domingo, abril 21, 2013

Una década de Corazón de nuez




















Hace diez años, en abril de 2003, mi primera hija cumplió seis años y con ella hice un experimento literario: publicar un libro con sus relatos y sus dibujos. Esa experiencia la narré en el epílogo de aquella publicación, y hoy la recuerdo con renovada alegría. Como lo hice en 2003, hoy reitero que no me vi movido por un instinto de papá cuervo ni trabajé pensando ingenuamente que tenía frente a mí una niña prodigio. Todos los niños, afirmé, son capaces de construir historias divertidas y dibujos fascinantes, dado que su mundo es puramente lúdico y no se ve oprimido por los cinchos de la lógica, que luego, ya en la adolescencia del ser humano, suelen contener los ímpetus creativos.
Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un ejemplar de archivo.
Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón que organizaba entonces la UIA Laguna, donde yo trabajaba. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro 2003. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombros fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas.
En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy mi hija tiene 16 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.
A continuación, el epílogo que apareció en el libro:

Epílogo a Corazón de nuez

Jaime Muñoz Vargas

Si la memoria no me engaña, tengo ya quince años de maestro y hasta el momento mi mayor orgullo en este oficio se ha dado fuera del aula: yo enseñé a leer y a escribir a Renata Iberia, mi primera hija. Lo hice sin plan, sin método, sólo por compartir con ella un buen rato antes de que el sueño la venciera. Fue una cotidiana sorpresa ver su evolución; aún no cumplía los cuatro años cuando comenzamos con la rutina casi diaria de aprender las primeras letras frente a una pizarra grande, un pintarrón de medio uso. Escribí, y no borré, el alfabeto en la parte más alta. No comencé con las vocales. Lo primero que logré fue que reconociera todas las letras. Durante esas noches, en aproximadamente media hora diaria, la Ranita vio, en desorden, escritas por mí, todas las letras y aprendió a distinguirlas. Luego, también en desorden, conforme se me ocurrían, le escribí sílabas de dos letras, después de tres. Inmediatamente pasamos a formar palabras y, al final, pequeñas oraciones. Puedo asegurar que mi arbitrario método sirvió para que ella pudiera leer, a los cuatro años, frases como “La casa azul está bonita” o “El elefante es muy grande”. De allí a la lectura de breves párrafos ya no hubo tanto problema.
Pocos meses después, dado su gusto por los libros infantiles, por las películas, por las caricaturas y los noticiarios de la tele, su madre y yo la escuchamos narrar pequeñas historias y luego la invitamos a escribirlas; eran relatos que ella armó con imaginación de niña sin prejuicios, libremente, sólo apoyada a veces en las ideas que obtenía luego de preguntar sin fatiga, como cualquier otro niño, el porqué de todo lo que sus sentidos percibían.
Poco a poco ha ido avanzando, como se puede notar en este libro. De sus primeros relatos —que abarcan apenas un milagroso puñadito de renglones— a los más recientes hay un salto de experiencia; eso se debe a que también procuré hacerle evidente la estructura básica de las historias como las que ella goza en las películas y en los libros: toda fantasía empieza, se desarrolla y termina. Así, con esa mínima receta, Renata Iberia pudo iniciar un camino como creadora de ficciones, como narradora, y ella tendrá que decidir si continúa.
Ya con cierto material reunido, debo añadir, vino el trabajo de corrección en el que procuramos retocar sólo la forma de los relatos, nunca su fondo, para evitar toda pérdida de espontaneidad. Renata Iberia ha crecido entre libros, para ella es un objeto habitual y ahora, gracias a esta vivencia literaria, conoce además las implicaciones del trabajo editorial, la emoción y la responsabilidad de publicar sus textos.
No hay, pese a lo que llevo dicho, nada extraordinario en el caso de Renata Iberia. Creo que todos los niños —unos más rápido que otros, pero todos— son capaces de armar sus propios cuentos. Lo que en este caso hicimos su madre y yo sólo fue dedicarle algunos minutos, ofrecerle la computadora y enmendar su ortografía. Lo demás ha sido dejarla en libertad, lograr que se manifieste su imaginación, permitir que sea la niña que ella, por fortuna, todavía es.

Comarca Lagunera
10, abril y 2003