lunes, octubre 24, 2011

Para José Cruz



Hace meses, precisamente en febrero de este año, Abigail Salazar me invitó a escribir unas palabras en tributo a Jose Cruz, el mandón de Real de Catorce. Como sabemos, a Cruz le fue ofrecido un reconocimiento en el Teatro Nazas de Torreón. El concierto sirvió como tributo a su trayectoria y como espacio para recaudar fondos para atender la enfermedad que lo aqueja. Fui, por supuesto, al concierto, que estuvo muy bien, con performances teatrales y lectura de poesía, además, claro, de los blues. Al comienzo presentaron un video donde leyeron mis palabras. Sugerí al final que lo subieran a You Tube, pues sentí que había quedado bien, con cierto aire de documental. Ignoro si lo hicieron, pero sea como sea aquí están las palabras que escribí para aquella ceremonia (la imagen que encabeza este post es un detalle del póster que circuló en aquel momento):

Blues para José Cruz

Jaime Muñoz Vargas

Las notas comienzan a sonar en el escenario. El blues raja la oscuridad con su belleza melancólica y los gritos del público anticipan el éxtasis que viene. Las guitarras emiten un quejido rítmico que dialoga con la estridencia de la batería. La atmósfera se llena de tensas vibraciones y el corazón late a la expectativa. Luego irrumpe una voz que arrastra sílabas, palabras, versos. Es la voz de José Cruz y la música de Real de Catorce la que estalla en la noche del escenario, es la palabra del mejor blues mexicano haciéndose presente en el árbol de la belleza: allí está el fruto de José Cruz, su aporte a la naturaleza de la música, el verso que atraviesa el alma y la armónica que inunda el interior del ser humano.
José Cruz, nuestro homenajeado, nació en la ciudad de México hacia 1955. Su magisterio destaca en tres vertientes: el canto, el magisterio de la armónica y, sobre todo, la hondura lírica de sus composiciones siempre acodadas en el balcón del blues. Sus logros como artista son notables: haber conseguido que el poderoso espíritu de un género pasara al español con toda fuerza, con toda pasión, con toda autenticidad. Parece que el destino también jugó con las palabras e hizo que Cruz rime con blues y hasta parezcan una misma palabra, Cruz-blues, blues-Cruz, es decir, el cruce del blues con José Cruz.
La lección de vida de José Cruz está presente en su obra: la belleza de su arte radica en el sincero poder de una expresión que en letra y música comunica siempre una vivencia honda. El blues en José Cruz materializa el aroma del recuerdo, vivifica la nostalgia y construye un santuario para los solos, para los tristes, para los que desean un trago de belleza con el cual apurar con menos dolencia el peso de la desdicha.
Cruz, el Cruz más Cruz que hay en José, es un poeta: su visión de la vida pasa siempre por la poesía cuya sustancia es el sonido: el sonido de la música y la sonoridad de la palabra, formas de la belleza que se amalgaman en el blues. En su libro de los textos del alcohol, José Cruz nos ha enseñado que la palabra también es música, que la palabra también se hunde en la conciencia del hombre como se encaja un blues en el espíritu. La palabra en Cruz no es artificio, sino esencia de la cual parte el rasgueo de la guitarra o el fluido desgarrador de la armónica que suena a noche y a luna, que suena a llanto, a dolor, a puro blues.
Como sabemos, José Cruz arrancó su brillante carrera artística en los ochenta. México ya padecía en el vendaval de las crisis y la bancarrota, y el arte era una opción ineludible para una generación de mexicanos que empezaba a quedar al margen de todo bienestar. Cruz formó parte de dos grupos: Arrieros somos, con Jaime López y Jorge Luis Gaytán, y Banco de ruido, con Carlos Tovar y Armando Montiel. Poco después, hacia mediados de aquella década configura la agrupación que en adelante se convertirá en referente fundamental del blues en México: Real de Catorce. En este grupo, Cruz hace emerger a plenitud su personalidad creativa, el filo de sus poemas, la garra de su canto y el lujo de sus instrumentos. Decenas de presentaciones y piezas grabadas dan fe de un quehacer que hace de José Cruz un icono de la cultura musical en México, un nombre y un apellido que ya no se pueden separar de nuestra historia artística.
Por su personalidad, poderosa y genuina, es sin duda uno de los pocos artistas considerados “de culto” entre el público mexicano. Abierta y secretamente, la fama sobre la calidad de José Cruz ha caminado y prueba de ello es la permanente manifestación de afecto que él ha recibido ahora, en la adversidad, cuando más hacen falta los tributos nobles.
Nada, pues, como regalar a José Cruz un blues de cariño, un blues de verdadera admiración, un blues reverencial para este gran amigo, para este gran artista: el blusero mayor de nuestro país.

En la revista Ibero



El número 16 de la revista Ibero, correspondiente a los meses de octubre-noviembre de 2011, contiene un artículo mío. El tema eje de la publicación es "Libertad de expresión y derecho a la información", y suma colaboraciones de Miguel Carbonell, Mario Campos, Carmen Aristegui y Érick Fernández, entre otros. Puede ser leída en línea aquí, pero de todos modos les acerco en este blog el texto de mi cosecha. Nota: la foto que encabeza este post fue tomada por mi hija Renata en el lecho seco del río Nazas, sitio que en los años recientes se ha convertido en tiradero no sólo de basura. Agradezco la invitación que me hizo el maestro Juan Domingo Argüelles, director editorial.

