sábado, febrero 27, 2016

Invasión














A los 56 años le ocurrió algo inesperado: el amor. Él, Pedro Ponce, creía que ya había pasado por esa calle, pues en dos matrimonios hizo tres hijos y siempre creyó que había querido a fondo, plenamente. No contaba las mujeres anteriores ni ulteriores a los matrimonios; tampoco las simultáneas, que tuvo si no a montones, sí aquí y allá, como cualquiera. Por eso cuando comenzó los tratos con María no supuso lo que ahora era una terquedad. La conoció en el negocio de fotocopias donde ella trabajaba. Al establecer un nuevo despacho buscó en la cercanía un punto para hacer las reproducciones de escrituras y contratos, y al hallarlo justamente a la vuelta de su cuadra encontró a esa mujer de cuarenta o poco menos, humildemente vestida y algo silenciosa, casi descortés con la clientela. Al principio, como sucede siempre con ciertas bellezas no muy expuestas, la pasó por alto. Fue en la segunda o tercera visita cuando reparó en sus ojos, en su boca, en sus manos blancas y alargadas. Pensó que no pasaba nada, pero en la madrugada ella se le apareció en el pensamiento. Recordó los ojos, la boca, las manos blancas e imaginó su pelo, largo, negro y un poco ensortijado, fijo con una peineta de plástico. Al amanecer, apenas recordó que había pensado en María, pero no le dio importancia. Dos noches más ocurrió lo mismo: la pensó, intrigado, inquieto ya de ver a esa mujer en las brumas del sueño. Buscó entonces un documento y fue a fotocopiarlo sin necesidad, sólo para comprobar que María no valía tantas evocaciones. Ella lo atendió y él obtuvo una mala noticia: sí valía la pena. La miró bien y logró conjeturar un cuerpo hermoso debajo de esa ropa horrenda por modesta y anticuada. María lo atendía como autómata, sin modificar su gesto. Entonces las madrugadas de Pedro comenzaron a pesar, a ser invadidas por aquella terca aparición. Sintió algo desconocido, una obsesión que, supuso, era algo parecido al amor. Así, irremediablemente, la abordó. Esperó su salida del trabajo y la persiguió de cerca. En otras cacerías, al asediar a otras mujeres, se había sentido tenso, pero en esta ocasión fue peor. Sentía que iba a fracasar, algo le indicaba que al menos iba a ser difícil. La alcanzó, le ofreció un café y ella se negó. El deseo persistió, y en el segundo intento lo logró. Luego repitieron tres cafés más, casi tensos. En una oportunidad se le ocurrió cerrarle el paso e intentó un beso que fue respondido torpemente, sin malicia, y el resultado fe terrible: a los 56 ha perdido el apetito, no se concentraba en nada y sólo pensaba en una triste realidad: en la invasión de María.

