lunes, junio 30, 2014

Piquita con Juan Sasturain



Uno de mis escritores ídolos es Juan Sasturain. De hecho, lo tengo como modelo tardíamente descubierto. Su apellido me sonaba desde hace varios años, pero fue en 2005 cuando comencé a leer algunos de sus artículos en la prensa argentina. Me gustaron su desenfado, su tono confesional, su posición crítica y su pasión futbolera. En más de un aspecto me recordó al Gordo Soriano, así que el negocio de mi admiración por Sasturain fue, es, redondo, tan redondo como un balón de fut. Lo conocí personalmente en la FIL. Fue en 2007, en una mesa que compartió con Roberto Fontanarrosa y otros intelectuales que cometieron la divertida insolencia de dialogar sobre goles y jugadores. Creo que le regalé un librito y me tomé una foto con él en la que luzco una barba horrible aunque, por supuesto, menos escandalosa que la del incipiente actor Diego Fernández de Cevallos.
Hace poco leí Picado grueso (Página 12, Buenos Aires, 2008, 126 pp), librito de cuentos escrito por Sasturain (“picado” en argentina equivale en México a “pica” futbolera, es decir, a cascarita). Son, obvio, relatos sobre futbol, aunque es necesario advertir desde ya que los de Sasturain, como los de muchos narradores argentinos, no son a veces cuentos sobre fut, sino sobre vida, referentes a los problemas habituales de la existencia humana pero con alguna pizca de futbol en sus pasajes.
Los escritores uruguayos y argentinos han encontrado un modo sabrosamente mañoso de no separarse del futbol. Simplemente lo han convertido en tema oblicuo, sesgado con respecto de la narración tronco. En mayor o menor medida, puede aparecer en todos los relatos, pero lo fundamental en cualquier caso es lo otro, la parte, digamos, no futbolera de la historia. A la vera del conflicto eje, el futbol es como un condimento, como un anzuelo, la parte a veces invisible pero constante de relatos que a los empedernidos del fut (como al reseñero que aquí opina) les crea una impresión de realidad ya que, como sucede en la vida de cualquiera, los líos de la vida no están separados de los comentarios que aquí y allá decimos o escuchamos sobre balompié. Es como estar, por ejemplo, asfixiado de deudas y al mismo tiempo desear que al menos gane el equipo al que le vamos para mitigar en algo la desolación.
Así los cuentos de Sasturain. En todos es claro que deambula el fut, pero también lo es que se hace acompañar de los pequeños y grandes conflictos que hacen de la vida un hervidero de miserias y a veces, por qué no, un espacio idóneo para el heroísmo anónimo. Si no conté mal, son 21 cuentos, todos escritos con una prosa sencilla y maliciosa, todos hábilmente tejidos para llevarnos a la esperada sorpresa que caracteriza los finales cuentísticos.
En el prólogo, Sasturain hace casi innecesariamente esto, una confesión que, mutatis mutandis, podríamos firmar muchos: “Supongo que no sé exactamente si terminaré siendo lo que quise ser. Probablemente no. Pero es cierto que si ahora (todavía) quiero y trato de ser escritor y a veces lo soy, hubo un tiempo en que quise ser jugador de fútbol. (…) la cosa estaba bien clara en cualquier test que me hicieran al fin de la primaria y era evidente cuando a los 18 vine a Buenos Aires por primera vez con dos propósitos: estudiar Literatura en la UBA y probarme en San Lorenzo, donde tenía un tío dirigente. Pero me sobraba edad y me faltaban aptitud y perseverancia, así que pese a terminar fichado en Lanús largué pronto, y los libros y la recién descubierta militancia me llevaron el tiempo y las energías para otro lado por unos años”.
Sasturain dice “por unos años”, o sea, no por mucho tiempo se colocó lejos del futbol, ya que pronto aprendió a conciliar su apetito de literatura y política con el otro, el apetito de Boca y de goles, el apetito de canchas y polémicas. El espacio en que se conciliaron las dos o tres pasiones (literatura, política y futbol) fue la escritura, como lo evidencian los cuentos de Picado grueso. No es posible resumir ni un argumento de un libro con tantos relatos; sólo diré, para terminar, que son memorables “El búlgaro”, “Bronces”, “Sportivo Virreyes” y “The Cleveland Rush”, pero todos tienen algo. Sasturain es uno de esos pocos que tiene la mala costumbre de tocar siempre la tecla correcta así en periodismo como en literatura. Suertudo.

sábado, junio 28, 2014

Futbol con perspectiva de género




















No es posible saberlo con exactitud, pero creo que hasta hace cerca de veinte años en México eran pocas, contadísimas, las mujeres involucradas en el gusto del futbol. El espacio de las tribunas, y no se diga el de las canchas, constituía coto exclusivo de los machos, tanto que nadie, jamás, echaba allí de menos al sexo opuesto. Hoy es distinto. El futbol femenino ha crecido en número de practicantes y, sobre todo, en calidad, y en las tribunas ya no debe faltar el toque de encanto que añaden las mujeres. Sucede incluso que en muchísimos programas de radio, televisión y otros espacios de prensa es cada vez más frecuente la participación de mujeres, aunque todavía son mayoritariamente elegidas en función de la carrocería y no tanto del conocimiento futbolístico.
Si en las canchas, las tribunas y los medios el avance femenino ha sido gradual y sostenido, la literatura futbolera escrita por mujeres no acusa un desarrollo similar. Ahora bien, como casi todo lo que hay escrito sobre el tema proviene de hombres, es un verdadero lujo tener y haber leído Mujeres con pelotas, cuentos inspirados en el fútbol (Ediciones Deldragón, Buenos Aires, 2010), libro que reúne 26 cuentos y un prólogo de María Rosa Lojo, acaso el primer libro en el mundo que convoca a tantas mujeres en torno a un deporte que hasta hace poco sólo asociábamos con el universo de los machos.
Esta rareza editorial vale desde su sola idea, pero es mucho más que eso, pues evidencia la cercanía/lejanía de la mujer con respecto del espacio (real y imaginario) del futbol en tanto práctica y asunto predominantemente hombruno.
Llama la atención que al menos en la Argentina, uno de los países más futbolizados del planeta, la mujer está cerca sí o sí, sin margen para la huida, de esta pasión: como fanática o como víctima de un hijo, amigo, novio o esposo enajenados. En varios de los relatos, por ello, la pasión llega de rebote: la mujer está allí, sin remedio, en la periferia del fanatismo, como si el futbol fuera una plaga que también la devorará aunque ella quiera mantenerse aparte.
En las brevísimas palabras que de él reproduce Mujeres con pelotas, Alejandro Apo, el periodista que más ha promovido el gusto por el cuento futbolero en la Argentina, señala que “el fútbol no es solamente fútbol sino también un vehículo de ideas que está en nuestra formación, en el barrio, en los afectos y en los amigos”, lo que es verdad, sobre todo porque el futbol escrito, literaturizado, ha permitido que veamos no tanto lo que hay dentro de la cancha, sino dentro del corazón de quienes (hombres y mujeres, niños y viejos, pobres y ricos) lo viven con tanta intensidad que lo han convertido en parte de una educación sentimental entrecruzada de afectos y desafectos familiares, barriales, comunitarios.
La mirada de las mujeres sobre el futbol y sus orillas, en este sentido, es muy importante, pues gracias a esto podemos ver desde su perspectiva cómo palpita en el alma de una madre el deseo de que su hijo triunfe, o cómo percibe una novia el fracaso de su pareja en las canchas, o como caza la mujer al ídolo de las multitudes.
Mujeres con pelotas (que cuenta con la participación de escritoras como Silvia Plager, Adela Sorrentino, Laura Nicastro, Silvia Miguens, Fernanda Nicolini, entre otras) es un espléndido precedente, un enriquecimiento de la literatura futbolera que a partir de aquí ya no deberá ser, como hasta ahora, cancha donde juegan puros hombres.

