viernes, diciembre 07, 2012

Fuera de combate













Les aseguro que quería escribir, pero así me dejó la gripe de este viernes. No importa, mañana me lavantaré de la lona y aquí nos seguiremos viendo.

jueves, diciembre 06, 2012

Don Ata por Lagmanovich vía mail









Me alcanzó la gripe de temporada, y si por lo común la cabeza no me da para para pensar, así menos. En estos casos no está de más solicitar ayuda a los amigos o buscar algo digno entre los muchos libros que afortunadamente están al alcance de la vista. Hoy, pues, he hurgado en mis archivos postales y fíjense nomás que buena suerte he tenido. Hace tres meses leí una pequeña biografía sobre Yupanqui y no quiero que pase el 2012 sin reseñarla. Lo deseo porque en mayo se cumplieron veinte años de su muerte y siento la obligación de recordarlo. Él es el compositor y cantante que más admiro, y quiero que esa admiración se materialice en textos elogiosos.
Pues bien, el primero de febrero de 2008 recibimos una respuesta vía mail de mi amigo David Lagmanovich (1927-2010), quien vivía en Tucumán, Argentina. Digo “recibimos” porque nos carteábamos a tres bandas Juan Pablo Neyret (en Pensilvania, EUA), David y yo (en Torreón). Esa correspondencia tripartita duró al menos cinco o seis años, y era muy frecuente, de manera que son abundantes las cartas de David y de Juan Pablo que puedo presumir.
La carta que traigo se refiere a Yupanqui. No necesito añadirle nada, pues cualquiera que la lea la entenderá y, sobre todo, verá la dimensión artística que le atribuimos al folclorista mayor de América Latina. También verá lo que yo siempre vi: que David Lagmanovich nos regalaba una atención epistolar al mismo tiempo generosa y lúcida.
Esta es la carta:

Hermanos:

Sí, yo también he admirado y querido mucho, desde siempre (desde que venía a cantar a LV12 Radio Tucumán, cuando yo tenía unos 15 años) a Atahualpa Yupanqui. Recuerdo que entonces a un muchachito que amaba la guitarra y no tenía plata para reponer cuerdas, sin conocerlo le regaló el juego completo; a otro hombre que conocí por entonces le regaló una guitarra. Era un hombre de buen corazón, aunque tuviera rasgos de un carácter aparentemente hosco.
Además, lo que siempre me gustó de él fue la finura de sus canciones, que aunque tocaran lo social no lo hacían con estrépito ni panfletariamente: "Es mi destino / piedra y camino: / de un sueño lejano y bello, viday / soy peregrino". Ese sueño lejano y bello correspondía a su vinculación con el Partido Comunista, pero lo ponía así, para que entendiera quien quisiera entenderlo, sin proclamarlo a grandes voces. Cuando la dictadura, su milonga campera que comienza "Yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar...", y termina con "y una hermana muy hermosa / que se llama Libertad" me pareció siempre una de las más bellas piezas de aquella época terrible.
Atahualpa era hombre de la pampa, como bien se sabe, pero su compenetración con la cultura popular del Noroeste argentino lo convirtió casi en un tucumano más. No sé si la gente se da cuenta de que los vocativos "viday" y "viditay", que aparecen constantemente en sus canciones, son quechuismos, no usados fuera del Noroeste: tienen el sufijo -y, que es el caso posesivo quechua (o quichua, como decimos por estos lados), de modo que "viday" quiere decir "mi vida", una forma entrañable de tratamiento en nuestro dialecto hispanoindio. Y sus versos para cantar (no los de El payador perseguido, que están en la tradición de la llanura) tienen la limpidez de las coplas populares del Noroeste. Él podría haber escrito esta copla salteña, que sin embargo es anónima: "Apenitas soy Arjona / nombre que no se ha'i perder; / y aunque me tiren al río, / sobre la espuma he'i volver".
Así volverá siempre también Atahualpa Chavero Yupanqui (como firmaba al comienzo), después sólo Atahualpa Yupanqui o solamente Atahualpa: sobre la espuma del canto, aunque se lo haya llevado el río del tiempo.
(Muy linda, Jaime, tu columna sobre este prócer de la canción popular; mucho más que el "maquinazo" con que, modesto como siempre, pretendes disimular el valor de lo que escribes.)

Abrazos, == David

miércoles, diciembre 05, 2012

La “forma suave” de la violencia


















Fueron muchos, casi todos los de siempre, pero el que más me impresionó —siempre me impresiona por su inmediatismo retórico fue Ciro Gómez Leyva. El sábado primero, casi como jefe de una mesa de análisis, pasaba una y otra vez las imágenes recién grabadas de los vándalos que encaraban a los granaderos en el jardín frontal del palacio de Bellas Artes. Las tomas hablaban "por sí mismas", decía con estas u otras palabras el famoso columnista. Nada que discutir, el desorden dejaba todo en orden para los apresurados comentaristas: la izquierda, toda la izquierda, es bárbara, troglodítica, anárquica, violenta en suma.
Me atrevo a disentir. Las imágenes no hablan por sí mismas, así que, para que “hablen”, es necesario treparles un discurso. Hagamos un experimento. Bajemos una foto de internet y trabajemos sobre ella. Veámosla y procedamos a describirla desde distintas angulaciones hipotéticas, esto nomás para que se vea lo fácil que es montar cualquier discurso a cualquier imagen.

















1. En la imagen, Luis G. Amézquita Galo, víctima del ciclón que la semana pasada azotó el norte de nuestra entidad. Don Luis perdió su vivienda y todas sus pertenencias, y todavía no sabe el paradero de su única hija, desaparecida en la catástrofe natural. Las autoridades han declarado que los albergues son suficientes, pero la realidad es que muchos damnificados siguen sin un lugar para dormir y tomar alimentos.

2. En la imagen, Luis G. Amézquita Galo, víctima de alzheimer que ayer fue encontrado vagando por las calles de nuestra ciudad. Perdido en los rumbos del bulevar Oriente, las autoridades lo recogieron y pudieron encontrar en los bolsillos de su saco una receta de medicamento que al final sirvió para dar con la pista de sus familiares. El anciano enfermo ya está siendo atendido en un centro especializado.

3. En la imagen, Luis G. Amézquita Galo, jefe de una banda de ladrones de comercios en el sur de la ciudad. Fue sorprendido ayer luego de que a la distancia coordinaba un robo al supermercado “Compre Más”. Afortunadamente, la policía logró detectar la maniobra y detuvo a los delincuentes in fraganti, quienes de inmediato confesaron que Amézquita Galo era el autor intelectual de los atracos y señalaron su paradero, donde poco después fue capturado por los elementos de seguridad.

4. En la imagen, Luis G. Amézquita Galo, quien intentó violar a su nieta y fue descubierto in fraganti por los vecinos de la colonia 10 de Noviembre. Al sorprenderlo, algunos habitantes del lugar intentaron lincharlo, pero otros dieron parte a las autoridades que de inmediato llegaron al lugar y luego de muchos jaloneos e insultos lograron salvar de la turba enardecida al agresor sexual. Amézquita Galo ya fue recluido en el penal del municipio.

5. En la imagen, Luis G. Amézquita Galo, el más destacado pintor de nuestra entidad. El artista recorrió muchas colonias de la periferia para continuar el trabajo de regeneración de espacios por medio de la pintura mural y colectiva. Ganador del premio estatal de Arte y Cultura 2002, Amézquita Galo desarrolla cada fin de año una intensa labor altruista para convertir su arte en detonador de inquietudes pictóricas en los jóvenes de nuestras colonias.

