sábado, diciembre 31, 2016

Libros para el año













Hay un sobrentendido. Cuando un encabezado dice “libros del año” debemos suponer que se refiere a libros del año en tal país, quizá a libros del año en tal idioma. Aun bajo esta delimitación, es inmenso el número de libros publicados durante doce meses en países como México, no se diga en España, Francia, Alemania o los EUA. Por eso toda lista de “libros del año” es un intento (agradecible, pero intento al fin) por destacar títulos que de alguna manera podemos ir visualizando para futuras incursiones a la librería.
La caudalosa producción editorial es la razón por la que casi todas las listas son disímiles. Aunque suelen tomar en cuenta sólo los libros de sellos famosos, no logran dar con los mismos títulos, y esto se debe a lo mismo: es mucho, muchísimo, lo que se publica. Si a eso sumamos la producción estatal, municipal, universitaria y “de autor”, el universo termina por ser apabullante. Basado en esta especulación, no suelo deprimirme cuando veo que en una lista asoman libros que no conozco. Insisto que es agradecible —no lo minusvaloro— el trabajo de medios y periodistas que intentan cribas de fin de año, pero tampoco me ato a la decepción si no hallo en sus enumerados algún libro de mi interés. Finalmente, uno como lector ya más o menos formado sabe por dónde corre al agua, en qué tipo de libros pondrá sus énfasis.
Como los otros, este año leí mucho, acaso más de lo proyectado, pero no necesariamente lo que quise. Fui, por chamba, jurado de cinco concursos (novela, crónica, poesía, reportaje y microficción), lo que me mantuvo pegado a libros inéditos, muchos de ellos harto estimables. Junto a esto, los libros que trabajé como editor y, al final, los que leí por gusto. La suma de todo me queda borrosa, y no quisiera repetir una experiencia similar, sino dar prioridad a la lectura hedónica.
En este sentido, quizá no sea mala idea pensar como no-lector que apetece serlo. Si usted no lo es pero prefigura en el arranque de año el propósito de leer más, no se martirice de antemano con una lista descomunal. Elija un libro por mes, uno solamente, trate de que sea bueno y váyase sin prisa. Junto con el gym, junto con la dieta, junto con la supervivencia, leer doce libros no es un mal propósito de año nuevo. Y suerte. Mucha salud y al menos doce libros para todos.

miércoles, diciembre 28, 2016

Adiós al libro epistolar




















Amigos de Milenio Laguna: con esta colaboración reanudo el abordaje de asuntos no narrativos en la columna. Durante todo este año, como saben, trabajé en la idea de urdir pequeños relatos, ficciones. Regreso hoy al comentario sobre libros, medios de comunicación y demás yerbas. Gracias por seguir en compañía de este espacio.
Hace dos semanas, la revista Literal-Latin American Voices convocó a varios escritores a proponer sus tres libros favoritos publicados en 2016. Fui invitado a participar y propuse mi tercia. Entre ellos se encuentra Cartas a Luchting (1960-1993) (Universidad Veracruzana, México, 320 pp.). Argumenté que sigo y seguiré creyendo que Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994) es uno de los mejores cuentistas latinoamericanos pese a que no ha gozado, ni en vida ni póstumamente, la exposición de otros escritores. Es un autor al que vale la pena tener y leer completo así sea silenciosamente, y si bien en 2003 habían aparecido sus torrenciales diarios (La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 680 pp.) y el ensayo —para mí notable— Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística  de Gerardo García Muñoz (Universidad Iberoamericana Torreón, Torreón, 115 pp.), falta mucho por publicar, republicar y estudiar sobre el narrador peruano. Por eso me dio gusto que la Universidad Veracruzana haya auspiciado la edición de las misivas enviadas por Ribeyro al alemán Wolfang Alexander Luchting, su promotor, traductor y agente. Preparadas por Juan José Barrientos, estas Cartas… no son una mera curiosidad editorial, sino otra puerta de acceso a la apesadumbrada personalidad y buena parte de la vida cotidiana —nuevas claves para entender mejor su obra— del autor de Las botellas y los hombres.
Aprecio los libros con correspondencia de artistas porque son, a su modo, yacimientos de una privacidad reveladora, archivos para explorar querencias y malquerencias. Hace años comenté que el mail iba a dificultar la edición de esos libros en el futuro, pues ya pocos ordenan su correspondencia electrónica. Años después, o sea hoy, es más que evidente el cambio de panorama: los libros de correspondencia desaparecerán: Whatsapp y el chat de Facebook les descerrajaron el balazo de gracia.