miércoles, junio 25, 2014

La biblioteca Ficticia




















Marcial Fernández (Ciudad de México, 1966) es escritor y editor. Comandante en jefe de la editorial Ficticia, no ha parado de publicar libros de autores reconocidos y de otros no tanto. Su sello es un catálogo equilibrado, entonces, de experiencia y juventud. Uno de los rasgos de Ficticia es, en definitiva, su diseño. Los libros de esta editorial tienen un encanto retro desde mucho antes de que alcanzara a ser moda el reciclamiento de estilachos antiguos. Por esos rasgos es casi imposible no identificar los libros de Ficticia incluso sin que veamos su sello en las cubiertas.
Junto con la promoción de colecciones de cuento, novela y ensayo contemporáneos, Marcial y su Ficticia han abierto tres series que todo buen deportólogo debe seguir: Ediciones del Futbolista, Ediciones del Beisbolista y Ediciones del Boxeador. La que ofrece más títulos, por ahora, es la primera, de ahí que en esta etapa mundialista los mexicanos podamos hacernos de, al menos, diez libros que de entrada podrían servir como espléndido comienzo para configurar una biblioteca futbolera de buen tamaño.
En esta colección especializada todos los títulos merecen reseña aparte, pero no sobra mencionar, por ahora, algunos como ¿Y el futbol dónde está?, de Ángel Cappa; El árbitro: una prepotente existencia moral, de Gustavo Marcovich; Anecdotario del futbol mexicano, de Carlos Calderón Cardoso; Guantes blancos, personajes del futbol, de Félix Fernández Christlieb, y los colectivos Tiempo de compensación: para leer en la banca, Cuentos mundialistas y También el último minuto, que comento aquí.
La selección de También el último minuto fue trabajada por el mismo Marcial Fernández. Reúne a 22 jugadores, cada uno con su respectivo cuento. Como sucede con cualquier buen equipo, hay de todo. Trotacanchas con experiencia en la literatura y novatos que saltan al terreno casi para estrenar los chuts. El título del libro, hay que acotarlo, es un préstamo de una frase que figura como epígrafe en el cuento de Arturo Trejo Villafuerte; se trata del aforismo que don Fernando Marcos usaba para editorializar los finales apoteósicos y con gol mediante: “El último minuto también tiene 60 segundos”.
Esta es, que yo sepa, la primera antología mexicana de cuentos futbolísticos. Apareció en 2006, y claro que para entonces ya había una cantidad importante de cuentos mexicanos sobre el tema. Uno de ellos, “Lenin en el futbol”, de Guillermo Samperio, apareció en 1977 en un libro homónimo, y Del llano, obra con cinco relatos de Felipe Garrido, data de 1999. Yo mismo publiqué en 1990 un cuento que jamás releí, “Las vicisitudes del gigante” (de mi libro El augurio de la lumbre), pero estoy seguro que las antologías o las muestras de esta narrativa no aparecieron sino hasta el 2006 con También el último minuto.
Entre los nombres ya muy reconocibles están Vicente Leñero, Felipe Garrido, Gerardo de la Torre, Rafael Ramírez Heredia, Mauricio Carrera, Eduardo Langagne, Leo Mendoza, Ignacio Trejo Fuentes, Javier García-Galiano y el propio Marcial. Junto a ellos aparecen escritores menos conocidos, algunos muy jóvenes, como Antonio Ramos y Darío Carrillo.
El menú de cuentos, ya podemos imaginarlo, es muy variado. Es, pues, imposible encontrar un hilo que nos lleve a sujetarlos en una afirmación sobre el estilo o la temática. Es viable, sin embargo, hacer dos afirmaciones; 1) con la presentación, que “la antología muestra una diversa gama de encuentros y desencuentros que hacen del futbol lo que es: una guerra ficticia capaz de causar treguas entre guerras reales, un deporte que cada cuatro años, cada año, mes, semana, día, provoca que el planeta se mueva, y una religión en la que la feligresía descubre que el paraíso o el infierno están no sólo en la cancha, sino en las circunstancias y tras bambalinas de un partido cualquiera”; y 2) que en todos los cuentos hay, en distintos grados, humor, grato humor. Eso es suficiente, creo, para hacerlo estimable.

