domingo, octubre 20, 2013

Backstage de Con el alma de pie




















Conocí a Reynaldo Alcorta hace un año, en la presentación de Mi mundo increíble, el primer libro publicado por la vertiente editorial de Mentes con Alas, comunidad de adultos con parálisis cerebral. Poco antes, él me había buscado por medio de un correo electrónico en el que me proponía trabajar en la edición de su autobiografía. Recuerdo que su carta me tomó en una cresta laboral muy agitada y le pedí un poco de paciencia para decidir sobre el asunto. Unos meses después, ya más tranquilo, conversé con Ruth Berlanga y Brenda Moreno sobre la posibilidad de emprender la hechura de un segundo libro en Mentes con Alas, la autobiografía de José Reynaldo Alcorta Benavides, Nono, que hoy aquí presentamos.
En sus páginas hay una foto que hicimos al finalizar nuestra primera reunión de trabajo, celebrada en abril de este año. Desde el comienzo armamos un gran equipo configurado por Ruth y Brenda, quienes se encargarían de buscar patrocinios y comenzar a ver los presupuestos, además de organizar la agenda de reuniones. Nono y Verónica Gómez, su maravillosa compañera de vida, se encargarían de digitalizar el material gráfico y solicitar los testimonios escritos que forman el primer apéndice de Con el alma de pie. Yo asumí la labor propiamente editorial que comenzó con la lectura del texto y, poco a poco, con su formateo en las páginas luego de elegir el tamaño del libro, su tipografía y otros detalles que son responsabilidad del editor.
El proyecto fue desarrollado, pues, en un grupo armónico y compacto. Correos electrónicos fueron y vinieron entre abril y octubre de 2013, y además tuvimos varias reuniones celebradas muy temprano, de 8:30 a 10 de la mañana, en las oficinas de Mentes con Alas. A diferencia de lo que suele ocurrir cuando uno arma libros muy cerca del autor y de los auspiciadores, no recuerdo un solo ex abrupto, una sola discordia, un solo momento de fricción. Al contrario: dialogar en equipo en torno a la autobiografía de Nono fue lo más parecido a una charla de café, una conversación que sólo servía para brincar y brincar obstáculos, jamás para ponerlos. Al final, creo, aunque no soy el más indicado para afirmarlo, hicimos un objeto editorial muy estimable.
Describo en pocos renglones lo que ustedes hallarán en Con el alma de pie. Una presentación de Ruth Berlanga y un prólogo de Brenda Moreno. Luego, la autobiografía distribuida, por supuesto que cronológicamente, en catorce capítulos, toda aderezada con cerca de setenta documentos icónicos, la mayoría fotos. Al final, dos breves apéndices: uno con testimonios de familiares y amigos, y otro con una descripción técnica sobre la parálisis cerebral.
El plato fuerte de este libro está, claro, en el relato que el mismo autor hace de su paso por el mundo desde 1968 a la fecha. Gracias a él descubrimos el itinerario vital de un hombre que, sin quererlo, va construyendo una vida que ahora es ejemplo para muchos. Sin artificios literarios, de manera directa y sencilla, Nono nos narra todos los pliegues de una existencia consagrada en cuerpo y alma a luchar, a pelear por un sitio digno en esta vida. Su andanza, lo sabemos, no ha sido nada fácil, y eso queda más que evidente mientras deambulamos por las páginas de Con el alma de pie.
Capítulo tras capítulo, los lectores atestiguamos una proeza del espíritu humano. Vemos la enorme desventaja física de Nono frente a la realidad, el problema tremendo que representa vivir en su condición. Pero ocurre un milagro que no se da como suelen darse los milagros, es decir, fortuitamente. En el caso de Nono, el milagro es gradual, paulatino, avanza a vuelta de rueda, a veces se detiene un poco pero sigue, no claudica. Todos los días hay pequeños desalientos, caídas de la moral, pero también todos los días puede más la llama interior que lo mueve a buscar salidas y, asombrosamente, a encontrarlas. Se trata pues de un niño, de un joven, de un adulto que ha ido edificándose no ladrillo tras ladrillo, como nosotros, sino grano de arena tras grano de arena, durante todos los minutos de todos los 45 años que hoy tiene muy bien cumplidos.
Con el alma de pie es entonces un relato pormenorizado de los momentos más relevantes en la vida de Nono. Cuando lo leí por primera vez, lo que más me pasmó fue un detalle que espero no pase inadvertido por los lectores. La autobiografía es un género difícil, pues en él se corre el riesgo de mentir. Mentir por parquedad (decir menos de lo que se hizo), mentir por exceso (decir más de lo que se hizo), o mentir, digamos, por olvido, por miedo o por prudencia. Lejos de sospechar mentiras por cualquiera de estas razones, lo que hallé en la relatoría de Nono fue franqueza, honestidad, mucho dolor y también mucha alegría, una vida vivida intensamente, en suma.
Y encontré algo más sutil que explicaré mediante un leve rodeo. Las autobiografías contadas desde alguna limitación física pueden caer con cierta facilidad en el chantaje. No puedo expresarlo de otra manera. Las limitaciones físicas suelen ser narradas desde una perspectiva lacrimosa, y en cierto sentido pueden ser incómodas para un lector contemporáneo, un lector que no se deja chantajear muy fácilmente. Con el texto de Nono no sentimos eso. Vemos que sufre, que llora, que se desgarra por dentro, pero al mismo tiempo que no cede a la tentación de buscar nuestra lástima. Antes bien, se autocritica, es severo contra él mismo, señala sus errores y pone el pecho a la adversidad con una entereza que muchos ni siquiera imaginamos. También, y esto es maravilloso, tiene abundantes pinceladas de humor, y campean en todo su libro las palabras de agradecimiento. Increíble, absolutamente increíble lo que Nono expresa a la hora de agradecer, tanto que “gracias” es su palabra favorita, la clave de su vida y, sospecho, de su éxito.
Nono agradece a sus heroicos padres, a sus generosos hermanos, a su amada Verónica, a sus hermosas pequeñas, a sus amigos, a sus maestros, a sus terapeutas, a quienes le cerraron puertas porque le enseñaron a seguir luchando, a su iglesia, a dios, a todos. Nono agradece, y en ese gesto imprescindible veo su enorme estatura de ser humano, un ser humano que ha podido vivir, como pocos, Con el alma de pie, imbatible.
En un correo electrónico del miércoles pasado, Nono me escribió lo siguiente: “Jaime: Qué te puedo decir, a veces se me hace chico el diccionario para expresar todo lo que siento, como lo siento ahora contigo. Dios te pague por los seis meses de trabajo que dedicaste a mi historia para hacerla una obra literaria. Como bien dice Ruth, esto no había podido ser sin ti. Y Jaime, yo soy un hombre creyente, y créeme, Dios recompensa, tu trabajo no queda aquí, la bendición de Dios se hará presente en ti y en tus seres queridos. Muchas gracias”.
Lo que no sabe Nono es esto: que dios me dio la recompensa antes de haber trabajado con su libro. La recompensa fue conocerlo, topármelo en el camino y acceder a su testimonio, el testimonio que ahora, con el alma de pie, todos podemos compartir.
Comarca Lagunera, 19, octubre y 2013