viernes, febrero 26, 2016

Apuntes para una biografía: puzzle del fantasma




















Además de papeles, fotos y otros documentos concretos o ahora digitales, lo que dejamos al partir —nuestra biografía— es una serie de imágenes que acaso logra perdurar en los otros, en quienes nos trataron para bien o para mal. Ese recuerdo, pesado y borroso a un tiempo, es precisamente el que sobrevive en quienes trabaron contacto con Edward Echenique, afantasmado “protagonista” de Apuntes para una biografía (Simurg, Buenos Aires, 2009, 186 pp.), novela de Alberto Ramponelli (Morón, Argentina, 1950-2016). Entrecomillé la palabra protagonista porque Echenique sólo aparece de carne y hueso en el primer capítulo, de manera que se trata de un personaje principal muy peculiar: habita todo el libro, pero en casi todas las páginas lo hace como sombra, la sombra que sobrevive en la memoria de quienes interactuaron con este “fantasma de fantasmas”.
Coordinador de talleres literarios desde 1985 hasta su fallecimiento, Ramponelli dirigió la revista literaria Otras Puertas (1993-1997), y entre otros libros publicó Desde el lado de allá (relatos, 1990), El último fuego (novela, 2001), Viene con la noche (novela, 2005), Una costumbre de Oceanía (relatos, 2006) y Crónicas del mal (relatos, 2014).
Apuntes para una biografía (premio Fondo Nacional de las Artes 2008 cuyo jurado —de lujo— estuvo integrado por Ana María Shua, Guillermo Martínez y Juan Martini) despliega con total solvencia los saberes no sólo literarios de Ramponelli, quien trabaja aquí con un discurso en el que lo político ocupa un lugar central. Pese a su brevedad y su aparente sencillez, es una novela compleja, una especie de puzzle en el que cada pieza añade un rasgo al nebuloso protagonista. Poco a poco, a medida que el relato avanza, va apareciendo la calaña total de Echenique, el programa de vida que se trazó y la manera en la que marcó a quienes trabaron diálogo con él.
Hijo de un diplomático argentino delegado en los Estados Unidos, Echenique radica también allá y se involucra en movimientos político-esotéricos que lo llevan a la cárcel. Gracias a la influencia de su padre logra salir de prisión, pero es deportado. La novela comienza aquí —estamos en los albores de la década de los setenta—, sobre el avión que lo lleva de regreso a la Argentina (por eso este primer capítulo tiene como título “La vuelta”). Durante ese largo vuelo cuenta con tiempo suficiente para pensar en su futuro: entonces desarrolla en su mente una idea que denomina, no sin egolatría, “la estrategia Echenique”. Al pisar el territorio de su patria, el protagonista pone manos a la obra.
A partir del capítulo II, y hasta el VIII, Ramponelli comienza la apuesta narrativa de Apuntes para una biografía: desvanecer, disolver, diluir la vida de Echenique en la de los personajes que estuvieron cerca de él mientras ponía en funcionamiento su “estrategia”. Así, capítulo tras capítulo vemos a Echenique, es cierto, pero en función de lo que acontece a los demás. En el presente del relato el protagonista acaba de morir. Quienes lo trataron —no todos— se enteran de su muerte por una minúscula nota perdida en algún diario, lo que apalanca y pone en movimiento el recuerdo. Por ejemplo, el ex militar del capítulo IV que toma un descanso en su nuevo trabajo de taxista y mientras hojea el periódico se topa con el apellido. Esa chispa proustiana sirve para llevarlo no tan nostálgicamente al sur de la Argentina, lugar donde tuvo que custodiar a un preso especial y misterioso, Echenique, recluido por un motivo igualmente misterioso. Más adelante, claro, sabremos la razón: Echenique fue chupado por una escuadra de milicos de alto rango que deseaba usarlo como instructor en materias esotéricas cuyo fin era establecer el Cuarto Reich en la Argentina. El secuestro de Echenique puso fin a su “estrategia” —una extraña ensalada de reconversión de la sociedad que tiene como objetivo “terminar con la dicotomía entre ciencia y espíritu”—  y provocó la desbandada de sus adictos, quienes por miedo se refugiaron donde pudieron, algunos incluso en Europa.
Así procede la novela: cada capítulo/biografía —la del ex militar, la de la novia, la del discípulo favorito…— va haciendo visible la excéntrica catadura de Echenique, personaje que adquiere entidad en el fragmento, sujeto armado en la imaginación del lector con base en la pedacería que lo alude gradualmente.
El capítulo XI, “Apuntes para una biografía”, constituye un mapa o resumen. El discípulo “favorito” de Echenique se entera por el diario de que el “gurú” ha muerto y desempolva los papeles que guardan sus lecciones. Mientras traza el borrador de un proyecto biográfico asistimos, como lectores, a un recorrido en sentido inverso: la pauta en embrión del capítulo nueve ya tuvo su realización en los capítulos precedentes. En otras palabras, ya habremos leído la "biografía" de Echenique cuando llegamos a su esbozo en el capítulo IX.
Esta novela de Alberto Ramponelli, narrada con prosa que jamás trastabilla —pues no es el “resultado azaroso de un incipiente narrador”, sino el “producto de un paciente orfebre-narrador”, como escribió Carlos Gazzera sobre El último fuego, otra novela de Ramponelli— recorre una época convulsa para la Argentina y constituye un ejemplo de pericia literaria en la que con fragmentos se articula una espléndida totalidad: el ambiente convulso, espeso de ideas contradictorias que atravesó los setenta argentinos.