Lo que el plomo se llevó: La Laguna en tiempos de espanto

Jaime Muñoz Vargas

Como en casi cualquier otra región del país, el trabajo periodístico fue durante muchos años una actividad que en La Laguna implicaba riesgos mínimos. En general, los periodistas gozaban del ambiguo reconocimiento que la sociedad les atribuye a los oficios “raros”: un periodista entonces era aquí cierto husmeador de asuntos políticos, sociales, culturales, deportivos, un tipo que ganaba medio mal, o muy mal, pero sabía arreglárselas para conseguir el “extrita” gracias a su “poder”. No faltaba pues que, pese a la mala imagen ganada por concepto de corrupción, por compra-venta de “la pluma”, el trabajador de la información fuera respetado y a veces, por qué no decirlo, temido.
El esquema cambió en los años recientes, esto con la irrupción de la violencia sin coto en la región del Nazas, que es la misma operante, como sabemos, en gran parte de México. Aunque la amenaza real, tangible, contundente y efectiva comenzó a pender sobre todos —ricos y pobres, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, cultos e ignorantes—, el gremio periodístico se vio particularmente amagado por las borrosas fuerzas del hampa que disputan la plaza lagunera.
Nadie muy visible y por lo tanto tampoco accesible, que yo sepa, puede describir con perfección y credibilidad el viscoso cuadro de grupos violentos que desde 2006 amedrenta a La Laguna. Se afirma, grosso modo, esquemáticamente, que Torreón pertenece a un cártel y Gómez Palacio (en Durango, segunda ciudad más importante de la región lagunera), a otro, de ahí que la feroz pugna tenga como Franja de Gaza el lecho seco del río que divide ambos municipios. Todo es, para la población, un mar de conjeturas y rumores, de especulaciones y verdades harto vacilantes. El caso es que la violencia comenzó a crecer tras la declaración formal de combate al narcotráfico planteada en 2006 por el actual gobierno de la República.
Poco a poco, o ni tanto, las huellas de la violencia fueron apareciendo en casi todos los rumbos de la comarca. No quiere decir esto, por supuesto, que antes no hubiera signos de violencia. Los había, claro, pero en la dimensión estándar de cualquier ciudad en la que, pese a los hechos de sangre, se puede transitar a cualquier hora, incluso durante las madrugadas. Eso cambió, como digo, en los primeros meses de 2006. De la noticia sanguinolenta y esporádica pasamos a la nota diaria, a veces con previa narcomanta, sobre ejecutados, encajuelados, secuestrados, torturados, encostalados y, ya hoy, desmembrados y degollados, es decir, en La Laguna escalamos vertiginosamente al súmmum de la barbarie no aislada, sino diaria y cada vez más numerosa.
En tal escenario, la reacción de la sociedad civil ha sido el enconchamiento, la búsqueda de refugio en las casas de cada cual. Los grupos empresariales y de comerciantes, por su parte, han ofrecido una respuesta tibia e intermitente, sólo con alguno que otro “pico” de exigencia muy parecido, aunque en el plano local, al que se dio tras el crimen perpetrado contra el hijo del empresario Alejandro Martí. De los grupos religiosos se puede decir lo mismo: alusiones vagas y esperanzadas en los sermones, y no más. Por su parte, los intelectuales, los artistas han alzado su voz y en los años cercanos organizaron en Torreón dos festivales artísticos por la paz que si bien no calaron hondo, al menos tuvieron un valor testimonial digno de atención. Las autoridades municipales, estatales y federales, por su parte, convergen en el mismo discurso que oímos a diario en todas partes: es lamentable lo que pasa, pero la lucha continúa y todo el peso de la ley caerá sobre los culpables de cualquier ilícito.
Salvo en el caso de las autoridades, no veo ilógica la primera reacción de la sociedad, los empresarios, los religiosos y demás. Fue tan sorpresivo el huracán de la violencia que de golpe lo primero que hemos hecho casi todos ha sido cerrar puertas y ventanas (no exagero: un altísimo número de casas perdieron sus fachadas por la situación, ya que sus dueños decidieron arropar las viviendas con bardas que restan estética pero añaden algo de seguridad). Visto que las autoridades no han podido con el problema y sólo suministran discursos de consolación y compromiso huero, todos los grupos sociales, organizados o no, han mantenido a raya su molestia y han optado por un silencio que es fruto directo del pavor y la impotencia. El razonamiento es simple: si el Estado, con armamento y legitimidad para usarlo no ha podido con el paquete, ¿qué puede hacer el ciudadano de a pie por más que crea tener poder e indignación? Ante la inseguridad extrema, la impotencia extrema y su derivación irremediable: el silencio extremo.
Insisto: los llamados “malos” no están jugando en La Laguna. Las muertes cunden y es hora que siguen apareciendo, con cualquier método de aniquilamiento, por todos los recovecos de la región. El colmo, la sima de este boquete a nuestra habitual tranquilidad, se dio en 2010, año en el que se sucedieron al menos cuatro masacres con tintes terroristas. En bares, “quintas” y otros espacios de reunión conocidos como “antros”, además de un centro de rehabilitación para jóvenes drogadictos, el hampa asentada en el terruño mostró que la cosa iba más en serio de lo que creíamos. Sin mayor aviso, una noche cualquiera de principios del 2010, un bar cercano al mercado de abastos torreonense fue atacado por un comando que empleó armas de alto poder para tumbar a todos los que atravesaron en el camino de las balas. Luego pasó algo similar en otro establecimiento del mismo giro. Después, uno más en una quinta campestre. Y, por si fuera poco, otro en el mencionado centro de rehabilitación. En todos los casos la friolera de caídos fue mayor de diez personas.
Eso sembró no el miedo, sino el terror, un terror que luego se tradujo en la pérdida casi entera de la vida nocturna regional. Decenas de bares y restaurantes han cerrado por falta de clientela o miedo obvio de los dueños, esto con el consecuente menoscabo de la economía movilizada por el esparcimiento nocturno: taxistas, meseros, cantineros, cocineros, acompañantes, prostitutas, vendedores de flores, músicos, dueños de salones de fiestas, comerciantes de alimentos, corredores de bienes raíces y un largo etcétera fueron atrozmente golpeados en sus bolsillos por la violencia, al grado de que hoy se da en La Laguna un tácito toque de queda más o menos a partir de las nueve de la noche. Todo el dinero que fluía en la “fiesta lagunera”, una fiesta real, pues es de muchos sabido que la gente de esta región es pachanguera, dispendiosa y compartida, fue puesta en la lona por las balaceras frecuentes y sorpresivas.
En este escenario, la voz crítica del periodismo local, que de por sí no era muy aguda en tiempos de paz, quiso al principio maniobrar para que la información fluyera como si viviéramos todavía en los terrenos de la normalidad. Poco tiempo pasó para que los diarios, las televisoras y las radiodifusoras cambiaran parte de sus prácticas. Lo primero que desapareció fue la firma de los reporteros. En vez de que las notas fueran signadas por fulano de tal, los periódicos optaron, para bien, por protegerlos y comenzaron a firmar “Por la Redacción”. Luego, en el difuso trajín de los grupos violentos, algunos medios y periodistas recibieron amenazas. Un grupo u otro, daba lo mismo, ordenaban que tal o cual nota no saliera o lo contrario, que apareciera con todas sus letras. Como los informadores quedaron en medio de la siniestra rebatinga por el poder, algunos medios decidieron no acceder a las presiones y continuaron defendiendo su independencia. Después, casi de inmediato, no hubo medio que de alguna manera no fuera atacado, o al menos rozado, por la agresión directa. El Siglo de Torreón recibió granadazos en su puerta principal; Noticias de El Sol de La Laguna (de OEM), fue víctima de rafagueo con metralletas; y La Opinión Milenio (hoy Milenio Laguna) perdió arteramente a Eliseo Barrón, reportero de policiales. La consecuencia de estos atentados fue la previsible: mientras los gobiernos municipal, estatal y federal no garanticen seguridad, las notas sobre violencia de calibre subido dejarán de aparecer o aparecerán tratadas como si no fueran terribles, como con desenfado, lo que torna urgente la cobertura que puedan hacer los medios fuereños, sobre todo los de la capital del país en sus espacios editoriales. Una prueba de censura o autocensura, no se sabe, fue lo que pasó recientemente (escribo esto a mediados de septiembre de 2011) en el municipio de Matamoros, Coahuila, también perteneciente a la región lagunera. Transcurría la tarde del domingo 11 de septiembre cuando la pequeña ciudad oyó el estallido de una balacera descomunal, de varios minutos y de consecuencias imprevisibles. Todo quedó paralizado, los vendedores de la plaza principal recogieron sus puestos y el comercio bajó sin demora sus cortinas metálicas. El pueblo se afantasmó como Luvina, el ranchito de Rulfo. La noticia corrió por las redes sociales, sobre todo por Twitter, y nadie ignoró lo ocurrido, pero al día siguiente los medios no dijeron nada por razones que otra vez quedaron en el misterio. Reptó entonces el rumor sobre el número de muertos y demás, consecuencia directa de la desinformación.
El panorama entonces es confuso, podríamos decir que hasta inextricable. Quizá las autoridades militares o los propios delincuentes sepan bien a bien qué pasa en realidad. Pero la población en general y los medios de comunicación, como podemos suponer, sólo conjeturamos y tratamos de vivir al día, con la vida como en préstamo y esperando que la monstruosidad de este momento tenga pronta conclusión. Lo malo es que, como dice el ranchero de por acá, a esto no se le ven trazas de mejorar.

Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2011

jueves, octubre 13, 2011

Nosotros no somos todos



Comparto un texto de mi amiga Giselle Aronson. Creo que expresa muy bien lo que encierra, para uno como privilegiado más o menos conciente, el proyecto político y social que muchos alentamos en nuestro país.

Vos, yo y esos otros

Giselle Aronson

Yo tuve suerte. La gran suerte de haber nacido en una familia en la que no hacía falta nada. Un hogar con casa propia, alimento suficiente, ropa adecuada, la posibilidad de educación que yo deseara, acceso a entretenimientos, manifestaciones culturales, arte. Mi papá tenía una profesión, mi mamá tuvo la suya de adulta. Mis hermanos y yo elegimos y nos formamos en lo que quisimos. Vacaciones, club, paseos, juguetes. Y tiempo para que cada miembro de la familia pudiera disfrutar del amor mutuo.
Yo seguí teniendo suerte porque, no solamente pude educarme y desarrollarme sino que también, toda esa educación me permitió el acceso a oportunidades. Oportunidades de buscar recursos, lugares, personas, contactos, referencias para conseguir trabajo. Y, una vez trabajando, oportunidades para seguir desarrollándome, creciendo y madurando profesionalmente. Oportunidades para crecer, también económicamente (por más mínimo que sea ese crecimiento), también gracias a las posibilidades que la educación me brindó, para saber dónde, cómo, cuándo. Discernimiento y claridad.
Vos también tuviste suerte. Porque también naciste en una familia que te dio esas posibilidades, quizás en mayor o menor medida, pero las tuviste. Si ahora estás leyendo esto en una computadora es porque tuviste la oportunidad de ser educado en un hogar con las necesidades básicas satisfechas.
Vos y yo, hoy, tenemos una casa. Supongamos que propia. Esa casa donde vivimos la tenemos porque alguno de nuestros abuelos o padres o suegros o tíos nos la cedieron, o nos ayudaron a pagarla, o nos ayudaron a arreglarla o la heredamos. La mayoría de nosotros tuvo acceso a una vivienda por estas posibilidades. Creo que la generación de nuestros padres fue la última que pudo pagar una casa como resultado de su propio trabajo, sin ayuda de la familia. Y no sé, no sé si no fue la de nuestros abuelos, la última generación en eso.
Supongamos que no es tu casa y alquilás. Entonces, trabajás. Volvemos a lo mismo, tuviste la posibilidad de educación que permitió que te formaras en lo que sea que te formaste y adquirieras las herramientas que te permitan acceder a una oportunidad laboral. La que sea.
Vos y yo tuvimos la suerte de nacer en esas familias. Porque fue suerte. Porque no hicimos nada para merecer nacer en esa familia y no en otra. Porque el azar podría haber hecho que vos y yo naciéramos en el seno de otro hogar.
Vos y yo, por ejemplo, por pura casualidad, podríamos haber nacido en una familia en un barrio carenciado. Sin comida, sin gas, sin agua, sin luz, sin ninguna posibilidad de ir a una escuela. Sin ingresos suficientes o sin ingresos. Sin trabajo. Sin abuelos, padres, suegros, tíos que nos hereden, cedan, ayuden a pagar o construir o arreglar una casa. Supongamos que en esa realidad crecimos y ya grandes, adolescentes, adultos, no supimos cómo se hace, dónde se va, cuándo corresponde buscar las posibilidades. No supimos discernir, no tuvimos claridad para buscar y encontrar una buena, básica, mínima posibilidad de un trabajo que nos ayude a crecer, laboral y económicamente, por más mínimo que sea ese crecimiento.
Ahora que hiciste ese ejercicio de imaginación pensá que no solamente por azar naciste en el hogar donde naciste sino que nada, NADA impide que, por una vuelta del destino, mañana vos, yo, podamos estar cerca de ese lugar. Porque nadie tiene comprada la buenaventura.
Vos y yo no hicimos nada para nacer en una familia con posibilidades, no tuvimos eso por merecerlo, lo tuvimos por puro azar.
Si hubiéramos formado parte de la otra realidad, la de las carencias, seguramente habríamos querido una mano de alguien, sobre todo si ese alguien es el estado que, mientras resuelve las dificultades de trabajo, salud, vivienda, educación, etc., te tira una ayuda mínima, un ínfimo respiro para paliar algo mientras ves cómo hacés para salir de pobre. Para que no sea TODO lo que te falte, sino que al menos puedas tener ALGO, que nunca va a ser todo, pero va a ser algo.
Si vos creés que por romperte el alma trabajando te merecés más, está bien. Si vos creés que se fomenta la vagancia a través de los subsidios que da el estado y te sentís en inferioridad de condiciones por eso, dejá tu trabajo, cobrá tus subsidios correspondientes y fijate si te sirve.
Vos y yo somos lo que somos y estamos donde estamos por la posibilidad que tuvimos.
Vos y yo no somos todos. Al lado tuyo, en la vida, hay muchos que no tuvieron posibilidad.
Vos y yo pudimos ser esos otros. Vos y yo podemos serlo, mañana.