Por lo anterior, inquieta de veras la facilidad con la que Ciro y compañía sacaron el revólver de la crítica y dispararon opiniones sin patas ni cabeza. Por supuesto que hubo vandalismo, por supuesto que las imágenes lo muestran, y por supuesto que eso no le gusta a nadie, o al menos a pocos, a muy pocos. Lo importante, como han dicho Lorenzo Meyer y Sergio Aguayo, es “leer” el hecho en un contexto, tratar de ponerle las palabras que busquen establecer la mejor aproximación al acontecimiento, no colgar sambenitos con prontitud inquisitorial.
Dos preguntas eran necesarias, y jamás aparecieron en boca del columnista: ¿a quién le servía el vandalismo? ¿Por qué de golpe la izquierda (toda la izquierda, según Ciro) pasó del discurso de no agresión a otro completamente distinto? Si no se pregunta eso, da por hecho que no existe, ni siquiera de lejos, la posibilidad de un montaje o el ánimo desbordado de un grupo radical, no de toda la izquierda, principalmente de la que encabeza ya sabemos quién.
La violencia no le conviene a la izquierda que, pese a todo, sigue luchando por deslindarse de la acción agresiva material, esa acción que pone en bandeja de plata la reacción represiva. Por eso, al oír a Ciro recordé de inmediato las palabras de una entrevista que leí hace poco, casualmente, a Pierre Bourdieu. En el libro Capital cultural, escuela y espacio social (Siglo XXI, 2008) habla sobre las “formas suaves” de la violencia, y dice esto que explica mejor que yo lo que aquí he querido comentar:

… es una violencia que se ejerce por vías muy suaves, y que pasa de este modo inadvertida. (…) Debates televisados o radiofónicos, editoriales inspirados, etc., que parecen constituir la vida misma de la democracia, pueden ejercer un efecto formidable de censura —lo hemos visto en la Guerra del Golfo, al menos al principio— escondiendo los verdaderos problemas. El consenso sobre los falsos problemas que generan esos periodistas atrapados en una red de competencia y de interdependencia, tiene por efecto esconder todos los verdaderos problemas, que son olvidados y que aparecen solamente en los periodos de crisis.

La irrupción violenta, desbocada, de los vándalos en el centro histórico del DF es a todas luces un acto criticable. El problema, el difícil problema es saber a quién atribuir tales desmanes. Para Ciro no hubo ni sombra de duda a partir de las imágenes “reveladoras”, como si investigar y comentar fueran dos acciones simultáneas y no un desafío periodístico más que peliagudo.
Pero en fin, así se las gastan él y muchos más, ya lo sabemos.

lunes, diciembre 03, 2012

Ja, fue divertido














Ja, fue divertido. A mí me tocó romper con un garrote varios cristales de bancos y de restaurantes. Tronaban bien chingón, a madres, crach crach, mientras se oían cerquita algunas molotovs lanzadas por los compañeros que venían un poco más atrás. Yo me divertí sólo con los vidrios de negocios, como que de golpe le agarré gusto a pegar batazos y ver el estallido y los añicos. Así llegamos a las jardineras de Bellas Artes, frente al Sanborns y el Gandhi. Allí nos esperaba un grupo compacto de granaderos. La orden había sido encararlo con más aspavientos que efectividad, pues pura verga que podíamos atravesarlo. Lo importante es que la tele tuviera chance de hacer tomas de la acción. En el noticiero logro verme, jaja, con el trapo negro en la cara y todavía con el palo de quebrar vidrios en la mano. En una toma se ve también cómo la pinche güera, toda mariguana, lanza un pedradón a la pared de antimotines. No le hicimos ni cosquillas, pero ése no era el rollo, ya dije, sino salir locos en el video. Y lo logramos. Desquitamos la lana que esos putos nos aflojaron. El que lo dude que oiga al Ciro. Ja, fue divertido, hicimos un buen jale.

domingo, diciembre 02, 2012

Crusoes




















Mucho internet y mucho iPad y mucho Blackberry, pero en el fondo en el fondo en el fondo todos somos Robinson Crusoe.

sábado, diciembre 01, 2012

FCH




















Colocó los lentes junto a la lámpara del buró. Dio un último traguito al vaso donde sólo quedaron unas gotas de whisky mezcladas con el agua de dos hielos. Luego de seis años, era la primera noche en la que se sentía libre de cargas, verdaderamente relajado. Mañana comenzaría su nueva historia, el viaje y la radicación foránea, la paz y, por qué no desearlo, cierto distanciamiento del alcohol. Atrás quedaban entonces la autoridad, el poder supremo, las órdenes, el rumbo que quiso darle al país alebrestado, la incomprensión de tantos. Pensó en el artículo que acababa de leer, en la tajante acusación: había inventado una guerra para mostrar mano dura y legitimarse luego del fraude. Imbéciles. Pensó también en la supuesta cifra de muertos que le achacaba: 70 mil. Apretó los labios, negó leve con la cabeza y se escuchó decir para sí mismo, muy bajito, una frase que lo sedó: “No fueron tantos, si mucho 30 o 35 mil”. Apagó la luz y comenzó a dormir, tranquilo.

jueves, noviembre 29, 2012

Cena duranguense con milonga



















El martes pasado ofrecimos en Durango una tandita de narrativa torreonense; la despachamos Daniel Herrera, Daniel Lomas y el de la voz. Nos fue bien, creo, o por lo menos quedé muy agradado con el notable material cuentístico de los Danieles. Lomas se aventó un cuento largo con sabrosa temática trailero-perversona, y Herrera uno también largo donde afloró su exploración de la clase media estresada por estupideces. Ambos fueron muy aplaudidos y al final felicitados por la concurrencia.
Luego de lo nuestro siguió la presentación del poemario Fiat lux, de la escritora Paula Abramo, especialista en traducciones del portugués al español. Todo muy bien allí, tanto ella como Stephane Alcántar, su presentadora.
Luego de ambas sesiones literarias con fuereños se armó lo que suele armarse al terminar las sesiones literarias con fuereños: nos invitaron a cenar y allí configuramos una mesa muy animada: Jesús Alvarado, Norma Huízar, Ismael Lares, Alejandro Merlín, Atenea Cruz, de Durango; Paula Abramo, del DF; y Daniel Lomas, Daniel Herrera, mi hija y yo, de Torreón.
No es necesario decir que todos hablamos de no recuerdo qué, con Alejandro Merlín y Daniel Herrera en cerrado duelo por apoderarse de la palabra. Merlín, no le he dicho, es un joven, muy joven escritor duranguense; estudió letras francesas en la UNAM y a sus escasos 24 años es traductor de franchute al español; además, por si fuera poco, es un cuentista, a mi parecer, con un futuro espectacular.
Anécdotas, chascarrillos, calambures y demás fueron y vinieron, como la maravillosa historia del recadito con mentada de madre que contó Lomas. Me asombró, siempre me asombra, el accidentado rumbo de esas conversaciones plurales y jocosas, cómo forman vericuetos a propósito de cualquier palabra detonadora de nuevos temas.
Hablamos de los premios literarios, del dinero que allí se gana a veces, y Merlín, muy animado por la cerveza, nos narró su extraña relación con la plata: dijo que siempre trabajaba no para ganarla, sino para pagar sus permanentes deudas. Fue muy divertido, la verdad, escuchar sus andanzas como incansable gastador del dinero que todavía no había ganado.
Mientras Merlín hablaba, comenzaron a revolotear en mi interior los versos de la “Milonga de Manuel Flores”, de Borges. Muy pronto supe por qué: el apellido “Merlín” me llevaba derecho a la estrofa aquella, imborrable para mí, sencilla y apabullante, donde Borges menciona al mago medieval.
Se lo dije a Merlín, el de Durango, y de inmediato comenzamos el elogio a Para las seis cuerdas (1965). Me asombró que el joven Merlín, un erudito precoz, tuviera tanta información sobre ese libro que es no sólo uno de los que más me gustan de Borges, sino uno de los que más me gustan a secas. Conté que aprecio tanto ese libro que compré su primera edición, que me costó mil pesos y que me la trajo un amigo desde Buenos Aires.
Allí mismo, en el celular, busqué el poema en internet y pedí permiso para leerlo. Vi que Lomas, buen poeta, aprobaba gustoso cada estrofa:

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánto cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente:
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Luego de leer, levanté la cara y sólo añadí: “‘morir es haber nacido’, así nomás”. Creo que el gusto por el poema fue unánime, tanto como el que tuvimos por las numerosas digresiones, por la cena y por la convivencia en sí, plena de puntadas y, a veces, de literatura y otras querencias anexas, como suele ocurrir cuando terminan las sesiones literarias con fuereños.

