domingo, febrero 26, 2012

Canción de tumba o el arte de ver morir



En la literatura mexicana no es frecuente la bildungsroman o novela de aprendizaje, aquella narración cuya abuela más lejana quizá sea El Lazarillo de Tormes y se caracteriza por mostrarnos la o las etapas de crecimiento, de formación, de un personaje generalmente niño o adolescente. Sospecho que en nuestro país la más famosa y la que entronca mejor con este tipo de relato es De perfil, de José Agustín. Otras podrán tener fama parecida, pienso por casos en Las buenas conciencias y en Uno soñaba que era rey, de Carlos Fuentes y Enrique Serna, respectivamente, pero sin duda el más logrado ejemplo de historia donde un joven nos muestra el proceso de su buena o mala (generalmente mala) educación sentimental lo hallamos en la precozmente revolucionaria novela del ondero acapulqueño.
Pues bien, una casualidad ha querido que otro acapulqueño avecindado fuera de Acapulco, el saltillense Julián Herbert, haya escrito una novela de construcción y con ella haya alcanzado hasta el momento, creo, su máxima medida como escritor. El libro al que me refiero es Canción de tumba, obra con la que Herbert se agenció por mayoría, en 2011, el premio Jaén de novela que determinaron, entre otros jurados, los escritores Rodrigo Fresán y Marcos Giralt Torrente.
Julián Herbert, bien conocido en La Laguna sobre todo por las huestes literarias, es autor, entre otros, de los poemarios El nombre de esta cosa, La resistencia, Kubla Khan y Pastilla camaleón; de la novela Un mundo infiel y del libro de cuentos Cocaína (Manual de usuario); ha publicado además un buen número de libros compilatorios y antológicos, ha coordinado colecciones y ha ganado los premios nacionales Gilberto Owen, los premios nacionales de cuento Juan José Arreola y Agustín Yáñez. Parte de su obra ha sido traducida al francés, al inglés, al alemán, al portugués y al árabe. También ha sido becario en varias ocasiones, como cuando lo fue para ser miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Un desafío enorme se impuso Herbert al encarar el proyecto de Canción de tumba. El libro dice por allí, dentro y fuera del relato, que fue escrito con el apoyo de una beca. Pues con ella o sin ella, puedo decir, es un relato espinosamente difícil, pues en todo momento, sin excepción de página, sentimos el peso que representa contar una vida repleta de flecos autobiográficos trepados, no sabemos con qué secretas porciones de verdad y ficción, sobre la circunstancia vertebral del relato: la agonía de una madre en una cama de hospital y el amor/odio de un escritor que mientras ve el ocaso de su progenitora reconstruye su pasado trashumante debido a las andanzas putañeras de quien le dio la vida.
Borges declaró alguna vez que le gustaban los relatos salpicados con detalles “circunstanciales”. Por supuesto que decir circunstanciales es mentiroso, pues las vicisitudes de un relato no ocurren por sí solas, sino que son gobernadas por el autor, se supone, conscientemente. Lo que quiso decir el argentino es que la calidad de un relato aumenta en interés cuando discurre como si nada, como marcha la vida, apiñando alrededor de nosotros millones de circunstancias menudas más o menos insignificantes. Un escritor, pues, cuando tiene verdadero olfato narrativo, elige las circunstancias y logra que, pese a que muchas pueden parecer insustanciales, vayan configurando ora la atmósfera, ora el perfil psicológico de algún personaje, ora la orientación de la trama. Herbert le metió colmillo a este asunto y nos colocó ante una circunstancia eje de suyo atractiva y tan cercana a la inverosimilitud que en todo párrafo nos mantiene atentos al qué dirá el personaje narrador que es juez y parte en esta historia: estamos ante la metaliteraria presencia de una novela multigenérica que sabe que es una novela que a su vez se está escribiendo delante de una mujer agónica cuyo pasado no es, precisamente, el más intachable desde la perspectiva de una axiología convencional. El hijo que narra sin pelos en la pluma sabe que su madre, la madre que allí está, vieja y llena de mangueritas de hospital y olor a medicamento, ejerció de puta y sin saberlo edificó (en el sentido menos moralista que este verbo pueda tener) no sólo la vida del personaje narrador, sino la novela que el personaje narrador está escribiendo dentro de la misma novela.
Sobre esto traigo un párrafo esclarecedor; aparece en la página 39, y declara con desgarradora belleza lo que creo es una condensación en diez renglones de toda Canción de tumba, de su sentido y hasta de su método: “Escribo para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá. Mientras no esté abatido podré salir, negociar amistades, pedir que me hablen claro, comprar en la farmacia y contar bien el vuelto. Mientras pueda teclear podré darle forma a lo que desconozco y, así, ser más hombre. Porque escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací (…) Quiero aprender a mirarla morir. No aquí: en un reflejo de tinta negra…”.
En ese trance, el trance de quien ve morir a la persona más importante de su vida para bien y para mal, nuestro narrador engarza mil y una peripecias que poco a poco, de exabrupto en exabrupto, de mierda en mierda, de heroicidad en heroicidad, configuran un relato que si no fuera porque la posmodernidad ha desacreditado esta palabra, me atrevería a llamar conmovedor, humano, profundamente humano pese a su cáscara en apariencia cruel, inmoral, despiadada. Pero es lo contrario: Canción de tumba es una canción a la vida, a la formación en la vida, pese a que ella sea por lo regular, casi sin excepción, pus y dolor.

