domingo, enero 29, 2012

Los demasiados Borges en El forajido sentimental



Durante mi estancia de agosto/2011 en Buenos Aires leí tres libros de Fernando Sorrentino: Conversaciones con Borges (entrevista), El crimen de San Alberto (cuentos) y El forajido sentimental (ensayos). De Sorrentino sólo tenía noticias internéticas y amistosamente indirectas, pues fue o es amigo de mi amigo Juan Pablo Neyret; había leído algunas de sus colaboraciones en Espéculo, la revista virtual de la Complutense, y algún otro texto en su propia web. El encuentro con sus libros me deparó (lo digo así, porque así fue) tres alegrías distintas: un diálogo que no terminará con el más grande escritor de nuestra lengua, unos relatos originales y harto divertidos y un lote de lúcidas aproximaciones al poliédrico Borges.
Publicado por Losada en 2011, El forajido sentimental (Buenos Aires, 200 pp.) está dividido en ocho secciones que a su vez contienen, cada una, un número variable de ensayos. El subtítulo aclara el propósito del libro: Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges. En efecto, las de Sorrentino son incursiones, exploraciones, sabrosas y asombradas caminatas por el deslumbrante paisaje que es la literatura de Borges. El autor procura en todo momento, con éxito, un tono amable, inteligente y despojado de la grandilocuencia en la que suele incurrir el ensayismo academicista, ése que abusa de jergas intragables para el mortal de a pie.
Un rasgo no menos destacable es la diversidad de los temas. Dado el complejo pensamiento del argentino estudiado, es gratamente inevitable que los abordajes se disparen hacia rumbos inusitados. Borges está en el centro y de él dimanan ideas que alimentan ideas que alimentan ideas. El enamorado de Borges sabe por qué ocurre esto: no se trata de una literatura que se agota, que termina como terminan otros autores: luego de leerlos. El creador de Ficciones queda en la mente como un tatuaje, y la única forma de sacudirse esa terquedad es volviendo a él mediante la relectura, resignarse a padecer la abrumadora belleza de una obra que es una y muchas a la vez.
En el tercero de los párrafos explicativos del libro, Sorrentino confiesa lo que podría confesar cualquier borgólatra de los miles que en el mundo hay: “Desde entonces, en una especie de enamoramiento eterno, continué leyendo y releyendo, una y otra vez, esas páginas que me ponían frente a una literatura única en el mundo, una literatura que no se parecía a ninguna otra que yo hubiera conocido, y que me proporcionaban lo único que mi abyecta frivolidad anhelaba (y sigue anhelando) hallar en los libros: el placer”.
El placer no es lo único que podemos hallar en Borges, pero sí, en efecto, es el mejor de sus dividendos y por eso la permanente aventura de reencontrarnos con sus páginas, de escribir sobre esa obra dueña de incuantificable poder evocativo. Sorrentino leyó a Borges, lo releyó, lo releyó, y al paso de los años fue escribiendo sus impresiones y sus hallazgos hasta configurar un estimable puñado de ensayos.
Creo advertir que los ensayos cumplen cabalmente con el propósito esencial de este género en el caso de El forajido sentimental: todos hallan o tratan de hallar un pliegue, un dato oculto, un rincón inexplorado de la vasta obra borgeana y sus todavía más vastas consecuencias críticas. Así entonces, en el trayecto vemos algunas zonas desconocidas o poco conocidas, como la falsa atribución que hizo Borges a su traductor en inglés; o la manera risueñamente olvidadiza que el ciego de Buenos Aires tenía para embellecer anécdotas; o la relación a veces buena, a veces mala, de Borges con otros escritores (Arlt, Lugones, el anónimo y peleonero Francisco Soto y Calvo, Cortázar, Sabato, Mallea); o Borges y el futbol; o los textos falsamente atribuidos; o las traducciones que no hizo pero le enjaretaron (como la de La metamorfosis de Kafka) y muchos otros temitas más despachados con buen juicio, justas notas y copiosas referencias biblio y hemerográficas.
Un libro mencionado algunas veces en El forajido sentimental es El humor de Borges, de Roberto Alifano. Alguna vez lo leí y lo comenté en parte, y en mi recuerdo sobrevive y sé que seguirá sobreviviendo con agrado; lo mismo pasó con El año de Borges, de mi amigo Gilberto Prado Galán; luego de leer el de Fernando Sorrentino —parejamente bueno, parejamente original—, pasa a ser un acercamiento para mí memorable a la figura del más grande escritor que ha dado hasta ahora el castellano.