miércoles, noviembre 28, 2012

Aquel robot que cautivó mi vida
















No resistí la tentación de decir a mi hija lo que le dije. Veníamos en el Ómnibus de México hace rato, de Durango a Torreón, y en la plática adormecida por el ronroneo del bus, hice un breve silencio y me salió esta frase: “No puedo creer que tengas quince años”. Ella me miró, sonrió con una chispa de orgullo, como si crecer fuera bello o meritorio, y me preguntó lo obvio: “¿Por qué no lo crees?”. La explicación que le di también fue elemental, algo parecido a esto: pues porque sigo teniendo fresca su cara de bebé, su cabeza sin pelo de recién nacida, sus pasos inseguros, su risa y su llanto, las frases con las que inauguró su comunicación hablada, todo su pasado, el pasado que en aquel momento cerraba el siglo XX. Te miro, pues, le dije, y a veces quedo absorto, incrédulo, desconcertado ante la rapidez con la que se han ido quince años, los quince que han pasado desde que la tengo como hija mayor.
El diálogo allí quedó e hicimos silencio mientras el Ómnibus seguía su ruta hacia La Laguna; mi mente se atoró entonces en algunos pasajes compartidos con ella durante su primera niñez. Pensé en la anécdota del robot, en aquel trabajo escolar con el que la ayudé en segundo o tercer grados de primaria. Ese fue, creo, mi máximo trabajo como padre de familia que ayuda en las tareas escolares. Cuento la historia.
Espero a mi primera hija de pie en la puerta de la escuela. Es hasta ese momento la única de mis hijas que ha llegado a la primaria. Está en segundo o tercero, no recuerdo, incluso puede ser que en cuarto. Le pido su mochila, la tomo de la mano y avanzamos hacia el coche. En el camino a casa me comparte sus pendientes: “Papá —dice—, tenemos que hacer el proyecto de un robot elaborado con cajas. El mejor del salón recibirá un premio”.
La vi tan ilusionada con la palabra “premio” que desde ese momento me salieron, no sé de dónde, unas ganas horrendas de construir un robot que apantallara hasta a George Lucas. Y se lo dije a mi pequeña: “Haremos un gran robot, no te preocupes”. Supongo que era jueves, algo así, y el robot debía estar listo para el lunes, por lo que nos favorecería el fin de semana. El viernes pensé en el diseño, lo imaginé. No exagero si digo, como exageramos los laguneros, que me la bañé, que en mi mente apareció el mejor robot jamás imaginado para un trabajo de primaria.
El sábado por la mañana amanecí con un fervor creativo desbordado. Fui a una papelería, fui a una farmacia y fui a una tienda de electrónica. A la papelería por papel plateado, a la farmacia por cuatro pastas de dientes y a la electrónica por unos foquitos, unos alambres y un pila. En la casa había hallado una caja de zapatos adecuada, y el aditamento estrella yo ya lo tenía: un señalador de rayo láser de los que usaba a veces en mis clases de la universidad. Ya con todo reunido, comencé la construcción del inusitado robot, no sin antes pedir a la pequeña que me ayudara como la enfermera que asiste al cirujano en el quirófano.
Lo primero fue forrar de papel plata la caja de zapatos. No era una monstruosa caja de botas sino de calzado infantil. Eso sería el tórax del robot. Luego hice lo mismo con las cajas de pasta dental, pues servirían para armar todas las extremidades; recuerdo que a las piernas les puse una base más amplia, para que el mono pudiera mantenerse en pie sin mayor problema. Siguió la cabeza, hecha con una cajita cuadrada, como la que puede contener un tarro mediano de crema o ungüento. Ya con todas esas piezas a la vista, lo que siguió fue unirlas con pegamento y colocar los foquitos, de esos que denominan leds. Instalé, con maña y silicón, los ojos, la nariz y la boca. Con cables internos como tripas conecté las luces hacia una pila cuadrada que ingeniosamente ubiqué, invisible, en la espalda del robot. Ya con los leds puestos el mono era un fenómeno, pero no estuve conforme, pues como vengo diciendo, yo estaba endiosado por un espíritu científico que jamás ha vuelto a visitarme.
Coloqué los brazos en distinta posición: uno caído, otro, el derecho, apuntando al frente, fijo. Dentro de la caja que era el brazo derecho instalé con maestría mi rayo láser, lo fijé bien, y permití que fuera encendido mediante un dispositivo oculto, cercano a la zona del codo. Cuando todo estuvo listo, luego de varias horas de trabajo enfebrecido, probamos el robot en un lugar oscuro, para percibir bien la vistosidad de las luces. Aquello fue hermoso. El maldito robot echaba unas luces vivas, intensas e infalibles, y el láser, como solemos decir, dejaba chiva de tan eficaz.
Tras ver eso, mi hija y yo estuvimos seguros del triunfo. Llegó el lunes y entró al salón, supongo que orgullosa con su robot lumínico. No vi, claro, la competencia, nada, sólo supe el resultado cuando me lo comunicó mi hija a mediodía. Su explicación, jamás la olvidaré, fue ésta: todos los niños querían mi robot, encender sus luces, principalmente el rayo láser. Se peleaban por jugar con él. Fue el que más gustó. La maestra, sin embargo, dijo que el primer lugar era para un robot que tenía el tamaño de un niño, un robot grande. Ese ganó.
Le pregunté, cómo no iba a hacerlo, si además del tamaño aquel robot tenía algo más. No sé, luces, sonido, algo. Mi hija añadió: “No, papá, nada. Sólo era un robot más grande”. Tampoco olvido mi conclusión: “Bueno, la maestra hubiera aclarado que hiciéramos una piñata con aspecto de robot”. Pero mi hija estaba contenta, pese a todo. Su robot había sido, insistió, el que gustó más. El dictamen de la maestra no había destruido pues el aprecio de mi hija por aquel robot que cautivó mi vida.

martes, noviembre 27, 2012

Nadie lo merece















Qué extraño, qué agobiante estado de ánimo. Desde que supe de esa atrocidad, hace poco más de 24 horas, he sentido el alma en los pies, derrumbada en el piso como sombra. ¿Cómo digerir una noticia de ese tamaño? No hay estómago que pueda hacerlo, no hay alma sensata que sea capaz de pasar ese trance sin sentir el estremecimiento del horror, el peso de la pena más profunda que arrastrarse pueda en el reino de esta vida cercada ahora por la muerte. Él, mi amigo, me dijo: “Nadie lo merece, Jaime, nadie”. No, nadie. Tan terrible fue que miren mi rodeo, mi prudencia discursiva, mi decir hermético, mi miedo.
No supe qué más añadir, qué más decir para arrimar algún consuelo. Cuando el espanto nos lleva a las orillas de la monstruosidad, uno enmudece y así, en silencio, llora. Sí, llora como ya lloré, como seguiremos llorando.

lunes, noviembre 26, 2012

Lorca en Durango, y yo roto




















Amigo A.N., mi mano está tendida 

Hoy hace rato, a las ocho de la noche en el Museo de la Ciudad Guadalupe Victoria, de Durango capital, escuché a la Camerata de San Luis Potosí. Fue una más de las actividades enmarcadas en el Festival de la Ciudad Ricardo Castro, donde Torreón es ciudad invitada y donde, por supuesto, habrá presencia artística torreonense. Fue muy grato escuchar a la bien trazada Camerata potosina, una agrupación dirigida por el maestro Julio de Santiago, poco menos de veinte músicos colocados en la perfección con sus ejecuciones.
Mi sorpresa quedó mejor afirmada con el solista que acompañó a la Camerata: el cantante Fernando del Castillo. Su repertorio fue popular, muy bueno, con algo de Lara y José Alfredo, entre otros compositores famosos. Los mejor, sin embargo, fueron los dos temas arreglados a partir de un poema de Lorca y otro de Torres Bodet.
No puedo describir lo delicado, exquisito y a las vez trágico del arreglo para el poema de Lorca; tuve la oportunidad de hablar al final, y dije no sé cómo, emocionado, que hacía mucho, muchísimo, que no me conmovía así una canción. La letra corresponde al breve poema titulado “Memento”, y es ésta:

Cuando yo me muera
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.
Cuando yo me muera
entre los naranjos
y la hierbabuena.
Cuando yo me muera
enterradme si queréis
en una veleta.
¡Cuando yo me muera!