Comarca Lagunera, 23, febrero y 2012

Canción de tumba, Julián Herbert, Mondadori, México, 2012, 206 pp. Texto leído en la presentación de Canción de tumba organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila y el Teatro Isauro Martínez, cuya Galería fue sede de esta actividad. La presentación fue celebrada el 23 de febrero de 2012 y en ella participé junto al autor.

sábado, febrero 25, 2012

Breve antropología del tango



Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges, dos de los más grandes escritores argentinos, malquisieron el tango. El primero fue muy duro al definirlo “reptil de lupanar”; y el segundo, cada vez que hablaba sobre el tema, lo trataba casi con lástima: “el inconsolable tango-canción”, decía. Tanto Lugones como Borges, vale añadir, prefirieron a la hermana rural, la milonga. Pero más allá de sus filias y sus fobias musicales, el caso es que los dos hablaron mal del género tal vez porque les tocó vivir el esplendor del tango, la época de Gardel, y quizá se vieron abrumados por el aluvión de piezas que, en efecto, eran sólo bailadas al principio y luego bailadas y cantadas en sitios de mala muerte, además de ser mayoritariamente lloriqueantes, quejumbrosas, “inconsolables”.
No fueron muchos, sin embargo, los adherentes a la posición opositora. En la amplia y populosa zona del Río de la Plata (lo que incluye al Uruguay, por supuesto), miles de hombres y mujeres de todas las edades, de todos los estratos y de todas la profesiones, cultivaron y siguen cultivando el fervor tanguero. El género caló tan hondo que en la transición del siglo XIX al XX cundió tanto en los bulines tenebrosos donde comenzó su gesta como en los salones de pipa y guante. Se sabe incluso que uno de sus avales más importantes fue París, ciudad que le concedió al tango un pasaporte internacional que hasta la fecha mantiene actualizado, pues prácticamente no hay lugar en la Tierra donde las cadenciosas notas del bandoneón, su instrumento emblemático, sean desconocidas.
El tango, heredero del candombe, fue primero pura música. Las cuerdas de la guitarra, luego el piano y al final el bandoneón se mestizaron para acompañar a los primeros bailarines que en los barrios rioplatenses solían desempeñarse en parejas, en parejas de hombres. Sí, el tango fue en sus orígenes un baile que ejercían dos machos y parecía una especie de pelea. Luego, como es lógico, las aguas entraron a su cauce y uno de los hombres fue sustituido por una mujer. Entonces se volvió hechizo, arrebato, apasionamiento vertical.
Ya entrado el siglo XX, las letras se encimaron a la música y nació el llamado tango-canción. Un torrente infinito de versos ingresó al tango. Todos los asuntos, todos los temas, todos los recovecos de la compleja vida humana acudieron al llamado del tango y se deslizaron sobre las ardientes notas del bandoneón. Letras pícaras y hasta procaces, patrióticas, filosóficas, políticas y amorosas dieron cuenta, cada cual a su modo, de la condición humana. Predominaron, claro está, las amorosas, sobre todo aquellas que hacían referencia a la desdicha del ser humano que ve declinar hasta convertirse en Nada, sin remedio, por inmenso o modesto que haya sido, todo amor.
El fenómeno Gardel apuntaló al tango en los veinte. Tras la temprana y trágica muerte del llamado Zorzal Criollo y su inmediata mitificación, llegaron muchos más que cantaron, compusieron, tocaron, dirigieron, filmaron tangos. Imposible no citar a Enrique Cadícamo, acaso el mejor letrista del género; a Enrique Santos Discépolo, acaso el escritor más profundo del género; a Homero Manzi, acaso el más poético del género; a Pichuco Aníbal Troilo, acaso el mejor arreglista del género; a Polaco Goyeneche, acaso la más callejera voz del género; a Susana Rinaldi, acaso la primera gran diva del género; a la Gata Adriana Varela, acaso la última grande entre tantos y tantas grandes.
Entre ellos, entre un mundo de cultores excelentes, buenos, regulares y malos de tango, apareció la figura andaluza del Cigala, quien ha logrado tanguear a su modo, con asombrosa alma española pero sin perder la dolencia primigenia del tango, ese “pensamiento triste que se baila”, como lo definió, con inmejorable literatura, la inteligencia de Discépolo.

