miércoles, octubre 31, 2012

Qué miedos aquellos




















Cuando yo era niño no había Halloween ni nada de eso. Íbamos al panteón y allí nos aterrábamos en los dos sentidos del verbo "aterrar".

Nota. En la foto, el CEO de este blog versión western en los tiempos del cólera. El lugar donde irradia su miedo es probablemente el parque Morelos de Gómez Palacio, Durango.

Declaración de principios de la Catrina














“Lucharé contra el Halloween aunque me quede en los puros huesos”.

martes, octubre 30, 2012

Normativa del estornudo


















Luego de analizarlo con minuciosidad, siento que el instructivo para estornudar es innecesario, pues sólo comprende un punto de relativamente fácil memorización: 1. Estornude.

Diego desde el centro de Diego




















Hace poco más de diez años publiqué en un fugaz periódico universitario de La Laguna este apunte sobre el libro Yo soy el Diego. Luego lo reproduje en otros dos lugares, pero no está en este blog. Hoy lo subo porque de momento no tengo nada para piropear a uno de los personajes que más grande y frecuente alegría me producen: Maradona, quien hoy cumple 52 años. Sé que es enfermizo el rollo de gastar, cada mes, cada mes y medio, una hora de tiempo viendo videos en You Tube con jugadas, goles, entrenamientos y más donde este cabrón enano me aproxima a la poesía escrita con futbol. No entro en debates sobre Pelé, Cruyff, Messi, Ronaldo y todos los demás. Para qué hacerlo, pues admirar a Maradona no excluye en mí otras sinceras admiraciones. Pero por una cuestión de gusto, de química o de lo que sea, Diego es para quien esto escribe el grado máximo al que se puede llegar en materia de futbol, y eso ya nadie me lo saca del corazón. Va pues la vieja reseñita:

Diego desde el centro de Diego
Una vieja costumbre del mundo es la de buscar al número uno de tal o cual actividad. En el deporte, Michael Jordan es, por unanimidad, el mero mero del basquetbol; Babe Ruth lo es del beisbol; Mohamad Alí del box, Sergei Bubka del salto con garrocha, Javier Sotomayor del salto de altura y Francisco Pipín Ferrara del buceo; en otros casos, hay división de pareceres: Bjorn Borg tal vez lo sea del tenis, Carl Lewis del atletismo, Emerson Fittipaldi del automovilismo. Por supuesto, otras áreas del quehacer humano también tienen a sus insuperables: nadie puede igualar a Gandhi como paradigma de pacifismo, así como nadie se equipara a Hitler como estandarte de la barbarie política. El mundo se entretiene buscando al hombre más representativo en cada actividad.
Con el futbol, el deporte más popular inventado por la humanidad, los juicios se bifurcan. Para un sector de la tribuna universal, Pelé es sin asomo de titubeo el máximo exponente; brasileño que hacía magia con el balón, Pelé anotó chorrocientos mil goles, ganó campeonatos del mundo y se convirtió durante algunos años en el indiscutible icono del balompié. Pero a finales de los setenta llegó Maradona y, con ello, el soccer mundial comenzó a dudar de la supremacía establecida por Edson Arantes. Muchos —este reseñista se cuenta entre ellos— dieron su juicio a torcer por Diego Armando y hasta la fecha se mantienen firmes en la opinión que postula al Pelusa de Villa Fiorito como el número uno del futbol.
Yo soy el Diego es la autobiografía de Maradona (Buenos Aires, 1960) recientemente publicada. En ella, el argentino describe con minucia, paso tras paso, su accidentada y maravillosa trayectoria como jugador activo. El Pelusa condensa en este libro sus primeros cuarenta años de vida, su nacimiento en Villa Fiorito —arrabal que vio sus gambetas inaugurales—, su paso por los Cebollitas, su llegada al Argentinos Junior, su pase al Boca, su arribo al Barcelona, su noticiosa lesión, su traspaso al Napoli, su campeonato del mundo, su regreso a Buenos Aires, su fugaz presencia en el Sevilla, su retiro y en medio de todo ese ajetreo las entrevistas, los infundios, las zancadillas, el aplauso cerrado, los millones de dólares, la sordidez de las drogas, el amor por sus hijas, su afección cardiaca, su recuperación en Cuba, su admiración por los barbudos de la Sierra Maestra, su tremenda, su imantada personalidad dentro y fuera de las canchas.
Aderezado con una discreta cuota de fotografías, Yo soy el Diego es un espléndido recorrido por los escondrijos de la fama. Escrito con prosa limpia pero que a veces se excede en argentinismos futboleros, este libro divierte, emociona y conmueve, pues en el centro del escenario no vemos al ídolo de las gramillas, sino al indefenso ser humano que fue, que es Maradona, un pibe que de Villa Fiorito, un barrio miserable como tantos en América Latina, saltó a la conquista del mundo con esas piernas cortas e inusitadas que fueron capaces de todo, porque cuando Maradona se calzaba unos tacos y tenía un balón enfrente, todo, absolutamente todo era posible. El gol contra Inglaterra en México 86 obvia cualquier elogio adicional.
Apoyado en dos muletas, los periodistas Ernesto Chelquis Bialo, de Uruguay, y Daniel Arcucci, de Argentina, Maradona dibuja en Yo soy el Diego, su entrecomillable “autobiografía”, el perfil de un joven que desde el misérrimo arrabal subió a lo más alto, que luego descendió a los infiernos de la cocaína y que ahora, con madurez y entereza, nos cuenta qué se siente tocar esos extremos.