Texto leído en la presentación de Con el alma de pie, José Reynaldo Alcorta Benavides, Mentes con Alas, Torreón, 127 pp., celebrada el 19 de octubre de 2013 en el Itesm Campus Laguna. Este libro está a la venta en la asociación civil Mentes con Alas, Ocampo 1797 Oriente, Colonia Centro, C.P. 27000, Torreón, Coahuila, México, Teléfonos (871) 718 00 68 y (871) 204 25 09, www.mentesconalas.org.mx

sábado, octubre 19, 2013

Vigencia de Jorge Méndez




















La plaquette cuya portada encabeza este post fue obsequiado al público al final del homenaje a Jorge Méndez celebrado el 17 de octubre de 2013 en el Centro Cultural José R. Mijares de Torreón. Las palabras liminares de la publicación son las siguientes:

Presentación. Vigencia de Jorge Méndez

Como lo ha destacado Salomón Atiyhe, desde hace algunos meses él y yo rumiamos la posibilidad de homenajear a nuestro común amigo Jorge Méndez Garza, el director de teatro universitario y barrial con la trayectoria de mayor duración en la historia de la comarca lagunera. Por razones que describe el mismo Salomón, el homenaje demoró hasta que por fin, el 17 de octubre de 2013, logró cuajar en este racimo de sentidas manifestaciones: una mesa redonda en torno a Jorge, varias obras de teatro, una velada musical con las canciones que le gustaban, el bautizo del «Teatro de Cámara Jorge Méndez Garza» en el Centro Cultural José R. Mijares, de Torreón, y un pequeño tributo de papel, la Vigencia de Jorge Méndez que usted tiene en sus manos.
Las páginas que vienen fueron acaparadas de botepronto, sin pensarlas demasiado. Luis Enciso y Salomón escribieron, cada uno por su lado, sendos comentarios, los dos todavía con olor a estreno. Enciso, quien durante muchos años fue amigo cercanísimo de Jorge, nos aproximó el poema de Miguel Morales y la evocación estroboscópica de nuestro paisano Raúl Adalid. Saúl Rosales nos obsequió una reseña (el texto de mayor edad en este conjunto) sobre Acto cultural, obra montada por Jorge a principios de los ochenta. Yo apoquiné con todo lo que escribí sobre Jorge, que lamentablemente es menos de lo que ahora desearía: una entrevista primeriza (de 1987, insólitamente localizada por Enciso entre los papeles que dejó el homenajeado); una reseñita sobre La daga, obra puesta por Jorge en 2009; y una «carta» póstuma publicada un día después de la muerte de Jorge. Se trata, en resumen, de un opúsculo preparado al calor de la emoción, el respeto y el reconocimiento, sentimientos que se mantienen intactos pese a que ya pasaron más de tres años desde que el querido amigo se nos fue.
El agradecimiento por este libro es múltiple, e incluye a los autores de los textos, por supuesto; además, a Arturo Rangel Aguirre y Juan Noé Fernández, por su apoyo solidario para la edición; a Lupita Estrada, por la captura mecanográfica de parte del material, y a todos los que de una manera cálida siguen recordando a Jorge en conversaciones espontáneas, plenas de afecto y respeto a su memoria.
Jaime Muñoz Vargas
Torreón, 1, octubre y 2013

Vigencia de Jorge Méndez, Raúl Adalid, Salomón Atihye, Luis Enciso, Miguel Morales Aguilar, Jaime Muñoz Vargas y Saúl Rosales, Iberia Editorial, Torreón, 2013, 42 pp.

viernes, octubre 18, 2013

Psicosis resemantizada en Motel Bates




