sábado, diciembre 24, 2016

Décadas














Hubo un tiempo en el que no pasaba nada, en el que su organismo atravesaba días y noches sin sufrir ni sombra de dolencia, incólume. Eso no duró poco. Fueron años, lustros, décadas, cuatro décadas enteras, todas con días de 24 horas, todas con horas de sesenta minutos, sin un solo malestar, ni el más pequeño. La vagancia, los juegos, las vacaciones enteras en trajines físicos no dejaban traslucir la existencia del cansancio. La máquina estaba nueva, y así, como nueva aunque no lo fuera, duró por más de cuatro décadas. Luego, algo más allá de los cuarenta, muy entrados los cuarenta, casi al rasguñar el medio siglo, algo pasó. Sin avisar, silencioso como el avance de un felino, el tiempo llegó con su zarpazo y comenzaron los avisos. Un día cualquiera fue al consultorio de la compañía movido por un simple dolor de cabeza. El doctor le dijo siéntese, le colocó el brazalete, manipuló la bombita con manguera y vio el resultado de la presión. Mala señal. “Tome esto y venga mañana”. Y al día siguiente sucedió lo mismo, aunque en los hechos no era lo mismo, sino algo peor, pues confirmaba la mala situación: la presión se movía en rangos peligrosos. “Siga tomando la pastilla que le di y vuelva mañana”. Los días fueron pasando hasta que la pastilla logró establecer el equilibrio. “Tendrá que tomar esto de ahora en adelante, todos los días, y caminar y cambiar de hábitos alimenticios”. Ni siquiera fue necesario esperar que el cuerpo le diera más malas noticias de manera gradual. El médico se encargó de evitar rodeos. “Debe ver su corazón, ir con un especialista. Casi tiene cincuenta y ha llegado la hora de revisarse con ciudado”. Bien. No pasa nada. De una forma secreta siempre esperó esto, el primer aviso serio del cuerpo, y ya había llegado. Lo que no esperaba es lo que vino después: luego del primer aviso se sucedieron los otros. El cardiólogo no había sido muy optimista y hace dos días apareció algo nuevo: sin reparar en las consecuencias acomodó varias cajas y con una de ellas sintió el jalón en la espalda baja. Pensó que el dolorcito sería pasajero, pero ahora veía que no, que tendido en la cama, inmovilizado por el dolor, sólo esperaba que eso no fuera a multiplicarse ni le diera peores noticias. Pero era mucho soñar. El tiempo bueno había pasado.

miércoles, diciembre 21, 2016

Novela













Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio. Noté su optimismo y su ingenuidad desde el primer correo electrónico. Se trataba de una novela de 800 páginas sobre un pueblo mítico, con personajes entre mágicos y disparatados, en teoría apocalíptica y con mensaje concientizador, rollo sólo legible si se ostenta una voluntad cercana a la abnegación. Quedamos de vernos en un Starbucks, lugar en donde definiríamos los pormenores del convenio. Llegó con dos engargolados harto gordos. La novela no cabía en uno. Pensé que la llevó en papel no por miedo al robo electrónico, sino por la superstición del tamaño en la escritura literaria. Para él, su novela era buena independientemente del contenido y la prosa, es decir, sólo porque era inmensa. Quise rechazar el monstruoso ofrecimiento, pero dijo que pagaría bien la ayuda por cuidarla e imprimirla. Tengo, como cualquier microeditor de provincia, permanentes necesidades materiales, pero no tantas como para animarme a encarar tareas de ese tamaño, punto menos que infinitas. A ojo de buen lector eché un vistazo a las primeras cuartillas bajo la mirada atenta del autor. Era necesario meter mano dura a la sintaxis, pero la ortografía no parecía tan deficiente. Respiré hondo y advertí que el jale representaba una inversión larga de trabajo. Me dijo que estaba dispuesto a esperar lo que fuera, uno o dos meses. Yo había pensado en un año. Pero bueno, negociamos que en tres meses y adelante, acordamos el anticipo y a chambear. Me dio una USB y de inmediato, en casa, procedí a enderezar ese vestiglo narrativo. Revisiones veloces y aburridas fueron y vinieron, y al fin llegó a la imprenta. Contra mi recomendación, pidió imprimir dos mil. Yo pensé en 200. Hizo lo que pudo para promover su presentación y la imprenta se demoró hasta el día D. Esa tarde no teníamos libros, y calculé que hubiera sido lo mejor. La presentación avanzó tensa. Los libros (una caja con 70) llegaron casi al final del acto y el autor respiró aliviado. Luego, cuando ofreció el libro a la venta, el público compró tres. Hoy acabo de decirle que así es esto, que para empezar debimos imprimir cien, tal vez menos.