viernes, octubre 07, 2011

Entrevista para la Internacional Microcuentística



Hace unas semanas contesté algunas preguntas de la Internacional Microcuentística. Me las envió el escritor Martín Gardella, quien coordina ese espacio disponible en internet. He aquí el resultado.

1) ¿Qué denominación prefieres para el género brevísimo y por qué?
Uso tres casi indistintamente: microrrelato, micronarración y microficción (también con el prefijo mini). Si me forzaran a usar uno, optaría por micronarración, pero en las tres denominaciones veo insinuados los rasgos del texto cortísimo narrativo. Todo lo que sea corto y no necesariamente narrativo (el aforismo, la prosa poética…) queda englobado, de una manera más abarcadora y sin dejos minusvalorativos, como microtexto. Por narrativo entiendo al texto en prosa que, así sea en un palmo de papel, cuenta una “historia”, pone en funcionamiento un dispositivo verbal en el que el o los personajes desean algo, así sea muy tenuemente, y avanzan hacia su objetivo hasta obtenerlo o no obtenerlo.

2) Has publicado libros de diversos géneros. ¿Cuándo y donde surgió tu interés por el microrrelato?
Tengo contacto con el microrrelato (sin llamarle así hasta 1999) desde que comencé a leer con la idea de escribir mis propios textos, lo que ocurrió allá por mis 17 o 18 años, es decir, en 1982 u 83. Creo que los libros de Arreola fueron los que me hicieron ver que en una página o menos podía ser contada, eficazmente, una “historia”. Luego supe de Cortázar, de Monterroso (gracias a Saúl Rosales tengo la primera edición, de 1959, de Obras completas y otros cuentos, donde aparece “El dinosaurio”), de Torri. Más adelante, casi al llegar a los treinta años, leí a Papini y a Schwob; tanto el Gog como Vidas imaginarias me reiteraron la posibilidad de relatar con brevedad y malicia. De hecho, entre julio y agosto de 1991 publiqué en dos partes (conservo esas revistas) una aproximación que denominé “El cuento de pronto acabar”, donde además de reflexionar sobre la narración breve armé una especie de muestra con microrrelatos. Por mi falta de información en aquel momento no les llamé así (microrrelatos o microficciones o micronarraciones), pero es claro que me refería a eso y los ejemplos que di fueron muchos y contundentes, como “Sadismo y masoquismo”, de Enrique Anderson Imbert:

Escena en el infierno.
Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
—No.

Entre los autores que cité estaban Arreola, Borges, Monterroso, Papini, Cortázar, Samperio, Valadés, Avilés Fabila y muchos más, de manera que para esas fechas ya tenía buen contacto con lo micronarrativo aunque no usara tal prefijo en esa palabra.

3) Como escritor, ¿qué elementos consideras que debe tener un microrrelato para ser eficaz?
Debe contar algo, plantear la presencia de un personaje (o dos o tres), no sé, al que le ocurre algo, lo que sea, que se resuelve con una frase paradójica, humorística, enigmática. Cuando digo “historia” o “personaje” lo hago consciente de que enuncio esto en un sentido peculiar, pues todo puede estar apenas insinuado: en “El dinosaurio” es claro que el protagonista, alguien que estaba dormido, está implícito en el verbo “despertó”. ¿Qué “objetivo” tiene? Seguramente que se borre lo que recién ha soñado. ¿Y cuál es el “desenlace”? Malo, pues el sueño no se desvanece cuando el “personaje” termina de dormir. Pues bien, todo esto ha sido expresado (o mejor: insinuado) en siete eficaces palabras, por tanto creo que en el microrrelato deben estar presentes un quién y un qué capaces de emitir insinuaciones que resuelven, con una ágil gambeta, la “historia” o la jugada, para seguir con la metáfora futbolera, en un pedacito de cancha. Pese a lo dicho, hay micros que parecen fugarse de este conato de descripción y son eficaces por su intertextualidad, por un calambur, por una sola palabra incluso. Como ocurre en los otros géneros, cualquier definición de micorrelato corre el riesgo de ser insuficiente y quedar anulada ante la realidad de la escritura.


4) Desde la perspectiva teórica, ¿cómo ves al microrrelato frente a otros géneros en términos estilísticos y comerciales? ¿Crees que haya un futuro editorial para el microrrelato?

En sentido estricto, no hay géneros buenos ni malos, sino, en todo caso, tratamientos afortunados y desafortunados. ¿La novela es mejor que el microrrelato aunque sea un best seller infumable? No podemos afirmar eso. Todo género tiene su encanto y desafía de manera distinta a quien lo trabaja y a quien lo decodifica. Ahora bien, en el mercado editorial es un hecho que excepto la novela, nada se salva, nada tiene esperanza de éxito comercial. Los poemas, los cuentos, el teatro no venden y por tanto no tienen plataformas de despegue “comercial”. El ensayo tiene espacio en el mercado siempre y cuanto no sea literario, es decir, se vende bien cuando aborda hechos de coyuntura, problemas políticos, historias tan cercanas como truculentas, asuntos de moda. En ese contexto, la narrativa en micro debe encontrar (como la poesía, como el cuento clásico) sus canchas y sus lectores. Sus catapultas no serán las grandes editoriales, por supuesto, sino las instancias culturales oficiales o las universidades, y también las editoriales independientes que hipotéticamente nacen para captar y promover lo que el mercado desprecia o al menos no acoge. Como a la poesía, como a todo, a la narrativa en micro le ha venido a favorecer el tiempo que vivimos: un tiempo acelerado, entrecortado, de flashazos, y también, obvio, las nuevas tecnologías, el internet que en su infinitud abre espacio para todos.