Yo soy el Diego, Diego Maradona, Ernesto Chelquis Bialo, Daniel Arcucci, Planeta, Buenos Aires, 2000, 319 pp.

lunes, octubre 29, 2012

La pérdida incesante

















Así sea pequeño o modesto, todo producto sintáctico es analizable. Por ejemplo, un tuit. Escribí hace algunos meses uno que pese a su simplicidad (todo tuit es o al menos parece un bicho simplísimo) me inquieta: “No dejes para mañana lo que pudiste hacer hace 25 años”. Está allí, claro, el juego con la frase cliché que no sé si llegue a ser refrán. De su forma hoy no me gusta, visto con más cuidado, la torpe unión que establece ese “hacer hace”, pero creo que es significativa la sorpresa que produce el largo brinco al pasado. Ahora bien, ¿por qué pensé en un cuarto de siglo? Sospecho que fue arbitrario, que pude decir hace 10, 15 o 20 años, pero escribí 25. La mente parece caprichosa, pero en el fondo no lo es tanto. Tengo la impresión de que misteriosamente hizo una resta: 48, la edad que tengo ahora, menos 25, da como resultado 23, la edad en la que comencé, digamos “oficialmente”, a trabajar. Tengo pues 25 años chambeando en esto y aquello, principalmente en juntar palabras, pero ocurre con frecuencia —supongo que en todos o la mayoría de los casos es así— que me reprocho muchas inconsistencias, muchas recaídas, muchas negligencias, muchas lagunas, muchas posposiciones, muchos innecesarios paréntesis. Si hay algo irrecuperable, si hay algo que perdemos incesantemente y por lo regular termina convertido en invisible y nostálgico flagelo, es el tiempo, el mismo que en este momento se va yendo mientras escribo o leo o sólo pienso este puñado de palabras.

domingo, octubre 28, 2012

Entre la serenidad y el alarido















Hace unos días publiqué este tuit: "‘El Grito’" de Munch es 'La Gioconda' luego de leer las cifras sobre inseguridad en México”.
Pues bien, el 21 de abril de 2006, poco antes de inaugurar este blog ininterrumpido desde entonces, publiqué en La Opinión un comentario espeso de asombro ante la aparición de los primeros decapitados. Traigo el texto tal y como apareció en aquel momento (nunca lo cargué en este blog, hasta hoy):

Seven acapulqueño
Brad Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey protagonizaron Seven, film dirigido en 1995 por David Fincher. Recuerdo que en su género es, lo dije en su momento y lo reitero diez años después, una película extraordinaria, un thriller de primer orden. Andrew Kevin Walter, guionista, armó en esta obra maestra un complejo mecano, un turbio minilaberinto. Recordemos que la historia narra las andadas de un asesino serial perseguido por dos sabuesos de la ley. El rasgo más significativo de la cinta se relaciona con el sello de los crímenes: el matón deja marcas que denotan su deseo de vincular a cada difunto, en orden, con los siete pecados capitales, de ahí el título de la obra.
Así las claves, el cabrón pelón que de killer personifica Spacey despacha al más allá, presuntamente al infierno, a un tragón que representa la gula, o a un güevonazo que encarna la pereza, por citar sólo a dos de las víctimas. Los detectives Pitt y Freeman tienen la difícil tarea de localizar al bíblico asesino, y para ello van amarrando las claves dejadas por el misterioso delincuente.
Si ya con esto el film resulta extraordinario, la trama nos lleva a una situación anómala: el killer se entrega a la justicia. Sigue un plan perfectamente diseñado, pues buscará y logrará que Pitt incurra en el último pecado capital, el de la ira. Poco antes de entregarse, Spacey decapita a la esposa de Pitt, lo emputa y provoca que el detective, iracundo, descargue su revólver sobre la nuca del ingenioso asesino/mártir.
La cinta tiene muchos recovecos que por falta de espacio no traigo a cuento. Sólo cargo la tinta sobre una de sus escenas más perturbadoras: la decapitación. Pese a ello, pese a lo horrible de tal cercenamiento, el film tiene la alcurnia de las claves, del misterio bíblico y del heterodoxo mensaje que con sus delitos quiere dar el serial killer a la sociedad: somos demasiado laxos, pues cuántos zánganos, tragones, cogelones, avariciosos y demás hay en el mundo y nunca hacemos nada para enderezarlos.
Se me fue el espacio repaladeando Seven en la memoria. La recordé porque ayer, en Acapulco y sin poesía, dos elementos de la policía fueron decapitados. Sus cabezas “estaban adentro de bolsas de plástico que fueron colgadas en el patio de las oficinas dela Secretaría de Finanzas del Gobierno de Guerrero”.  Si ese horror maravilla, no asombra menos el mensaje que llevaban adherido y que redactó sin titubeos la ofendida delincuencia: “Para que aprendan a respetar”.
Se acabaron las metáforas. Sálvese quien pueda.

Pues bien, poco más de seis años después, hoy domingo, leo esta noticia en el periódico Vanguardia, de Saltillo:

“La disputa entre grupos del crimen organizado ha incrementado la violencia en el país, al surgir nuevos métodos de intimidación y temor como son las decapitaciones, que según los registros de la Procuraduría General de la República (PGR) han dejado un saldo de mil 303 personas mutiladas durante los cinco primeros años de la presente administración. 
De acuerdo con la dependencia federal, mientras en el 2007 se localizaron 32 cabezas decapitadas, en 2011 hasta el mes de noviembre se contabilizaron 493. 
Los reportes de la PGR mencionan que Chihuahua, Guerrero, Tamaulipas, Durango, Sinaloa, Estado de México, Baja California, Jalisco, Coahuila y Veracruz son las entidades donde se ha presentado el mayor número de hallazgos”.

