jueves, noviembre 29, 2012

Cena duranguense con milonga



















El martes pasado ofrecimos en Durango una tandita de narrativa torreonense; la despachamos Daniel Herrera, Daniel Lomas y el de la voz. Nos fue bien, creo, o por lo menos quedé muy agradado con el notable material cuentístico de los Danieles. Lomas se aventó un cuento largo con sabrosa temática trailero-perversona, y Herrera uno también largo donde afloró su exploración de la clase media estresada por estupideces. Ambos fueron muy aplaudidos y al final felicitados por la concurrencia.
Luego de lo nuestro siguió la presentación del poemario Fiat lux, de la escritora Paula Abramo, especialista en traducciones del portugués al español. Todo muy bien allí, tanto ella como Stephane Alcántar, su presentadora.
Luego de ambas sesiones literarias con fuereños se armó lo que suele armarse al terminar las sesiones literarias con fuereños: nos invitaron a cenar y allí configuramos una mesa muy animada: Jesús Alvarado, Norma Huízar, Ismael Lares, Alejandro Merlín, Atenea Cruz, de Durango; Paula Abramo, del DF; y Daniel Lomas, Daniel Herrera, mi hija y yo, de Torreón.
No es necesario decir que todos hablamos de no recuerdo qué, con Alejandro Merlín y Daniel Herrera en cerrado duelo por apoderarse de la palabra. Merlín, no le he dicho, es un joven, muy joven escritor duranguense; estudió letras francesas en la UNAM y a sus escasos 24 años es traductor de franchute al español; además, por si fuera poco, es un cuentista, a mi parecer, con un futuro espectacular.
Anécdotas, chascarrillos, calambures y demás fueron y vinieron, como la maravillosa historia del recadito con mentada de madre que contó Lomas. Me asombró, siempre me asombra, el accidentado rumbo de esas conversaciones plurales y jocosas, cómo forman vericuetos a propósito de cualquier palabra detonadora de nuevos temas.
Hablamos de los premios literarios, del dinero que allí se gana a veces, y Merlín, muy animado por la cerveza, nos narró su extraña relación con la plata: dijo que siempre trabajaba no para ganarla, sino para pagar sus permanentes deudas. Fue muy divertido, la verdad, escuchar sus andanzas como incansable gastador del dinero que todavía no había ganado.
Mientras Merlín hablaba, comenzaron a revolotear en mi interior los versos de la “Milonga de Manuel Flores”, de Borges. Muy pronto supe por qué: el apellido “Merlín” me llevaba derecho a la estrofa aquella, imborrable para mí, sencilla y apabullante, donde Borges menciona al mago medieval.
Se lo dije a Merlín, el de Durango, y de inmediato comenzamos el elogio a Para las seis cuerdas (1965). Me asombró que el joven Merlín, un erudito precoz, tuviera tanta información sobre ese libro que es no sólo uno de los que más me gustan de Borges, sino uno de los que más me gustan a secas. Conté que aprecio tanto ese libro que compré su primera edición, que me costó mil pesos y que me la trajo un amigo desde Buenos Aires.
Allí mismo, en el celular, busqué el poema en internet y pedí permiso para leerlo. Vi que Lomas, buen poeta, aprobaba gustoso cada estrofa:

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánto cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente:
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Luego de leer, levanté la cara y sólo añadí: “‘morir es haber nacido’, así nomás”. Creo que el gusto por el poema fue unánime, tanto como el que tuvimos por las numerosas digresiones, por la cena y por la convivencia en sí, plena de puntadas y, a veces, de literatura y otras querencias anexas, como suele ocurrir cuando terminan las sesiones literarias con fuereños.