domingo, abril 24, 2011

Asombro de los libros



En 2001 fui invitado por primera vez como expositor a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Tuve tres actividades en el mismo viaje: participé en una mesa sobre literatura y nuevas generaciones (o algo así), presenté un libro y por último me llevaron a una preparatoria para echar rollo frente a chorrocientos mil alumnos jalisquillos que, para mi sorpresa, sí preguntaban con desenvoltura y hasta ponían en aprietos. Fue un viaje espléndido para mí, por todo.
Recuerdo que para la tercera actividad preparé un choro que a la hora de la hora no leí, o leí sólo en parte, pues dada la disposición del público resultaba más pertinente improvisar. El texto al que me refiero, en su primera versión, llevaba el título que conserva: “Asombro de los libros”, y es el que hoy hospedo en el blog de Ruta Norte. En ese puñadito de párrafos hice una especie de elogio personal, personalísimo, mío nomás, del libro. Conté grosso modo mi relación con él, los años invertidos en su pesquisa y su lectura.
Como todos los escritores que se tienen respeto y algo saben de su talento y sus fuerzas frente al talento y las fuerzas de los antiguos, sé que uno nació, quizá, sólo para lector y de allí pasó a escribir nomás por curiosidad, tedio o cinismo. Con el paso de los años, aunque uno escriba mucho se afina esa certidumbre: tenga los libros que tenga como autor, los verdaderamente importantes son los ajenos, los leídos con admiración, los que en ciertos pasajes de la vida nos acompañaron para darnos todo lo bueno que suelen dar los grandes libros, esos que uno lee sentado o de pie, según la binaria nomenclatura vasconceleana.
Mi vida, pues, desde 1981 más o menos, ha ido llenándose de libros. Comencé con los que describo en el artículo, y así, poco a poco, casi sin freno, edifiqué una biblioteca respetable en los parámetros del lugar donde nací y radico. Si bien he comprado libros en el DF, Guadalajara, Saltillo, Monterrey, Xalapa, Oaxaca, San Luis, Chihuahua, Tijuana, Buenos Aires, Tucumán, Rosario, Madrid, El Paso, Phoenix y otros lugares de México y de fuera, la mayoría de los que tengo han sido hallados aquí, en nuestras magras librerías laguneras. Desde el 80, las he recorrido todas. Comencé con Librolandia (hoy Del Estudiante); compré muchos libros en la De Cristal, recién cerrada; pasé por la Unicornio, antecedente en el TIM de la del FCE; hallé varios en la Del Maestro, en las de usados, en la de la UIA; más recientemente, en las de Gonvill, La Terraza y Gandhi. Creo que cuando afirmo haber comprado libros en La Laguna más bien debo decir “en Torreón”, ya que en Gómez Palacio y Lerdo jamás he hallado nada.
Parte de mi biblioteca es selecta, diría que hasta exquisita. El único fetichismo que me he permitido es el de los libros. No colecciono nada, salvo libros que ostenten algún prestigio o me comuniquen algo como objetos casi talismánicos. Con o sin intención, han llegado a mí algunas joyas, primeras ediciones de libros famosos, libros firmados por autores importantes. Mi libro más antiguo es el hermoso Diccionario de la Academia, tercera edición fechada en 1791 e impresa por el ilustre tipógrafo Joaquín Ibarra y Marín. Mi lista de primeras ediciones incluye Zozobra de López Velarde, Vrbe y Poemas interdictos de Maples Arce, Cuestiones gongorinas de Reyes, Pedro Páramo de Rulfo, La feria de Arreola, Para las seis cuerdas, de Borges; Archipiélago de mujeres de Yáñez, Los relámpagos de agosto de Ibargüengoitia, El reino de este mundo de Carpentier, Historias de cronopios y de famas de Cortázar, y varios más. Entre los que lucen firmas de los autores, presumo con devoto orgullo libros de Borges, de Reyes, de Paz, de Vargas Llosa, de Arreola, de Yáñez, de Nandino y de otros tantos autores todavía vivos, algunos de ellos mis amigos.
No pocas veces he oído que las bibliotecas personales terminan como pitanza de la polilla o en los depósitos de segunda mano luego de que muere quien las organizó. No sé qué vaya a pasar con la mía, pero no importa, aunque lo más probable es que la done. Mis libros, si se desperdigan y se pierden cuando ya no los pueda cuidar más, habrán hecho para entonces su labor: darme muchas horas de alegría y muchos rayos de luz en la espesa e inabarcable oscuridad. Lo único que tengo para ellos son palabras de emoción y agradecimiento. Trato, sin embargo, de no excederme en su elogio, ya ven que siempre suena pedante confesar este tipo de amoríos. Lo cierto es que tengo treinta años buscándolos, leyéndolos, queriéndolos, y nunca me han defraudado, como a continuación trato de expresarlo. Como nota adicional apunto que no he actualizado el texto, salvo en un dato: el del número de libros míos mencionado por allí.