Texto del autor de este blog leído por el maestro Raúl Jáquez el 24 de febrero de 2012 en el Teatro Alberto M. Alvarado de Gómez Palacio, Durango, con motivo del análisis y la interpretación de algunos tangos cantados por Diego en Cigala.

domingo, febrero 19, 2012

Recuerdo a Carlos Martín Valencia



El 17 de febrero pasado publiqué un puñadito de tuits para recordar a mi amigo Carlos Martín Valencia. Quiero tenerlos a la mano, por eso los traigo al blog:
Hoy hace diez años murió Carlos Martín, hermano de mi hermano Adrián Valencia. Hombre generosísimo, Martín tenía mi edad. Nunca lo olvido.
Martín fue un deportista notable. Jugó americano (era corredor) y practicó artes marciales con excelencia. Estudió leyes en la UAdeC.
El querido Martín, cuya memoria evoco hoy, a diez de su partida física, tenía un defecto que nos hermanaba en la polémica: le iba al América.
A Carlos Martín le dediqué mi cuento "Diez años de ingenuidad", escrito por esos años y recién reeditado en Las manos del tahúr.
Al recordar a mi amigo, pienso en todo lo que ha pasado desde 2002 a 2012. Tenía 37. A pocos he conocido con su desprendimiento.
Martín: diez años después te sigo recordando con afecto, agradecido siempre contigo y tu familia, que me quiere tanto. Sigues estando, amigo.

Antologías de literatura coahuilense



La Universidad Autónoma de Coahuila sigue publicando literatura desde Saltillo. Además de la cuarta serie de escritores coahuilenses, en 2011 organizó una minicolección de cuatro títulos con la reedición de Antologías de literatura coahuila. Se trata de una caja bellamente armada con cuatro libros que en su momento fueron selecciones, muestras o antologías de la producción literaria en nuestra entidad. Los libros lucen un acabado harto profesional, diríase que hasta lujoso. En ningún caso se trata de ediciones facsimilares, sino de reediciones completas.
Once poetas de Nueva Extremadura, organizado por Federico Berrueto Ramón y Jesús Flores Aguirre, es el tomo 1. Fue publicado originalmente en 1927 y reunió poemas y prosemas de Margarita Arizpe Rodríguez, Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre, Otilio González, Ponciano Guerrero G., Luis Laxoux Madariaga, Raúl Neira Hernández, Felipe Sánchez Jr., María Suárez, Rosalinda Valdés (Dina Rosalimo) y Sergio R. Viesca.
El tomo 2 es Todos juntos, organizado por Armando Javier Guerra y Abraham Nuncio; fue publicado en 1971, y reunió textos narrativos breves de Javier Ortiz de Montellano, Armando Fuentes Aguirre, Jesús Oranday Cárdenas, Armando Javier Guerra, Ildefonso Villarello, Gustavo Solís Campos, Abraham Nuncio, Roberto Orozco Melo, Óscar Rodríguez Flores, Eduardo Montenegro Morones, Javier Villarreal Lozano, Mario Dávila, Óscar Nuncio y Melchor de los Santos.
Once de Coahuila, narrativa/ poesía/ teatro, es el tercero de la serie. Su primera edición apareció en 1987 y arracimó escritores de casi toda la entidad como Jesús de León, Francisco José Amparán, José Carlos Mireles Charles, Alfredo García Valdez, José Domingo Ortiz, Alberto Madero, Martha Tamez, Marco Antonio Jiménez, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Héctor Cabello y Armando Alanís.
El último es Botella al Mar, crestomatía narrativa, publicado en 1990. Contiene relatos de Saúl Rosales Carrillo, Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y el autor de este blog.
Cada uno de los cuatro tomos alberga además una presentación que describe las características del contingente literario allí reunido. Esas presentaciones fueron preparadas por Julián Herbert, Miguel Gaona, Luis Jorge Boone y el autor de este blog. La coordinación del proyecto, el diseño y la corrección fueron obra, respectivamente, de Julián Herbert, Ignacio Valdez y Miguel Gaona. 4 Antologías de literatura coahuilense fueron publicadas por la Coordinación General de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la UAdeC a cargo en 2011 de Alfonso Vázquez Sotelo.
Con permiso del coordinador del proyecto, publico aquí la presentación del cuarto tomo, la que escribí para Botella al mar, crestomatía narrativa.