sábado, diciembre 17, 2016

Gimnasia




















Imposible borrarlo de la cabeza, imposible. Diez años después luego del golpe me animé a ver el video. Por supuesto que yo conocía su éxito, las miles de veces que fue reproducido en YouTube, pero durante todos estos años me mantuve lejos de la secuencia porque la imaginaba atroz, y ahora veo que no fue para tanto. Caí de espalda, casi me rompí la clavícula izquierda, pero hay algo allí que ayuda a mitigar el mal momento. En fin. Entré al video y vi a Olga con el micrófono en mano, con su voz inentendible y chillona, vestida de payasita. Poco antes de aquella fiesta me llamó. “Héctor, ¿sigues haciendo gimnasia?”. Le respondí que sí, que cada vez le dedicaba menos tiempo pero que sí, seguía en la gimnasia. La verdad, llamarla así, “gimnasia”, era desmesurado. Me gustaba aprovechar los tres aparatos del gym dedicados a la gimnasia olímpica: unos aros, un caballo con arzones que jamás pude dominar y unas barras paralelas. Además, echaba maromas en un piso más o menos blando usado en el local para el baile reductivo. Esa era toda mi gimnasia, y por eso me llamó Olga. “Quiero pedirte un favor. Como me dedico a la animación de fiestas infantiles, hoy en la tarde tengo una. Los padres del niño dicen que les encantaría, y pagarían lo que fuera necesario, para que tuviéramos un Hombre Araña. Ya conseguí el disfraz, pero me falta el amigo que quiera usarlo. Pensé en Roberto, mi hermano, pero es algo gordo y no se vería bien. ¿Te animas? Son 500 pesos por aparecer diez minutos y tomarte fotos con el festejado”. La oferta parecía irrechazable, y además tenía mucho de favor. Esa tarde caí en la fiesta y esperé mi oportunidad. Al oír que mencionaban al Hombre Araña, yo saldría de un vestidor improvisado, y así lo hice. Pegué dos o tres maromas que salieron muy bien, luego otra, y cuando corrí a la pared para hacer una vuelta invertida, un pie se resbaló y adiós todo. Tuve que levantarme, sentí que me rodaban las lágrimas y ni siquiera podía sobarme. Me mantuve cuanto pude en cuclillas, casi como araña. Yo sabía que la gente pensaba en mí, que suponía mi dolor, pero no podía verlo. Diez años después lo pienso así: el video chusco no lo es tanto porque la máscara me protegió. De haberse visto mi rictus, mi gesto, la burla hubiera sido peor.

miércoles, diciembre 14, 2016

Capo


















Seis, siete años después comprobé que mi especulación no había fallado. Finalmente uno ya es más o menos viejo y puede medir bien a los hombres, saber qué jiribilla traen en la pichada. Yo entraba dos o tres veces a la cantina sólo para sacudirme el calor con dos cervezas o a veces un poco más, no mucho. Me gustaba ese ambiente, rumiar solo en la barra, de vez en cuando saludar por encimita a los conocidos que, como yo, caían seguido en esos trotes de lobos solitarios. Las meseras conocían muy bien el procedimiento: servir trago y platicar sólo con aquellos tipos que se enganchan en la conversación. Yo no iba a eso. Yo iba a tomarme dos cervezas y a pensar en lo que fuera, a escapar de la rutina. Las mujeres —de ropa entallada ad hoc aunque no necesariamente esbeltas— eran serviciales, sabían apurar el consumo lo justo necesario y se ganaban con todo derecho sus propinas. A veces, cuando la cantina no reunía muchos bebedores, las meseras se sentaban aburridas en una sola esquina y platicaban entre ellas. Fue en una de esas ocasiones en la que vi la entrada del adolescente. Cierto que en esos lugares desfilaba un ejército de des y subempleados, pero el chico era distinto. Si entraba un pordiosero, por ejemplo, pasaba por las mesas con la mano estirada y a lo mucho pescaba unas desdeñosas monedas. Si era un vendedor de gorras o de cinturones, cerraba uno negocio muy de vez en cuando. El joven, a lo mucho doce o trece años, entraba a la cantina con una cajita de chicles mentolados que cabía casi en la palma de su mano, y llegó a mi mesa para hacer el ofrecimiento. Cuando decliné pude ver en su mirada algo peculiar, una chispa de seguridad, casi de altanería, no de resentimiento ni de timidez. Tenía una cicatriz que le dividía la ceja derecha. Era raro, un adolescente pobre pero seguro de sí mismo. Lo seguí con la mirada y vi que con soltura dejó un beso en la mejilla de cada mesera. Ellas charlaban, sentadas. El chico se integró y en su lenguaje no verbal noté un dominio de la escena que no tenían ni los adultos. Las mujeres le hacían charla y él afirmaba, negaba con leves movimientos de cabeza o con monosílabos. Pensé: “Algún día este mocoso será un capo”. No erré. Hace siete años lo vi por primera vez y ahora nos topamos en la entrada de la cantina. Llegó en una Cheyenne roja, polarizada.