5) Como lector, ¿cuáles dirías que son los libros o autores infaltables en una biblioteca de un escritor que se quiere dedicar a la microliteratura?
Monterroso, Arreola, Schwob y sus Vidas imaginarias, el Papini del Gog y del Libro negro, el Cortázar de los cronopios…, Ana María Shua (de quién es, a mi ver, el mejor micro que jamás he leído, el cuento número 117 de La sueñera: “¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio”), mucho de lo que hizo Edmundo Valadés en la revista El cuento y los trabajos críticos, antológicos y creativos de David Lagmanovich.

6) Administras un blog, tienes Facebook. ¿De qué manera crees que influyen hoy las nuevas tecnologías en la microficción?
Tengo un blog: rutanortelaguna.blogspot.com, pero no publico allí mis micros aunque sí he reseñado libros o comentado asuntos relacionados con el tema. También tengo Facebook, donde aparezco con mi nombre, y este espacio sólo lo uso como aparador chismográfico. Otra plataforma, ideal para el microtexto, por cierto, es Twitter, donde me entreno en la síntesis forzada por el corsé de 140 caracteres. Creo que en Twitter (el mío es @rutanortelaguna) han aparecido, y aparecen a diario, excelentes microrrelatistas aunque no tengan conciencia de que lo son. Eso de que no sepan que son microrrelatistas casi consumados es lo de menos: lo que importa allí es la creatividad, el minirrelato chispeante y eficaz, ficticio o real, no la conciencia del género practicado.

7) ¿Cuáles son tus futuros proyectos en relación a la microficción?
Tengo un libro inédito titulado Arte de miniaturía, pero al parecer no me ha convencido y por eso seguirá siendo inédito. No escribo micros de manera “profesional”, es decir, no me los planteo deliberadamente. Los voy escribiendo de a poco, conforme van naciendo y sin quererlo, siempre a la vera de otras actividades de escritura. Eso sí, leo mucha micronarrativa y participo en encuentros sobre el género. Quizá este asunto me interesa más como lector que como hacedor, lo que por cierto no me hace sentir mal.

8) Además de la literatura, ¿qué otras cosas te apasionan?
El futbol, la lucha libre, el boxeo, el periodismo, cierta música, editar libros, trabajar en talleres literarios, la fotografía y el arte gráfico en general, el español y sus recovecos, la política, la gastronomía callejera, el cine, caminar, el whisky, el café y la Coca-Cola, dormir, despertar, conversar y navegar/boludear en muchos espacios propicios de internet.

Para poder conocerte desde otro lado, por favor completa los siguientes interrogantes:
Un cuento... “La intrusa”.
Una película... Los olvidados.
Una canción… “Coplas del payador perseguido” de Yupanqui.
Una comida… Los tacos.
Una ciudad... Buenos Aires.
Una frase... “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”.
Un equipo de fútbol… Dos: Cruz Azul y Santos Laguna, mexicanos.
Tu mayor logro como escritor: Tener la sospecha de que, pese a todo, sigo siéndolo.
Por favor, indícanos y transcribe aquí un microrrelato de tu autoría que te guste mucho, para publicarlo junto a la entrevista.

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?

Sexenio rojo en La Laguna



Publicado bajo pedido, este miniartículo mío, una cuartilla justa, fue publicado el sábado 1 de octubre de 2011 en el suplemento Laberinto del periódico Milenio del DF. En esa misma edición abordaron el mismo tema los escritores laguneros Vicente Alfonso, Julio César Félix Lerma, Daniel Maldonado y Francisco Zamora.

La vida de los laguneros cambió casi radicalmente en menos de cuatro años. Antes del sexenio que corre, la violencia que padecíamos alcanzaba, digamos, cotas convencionales, la cantidad de delincuencia y crimen que genera toda sociedad más o menos desarrollada y al mismo tiempo es capaz de mantener a raya mediante, sobre todo, sus estructuras judiciales y a veces, por qué no, con oportunidades de bienestar para los ciudadanos.
El caso es que eso terminó y de un mes a otro los laguneros comenzamos a padecer el estrago de la violencia sin orillas. Empezamos, como en muchos otros lugares del país, con un muertito aquí, otro allá, dos más acullá. Luego, la cantidad de muertos y desaguisados sufrió un incremento industrial. Poco a poco, como reptiles que se arrastran en el lodo, las noticias sobre muertos y más muertos cundieron por la región. Operó entonces una especie de cambio en la conversación lagunera de todos los días: si antes hablábamos del Santos Laguna, del clima, de política local y demás, el nuevo tema se nos impuso sin remedio: ahora charlábamos a diario sobre muertos, sobre balazos en la madrugada, sobre brutales llamadas telefónicas a un tío, a un hermano, a un compañero de trabajo.
Pero eso no era lo peor. Lo peor llegó a su tope en 2010, el año de las masacres en la Comarca Lagunera. Entiendo por masacre el acribillamiento de personas en un centro de reunión, sin discrimen, a todo lo que se mueva y grite. El promedio de las cuatro o cinco masacres que se dieron aquel año fue de trece muertos. Pese a ello, la prensa nacional no puso a La Laguna entre las zonas que merecían cobertura prioritaria. Nos falta, supongo, el antiglamour de las grandes ciudades violentas para que algún día nuestras desgracias obtengan la atención debida de los medios de comunicación nacionales. Mientras tanto, acá seguimos, sobreviviendo no sé cómo. O sí: encerrados luego de las 8 o 9 de la noche, luego de doce horas de tranquilidad mediocre.