lunes, junio 23, 2014

El clásico de Eduardo Galeano




















Cuando en México apareció El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el más famoso libro sobre futbol escrito en América Latina, había pasado apenas un lustro después de la caída del Muro de Berlín. El mundo reacomodaba las ideologías dominantes y no faltó que algunos auguraran también la caída total del pensamiento identificado con la izquierda. Hubo, por supuesto, una desbandada, pero no fueron pocos los intelectuales que se mantuvieron en su posición con la misma agudeza crítica de siempre. O casi, pues hubo una suerte de distensión que permitió reflexionar de otra manera los temas de siempre y otros más. El futbol, por ejemplo.
Hasta poco antes de 1990, los intelectuales se relacionaban con el futbol de manera un tanto tibia. Sabían que el gusto por este deporte no tenía buena prensa para ellos, pues los colocaba en un flanco del interés informativo que en apariencia nada tenía que ver con la inteligencia. La resistencia a escribir sobre futbol era tan fuerte que no hay libros destacados sobre el tema hasta finales del siglo XX. Uno de ellos, El futbol a sol y sombra, obra de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940), luego de veinte años ha pasado a convertirse en un icono de la literatura futbolera, y no envejece, pues más allá de su tema está su tratamiento: la prosa allí recorre zonas del futbol con elegancia y hondura, con fina ironía y marcaje personal a los vicios que han carcomido el romanticismo del juego para convertirlo en un negocio en el que con frecuencia no están muy presentes los escrúpulos.
Como buen uruguayo, Galeano nació con el futbol atado al corazón. Los mil vericuetos de la vida lo llevaron a lo que hoy es: un escritor ya emblemático de la izquierda latinoamericana, tal vez el más representativo entre los muchos que han asumido una voz crítica ante los múltiples poderes que aquí y allá han hecho de las suyas en medio de penurias multicolores. Las venas abiertas de América Latina (1971), su más famoso libro, es una denuncia sobre el secular arrasamiento de la riqueza latinoamericana. Lo asombroso es que tres años antes, en 1968, Galeano prologó una antología de relatos titulada Su majestad el futbol.
En aquellas palabras quedó en evidencia lo que Galeano siempre ha pensado sobre el tema: “No creo que tanta perversidad [achacar al futbol la demora de la libertad] pueda imputarse al fútbol con algún fundamento de causa. No niego que el futbol empieza por gustarme, y mucho, sin que eso me provoque el menor remordimiento ni la sensación de estar traicionando a nada ni a nadie, confeso consumidor del opio de los pueblos. Me gusta el fútbol, la guerra y la fiesta del fútbol, y me gusta compartir euforias y tristezas en las tribunas con millares de personas que no conozco y con las que me identifico fugazmente en la pasión de un domingo de tarde”. Ni traición ni nada a nada, decía Galeano al prologar aquel libro olvidado. Muchos otros títulos pasaron, entre ellos Las venas…, hasta que Galeano dio a la prensa El futbol a sol y sombra, testimonio definitivo de su estrecha vinculación, sin culpa, al deporte de las patadas y los goles.
El libro del uruguayo avanza por estampas, la mayoría brevísimas. Como es su costumbre, siempre encuentra el fleco humano en todo, y al abordar el futbol no se desprende del buen hábito. Ya que estamos en el Mundial de Brasil 2014, veamos una que se refiere al Mundial del 50, el del Maracanazo: “A la hora de elegir el arquero del campeonato, los periodistas del Mundial del 50 votaron, por unanimidad, al brasileño Moacir Barbosa. (…) Pero en aquella final del 50, el atacante uruguayo Ghiggia lo había sorprendido con un certero disparo desde la punta derecha. Barbosa, que estaba adelantado, pegó un salto hacia atrás, rozó la pelota y cayó. Cuando se levantó, seguro de que había desviado el tiro, encontró la pelota al fondo de la red. Y ése fue el gol que apabulló al estadio de Maracaná y consagró campeón al Uruguay. Pasaron los años y Barbosa nunca fue perdonado. En 1993, durante las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos, él quiso dar aliento a los jugadores de la selección brasileña. Fue a visitarlos a la concentración, pero las autoridades le prohibieron la entrada. Por entonces, vivía de favor en casa de una cuñada, sin más ingresos que una jubilación miserable. Barbosa comentó: ‘En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí’”.
Como ésa, todas las instantáneas de Galeano son atrayentes, una demostración palpable de que las canchas producen historias humanas, demasiado humanas. Vale el esfuerzo de buscarlas y leerlas.

domingo, junio 22, 2014

Aquella canallada














Publiqué el ensayito que aparece aquí abajo en el número 63 de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón. No oculta la admiración que le guardo al Negro Fontanarrosa, lo mucho que he disfrutado sus monos y sus relatos. Uno de ellos es el cuento “19 de diciembre de 1971”, ficción que casi casi puedo colocar en el sitio de honor de toda la narrativa futbolera, o al menos de la que he leído, que no es poca. Ojalá y mi acercamiento pueda encaminarlos hacia su lectura.

Aquella canallada: mitificación narrativa de un instante
Jaime Muñoz Vargas

Poco a poco vamos rebasando el lugar común que piensa en el futbol como tema poco literario, sólo confinable en el espacio de la frivolidad. Cierto que hay detractores e indiferentes, y legítimo derecho tienen para serlo, pero en el otro lado del campo de juego trotan los entusiastas, muchos escritores que no por escribir sobre futbol pueden ser hoy considerados del montón, menos escritores que los escritores “serios”. Por las razones que queramos —económicas, sociales, mediáticas y hasta religiosas—, el futbol se ha colado por todos los poros de la realidad y dado que parte de la realidad es la literatura, también allí ha dejado huellas. Lo ha hecho con tanto vigor, ludismo y frescura que no son pocas, de veras, las obras maestras que concilian el ingrediente de los goles con el de las palabras.
Voy a detenerme aquí en un caso extremo de excelencia futbolero-literaria. Es el cuento “19 de diciembre de 1971”, de Roberto Fontanarrosa (Rosario, 1944-2007), modelo acabado de lo que me atrevo a denominar “mitificación narrativa de un instante”.  Leerlo, indagar un poco en su origen, en su procedimiento, en el velado homenaje que rinde a Borges y en la sutil reflexión que insinúa sobre la dicotomía “civilización y barbarie” es aproximarnos a la comprensión de un fenómeno que surge de la inmediatez, de la vida cotidiana y sus pequeñas grandezas y miserias, resortes que, activados por la buena literatura, logran aupar un hecho deportivo aparentemente ínfimo hasta colocarlo en las esferas de lo artístico.

Antecedentes y evolución de un match
Sabida, muy sabida es en el mundo la rivalidad casi caníbal (o sin casi) entre los dos equipos más importantes de la ciudad de Rosario, en la provincia Argentina de Santa Fe. Salvo la que hay entre los fanáticos de Boca y los de River, o entre los de Racing e Independiente, los cuatro de la Capital Federal y sus alrededores inmediatos, la oposición de los dos rosarinos puede ser considerada ejemplar en el contexto latinoamericano. Lo extraordinario del caso es que se trata de una ciudad del interior, con poco más de un millón de habitantes, en la que a rudas penas conviven dos hinchadas cuya beligerancia alcanza registros épicos.
En efecto, los seguidores de Rosario Central (llamados Canallas o “Canayas”), que juegan en el llamado Gigante de Arroyito, mantienen una rivalidad sin orillas contra los de Newell’s Old Boys (los Leprosos), quienes usan como guarida el estadio Marcelo Bielsa. Ya los apodos de ambas hinchadas dan una idea del ritmo al que se agitan esas aguas, de suerte que un juego entre ellos, cualquier juego, incluso un amistoso, se convierte en una guerra mundial en miniatura.
Los equipos fueron fundados en 1889 (Central) y 1903 (Newell’s), y desde entonces, poco a poco, su fratricida encono partió a Rosario en dos. El momento, ya histórico, en el que su rivalidad estalló hasta convertirlos en irreconciliables a muerte se dio el 19 de diciembre de 1971. Ese día los dos clubes rosarinos disputaron un partido verdaderamente importante, la semifinal del Torneo Nacional de la Asociación de Futbol Argentina. El choque se celebró en terreno neutro: el estadio Monumental, la casa de River. El ganador disputaría, por supuesto, la final. Lo que pasó entonces fue digno de un cuento, el que años después escribiría Roberto Fontanarrosa, rosarino e hincha de Central, es decir, canalla contumaz. Ese texto lleva el título que precisamente afirma el hito: la fecha del partido. En él, Fontanarrosa codifica en clave mítico-humorística la enorme gloria que les cupo a los canallas y el no menos pesado bochorno que cayó encima, para siempre, de los derrotados.
El choque quedó apenas 1 a 0, con victoria de los Canallas. El gol fue producto de un centro enviado a la olla por Jorge José González; cerca del área chica, el delantero Aldo Pedro Poy (Rosario, 1945) se adelantó al defensa Di Rienzo con una palomita que empujó el balón hacia las redes defendidas por el arquero Fenoy. Y eso fue todo, o casi todo, pues luego vino la tensión por la posibilidad del empate hasta el pitazo final. Después estalló el júbilo de los centralistas que de inmediato, y hasta hoy, indeteniblemente, “cargan” a (o sea, se burlan de) los leprosos. Cierto que ganó Central y la cosa estaba para festejo canalla, dado que era la primera vez que los equipos se veían las caras en un choque trascendente, pero lo que vino luego, muchos años luego, rebasa los límites de lo imaginable.
El triunfo de Central, particularmente el gol de Poy, conocido históricamente como “La palomita de Poy”, comenzó a ser celebrado año tras año, cada 19 de diciembre. El cabezazo, del cual apenas se conserva un video casi invisible y una rasposa grabación de radio, pasó de ser un hecho fortuito a parteaguas para la hinchada canalla, tanto así que desde hace muchos años lo reproduce en una celebración con Poy de cuerpo presente. En el festejo hay una simulación del remate: alguien lanza con la mano un balón y Poy, cada vez más viejo, llega y clava el reiterado balón al fondo de la anual portería.
Esta mitificación ha servido incluso para que los seguidores de Central hayan hecho una propuesta al libro Guinnes: el gol más celebrado de la historia es el de Poy, aseguran. No han tenido éxito, pero aquel gol y aquel partido han hallado eco en otros reconocimientos. El de la literatura, por ejemplo, con el cuento de Fontanarrosa.