miércoles, febrero 24, 2016

Cacharro














Llamaron tres días después. Un burócrata no identificado preguntaba si yo era dueño del Nissan 97 color mamey. Añadió la matrícula y el lugar en el que fue encontrado. Confirmé que el vehículo era, o es, ya no sé, mío. El burócrata preguntó si me lo habían robado, pues durante un par de días estuvo estacionado con la llave puesta en el acotamiento de la carretera a Matamoros, cerca del ejido San Miguel. Era raro, pero la pregunta fue tan amable que me dio confianza para contarle la historia. Había comprado ese cacharro hacía diez años. Ya tenía en ese momento una década de uso, pero funcionó bien durante un tiempo. ¿Cuántos? Seis, tal vez siete. Luego comenzó a cascabelear, a descomponerse una semana sí y otra igualmente. De un año a otro se convirtió en huésped distinguido de talleres mecánicos barriales, todos hacinados y grasosos. Un día comenzó con problemas en la transmisión; tardó casi un mes en salir, y luego de tres días en marcha volvió a fallar del mismo punto. Pasó dos semanas más en terapia. Cuando al fin estuvo listo, caminó con cierta normalidad durante quince días. Luego le apareció otra dolencia: se sobrecalentaba. Una Fanta de dos litros con agua se hizo indispensable para que el coche funcionara con el mínimo decoro, de manera que el agua pasó a ser un insumo acaso más importante que la gasolina. Había que echársela al radiador antes de cada desplazamiento, pues de lo contrario la aguja de la temperatura acababa marcando hasta la zona roja, casi en el incendio del motor. No recuerdo cuánto anduve así, resignado a ese coche sediento. Un día, sin embargo, fue arreglado el desperfecto hasta que milagrosamente la temible aguja del termostato ya no alcanzó las cotas infernales. Anduvo bien durante algunas semanas, pues luego incurrió en la descompostura de los frenos. Un día casi se va de largo al infinito (el infinito de la muerte y más allá). Y así, después de cualquier arreglo le surgían nuevos achaques o renacían los ya conocidos. Entonces me acostumbré a conducir con el oído, es decir, a ir tras el volante pero muy atento a la respiración y los estertores del motor (era imposible, por ello, escuchar la radio). Eso duró dos años, dos largos años hasta que llegó la hora. Iba en una pista de tráfico pesado y el carro se echó literalmente en la cima de una joroba; sólo le quedó, también milagrosamente, el vuelo de la bajadita. Allí tomé la decisión: mientras zumbaban, amenazantes, los tráileres a mi lado, dejé las llaves puestas y bajé ya sin temor, sin esperanza, más bien con una tenue y deliciosa sensación de libertad.

lunes, febrero 22, 2016

Las cáscaras imborrables













Aunque sea casi invisible para los ojos sólo acostumbrados al glamour del profesionalismo, hay una épica en el deporte callejero. El llano ofrece la oportunidad de ver —o mejor: de vivir— aventuras que se quedan en el recuerdo y forman pequeños orgullos colectivos en el barrio, en el ejido, en la escuela, en la empresa. Ya hay, por suerte, cierta literatura preocupada por retener esos instantes, por fantasear con el trabajo deportivo ajeno al pago. El futbol es, claro, como en la realidad, la actividad que más atención literaria ha recibido.
Como ciertos goles o ciertas jugadas, algunos relatos no caen de la memoria fácilmente. Pasan los años y quién sabe por qué extraña razón los recordamos con tanta transparencia que de alguna forma reaparecen, vívidos, proyectados en la pantalla de nuestra imaginación. Yo, por ejemplo, recuerdo con toda claridad el día en el que, echado frente a la tele en la casa todavía materna de Torreón, vi a Maradona tomar la pelota un poco atrás de la media cancha, recibir el pase “de gol” del Negro Enrique, pisarla raspándola en reversa para quitarse la primera marca y cómo, erguido el pecho, flotando en zigzag, etéreo en la carrera, avanzó eludiendo rivales hasta poner el balón al fondo de la red y de la historia.
Más que el último toque, lo que revivo es la expectativa de la jugada, su amplio e hipnótico desarrollo. Aquello fue pues, insisto, como un relato que nos mantiene en suspenso hasta derivar en un clímax contundente. Igual, sin que yo sepa bien a bien por qué, cuando pienso en cascaritas de barrio regresa a mi memoria “El tipo que pasaba por allí”, adherente estampa narrativa de Alejandro Dolina. Me gusta porque en medio de su sencillo y callejero planteamiento ocurre un hecho maravilloso, casi sobrenatural: “Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia”.
Son apenas tres párrafos, y en el segundo aparece, cuando ya nos fue planteado el asunto de esta veloz historia, el “pero” necesario para dar vuelta a la habitualidad: entra en acción un “tipo que pasaba por ahí” que no será esta vez un simple “tipo que pasaba por ahí”: “Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos”.
Luego del asombro, Dolina disminuye la velocidad del relato con una conclusión memorable, uno de esos trazos literarios que, como dije al principio, se quedan en la memoria como jugada real: “Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno”.
Breve y perfecto como gol olímpico, este relato de Dolina merece la antología. Si alguna vez echamos cáscara en el barrio, es indudable que sentimos en ese puñado de palabras la presencia del “tipo que andaba por allí” como una aparición mágica, como un dislocamiento de la realidad acontecido en medio de dos porterías. Como tantos ex jugadores de barriada, en medio del polvo y bajo los flechazos del sol lagunero, soy de los que al leer relatos de este tipo terminan por pensar que no lo leyeron, más bien que lo vivieron como experiencia única e irrepetible, tan real como una cáscara imborrable con los cuates.

sábado, febrero 20, 2016

Segundo diario mínimo: humor ecológico




















Publiqué este comentario hace quince años. No estaba en el blog. La traigo ahora por razón evidente.