Con esos diez versos, un arreglo con cierta dolorosa sonoridad a Manuel de Falla, un acompañamiento musical espléndido y una voz —como lo dije en público— templada, fina, sin estridencias, llegué al tope de mi emoción. Tan poético fue ese momento que al final, en el encore, repitieron la ejecución de “Memento”.
Mientras la escuchaba, mi mente estuvo cerca de un amigo que ayer fue golpeado por el mayor dolor que puede padecer un padre. Y pensé. Pensé que mientras hay hombres que se afanan por tocar el cenit de la belleza, del arte —como los músicos potosinos y el maestro Fernando del Castillo— otros dañan de una manera lejanísima a cualquier forma de respeto por la vida. Sentí miedo, sentí rabia, sentí impotencia. ¿Cómo es posible que haya tanto arte y al mismo tiempo nuestro mundo sea este mundo? Nunca lograré entenderlo.

domingo, noviembre 25, 2012

Anhelo de los Converse













Fui el sábado a una reunión informal y los sábados, como bien lo saben mis pies, derogo los zapatos.  No me muevo en círculos selectos, los fines de semana ando con mis hijas y hago el esfuerzo por distender lo más que se pueda el asunto del vestido, pese a que ya de por sí no soy obsesivo en ese rubro. Los tenis son, por ello, parte de mi atuendo en esos días ajenos a la obligación de la camisa y demás almidonamientos.
Durante la reunión, animada y cordial, llena de cervezas Indio y humo de cigarros Delicados, un joven reparó en mis Converse negros. Dijo que le parecían feísimos, de darketo o algo así. No batallé mucho para estar de acuerdo con él, pero le objeté un par de detallitos que no le expliqué allí, pues yo deseaba que la aclaración fuera escrita, y es ésta, breve.
Más allá de que puedan parecer horribles o lo que sea, uso Converse por una razón práctica y otra sentimental. La primera, evidentemente, se relaciona con la comodidad: son tenis (los argentinos les llaman “zapatillas”) cómodos, ligeros, casi como pantuflas; andar con ellos es no sentir el peso del zapato, caminar como descalzo, lo que por supuesto mitiga mis recurrentes dolores en las plantas.
La segunda razón es menos inmediata y se remonta a mi adolescencia. Consciente o inconscientemente, creo que casi todo lo que hacemos, deseamos, rechazamos, se fragua en la niñez o en la adolescencia, así que esas dos etapas suelen acompañarnos el resto de la vida. En mi caso, y creo que en el de mi setentera generación, los Converse equivalían a tenis de lujo, los mejores que podían usarse en aquel tiempo. Era una época todavía no globalizada, de pocas importaciones, así que el usuario de unos Converse era visto con verdadera envidia por sus coetáneos. Los tenis mexicanos eran pésimos (Canadá, Dunlop…), y unos Converse sólo podían ser nuestros si se pagaba una fortuna en las fayucas o si la familia o algún amigo de la familia viajaba a los Estados Unidos para traernos de contrabando el anhelado par.
Tan codiciados eran que una fábrica mexicana hizo una copia, los Súper Faro. Eran chafísimas y quedaban hechos pedazos a la primera usada, además de que se les veía a leguas un acabado tosco. Entre calzar Súper Faro y no tener nada, era mejor lo segundo. No obstante, tuve unos, y confieso que al segundo día ya eran un despojo.
Que recuerde, pues, jamás tuve en la adolescencia, lo digo con retrospectiva tristeza, unos Converse. No había tíos que viajaran a la frontera, no había plata para comprar en la fayuca a precio de oro los productos “americanos”, así que toda esa ilusionada etapa la atravesé con aquel modesto deseo insatisfecho.
¿Y qué pasó muchos años después, a mis cuarenta y pico? Nada: que los zapatos me producen dolores en las plantas de los pies, que necesito usar tenis muy seguido, y que los Converse ya están en todos lados a poco más de 500 pesos el par. Por tanto, esos tenis son la combinación perfecta para hacer que mis achaques y mi nostalgia tengan un satisfactor más allá de que sí, es cierto, ante los ojos de muchos parezca un calzado irremisiblemente feo.
Pero acá entre nos, ya por último: influido como estoy por mi pasado, creo que los Converse son espectaculares, el mejor tenis jamás inventado por la humanidad.

sábado, noviembre 24, 2012

El vuelo del Supermán




















Un tuit de Édgar Salinas me dejó pensando desde el miércoles. Lo envió para tres de sus contactos: Chava Perales, Jesús Haro y el que aquí comenta. Contenía un enlace hacia la web La Ciudad Deportiva, que yo no conocía. De esa página, nos convidó el artículo “Navegando por el Atlántico: Una pasión nunca se extingue (I)”, firmado por Alan Sunderland. El primer párrafo establece claramente el planteamiento: “Y usted… ¿recuerda, sabe o reconoce de dónde nació el amor por su equipo? ¿Le fue heredado, se lo impusieron, no tenía de otra, adquirió una moda, le gustó algún jugador, le agradaban los colores de la entidad, los uniformes que vestían los futbolistas, la marca que los patrocinaba, el estadio que defendían, el sufrimiento que le provocaban, las alegrías que le brindaban, los motes que tenían, las rivalidades que se fomentaban? ¿Cuál fue la razón por la que usted, aficionado, pasivo o apasionado, le va, hoy en día, a su equipo?”.
Respondí con un tuit que más o menos decía esto, muy en la generalidad obligada por el corsé de los 140 caracteres: “Para mí es fácil saberlo: el fut llegó a mi vida cuando la Máquina era la Máquina”. Es, reitero, un comentario general, sometido a la falta de espacio. Al ampliarlo gracias a la hospitalidad del blog, puedo decir que, en efecto, mi primer enamoramiento futbolero fue el de Cruz Azul, y pese a los quince años en ayunas que todos conocemos, esa querencia sigue vigente, aunque entibiada por mi alejamiento del futbol en casi todos los sentidos, salvo en el de escribir de vez en cuando algún relato con aspiraciones literarias o, como aquí, algún artículo a vuelatecla.
Mi respuesta en tuit no hace pues la precisión que doy ahora: la Máquina era la Máquina, ciertamente, pero en realidad yo me enganché con Cruz Azul gracias a la admiración que sentí por su portero del tri y bicampeonato, el argentino José Miguel Marín Acotto (Río Tercero, Córdoba, Argentina 1945-Querétaro, México, 1991). En 1974, cuando los Cementeros obtuvieron otra corona de las muchas que ganaron en los setenta, yo tenía exactos los diez años. Dado que nací en un hogar con mucha influencia beisbolera —por mi padre, que siempre jugó buena pelota amateur—, el fut me importaba poco. Pero fui por primera vez con unos amigos al estadio San Isidro, el cubil del Laguna, para ver a la Ola Verde contra Cruz Azul.
Sentí la obligación de apoyar a los de mi tierra, y así lo hice en aquel partido. Pero allí estaba la Máquina celeste con todas sus estrellas, con ese portero que era un ídolo entre ídolos. Fue el primer partido que vi en un estadio, y quedé impresionado con el encanto del futbol y alelado sobre todo por una jugada, un instante que cambió mi vida. Describo.
Laguna ataca por el extremo izquierdo. Hay un desborde y un centro en diagonal, a la olla. El rematador adelanta al defensa, cabecea con fuerza y colocación, la pelota va al ángulo, la gente se levanta ya con el grito de gol vibrando en la garganta, y cuando parece que el balón lamerá las redes de los Cementeros, un tipo de cuerpo robusto, de presencia imponente y traje negro con vivos blancos en los hombros, el portero Miguel Marín, pega un brinco descomunal, se tiende hacia su izquierda por el aire, vuela como cuatro metros y en lugar de tirar un manotazo a la pelota para echarla fuera por la raya del fondo, la toma en las alturas con las dos manos, cae con elegancia, se levanta, despeja de lado, tendidito, y así comienza el contrataque de su equipo.
Vista así, casi a ras de campo, esa jugada cambió mi vida. Vi volar un ser humano, vi cómo se colgó del balón y vi como aterrizó, sin despeinarse, en el césped de San Isidro. El partido quedó empatado 1-1, y pocos meses después Laguna, nuestro equipo, desapareció de la primera división.
Al quedar en la orfandad de aficionado, fue fácil encariñarme con Cruz Azul, equipo al que secretamente ya seguía. Supongo que vi decenas de partidos, jugaba los sábados en el Azteca, el "Coloso de Santa Úrsula", y lo pasaba el canal 5. Bien entrado en la adolescencia, gocé con sus triunfos y llegué a llorar, lo confieso, ante alguna de sus derrotas, sobre todo cuando las padecía contra el América.
En los segundos tiempos de los partidos cruzazulinos siempre narraba Ángel Fernández, el mejor en ese oficio. Él admiraba a Marín tanto como muchos, tanto como yo. Le decía con elegancia de locutor experto El Gato, o ¡Supermán Marín!
Bueno, por aquel gran portero cordobés, ex jugador y campeón con Vélez Sarsfield, multicampeón en México y Supermán de carne y hueso, soy fanático de Cruz Azul desde hace más de 35 años. Así de fácil.

