martes, mayo 29, 2012

Cocteles de Emiliano



Los tuits son, como decíamos en los tiempos del cólera, "maquinazos", textos que salen del teclado y se van al ciberespacio sin mayor revisión. Tienen algo, por ello, de la "escritura automática" que practicaron los surrealistas para que emergiera el subconciente en estado puro o al menos sin el estorbo adulterante de la razón, de la conciencia.
No quiero decir que este tipo de textos sirva para hacer radiografías acabadas, pero deja ver hebras de personalidad, rasgos del talante. Quien escribe un tuit deja en ese palmo de terreno algo, pequeño quizá, de su ser interior, de su índole. Tiene tan poca importancia un tuit ocasional que, sin advertirlo, porque no es peligroso, dejamos allí algunas huellas digitales de nuestra alma.
Pienso lo anterior debido a un par de tuits escrito por Emiliano Salinas Occelli, hijo del ex presidente Salinas de Gortari. No sigo su cuenta, no me interesa ni siquiera por morbo, pero a propósito de su reciente exposición mediática alguien retuiteó un mensaje suyo y me asomé a ver algunos tuits de @salinasemiliano. Uno de ellos, fechado el 13 de mayo de 2012 a las 20:42 horas, opina desde un Blackberry lo siguiente: “@salinasemiliano: La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”
En ese puñado de caracteres hay mucha información, más de la que podemos imaginar a simple vista. Primero, lo habitual: que Emiliano no tiene cuidado formal al escribir un tuit, lo que a estas alturas importa poco. Dice, por ejemplo, “sucesivamente”, pero quizá quiso decir “simultáneamente”, pues un coctel es simultáneo, no sucesivo. La tilde faltante de “Juarez”, la coma de más al final de la enumeración y el huérfano signo admirativo de apertura son los otros tres gazapos. Pero en fin, escribir con desenfado es lo común en las redes sociales. Eso no importa, o al menos no importa a la abrumadora mayoría, así que mejor olvidarlo.
El sentido del tuit es lo llamativo. Sabemos que Emiliano Salinas anda en pose de activista, indicando a la sociedad cuál es el camino para salir del túnel, orientando a muchos seres extraviados en la oscuridad, conferenciando aquí y allá, siempre en foros concurridos, lo útil que es seguir los Importantes Consejos que él disemina con extraordinaria y buena onda actitud. El apellido que le dio su todopoderoso padre nos hace presuponer que tiene puertas abiertas por doquier; si ocurre lo contrario, no es ilógico pensar que con dinero queda salvado casi cualquier obstáculo. Se supone pues que el plan en el que hoy opera Emiliano, siempre ante públicos ad hoc, es frontalmente redentorista, solidario con toda la perrada que no tuvo la suerte de poseer su claridad de pensamiento, esas herramientas cognitivas forjadas en las mejores universidades del mundo o a la sombra del sagaz Innombrable.
Pues bien, el solidario y buenísima onda Nuevo Redentor Político y Social dijo que “La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”. Nótese que conoce el país, que el aeropuerto, un lugar pulcro y de privilegio, un sitio de lujo para la mayoría, a Emiliano le parece una zahúrda. ¿Imaginará siquiera lo que es el olor a patas, a basurero, a vómito, a caño cuando de veras huele a todo eso en los miles de sitios carcomidos por la miseria en este país y en muchos más de todo el mundo? ¿Sabrá el delicado Emiliano lo que es la pestilencia generada por la pobreza? ¿Cree en serio que el aeropuerto, un lugar suntuoso al que jamás accederán millones de mexicanos, es un sitio insalubre? ¿Habrá caminado, por ejemplo, un mercado popular donde la gente sobrevive a diario, sin escapatoria, entre pedos, mierdas, alimañas, malos drenajes, gargajos, inmundicias, calor y pésima ventilación? Sospecho que no, que el joven mesías cree que el aeropuerto es lo máximo en materia de incomodidad, lo máximo o al menos un lugar que no merece ningún asombro ni agradecimiento por los lujos que ofrece a quien puede pagarlos.
Un cálculo más o menos arbitrario me permite imaginar que Emiliano tiene dinero para pagarse 400 o 500 años, si los viviera, metido sin hacer nada en un yate perfecto, con la mejor comida y bebida y con cien modelos de Playboy para que le rasquen el ombligo y todo lo que él quiera. Poco o nada puede saber entonces de malos olores, de cocteles repugnantes, de incomodidades ni nada de eso. En el tuit se creyó crítico de un mal servicio, pero sólo le afloró el descomunal fresota que lleva dentro (y es por fuera).
En un tuit ulterior, luego de que le brotó el subconciente como brotan las aguas negras en los mercados del populacho jediondo, Emiliano dijo esto (17 de abril de 2012, 20:21 horas): "QUIEN MANDA EN UN PAIS, EL PRESIDENTE Y CONGRESO O LEYES DE LOS CAPOS?"/ Ninguno, los ciudadanos son quienes mandan." Nótese que aquí se las da de demócrata, que aquí quiere demostrar que Él Está Con El Pueblo. Fallido crítico social, fallido redentor, fallido impulsor de un cambio de mentalidad. Al oírlo, al leer sus tuits, no sé por qué recuerdo aquel bolero interpretado por Bienvenido Granda ("El Bigote que Canta"): “Todo es falso, pero tú eres mucho más”.