La vastedad intelectual de Umberto Eco no se puede medir con unos cuantos elogios. Arquitecto de una obra literaria y académica impar, Eco es hoy uno de los autores europeos más reconocidos por la crítica y, caso asombroso, uno de los más favorecidos por el éxito comercial. Pocos como él: libro tras libro convalida su tamaño como pensador y libro tras libro aumenta el número de sus receptores. Calidad (literaria) y cantidad (de lectores) reúne como pocos este autor nacido en Alessandria, Piamonte, en 1932.
Famoso sobre todo por El nombre de la rosa, la novela que lo colocó en las crestas de la fama, Eco es, como se sabe, un autor múltiple; de hecho, este autor es varios autores: hay un Eco semiota, un Eco literato, un Eco historiador, un Eco lingüista, un Eco periodista y un Eco etcétera. El penúltimo Eco es el que se manifiesta con toda su malicia y con todo su humor en el Segundo diario mínimo, racimo de colaboraciones aportadas a la revista L’Espresso, particularmente a la sección “La Bustina di Minerva” que desde 1986 es —o era, no sabemos— visitada por una legión de agradecidos seguidores.
El condimento fundamental del Segundo diario mínimo es, inevitablemente, el humor. Con humor, con inteligentísimo humor, Umberto Eco traza sus colaboraciones y sus decodificadores asistimos al banquete de la risa y la razón. Estos artículos parecen el reposet donde Eco se calza las pantuflas y se desanuda la corbata, donde deja de ser el erudito de los Grandes Temas y con su agudeza de siempre reflexiona sobre las minucias de la vida cotidiana que suelen ser desdeñadas por el mundo académico.
La sola lista de las colaboraciones parece un muestrario de inquietudes hilarantes: “Cómo sustituir un carnet de conducir robado”, “Cómo viajar con con salmón”, “Cómo comer en el avión”, “Cómo no hablar de futbol”... El autor de Obra abierta exhibe facultades humorísticas raras en un sabelotodo (esto es literal) de su talla, de donde se puede inferir que los intelectuales no necesariamente son momias ineptas para la risa. Es prudente advertir que los artículos contienen mucha información que demanda un contexto italiano, pues el periodismo exige siempre, quiérase o no, trabajar para un lector inmediato que en este caso es el transeúnte de Milán, Roma, Nápoles, de Italia toda.
No está de más traer algunos bocadillos; del artículo “Cómo usar al taxista”, probemos esto:

Si hacéis una carrera entre un taxista de Frankfurt con un Porsche y un taxista de Río de Janeiro con un Volkswagen abollado, llega antes el taxista de Río, entre otras cosas porque no se para en los semáforos. Si lo hiciera, se le acercaría un Volkswagen abollado, montado por chiquillos que estiran la mano y se os llevan el reloj (...) Por doquier, para reconocer a un taxista hay un medio infalible. Es una persona que nunca tiene cambio.

De “Lamentamos rechazar (informes de lectura para el editor)”, donde Eco juega con el anacronismo e imagina a un dictaminador —moderno y por tanto mercenario— que juzga obras ya célebres; veamos la parte donde enjuicia En busca del tiempo perdido y el asma de Proust:

Es, sin lugar a dudas, una obra que requiere un esfuerzo: quizá sea demasiado larga, pero si hacemos una serie de pockets se puede vender.
Sin embargo tal como está no funciona. Es necesario un vigoroso trabajo de edición: por ejemplo, hay que revisar toda la puntuación. Los periodos son demasiado trabajosos, hay algunos que necesitan una página entera. Con un buen trabajo de redacción, que los reduzca al aliento de dos o tres líneas cada uno, fragmentando más, poniendo punto y aparte más a menudo, el trabajo mejoraría con toda seguridad.
Si el autor no quisiera, entonces mejor dejarlo. Así el libro resulta —como diría yo— demasiado asmático.