sábado, diciembre 10, 2016

Finiquito












En la desesperación todo es posible, todo, incluso que yo haya tenido esta idea. La situación se había complicado tanto que estuve a punto de autofiniquitarme. No lo hice por cobarde, aunque la vengo pensando desde hace años. Lo que me atemoriza es el método: tirarme de un puente, ingerir algún veneno, recurrir a una modesta soga o terminar con un balazo en la campanilla. No sé. Lo pensé muchas veces y nada me convenció. Sé que pensarlo tanto, en el fondo, era cobardía pura, pero me engañaba pensando que en cualquier oportunidad tomaría la decisión de utilizar el mejor recurso. Mientras tanto crecieron los problemas. Todo se agrandó hasta llegar a niveles de alarido. Mantuve la calma no por serenidad, sino porque sabía que contaba con una solución cabal, instantánea. Entonces, cuando al fin estuve convencido de que no había otro camino, llegó la solución: por una carambola de esas que sólo ofrece la realidad, caí en la oficina mugrosa de un politiquillo famoso por haber atravesado todos los pantanos y seguir de pie, convertido en una lacra pero asombrosamente bien atornillado al poder y todavía medrando de las arcas municipales. No explicaré cómo llegué allí, pero el supuesto era, por decir lo menos, estúpido: en teoría yo trabajaba de matón. El trabajito consistía en desaparecer a alguien, en borrar del croquis local a un enemigo del patrón. Se supone que yo tenía un arma. Me dio los detalles sobre el sujeto en un fólder apropiadamente rojo, y allí mismo la primera parte del pago amarrado con una liga. Salí del edificio y la realidad me pareció más grande, como afantasmada por una poderosa sensación de lejanía. Lo que hice fue dejar el dinero a mi mujer, avisar al sujeto para que huyera y luego retirarme sin explicar más. Compré algunas latas de comida, agua, varios paquetes de cigarros. Luego alquilé una habitación de hotel barato y me metí a esperar, a dejar que pasara el tiempo. Aquí he visto televisión, sólo televisión, y no he querido escribir nada. Calculé que en cinco días se les agotaría la paciencia, pero erré: fue en cuatro. Cuando escuché que tocaban la puerta sentí que por fin la espera había acabado. Ya no sería necesario el veneno, la soga ni el balazo, mi balazo. Aquellos hombres defraudados me darían el finiquito.

miércoles, diciembre 07, 2016

Aguinaldo















En el camino a casa se descompuso el bocho. Yo iba contento, pues por primera vez en quince años gozaba el privilegio de tener un aguinaldo. No era mucho, sólo quince mil pesos, pero al menos serviría para planear algunas compras, no quedar anulado y viendo pasar la alegría como en diciembres anteriores. Iba entonces contento con mi plata nueva y en ese mismo momento el coche, un VW ya más viejo que el acorazado de Potemkin, comenzó a toser hasta que se detuvo en pleno periférico. Ya había amenazado, desde hace dos semanas, con sucumbir a mi trote, pero aguantó hasta que sospechó, como si fuera un ser humano, que me cayó la plata. Por eso se descompuso. Llamé al mecánico y me dijo que no podía pasar, que rentara una grúa. Me dio el teléfono y bueno, decidí llamar. Los de la grúa dijeron que serían mil pesos sólo por arrastrar el bocho hasta el taller, y sin remedio acepté. Ya en el taller esperé el dictamen del mecánico, también sin remedio. Una hora bastó para que me diera la suma de problemas acumulados en el motor y la suma de todo lo demás: piezas y mano de obra, seis mil pesos. Me pidió cuatro de anticipo y ni modo nuevamente, se los di. Tomé un taxi para llegar a casa, pero a medio camino llamó Irma: estaba en el sanatorio, en urgencias, pues el niño se rompió un brazo al tropezar en la escalera. En vez de Seguro Social o Cruz Roja, no sé por qué mierdas se le ocurrió buscar servicio médico privado. Desvié pues el rumbo del taxi y caí apurado en el sanatorio. Mi pequeño ya estaba casi listo para salir, pues hallé a Irma en el área de administración. Serían cinco mil pesos por todo, incluido el suministro de un medicamento para el dolor (del cual nos dieron la receta). Tomamos otro taxi a casa y allí dentro hice cálculos: grúa, mil; mecánico, seis mil; sanatorio, cinco mil. Todavía me quedaban tres del aguinaldo, una baba, pero algo es algo. Al bajar del taxi, lamentablemente, vi que en la puerta de la casa estaba Raúl, mi cuñado. Apenas lo vi, recordé el acuerdo: le dije que este día le pagaría los 2500 pesos que me prestó hace un mes. Se los di, fingí que no pasaba nada y entré a casa convertido en un insecto más pinche que Gregorio Samsa. Me quedaban 500 pesos, pero Irma pronto los pulverizó: “Dame unos 500 pesos para ir al súper, no hay nada en el refri”.

sábado, diciembre 03, 2016

Planes














El plan de Karla no era novedoso. De hecho me recordó una película de Pedro Infante, lo que muestra su pobre imaginación. Había terminado con su novio pero aún le tenía ley, como decían también en las películas de aquella época. Era mi amiga de la universidad, habíamos egresado juntos tres años antes, y claro, en el fondo siempre me latió la idea de ser algo más que su amigo, como reza la cumbia del Buki. Pero ella entró con novio a la carrera, siguió con novio y salió con novio, así que nunca me dejó margen de maniobra. Me resigné, aprendí a verla como si fuera una prima o algo parecido, aunque en el fondo de mis huesos siempre me mantuve alerta. Ella cortó y quería encelar a su ex. Me pidió salir, coincidir en los lugares públicos a los que el tipo asistía y dar la impresión de que ella y yo "andábamos quedando" (así dijo). Acepté por una sola razón: por imbécil. Karla conocía los movimientos de su ex, los logares que frecuentaba, así que allí nos apersonábamos para dejar volando la idea de que casi casi éramos lo que no éramos. Ella me tomaba de la mano en la mesa y reía teatralmente, como si le encantara mi conversación. Un día pisó el acelerador y me dio un beso leve, de esos que van hacia el cachete pero logran pellizcar una orillita de la boca. Algo en mí palpitó abajo, y puede ser que en ella también, no sé. Andábamos un poco bebidos de más, así que en el coche caímos en una especie de noviazgo sin actuación. A la manaña siguiente, sin embargo, todo seguía igual, y dos semanas después Karla volvió con su ex pese a que me confesó que aquello era más una rutina que otra cosa. El que no quedó bien fui yo, pues no me la sacaba de la mente. Ahora le pedí a una amiga que fingiera ser mi novia para aterrizar con falaz espontaneidad en los lugares que frecuentaba Karla. No sé, pequeña y lo que sea, una esperanza sí me dejó bien clavada el plan de Karla.

