sábado, noviembre 17, 2012

Consejo de don Arthur




















Entre los libros menos famosos de Schopenhauer está uno cuyo título no parece de Schopenhauer, sino de Gaby Vargas: El arte de bien vivir. Pero aguas: no nos vayamos con la finta de ese título que hoy leemos prejuiciados como estamos por los libros de autoayuda. Es Schopenahuer, así que no se trata de alimento hipocalórico.
De mis recuerdos más duraderos sobre sus páginas (mi edición es Argentina, de 1957, y la leí allá por el ochenta y tantos) está una idea que jamás aprendí bien, la que aquí cito:

Los únicos males futuros que deben, con razón, alarmarnos, son aquellos cuya llegada y cuyo momento son seguros. Pero hay muy pocos que se encuentran en este caso, porque los males son: o simplemente posibles o a lo sumo verosímiles, o bien son ciertos, pero es dudosa la época de su llegada. Si uno se preocupa de las dos especies de desgracia, no se tiene ya un solo momento de reposo. Por consiguiente, a fin de no perder la tranquilidad de nuestra vida, por males cuya existencia o cuya época son indecisos, debemos habituarnos a considerar los unos como si nunca debiesen suceder, y los otros, como si no debiesen ocurrir con seguridad inmediatamente.

¿Qué hago entonces? Confieso que, aunque lo niegue y me lo niegue, siempre estoy pensando en la muerte. No tanto con miedo, sino con inquietud de pasajero que espera la llegada de ese tren sin tener listo el equipaje. En otras palabras, no temo a la muerte, sólo temo que me agarre a medio cocer, sin consumar todas las tareas que tengo archivadas en la cabeza con el fosforescente post-it de “pendientes”.
Fuera de ese apremio, de esa terca incertidumbre, poco me acongoja a grados de nocaut. En resumen, la muerte está bien asumida por este corazón lagunero; lo que aplatana es seguir acumulando tareas y proyectos que luego, cuando de plano sean irrealizables, impregnen de desdicha el último suspiro.