No falta pues en el Segundo diario mínimo el buen humor, aunque a veces haya pinceladas del Eco menos conocido, un Eco que discurre por los laberintos de su nostalgia, un Eco que se nos aparece juvenil, tan sincero que apenas puede uno creer que quien así escribe es el autor de Semiótica y filosofía del lenguaje, por citar sólo un caso de obra densa. En “Cómo comer el helado” Eco destroza el consumismo con una situación vivida en su niñez, cuando sus padres le negaban cierto exceso:

Yo, sin embargo, estaba fascinado por algunos chicos de mi edad cuyos padres les compraban no un helado de cuatro reales, sino dos cucuruchos de dos reales (...) Ahora, habitante y víctima de la civilización del consumo y del derroche (como no era la de los años treinta), entiendo que aquellos seres queridos ya difuntos estaban en lo justo.  Dos helados de dos reales en lugar de uno de cuatro no eran económicamente un derroche, pero sin duda, lo eran simbólicamente. Precisamente por eso los deseaba: porque dos halados sugerían un exceso. Y precisamente por eso se me negaban: porque parecían indecentes, insulto a la miseria, ostentación de un privilegio ficticio, jactancioso bienestar. Comían dos halados sólo los niños viciados...

Como la naturaleza, el espíritu también requiere su cuidado ecológico. De allí la importancia del humor, de la escritura relajada que en el caso del Segundo diario mínimo refulge y nos anima a encarar nuestro estrés con una risilla en los labios y con la certeza de que la comicidad es una de las formas de la inteligencia. Al reír de sí mismo y del mundo que lo rodea, Eco nos da, quizá sin pretenderlo, una de sus mejores lecciones. Aprendámosla.

Segundo diario mínimo, Umberto Eco, Lumen, Barcelona, 2000, 323 pp.

Supongamos












Supongamos que un tipo al que llamaremos Juan llega un día cualquiera a la oficina. Supongamos también que afuera ha estacionado un coche de lujo último modelo. Supongamos que lo acaba de comprar, que luego de muchos sacrificios ha reunido la cantidad suficiente para pagar el enganche y sacarlo de la agencia. Supongamos que tendrá muchas dificultades para pagar los abonos, pero si no hay contratiempos —una enfermedad, un accidente, cualquier imprevisto de los que nunca faltan en este país acuchillado siempre por el azar— logrará pagarlo en tres sacrificados años. Supongamos ahora que un compañero de oficina, llamémosle Luis, lo envidia de inmediato porque es lógico envidiar a un compañero de trabajo que de sorpresa trae un último modelo y además porque entre los dos hay, supongamos, una rivalidad inconfesa, todavía no declarada. Supongamos que ambos se tienen recelo porque los dos han mantenido en pie una misma aspiración: conquistar a Ruth, una compañera de oficina supongamos muy bonita. Ahora pasemos a suponer que Juan se adelanta porque un coche nuevo no sólo sirve para avanzar en las calles, sino también en cualquier otro ámbito de la vida. Ruth da la impresión, supongamos, de que muestra alguna preferencia por Juan, y es entonces cuando, supongamos, Luis se engalla y decide pisar a fondo el acelerador (en su caso metafórico, pues no tiene auto). No sabe qué hacer, sólo sabe que de golpe lo invadió una desesperación que no conocía: el coche nuevo de Juan fue el detonante de una angustia definitiva. Nota que Juan confía demasiado en su joya de metal y es allí donde Luis, supongamos, pone en marcha un plan. La suerte lo favorece, supongamos: descubre por accidente que Ruth va los sábados a un curso de repostería fina, y en tres días Luis estudia todo lo que se debe saber sobre ese tema. El mismo sábado llega al curso, se inscribe, y cuando aparece Ruth se encuentran como por accidente. Sin que ella lo note, Luis le demuestra que conoce el asunto, sabe de ingredientes y utensilios, termina la sesión y al rato salen a un café. A partir de allí, supongamos, Ruth va siendo enamorada por Luis, quien no necesita un último modelo para desbancar a su rival. Termina así, supongamos, como novio de Ruth. Ahora bien, supongamos que nadie cree esta historia. Supongamos que en realidad Juan conquista a Ruth con apabullante facilidad y Luis es brutalmente marginado. Supongamos que de nada sirven las clases de repostería, ni la fe de Luis ni el buen corazón de los lectores. Supongamos que un BMW lo mata todo.