miércoles, noviembre 30, 2016

Examen



Estaba en la preparatoria y en aquellos tiempos sucedía ya que las secundarias federales padecían sobrepobladas por la escandalosa cantidad de sesenta alumnos, y a veces varios más, en cada grupo. Los exámenes, por eso, solían ser elementales, de unas pocas preguntas que permitieran al maestro la revisión más veloz posible. Estaba en mi segundo año y yo sospechaba desde entonces que las humanidades eran “lo mío”. Soñaba pues con dejar atrás, algún día, todo lo referente a la física y el álgebra, como al final ocurrió cuando opté por estudiar Derecho. En un examen de historia, una de mis pocas materias favoritas, cierto compañero de cuyo nombre no puedo acordarme me pidió entre dientes, desde el pupitre de atrás, que abriera el brazo para copiar la pregunta número ocho. La maestra no podía derramar su mirada vigilante en todo el salón, así que solía pedir ayuda a una secretaria o a quien fuera. Vi casos raros, como el de un profesor que llevó incluso al conserje de la escuela con tal de impedir que los alumnos copiaran. Diez minutos después yo tenía el examen concluido, pero con más desidia que generosidad, o no sé si miedo a que me descubrieran pasando las respuestas, esperé el momento oportuno para facilitar el trabajo de mi amigo. Entonces, lejos la maestra y distraída en una ventana su aburrida ayudante, abrí un poco la axila y dejé pasar la mirada de mi compañero. “Listo, la copié, listo”, me dijo con un susurro. Unos días después recibí un diez de calificación (los exámenes eran, como ya dije, simplísimos, tal blandos que un adulto con información mediocre podía responderlos en dos minutos). Pasaron varios días y llegó la calificación de la materia. Mi compañero recibió la suya y de inmediato me buscó para hacerme un comentario burlón: “Por tu culpa obtuve un 9 (nueve) de calificación”. Su única respuesta incorrecta fue la que me había copiado. Obviamente me desconcertó, pues yo saqué 10 (diez) final. Le pedí que me mostrara su examen, y allí estaba la razón de su 9. La pregunta solicitaba anotar las ciudades donde habían estallado las dos primeras bombas atómicas. Con lápiz, claramente, mi compañero había copiado y ésta había sido su respuesta: “Hiroshima y Nacozari”. 

sábado, noviembre 26, 2016

Boquete



















Llegó al cementerio en la madrugada, a las dos en punto. Con dificultad brincó la barda enana que lo separaba de los túmulos y afortunadamente pudo ver, gracias a una luna llena que parecía foco, la cuadrícula polvorienta de caminitos y el decorado escenográfico de lápidas y cruces que le recordó películas mexicanas de terror. Un perro ladró a lo lejos, y más lejos aún sonó el pitazo imperativo de un tren. La noche de noviembre ya no guardaba calor  ni mosquitos, sino un fresco que en mejores situaciones hubiera sido disfrutable. Avanzó con los ojos puestos en los árboles, atento al sitio convenido. Lo encontró junto al pinabete que lucía sus tristes greñas con un horror obvio en ese ámbito. Había alcanzado los sesenta y dos años con una enfermedad metida en el fondo de los huesos. El hoyo era de buen tamaño y, al parecer, tenía la profundidad suficiente para aislarlo de todo. Pensó en el pasado inmediato, en el lento o quizá no tan lento descenso hacia el abismo de la depresión. Poco a poco, sin quererlo pero también sin luchar en contra de ellos, los problemas se fueron acumulando a su alrededor. La pérdida del trabajo, el quebranto de su relación de diez años, la aparición del mal hospedado en su cuerpo cuando fue al examen de rutina… Todo venía a pique, trató de meter las manos pero pronto vio que era imposible. El cuerpo da hasta cierto límite, y el alma igual. Ahora ninguno de los dos estaba a modo para defenderlo: cuerpo y alma se mostraban ahora vencidos y no tenía caso oponerse al destino ya sellado. Todavía miró hacia el cielo. Vio la luna, unas nubes afiladas, las ramas lúgubres del pinabete, el caminito de tierra. Nada, no había consuelo en nada, ni arriba ni abajo. Se colocó al borde del agujero, sentado, y al empujarse un poco con las manos cayó como bulto, derrumbado en el fondo, quizá con el tobillo roto. En la cintura, metida en el pantalón, guardaba la pistola. La colocó de frente a su boca. Ahora no veía nada, sólo sintió la gelidez metálica del cañón por el que saldría su balazo. El panteonero había cumplido con el trato bien pagado de hacer el hoyo. Antes de dispararse deseó que ojalá y aquel hombre llegara con la aurora, callado y responsable, a recoger la pistola y reintegrar la tierra al boquete ya habitado.

