan 97 color mamey. Añadió la matrícula y el lugar en el que fue encontrado. Confirmé que el vehículo era, o es, ya no sé, mío. El burócrata preguntó si me lo habían robado, pues durante un par de días estuvo estacionado con la llave puesta en el acotamiento de la carretera a Matamoros, cerca del ejido San Miguel. Era raro, pero la pregunta fue tan amable que me dio confianza para contarle la historia. Había comprado ese cacharro hacía diez años. Ya tenía en ese momento una década de uso, pero funcionó bien durante un tiempo. ¿Cuántos? Seis, tal vez siete. Luego comenzó a cascabelear, a descomponerse una semana sí y otra igualmente. De un año a otro se convirtió en huésped distinguido de talleres mecánicos barriales, todos hacinados y grasosos. Un día comenzó con problemas en la transmisión; tardó casi un mes en salir, y luego de tres días en marcha volvió a fallar del mismo punto. Pasó dos semanas más en terapia. Cuando al fin estuvo listo, caminó con cierta normalidad durante quince días. Luego le apareció otra dolencia: se sobrecalentaba. Una Fanta de dos litros con agua se hizo indispensable para que el coche funcionara con el mínimo decoro, de manera que el agua pasó a ser un insumo acaso más importante que la gasolina. Había que echársela al radiador antes de cada desplazamiento, pues de lo contrario la aguja de la temperatura acababa marcando hasta la zona roja, casi en el incendio del motor. No recuerdo cuánto anduve así, resignado a ese coche sediento. Un día, sin embargo, fue arreglado el desperfecto hasta que milagrosamente la temible aguja del termostato ya no alcanzó las cotas infernales. Anduvo bien durante algunas semanas, pues luego incurrió en la descompostura de los frenos. Un día casi se va de largo al infinito (el infinito de la muerte y más allá). Y así, después de cualquier arreglo le surgían nuevos achaques o renacían los ya conocidos. Entonces me acostumbré a conducir con el oído, es decir, a ir tras el volante pero muy atento a la respiración y los estertores del motor (era imposible, por ello, escuchar la radio). Eso duró dos años, dos largos años hasta que llegó la hora. Iba en una pista de tráfico pesado y el carro se echó literalmente en la cima de una joroba; sólo le quedó, también milagrosamente, el vuelo de la bajadita. Allí tomé la decisión: mientras zumbaban, amenazantes, los tráileres a mi lado, dejé las llaves puestas y bajé ya sin temor, sin esperanza, más bien con una tenue y deliciosa sensación de libertad.