miércoles, diciembre 23, 2015

Convite de Agustín Yáñez




















Mientras nos distraemos con decenas de escritores que van y vienen, muchos de ellos movidos sólo por palancas marquetineras, se nos pasa la lectura de artistas verdaderamente grandes, de hombres colocados al margen de aparadores siempre atiborrados de libros que no resistirán el peso del tiempo y serán olvidados poco más allá de su pequeña cresta publicitaria. Uno de esos escritores tocados por la perennidad y ajenos desde hace mucho a los grandes anuncios es Agustín Yáñez. Autor de una de las obras más sólidas del siglo XX mexicano, Yáñez permanece porque sus ficciones fueron escritas con un sentido profundamente consciente de lo estético. Como pocos escritores, Yáñez supo trabajar los materiales temáticos que le quedaron más a la mano con una prosa cuyo aliento poético se distingue en cualquier trazo.
Si el lector de hoy desea convivir con libros en los que palpita el imán de la belleza, todo es que busque, por ejemplo, Las tierras flacas, La creación o Al filo del agua, historias que jamás defraudarán porque su hacedor supo recoger en ellos el alma de seres vivos movidos por impulsos y apetencias inmediatas, hombres y mujeres que interactúan en universos retratados con emotiva densidad, siempre descritos con una voluntad de estilo como pocas veces se ha visto en la literatura mexicana. Si Yáñez sigue siendo un escritor de altos alcances se debe, reitero, a que en sus obras no hay un solo párrafo mal urdido.
Devoto lector de Yáñez, Saúl Rosales sentía tener una deuda con él y la saldó hace poco en un libro doblemente titulado: Mi iconografía del barrio de Yáñez y ¿Qué dónde nació Agustín Yáñez? La portada amplia que se trata de dos crónicas y que tales textos vienen acompañados por fotos. Es pues un libro completamente volcado al gran escritor de Guadalajara, un homenaje de lector agradecido con el genio y la figura de, tal vez, el más dotado narrador que haya dado el estado de Jalisco si olvidamos por un momento a Rulfo.
El escritor lagunero camina el espacio infantil de Yáñez, escudriña sus calles, observa sus edificios y registra con palabras y con imágenes (tomadas por él mismo) lo que pudo ser la realidad —porque ha cambiado— del gran escritor. Como corresponde al tema, todo lo dibuja con el delicado tratamiento de la crónica, un género que permite el lujo poético, un lujo que nos convida a revisitar tanto el espacio físico como el literario de Agustín Yáñez.