miércoles, noviembre 23, 2016

Puntos












Todo comenzó con un pantalón nuevo. Adrián lo recibió como regalo de su novia y se puso contentísmo: “Es para la fiesta —le dijo Yosadara—, y luego ya sabes…”. El “ya sabes” iba acompañado de un guiño y era la insinuación de la promesa, largamente pospuesta, de entregarse en un hotel. Todos sus amigos ya habían pasado por ese aro de lumbre y Adrián se sabía rezagado. En las charlas de borrachos postadolescentes, por supuesto, no admitía su demora, desviaba el tema cuanto podía y cuando debía encararlo no dejaba de fanfarronear con falsedades. Creía ser convincente, pero en el fondo palpitaba su sospecha de que alguno de los cuates podía descubrir la triste verdad. Así que al mismo tiempo recibió el pantalón y el ofrecimiento de su novia: ahora sí, luego de la fiesta buscarían el sitio y ya, por fin, terminaría el misterio más grande en sus largos 16 años recién cumplidos. Sólo faltaban tres días y listo, sabría quién era Yosadara en cuerpo y alma. Llegó a casa, entró a su cuarto, se tumbó el pantalón viejo y por la prisa se le fue hasta el calzoncillo. Así, desnudo y con apuro entró en el nuevo. Se vio en el espejo y lucía perfecto, impecablemente negro. “Este será el pantalón de la victoria”, pensó. Sin perder alegría, con innecesaria premura bajó el zipper y allí ocurrió el desaguisado. La punta de su prepucio fue agarrada por los dientes de la cremallera y Adrián quedó inmovilizado. Sintió un dolor que llegó hasta sus ojos, que de inmediato se humedecieron. Quiso gritar, pero imaginó la entrada de su madre y sus hermanas, la bochornosa revisión. Como pudo se tendió en la cama y allí, inmóvil, esperó no sabía qué. Se fue la madrugada y en la mañana —ventajas de las vacaciones— oyó el llamado de su madre tras la puerta. Fingió, le dijo que quería seguir dormido, y así pasó todo el día. Aprovechó que la casa quedó sola para arrastrarse como gusano a la cocina. Tenía hambre, pero evitó los líquidos pues no quería orinar. Desesperado, un día y medio después dio un jalón al zipper que cedió dejando una herida en el pellejo. Sin remedio, su madre lo llevó al hospital y allí le pusieron cuatro puntos. Ya en casa, casi aliviado, recibió a Yosadara y ella decidió darle un adelanto: se desabotonó la blusa, se desabrochó el sostén y Adrián comenzó a gritar de dolor.

sábado, noviembre 19, 2016

Alianza














Bajé del camión y lo primero que se me ocurrió fue husmear por la ciudad, comenzar a conocerla pese a sus 38 grados. Así que esto es La Laguna, pensé. Tanto que me la platicó mi padre, oriundo de acá. El viejo todavía alcanzó a ser fanático del Santos, pero no me contagió, pues yo torcí hacia Chivas desde que estaba en la primaria. Mi padre festejó como loco el primer campeonato, allá por el 96, y un año después se nos adelantó. Desde entonces, para homenajearlo en secreto, quise echar una vuelta a su ciudad, a Torreón, pero jamás se dio la oportunidad hasta este día. En la empresa me comisionaron y no me hice del rogar, tomé el bus y nueve horas después llegué a la cochambrosa terminal. “Los primero es lo primero, mijo. Vaya al Torreón viejo, camine por la Casa del Cerro y échese una cerveza en el mercado Alianza. Allí empezó mi ciudad”. Eso hice. Sólo traía una mochilita de hombro y antes de buscar hotel se me ocurrió tomar un taxi hacia el “Torreón viejo”, como le decía mi padre. Cuando llegué a la zona comencé a culearme. Era un sitio espantoso, caótico, parecía un mercado de la India. Bajé de todos modos y erré sin rumbo. Me asombró la cantidad de perros cajeros, tantos como personas. También me asombró la cantidad de catarrines, todos tirados o sentados en la calle con su frasco de alcohol médico mezclado con cualquier refresco. Vi de lejos la famosa Casa del Cerro y me prometí visitarla con más calma. Luego me interné en un laberinto de callecitas con fruterías, carnicerías, queserías y todo lo que termine en ías. Hallé, por cierto, varías cervecerías semiocultas y por supuesto sórdidas. Vi una que además contaba con billares. Entré. Estaba sola, pero apenas me senté, comenzaron a poblarse las otras mesas. Supongo, por las fachas, que eran albañiles, jornaleros, raza de combate a ras de suelo. Sentí que algunos me miraban de vez en vez. El solo hecho de usar lentes era allí una diferencia sustancial. Pensé en beber sólo una Indio y salir, pero me gustó que estuviera harto fría y me tomé la segunda. Algo más me gustó: la música norteña de la rocola, triste y justísima para el lugar. Cinco horas después salí de allí, mareado y vagamente orgulloso porque le cumplí a mi padre: empecé a conocer Torreón por su comienzo. Luego pedí un taxi hacia cualquier hotel.