Andadura del Botella al Mar

Jaime Muñoz Vargas

La causa remota del grupo literario Botella al Mar se encuentra en el regreso de Saúl Rosales Carrillo a la Comarca Lagunera. Luego de veinte años de radicación en el Distrito Federal, Rosales Carrillo volvió a Torreón en 1981 y de inmediato comenzó, quizá sin darse cuenta, a configurar un movimiento literario cuyo valor sigue vigente, produciendo. En aquel momento, el autor de Iniciación en el relámpago consiguió un empleo modesto en La Opinión y, casi simultáneamente, cursos de literatura y periodismo en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C. (Iscytac, hoy La Salle, en Gómez Palacio, Durango). El azar, a veces no tan mezquino, permitió que en el periódico le encomendaran la coordinación del suplemento cultural dominical, un tabloide de ocho páginas.
Ya allí, Rosales Carrillo hizo de las suyas, habilitó lo aprendido como editor, escritor, periodista y maestro en la capital del país. Dado que la producción local era escasa y/o de poco valor, las páginas de la Opinión Cultural fueron generosamente habitadas por textos de autores que en tales tiempos preinternéticos no deambulaban habitualmente en los diarios de La Laguna. Dueño de una biblioteca personal bien nutrida y armada con exigente gusto en la capital del país, el joven editor —tenía entonces cuarenta años— puso a merced del lector lagunero, del lector de a pie, los nombres de Carpentier, Cortázar, Vallejo, Vargas Llosa, Lezama, Borges, Faulkner, Hemingway y muchos más, de quienes publicó fragmentos de obras famosas o aproximaciones críticas que servían para medir el tamaño de sus importancias como artistas de calibre subido.
Junto a los tótems, no faltó la presencia de escritores laguneros, algunos de ellos jóvenes a los que en poco tiempo se les abrieron páginas frecuentes donde pudieron publicar sus poemas, cuentos y ensayos. Rosales Carrillo operó pues en dos ámbitos bien combinados: el periodismo cultural y la docencia. Gracias a sus clases universitarias de literatura y periodismo trabó contacto con alumnos que a veces escribían algo lo suficientemente decoroso como para ser publicado, y gracias a su trabajo como editor del suplemento consiguió desahogar un considerable número de textos que de otra manera hubieran terminado en una simple calificación escolar. Fui, y perdón que me ponga de caso, uno de los beneficiarios de aquella dinámica: recibía clases formales de Saúl Rosales y como sabía que además coordinaba el suplemento cultural de La Opinión, un día cualquiera lo abordé con unas temblorosas cuartillas. Eran tres o cuatro poemas, por llamarlos así, de mi primeriza hechura. Mi maestro las tomó, sin duda vio que no servían pero tal vez quiso, apiadado, estimular al joven aprendiz de escritor. Así, un septembrino domingo del 84 vi y sentí lo que muchos contemporáneos y coterráneos míos de aquella época: mis poemas aparecieron en una página del tabloide y, tras esa felicidad inaugural, no he dejado de publicar en todos los medios al alcance de los dedos que aquí teclean esto.
Lo que cuento no me ocurrió sólo a mí. Sé, porque la vi y la leí y conservo gran parte de aquella hemerografía, que varios tundemáquinas en cierne procedieron igual con Saúl Rosales: lo sabían editor de un suplemento, percibían su generosidad y aprovechaban la coyuntura para arrimar textos que en la mayor parte de los casos aparecían poco después en alguna de las ansiadas páginas.
Fue por esos días cuando se dio una feliz coincidencia: en momentos distintos, cada cual por su lado, algunos escritores recién publicados en la Opinión Cultural le pedimos a Saúl que nos reuniéramos para formar una especie de grupo literario, acaso un taller. Recuerdo que Enrique Lomas y yo, estudiantes de comunicación de tercero y quinto semestres en el Iscytac, respectivamente, además del psicólogo Gilberto Prado Galán y el ingeniero Héctor Matuk, propusimos a Saúl idéntico plan: la creación de un grupo literario. Lo hicimos sin ponernos de acuerdo, casi como si fuera una necesidad que el mismo maestro y editor nos inspiraba. Fue así como a mediados de los ochenta, creo que en agosto del 84, para ser preciso, nos reunimos por primera vez en casa de Enrique Lomas. Esa casa estaba en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, al lado de una peluquería de las de antes, con caramelo rojiazul y toda la cosa. Asistimos Saúl, Gilberto, Enrique, Héctor y yo. Aquello se dio de maravilla y a partir de allí no dejamos pasar un sábado sin la reunión ordinaria que con el tiempo ya ni convocatoria requirió. Todos sabíamos que los sábados de cinco de la tarde a doce o una de la mañana, los integrantes de aquel grupo literario debíamos apersonarnos en determinado sitio para, con el pretexto de tallerear, dedicarnos a beber, reír y chismorrear sobre temáticas misceláneas, además de literatura y muchas veces, con énfasis muy zurdo, de política.