Oralidad, cábala y sudorosa trama
El cuento de Fontanarrosa nos habla desde la primera persona. Decir “nos habla” no es sólo un decir. En efecto, el narrador, un hincha irreductible de Central, explica lo que él y sus amigos hicieron para que los Canallas no perdieran el juego presentidamente histórico contra sus archienemigos. El relato presupone un oyente, alguien que escucha al narrador, tal cual: “Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido”. Con esta estrategia se despliega la retrospección que afirma la condición mítica de lo contado, es decir, se refuerza la idea de que el mito, todo mito, tiene su principal soporte en el relato compartido, en la oralidad.
El narrador cuenta que Rosario estaba, como nunca antes, caldeada por el partido que se celebraría en el Monumental. Ni él ni los suyos podían aceptar una derrota, así que debían recurrir a todo con tal de evitarla. Pero lograr su propósito (que Central ganara el juego) no dependía  sólo de la eficacia de los jugadores. El público también jugaba su partido, así que los tumultos viajarían de Rosario a la Capital Federal para hacer valer el peso de sus gritos. Eso, sin embargo, no es suficiente, lo que los lleva directo al ingrediente de la superstición (o “cábala”, como la llaman en Argentina). Recuerda el narrador que todos comenzaron a pensar en las circunstancias dadas en victorias anteriores, para repetirlas y atraer con eso la buena suerte.

O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles, como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra.

Lo más inverosímil fue invocado y repetido:

Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito ese. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ese. El Cuqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo, y con eso empatamos.

Alguien recuerda que Casale, un viejo hincha de Central, había afirmado como de pasada alguna vez que los Canallas jamás habían perdido cuando él iba al estadio. Eso significaba que, por cábala, el viejo Casale debía estar presente en el Monumental. Pero había un problema: por prescripción médica, el anciano no podía ir ya a los estadios, y no sólo eso: no podía ni oír por radio las crónicas a riesgo de quedar frito de un infarto. Su familia y él mismo  (con todo su dolor) habían aceptado esa orden. Por ello Casale, para evitar riesgos de gritos en el vecindario o bocinazos en la calle que lo inquietaran con la pura suposición de los resultados, se recluía en una quinta de su hermano, lejos de la ciudad. Pero los chicos conocían la historia, y la tradujeron en cábala inevitable:

la verdad, hermano, que (....) nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán (…) Entonces ahí nos dijimos: “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”.

El viejo se niega, radical, a viajar, y más se niega a entrar en un estadio donde juegue Central, pues no tenía ya ni la mínima certeza de salir bien librado. Es allí donde los muchachos planean secuestrarlo y llevarlo por la fuerza al Monumental. Con peripecias bien planeadas, lo logran y cargan con él hasta la capital para que cumpla su función de amuleto. Custodiado por todos los sudorosos hinchas (recordemos que en diciembre es etapa de mucho calor en Argentina), el viejo Casale va admitiendo su condición de rehén. No tiene más opción que estar allí, su escapatoria se torna imposible, y gradualmente, como es inevitable, se involucra en la euforia:

Mucho antes ya de entrar en Buenos Aires, ese viejo era el más feliz de los mortales. Te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera

El partido fue tenso y como el gol de Poy cayó al promediar el segundo tiempo, los Canallas fueron embestidos por los Leprosos en busca de la igualada. Esto agudizó la tensión a grados infernales, como lo cuenta el narrador:

¡Que si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refucilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! (…) Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

Ya podemos imaginar lo que vino tras el silbatazo final y el 1-0. El vértigo que produjo la victoria fue demasiada dosis de alegría para el corazón del viejo, y allí quedó:

¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¿Esa era la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! ¡Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

El viejo Casale y Dahlmann
Supongo que ya se habrá destacado la relación que hay entre el final del cuento de Fontanarrosa y “El Sur”, de Borges. Como Dahlmann, Casale se ve forzado a ocupar un lugar que no le pertenece, pero que secretamente anhela y con el cual siente una identificación profunda. Ambos enfrentan, en muy distintas circunstancias, aunque las dos motivadas por la enfermedad, la disyuntiva civilización o barbarie: morir plácidamente, en un lecho casero o de hospital, sin heroísmo, o terminar sus vidas en una pequeña aventura que les endiose el pecho y los enorgullezca durante el último de los alientos. Dahlmann en el campo opta por la barbarie luego de eludir el quirófano y goza la buena suerte de que pueda liquidarlo un gaucho:

Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Y el viejo Casale en la tribuna, hinchando por Central, celebrando la palomita de Poy, eufórico en el meollo de la barbarie futbolística, muere de alegría por la alegría de todos los Canallas.