No creo exagerar, por eso, en la comparación tuitera que hice entre la Mona Lisa y el más famoso cuadro de Edvard Munch. Al contrario: creo que me quedé muy corto.

sábado, octubre 27, 2012

Mi mundo increíble, un libro con luz


















A finales de 2011 recibí una carta electrónica de mi querida amiga Brenda Moreno, diseñadora gráfica con la que compartí algunos años de trabajo en la Universidad Iberoamericana de Torreón. Brenda me invitaba a platicar con ella y con Ruth Berlanga, directora de Mentes con Alas, para vislumbrar la viabilidad de publicar algún material que sirviera para explicar a nuestra comunidad las generalidades de la parálisis cerebral. Recuerdo que desde la primera reunión hicimos click. Ruth y Brenda no sabían bien a bien qué hacer exactamente, o cómo hacer lo que pudiera hacerse, así que mi labor en ese caso fue meramente orientadora y, en algún sentido, motivacional. Además de darles confianza sobre la potencial cristalización de objetivo, me ofrecí para colaborar en todo el proceso editorial. Definimos el proyecto y comenzamos a caminar en la misma dirección.
Mails fueron, mails vinieron, y varias mañanas, muy temprano, nos reunimos en Mentes con Alas para examinar los avances. Sospecho que no hubo recaídas, que en todo momento supimos que paso a paso llegaríamos a la meta.
Esa meta es, precisamente, este día. Casi un año después de haberla soñado, tenemos ya la primera publicación divulgativa de Mentes con Alas, y es un gusto presentarla para ustedes. Como todo producto complejo, un libro demanda trabajo, cuidado, concentración, disciplina y, por qué no decirlo, amor, pasión por hacerlo con la cabeza puesta en un ideal de perfección. Para que un libro quede bien, cualquiera que sea su extensión, su tema o su destinatario, es imprescindible seguir un proceso y aprobar cada escala con total eficacia. Lo primero que hicimos para encarrilar Mi mundo increíble fue definir su naturaleza: sería una narración para niños, pues a partir de allí podíamos entrar al corazón y la mente de los pequeños para influir en ellos y, de paso, en sus padres y maestros. Teníamos dos rutas posibles: un libro meramente técnico, instructivo, de alguna manera un tanto frío, o una relato que aprovechara el gusto por la ficción que tienen los niños para, con él, contar una historia intrigante, divertida y al mismo tiempo instructiva y aleccionadora, con una moraleja implícita, disuelta en todas sus páginas.
El texto es la base de un libro como Mi mundo increíble, pero dado el destinatario no quisimos que se caracterizara por la austeridad tipográfica que suele ser más adecuada para el adulto. Fue allí cuando pensamos en Tere Hernández —mi ex alumna en la Ibero y luego, lo digo con agradecimiento, maestra de una de mis hijas— para añadir el aderezo de las ilustraciones a color. Creo no exagerar si afirmo que el trabajo de Teresita es extraordinario, creativo, respetuoso con el arte y con quienes esta vez fueron sus modelos. Tere se lució en este libro, tanto que gracias a las imágenes creadas por su talentosa mano siento que Mi mundo increíble tiene vida propia, plenitud de organismo animado por el trazo y el color, luz en cada una de sus páginas.
Gran parte del trabajo de edición se va en planear, en hacer, en corregir, en cambiar, en agregar, en buscar que el libro sea al final un objeto apreciable. Nosotros avanzamos con total cuidado. Su contenido general es sencillo y creo que ofrece, de una manera precisa, lo indispensable para que un niño de entre 7 y 10 años sepa qué es la parálisis cerebral y luego comparta ese conocimiento con sus compañeros y con los adultos que habitan en su entorno. Luego de la introducción de Ruth Berlanga, entramos al relato en sí y a las ilustraciones de Tere Hernández. Después, hay tres apartados con carácter instructivo: “¿Cómo puedes ayudarlos?”, “Reflexión” y “Glosario”. El conjunto crea, como ya dije, una visión periférica del tema y permite que los niños adquieran conciencia sobre el problema y ayuden a solucionarlo, o, al menos, a paliarlo.
Modestia aparte, estoy orgulloso del resultado. Me siento muy alegre porque logramos articular un equipo solidario, un pequeño laboratorio editorial movido por la amistad y el anhelo de comunicar, de comunicar bien. Ruth, Brenda y quizá alguien más crea ingenuamente que me relacioné con este proyecto para dar. Por supuesto que se equivocan, pues yo participé en Mi mundo increíble para recibir, para recibir su ejemplo de solidaridad, de entereza, de fe en el futuro y de noble persistencia en un ideal. Quizá di algo, no sé, pero siempre que doy recuerdo aquella hermosa paradoja de mi amigo Rogelio Guedea, escritor colimense radicado en Nueva Zelanda: “Al final, uno sólo tiene lo que ha dado”. Pues bien, esto que estamos dando o tratando de dar, la historia y la información contenidas en Mi mundo increíble, es lo que al final permanecerá en mí, en nosotros, en nosotras.