miércoles, noviembre 16, 2016

Miradas















La imagen reaparece algo brumosa y me recuerda el momento en el que iban surgiendo los contrastes sobre el papel en la bandeja de revelado fotográfico. Así veo ahora este recuerdo, como un instante algo difuso, a veces un poco más claro pero siempre envuelto en una especie de velo que no permite descifrar de golpe todos los detalles. La imagen me presenta a un joven escritor en una librería de segunda mano. Ese joven escritor soy yo cuando era joven. Ya no lo soy, pero tampoco viejo. Digamos que estoy en camino a serlo, a unos quince o veinte años de distancia. El joven escritor mira de reojo y ve que entra un hombre viejo con un pequeño atado de libros. Son como seis o siete títulos gordos, todos encuadernados en piel, seguro de Aguilar. El anciano se coloca frente al dueño de la librería y ya no cruzan palabras, como si ambos supieran el asunto que los reúne. Luego de una brevísima exploración a los libros, el dueño dice una cifra que el otro acepta con una afirmación imperceptible. Mientras el comprador de los libros usados saca unos pesos del cajón, el viejo mira al interior de la librería. Yo, de pie frente a un mesón con libros de todos los géneros y tamaños, cruzo un instante mi mirada con la mirada acuosa del anciano. Son apenas tres, cuatro segundos en los que veo a un hombre cansado que se deshace de sus libros no sé si para sobrevivir o para no dejar una carga de objetos inútiles a sus descendientes. La escena se repite varias tardes más, pues soy comprador asiduo de libros que encuentro en esos purgatorios de papel, libros descontinuados, libros casi listos para desaparecer o ser rescatados. En cada una de sus visitas, cuando coincidimos, el viejo lleva un nuevo atado. Intuyo que poco a poco se desprende de los libros que reunió durante su vida, los ofrece, recibe su dinero y me tira una mirada en la que puedo notar una suerte de remota curiosidad. Así pasan muchas tardes más. Veo libros en el mesón, leo los lomos para saber de qué tratan. Llega el viejo con su atado, le dan el dinero por los libros y voltea a mirarme. La cara del viejo que se va revelando en el recuerdo no queda bien definida, y aunque me lo niegue sé que esa cara también es la mía mirando en el futuro a un joven comprador de libros.

sábado, noviembre 12, 2016

Hilton












Tarde y mal me enteré de la visita de Paris Hilton. Supe que la novedad agitó varias calles del centro y que un tumulto se agolpó en el negocio que inauguraba sus funciones con la presencia de esta socialité (así les dicen) internacional. Según mi información, un o una “socialité” es aquel personaje que logra amasar enorme fama sin contar con otro atributo que no sea el de existir, de ahí pues que todos los que existimos y no sentimos tener ningún talento especial podemos convertirnos, si la suerte nos sonríe, en especímenes de esta peculiar fauna. El asunto es que la chica visitó nuestro rancho y eso provocó un desenfrenado apetito de verla. Miré con lejanía y sorna interior esa noticia, pero no imaginé lo que a continuación paso a narrar. Fui citado en el restaurante más caro de Torreón para un negocio personal relacionado con mi trabajo. La verdad no me gustan tales sitios, pues muchas veces no sé qué pedir y me intimidan con su bluf. Pero fui. Estaba ya conversando con quien me invitó cuando llegó un grupo como de diez personas y se sentó en una mesa larga y reservada. No fue difícil notar que entre ellos venía la señorita Hilton. Ella quedó casi al lado mío, como a tres metros de mi mesa. Aunque el fondo musical de lugar no era alto, apenas pude detectar lo que conversaban. Lo hacían en inglés, claro. En una oportunidad, Paris se levantó al baño y detrás de ella fue un mastodonte rubio, dos metros de puro músculo. Era su guarura, pensé. Volvieron a la mesa y así pasó otro rato. Noté que los meseros hacían discretas y lejanas fotos. Mi interlocutor y yo quedamos anulados, pues vista en corto la tipa era más linda de lo que parecía en la tele y además tenía el imán de la fama mundial. También, como pude, sin que se notara, tomé una o dos fotos sin flash. Ambas salieron mal, pero ni modo. Luego ocurrió algo inaudito: el guarura fue al baño, y poco después de él, ella hizo lo mismo. Ahora iba sola, así que aproveché para pararme y, de alguna manera, perseguirla. La alcancé a un paso de que entrara, le toqué el hombro y con mi precario inglés de dos semestres en la Academia Burlington, le pregunté que si le había gustado nuestra ciudad. Ya con la puerta del baño semiabierta, apenas mirándome, casi de espalda, Paris levantó su trompita, frunció el ceño, meneó un poco la cabeza y dijo no.