BORGES, Jorge Luis. Obras completas I, Emecé, Buenos Aires, 2010.
FONTANARROSA, Roberto. Puro fútbol, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
LAMAS, Federico. “La palomita de Poy”, El Gráfico, www.elgrafico.com.ar/2011/12/19C-3977-la-palomita-de-poy.php

sábado, junio 21, 2014

Futbol por correspondencia




















Los mundiales no sólo generan goles, estadísticas y millones de notas en toda la prensa del planeta. Al su lado nacen subproductos que en los meses previos y durante el desarrollo de la justa pueblan el orbe como epidemia bíblica. Álbumes, envases en ediciones especiales, playeras, llaveros, gorras, pulseras, videos, viajes y mucho más cobra un impulso de catarata publicitaria en las etapas mundialistas. Allí también caben, aunque a una escala moderada, los libros. Algunos nacen antes de los mundiales, otros durante y unos pocos después, como ocurrió con Ida y vuelta (Seix Barral, 2012), diálogo epistolar sostenido por Juan Villoro con Martín Caparrós durante la celebración de Sudáfrica 2010.
El intercambio se dio entre junio y julio de 2010, y las cartas fueron acogidas por las revistas Letras Libres, de México, y Soho, de Colombia. El subtítulo del libro, “Una correspondencia sobre futbol”, confirma lo que encontramos en las páginas de Ida y vuelta: a cada misiva, el interlocutor corresponde con otra, y así se va escalonando la “conversación” virtual. El pespunte se torna interesante porque lo mismo se deja ver comentarios sobre la coyuntura (el Mundial sudafricano en sí) que sobre el futbol en general y sobre las idiosincrasias de las dos hinchadas que de alguna manera representan los corresponsales, la mexicana y la argentina.
Villoro, como sabemos, nació en el DF en 1956, y es ya uno de los escritores mexicanos con mayor cartel no sólo en nuestro país, sino en todo el contexto de habla hispana. Apasionado hasta el tuétano por el futbol y autor de libros como Dios es redondo y Balón dividido, además de decenas de entrevistas, conferencias y colaboraciones en una cantidad ya incuantificable de espacios periodísticos, es sin duda el escritor mexicano más identificado por los lectores con la opinión futbolera pensada desde la literatura. Caparrós, quien nació en Buenos Aires un año después, es uno de los intelectuales más polémicos de su país, autor de numerosos libros diversificados entre novelas y ensayos políticos, además de haber ejercido una carrera periodística que le ha permitido recorrer “medio mundo”. Dados estos antecedentes, en el diálogo reina la buena prosa y un torrente de opiniones atendibles.
En total son 42 cartas. Sólo en un par de momentos cada autor envía dos seguidas, así que el libro es, si lo miramos como si fuera la cancha que ilustra su portada, un choque de ida y vuelta, un match con ataques y contrataques. Se puede percibir en este libro un todo amable, por supuesto, pero también el ánimo por competir. Pese a la premura que impone el género epistolar vía mail, los dos escritores colocan la canasta muy alta (o la portería muy lejos, para evitar la metáfora basquetbolera) a su “rival”, así que ambos van engarzando comentarios dignos de cita, como éstos sobre el tema central del libro: “No sé si estarías de acuerdo con mi definición: en mi caso, siempre sospeché que el futbol era el espacio de mi salvajería feliz” (Caparrós). “Ningún otro deporte tiene un sistema de jurisprudencia tan endeble, es decir, tan parecido a la vida” (Villoro). O éstas, que se refieren a la sociedad donde crecieron los interlocutores: “¿Escuchaste hablar alguna vez, mi querido hospitalario, de la viveza criolla, esa virtud que se supone tenemos los rioplatenses y que consiste en sacar la mayor ventaja, siempre al borde de la legalidad, de cualquier situación?” (Caparrós). “En México cada fracaso futbolístico da lugar a un deporte extremo: el linchamiento” (Villoro).
Ida y vuelta, una correspondencia sobre futbol es en suma un libro grato en más de un sentido, no sólo en el futbolístico. Es lo menos que podía esperarse de dos pesos pesados de la literatura latinoamericana.

miércoles, junio 18, 2014

Nostalgia sobre el césped




















Hay obras literarias que no valen tanto por su ejecución cuanto por su idea. Me refiero a esos textos que apoyan su valor, principalmente, en el hecho de que se tornan únicos, irrepetibles. Pienso por ejemplo en Las vocales malditas, de Óscar de la Borbolla, serie de cuentos cuya metodología nadie puede reintentar sin verse señalado como poco (o nada) original. Un caso semejante es el planteado por “El futbol de antaño (un poema hermético)”, de Luis Miguel Aguilar (Chetumal, Quintana Roo, 1955). Publicado originalmente en la revista Nexos (mayo, 1994) y luego recogido en Nadie puede escribir un libro (Cal y arena, 1997) este extraño espécimen literario es uno de los juegos más maliciosos que uno pueda encontrar en la poesía mexicana, y se refiere a futbol, deporte que uno puede encontrar en cualquier sitio.
Es ya abundante la narrativa sobre futbol, sobre todo la formateada en molde cuentístico. Hay también muchos ensayos de diferentes disciplinas, libros enteros con vistazos críticos planteados desde el periodismo o la academia. Lo que no nos frecuenta es la poesía sobre futbol. Claro que existe, como el hermoso poema “Futbol”, de José Pedroni, que termina: A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña, / la multitud, el fútbol… Todo es grato en la tierra”. O este otro, hermoso, de Antonio Deltoro: “Contra el hacer, contra la dictadura de la mano, yo canto / al pie emancipado por el balón y el césped, / al pie que se despierta de su servil letargo, / a la pierna artesana que vestida de gala va a la fiesta…”. Pero son pocos, o al menos no tantos como ocurre con los cuentos y las aproximaciones críticas.
“El futbol de antaño” es un poema breve. Alcanza apenas 41 versos endecasílabos en verso blanco (es decir, no rimados). Se trata de una larga enumeración de nombres propios encerrados en una especie de paréntesis abierto con esta invocación:

¿Dónde fueron los nombres, me pregunto,
Que hoy trivia son, y pasto de elegía?”.

Y concluidos con este remate:

Hoy vuelven bajo un sol(64) de epifanía(65)
Que es tiempo, y polvo(66), y juego de conjunto.

Dentro de esos cuatro versos ocurre la acumulación onomástica que comienza de esta forma:

Masopust, Kavasnak, Bosniak y Masek,
Smolarek, Sbóvoda(2), Uda Dukla(3),
Edú, Pepe, Coutinho, Lima (4), Manga(5)
Voronin(6), Bene(7), Spartak(8), Florian Albert(9),
Altafini(10), Botafogo(11), Chesternev(12),
Manquito Villalón(13), Pepín González(14),
Amaury Epaminondas(15), Florentino(16),
Ataúlfo Pablo Sánchez Matulic(17),
Cisneros y MacDonald(18), Mustafá(19)…