Esquirlas de Julio Estefan



Prólogo al libro La señal inválida, de Julio Estéfan, La aguja de Buffon Ediciones, Tucumán, 2011, 79 pp.

La señal inválida, tercer libro de microrrelatos organizado por Julio Ricardo Estefan (1963, Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba, Argentina), reitera la exigencia que el autor se impuso en los dos anteriores (La excepción a la regla y Juegos de superhéroes), a saber, el deseo de que sus esquirlas narrativas fueran lo suficientemente punzantes como para atravesar la sensibilidad del lector que hoy es, para bien, menos amable que escéptico e inquisitivo. En efecto, Estefan ha logrado en sus dos anteriores libros que el microrrelato lance múltiples puyazos y permanezca en la memoria de quien lo recorre como algo grato, como algo que mueve a contento y reflexión.
Nunca es fácil conseguir que un libro quede armado con una cuota suficiente de méritos; más común es lo contrario: publicar casi con impotente resignación para, como decía Reyes, no pasarnos la vida corrigiendo. En este sentido, más complicado tienen el panorama, creo, los escritores que deben articular libros cuyo contenido necesariamente fuerza una lectura intercortada, viable a trancos más o menos cortos. Quizá allí está una de las razones que explica el éxito de la novela frente a otros productos literarios. En el relato de largo aliento, el lector siente un flujo que acumula y al mismo tiempo comprime el efecto que estallará, lo suponemos, siempre lo suponemos aunque no se dé, en las páginas finales. El sosegado paso marcado para llegar al estallido climático es al mismo tiempo una especie de comodidad: aunque interrumpan la lectura y usen el separador y vayan a dormir y luego a trabajar, los lectores saben que la historia continúa, y que de alguna forma ellos siguen allí, co-creándola hasta el cierre definitivo del relato.
Los libros de poesía y de cuento, en cambio, deben ganar por nocaut en cada round, es decir, deben ganar con un martillazo en cada poema y en cada relato o microrrelato, porque de lo contrario su sentido, su orientación, su tono, quedará difuso o tristemente pálido, al final, en la porosa memoria del lector. Tal vez un grupo de poemas o de cuentos no sea, uno por uno, gancho al hígado, golpe de nocaut, pero debe aspirar a serlo no sólo para acatar la famosa metáfora de Cortázar, sino para que al aterrizar en la última página los lectores puedan sentir la gravitación del libro como un todo, un cierto efecto unitario que confiera densidad en el recuerdo a la experiencia receptora.
No por otra razón he sostenido que, dicho esto de manera harto simplista, una novela suele ser un proyecto de escritura más desafiante que un cuento o un poema, pero también que el libro de cuentos o de poemas, si aspira a ser algo más que dos o tres piezas memorables y hermosamente esporádicas, debe ser más exigente que cualquier novela e imprimir todo el punch posible en cada pieza.
Tal es, precisamente, el vigor que noto en cada página de La señal inválida. Estefan entiende, y entiende demasiado bien, que uno o dos o tres logrados microrrelatos aleteando entre las ochenta y tantas páginas de su libro no harían verano, de ahí que proceda como deben proceder los escritores de este tipo de obras: organizar el conjunto de acuerdo a un sutil plan vertebrador y trabajar cada pieza como si fuera a ser la única inquilina del recinto. En esos dos criterios se ha basado el autor para cuajar un libro que aspira a ser estimable, éste.
El recurso reiterado y visible aquí es el juego con dos perspectivas del narrador, ambas explícitas en el título de las estancias. ¿En cuál de las dos se cosecha mejor fruto? ¿Es importante reparar en este detalle al momento de escribir y de leer microrrelatos o podemos tramar cualquier historia, indistintamente, en tercera o en primera? Por mi inclinación a la narrativa de corte confesional, siento más cercanas y por ello más filosas las escritas “En primera”, sin demérito, claro, de las ubicadas en el tramo inicial. El lector hallará sin mayor indicación las piezas destinadas a su aprecio, aunque es necesario advertir, desde ya, que la mayoría, salvo cuatro o cinco, cierra su sprint de palabras con pinceladas de humor sustentadas en referencias cultas o populares, en resemantización de lugares comunes o retorcimientos lingüísticos que ya comienzan a ser clásicos en la confección de brevedades.
La señal inválida de Julio Ricardo Estefan es, en suma, una señal válida, rotunda, de la belleza y el vigor alcanzados por el microrrelato en la Argentina, género que entre Estefan y muchísimos otros notables cultores de su país han ayudado a propagar en el enorme universo de la literatura hispánica.