Por más que hayan producido, los grandes artistas suelen ser recordados por uno solo de sus gestos. Picasso es “Las señoritas de Avignon”; Beethoven es “La novena sinfonía”; Víctor Hugo es Jean Valjean; Duchamp es el mingitorio replanteado como “La fuente” y Borges es, sin duda, “El Aleph”. Solemos, pues, identificar a los monstruos apenas por una de sus obras y, a veces, por una partícula de esas mismas obras. Así el abarrote, ¿qué pasa cuando pensamos en Alfred Hitchcock? Sé que a nuestra memoria puede acudir una cascada de imágenes, pero hay una que destaca entre todas las demás: Hitchcock es Psicosis (1960), y si me apuran un poco Hitchcock es Marion Crane en la última ducha de su vida.
Esa obra emblemática del cineasta inglés —y podríamos decir que del cine en su totalidad— da pie a Yussel Dardón para configurar el mecano narrativo titulado Motel Bates. Ya el título es, por supuesto, un tributo al amo y señor del suspenso, pues ese peculiar inmueble es la locación en la que se dio lugar la psicosis de Psicosis.
Libro ganador del premio de cuento breve Julio Torri 2012, Motel Bates es un libro desconcertante sobre, creo, el desconcierto. Si algo tuvo Psicosis y si algo tienen hoy los estroboscópicos textos de Dardón es, precisamente, una mirada desconcertada y desconcertante sobre el desconcierto que es la vida. Más allá del aparente y en apariencia gratuito trabalenguas, Dardón nos hace deambular por sus páginas sin que sepamos bien a bien qué hay detrás de cada puerta. Es un homenaje a Psicosis, film en el que, como bien sabemos, las apariencias eran sólo eso: apariencias, fintas para el espectador que a cada minuto, mientras avanza la película, se va topando con sorpresas y más sorpresas, la mayoría, claro, terribles.
Hay una frase en el epígrafe que justifica con inteligencia dos rasgos paradójicos de Motel Bates: justifica su unidad y su fragmentarismo. En efecto, Hitchcock declaró, según el epígrafe de Dardón, y acaso embuesteramente, que no le interesaban los argumentos ni los personajes, sino “que la unión de los trozos pudiera hacer gritar al público”. Digo que la ejecución de Motel Bates se ajusta a ese postulado: la unión de sus escenas, puestas todas en el mismo tono narrativo y en la misma atmósfera, producen la sensación de desconcierto, de irrealidad, de locura, tanto que uno termina por quedar cerca de una agitación que casi llega al alarido.
Organizado en tres estancias bien delimitadas, Motel Bates tiene un tono delirante entre lo fantasmal, lo inconexo, lo perverso, lo vesánico y lo simplemente enigmático. Da la impresión de ser una especie de guión literario entrecortado, pesadillesco y vertiginoso, una pauta que reproduce esa sutil acumulación de pequeños horrores que es el cine de Hitchcock. Es pues un terreno narrativo pantanoso, denso, que genera una suerte de espesa neblina entre el lector y lo descrito, de manera que asistimos a un desfile de figuras que entran y salen de la escena sin un aparente hilo conductor. El hilo, en todo caso, es el set, el motel escalofriante (metáfora de la vida, a mi parecer) en el que ocurren los más disparatados acontecimientos y donde se nos anuncia en varios “Atentos avisos” con estilo de guía turística, todo el espanto que nos garantiza la radicación en ese inmueble.
Es, por todo, un libro de difícil clasificación, genéricamente azogado, movedizo, tanto como la sanguinosa imagen de su portada. ¿Son relatos? Sí y no, pues aunque se dejan leer independientemente, cada uno guarda sutiles conexiones con la caldosa atmósfera general del libro. ¿Es una novela? Sí y no, o al menos se trata, como dicen, de un libro de relatos vía novela, dado que, aunque carezca de un argumento explícito o personajes evidentemente destacables, no hay una trama, o si la hay, está diluida casi hasta la invisibilidad. Digamos, por ejemplo, que esta es una pieza más o menos habitual en Motel Bates; es uno de los “atentos avisos” diseminados perturbadoramente en el libro:

Motel Bates cuenta con una colección de animales disecados que puede llevarse a su habitación para dárselos a los niños, quienes tendrán un compañero de juego mientras usted prepara los cuchillos con los que les arrancará la piel. Cada animal está embalsamado con las mejores técnicas: rellenos de cabello, uñas y dientes humanos. Los souvernirs siempre sirven de algo en Motel Bates.

Es evidente la referencia al documento real, el film —los animales del Norman hitchcockeano  pasados por la taxidermia que en el final de Psicosis justifican la momificación de la madre—, pero aquí tienen un sentido todavía más inquietante, más, digamos, perturbado y perturbador. Es de notarse lo inclasificable del relato, que sólo por obligación asocio al estilo de la guía turística, como dije antes, sin aparentes nexos con el estilo narrativo.
Hay, incluso, fragmentos que no participan de ese timbre y más bien parecen pequeñas piezas aforísticas, textos con estilo expositivo, como “Apunte”, donde se remarca la lejanía con respecto de lo narrativo:

Lo mínimo puede ser causa de un gran suspenso, porque el pensamiento es un cameo, porque en los sueños el sonido chirriante de los violines forma parte del impasse de la realidad.
En el suspenso coexisten la prudencia y la desmesura de los eventos ocultos, el pensamiento que se transforma en una obsesión, en una carga. Así, entre los cambios del blanco y negro al techniocolor descubrimos el detalle, el guiño que si captamos nos volverá cómplices.
Ser copartícipe de la sospecha nos ubica en el límite del peligro, del riesgo.
El suspenso es detalle y reflexión, causa y efecto.
Complicidad, al fin y al cabo.

Libro breve pero complejo, Motel Bates —título 471 del Fondo Editorial Tierra Adentro— es una turbadora resemantización de Psicosis, una apuesta que condensa en sus apretadas páginas, creo, esta alegoría brutal: el escenario donde Hitckcock ubicó su cinta no es a secas un hotel cercano a la autopista, sino la vida misma, ese sitio en el que abundan las dobles personalidades, las tragedias viscosas, las fantasías terribles, las muertes gratuitas, las voces turbias provenientes del recuerdo, los sujetos infantilmente desalmados, los desenlaces fatales y, en suma y para decirlo pronto, la incertidumbre y el desconcierto, la imposibilidad de saber qué es y para qué es el mundo que habitamos, este Motel Bates conocido más comúnmente como vida.
Comarca Lagunera, 18, octubre y 2013

Texto leído en la presentación de Motel Bates, Yussel Dardón, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2013, 74 pp., celebrada en el foyer del Teatro Nazas, de Torreón, el 18 de octubre de 2013.