El lector, intrigado, se preguntará qué son los números adjuntos a los nombres. Son, dicho esto en el argot de la metodología académica, “llamadas”, o sea, los famosos numeritos volados que remiten a nota al pie de página o de final de capítulo. He aquí la jocosa malicia del poema; Luis Miguel Aguilar acumula los nombres, apodos y apellidos que conserva su nostalgia y “el poema” se va haciendo solo, enigmático por lo arbitrario y sorpresivo de cada jugador mencionado.
Pero Luis Miguel Aguilar sabe que un poema armado con tal recurso dejaría al lector casi en cero, así que tomó el camino posmoderno de anotarlo académicamente. Así, al nombre “Bene” le corresponde esta nota: “(7) Bene. Veloz extremo húngaro. Calvo el cabrón. Perforó a Manga en el Mundial de Inglaterra 1966”. O a Florentino: “(16) Florentino. Portero español del Toluca. Usaba unas rodilleras que parecían el escudo de Aquiles”.
El poema es pues breve, pero las notas nos alargan el placer de la nostalgia futbolera. Alguien afirmó que vemos partidos sólo para recordarlos. “El futbol de antaño”, poema inimitable de Luis Miguel Aguilar, confirma el aserto.

lunes, junio 16, 2014

Cuentos futboleros del Negro Fontanarrosa




















Tres destrezas que difícilmente se dan en un solo ser humano coincidieron en Roberto Fontanarrosa (Rosario, 1944-2007). La primera, el humor; la segunda, el dominio del dibujo; la tercera, el fervor por la escritura. Las tres fueron desarrolladas de una manera extraordinaria, tanto que el Negro, como le apodaban, es hoy un icono de la cultura popular argentina, una especie de Gardel en lo suyo.
Sabemos que su fama mexicana se basó en la historieta que durante muchos años ocupó la página final de la revista Proceso, aquel colofón que semana tras semana nos colocó frente a la figura nada tierna de Boogie el Aceitoso, mercenario internacional que pasados algunos años devino incluso film. Pero Fontanarrosa fue más, mucho más que el Aceitoso. Creó, para empezar, a Inodoro Pereyra, otro personaje emblemático de la cultura argentina, un gaucho que acuñaba frases inmortales, como cuando le dijeron: “Anoche soñé con mi familia”, y respondió: “Yo también dormí mal”. Y así, muchos personajes imborrables se fueron sucediendo uno tras otro en sus dibujos siempre atados al humor más sutil, más ácido y siempre inteligente.
Igual, aunque sin la fuerza arrolladora de los dibujos que llegaron con mayor facilidad a los lectores, Fontanarrosa tomó la pluma para escribir cuentos y novelas que no por provenir de un artista gráfico dejan de tener un alto valor literario. La mirada mordaz del rosarino recorrió, como en su faceta de historietista, un montón de temas y personajes. Se puede afirmar, si disculpan el lugar común, que allí no dejó títere con cabeza.
Uno de los temas que campeó en sus textos fue el futbol. Claro, era inevitable. Hincha sin fisuras, ferviente, de Rosario Central, el Negro dejó entrar en sus dibujos y en sus cuentos asuntos que directa o indirectamente, sobre todo lo primero, abordaban situaciones futboleras. En todos los casos cultivó el humor, forma imprescindible de su hacer, de suerte que sus textos sobre el tema se regodean sin pausa en casos que nunca dejan de parecer reales, sudorosos, llenos de sabor a pasto y a gambeta.
Estos cuentos de Fontanarrosa están arracimados en el libro Puro fútbol (Ediciones De La Flor, Buenos Aires, 2000) y constituyen una cima en la literatura latinoamericana sobre la materia. Se trata de los cuentos que el Negro escribió y fue dejando desperdigados en diferentes publicaciones hasta que quedaron reunidos en este puñado de páginas.
Aquí se encuentran, entonces, todos los relatos que acuñó sobre la pasión más grande de su vida, incluido uno que con facilidad podemos considerar insuperable: “19 de diciembre de 1971”, la pieza literaria que desde la perspectiva del fanático tiene como telón de fondo el duelo de semifinal que (en la fecha que le da título al relato) disputó Rosario Central contra su archienemigo y coterráneo: Newell’s Old Boys. Este cuento valdría, creo, para ubicar a cualquier escritor de ficciones futbolísticas como notable, pues se adentra con implacable sarcasmo hasta las tripas del sentimiento hincha, es decir, a la locura, o casi.
De hecho, en muchas de las historias palpitan situaciones de esta naturaleza. Por ejemplo, “El ocho era Moacyr” (que por cierto tiene una espléndida versión en video, sólo hay que buscarla ya saben dónde), nos ubica en esa constante del aficionado: el recuerdo de las pasadas glorias, de los jugadores y los partidos de antaño y del hábito de recordarlos en las mesas de café. Hoy internet impide que se den esas disputas en las alguien afirma un dato y otro lo cuestiona, pues la información de la red casi todo lo despeja, pero la costumbre de embroncarse en polémicas por la nebulosidad de un simple nombre no ha desaparecido por completo.
En el Puro fútbol de Roberto Fontanarrosa el futbol no es pues un tema lateral ni el autor procede oblicuamente, como sin querer. El Negro sabía muy bien de qué escribía y logró dejarnos, por ello, un lote de historias que cualquier buen aficionado a los dos oficios (la literatura y el futbol) debe leer sí o sí.

sábado, junio 14, 2014

El futbol de Bayer




















Buena parte de la compleja, accidentada y apasionante historia argentina ha sido abordada por Osvaldo Bayer (Santa Fe, 1927). A él se debe, sólo por mencionar el momento más importante de su obra, La Patagonia rebelde, cuatro tomos que ya son un clásico en su país. Pues bien, Bayer es identificado con parte de lo más sólido del pensamiento latinoamericano, y no son pocos los debates políticos que ha entablado con sus colegas de éste y del otro lado del Atlántico. Por sus ideas, claro, sufrió el exilio del 76 al 83, lapso en el que radicó en Alemania.
Lo impresionante de este intelectual perfectamente afincado en sus quehaceres de historiador y politólogo es su gusto por el futbol (o fútbol, con ú acentuada y prosodia larga, para que la palabra suene porteña, como debe ser en este caso). Tal gusto derivó en la publicación, hace más de dos décadas, de Fútbol argentino (Página 12, Buenos Aires, 2009 en mi edición), libro que recoge parte de las más significativas glorias de este deporte en un país que come, respira y sueña futbol.
No se trata de una “historia” en sentido estricto, sino de una especie de cronología en la que el autor va destacando, con la prosa siempre sobria que lo caracteriza, escenas y protagonistas del futbol pampero, todo mezclado con flashazos del contexto social que hizo posible la aparición de ciertos clubes o de ciertos jugadores. Como señala Osvaldo Soriano, amigo de su tocayo Bayer y prologuista del libro, “Este libro no sólo interesará a los apasionados del fútbol, sino también a aquellos que estudian los movimientos sociales nacidos en la Argentina de las ‘vacas gordas’. No es otro Bayer éste del fútbol; es el mismo que ha comprometido su vida y su obra para que los argentinos conozcan la verdadera historia, tan ajetreada y deformada”.
En efecto, si uno lee, por ejemplo, los artículos de En camino al paraíso y los compara con las secciones de Fútbol argentino, encuentra que aquí también hay, detrás de cada párrafo, un hombre sensible, un sujeto que mira hacia el futbol con los ojos del niño que se emociona ante los recuerdos y es igualmente capaz de indignarse ante el desgaste sufrido por el futbol en su paso del profesionalismo, digamos, ingenuo, a un profesionalismo en el que cada vez importa menos el amor a la camiseta y otros sentimentalismos de similar pelaje.
Fútbol argentino está dividido en catorce estancias, además del prólogo de Soriano y las palabras “necesarias” de Bayer; en ellas el autor nos comparte su rechazo inicial a escribir un libro de esta índole y, luego, sus dudas y su aceptación: “¿Por qué no intentar la empresa? ¿Por qué el fútbol no puede ser un tema para un historiador, un sociólogo, un politólogo? ¿Acaso no es parte de la vida misma ese extraño y mágico influjo ejercido por veintidós jugadores y una pelota, sobre el mundo entero?”. Su respuesta a estas preguntas está en las 143 páginas en las que corre tinta sobre el futbol que lo tocó, aquel que, pese a que ya generaba una renta para muchos, conservaba todavía el aroma a barrio y un amor a la camiseta que hoy suena casi obsoleto.
Bayer pasa revista a jugadores y equipos memorables. Lo asombroso es que su fama, pese a referirse sólo a la Argentina, llegó hasta nosotros en épocas de información en cámara lenta, como pasó en las mejores épocas de Racing, San Lorenzo o Independiente. Aparecen, claro, nombres como los de José Manuel Moreno, Alfredo Di Stefano, Ricardo Bochini y muchos más, todos los grandes que precedieron a Maradona. Al acercarse al 78 encontramos los renglones que más duelen: “Pero en 76 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre”. No por nada ese capítulo lleva un título paradójico: “El triunfo triste”, y ya sabemos a qué se refiere.
Páginas emocionadas, nostálgicas y apesadumbradas las de este Futbol argentino. Recorrerlas nos deja una lección: que en este juego puede caber toda, o al menos buena parte, de una realidad nacional.

