martes, noviembre 20, 2012

Una mirada a tres miradas










No son fotos en acción sino de estudio. Más que en la foto espontánea o la foto en pose pero al aire libre (en grupo y con testigos), la foto preparada en un espacio cerrado y luz vigilada deja ver detalles reveladores de la personalidad. Bien decodificadas, es verdad, todas las fotos conllevan alguna jiribilla, pero quiero imaginar que en las placas captadas dentro del estudio fotográfico los personajes elegían, por así decirlo, “su rostro”. Hasta donde es posible imaginar y si el fotógrafo sabía relajar al modelo, en tal situación no había tantas prisas ni presiones, los músculos de la cara se relajaban y uno puede suponer que el sujeto pensaba específicamente en el hecho de que estaba siendo retratado, y ponía de su parte. El gesto, así, se identifica con la personalidad, parece más íntimo.
Más allá de la trampa puesta en “leer” y “descubrir” índoles a toro pasado, cuando ya sabemos cómo fue tal o cual personaje captado en un acercamiento fotográfico, creo que es posible distinguir, así sea borrosamente, el natural de un sujeto a partir de la expresión retenida por la placa sensible en un estudio. Veamos los casos de tres revolucionarios emblemáticos (click a la imagen para verla de mejor tamaño).
Zapata es misterioso, receloso, enigmático. Es el menos extrovertido de los tres, sin duda. De hecho, el morelense es sólo mirada. Sus ojos son casi la totalidad de su ser. En ellos brilla la convicción, el arrojo, pero también la desconfianza y, acaso, el resentimiento. Se nota que no está del todo cómodo, que lo desasosiega la ocasión, y responde con un aire de desafío. También, que no juega, que para él la cosa siempre va en serio, que no permite dobleces.
En la mirada de Villa hay algo felino y al mismo tiempo infantil. La leve sonrisa le da un aire de tipo sobrado, seguro, firme y despojado de temor. La cara ancha es la de un tipo que irradia vitalidad, y las patas de gallo, pese a la lozanía de su piel, permiten sospechar que ha reído mucho, que es de talante alegre y juguetón, como niño que a la primera oportunidad ya está inventando algo para divertirse, pero que también es dominante en sus prácticas.
Madero tiene firmeza en la mirada, serenidad en el gesto, buen porte en la posición del cuerpo. Hay en el fondo de sus ojos, también, un poderoso brillo de convicción y confianza, y creo que nos parecería inverosímil esperar de este hombre algo distinto a la generosidad y la inteligencia.
Luego de esta aproximación, ya pueden ustedes recordarme el famoso dictum de la imagen que vale más que mil palabras. Bueno, es cierto, no le hice caso: me las hubiera ahorrado. Estas fotos comunican por sí mismas.