miércoles, noviembre 09, 2016

Jefe




















Me urgía un trabajo y compartí a mi primo la inquietud. Era un tipo cercano a dos o tres mandones, abierto y oficioso. “Le diré a don Óscar que te reciba; él podrá acomodarte en alguna chamba”, propuso. Don Óscar no, pensé, pero preferí no ponerme rejego. Confié en el tiempo, en los treinta años transcurridos. Fui pues a la oficina del viejo. Despachaba en un edificio de tres pisos, todo de su propiedad. Yo sabía que alternaba el negocio de los tráileres con la política, pero seguramente andaba en más asuntos. Estos sujetos jamás se quedan quietos, le tiran a todo. En la antesala me hicieron esperar más de media hora. De la mesita central tomé una revista para matar el rato. Era un pasquín servil al poder de turno y por supuesto hostil, casi brutal, con los enemigos. Por allí vi la foto de don Óscar en un templete donde él y varios como él levantan los brazos en señal de triunfo. Era uno más entre los pocos que se habían apoderado del municipio. Jamás perdían. La secretaria me hizo pasar y lo vi de espaldas, la mancha de pelo corto en su nuca y la calva como tonsura. Hablaba por teléfono, miraba hacia la calle. Esperé de pie a que el viejo me ofreciera asiento. Tres eternos minutos después se dio la vuelta y casi sin verme estiró la mano para señalarme el asiento. Siguió llamando. Capté que era una larga distancia, algo de comprar o vender camiones en Reynosa. Hablaba sin cuidar la información, fuerte y distendido. Colgó veinte minutos después y de inmediato recibió otra llamada. Era un colega suyo de la política local. Lo trató de compadre. Habló sobre una reunión. Mencionó un rancho. Especuló sobre una candidatura. Habían pasado treinta años desde que publiqué un reportaje sobre este gusano. En ese lapso perdí todo: la revista, la familia, el entusiasmo. El viejo colgó otra vez. Apenas lo hizo, le habló su secretaria. Salió de la oficina sin cerrar la puerta y me abandonó quince minutos más. Atendió de pie a uno de sus empleados. Al fin volvió, miró la pantallita de su celular, picoteó. Tomó asiento, barajó papeles sobre el fichero, habló: “¿Lo conozco?”. Respondí que no. “Bueno, da igual. Mire, tengo un puesto de velador. Si le cuadra, empieza hoy”. Volvió a sonar su celular. Mencionó unas inversiones en McAllen.

sábado, noviembre 05, 2016

Torre




















La “Figura 68” (Torre de radioemisión vista desde abajo, foto de László Moholy-Nagy) del libro Punto y línea sobre el plano, de Vassily Kandinsky, me perturbó. Se trata de una imagen en la que se entrecruzan varias vigas de metal, lo que configura un todo sin orden aparente. Es uno de los muchos elementos gráficos que Kandinsky suma a sus teorizaciones sobre el constructivismo. Lo cito por una razón: esa torre es idéntica a la que años atrás vi desde esa misma perspectiva y en la que supuse iba a perder la vida. Todavía hoy, muy frecuentemente, pienso en aquellas horas. Salí de la galería como a las ocho de la noche, y estaba a punto de llegar a mi Focus cuando tres hombres me cayeron por la espalda. Oí una voz y al mismo tiempo sentí una cosa fría y dura en el cuello, detrás de la oreja derecha: “No se mueva, no mire”. De inmediato acaté la orden. Una manaza me agachó la cabeza y caminamos a un vehículo. Sólo pude ver los zapatos de quienes me detenían. Me subieron y en todo momento indicaron que no mirara, que mantuviera el cuerpo encorvado. Conjeturé: era una confusión. Ese día llevé mi saco más elegante, pues recibiría al arquitecto Aranguren. Sin problemas cerramos el trato por dos cuadros que le gustaron mucho, y se fue. Noté que, bien observados, parecíamos parientes, por lo menos primos: el pelo largo, ensortijado y canoso, la misma estatura, el saco azul y la camisa blanca. Todavía contesté algunos mails en la galería, afuera se hizo de noche y al salir pasó lo que pasó. Era una confusión, sin duda. Nos detuvimos en un paraje oscuro. Me dejaron un rato en el coche y bajaron a deliberar. Oí que discutían, pero no entendí nada. Poco después me bajaron, caminamos un rato en la penumbra y llegamos a una torre. Me echaron las manos atrás, me amarraron a una pata de la torre y se largaron. Pensé que volverían a terminar con todo, pero no. Tuve mucho frío y sentí que en cualquier momento me atacarían las alimañas. Asombrosamente pude dormir, y amaneció. Durante la mañana vi la torre desde abajo, ya con la espalda tiesa de dolor. Cuando estuve seguro de que no volverían, me zafé del nudo. Todavía eché un vistazo a la torre y huí a tumbos. Hoy, dos años después, encontré la imagen del húngaro Moholy-Nagy y recordé todo con renovado horror.