miércoles, junio 11, 2014

Libros sobre la cancha









En 2006 escribí relatos (los relatos que fueron la patada inicial para Polvo somos, mi libro con cuentos futbolísticos publicado por Arteletra-Axial, 2014, 134 pp.) y en 2010 atormenté el teclado con más relatos y algunos acercamientos, digamos ensayísticos, al futbol no como deporte, sino como nostalgia. Llevo pues dos vinculamientos futboleros e intensivos en sendas etapas mundialistas, así que durante la que comenzará mañana seguiré una tónica relativamente afín: ahora escribiré reseñas de libros que a mi parecer pueden servir, con el pretexto del futbol, para invitar a la lectura. Se trata, pues, de títulos articulados por autores que han campechaneado su pasión, o al menos su indisimulado gusto, por el fut con su, ésta sí, descarada vocación literaria.
Hasta hace poco, la relación de los llamados “intelectuales” con el deporte en general y con el futbol en particular no fue del todo amable. La idea generalizada estableció que son dos esferas muy distantes. Según el cliché, por un lado los futbolistas eran vistos como hombres de acción, sujetos atados al desarrollo de sus capacidades musculares y, por ello, ajenos al cultivo del pensamiento; por otro, los intelectuales, se creía, eran bichos sedentarios y divorciados por completo de cualquier actividad que les exigiera un esfuerzo mayor al de mover las manos, las neuronas y los pulmones (esto último para exhalar el humo del cigarro). Unos se relacionaban a la frivolidad de la carrera y el cabezazo, del sudor y el grito; los otros, al silencio y la concentración, a la soledad y a un inconfeso apetito por “trascender”.
Apuntalado además por la idea de que hacer el juego al futbol era apoyar las evasiones colectivas a los problemas verdaderamente apremiantes de la sociedad, el estereotipo resistió hasta donde pudo. El gusanito del gusto futbolero poco a poco fue avanzando y de esporádicos cuentos y poemas —como el prehistórico “Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga, o “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti— pasamos a libros enteros dedicados al tema. Entre las décadas del ochenta y del noventa la tensión fue desapareciendo y junto con este relajamiento aparecieron obras que amasaban tópicos flagrantemente futboleros sin perder su afán estético o su filo crítico.
Tal es el caso de El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el libro sobre futbol más visible creado por un intelectual de izquierda en América Latina. Y no fue la excepción, sobre todo en el contexto de Argentina, Uruguay, Chile y México. Por ejemplo, el ameno Fútbol argentino, de Osvaldo Bayer, también autor de La Patagonia rebelde y uno de los intelectuales más comprometidos de su país. El caso es que desde diferentes ópticas, en distintos géneros, con el ingrediente del futbol profesional o callejero en el centro o en la periferia de sus obras, muchos escritores han trotado en esta cancha y a mi parecer no son escasas las piezas poéticas, novelísticas y sobre todo cuentísticas estimables.
La lista de autores es ya significativa: Soriano, Fontanarrosa, Llinás, Sasturain, Sacheri, Villoro, García-Galiano, Garrido, Letelier y muchos más, tanto que es mejor ir despachando algunas de sus obras poco a poco, como lo haré en las próximas entregas de esta columna llanera y solitaria.