miércoles, febrero 17, 2016

Guerra













Había pasado el peor fin de semana en la vida de Meléndez y ya era lunes, al fin. Llegaba a las nueve para ver los pendientes y tener todo listo antes de que apareciera su patrón, don Bernabé, siempre a las diez en punto, sin falla. Esa era la rutina de todos los días, cronometrada. Faltaban quince minutos para las diez, así que a Meléndez le queda un cuarto de hora para saber de qué tamaño sería el latigazo. Veinte años en la empresa lo hacían conocer perfectamente todos los gestos del patrón, cada una de sus características como jefe. Sabía, por ejemplo, de sus estallidos de cólera motivados por minucias, de su sonrisa ladeada cuando algo le provocaba mucha gracia, de su ceja izquierda levantada cuando estaba a punto de fulminar con palabras, de su mirada fija —como perdida— cuando se reconcentraba en una idea perversa. Don Bernabé era dueño de un emporio dedicado a la construcción de obra civil. Tenía intereses en muchos otros negocios, pero el que más le interesaba custodiar era el de la política. Sabía que por allí pasaba gran parte de su éxito, así que siempre procuraba tener sana la comunicación con los hombres que decidían hacia dónde iba a parar la inversión pública. Para eso le servía Meléndez: él era el interlocutor, el hombre de confianza que llevaba los regalos y con frecuencia cerraba tratos previamente apalabrados. El jefe era implacable con todos y al parecer sólo tenía miedo a un ser humano: su esposa. Difusos rumores hablaban de pleitos entre ellos, de secretos y nunca comprobados distanciamientos. Don Bernabé jamás abordaba el tema. Con todos —y esto incluía a Meléndez— sólo trataba asuntos de trabajo, como cuando le encargó conseguir el espectáculo para el aniversario de la empresa. A Meléndez se le ocurrió contratar un cómico. Esa tarde, don Bernabé llevó a su esposa, una señora fría, de gesto inflexible. El cómico fue el deleite de todos los trabajadores, pero Meléndez no despegó la vista de la pareja principal. Los monólogos del cómico trataban temas conyugales en los que se ridiculizaba por igual al hombre y la mujer, y todos reían, menos la señora del patrón. Aquello terminó y don Bernabé salió disparado y sin tomar a su mujer de la mano. Por eso fue el fin de semana más angustioso en la vida de Meléndez. Pero ya era lunes y esperaba la llegada del patrón. Lo vio bajar del Mercedes, vio detrás al escolta, vio que se aproximaba a la oficina. Traía la sonrisa ladeada y la primera frase que soltó fue epifánica: “Gracias, Meléndez. El cómico fue la cereza del pastel. Lo discutimos y por fin ella se larga”.

sábado, febrero 13, 2016

Golpes













A veces eran sólo gritos, frases incomprensibles, casi aullidos. En otras era más terrible que eso, pues a los gritos se sumaban impactos materiales, como choque de muebles o vidrios rotos. Lo de los muebles y los vidrios ocurría más esporádicamente, lo acepto, pero cuando se daba era casi insoportable, de pánico. Soy frágil, no se me concedió ninguna habilidad para soportar la violencia, así que en esos casos me daba por temblar cuando estallaban los insultos y se avizoraba la posibilidad de que aquello terminara en golpes. Durante casi dos años soporté el terror ante los escándalos y la impotencia de no poder ir a frenarlos. ¿Y qué me quedaba frente a la furia que llegaba con clarísima sonoridad hasta mi casa? Hacía dos años que me había mudado a esta colonia con el deseo, ahora veo que infructuoso, de ganar tranquilidad para pintar mis óleos. Era una colonia, no puedo negarlo, fina, con casas amplias y bien separadas, de jardines que daban un poco la impresión de irrealidad en medio del desierto lagunero. La casa más próxima, mi casa vecina, sin embargo, quedaba como a veinte metros y en las noches llenas de oscuridad era un placer salir a mi terraza y admirar las estrellas, sentir el fluido del silencio. Fue en una de esas salidas cuando oí la primera bronca de mis vecinos: él gritaba, ella le respondía, digamos que hasta ahí se trataba de una pareja normal aunque quizá demasiado altisonante. Lo malo vino cuando escuché golpes, vidrios rotos. Yo pensaba que sólo eran destrozos materiales, y por miedo jamás me animé a llamar a la policía. Era lógico que la pareja, él sobre todo, sabría luego la procedencia de cualquier reporte a la autoridad. Cuando me topaba a la vecina en la mañana, pues de vez en vez coincidíamos en el joggin por la colonia, sólo nos saludábamos de paso, sin mayor interacción. Cierta vez noté, a dos o tres días de una disputa violenta, que ella usaba grandes lentes oscuros y una venda en el brazo. Le sospeché ojos amoratados y heridas en la piel. Sentí lástima por ella. Así pasaban unas semanas de paz y luego se desataba de nuevo la barbarie, como esta noche en la que me preparo para una nueva exposición. Se oyen gritos, choque de muebles y vidrios rotos, peor que nunca. Ahora sí llamo a la policía, pero no contestan. Insisto y nada. Los golpes siguen. Pese a mi terror, decido hacer algo. Tomo un cuchillo y avanzo hacia la casa. Toco el timbre, frenan los golpes, aparece él y me mira desconcertado. Seguramente le parece insólita la figura de la vecina vestida para coctel y con un ridículo y tembloroso cuchillito en la mano.