Nota: Texto leído el 27 de octubre de 2012 en la presentación de Mi mundo increíble, Mentes con Alas, Torreón, 2012, 41 pp. Participamos Ruth Berlanga, Brenda Moreno, Ricardo Murra Talamás y yo.

viernes, octubre 26, 2012

Vuelven los cardencheros al mezquite














Durante años he sostenido un enconado debate contra mí mismo para convencerme de que es cierta, o al menos aproximadamente cierta, esta afirmación: el cardenche es algo así como canto gregoriano bajo el mezquite lagunero. Pese a la cautela con la que ahora expongo esta comparación, no faltará quien me juzgue hiperbólico. No importa: creo, luego de pensarlo muchas veces, que en esencia nuestro cardenche es gregoriano con resolana y polvo, con sotol y gorro de paja. Los temas, las tesituras, los motivos y las épocas son otros, pero juntar voces y colocarlas en una misma letra sin pizca de acompañamiento musical, jugando siempre con los matices que la garganta crea, es lo que caracteriza al prestigiado gregoriano, y, toda proporción asumida, a nuestro humilde y querido cardenche.
En un mundo que privilegia expresiones culturales que provienen de sociedades materialmente dominantes, la norteamericana en primer término, es muy difícil que sobrevivan, o destaquen al menos, las manifestaciones artísticas locales. Poco a poco, todo o casi todo es desplazado a una periferia de sombras, y aunque hay resistencias y saludables inercias en las culturas minoritarias, el tiempo va aplastando, homogeneizando, sofocando la diversidad, el rasgo distinto, las formas culturales específicas de una región o un grupo.
En este sentido, el cardenche ha vivido durante años bajo la amenaza de su extinción u oculto tras las cortinas del ninguneo. La explicación es simple: a este canto le falta la música que sobra en otros géneros. Frente a la ubicuidad de los medios electrónicos que permiten la reproducción de canto aderezado con música estridente y electrónicamente perfecta, o de música barnizada apenas con canto, el cardenche parece indefenso, a merced del mercado y sus filosos colmillos. Es aquí donde entra en juego el trabajo de visibilización, rescate y sostenimiento que pueden emprender los particulares y las instituciones conscientes del valor que tienen las expresiones culturales únicas, más allá de su uso comercial.
El cardenche es una manifestación de este tipo: está solo, en desventaja permanente, aislado en la espinosa corteza de su austeridad. Pero como ciertas plantas, como el mezquite hosco o el pinabete cenizo, algo tiene que se agarra al alma y de allí ya no sale ni a mentadas de madre. Gracias al empeño de algunos pocos hombres (Alfonso Flores, Ernesto González Domene, Paco Cázares y ahora Gerardo García Colmenero, además, claro, de sus cultores directos, el puñadito de tercos laguneros que lo conservan y lo cantan), el cardenche vive y todavía es capaz de comunicarnos la aridez, el dolor, la fe en el beso, el rencor vivo, la tozudez de hombres y mujeres que en un pasado borroso y lleno de silencio forjaron un cigarrito de hoja, abrieron la botella de aguardiente y en la resolana descubrieron un antídoto contra el aburrimiento: el canto de su emoción genuina codificado con versos sencillos, muy sencillos, cocinados en la mera fogata del corazón no para deleite del estudioso o del snob que habitarían el futuro, sino para hacer llevadera la existencia y lograr que esas flores del arte, por precarias que hoy nos parezcan, se abrieran paso en los terrones secos, en la inhospitalidad del entorno, casi en la nada.
Para oír cardenche, por ello, hay que colocarse en otro sitio, salir casi de este mundo y pensar en el silencio del campo lagunero. Hay que ir más allá del siglo XX. Hay que imaginar una tardecita en la que el sol ha bajado pero en la que todavía pica el calor. Hay que pensar en un grupo de cuatro, cinco, seis hombres que después de las faenas en la tierra busca un lugar en el que ha quedado la resolana como obstinado fantasma. Los hombres hacen caminar un trago, comparten el cigarro, y de repente uno, a todo lo que le da la inspiración, recuerda una tonada de velorio, de ésas que sirven para acompañar a los muertos, y cambia los versos a los santos por otros de amor y desprecio dedicados a la mujer, a la tristeza, a la tragedia de la separación, al mal camino de la tomadera, a todo lo que cotidianamente afectó la vida interior de aquel lagunero antiguo y sin mayores entretenciones.
Imaginado eso, no podemos juzgar el canto cardenche desde ninguna preceptiva ni exquisitez artística contemporáneas. La existencia tosca de sus creadores originales generó un arte áspero, un fruto peliagudo (etimológicamente peli-agudo, con pelos de púa, como la cactácea llamada cardenche), ajeno al lujo de la palabra y la composición ortodoxos. Pero en ese ser humilde, desnudo casi de reglas, con una normativa creada nomás para sí mismo, habita la belleza que unos hombres descubrieron casi solos, al puro tanteo, moviendo una verso acá, una estrofa allá, y poniendo más acullá, en el mismísimo ombligo del dolor, la voz “de arrastre” o “marrana” que ya desde su mismo nombre nos anuncia una condición de canto ríspido.
Por esto y más, celebro la cuarta edición de La canción cardenche en su formato de libro y en su trilogía sonora. Cada cuando, en momentos de emoción especial, vuelvo a la sencillez de ese canto, a mi gregoriano, y me emociono como si yo fuera uno más en el grupo sapioricense o jimulquense sentado abajito del mezquite, con los cerros pelones de nuestra huraña geografía allá lejos, con una mujer rejega en la imaginación y un dolor calando en todos los pinches huesos, como en esta pieza.
Para despedir mi participación, dejen nomás leo el poema cardenche que más me gusta (p. 75). Creo que es maravilloso porque ilustra todo lo que acaso no pude ni podré explicar: la economía total de recursos, la búsqueda a tientas de la belleza, la amargura y la necesidad de hallar sentido al destino en medio de la más rigurosa desolación.

Mi madre me dio un consejo

Mi madre me dio un consejo
que no anduviera tomando.
Mi madre me dio la vida
y tú me la estás quitando.