viernes, noviembre 23, 2012

Inteligencia lúdica en Los ojos de la Medusa*




















Hay libros que pueden parecer breves, pero son como la poza que es apenas la superficie de ríos subterráneos. Su brevedad es sólo física, ya que bajo los renglones tienen tal densidad de información que es muy difícil pasar por ellos sin sentir la gravitación de una enciclopedia con numerosos tomos. Es el caso de algunos ensayos recientes de Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960), como Fragmentos del asombro y, ahora, Los ojos de la Medusa. Se trata de libros en los que el mejor ensayista literario de La Laguna confirma dos destrezas que pocos saben combinar tan bien: una abundante carga de información y una facilidad refinadamente poética para expresarla.
Si bien Prado Galán ha encarado muchas formas del ensayo, es en algunos muy recientes donde lo siento ya plenamente encanchado. Forma y fondo conviven tan cómodamente en sus ensayos de esta índole que en ciertos momentos, arrastrados como vamos por el embrujo de su prosa, dan la impresión de haber sido escritos como quien ve el televisor, a pierna tendida sobre el taburete. No por otra razón dije en 2006, al presentar Fragmentos del asombro, lo que reitero a propósito de Los ojos de la Medusa: no ha perdido su exquisita belleza, su endemoniada acuñación de imágenes deslumbrantes, el colorido de su vocabulario inagotable, pero ha ganado en placidez, en una especie de sabio desenfado, en una desenvoltura de jugador que sabe perfectamente cuál es su tamaño y se permite todas las prerrogativas del estilo.
En efecto, el Gilberto Prado que se quita de encima los arreos del aparato erudito, que pone al margen el ensayo armado con instrumental académico, es un Gilberto Prado pleno en su agua y nadando alegre por todos los escondrijos del arrecife intelectual. A tal grado llega su destreza en este nado que nos ciega como lo haría un caleidoscopio: cuando vemos las figuras vidriadas y especulares de este juguete, no sólo nos vamos sorprendiendo ante la novedad de cada figura, y cada cristal (o sea, cada frase y cada párrafo y cada página y cada capítulo) es un motivo de pasmo. El lector, así, convive con un delicioso problema: ¿en qué me fijo si leo un ensayo de Gilberto Prado? ¿En el uso de alguna palabra sacada de su habitual sentido y colocada en otro como si allí comenzara una nueva historia de su significado? ¿En la frase cuyo ritmo parece acuñado durante horas y para servicio de la poesía más que de la prosa expositiva? ¿En el párrafo que redondea sin mancha una afirmación compleja? ¿En el dato erudito, en la conexión vertiginosa de datos, en la precisión de las referencias, en el manejo recurrente del humor como sal y como pimienta de su jugosa enciclopedia? El lector, creo, tiene mucho qué mirar si pasa sus ojos por cualquier página de Prado Galán.
Los ojos de la Medusa es un libro, entonces, con virtudes misceláneas. Quien lo agarre de la mano será guiado por él y recorrerá un camino que lo colocará en el género tal y como lo imaginó Montaigne: el del ensayo libre, personal, muy bien armado de lecturas apuntaladoras pero siempre con un enfoque en el que predomina el novedoso tratamiento de su asunto y el equilibrado juicio del autor, nunca el aserto gritón y dogmático.
Su tema es la cabeza, esa parte del ser humano donde se hospeda el mecanismo más asombroso jamás inventado por la naturaleza: el cerebro. Desde ahí, es claro, está la novedad: un ensayo no precisamente médico ni filosófico, ni enfáticamente psiquiátrico ni nada de eso, sino literario, relajado, ameno, para escarbar como niño en el jardín donde florece la inteligencia del hombre.
Nunca lo he escrito y creo que jamás lo haré, pues con este ensayo a la vista siento que son innecesarias mis palabras: el cerebro es tan asombroso que es el único órgano capaz de saber que está pensando, es decir, de pensarse a sí mismo. Un brazo no sabe que es brazo, ni una uña sabe que es uña. Tampoco un melón entiende que es un melón, ni una mariposa comprende que es una mariposa. Menos: una silla no sabe que es una silla, o un neumático jamás comprenderá que es un neumático ni para qué demonios lo inventaron. El cerebro, en cambio, no sólo piensa en lo ajeno, sino en lo que le es inherente (es decir, piensa en el pensamiento), tanto que el cerebro sabe que es cerebro, para qué sirve, dónde está, qué enfermedades padece y algunas otras cosas que la ciencia ha descubierto. No sabemos —el cerebro no lo sabe exactamente— cómo piensa o qué son y dónde se encuentran exactamente resguardados los conocimientos/ideas/recuerdos, pero supongo que para allá avanzan las disciplinas que lo estudian, y alguna vez lo sabremos.
Sobre estas perplejidades, aunque se oiga muy borgesiano, ara el ensayo de Gilberto Prado. Lo hace discurriendo por los terrenos de la historia, la psiquiatría y la literatura, siempre con un flujo expositivo tan rico en conceptos como divertido y no pocas veces revelador de referencias que establecen para nosotros puntos clarificadores, sí, y también detonantes de preguntas.
Pero no quiero insinuar que es el puro cerebro, sino la cabeza toda, su tema. Recuerdo por ello el ensayo de Montaigne sobre el dedo pulgar: todo es materia digna de ensayo, y así lo entiende Prado Galán, quien, por ejemplo, al comentar cierta parte de la cabeza, la lengua, afirma:
        
La lengua es animal marino: mora en una cueva húmeda pertrechada, en la parte frontal, por un a veces hermético cerco de dientes. Debo agregar que la lengua es un animal marino habitualmente pacífico. Suele inquietarse, durante el día, en tres momentos claves correspondientes a actividades específicas: cuando el ser humano come, habla y emprende efusivos lances eróticos. Entonces este pacífico animal, con forma de cucurucho, se solivianta. (…) Con la lengua distinguimos sabores, componemos palabras y excitamos zonas erógenas. Es, por esto, un instrumento útil, sabio y placentero.

Si eso y más puede decirse sobre la lengua, no sabemos lo vasto que es el conocimiento sobre los ojos, las orejas, la nariz, las cejas, las pestañas, y todo lo que les atañe como el estornudo, el ronquido, las lágrimas, etcétera, hasta llegar al centro donde se ubica el órgano que reúne con su liderazgo a los sentidos: el cerebro, siempre el cerebro, y la cabeza de la que se describen en este libro muchas históricas pérdidas debidas a la decapitación.
Los ojos de la Medusa, el más reciente libro de Gilberto Prado Galán, confirma por enésima la ya larga y solvente permanencia del admirado GPG en las grandes ligas de la ensayística literaria nacional. Y no olvidemos que él, que su feraz cerebro, es de aquí, de La Laguna.

*Texto leído en la presentación de Los ojos de la Medusa (Gilberto Prado Galán, UIA Santa Fe, México, 80 pp.) celebrada el 23 de noviembre de 2012 en el Museo Regional de La Laguna. Torreón, Coahuila. Participaron Héctor Matuk Núñez, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

