jueves, enero 21, 2016

Una historia cloacal













Hasta hace algunos días no había ni chispa de esperanza: el actual grupo mafioso en el poder parecía invulnerable, dueño de una impunidad total e inamovible. Pese al desastre ya visible en los primeros tres años de Peña Nieto, los delincuentes que nos gobiernan habían capeado el temporal. Una de las mayores crisis, Ayotzinapa, estaba instalada en una especie de inevitable postergamiento aderezado con discursos justicieros pronunciados sólo para contener la irritación y llegar a la otra orilla del sexenio.
Además, con todo y que la economía daba desde hace meses demasiadas muestras de declive —las de siempre—, era posible distraer la atención del público con cualquier espectáculo, como el del Chapo fugado y reaprehendido. Todo esto, de alguna manera, se ha cocinado dentro, y aquí, como ellos mandan y mueven casi todos los hilos de la política y los medios, no pasa realmente nada más allá de algunos sobresaltos expresados en marchas o en diluviales memes.
El problema se dio el viernes 15 con la captura de Humberto Moreira en España. El asunto es complicado no tanto por los vericuetos judiciales que implica, sino por algo más elemental: el personaje está detenido y será interrogado fuera del país, e igualmente dos de sus secuaces ya soltaron demasiada sopa en el extranjero. Tan peliagudo fue el desafío que la estructura de poder quedó muda o balbuceante durante varias horas. Nadie esperaba la noticia, inédita en la historia de México si la analizamos bien, y no había plan B para desactivarla. El sistema se vio falto de reflejos, aturdido por el obús. El problema de fondo se ubicaba en un punto: Moreira se movía libremente por el país, nunca lo amagó ni siquiera un agente de tránsito aunque merecía que lo persiguieran hasta los bomberos, como escribió Piglia. Todas las acusaciones en su contra fueron desestimadas, vistas por el sistema que lo arropa como mero ardor de la oposición. Se dijo que no hubo delitos en su mandato y de golpe salió a la luz, en España, un expediente más gordo que el del caso Kennedy. Al ser capturado quedó en evidencia, con toda claridad, la impunidad habitual en nuestro país, lo que echó abajo, al menos por un momento, la careta de permanente y demagógico respeto priísta a “las instituciones”, incluidas las supuestamente encargadas de perseguir delitos relacionados con corrupción.
Ha pasado una semana y es seguro que este lapso ha dado margen a la delincuencia política para mover piezas. ¿Lo protegerán más? ¿Lo dejarán abandonado a su suerte? ¿Buscarán negociar alguna pena menor? No podemos saberlo, pero un hecho cierto es que la figura de Moreira es importante —peligrosa— para el actual gobierno porque fue él quien trabajó la operación política inicial para encaramar a Peña Nieto en donde está, costara lo que costara.
En suma, hay vasta podredumbre en esta gigantesca cloaca.