Te quero porque te quero
en mi querer naiden manda,
te quero, prietita linda,
con las entrañas de mi alma.

Quisiera ser pajarillo
para volar e ir a verte,
cortar ramitas de flores
y coronarte tu frente.

Todas las aves del campo
cantan con mucha alegría,
porque te quero, prietita,
te quero de noche y de día.

Qué bonitos ojos tienes,
yo me alegro más en verte,
porque te quero de veras,
en ti me encontré mi suerte.

Comarca Lagunera, 26, octubre y 2012


Nota: Texto leído en la presentación El canto cardenche. Tradición musical de La Laguna, Alfonso Flores (compilador), palabras liminares de Corín Martínez Herrera, Gerardo Iván García Colmenero y Juan Francisco Cázares Ugarte Herrera, Dirección de Culturas Populares, Durango, 2012, 142 pp., celebrada en el Teatro Centauro, de Ciudad Lerdo, Durango, el 26 de octubre de 2012. Hablamos en la mesa el cantante y compositor Nacho Cárdenas, Gerardo Iván García Colmenero y yo. Un apuntito final: en nota de Tania Molina Ramírez (La Jornada, 23, noviembre, 2010), don Lupe Salazar declaró esto que jamás dejará de ser importante para entender el asunto: "El cardo es una cactácea que mide metro, metro y medio, con unas tunitas amarillas o rojas y unas largas y finas espinas cubiertas por un 'cuerito'. Si uno se pincha, el ‘cuerito’ se atora y no quiere salir, describió, en entrevista, Salazar. Duele más cuando la espina sale que cuando entra. ‘Es como el amor, que entra fácil y para salir es difícil’. De ahí el nombre de este canto”.

miércoles, octubre 24, 2012

Déjame que te explique, limeña




















Conocí a C.E. Feiling (digo, uno de sus libros) en el macedónico reducto de Fabián Vique, cueva sita en Morón, partido del llamado Gran Buenos Aires. Una tarde de 2010 hurgaba en su biblioteca y vi la extraña firma. “¿Y éste?”, le pregunté a Vique mostrándole la gorda edición de Los cuatro elementos (Norma, 2007) que contiene El agua electrizada, Un poeta nacional, El mal menor y el primer tranco de La tierra esmeralda (inconclusa), novelas que junto con el poemario Amor a Roma y poco más, constituyen la obra completa de este escritor nacido en Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1961, y muerto muy joven, de leucemia, en 1997, a la corta edad de 37 años. Mi amigo me miró de reojo, casi sin ver, y sólo dijo esto: “Ah, un genio”.
La desenfadada seguridad de la afirmación me llevó a hojear. Unos pocos párrafos después, seducido por la expresividad de la prosa y más por la confianza que tengo en el buen gusto literario de Vique, le pregunté: “¿Y dónde puedo conseguir este librote?”. La segunda respuesta fue mejor que la primera: “Llevátelo, yo luego lo busco por acá”.
En 2011 volví a Buenos Aires y no llevaba en mi lista el libro que de Feiling me faltaba, el de poesía. Pero la suerte es la suerte, y a 15 irrisorios pesos, en un botadero de Corrientes, me topé con otro título del rosarino, con Con toda intención publicado por Sudamericana en 2005. No era necesario, pero al ver su cuarta quedé cabalmente convencido de que debía llevármelo, y lo compré.
Con toda intención es un racimo de artículos/ensayos/apuntes publicados en periódicos y revistas (Página 12, Clarín, La Nación, El País de Montevideo, La Gaceta del FCE…) entre 1988 y 1997. Meses después hinqué el ojo a esas páginas, y la penetrante mirada de C.E. (Carlos Eduardo, Charlie) Feiling coincidió con el elogio que Rodrigo Fresán le dedica en el prólogo: “Lo que sí sé es que cada vez que se me presenta semejante pregunta [¿qué es la inteligencia?] (…) me respondo siempre lo mismo. Me respondo: la inteligencia en Charlie Feiling”.
Fresán no exagera, pues Feiling fue de esos sujetos superdotados para pensar, para pensar en serio, con filo de bisturí. Todo en él fue vertiginoso: licenciado en Letras por la UBA, muy joven ya era allí profesor de Latín y Lingüística, luego de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nottingham. En 1990 abandonó la vida académica y se dedicó sin descanso, durante siete años, los siete años que le quedaban de vida, a la literatura y el periodismo cultural, con los asombrosos resultados que ya vimos.
He leído —agradado y deslumbrado, o en orden inverso— los textos periodísticos que de Feiling reunieron Gabriela Esquivada (su viuda) y Alfredo Grieco y Bavio. Todos tienen dos huellas: la del prosista que escribe a vuelatecla, y la del genio que siempre encuadra sus afirmaciones desde ángulos, bajita la mano, interesantes.
Con toda intención es un libro inconseguible en México, por eso ni siquiera hice el intento por reseñarlo, además de que lo leí, recuerdo bien, en un mes de profunda agitación laboral. Fue muy extraño lo que se impuso en mi memoria y sé que jamás me abandonará. Abrí la puerta del libro y me recibió un apunte titulado “La canción más linda del mundo”. Feiling confiesa allí su lejanía de la música. Eso no le impide afirmar, para mi asombro, esto: “la música no será nunca mi tema. Sólo mi oído de tapia me autoriza a decir que ‘La flor de la canela’ es la canción más linda del mundo”.
Digo que me asombró no porque no me guste la “La flor de la canela”, pues es una canción inmensa, sino porque uno espera, luego de tan altos antecedentes, que “la canción más linda del mundo” para un tipo como Feiling sea algo más oculto, no tan evidente como una canción latinoamericana (peruana, ya sabemos) popular y entonada en todos lados por cualquier hijo de vecino.
Casi para seguir en el extremismo, el rosarino plantea que lo embruja la interpretación de “un señor apodado ‘Bola de nieve’”, de quien cita una ficha biográfica y hace un elogio que quizá desconcierta, pero conlleva una gran carga de verdad: “Lo que hace Bola de Nieve con ‘La flor de la canela’ va más allá, hay que buscarle un parangón fuera del ámbito de la música popular (…) Bola de Nieve corre a través de ‘La flor de la canela’ a toda velocidad. En un momento, el piano y la voz se separan, tocan temas distintos: entonces sabemos de la hermosura, y desde entonces cualquier otra versión del tema de Chabuca Granda nos hace recordar a un músico cubano, gordo y negro, llamado Ignacio Villa”.
El video de You Tube es muy malo. Supongo que fue entrecortado para editarle anuncios, pero se alcanza a percibir el detalle que destaca Feiling sobre la voz y la música, es decir, cómo en cierto tramo de la interpretación parecen correr por distintas avenidas.
El gusto es misterioso, y no por nada se rompe en géneros. Cada cual tendrá su tema favorito, y cualquier argumento es válido para defender algo que nos llega. A mí, por ejemplo, que me gustan tantas canciones, tantas letras, tantas formas de asumirlas con la garganta, si me preguntan en este momento cuál es la canción más linda del mundo, diré que “Mi destino fue quererte”, del saltillense Felipe Valdés Leal, en la voz de Flor Silvestre. Pero precisaría: no es a mi modesto juicio la canción más linda del mundo, pero sí la más triste. En fin, cada quien sus gustos y sus ratos.