miércoles, febrero 10, 2016

Cátedra













Casi todos los taxistas son platicadores, pero el que ahora me llevaba a la universidad lo era en exceso. Apenas le dije que íbamos a donde íbamos, preguntó qué tal andaban las humanidades en la escuela. Bien, le respondí con tono amable, pero sin ganas de ir más allá del monosílabo pese a lo sorpresivo de la pregunta. A partir de allí comenzó su conferencia, la descripción del apocalipsis en el que habitábamos. Hay mucha deserción, amigo. Miles de jóvenes abandonan sus estudios a la altura de la prepa y otros tantos lo hacen cuando llegan a la universidad. Las razones son varias, pero la principal es económica, amigo, no tienen para seguir adelante. ¿Luego qué pasa?, se preguntó. Pues nada, que al buscar trabajo no lo hallan o lo hallan muy precario —así dijo, muy precario—, se agarran de lo que sea para mantenerse y a veces, con tal de llevar algo a la casa, se meten en la delincuencia o en los giros negros. ¿Y qué hace el gobierno? Nada, las escuelas cada vez están peor, todas rebasadas por la matrícula, sobrepobladas, jodidas de su infraestructura y también tocadas por la corrupción. Esto tiene consecuencias muy graves, amigo. ¿Qué se puede hacer con todos los desempleados, eh? Es mucha fuerza de trabajo desperdiciada, demasiada capacidad intelectual vaciada en la alcantarilla. En vez de tener gente en el campo, en las fábricas, técnicos bien capacitados, tenemos un ejército de ninis, señor, y por eso vivimos en un país que come, viste y calza con importaciones, una economía petrolizada, una economía jodida. ¿Vea nomás cómo anda el dólar? Se lo está cargando el payaso, y eso que el gobierno ha puesto un chingadazo de reservas sobre la mesa. ¿Pero qué se puede esperar de esos tipos, señor, qué se puede esperar de esa banda de ladrones que ha acomodado todo para beneficiarse y hundir al país, eh? ¿Democracia, democracia la que tenemos? No, señor, estamos muy lejos de vivir en una democracia. Si el voto fuera respetado, de todos modos eso no es suficiente, porque democracia es que todos tengan trabajo, educación, salud, alimento, cultura, cul-tu-ra, señor. Ya ve que no hay nada de eso, todo está en la calle y lo peor es que los tipos que nos gobiernan han armado su circo para seguir allí con la ley en la mano. Ellos solos se candidatean y ellos solos se votan. ¿Y nosotros? Nosotros nada, no respondemos, lo callamos todo. Es un fracaso. ¿Y usted cómo sabe que fracasamos?, me atreví a interrumpirlo. ¿Que cómo sé?, respondió viéndome de lado y sin soltar el volante, retador. Claro que lo sé. Soy sociólogo y míreme, míreme.

