viernes, noviembre 16, 2012

Dóberman a bocajarro

















¿Qué es ser joven? ¿Cuándo termina ese “divino tesoro”? ¿Es en realidad, aunque lo haya dicho Rubén Darío, un “divino tesoro” o se trata simplemente de una etapa en la que todo hombre tiene margen para no sentir su cuerpo y, por ello, tampoco el paso desgastante de los días? En México, la edad juvenil empieza, supongo, poco después de la adolescencia y termina no sé dónde exactamente, quizá poco más allá de los treinta. O sea, en la vida tenemos algo así como veinte años y pico para ser y parecer jóvenes. Luego vienen poco a poco las arrugas, las canas, la panza, la calvicie, la papada, el encorvamiento, algunos pelos indeseados, los primeros achaques y quizá, si nos va bien, cierta malicia basada en, al menos, un poco de madurez.
Cité a Darío, obvio, porque siempre que hablamos de la juventud por fuerza caemos en aquel multicitado tópico del nicaragüense. Un sujeto completamente distinto al poeta, el boxeador Óscar Bonavena, mejor conocido como Ringo, apoyó parte de su fama en algunas frases. Era un poco como Ali, como Maradona, como Berra, deportistas que sabían soltar alguna que otra verdad con aire de aforismo. Ringo dijo alguna vez que la experiencia es el peine que nos dan cuando ya no tenemos pelo. No está nada mal para haber salido de un hombre que hablaba principalmente con los nudillos.
Pero aquí el problema es saber cuándo, en qué momento atravesamos la frontera de nuestra juventud y pasamos a la paradójica dimensión del peine y la calvicie. El Conaculta, creo que el Conaculta, pero no estoy seguro, limita la edad de sus convocatorias para “jóvenes creadores” hasta los 35 años. Es decir, luego de las tres décadas y media uno deja taxativamente de ser joven, aunque no creador, y por lo tanto debe aspirar, si lo requiere, a otro tipo de becas.
Sospecho sin embargo que ante la falta de una medida oficial para calcular las orillas de la juventud, debemos usar una vara subjetiva: ¿en qué momento me siento yo, o me sentí yo, fulano de tal, no viejo, pero tampoco ya no joven? Es verdad que los manuales de autoayuda nos infunden la idea de que la juventud está en la mente, y que mientras lo queramos seremos jóvenes del corazón y blablablá; pero también es cierto que un día caemos en la cuenta de que ya, por más que le demos vueltas al libro de Bucay, no somos jóvenes de alma, mucho menos de cuerpo. Podemos hacer un esfuerzo, insisto, por no aparentar una sola amargura determinada por el paso de los años, pero en el fondo reclamaremos al tiempo los estragos que va dejando encima de nosotros.
Decía que cada uno, siquiera en su intimidad, se encarga de precisar el momento en el que se le escurrió la juventud y entró a escena el sujeto parado en la cima de su vigor, pero con la vista mirando hacia el declive. Para ejemplificar esto funjo, una vez más, como conejillo de Indias. Cuento una anécdota.
Hacia 1998 o 99 yo rozaba los 35 años. Era padre de mi primera hija y, entre otras chambas, daba clases en la universidad. Ya acusaba los cansancios al final de cada jornada, pero me sentía tan sólido como cualquiera de mis alumnos, esto al grado de aceptarles cáscaras de fut y algún otro desafío de análoga naturaleza. No era infrecuente que en los grupos me ofrecieran asistir a sus reuniones, a fiestas y todo eso. Yo acepté durante un tiempo tales trotes, pero luego la paternidad me obligó a declinar muchas invitaciones. Una de ellas, sin embargo, la acepté. Coincidió que un alegre y entusiasta grupo de cinco alumnos me convidó a una reunión. Luego de pensarla diez veces, accedí, y aquello se dio un viernes. Eran tiempos de tranquilidad en La Laguna, y las calles estaban los fines de semana, lo recordamos todos, llenas de fiesta, de establecimientos abiertos hasta la madrugada, ruidosos. Mis alumnos compraron cerveza, mucha, y como jamás he jugado el rol de represor, actué de acuerdo a las reglas de su cancha. Bebieron, bebimos en la casota de uno de ellos. Luego, ya entonados, se pusieron de acuerdo para salir a no sé dónde.
Como siempre, bebí sólo para agarrar vuelo, pues nunca, por defecto de fábrica, he tendido a las ingestas que apendejan. El caso es que salimos, subimos a un coche lujoso, y fuimos a ver discos compactos y un equipo de sonido en la casa de otro alumno. Una hora después, siempre bebiendo, fuimos a una reunión donde estaban las compañeras de la escuela, también alumnas mías. Mucha risa, mucha música, pero yo sabía que aquello ya me sentaba muy mal, que no lograba integrarme a la pachanga como todos ellos. Una vez más, y última, fuimos a otra casa sólo para ver un perro dóberman de otro alumno, pues dos de ellos discutieron acerca de un tema veterinario y fueron a comprobar el asunto frente al chucho.
Para entonces ya me sentía harto del trote, pero no podía huir, pues mi coche había quedado en la primera casa, así que yo dependía del aventón. Me disculpé por parecer aguafiestas, pero solicité que me llevaran hasta mi nave, y todos aceptaron. Subimos al vehículo, yo tomé un asiento de atrás, en el lado de la ventanilla, y lo que no esperaba fue que subieran también al dóberman. El animal quedó con la carota y el hocico babeante casi junto a mi cabeza. Sentí sus patas de palo en mis muslos y durante todo el regreso el perro respiraba en mi jeta. Mito urbano o verdad de a kilo, recordé que esos pinches perros a veces atacan a sus dueños, así que durante quince minutos esperé que clavara los colmillos en alguno de mis indefensos cachetes. Eso no fue lo peor, aunque lo parezca; emocionado por alguna estupidez que ignoro, ebrio, el dueño del coche atravesó la Cuauhtémoc a cien kilómetros por hora, y aseguro que en algún tramo se voló varios rojos. Aquel cuadro fue para mí aterrador: el hocico de un maldito dóberman a quince centímetros de mi cara y yo en un coche que avanzaba mortal por la ciudad. Casi arrojo todo en ese momento, pero resistí. Los muchachos, mientras tanto, iban a los gritos, con la música a todo tren, enloquecidos.
Cuando al fin bajé del coche, me despedí como si no hubiera pasado nada, hasta agradecido. Pero sí, sí había pasado algo: ese día, esa noche perdida en mi pasado, fue la última en la que acaso disfruté mi “divino tesoro”, con todo lo jovial y todo lo tonto que conlleva tal fortuna. Lo último que vi como joven fue un dóberman a bocajarro, una ciudad avanzando vertiginosamente por la ventanilla de un coche y el absurdo riesgo de varios pellejos. Salí ileso y allí, lo supe yo nomás, comencé una nueva etapa de mi vida: ésta, en la que sigo.