jueves, noviembre 22, 2012

Ángeles para el asombro*




















Hace año y medio, poco más o poco menos, me topé en el Paseo de la Reforma, la principal avenida del país, con los ángeles de Jorge Marín.  Andaba, como siempre que voy al DF, de prisa, no recuerdo con qué pendientes en la cabeza y con qué apuro en los pies. Caminé el tramo de los ángeles y recuerdo bien lo que pensé en aquel momento. Ocurrió lo que paso a describir.
En general, si aceptamos que el arte es el arte de producir asombro por medio de la belleza, la obra de Marín, sin duda, lo logra. Basta ver las fotos de sus esculturas para advertir que su mano y su imaginación están, sin regateo, al servicio del arte. 
Ahora bien, no quiero reflexionar aquí sobre la creación sino sobre la recepción del objeto artístico tal y como lo noté en mi acelerada observación sobre el Paseo de la Reforma. En varias disciplinas artísticas el usuario dialoga a solas con la obra, la interroga, sonríe, discrepa o muestra su indiferencia en un entorno íntimo, de suerte que el creador no puede ver su reacción, el efecto que la obra produce en el decodificador último.
Al pasear por Reforma y ver los ángeles de Marín, comprobé lo que podía comprobar el propio autor: que no hay arte más cercano al receptor que la escultura pública de mediana dimensión, esa que está cerca del tamaño humano y permite acercamientos similares a los que establecen los hombres con sus congéneres.
Y hay algo más. A diferencia de la escultura monumental o la concebida para habitar en el museo, la escultura pública de dimensiones medianas permite la interacción con el ciudadano al grado del toqueteo, de la palpación, una especie de venturosa promiscuidad que termina por integrar la obra con la gente.
Esto, precisamente, fue lo que pensé cuando tuve la suerte de conocer la procesión de ángeles: aquí no hay distancia entre obra y público, y qué suertudo es el artista que puede ver las reacciones de la gente a medida que ésta descubre las diferentes piezas de la reunión seráfica denominada "Alas de la ciudad".
Pasaron los meses y, por las carambolas que da la vida, la maestra Lourdes Bernal me convidó a presentar el libro sobre las esculturas angélicas de Marín. ¿Y qué encontré al deambular por las páginas de este registro fotográfico? Las imágenes más recurrentes del libro muestran al diverso ciudadano en cerrada convivencia con las esculturas, muestran sus sonrisas, sus poses, los misceláneos gestos que acusa la gente de a pie al toparse con un conglomerado de férreos y paradójicamente etéreos ángeles.
En efecto, el registro fotográfico deja claro que es indisociable esta obra para el espacio público de la recepción que la gente hace de botepronto a cada ángel, casi como si el objeto artístico tuviera el mismo peso fotográfico que el sujeto receptor.
El libro, bellísimamente editado y prologado con maestría por Carlos Fuentes, expone lo que ya estamos viendo en Coahuila: que una de las más altas aspiraciones del arte es su capacidad para convertirse en propiedad de todos, sin distingo de clases, edades, sexos, nada. Y lo más importante: los ángeles de Marín admiten una lectura válida desde cualquier angulación cultural, es decir, que abren la puerta a la democrática perplejidad del ciudadano sin importar qué sea o no ilustrado.
Concluyo entonces: este libro es una prueba fehaciente del asombro retenido en fotos: asombro por las figuras de Marín y asombro por la gente que las mira, que las palpa y de golpe siente el relámpago de la felicidad estética.

*Texto leído en Saltillo y Torreón para sendas presentaciones de Alas de la ciudad, registro fotográfico de la exposición homónima del maestro Jorge Marín. Prólogo de Carlos Fuentes; texto de Jorge F. Hernández; fotografías: Jorge Lépez Vela y Adam Wiseman. Grupo Romo, s/f, México, 99 pp. Dos exposiciones de Jorge Marín se encuentran ahora en Torreón: Alas de la ciudad, en la Plaza Mayor, y El cuerpo como paisaje, en el Museo Arocena (inaugurada hoy 22 de noviembre de 2012). La primera permanecerá hasta el 4 de diciembre de este año; la segunda, hasta el 31 de marzo de 2013.

miércoles, noviembre 21, 2012

El Libro de oraciones o los guiños del humor




















Mucho se viene haciendo recientemente por el microrrelato latinoamericano. Nacido a tientas, sin categoría precisa, en el seno del Modernismo, esta forma breve es, como sabemos, el resultado literario de lo que otras artes como la escultura y la pintura expresaron mediante el despojamiento de elementos, restando más que sumando, como se puede apreciar en las esculturas de Brancusi y Moore o los cuadros de Mondrian, Klee o Tàpies lo que de alguna manera terminó siendo denominado “minimalismo”.
A diferencia del exuberante barroco, de la novela del siglo XIX y de tantas formas literarias en las que brilla el esplendor creativo pero también, a veces, nos molesta la innecesaria retórica, el texto corto amaneció con timidez en nuestras letras y poco a poco, siempre en la oscuridad, siempre como trabajo lateral de los grandes escritores, fue adquiriendo carta de ciudadanía hasta lograr lo que ahora es: un subgénero con innumerables cultores y ya buena cantidad de historias (historias en tanto trabajos que describen su pasado) y teorizaciones académicas.
Aunque todavía hoy, empero, una cantidad grande de lectores, de escritores y de críticos (como Javier Marías, por ejemplo) lo consideran nada, una mala broma, hay un sector importante de nuestras repúblicas literarias que lo admite y lo fomenta. En su asentamiento como forma legítima de la literatura tuvieron y tienen mucho que ver escritores importantes como Reyes, Borges, Torri, Arreola, Cortázar, Monterroso, Filisberto Hernández, Aub, Benedetti, Anderson Imbert, Samperio, Garrido, Galeano, José María Merino, Raúl Brasca, Ana María Shua, Mario Goloboff, Luisa Valenzuela, Eduardo Berti, Diego Muñoz, Rogelio Guedea, entre otros, e historiadores, compiladores y teóricos como David Lagmanovich, Lauro Zavala, Raúl Brasca, Javier Perucho, Violeta Rojo, Juan Armando Epple, Graciela Tomassini, Miriam Di Gerónimo, Susana Salim, Sandra Bianchi, Fernando Valls, también entre otros. Todos ellos, sin plan previo aunque estimulados por el fenómeno de ese emergente minimalismo, aportaron por variados medios microficciones o estudios sobre la microficción que han permitido abrir cancha al género tanto en la prensa y el libro como en las aulas y los congresos.
En lo personal, debo mucho a tres de los mencionados: Arreola y Monterroso como creadores y Lagmanovich como historiador y teórico. Gracias a ellos, puedo decirlo así, me enganché en este género y hasta la fecha lo leo y trato de practicarlo aunque sea sin disciplina, sin búsqueda deliberada, sólo cuando llama a la puerta. En su libro Microrrelatos, de 2004, que reseñé ese mismo año, comenté esto que quiero recordar:

El argentino [me refiero a Lagmanovich] expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.
En fin, todo esto confluye [dice Lagmanovich] en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Aunque no lo esperaba, la ficción mínima contó en los años recientes con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación. La superabundancia de soportes posibilitó la superabundancia de emisores, receptores y mensajes. El tiempo de vertiginosidad había cambiado un paradigma de la codificación: ya no funcionaría igual un texto largo y complejo, y aunque no desapareció, convive ahora con millones de textos que hoy caben cómodamente no sólo en libros, revistas y periódicos sino también en blogs, cuentas de Twitter, Facebook y YouTube. El relato corto, y en general todo lo que tienda a ser breve, a ahorrar tiempo en el proceso de consumo, pasó a ocupar un sitio que ahora nos permite considerarlo, si no apreciable, al menos no tan despreciable como ocurría hace algunas décadas.
En esta lógica del texto (ensayo, relato) breve se inscribe el Libro de oraciones, de Jaime Palacios Chapa (Monterrey, 1962), quien estudió Comunicación y Psicología, y dos maestrías, una en Letras y otra en Estudios Humanísticos. Su Libro de oraciones puede ser clasificado genéricamente en el casillero del microrrelato, dado que ésta es la forma predominante en sus páginas, pero en realidad se trata de una obra de difícil clasificación. Creo que es, más bien, una miscelánea de piezas cortas en las que se bordea ora el microrrelato, ora la estampa biográfica, ora el ensayo breve poemático, ora el cuento convencional. Su común denominador, por tanto, debemos hallarlo menos en la forma que en el tono: todas sus páginas asumen un propósito claramente irónico a la manera de uno de los fundadores, o el fundador, de esta tesitura: Marcel Schwob.
¿Qué significa esto? Que si no directamente, por algún camino llegó a Palacios Chapa el modo schwobeano de observar la realidad: con un humor que opera como si hablara muy en serio, solemne, a veces hasta campanudo en su decir. El diseño del libro ayuda a reforzar la contradicción paródica: su aspecto es sobrio, de un rojo casi místico, y tanto sus grecas como sus estampas nos remiten a un mundo de gravedades teológicas. Lo que encontramos en los textos, en contraste, son microrrelatos caricaturales, comentarios burlones y hagiografías donde se narran santidades colindantes con el disparate, todo vestido con una prosa que parece brotar de un hombre sereno sobre el púlpito.
No es el humor, por cierto, nada ajeno a las formas breves. De hecho, es característica casi inherente a ellas, tanto que en ocasiones cae estrepitosamente en el chiste o la mera y vana boutade. Pero el Libro de oraciones no incurre en ese desliz. Hay, creo, un bello equilibrio entre el ingenio de las ocurrencias con la belleza de la prosa y el cuidado del efecto final. Lo compruebo con una sola de sus piezas, tan breve como eficaz, basada toda en la hiperbolización de una conducta:

Fray Ludovico, una vez superado el accidente contemplativo que lo condujo a ser el mismo un receptor de televisión de paga, abandonó su celda para buscar en el mundo la excesivamente pavimentada huella del pobrecito de Asís.
Al poco tiempo, Fray Ludovico hablaba con perros y gatos de la calle, comía las sobras que ellos dejaban y visitaba zoológicos como quien visita hospitales.
Al poco tiempo, empezó a cantar para que las aves no gastaran sus gargantas en el aire corrupto, y a vaciar garrafones de agua purificada en ríos y estanques para compensar a los peses por el líquido que insistentemente hacemos irrespirable a sus branquias.
Al poco tiempo, Fray Ludovico tuvo un personalísimo discernimiento de la Teología de la Liberación y se unió a Greenpeace. Según los noticieros, ya es buscado por atentados violentos contra muchas carnicerías, algunas tiendas de mascotas y varios laboratorios de Biología en escuelas secundarias.