Aunque siempre supimos aceptar nuevos integrantes, pues el Botella al Mar jamás se manejó formalmente como grupo ni gozó de apoyo oficial ni privado de ninguna índole, los nuevos asistentes solían ir unos cuantos sábados y luego, sin decir más, desaparecían. Recuerdo especialmente a dos de los participantes fugaces en el grupo: María Elena Niño, una buena poeta lerdense, y Rodrigo Marrero, un jovencito que muy pronto optó por la música. Poco después de fundado, eso sí, pasó que Héctor Matuk, uno de los originadores del Botella al Mar, dejó de asistir y se integró Pablo Arredondo Rodríguez. Así, entre la entrada y la salida de interesados que luego identificaríamos como “población flotante”, el grupo literario Botella al Mar trabajó cerca de seis o siete años con una base de cinco miembros tercos: Saúl: poeta, narrador y ensayista; Gilberto: poeta y ensayista; Enrique: poeta y narrador; Pablo: poeta; y yo: narrador. Años después, ya en el ocaso del taller, llegaron tres amigos a los que tal vez les tocó vivir el fin definitivo: los escritores Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez y Édgar Valencia.
Cada sábado era entonces, como insinué, nuestro día más esperado, pues durante sus tardes-noches podíamos convivir en torno a la literatura, el trago y las carcajadas que nunca escasearon dada la gracia y la inteligencia de, sobre todo, Gilberto y Enrique. Mentiría si dijera que todo el tiempo hablábamos solemnemente sobre cuentos o poemas, sobre autores o estilos. Más bien ocurría lo contrario: nada, ningún tema propiciaba que nos pusiéramos graves. Si alguien leía, por ejemplo, un poema, comentábamos sus virtudes y sus defectos, sí, pero siempre con un tono que estaba cerca de la risa y a veces, cuando el texto era indefendible, de la franca y amistosa burla, si se puede decir así. Lo extraño es que entre nosotros no nos enojábamos. Sé que la “población flotante” se desconcertaba, en efecto, con los análisis zumbones, pero nosotros nos acostumbramos pronto a tolerar cualquier puyazo siempre y cuando proviniera de alguno de los nuestros. El fuego amigo, en suma, nunca nos lastimó.
En cuanto a las personalidades y los talentos que yo percibía entonces, es claro que la voz más autorizada y casi incontestable la ostentaba Saúl, eso con absoluto derecho. Él no se imponía, sin embargo; antes bien nos dejaba hablar, nos dejaba reír hasta que al final de cada análisis remataba con comentarios centrados y no pocas veces severos, demoledores. Por su formación y su edad, era obvio que sus referencias fueran mayores y mejores. Por eso no faltaba que Saúl, ante tal o cual texto ingenuo de alguno de nosotros, recordara a tal o cual autor casi para recomendarnos/enjaretarnos su obligada lectura (fue así como hice mi lista personal de autores desconocidos y por conocer). Saúl bebía poco (sobre todo ginebra), nunca fumó, casi se sentaba recostado en los sofás y siempre disfrutó mucho, se le notaba en el gesto, la conversación de los otros, los amigos/alumnos que estaban bajo su discreta tutela.
Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, casi treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento. Tenía otra virtud: era dispendioso y no lo arredraba ningún trago.
A Enrique Lomas Urista lo conocí en agosto de 1983, cuando ingresó a la misma escuela en la que yo simulaba estudiar la carrera de comunicación, el Iscytac. No sé quién nos presentó, pero el caso es que juntos pedimos a Saúl Rosales el armado, así fuera con las uñas, de un taller literario. Lomas —siempre le dijimos así: “Lomas” a secas— era un jovencito de buena facha, con voz grave aparentemente solemne y hecha para decir poesía y prosa terriblista, dolorida, existencial. Lo extraño de Lomas, lo paradójico de Lomas, es que su visión penumbrosa de la vida no abortó nunca su humor, su humor denso y negro, siempre cuajado en metáforas que en su agrio surrealismo conllevaban gestos rayanos en la hilaridad. Cada cuento, cada poema leído por él y juzgado por nosotros era un festín: a veces era tan solemne y cargado de tintes fatalistas que no podíamos pasar de las primeras líneas sin reír a cántaros; y no era tanto el texto, sino el seco dramatismo que el autor imprimía en la lectura lo que nos movía a disfrutar como niños sus participaciones. Lomas jamás pareció ofendido, pues a cada miembro se le aplicaba una quebradora similar: leía y todo motivaba no pocas bromas, un examen de taller que jamás condescendió al almidonamiento.