sábado, febrero 06, 2016

Encontronazo













Paco recordó a su padre y pensó que recordarlo allí era una confirmación de su buena suerte. Recordó nomás el gesto, la manera despreocupada de tomar el salero y todo lo demás. No recordó palabras, sólo aquel gesto seguro, casi insignificante pero denso de fuerza para decir con él que no pasaba nada, que la tranquilidad sería lo último que perdería. El tipo que venía a amenazarlo medía casi dos metros y usaba el pelo al rape, como militar. Era algo blancuzco, como un vikingo o un árbol en otoño. Se había presentado de golpe en el bar, y casi dio la impresión de que había entrado luego de tirar una patada a la puerta. Airado, sin intimidarse ante los parroquianos, preguntó dónde estaba el tal Paco. El cantinero señaló hacia la mesa del fondo y el monstruo aquel avanzó con el paso firme de quien va directo a derramar su odio. Traía los puños cerrados y la cabeza como echada para adelante, ya todo listo para el zafarrancho. ¿Paco?, preguntó seco y miró casi al mismo tiempo a los tres tipos que bebían cerveza. Paco dijo soy yo y entonces el animal comenzó con su estallido. No te vi, pero te vio mi vecino y sé que fuiste tú quien le dio un golpe a mi coche. Tiene quebrada una calavera y hundido un pedazo del cofre. Es un auto nuevo, dijo, y lo que más me emputa es que no te hayas hecho responsable del daño. Todo lo decía a gritos, y en medio de los gritos incrustaba maldiciones que añadían violencia a la situación, y salivaba. Paco se mantuvo en silencio. Tenía miedo, casi terror, pero algo le decía que lo mejor era permanecer quieto, no soltar una sola palabra hasta saber claramente la intención del agresor. Sabía que sí, que tuvo la culpa del golpe al coche nuevo del grandulón, y que en vez de quedarse a responder por el perjuicio se había ido sin mirar atrás, pero no dijo nada. El monstruo repitió la descripción de la escena y exigió el pago inmediato de los daños. Paco ya sabía qué iba a responder. Le diría al bruto que sabía que al dar reversa le pegó a algo, pero tenía mucho apuro y pensaba volver luego para pagar. También sabía que ese día estuvo en la casa del bruto y se vio con su mujer, y que salió corriendo cuando supo que el monstruo volvía intempestivamente del viaje. Traía dinero para pagar el daño —un daño menor si se miraba bien— y entonces recordó a su padre. Sin alterarse, antes de buscar su billetera en la nalga derecha, se arrojó un poco de sal al envés de la mano izquierda y se dio un tranquilo, un confiado lengüetazo con sabor a paz.

miércoles, febrero 03, 2016

Reencuentro


















A diez metros estaba Nancy escogiendo sus legumbres, su fruta de la temporada. Omar la miraba con los ojos casi pegados a la visera, fija la gorra de beisbolista en el cráneo que dejaba escapar unas patillas cortas y un poco de melena sobre la nuca. Notó que le seguía gustando, que había ganado kilos, como todos, pero tenía aún ese aire distinguido que tanto lo maravilló cuando ambos entraron a la escuela de administración. Habían pasado 25, 30 años, daba lo mismo, era mucho tiempo sin verla. Quiso abordarla en seguida, sorprenderla con un toquecito en el hombro, esperar que diera la vuelta y estallara en un gesto de desconcierto y luego una sonrisa de alegría, de esas sonrisas un poco incrédulas de los reencuentros inesperados. Omar buscó otro ángulo, simuló que calculaba la madurez de una sandía mientras ella apretaba levemente la consistencia de unos tomates. La indecisión de abordarla sin más demora tenía varias razones. La primera era simple: ¿y si en cualquier momento aparecía el esposo o el novio o lo que fuera? Omar no quería verse forzado a saludar hipócritamente, a que lo presentaran como amigo de la universidad y luego dos o tres frases más de trámite hasta llegar al “bueno, un gusto verte”, de despedida. La segunda razón era más difusa y se perdía en el recuerdo de un malentendido. Él le ofreció noviazgo, ella dijo espérame, él se hizo mientras de otra novia y cuando ella estuvo lista él ya no reaccionó; luego el trabajo fuera de La Laguna y más de dos décadas sin saber de ella hasta esa mañana en el supermercado. Seguía linda, cómo no, lo confirmó cuando, a cinco metros y colocado tras una barricada de papas y de precios fosforescentes, la vio de espalda. Unos jeans ajustados, bien embutidos, una blusa sobria y la cola de caballo muy juvenil, pese a la edad. ¿Estaba sola? ¿Tenía hijos? ¿Terminó la carrera? ¿Trabajaba? La ropa delataba que no le iba mal, y para confirmarlo ahí estaba el carrito bien cargado de víveres. Logró aproximarse un poco más, mirarla de perfil. La blusa se levantaba firme en el pecho mientras ella, muy concentrada, calculaba ahora el punto de los aguacates con sus hermosas manos blancas de siempre. No aparecía el esposo o el novio, Nancy andaba sola. Había llegado el momento de abordarla. Omar avanzó cinco pasos y le dio los golpecitos en el hombro. Al voltear, dijo el nombre mágico como afirmación, no como pregunta: “Nancy”. Ella dibujó una sonrisa educada: “No, no soy ella, señor”, dijo y siguió con los aguacates.