Nótese lo que señalo: el tono que aparenta seriedad, la intencional pobreza de recursos en la entrada de los tres párrafos que empiezan con la fórmula “Al poco tiempo”, el disparate —dicho con mentirosa indiferencia— de los garrafones, la juguetona malicia del agua que “respiran” las branquias, el discernimiento de una teología que transforma al personaje en terrorista al servicio de una organización mundial, y las risibles sedes donde perpetra su acción justiciera.
El microrrelato, o la forma breve en general, debe acatar casi irremediablemente la forma del iceberg: vemos un texto, sí, pero eso debe ser la punta visible de muchas malicias escondidas. El Libro de oraciones cumple este principio: debajo de sus renglones aparentemente inocentes late un mundo lúdico y literariamente valioso: el mundo, escamoteado adrede por el autor, de las formas súbitas.

Libro de oraciones, Jaime Palacios Chapa, UANL, 2012, 114 pp. Cuidado de la edición: Francisco Larios Osuna. Texto leído en la presentación de este libro celebrada en la Alianza Francesa de La Laguna. Participaron Jaime Palacios, Ángel Reyna y Jaime Muñoz. Torreón, Coahuila, a 21 de noviembre de 2012.

martes, noviembre 20, 2012

Una mirada a tres miradas










No son fotos en acción sino de estudio. Más que en la foto espontánea o la foto en pose pero al aire libre (en grupo y con testigos), la foto preparada en un espacio cerrado y luz vigilada deja ver detalles reveladores de la personalidad. Bien decodificadas, es verdad, todas las fotos conllevan alguna jiribilla, pero quiero imaginar que en las placas captadas dentro del estudio fotográfico los personajes elegían, por así decirlo, “su rostro”. Hasta donde es posible imaginar y si el fotógrafo sabía relajar al modelo, en tal situación no había tantas prisas ni presiones, los músculos de la cara se relajaban y uno puede suponer que el sujeto pensaba específicamente en el hecho de que estaba siendo retratado, y ponía de su parte. El gesto, así, se identifica con la personalidad, parece más íntimo.
Más allá de la trampa puesta en “leer” y “descubrir” índoles a toro pasado, cuando ya sabemos cómo fue tal o cual personaje captado en un acercamiento fotográfico, creo que es posible distinguir, así sea borrosamente, el natural de un sujeto a partir de la expresión retenida por la placa sensible en un estudio. Veamos los casos de tres revolucionarios emblemáticos (click a la imagen para verla de mejor tamaño).
Zapata es misterioso, receloso, enigmático. Es el menos extrovertido de los tres, sin duda. De hecho, el morelense es sólo mirada. Sus ojos son casi la totalidad de su ser. En ellos brilla la convicción, el arrojo, pero también la desconfianza y, acaso, el resentimiento. Se nota que no está del todo cómodo, que lo desasosiega la ocasión, y responde con un aire de desafío. También, que no juega, que para él la cosa siempre va en serio, que no permite dobleces.
En la mirada de Villa hay algo felino y al mismo tiempo infantil. La leve sonrisa le da un aire de tipo sobrado, seguro, firme y despojado de temor. La cara ancha es la de un tipo que irradia vitalidad, y las patas de gallo, pese a la lozanía de su piel, permiten sospechar que ha reído mucho, que es de talante alegre y juguetón, como niño que a la primera oportunidad ya está inventando algo para divertirse, pero que también es dominante en sus prácticas.
Madero tiene firmeza en la mirada, serenidad en el gesto, buen porte en la posición del cuerpo. Hay en el fondo de sus ojos, también, un poderoso brillo de convicción y confianza, y creo que nos parecería inverosímil esperar de este hombre algo distinto a la generosidad y la inteligencia.
Luego de esta aproximación, ya pueden ustedes recordarme el famoso dictum de la imagen que vale más que mil palabras. Bueno, es cierto, no le hice caso: me las hubiera ahorrado. Estas fotos comunican por sí mismas.

lunes, noviembre 19, 2012

Del chicle y su mejor uso




















Un libro eternamente consultable es la Historia general de las cosas de Nueva España, del fraile franciscano Bernardino de Sahagún. Todos sabemos que gracias a ese trabajo monumental tenemos hoy una enciclopedia que nos ayuda a ingresar con mayor conocimiento al mundo azteca. El horizonte desde el cual escribía Sahagún era el de su tiempo y de su condición de español y religioso, pero, a diferencia de sus coetáneos, advirtió que algo andaba mal si la idea era borrar del mapa la cultura local hasta no dejar rastro de ella. Protocientífico social, Sahagún coleccionó, analizó, inventarió y clasificó cuanto pudo sobre los antiguos mexicanos y gracias a esa labor monstruo tenemos hoy un documento que tranquilamente podemos considerar tesis doctoral en el área de la antropología.
Sabemos que Sahagún recogió el testimonio directo de los ancianos nativos que en náhuatl le compartieron innumerables datos. Todo lo anotó, por eso su Historia general… en efecto es una historia general, un pormenorizado fresco donde vemos todo o casi todo el accionar de la sociedad subyugada por los españoles. Mientras otros llegaron, desde Cortés, a arrasar, a no dejar piedra sobre piedra, el fraile leonés notó que era importante compilar toda la información posible sobre el universo de los conquistados, de ahí que emprendiera una labor investigativa que a la postre serviría para documentar la complejidad y el poder de la sociedad azteca, lo que a trasmano evidenciaría, claro, el mérito de los peninsulares.
Y de veras: todo lo que queramos saber sobre la realidad azteca está aquí, en esta Wikipedia de la antigüedad mexicana. Es, por ello, un clásico inagotable de la literatura, la historia y la antropología nacionales. Yo lo frecuento desde que lo conocí, y lo consulto como obra de referencia, como quien se asoma precisamente a los tomos de una Británica cualquiera. Miren esto, por ejemplo.
En el Libro X, capítulo XV, número 1, titulado “De las mujeres públicas” (mi edición es la de Porrúa, Sepan cuantos…, número 300), Sahagún describe el comportamiento de aquellas chicas que, pese a su mala reputación, merecen un lugar en el mural de los aztecas. Más allá de lo que ahora nos parecería excesiva moralina, la descripción es importante porque dibuja los usos y costumbres, podríamos decir “sofisticados”, de quienes se dedicaban a la prostitución. Y más: al saber hoy que en el mundo azteca había prostitución, nos damos una idea de la complejidad de las relaciones sociales y económicas tejidas entre sus habitantes. Dice Sahagún:

1. La puta es mujer pública y tiene lo siguiente: que anda vendiendo su cuerpo, comienza desde moza y no lo deja siendo vieja, y anda como borracha y perdida, y es mujer galana y pulida, y con esto muy desvergonzada; y a cualquier hombre le da y le vende su cuerpo, por ser muy lujuriosa, sucia y sin vergüenza, habladora y muy viciosa en el acto carnal; púlese mucho y es tan curiosa en ataviarse que parece una rosa después de bien compuesta, y para aderezarse muy bien primero se mira en el espejo, báñase, lávase muy bien  y refréscase para más agradar; suélese también untar con ungüento amarillo de la tierra que llaman axin, para tener buen rostro y luciente, y a las veces se pone colores y afeites en el rostro, por ser perdida y mundana.
2. Tiene también de costumbre teñir los dientes con grana, y soltar los cabellos para más hermosura, y a las veces tener la mitad suelto, y la otra mitad sobre la oreja o sobre el hombro, y trenzarse los cabellos y venir a poner las puntas sobre las molleras, como cornezuelos, y después andarse pavoneando, como mala mujer, desvergonzada, disoluta e infame.
3. Tiene también costumbre de sahumarse con algunos sahumerios olorosos, y andar mascando el tzictli, para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala, y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas. Es andadora, o andariega, callejera y placera, ándase paseando, buscando vicios, anda riéndose, nunca para y es de corazón desasosegado.
4. Y por los deleites en que anda de continuo sigue el camino de las bestias, júntase con unos y con otros; tiene también de costumbre llamar, haciendo señas con la cara, hacer del ojo a los hombres, hablar guiñando el ojo, llamar con la mano, vuelve el ojo arqueando, andarse riendo para todos, escoger al que mejor le parece y querer que la codicien, engaña a los mozos, o mancebos, y querer que le paguen bien, y andar alcahueteando las otras para otros y andar vendiendo otras mujeres.