sábado, junio 07, 2014

La "joie de vivre" en la antojable Colección Versus




















Parece que en La Laguna tenemos todo a la mano, pero no. En libros, por ejemplo, nos llega un porcentaje bajo de novedades si lo comparamos con la producción habitual que circula en las grandes urbes del país, como México y Guadalajara. Así pues, quienes en verdad sí acostumbran deambular por nuestras librerías suelen resignarse a esa limitación y por eso aprovechan cualquier viaje para surtirse de lo que aquí no hay. Esta desventaja, sin embargo, no es tan grave como parece, porque no hay poder adquisitivo ni tiempo disponible para despachar todo lo que a diario se publica, así que el goteo editorial que acá se da no es en el fondo del todo ingrato.
La Colección Versus es una de las series recientes cuyo catálogo se me antoja completito, pero lamentablemente sólo he encontrado un par de títulos. Se trata de libros en formato de bolsillo (tamaño cuarto de oficio, más o menos), de bajo número de páginas y portadas fenomenales, muy creativas, como se ve en la imagen que acompaña esta reseña. Tal vez debido a mi gusto por el box y la lucha libre sobrepondero el estridente encanto del diseño en los forros, pues cada título parece cartel antiguo de función barriobajera. El trabajo editorial es de Tumbona, que a mi juicio ha encontrado en esta aparentemente modesta serie una veta harto interesante de trabajo.
Si la fachada, a mi parecer, es bellísima, el contenido no le va a la zaga en calidad. El propósito de la colección es ofrecer en cada título uno o varios ensayos con actitud casi pugilística, de ahí el rijoso diseño de las portadas y el nombre Versus para todo el contingente. Según la segunda solapa que tengo a la mano, llevan doce títulos publicados; entre otros, Contra la originalidad (Jonathan Lethem), Contra la tele-visión (Heriberto Yépez), Contra el amor (Laura Kipnis), Contra los poetas (Witold Gombrowics), Contra las buenas intenciones (Hans Ulrich Gumbrecht / Antonio Ortuño) y Contra los no fumadores (Richard Klein). En La Laguna sólo he encontrado dos: el número 9, Contra la vida activa, de Rafael Lemus, y Contra la alegría de vivir, de Phillip Lopate (Nueva York, 1943), que aquí comento.
Dije que son libros breves, de no más de cincuenta páginas por entrega. En ese puñado de papel, empero, debe caber toda la dinamita que sea posible. Contra la alegría de vivir, el primer título de la tanda, es un alegato contra la idea de que se puede alcanzar un estado de felicidad sostenido, casi puro, de permanente éxtasis. Lopate narra (su ensayo tiene mucho de crónica-memoria) sus experiencias en relación con la búsqueda y la consecución del placer y advierte que en todos los casos hay un inevitable y triste fin: que el individuo feliz, o supuestamente feliz, se tope una y otra vez contra las miserias del presente, contra las necesidades que inexorablemente tocan a la puerta de todo el que está gozando, pues “el presente siempre se las arregla para entrometerse”.
Lopate encuentra desgarrador, por ejemplo, lo que sucede con los viejos tercos en mantenerse atados a la joie de vivre (la anécdota del señor Vartas es espléndida); también, hace una amena diatriba sobre las dulces charlas de sobremesas donde se reúne gente que apenas se conoce y asiste bien dispuesta al elogio gastronómico, o se ríe de sí mismo (Lopate de Lopate, quiero decir) en el apartado donde explora su accidentada vida sexual, ese ingrediente de la vida que constituye la presunta y a veces no tan afortunada fuente principal del goce.
La lectura de Contra la alegría de vivir depara, además del tono socarrón en la crónica-memoria de Lopate, un buen número de frases sentenciosas, casi aforísticas, útiles para sofocar cualquier abuso del optimismo. Por ejemplo, éstas sobre las charlas en las reuniones: “La conversación en los convites es de un calibre mental entumecedor”. “El parloteo en los convites es el equivalente comunicativo a dar un paseo por los centros comerciales”. Al abordar el tema de los defensores a ultranza de la alegría de vivir, Lopate destaca que más bien se trata de depresivos conversos, y les lanza estos dardos: “Todas esas personas sentadas alrededor de una alberca, bebiendo margaritas, no están realmente contentas, están deprimidas”; “me siento atraído hacia las personas deprimidas porque parecen saber algo que yo no sé”; “las personas deprimidas podrían tener una visión del mundo más realista y perspicaz”; “de entre los deprimidos salen los más rabiosos conversos a la joie de vivre”.
¿Hay ideas debatibles en el texto de Lopate? Sí, muchas, pero tal es, creo, el propósito de este ensayo y de todos los que forman la Colección Versus: irritar, remover, despertar, infundir vitamina al lánguido aspecto del pensamiento amaestrado desde los medios. En el caso de la alegría de vivir, el autor aterriza en dos aforismos que no puedo no citar: “Conocer el éxtasis es envenenar la vida entera”, y este otro, una pregunta con fulminante respuesta inmediata: “¿Hay alguna técnica del hedonismo que prolongue al infinito el plazo del éxtasis? No lo creo”.
La traducción (en un agradecible español mexicano que por allí usa, incluso, el verbo “arrejuntar”) es de Julián Etienne y Pablo Duarte, directores, por cierto, de la muy recomendable Colección Versus.

Contra la alegría de vivir, Phillip Lopate, Tumbona Ediciones (Colección Versus No. 1), México, 2009, 47 pp.

miércoles, junio 04, 2014

Cuota de palabras





















Es su Biblia del narrador (Ficticia-UJED Editorial, México, 2011), Marco Aurelio Carballo (Tapachula, 1942) ha condensado cientos de opiniones sobre la vida literaria, todas provenientes de escritores. Se trata pues de un libro peculiar, útil sobre todo para aquellos lectores interesados en escudriñar la vida cotidiana de los aporreadores de teclas. El número de citas afortunadas es aquí impresionante, tanto que uno pueda agarrar cualquier página del libro y encontrar, sin duda, algo de interés. Esto se ve claro en “La cuota diaria”, donde Carballo trae declaraciones de escritores sobre la cantidad de texto diario que se autoimponen para sentirse en paz.
El autor nos convida aquí ocho pareceres. Se trata, por lo que veo, de comentarios vertidos por escritores prolíficos, de esos que se fijan marcas olímpicas. Veamos algunos fragmentos. Günther Grass: “Escribo entre cinco y siete páginas diarias”. Graham Greene: “Me fijo un número de palabras diarias. Pueden ser quinientas (unas dos cuartillas) y subir hasta setecientas cincuenta a medida que el libro avanza”. Stephen King: “Me gusta hacer unas diez páginas al día, es decir, poco más de tres mil palabras. En tres meses son noventa mil palabras, que para un libro no está mal. Propongo (para el que empieza) unas mil palabras al día y, como me siento magnánimo, añadiré un día de descanso semanal, al menos al principio”. Georges Simenon: “A las seis de la mañana en punto, yo me sentaba ante la máquina de escribir para llenar ochenta páginas diarias”.
Como podemos notar, la cuota diaria es una obsesión de muchos escritores y varía tanto como cualquier otra obsesión. Mientras Grass y Greene parecen humanos con sus cinco y sus dos cuartillitas diarias, King y, sobre todo, Simenon, escapan a cualquier parámetro, pues siempre escriben (o escribieron, pues el belga murió en 1989) como si pasado mañana el mundo fuera a concluir. Antes estos números uno queda atónito, casi como si esos tipos fueran seres de otra dimensión.
Escribir dos, cinco, diez cuartillas al día (el caso de Simenon, que sin duda exageraba, se cuece aparte) es una proeza de la dedicación, ciertamente, pero a mi juicio producir una, sí, una, es ya meritorio y digno de reconocimiento. Si eso ocurre, la suma al año alcanza las 365 cuartillas, es decir, un libro de buen grosor, lo que no suena despreciable. Si eso lo multiplicamos por dos, o por cinco, o por diez cuartillas al día, nos explicamos por qué hay escritores que luego de cincuenta o más años dedicados a esta talacha tienen una bibliografía de ochenta o más libros. Todo suena lógico si usamos la más simple de las aritméticas.
Lo de Simenon es exagerado, por supuesto, aunque la ficha de Wikipedia nos confirme que escribía como loco: “Simenon fue un novelista de una fecundidad extraordinaria, con 192 novelas publicadas bajo su nombre (…) Los tirajes acumulados de sus libros alcanzan 550 millones de ejemplares. También fue de llamar la atención en otros aspectos: una vez declaró haber hecho el amor a treinta mil mujeres, cifra que, por supuesto, no ha podido confirmarse”. Este último dato puede ser derrumbado con toda tranquilidad: es falso, pues no es posible escribir tantas cuartillas diarias y al mismo tiempo estar templando, como dicen los cubanos.