martes, octubre 23, 2012

ABC de la calavera














Curso exprés del Centro Calaverológico Mexicano A.C.


En este breve y escueto manual el interesado hallará un método fácil y sencillo, además de nada complicado, para elaborar divertidas e inútiles calaveras. No se trata de una preceptiva densa, pues no tendríamos aquí espacio para publicar in extenso las cinco mil 356 páginas de nuestro manual, un documento que nos ha costado muchos años de trabajo y no pocos sobornos a la autoridad. Lo fundamental es que el calaverista novato encuentre aquí la información necesaria para insultar con gracia, lo que de paso nos ayudará a preservar una tradición amenazada por el imperialismo cultural que en la práctica ya nos domina pese a nuestros intentos resucitativos. Van pues los puntos de la receta:


1. Piense en alguien a quien odie, aunque también puede pensar en alguien a quien ame o en alguien que le sea indiferente. En resumen, piense en alguien.

Ejemplo: Elba Ester Gordillo, líder sindical per saecula seculorum del SNTE.


2. Consulte cualquier preceptiva e investigue un poco las características del verso octasilábico (de ocho sílabas).

Ejemplo: Qué-bo-ni-tos-o-jos-tie-nes.

3. Aprenda el rollo de la sinalefa, o sea, que es posible contar como una sílaba la unión de la última y la primera vocales en dos palabras.

Ejemplo:  de-ba-jo-dee-sas-dos-ce-jas.

4. Vuelva a pensar en alguien a quien odie, aunque también puede volver a pensar en alguien a quien ame o en alguien que le sea indiferente. En resumen, vuelva a pensar en alguien.

Ejemplo: Elba Esther Gordillo, a quien ya teníamos de ejemplo.


5. No escriba a lo loco, así nomás. Primero piense un poco en el tema general de la calavera. Tampoco es para tanto, que esto es rápido, carajo.

Ejemplo: Elba Esther y su reelección.


6. Ya ubicado el tema, puje tantito y trate de echar el primer verso. Recuerde que debe ser octasilábico.

Ejemplo: La Gordillo fue reelecta.


7. Tiene entonces un primer verso, ocho sílabas y una posible rima (“ecta”). Haga lo mismo en el siguiente octasílabo, pero con otras palabras que le den continuidad a lo ya planteado.

Ejemplo: los profes mucho la quieren.


8. Note que hay un hipérbaton deliberado (“mucho la quieren” en vez de “la quieren mucho”). Es importante saber esto por si más adelante opta por rimar con “mucho” y no con “quieren”.

9. El tercer verso nos depara la obligación de rimar con “ecta”. Piense en palabras viables: colecta, perfecta, insurrecta, muerta, imperfecta, resurrecta, recta. Vea la pertinencia de cualquiera de estas palabras. Digamos que elige “perfecta”.

Ejemplo: bien saben que no es perfecta.


10. Y ahora viene el cierre de la estrofa. Piense en palabras viables que rimen con “quieren”: malquieren, prefieren, infieren, interfieren, requieren. Escriba el octasílabo con cierto aire de remate.

Ejemplo: defectuosa la prefieren.


11. El resultado de la estrofa es el siguiente:

La Gordillo fue reelecta
los profes mucho la quieren
bien saben que no es perfecta
defectuosa la prefieren.

12. Digamos  que la anterior fue apenas una introducción, y la calavera no estará terminada hasta que matemos al personaje protagónico de los versos. Repita el procedimiento, mate en este caso a la maestra, mándela al camposanto, hágala dialogar con la huesuda y/o etcétera. Al final, usted tendrá una calavera similar a ésta:

La muerte, nada indulgente,
a Elba Esther quitó la vida
le dio gusto a mucha gente:
la que no obtiene mordida.