Torreón, Coahuila, México, marzo y 2011

martes, octubre 04, 2011

Madera de José Santos Valdés



Recuerdo que en dos ocasiones escuché de Carlos Montemayor el comentario que aquí traigo; la primera vez, en la presentación de Las armas del alba allá por 2003 en el Museo Regional de La Laguna; la segunda, apenas dos semanas antes de morir, en una breve charla sostenida con alumnos de la Normal Superior de Gómez Palacio. Dijo el escritor parralense que unas pocas horas después del asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, leyó en los periódicos de la ciudad de México, donde hacia sus estudios en la UNAM, que los jóvenes participantes en aquel acontecimiento eran calificados como delincuentes, revoltosos, gavilleros y demás. No cito textualmente, pero creo que soy fiel a las palabras del maestro Montemayor: señaló que le pareció sumamente extraña la categorización que los medios hacían de los guerrilleros, pues él había tenido la oportunidad de trabar relación con algunos y sabía que lejos de ser delincuentes, los caídos en el emprendimiento revolucionario contra el cuartel de Madera eran personas nobles, preparadas y generosas, con un sentido de la justicia muy afinado y congruentes en todo sentido. Aquel día a Montemayor le quedó claro, cuando aún era estudiante universitario, que los hechos de esa naturaleza, críticos al poder, contaban con dos versiones: la que ofrecían los medios al servicio de los intereses de unos cuantos, y la otra, la verdadera, oculta en montones de brumas deliberadamente creadas para que el dato cierto no tocara la luz, lo que desde entonces determinó en él la necesidad de formarse como investigador y esclarecedor de la verdad en temas relacionados, en general, con los grupos guerrilleros del país, y, en particular, con el caso de Madera.
Esta necesidad de Montemayor es la misma que palpita a corazón abierto en las páginas de Madera, razón de un martirologio, del profesor lagunero José Santos Valdés. Escrito entre abril y octubre de 1967, Madera es un documento valioso no tanto para entender el hecho en sí, el asalto al cuartel, que en términos reales ocupa una parte breve del libro, sino los antecedentes que dieron pie a la desesperada iniciativa de un puñado de jóvenes radicalizado en la idea de oponerse a un estado de cosas notablemente injusto.
El profesor Santos Valdés, autor de una amplia bibliografía que ojalá siga revisitando las imprentas, escribió su Madera casi al calor de los hechos, cuando todavía no se había disipado el olor a pólvora del asalto. Es por esto, quizá, que la información disponible para reconstruirlo resulte todavía vaga, sostenida en documentos recién elaborados y en no pocos casos contradictorios.
Más importante en este libro es, creo, el propósito que lo anima, un propósito insinuado desde el mismo título. Donde leemos “razón de un martirologio”, lo que debemos entender es que el estudio no tratará de describir pormenorizadamente el asalto, sino los resortes que lo motivaron, de ahí el largo recorrido monográfico por la realidad de Chihuahua a principios de los sesenta, de ahí la detalladísima exposición de las condiciones que guardaba esa entidad que hasta le fecha sigue siendo, como todas las mexicanas, mártir, sacrificada por la ambición y la rapiña de sus inmensos recursos naturales.
El profesor lagunero entendió bien, a dos años del asalto al cuartel, que el hecho no fue un exabrupto de unos locos o, mucho menos, un zarpazo de la delincuencia, sino el gesto de unos jóvenes convencidos de que se habían dado en Chihuahua las condiciones de injusticia como para emprender la lucha armada. El libro trata entonces de explorar el pasado inmediato al asalto, principalmente el relacionado con las condiciones de vida, profundamente desiguales, de privilegiados y desheredados, de suerte que al leerlo comprendemos mejor (no mejor, sino bien) la lógica del proyecto encabezado por Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez.
El libro consta de catorce capítulos, un apéndice fotográfico y un colofón. En estricto sentido, sólo el capítulo 11 está estrechamente vinculado al asalto al cuartel. Los otros, como dije líneas antes, son el andamiaje que sostiene, con abundancia de datos estadísticos, históricos y sociológicos, la lógica del asalto. Esto es importante en un tema de esta índole (más si lo ubicamos en el contexto de su redacción), pues en aquel momento el control y la cerrazón de los medios de comunicación eran casi absolutos, de suerte que lo más escaso era la información y el análisis confiables, al menos las cartas completas sobre la mesa del ciudadano de a pie. El profesor Santos Valdés, hombre comprometido hasta los tuétanos con la verdad de los desvalidos, hizo en Madera un aporte importante, fundamental incluso, a la historia de los movimientos revolucionarios mexicanos que luego, en la década de los setenta, tendrían mayor ímpetu y recibirían del implacable echeverriato la represión atroz por todos nosotros conocida.
Vuelvo al arranque de esta vertiginosa y muy superficial reseña: así como Carlos Montemayor enfatizó, en los veinte años recientes, que a los héroes de Madera se les difamó con todo tipo de adjetivos ruines y que su trabajo narrativo e histórico serviría para vindicarlos, Santos Valdés, el humilde y generoso profesor lagunero José Santos Valdés, escribió en 1967 que “los mártires de Madera fueron eso: Mártires y de ninguna manera bandidos y salteadores como los calificó precisamente el hombre que tiene la culpa de que hayan muerto”. Cumplido, creo, fue ese objetivo en Madera, razón de un martirologio.

Madera, razón de un martirologio, José Santos Valdés, Universidad Juárez del Estado de Durango, Durango, 2011, 214 pp.

