miércoles, enero 06, 2016

Pata de pollo













Entre los proyectos no sé si realizables para 2016 me he propuesto armar un libro en mi columna, al alimón. No tengo su título, pero sí el subtítulo: "Relatos de un solo párrafo". En realidad se me ocurrió hace mucho, pero nunca puse manos a la obra. Ahora esperé el inicio de este año para dar arranque al juego, y aquí está el inicio tentativo. Su inspiración es ya algo lejana, de 2007, y se basa en esta anécdota.
Traigo otro recuerdo para justificar mi sencillo emprendimiento: allá por mil novecientos ochenta y tantos vi un dibujo espontáneo, muy suelto y, para mí, perfecto del maestro lagunero Tomás Ledesma. Un día me atreví (yo era muy joven) a preguntarle por qué los pintores no practicaban más ese tipo de trabajo de estilo desenfadado, casi ajeno a cualquier idea de esfuerzo pero, sin duda, artístico cuando la mano del dibujante muestra dominio y soltura, esa difícil facilidad que no todos tienen de su lado. El maestro Ledesma me respondió con unas palabras que jamás olvidé, más o menos éstas: los pintores trazan tales dibujos como práctica, para mantener caliente la mano, y algunos trabajos pueden ser apreciables, pero es un hecho que muchos de esos artistas siempre aspiran a más, a la pintura elaborada y de formato menos modesto. Pues bien, cuando me topé con los dibujos del maestro Iramaín recordé al maestro Ledesma, y se me ocurrió juntar sus ideas en dibujos literarios sueltos, desenfadados, no de una sola línea pero sí de un solo párrafo.
Quiero suponer que con estos trazos en prosa nutriré mi columna de Milenio Laguna y, de paso, armaré un libro, además de "mantener caliente" la mano. Ignoro si esto saldrá bien, de verse, y más ignoro todavía si cumpliré mi promesa, pues una de mis más arraigadas costumbres es defraudarme cuando abrazo propósitos de año nuevo. Ya se verá.
Por lo pronto, va el primero de estos "Relatos de un solo párrafo":

Pata de pollo
Cuando vino Dieter tuve la obligación de atenderlo. Era alemán, de Hamburgo, y venía a instalar una máquina en la empresa. El gerente me dio la orden de moverlo, de recogerlo todos los días en el hotel y llevarlo a donde quisiera. Dieter, por suerte, hablaba buen español pues lo había estudiado en su universidad y durante un largo verano en Madrid, me dijo. Dieter, tipo alto, rubio, de ojo azul y nariz larga y afilada, como de albatros, pasaría tres semanas en mi región y por supuesto no estaba dispuesto a desperdiciarlas sólo en el trabajo y el hotel. Pronto me pidió que lo llevara a conocer bien la ciudad, a mirar sus escondrijos. Lo llevé a dos o tres bares de esos que se creen del bajo mundo pero sólo sirven para hacer que los niños fresas se crean malditos. Dieter me dijo que esos lugares le parecieron muy “norteamericanos”, muy de estilo texano o algo así. El imaginaba los bares mexicanos de otro tipo, como de película del lejano oeste. Me sentí un poco ofendido, íntimamente ofendido. Le dije que nuestras cantinas tradicionales no eran como de western, pero tampoco nos representaban bien los bares puñeteros que imitan estilos yanquis. Prometí llevarlo entonces a una cantina de las nuestras, de ésas que a duras penas sobreviven en el centro. Caímos en el Íntimo Irritila, un barecito casi en ruinas, apestoso a meados y cerveza y sólo decorado con pósters de encueratrices setenteras. Era un mediodía de viernes, y además de cerveza le entramos a la botana. Hasta yo sentí asco con el ambiguo caldo servido en un plato de peltre. Recuerdo que el mío llevaba una horrenda pata de pollo, y me lo tragué sólo por orgullo, sólo para no recular delante de Dieter. Él hizo lo mismo, consumió el potaje con un gusto no sé si fingido. El lugar le había parecido muy original, un sitio mexicano “perfecto”. Hasta en la rocola fue a poner varias de José Alfredo, para ambientar. El sábado le llamé al hotel, para ver si se le ofrecía otro paseo. Dijo que no, que se sentía mal del estómago, que luego se comunicaría. También le llamé el domingo, pero en la recepción me dijeron que había salido. El lunes muy temprano me llamó el gerente. Me comentó que Dieter estaba en el hospital, con una fuerte diarrea, y que por favor yo fuera a hacer guardia para llevarlo al hotel cuando lo dieran de alta. Creo que no me sentí tan mal. Era una lección para el alemán. A ver si con eso se le borraba la idea de que sólo tenemos cantinitas agringadas e inofensivas, y a ver si con eso, de paso, me evitaba el sacrificio de comer caldos con patas de pollo.