jueves, julio 12, 2012

Manuel Álvarez Bravo por Villaurrutia









Como todos, siempre asocio palabras. Si digo “pintura”, pienso en Diego Velázquez; si digo “canto”, pienso en Pavarotti; si digo “ciencia”, pienso en Einstein; si digo “futbol”, pienso en Maradona. Así mismo y por razones que ignoro, si digo “fotografía”, pienso en Manuel Álvarez Bravo. Expreso que ignoro las razones pero en realidad no tanto: las imágenes que nos dejó este artista mexicano son, para mí, literalmente envidiables. Envidio, envidio en serio, porque me gusta la fotografía, las muchas placas que Álvarez Bravo nos dejó, esos instantes llenos de poesía, la extraña magia que contiene cada uno de los momentos que cazó con su impecable lente. Hay en todas esas fotos una pátina de arte que por supuesto no logra pescar la cámara por sí misma, sino el hombre que la manipula. Además, uno tiene la impresión de que todas las tomas son sencillas. Lo son, de hecho, y tal vez por eso nos sorprenden: debajo de la simplicidad de los momentos que atrapó Manuel Álvarez Bravo hay un temblor de vida, la sutil evidencia de que todo está hecho de fugacidad.
Entre las decenas de imágenes que nos dejó y conozco, tengo mis cuatro o cinco favoritas y son las que encabezan este post. “Señor presidente municipal” es una genialidad. Como siempre, pocos elementos son suficientes para armar una atmósfera completa. El alcalde, sentado frente a su escritorio, se pierde junto a la pared donde destaca un cromo del Padre de la Patria; cerca de allí, casi en la misma jerarquía, otras imágenes, entre ellas un almanaque con la foto de una troca. Despeinado, con una especie de susto en su gesto, el indígena mira a la cámara como sin creer en la importancia que el objetivo le confiere. Una foto maravillosa, sencilla y maravillosa.
Imagen viva de la muerte, “Obrero en huelga asesinado” es sin duda una de las fotos más famosas de Álvarez Bravo. La posición del cuerpo, el tono de piel, la camisa y la cara manchadas de sangre, todo hace de esta imagen un instante que condensa todo el dramatismo de la violencia consumada.
Parece que el humor negro se revela en “Cajas mortuorias”. La mujer, tímida, de perfil, mira hacia donde señala en dedo, un dedo sarmentoso y negro, el dedo de la muerte.
Por último, la foto más famosa del gran artista mexicano: “Parábola óptica”, imagen que vemos y nos ve con sus siete surrealistas ojos, una especie de foto que homenajea al ojo.
El artículo que traigo lo escanee del número 29 de la revista El Hijo Pródigo del 15 de agosto de 1945 publicada en libro por el FCE dentro de la colección Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Lo escribió, con la excelente prosa crítica que también ejerció, el poeta Xavier Villaurrutia. Pueden leerlo y/o bajarlo aquí.