Ya comenté que Pablo Arredondo llegó al grupo un poco después. No sé quién lo invitó, pero desde el principio se mostró como lo que es: un tremendo poeta, un hombre esencialmente discreto, silencioso, hasta tímido. Era sin duda el integrante del Botella al Mar con menos inclinación humorística. Cierto que sabía sonreír con las bromas, que jamás se quejó del clima zumbón que reinaba en las reuniones, pero en sus poemas campeó siempre una fuerza literaria capaz de penetrar cualquier escondrijo del dolor humano. Siempre me impresionó de Pablo, y me impresiona aún, que detrás de su modesta apariencia, de su bajo perfil, de su sosegada manera de ser, se esconde un ser que grita con los versos, un poeta que sabe expresar con imágenes hermosas la deshumanización del hombre y su envés: la generosidad, el amor, la honradez, que también eso es el ser humano aunque más escasamente.
En cuanto a mí, sólo anoto que crucé de lado a lado los años del Botella al Mar. Fui para todos un narrador de ambos costados, y aunque de vez en vez intenté hacer versos, la verdad es que en poesía jamás pude tomarme muy en serio. Al formar el grupo mis lecturas eran harto pobres y apenas había escrito algunos cuentos, o desahogos, de autoconsumo. Como ninguno, eso sí, creo que fui conciente de que algo importante o presuntamente valioso estábamos haciendo, o al menos deseaba creer en eso, así que guardé papeles, configuré una especie de archivo con varias de las publicaciones que fuimos haciendo en aquellos años de calistenia. Y no me engaño: para mí el Botella al Mar no fue lo poco que escribí y aproximé al rudo dictamen de los amigos, sino lo que oí: los comentarios de todos, y más los de Saúl, llevaban implícito el nombre de escritores y de libros, así que me di a la obligación de comprar y leer lo que era citado como valioso e imprescindible. El taller fue entonces, para mí, una verdadera escuela de literatura, la desenfadada carrera de Letras que jamás hemos tenido en La Laguna pero que yo hallé entre mis amigos del Botella al Mar.
Presentados los coequiperos, ¿qué pasó para que llegáramos a la primera publicación colectiva? Antes de que perpetráramos dicho libro todos habíamos publicado algunos de nuestros ejercicios en las páginas de revistas y periódicos. No muchas, no muchos, pues La Laguna no se caracterizaba en los ochenta, ni ahora, por contar con un gran número de publicaciones accesibles a lo literario. Entre el 86 y el 89, con el taller en su apogeo, ganamos algunos concursos locales (el Magdalena Mondragón, los juegos florales —¡juegos florales, qué cursilería!— del Iscytac) y dos premios nacionales del INBA: el de ensayo para crítica de arte que ganó Gilberto en Monterrey y el de narrativa joven que me agencié yo en Aguascalientes. Para entonces, lo único que teníamos publicado o por publicar en esas mismas fechas eran tres opúsculos de Saúl (uno de poesía y dos de ensayo histórico) y un libro de cuentos; Gilberto uno de poesía y yo uno de cuento. Era poco, así que no nos desagradó la invitación de Rogelio Villarreal Huerta para publicar en la recién abierta editorial Enorme.
Villarreal Huerta, editor que trabajó añales en el DF, volvió a principios de los ochenta a su tierra, Torreón, y allí continuó con la confección de libros. Lanzó un primer lote y el libro Botella al Mar, crestomatía narrativa, llevó el número 1. De todos, creo recordar con vaguedad que Pablo fue el que más sufrió, pues su producción era básicamente poética y de golpe debió habilitarse como cuentista. Saúl juntó el material, lo organizó y fue él quien nos pidió escribir una especie de autopresentación burlona como puerta a cada una de las estancias del libro. Hoy me sonroja la mía, sobre todo esa primera afirmación en la que se nota que me obligaba burocráticamente a ser desdichado, que me autoflagelaba con la idea romanticoide de que la desolación es requisito sine qua non para trabajar en el arte. En fin, nada se puede hacer ahora para remediar mis juveniles estropicios.
No comento en esta presentación ruborizada y quizá irremediablemente nostálgica los contenidos del libro que no fue, obvio, una antología, sino una simple muestra, pues ya Gilberto Prado se extendió en el brillante prólogo de la edición original (febrero del 90). Sólo añado que Botella al Mar testimonia la amistad vivida en el grupo homónimo que trabajó e hizo una fiesta de la literatura durante cerca de siete años, poco más o poco menos. Tras el cese gradual, impensado, nebuloso de las reuniones, los integrantes seguimos adelante casi en lo mismo o en actividades afines: formamos talleres, publicamos, ganamos concursos, dimos clases, presentamos libros, editamos revistas, editamos libros, publicamos libros, alimentamos columnas, obtuvimos grados académicos, conferenciamos, nos casamos, tuvimos hijos, viajamos y padecimos/gozamos los altibajos que cualquiera padece/goza. Venturosamente, no hemos concluido, pues creo que seguimos en la práctica de lo mismo ya con más colmillo; y bueno, algún día sacaremos las cuentas definitivas de lo que fue y logró hacer, unido o disperso, el grupo literario Botella al Mar, esa extraña conjunción de “náufragos terrestres”, como nos rotuló uno de los nuestros.

