jueves, enero 03, 2013

La ollita del escritor

















Antes de la fotografía los escritores eran dibujados o pintados con obvios clichés: con toda la gravedad posible fija en el rostro, el modelo miraba de frente al artista y siempre, sentado o de pie, asía la pluma sobre un papelón amarillento. En el escritorio no faltaba el tintero, más hojas sueltas, algún cortaplumas y libros en cuyos lomos se podían leer algunos títulos del mismo autor representado en la imagen. El fondo podía ser simplemente oscuro o, como en el cuadro de Sor Juana, mostrar un librero bien poblado con aparatosos tomos. De background también eran habituales las cortinas y las borlas.




















Poco a poco la imagen del escritor en esa circunstancia, un verdadero tópico visual, pasó a ser planteado con mayor economía de elementos. El artista captaba al escritor así nomás, con su ropa habitual, y por allí un solo elemento servía para dar el mensaje deseado, es decir, que el modelo era un escritor, como en el caso del cuadro de Víctor Hugo.




















Con la llegada de la fotografía se impusieron los retratos. Casi desaparecieron los elementos representativos de la profesión (libros, escritorios, papeles, plumas) y quedó el puro rostro firme, cejijunto, desafiante, irónico incluso, muy pocas veces alegre, todo eso bien reforzado con un atuendo negro, como en las imágenes mejor conocidas —capturadas por el gran Nadar— de Baudelaire.




















Cuando la fotografía alcanzó plena popularidad y casi cualquier hijo de vecino pudo comprar una cámara aunque fuera de mala calidad, los escritores comenzaron a aparecer en escenas domésticas, haciendo de todo. Pienso, por caso, en las fotos de Cortázar en su buhardilla parisina, como la famosísima imagen en la que aparece con su cámara fotográfica y el gato en la ventana, o todas las demás con y sin Carol Dunlop.




















Ahora bien, los escritores fueron dibujados, pintados y fotografiados, respectivamente, con libros y tinteros, con gravedad del gesto debido al trance de pensar o en situaciones domésticas pero cercanas a lo poético. Eso fue brutalmente quebrantado por la imagen que, creo, representa el parteaguas de la fotografía del escritor en posición de antiescritor, de cínico, de sujeto ajeno casi por completo a la nobleza de las musas y cercano a los peores asuntos terrenales. La foto a la que me refiero es la de Charles Bukowski acompañado por la chica de no muy buena facha en un departamentito. Su grado de insolencia raya en la jocosidad: delante de lo que parece ser un refrigerador, el panzón Bukowski anda en calcetines, usa una playerita que a pujidos le llega al ombligo, un pantalón de vestir pero astroso y, claro, cerveza y cigarro en manos; aunque parezca increíble, la chica luce peor: una espantosa minifalda, unas espantosas medias, unos espantosos zapatos y un top del mismo estilo, infinitamente feo. Por si fuera poco, su cara es, pese a lo altanero del rictus o quizá por ello, desagradable. Remata su escandaloso look con una botella y un cigarro en la misma mano, lo que nos asegura su experiencia en trotes, por decirlo así, bukowskianos. En esa famosa placa hay algo, sin embargo, que casi no se ve, pero que a mi juicio representa el súmmum del desenfado: más que la playerita untada del viejo Bukowski o las atroces medias negras de la chica, lo que más acalambra para ubicar esta imagen en el rubro de lo antiliterario es la ollita plateada que se ve detrás, arriba del que parece ser un refrigerador. Esa ollita está a años luz de las plumas de ganso, los tinteros, las borlas, los libros y los trajes negros del escritor en pose de escritor. Esa ollita, la ollita de Bukowski, es el símbolo de toda una desacralización.