miércoles, noviembre 14, 2012

Entre comer y escribir




















Por lo general no imagino a los escritores escribiendo. Como cualquiera, he visto fotos de los ídolos (Faulkner, Cortázar, Nabocov, Lezama Lima, Vargas Llosa y algún otro) clavados en el acto de escribir o de perdida en sus estudios retacados de libros, cuadros y fotografías, y allí también el elemento nada decorativo de la máquina de escribir mecánica que a finales del milenio fue sucedida unánimemente por la computadora.
Los imagino como los veo en la mayoría de las fotos: en fiestas, en viajes, en sus casas (Cortázar con sus gatos, Cortázar tocando la trompeta, Cortázar tomando una foto mientras le toman una foto). Quiero suponer que el acto de escribir no es muy fotografiable o que muchos escritores no dejan que una cámara intrusa los pesque en ese trance. Sea por lo que sea, la imagen que me he hecho de los escritores que admiro poco tiene que ver con el momento preciso en el que ejercen su trabajo, sino con sus andanzas más ordinarias.
Por eso, nomás por eso, imagino que un libro posible y tal vez interesante, basado en una investigación seguramente tediosa, es el que aborde el tema de los escritores y su vida, por denominarla de algún modo, aledaña o cotidiana. Las preguntas que en sus hipotéticas páginas trataría de responder serían éstas u otras parecidas: ¿cuánto tiempo le invierte a su aseo personal? ¿A qué hora lo hace? ¿Le preocupa su alimentación? ¿Dónde hace sus compras? ¿Piensa en su ropa o le importa un comino ponerse lo que caiga? ¿Hay tiempo para el aseo casero? ¿Lo delega? ¿Es prioritario salir con amigos? ¿Vela por sus hijos (si los tiene)? ¿Va a las juntas escolares de padres de familia? ¿Compra personalmente sus regalos cuando sus cercanos cumplen años?
Algunos pensarán que esto es una necedad o una frivolidad o todo junto. No lo creo. Metido como estoy en mil tareas, siempre pienso en esos detalles que en realidad, si ponemos un poco de atención, secuestran nuestro tiempo, nos devoran, nos tapan como la enredadera a la pared. Si no me hago esas preguntas, ¿cómo me explico entonces la obra de los escritores sobreocupados y de todos modos abundantes en publicaciones? ¿Por el puro genio y ya?
Umberto Eco hizo alguna vez un cálculo del tiempo que le consumían todas sus chambas (escribir, dar clases, entrevistas, conferencias) y las minucias de su vida cotidiana (bañarse, comer, hacer maletas de viaje, todo eso) en un día cualquiera de su vida. Sumó incluso el tiempo invertido en sacar el paquete de cigarrillos, extraer una pieza, llevarla a la boca y encenderla: fueron equis segundos, que sumados por todas las veces que al día ejecuta dicha acción, todo en medio de sus muchas ocupaciones, lo llevó a concluir que debía dejar de fumar por estrechez de tiempo.
Por eso, nomás por eso, y salvo al emblemático y encorvado Faulkner en shorts y sin camisa, no imagino a los escritores escribiendo, sino eligiendo en el mercado, con abnegación o fastidio, lo que habrán de comer durante la semana.