La calavera puede ser de una, dos, tres o más estrofas, pero no la convierta en una oda. Sus lectores agradecerán que usted sea ingenioso, pero más que sea breve, pues se trata de un divertimento literario, no de la Ilíada.
Suerte y no olvide evitar calaveras a las suegras. Son invulnerables.

lunes, octubre 22, 2012

Junto al box verdadero















Así el boxeo: hace tiempo que vio pasar sus mejores días.
Tuit de Armando Alanís

¿Dónde quedaron aquellos uppercuts
aquellos jabs de ensueño lanzados con los Cleto Reyes
dónde, dónde están los ganchos de elegancia callejera?

En mi recuerdo sobreviven
como cuadros en la pared
como fotos amarillentas en un álbum
sábados de la infancia
frente a la tele familiar
mi padre al lado como tótem
cerveza en mano
y la voz en off de Toño Andere y Sonny Alarcón.

Los sábados eran eso por la noche
tener a papá cerca
disfrutarlo en silencio
pues toda la semana trabajaba para siete
y jamás podíamos verlo.

Los sábados, entonces
mi padre era mío y estaba en casa
no hablábamos
no nos mirábamos
pero estábamos cerca
veíamos el box
en una tele blanco y negro
desde la Arena Coliseo
el sudoroso embudo de Perú 77.

Sin vernos
mi padre y yo cruzábamos alguna frase
esta pelea se acaba pronto
el de calzoncillo negro no trae nada
qué bonitos ganchos tira el chaparro ése.
Los boxeadores no eran famosos
pero luego
cuando se alzaban con algún fajín
en lejanas tierras
frente a rudos japoneses
filipinos, gringos, panameños
en México ganaban respeto y mejores bolsas.

Aquellos ídolos
empezaban en la Coliseo
en la función sabatina de box
que mil sábados compartí con mi padre.
No sé, pero supongo que allí vi
los primeros pasos del mastín Pipino Cuevas
la primera imbatible agilidad de Salvador Sánchez
el estilo clasicista de Lupillo Pintor
la bazooka de Zárate
el tesón de Daniel Zaragoza (el Bull-dog de Tacubaya)
el encono de la Chiquita González
la vergüenza del Macetón Cabrera
el nacimiento del boxeo perfecto que tuvo Chávez
y sus ascensos a la cima.

También pude gozar
las últimas grandezas de Olivares, el amado Púas
el privilegio de Mantequilla Nápoles
el depurado hacer de Miguelito Canto
y tantos y tantos pugilistas más
de aquellas eras.

Luego nos cayó la maldición de Don King
el puto pago por evento
la sombra de Bob Arum
los grandes negocios
y un box que es menos box que trácala.

El recuerdo
la filmoteca personal que guardo en el alma
me lleva a una sala modesta
un sábado cualquiera por la noche
frente a la pantalla
con mi exhausto padre y su cerveza al lado
y yo cerca
ambos junto a ambos
ambos junto al box
junto al box verdadero.

Posdata: Acabo de recibir una carta desde Houston. Mi amigo Gerardo García Muñoz comenta lo que alguna vez platicamos en Torreón: que él también vivió muchas funciones sabatinas de box junto a su padre. Por el paralelismo, he pedido a Gerardo autorización para multiplicar aquí las palabras de su mail. Le agradezco el sí: “Me gustó tu poema sobre los recuerdos sabatinos boxísticos, una experiencia paralela a la mía; mi padre tuvo una sola afición deportiva, y aún tengo en la memoria cuando vio emocionado, por primera vez igual que yo, las peleas de la ‘Cabalgata Gillete’ presentadas por Enrique Yánez y narradas por algún comentarista de acento caribeño. Y digo que las vio por vez primera porque él creció en la época de las transmisiones radiofónicas, y escuchó las míticas peleas de Jack Dempsey contra Firpo, Joe Louis contra Max Schmelling. Y claro, compartí con él las gloriosas trayectorias de Alí, Frazier, Foreman, las inolvidables peleas del Alacrán Torres contra Chartchai Chanoi, un tailandés asesino, las glorias del Púas y del Mantequilla Nápoles. Para mi padre, el boxeo terminó el sábado 2 de agosto de 1980, cuando Pipino Cuevas se metió al barrio de la Cobra de Detroit. Y para mí, hace más de dos décadas que ese deporte ha dejado de importarme”.

sábado, octubre 20, 2012

El típico malasuerte















Un tren le mutiló la pierna derecha, su casa se incendió, su esposa le dijo adiós, lo echaron del trabajo. Tenía tan mala suerte que el día que la buscó adrede, cuando estaba a punto de arrojarse desde un puente, vio un billete de lotería, le pegó al gordo, compró un yate, se operó la nariz y las mujeres le cayeron como lluvia de mayo. Nada le salía bien en la vida.