Hasta aquí la cita. Nótese que pese a censurarlas, hay en estos párrafos alguna tibia pincelada de admiración: “es tan curiosa en ataviarse que parece una rosa después de bien compuesta”; por supuesto, la curiosidad en este caso significa “cuidado en hacer algo con primor”, según la RAE. El pasaje en el que describe que siempre anda “mascando el tzictli, para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala, y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas”, es un apunte genial: las malas mujeres truenan el chicle mientras lo mastican, lo que ha sobrevivido como tópico de las “perdidas” hasta la actualidad, como lo ha exhibido puntualmente el cine de cabareteras.
La edición sahaguneana de Porrúa tiene más de mil páginas. Imaginen todo lo que podemos consultar y hallar en este portento de investigación, uno de nuestros libros imprescindibles.

domingo, noviembre 18, 2012

Aeronáutica en miniatura












Estuve ayer sábado en la cuarta edición de la Noche de las Estrellas celebrada en la Plaza Mayor de Torreón y me dio gusto ver que fue exitosa. Pese al seminublado del cielo, lo que obstruyó la observación desde los numerosos telescopios instalados para el público, entre cinco o seis mil laguneros trabajaron con sus hijos en los talleres y disfrutaron espectáculos de baile, luz y sonido. Fue una noche grata, en suma.
Uno de los pabellones propuso la elaboración de cohetes armados con botellas de plástico y papel. Fue quizá el más concurrido, pues los niños oyen la palabra “cohete” y no hay poder humano que les anule la curiosidad, más si está de por medio el ofrecimiento para que fabriquen uno. Lo importante de este taller es que al final de su elaboración, el cohete casero podía ser lanzado con un sistema de agua y aire comprimidos. Todo se veía muy manual, muy casero, incluida la bomba de aire para inflar llantas de bicicleta que servía como instrumento inyector del aire con el cual se lograba la propulsión del cohete. No me pregunten los detalles técnicos, pero vi que, en efecto, cada cohete volaba entre cinco y seis metros en línea recta, así que en los hechos eso funcionó de maravilla.
Al ver el despegue de los cohetes me cayó de golpe un pasaje de mi infancia, cuando me convertí en experto fabricante de un objeto parecido, aunque con otra técnica de propulsión, no con agua y aire comprimidos. Explico.
Ubiquémonos en 1974 más o menos, en los alrededores de una casa antigua de la calle Madero, en Gómez Palacio. Yo tenía diez, casi once años, y los juegos inmediatos para la palomilla eran el fut y beis callejeros, las canicas, el trompo, los papalotes, el bélit (que describí hace un par de años en estos dos artículos: 1 y 2) y quizá algún otro con menor intensidad, como el coleccionismo de barajitas de luchadores, el yoyo, los pocitos, el brinca tu burro, el chinchilagua y, más esporádicamente, el balero. Recuerdo que todos esos juegos tenían sus temporadas, que, por ejemplo, en febrero y marzo aprovechábamos el ventoso ambiente lagunero para armar papalotes de papel de china o de periódico que luego volábamos en terrenos baldíos o semibaldíos.
Entre los juegos que jamás supe de dónde salieron ni qué tan populares fueron en mi entorno gomezpalatino está uno que practiqué con dedicación casi japonesa: la fabricación de cohetes con cerillos y papel plata o dorado de caja de cigarros. Les decíamos “cohetitos”, o más exactamente, “cuetitos”. Su fabricación era totalmente manual, económica y, a simple vista, sencilla. Con una cajita de cerillos Clásicos o Talismán y papel reciclado de caja de cigarros se podían armar unas verdaderas joyas de la aeronáutica en miniatura.
Debo decir que para surtir los insumos era necesario conseguir unas pocas monedas, salir a la miscelánea y comprar al menos una cajita de cerrillos. Es importante aclarar que se requerían cerillos (los españoles les dicen “cerillas”, y “fósforos” los argentinos) con palito encerado, no de madera. En cuanto al papel, lo fundamental era andar permanentemente a la caza de cajas de cigarros vacías, de ésas que tira cualquier fumador en cualquier parte; de allí obteníamos el papel metálico.
No ignoro que era peligroso, pero en aquellos tiempos la calle era nuestra y aunque el peligro estaba en todos lados, asombrosamente la mayor parte de los niños salía incólume. Sé asimismo que al describir esto puedo despertar al pequeño Eróstrato que todos llevamos dentro, pero confío en: 1. Que este blog sólo es leído por verijones que ya no jugarán a los cuetitos, y 2) Que este blog más bien no tiene lectores, así que no hay peligro si al narrar este recuerdo doy de paso las instrucciones para hacer cuetitos.
Decía pues que ya conseguidos los cerillos y el papel, mis hermanos y los amigos de la cuadra nos reuníamos en algún sitio que podemos denominar, no sin grandilocuencia, “zona de lanzamiento”. Debíamos tener en cuenta una condición meteorológica determinada: que no hubiera viento, para lo cual servía aislarse en un patio chico, al aire libre pero con paredes que prácticamente generaran una condición cero de factor viento.
Luego de localizar el lugar, comenzábamos el armado de los cuetitos. El procedimiento era, es, elemental, como se puede notar en la imagen que encabeza este post: sobre un pedacito de papel metálico (debía ser de los cigarros, insisto, metálico por un lado, con papel blanco por el otro) de unos 4x3 centímetros colocábamos los cerillos en el lado opaco; luego lo hacíamos taquito, con los tres cerillos a la mitad, para que al hacer el taco le salieran las patas; después hacíamos una especie de piquito o churro en la cresta del cohete y apretábamos un poco en la parte baja del papel metálico. Al final, abríamos las patas de los cerrillos con un pequeño doblez, para que formaran una especie de trípode y la micronave pudiera pararse.
Ya listo el cuetito, cada fabricante procedía a encenderlo, y aquí es donde importaba mucho que no hubiera aire, pues necesitábamos que la llama no se moviera, que fuera perfectamente vertical. El encendido de las patas provocaba una lumbre recta, que poco a poco calentaba la cabeza de los cerrillos abrazados por el papel hasta que las tres bolitas de fósforo encendían y se lograba una propulsión inmediata, con todo y línea de humo.
Da la impresión de que fabricar cuetitos es hacer enchiladas, pero fui testigo del fracaso padecido por muchos practicantes de este tipo de ingeniería. Si tienen defectos de fabricación, los cuetitos pueden encender antes de tiempo, o si se les queman las patas antes de que la lumbre llegue al fósforo, se caen y no encienden o encienden tarde y sólo logran propulsión a ras de suelo.
Modestia al margen, fui —puedo decir soy— un cuetista consumado. Llegué a fabricar cuetitos de esa índole que volaban hacia arriba, en línea recta, tres o cuatro metros, lo que no es poco si consideramos que su “motor” eran tres miserables cerillos.
Recuerdo, para terminar con este apunte de aeronáutica rupestre, que en mi obsesión por perfeccionar la técnica una vez compré un paquete entero de cerillos Clásicos (como veinte cajitas) y salí a buscar en la calle paquetes vacíos de cigarrillos, para extraer el papel metálico y contar con mucha materia prima. Hice cientos de cuetitos y por una época me consideré el mejor de la cuadra en ese estúpido divertimento.
Ustedes habrán de perdonar lo que hacíamos en aquellos tiempos. No teníamos internet, cable, Xbox, nada. Nosotros jugábamos con lo que costaba un tostón o hallábamos tirado en cualquier lado.