martes, noviembre 06, 2012

El vuelo rasante

















Todo el día traje en la mente la resonancia de la voz y las canciones de Leonardo Favio. De niño, de joven, uno tiene poco margen para elegir: la cultura pop de todas las disciplinas nos cae encima desde cualquier lado, nos invade por la derecha y por la izquierda, es ubicua. Fui callejero, mucho, y mi primer aprendizaje musical llegó, no sé, supongo, mientras me despachaban las tortillas, o encima de un camión, o en cualquier miscelánea del barrio, siempre desde radiodifusoras que estaban a años luz de Mozart y los libros. El caso es que cantantes populares como Leonardo Favio andaban por allí con sus rolitas simplonas y su extraña voz. Junto con él, es obvio, nos llegaron otros muy próximos en edulcoramiento y sencillez lírica, algunos también inolvidables.
Luego la suerte me puso delante de otras experiencias estéticas y supe que el arte era más, muchísimo más que lo impuesto por los medios electrónicos. Gracias a la lectura amplié, a tientas en la bruma del autodidactismo, mis gustos hacia zonas entonces plenamente desconocidas. Entendí que en pintura Velázquez me pertenecía, que en fotografía allí estaba Álvarez Bravo, que en música no me disgustaban Haydn o Tchaikovsky, que en literatura podía alegrarme con el genio de Papini, y así, etcétera: el arte creció en mí como una plantita regada a solas y en silencio, sin saber a dónde iba a parar todo ese contacto con una belleza claramente superior.
Pero nunca me abandonó, lo he escrito muchas veces, el arte (o como queramos llamarlo) que pesqué en la calle, el diseño gráfico pedestre, la canción cursi, las obras nacidas a fuerza de necesidad e intuición, sin escuela. Supe desde que se fue abriendo mi mundo que no podía renunciar, por ejemplo, al quehacer a veces elemental de algunos compositores sencillos, de esos que desde radiorreceptores estentóreos inundan el paisaje sonoro de los barrios.
Leonardo Favio quedó pues allí, retenido en mi gusto y mi memoria. Tarde, muy tarde supe, porque a México esa fama no ha llegado, que el mendocino era en su país no tanto el compositor y cantante que acá conocimos, sino un cineasta consumado, acaso el mejor de la Argentina. Sin quererlo, durante muchos años me rondó su nombre gracias a "La cita", ese rolón cantado miles de maravillosas veces, en versión cumbia, por los Chicos de Barrio laguneros.
He leído todo lo que ayer publicó Página/12 sobre él, y creo que me quedé permanentemente corto, como todos los mexicanos, en el conocimiento de la asignatura Leonardo Favio. En el link que recoge testimonios de personalidades sobre el recién ido, me impresionaron estos tres:

Fernando “Pino” Solanas (cineasta): “Era dueño de un cine con un realismo poético muy intenso. Se fue dejando una obra descomunal, un testimonio cultural y cinematográfico único. Era una figura múltiple. Tenía la conjunción precisa entre sensibilidad popular y la mirada culta. Fue un artista popular único. Se fue un gran poeta del cine”.

Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): “Perdimos al más grande cineasta argentino de todos los tiempos. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo pudimos confirmar que la grandeza y la sensibilidad de su obra iban de la mano de su grandeza como persona. Favio era como filmaba, no se quedaba con nada en el tintero. Todo su talento y su instinto artístico, hijos de su profundo humanismo, estaban presentes en cada plano, en cada movimiento de la cámara, pero también en cómo te abrazaba. Su fervor político era una expresión de ese humanismo, que a la vez marcó su mirada del peronismo y la manera de plasmarlo en su trabajo. El peronismo de Favio es, sobre todo, una mirada desde el amor de la Argentina de Perón y de Evita. Las películas de Favio, profundamente populares y refinadas a la vez, capturan la fibra íntima del peronismo como expresión cabal de una gran obra colectiva de amor al pueblo. Por eso resultan tan emocionantes. Porque así como para orientarse en el bosque sólo basta una brújula que señale el norte, en la cultura pasa algo parecido: una película argentina hecha desde la propia perspectiva genera inmediatamente pertenencia cultural. Favio ha sido eso: una formidable brújula cultural que permite saber quiénes somos, dónde estamos y de qué formamos parte”.

Ricardo Darín (actor): “Me crié cantando sus canciones y después descubrí su cine. Estoy shockeado por la pérdida de una persona tan auténtica y sincera”.

No es poco: Solanas es uno de los artistas más importantes de la Argentina, y además un hombre metido hasta los huesos en la política, tanto que ha sido diputado y ex candidato a la presidencia de la República. Coscia es el actual mandón de la cultura allá, y Darín es hoy el actor de mayor cartel, protagonista, entre otras, de El secreto de sus ojos, film que ganó hace poco el Oscar a la mejor película extranjera.
La muerte de Leonardo Favio fue la muerte de un gran cineasta, sí, pero muchos queremos recordarlo asimismo como lo que fue inicialmente y nunca dejó al margen. A propósito, también Página/12 publicó algunos testimonios suyos de hace tiempo, y aquí está uno sobre su andanza en la música que le granjeó fama gracias a la radiofonía:

“Para mí, el cine y las canciones no son dos vías distintas. La gente tiene que entender que amo tanto una cosa como la otra. Muchos dicen: ‘Leonardo canta para ganar la plata que le permita hacer cine’. Eso no es cierto. Yo canto porque me gusta tanto o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis canciones. Como suelo decir, mis canciones están en el inventario familiar de todo el mundo de habla hispana. Canciones como ‘O quizás simplemente te regale una rosa’, que es un himno en toda Latinoamérica. Las generaciones van cambiando y los coliseos se llenan con jóvenes que corean esas canciones que nacieron en la intimidad de mi hogar como un divertimento, como una broma, y que trascendieron las fronteras e hicieron milagros. Mis canciones hicieron milagros como que yo comiera más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario con quien yo quiero, porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés, al hebreo... En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de la canción o cómo voy a renunciar a ella, que me permite continuar en la pelea?”.

En fin. Un artista es la suma de sus pasos: los buenos, los regulares y los malos. Creo sin embargo que si hay talento, si hay sensibilidad, de hecho, no hay pasos malos: todo lleva a un lugar, el lugar al que llegó definitivamente el cantante y cineasta Leonardo Favio, que en paz descanse.