viernes, enero 06, 2012

Jugar con un soneto



I
No recuerdo cómo ni por qué ni dónde, pero hace varios años alguien me invitó a colaborar en el número especial de una revista que abordaría el tema de la lucha libre. Fue al cuarto para las doce, muy a la carrera, así que no tuve margen de maniobra para preparar un artículo de verse, algo amplio y digno de mi experiencia como luchalibrófilo con al menos cuatro décadas fielmente consagradas a tal enajenación. En apenas un día de chance lo único que pude armar fue un pastiche (“El pastiche es una técnica utilizada en literatura y otras artes, consistente en la imitación de diversos textos, estilos o autores en una misma obra”, nos aclara la servicial Wikipedia).
Pasa esto. No escribo poesía ni soy su más voraz lector, pero muchos de los poemas que he leído me rondan en la cabeza, regresan a mí de manera muy extraña, a propósito de cualquier frase o palabra. La poesía que más retengo en la memoria es, por ello, la tradicional, con metro y rima. Así pues, voy por la calle o estoy tirado en la cama y aparece un verso conocido, lo repito en la mente y de inmediato juego con él, le doy vueltas, le cambio palabras y logro otro efecto semántico sin deformar la sonoridad original. Algo así, que a veces es difícil explicar los barroquismos de la cochambrosa mente humana.
El caso es que, con el apuro de escribir algo sobre lucha libre, me saltó un verso famoso, el del soneto anónimo “A Cristo crucificado”. Se lo han atribuido, en sesudos estudios de esos que los españoles urden sobre todos los temas de su tradición literaria, a Juan de Ávila, Miguel de Guevara, Teresa de Ávila e incluso a los santos Francisco Javier e Ignacio de Loyola. Vayan ustedes a saber. Pero la autoría es lo de menos; lo de más es que se trata, sin respingo ninguno de mi parte, de una verdadera obra maestra de la sonetística mundial. Es tal vez, incluso y si me apuran un poco, el mejor soneto escrito en castellano. Nos conmueve hasta a los descreídos pues su fuerza, su música y la hondura de su sentido están más allá de que creamos en lo que nos enuncia. Este es el soneto, la perfección hecha palabra en español:

Soneto a Cristo crucificado
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

II
Pues bien, en aquel momento del que les platico me llegó a la cabeza, solito, sin pedirlo, el “No me mueve, mi Dios, para quererte”, y a partir de allí se derramó el juego. Parece una insolencia, pero debemos recordar que en literatura se valen estas cascaritas sin más mérito que el que les queramos achacar. Es un homenaje aunque algunos puedan creer que se trata de una grosería. Va ya, sin más rollo, este lúdico elogio para el famoso soneto y para El Enmascarado de Plata (el epígrafe es una payasada adicional):

Santo de mi devoción
(soneto en superlibre)

¡Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar
por una lucha libre divertida y popular!


No me mueve, mi as, para aplaudirte
la lucha que me tienes prometida,
ni me mueve la burla tan temida
para dejar por eso de seguirte.

Tú me mueves, oh rey, muéveme el verte
luchando en ese ring y adolorido,
muéveme ver tu cuerpo tan fornido,
muévenme tus candados y tu suerte.

Muéveme, en fin, tu ardor, y en tal manera,
que aunque no hubiera lucha, yo te amara
y aunque no hubiera rudos, te temiera.

No tienes que luchar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te aplaudo te aplaudiera.