Comarca Lagunera, 17, septiembre y 2011

martes, febrero 14, 2012

Las afueras: el desierto desde dentro



Creo que algunos relatos no tienen personajes y acusan una suerte de deshumanización en el sentido orteguiano del término. Dicho de otra forma, no tienen personajes ortodoxos, de esos que caminan, aman, matan, bailan, triunfan, lloran y estornudan. Sus personajes —o su personaje— son menos humanos, más abstractos e inasibles. Creo que tal es el caso de Las afueras, novela de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977). En efecto, este relato del joven escritor norteño tiene como eje, como sujeto permanentemente visible, al desierto o, dicho más correctamente, a la estepa del centro norte mexicano, una zona que sin vacilar puede ser considerada como “mágica” pese al rulfiano desgaste de este adjetivo.
El autor, según las fichas biográficas más actualizadas, ha publicado siete libros: Legión, Galería de armas rotas, Material de ciegos, Traducción a lengua extraña, Novela, Primavera un segundo, Los animales invisibles y La noche caníbal, libro de cuentos que próximamente será traducido al inglés. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado siete premios nacionales entre los que destacan los de poesía Elías Nandino y Ramón López Velarde, de cuento Inés Arredondo y de ensayo Carlos Echánove.
En un puñado de páginas Luis Jorge Boone ha logrado asir el espíritu de estas tierras, el calor y el sol y la desmesura de la desolación que estos huraños ámbitos infunden en el ánimo del ser humano. Por eso creo que el paisaje y su gravitación, más que nada, constituyen el centro de Las afueras. Y sospecho que no podía ser de otra manera: animarse a narrar estos espacios (Cuatro Ciénegas, Sabinas, Múzquiz, Monclova, Frontera, Agujita, Nadadores, Lamadrid, San Buenaventura, Nueva Rosita y sus estaciones anexas) forzosamente derivaría en un relato cuyo espíritu iba a ser dominado, tiranizado, sometido por la pesada mano de los elementos. Así como Cien años de soledad es exceso de verde o El Siglo de las Luces es plenitud de azul, Las afueras es invasión de amarillo, de ocre y de sepia, los colores que representan nuestros calores, valga el juego verbal.
No sé si exagero, pero creo que esta novela de Boone sólo pudo escribirla un narrador hecho a estos andurriales y, al mismo tiempo, con experiencia en el exterior, como la que él ha tenido sobre todo en la capital del país. Lo comento por la eficacia, eficacia de lugareño, con la que logra captar el agobio de la atmósfera en el reseco pensamiento de los personajes de carne y hueso, por un lado, y, por el otro, por la sutil captación de la resignada hosquedad que sólo puede ser advertida merced al contraste, a la comparación con la alteridad. Deterministamente, taxativamente, las almas que deambulan en estos capítulos viven aplastadas por el ambiente, son tan áridas como el suelo por el que caminan. Esto, insisto, sólo es visible a quienes introyectaron por nacencia la vida de estos páramos y al mismo tiempo han tenido la suerte de comparar esa experiencia con otros mundos, con otras formas de manejarse en la existencia. Boone narra Las afueras, en suma, desde dentro y desde fuera, como juez y parte de lo que acumulan estas páginas.