viernes, octubre 19, 2012

El fílder que está solo y espera

















El título de este apunte parafrasea el de una obra muy famosa en la Argentina; nomás le hago, pues, un leve cambio, el del sustantivo, al título del libro El hombre que está solo y espera, del maestro de maestros Raúl Scalabrini Ortiz. Ese libro es un clásico de la literatura argentina, y a mi apresurado juicio es algo así como El laberinto de la soledad de los porteños. No sé si exagero, pero es un título bellísimo pese a su sencillez: El hombre que está solo y espera. ¿Por qué me gusta, por qué me emociona ese puñadito de palabras? Veo tanto allí, imagino tanto allí. Para empezar, el peso de la vida en el lomo del ser humano. Todos somos un poco, o un mucho, eso: hombres que estamos solos y esperamos. Y tenemos tan escasa información sobre todo esto: no sabemos bien a bien por qué o para qué somos, por qué o para qué estamos solos y qué demonios estamos esperando. El hombre, la soledad y la esperanza: carajo, esa parece ser la vida, y sólo un observador, un gran observador como Scalabrini Ortiz, puede condensar tanto en tan pocas y tan sencillas palabras.
Aunque los mexicanos en general no tenemos la visión desolada e introspectiva de los porteños, su flanco, digamos, existencial, hay un cuadro que, creo, puede asimilarse al título de Scalabrini Ortiz, al sentido profundo de su mirada sobre el habitante de Buenos Aires. El cuadro es “El fílder del destino”, del pintor y dibujante Abel Quezada (Monterrey, 1920-Cuernavaca, 1991). No digo nada si digo que el maestro Quezada fue lo que ya sabemos: uno de los más importantes cartonistas que ha tenido jamás nuestro país. Por el estilo de su trazo y de su humor, ambos inconfundibles, Quezada pasó a convertirse, como Gabriel Vargas, como Chava Flores, como José Alfredo, como el Piporro, como Cri-Cri y algunos cuantos más, en traductor y caja resonante de nuestra idiosincrasia. Su fuerte estuvo en el periodismo, pero dejó una obra más que digna en el terreno de la pintura. De una web tomo estas palabras que, me parece, dan idea de la idea que él mismo tenía sobre su trabajo con el pincel y el lienzo:

El título de este libro [Los tiempos perdidos] se debe a que yo sólo pinto en “tiempos perdidos”, los fines de semana. Soy pintor aficionado, “sunday painter” como se dice en inglés.
Pinto solamente como una forma de descansar cambiando de actividad. No tengo ninguna pretensión académica ni económica. Nunca he expuesto mis cuadros (…)
La mayoría son producto de mi imaginación, pero otros son resultado de apuntes que hice durante viajes, en bares y restaurantes, en aviones, vestíbulos de hoteles, en cafés, en
cualquier parte donde tuviera a mano un papel y un lápiz.
Me gustaría tener el tiempo para poder pintar todo lo que he dibujado. Me hubiera gustado aprender a pintar desde mucho antes, desde muy joven, y tener un recuerdo de tantas cosas que vi. 
Es curioso, pero habiendo yo sido un dibujante profesional toda mi vida, he sido también, desde que empecé a pintar, un pintor vergonzante. Hasta hace poco tiempo solamente mi familia había visto mis cuadros y unos cuantos de mis amigos sabían de mi afición dominical. Contados de ellos me han visto pintar. Yo no lo decía nadie, porque pintar es muy distinto a dibujar, aunque parezca lo contrario.
Mi dibujo profesional fue siempre la caricatura, el trazo con burla. En la caricatura se adquiere un estilo, una forma de hacer las líneas. Cuando un caricaturista intenta pintar es muy difícil quitarse los vicios que ha adquirido dibujando. Para mí esto ha sido imposible. En muchos de mis cuadros se ve una tendencia a hacer cabezas desproporcionadamente grandes en comparación a sus cuerpos, cosa que en la caricatura resulta bien. Se nota una incapacidad para la perspectiva, pues la falta de ésta no perjudica, sino favorece la caricatura.

Poco se puede agregar a la severidad autocrítica de esta opinión. Sólo diré que, pese al dictamen que Abel Quezada hizo sobre la pintura de Abel Quezada, me atrevería a contradecirlo si estuviera vivo. Su pintura me gusta tanto como sus dibujos precisamente porque los telas conservan, con el agregado del color, la frescura de su inconfundible espontaneísmo infantil. De hecho, gracias al color hay una vida que los dibujos del periódico no tienen, y eso, como me ocurre con coloristas aniñados como el genial Miró, me alegra la pupila.
De los cuadros de Quezada hay uno que no sólo es mi favorito entre los que le conozco, sino entre todos los que figuran en la hipotética galería de mi alma: “El fílder del destino”. Me gusta por supuesto su título, el uso del sustantivo “fílder” que puede parecer intruso a la poesía insinuada en el complemento “del destino”. Fílder, una palabra del argot beisbolero y ya castellanizada de fielder a fílder, tan aparentemente humilde, desacraliza desde allí el asunto, baja lo trascendente, de manera literal, al terreno de juego, o sube lo popular al cielo de lo espiritual. Es, lo sentí así desde que conocí ese hermoso título, un gran gran nombre para una obra de arte.
Aparte de su nombre, hay varios detalles que atrapan mi atención como si fueran  un guante de beisbol. Su composición clásica, para empezar: dos masas de color, una azul y otra verde, dominan el cuadro. El césped atraviesa toda la línea áurea inferior y forma el horizonte: a partir de allí, inmenso, se abre un cielo amenazante, cerrado por nubarrones. Exactamente en la zona áurea inferior izquierda, un minúsculo ser habita el todo: es nuestro fílder, nuestro humilde fílder. La ausencia de otros elementos refleja la soledad absoluta del pelotero, y su mirada al cielo y su guantecito abajo, no en posición de cachar, reflejan una tremenda desesperanza, algo así como la poca fe que ya tiene en su destino. Por eso mismo digo que es el fílder que está solo y espera con la mirada lo que de alguna manera sabe que ya no llegará a su guante.
Es, por todo y pese a la palabra fílder en el título y el estilo caricatural del dibujo, un cuadro conmovedor, la prueba, para mí, de que cualquier motivo puede gotear arte si sabemos, como Abel Quezada y su pelotero, hallar el modo preciso de batear la esférica.

Comarca Lagunera, 19, octubre y 2012

Posdata. De última hora se me ocurrió subir una imagen que grafica con toda sencillez el asunto de las líneas áureas. Hagan de cuenta que es el esqueleto composicional de “El fílder del destino”.