Cuentos para no matar y recordar



Los libros primerizos suelen ser ingenuos. Con mucha frecuencia, no dicen nada o lo poco que dicen lo enuncian tan mal que al lector no le queda otra reacción más que la obvia: recular a medio camino, rajarse, como decimos los mexicanos, o zafar, como dicen los argentinos. Son contados los casos, por otra parte, en los que el libro inaugural de un escritor insinúa más fortalezas que debilidades. Un cuento, un poema, ciertos rasgos de estilo, alguna malicia en la focalización de la realidad humana, algo nos sugiere el hacedor de un primer libro que nos lleva a pensar en su futuro, un futuro cargado de mejores frutos. Más escasos y sorprendentes son los primeros libros que así, de golpe, sin avisar, como si fuera fácil, nos muestran un trabajo que deja la desconcertante impresión de obra bien peinada, lista para merecer opiniones favorables.
Un ejemplo del último caso es Cuentos para no matar y otros más inofensivos, primer libro de Giselle Aronson, conjunto de relatos que poco a poco, página tras página, va aprobando los ítems que podemos establecer para juzgarlo estimable. Oriunda de Gálvez, provincia de Santa Fe, Aronson vivió en Rosario y actualmente reside en Haedo, provincia de Buenos Aires. Es fonoaudióloga y terapeuta del lenguaje. Forma parte del colectivo Heliconia y participó en el taller literario Domingo Faustino Sarmiento del municipio de Morón. Ha publicado en revistas tanto virtuales como físicas, y algunos de sus cuentos han sido incluidos en antologías. Muchos de sus trabajos están disponibles en el blog nocheluz.blogspot.com, que ella administra.
El primer libro édito de Giselle Aronson está dividido en tres estancias: “Cuentos para no matar”, “Excepcionalmente cotidiano” y “Perplejismos”. En total suman 46 piezas de extensión variada: las más amplias, de cuatro páginas; las más cortas, de un renglón. En todas late un rasgo que, por visible, no puede ser omitido: su noción del cuento como recinto cerrado y autosuficiente. Lo primero que destaca pues es el riguroso concepto de cuento que Aronson maneja. En una época en la que reina el gusto por el relato de estructura desenfadada, ese cuento que basa su eficiencia en el puro brillo de la prosa o en cierto enfoque de la anécdota, la escritora santafecina sujeta sus historias a una idea del género harto compacta, escrupulosa con los detalles que van configurando estructuras sólidas, redondas a la manera cortazareana.
Todos los textos de este libro —no exagero y, si exagero, puedo decir “la mayoría”—, tienen la vista puesta en los finales, pues ya se sabe que, dígase lo que se diga, los grandes cuentos son siempre aquellos que han sido escritos para desembocar en un punto cuya luz ilumina retrospectivamente el cuerpo del relato. El truco es el mismo, y con ese truco deben operar los cuentistas de la mejor escuela: los cuentos caminan con la mirada al frente, sí, pero también con ojos en la nuca; a medida que el relato avanza el autor distribuye pistas, esas pequeñas marcas que tanto celebramos en los grandes arquitectos de cuentos, huellas con “proyección ulterior” como las llamó, inmejorablemente, Borges. Tales detalles, siempre colocados con malicia, son los puntos emergentes de la famosa historia B trepada a la historia A, según la propuesta de Piglia. Los lectores asistimos en estos cuentos a un espectáculo de prestidigitación: creemos caminar por una historia determinada, visible, evidente (la historia A), pero en realidad nos es contada una más (la historia B) que discurre secreta, oculta, evasiva, tenuemente. Cuando esas dos historias siamesas, la explícita y la soterrada, nos son contadas con un velo de incertidumbre, sin que recibamos información a carretadas, con el esquema de iceberg que deseaba Hemingway, el cuento deviene pieza de orfebrería capaz de deslumbrar si no por su perfección, sí por un apetito de perfección que en arte es, per se, mucho.
Este propósito, el de articular ficciones breves con sabor a cuento clásico y no mero desahogo, no es flaco mérito en un primero libro. Aronson ha gobernado cada una de sus historias con rigor y elegancia, y además con otra virtud sutil: los cuentos no se sienten fríos, mecánicos, sino trabajados con garra, con pasión, con ánimo de escudriñar la complicada condición humana en diferentes estados de crisis. Los aciertos del libro se manifiestan desde la entrada. El cuento “Imperceptible”, el primero, por ejemplo, narra una escena de vida muy común, la de la esposa que poco a poco ve alejarse, casi sin meter las manos, el amor de su pareja. Digo adrede “casi sin meter las manos” porque todo el cuento está organizado para que en su cierre comprobemos que el énfasis en la pasividad era un amague, una finta con “proyección ulterior”.
Lo mismo pasa con el que sigue, titulado “Otra”, contado secamente desde la perspectiva de una amante que no ve la hora en la que, por fin, su hombre la saque de esa condición percibida socialmente como ominosa. De nuevo, Aronson no desea que el conflicto (siempre hay, como en todo cuento bien nacido, un conflicto en estas historias) sea lo único destacable: le preocupa la estructura, le preocupa mucho, esto al grado de cuadrar todo el andamiaje narrativo para que se justifique con precisión quirúrgica una sola palabra en el relato: la última.
Con gusto un llega pues al tercero, al cuarto, al quinto relatos, comprobando pieza tras pieza que cada historia es un microcosmos cerrado y al mismo tiempo comparte rasgos con los demás para lograr un conjunto armónico, un-li-bro-de-cuen-tos armado, no un apiñamiento arbitrario de narraciones cortas.
La violencia intrafamiliar, la rutina de la vida cotidiana, el tedio en el que derivan muchas relaciones de pareja, el asco de convivir con monstruos alguna vez quizá queridos, todo eso y más es encarado por Aronson con ojo agudo para escoger los rasgos salientes y al mismo tiempo ordinarios de la ruindad humana, ésa que todos ejercemos a diario y tal vez sin darnos cuenta en el entorno más cercano. Algo de David Lynch o de los hermanos Cohen anda entonces en relatos como “Cambio de menú”, donde asistimos a la violencia extrema sin necesidad de guerras mundiales o barrios neoyorkinos o laberintos en mercados turcos. En “Escenas veraniegas de la vida familiar”, por caso, es evidente la ironía desde el título: el eje de esa “vida familiar”, narrado con una especie de “cámara subjetiva” que se desplaza por la playa, es la sofocante rutina de un macho proveedor, una hembra sumisa y unos hijos que seguramente están mamando el modelo para repetirlo cuando sean adultos.
Hay muchos cuentos con el tema de la venganza en este primer libro de Giselle Aronson (“After office”, “Final”…), y uno de ellos es perfecto, el texto más acabado, a mi parecer, de todos los Cuentos para no matar… Me refiero a “La misión”, obra que resume con claridad las virtudes de los demás: es un relato con rostro político en el que una trama densa es compactada en la acción de una mujer cuya tarea parece parte de un movimiento colectivo, pero en realidad es un emprendimiento personal, una venganza dictada por el respeto a la memoria de sus antepasados. En este cuento es casi trasparente, dicho sea de paso, el afán de la autora por crear textos esféricos, y eso se logra a veces con hábiles reiteraciones de lo enunciado al principio en el final.
La segunda parte del libro, “Excepcionalmente cotidiano”, contiene textos más cortos y menos cargados de violencia, "más inofensivos". Aquí Aronson maneja un tono más relajado, trenza ficción con realidad (“Ellos y nosotros”), juega con equívocos (“Terror en la puerta”), expone paradojas irónicas (“Impertérrita”) o traza gratas fantasías (“Sólo Andrea”, “Absentia”).
La estancia final, “Perplejismos”, acoge sólo microrrelatos, textos que en ningún caso rebalsan una página. Concentradas, las microficciones de Aronson conservan el punch de los cuentos colocados en las secciones precedentes. Todas son punzantes, algunas tienen aire de aforismo o de prosa poética, y sólo en uno o dos casos son francamente algo distinto a la microficción (“Pregunta técnica”). El editor, Fabián Vique, acertó al ornar la contratapa con uno de los brevísimos, un texto para antologar (“Pedido”):

—Sólo te pido una cosa —susurró ella cuando descubrió que él se había propuesto quitarle la ropa.
—Lo que quieras.
—Que parezca amor.


La fuerza de latigazo que tiene la frase final de “Pedido” es la misma que, en racimo, propinan en la conciencia del lector estos Cuentos para no matar… Giselle Aronson (o la mona del cuento final, no sabemos) ha dado, en suma, un primer paso firme hacia la configuración de una obra que merece, con justicia y desde ya, la atención del lector.

Ciudad de México, 2, octubre y 2011


Cuentos para no matar y otros más inofensivos, Giselle Aronson, Macedonia, Buenos Aires, 2011, 87 pp.