El peso del ambiente es visible párrafo tras párrafo en Las afueras. Pareciera como si Boone se hubiera propuesto hacer una radiografía de la estepa, una radiografía y, luego, una lectura inusitada de la placa. Tan agudo es que, por ejemplo, desemboca en asertos cuya precisión nos pasma. Por ejemplo, en esta contradicción al concepto de desierto o estepa: “Es mentira eso que dicen de que el desierto es monótono. El paisaje con sus cerros, la carretera con sus zigzagueos que de pronto le salen a uno al paso, la vegetación que, fíjese bien, nunca es la misma, lo van a mantener distraído todo el trayecto”. Y en medio de esa nada, como aparición fantasmagórica en Las afueras, las pozas de “agua milenaria”, esos charcos con vida prehistórica que fascinan a la ciencia y hechizan al arte, pozas que son postales de belleza segura (como lo demuestra la portada del libro), intrigantes paisajes para los que no hay, como dice el autor, “forma de acostumbrarse”.
Un logro adicional, aunque no sé si el más importante, está en el estilo. Poeta al fin, Boone imprime un sello al flujo del relato, flujo de una sonoridad como de cello: lenta, apagada, cadenciosa. Es la música que traspira este espacio aplastado por el peso de la luz solar. Poeta al fin, enfatizo, Boone urde páginas enteras con poesía disfrazada de prosa, como ocurre en la grata parrafada letánica de las páginas 122-124, cuando James, acaso el protagonista humano más evidente de Las afueras, recuerda a flashazos sus visiones de la belleza femenina y los párrafos comienzan con un gerundio que transforma en presente cada acción: “Dando una moneda a un hombre sin piernas. Centro se Sabinas. / Conduciendo una motocicleta. Entrada a Altos Hornos…”. Así pues, con un cello de fondo avanzan todas las peripecias contadas, bifurcadas y vueltas a bifurcar, de Las afueras. En tal ritmo calmoso se mueven las diversas y fragmentarias historias que se cruzan en esta novela configurada con un montaje cinematográfico algo tarantinesco, sin tiempo lineal, pero confluyente. Los varios relatos entran y salen de la escena, se mezclan, dejan su huella pasajera en la arena y se fugan pero nunca escapan del todo, como no lo pudo hacer, ni muerto, el profesor Woodrow.
Aleccionar no es su propósito, es verdad, pero puede verse en Las afueras, dicho sea de paso, un flanco social, crítico, útil al activismo ambientalista que tanto ha demandado un alto a cualquier forma de descuido que ponga en peligro zonas endémicas, únicas en el mundo, como la de Cuatro Ciénegas y sus alrededores.
Las afueras es en suma una novela desafiante, por compleja, por paradójicamente barroca pese a ubicarse en la aparente nada de la estepa, su protagonista. Luis Jorge Boone ha homenajeado con ella estas tierras, el inaudito paisaje que nos cupo en suerte y ya tiene notables relatores, como él.

Las afueras, Luis Jorge Boone, Era-UNAM, 2011, 245 pp. Texto leído en la presentación de Las afueras organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Museo Regional de La Laguna, sede de esta actividad. Participé en esta presentación junto a Carlos Velázquez y el autor.