Asombro de los libros

Jaime Muñoz Vargas

Uno de los asombros que nunca me abandona es el de la palabra escrita. Creo que fue a los diez años cuando advertí por primera vez que los signos sobre el papel eran algo más que palabras, mucho más que simples estructuras de tinta sobre la superficie de la hoja. Sin conciencia plena de ese deslumbramiento inaugural, como a los quince años llegaron a mi vida los primeros libros no obligatorios, aquéllos que no eran de texto gratuitos. He olvidado los títulos, pero sé que dichos volúmenes amarillentos tenían un contenido religioso pues mi hermano los había interceptado en un descarte de parroquia y, no sé con qué razón, me los regaló en una caja de galletas Marías. Aquéllos, como ya dije, fueron mis primeros libros no obligatorios, no escolares; eran como veinte o treinta piezas descabaladas, mordidas por los años y todas con páginas color ocre. Recuerdo que los limpié, los pegué, los forré, los ordené y mucho antes de leerlos ya me había enamorado de los libros, de los objetos llamados libros. Así, con la simpleza del azar, empezó mi relación con esos objetos sagrados que hasta la fecha busco y ordeno con la misma emoción infantil que me sobrecoge cuando vuelvo a conseguir alguna novedad editorial.
A mí, pues, me llegó la pasión del libro por una razón menos etérea que material, y tal vez por eso, en mis ratos libres, como caro pasatiempo, me dedico a editar gratis los libros de mis cuates. Junto con la lectura me invadió la ingente necesidad de tener libros. Tan aguda fue durante muchos años esa rara patología que la he comparado con el alcoholismo, una enfermedad incurable, según afirman los folletos y los espots de la organización doble “A”. Estaba en mis 18 años, eso sí lo recuerdo muy bien, cuando se manifestó sin ambages la urgencia de ingresar a las librerías con la misma impaciencia del alcohólico que busca como náufrago el rincón de una cantina. Si pasaba a un lado de la Librería de Cristal, por ejemplo, cedía con harta facilidad a la tentación de entrar. Desde entonces soy especialista en detección de maravillas editoriales, y si de algo puedo presumir ahora es, precisamente, de mis libros. Toda proporción tomada, como Borges puedo afirmar esto: que otros se enorgullezcan de los libros que han escrito; yo, modestamente, me enorgullezco de los que, con ánimo de gambusino, he comprado y leído.
En veinte años[ya treinta en 2011], aislado en la resolana de la comarca lagunera, con apenas cuatro mal surtidas librerías a mi merced, he despreciado otros gastos, no tengo todavía casa liquidada, tengo un coche modesto, pero la inversión en libros nunca ha sido mitigada. Si uno vive en Guadalajara o en el DF, con toda facilidad tiene a su alcance lo viejo y lo nuevo, lo raro y lo conocido. En Torreón, cualquier bibliófilo, cualquier lector apasionado agarra un callo desmesurado para localizar libros de valor en medio de la nada. Eso es, insisto, lo único que puedo presumir: mi olfato de perro para comprar libros, mi curiosa destreza para escarbar en los saldos, para pepenar maravillas de papel. Esa manía pesquisatoria ha provocado que, bajita la mano, mi biblioteca personal cuente a la fecha con cerca de seis mil volúmenes, o tal vez siete mil. No sé realmente para qué demonios quiero tanto libro, pues mi ritmo de lectura y mis preferencias podrían conformarse con una cuarta parte de ese total; para un enfermo de papirofagia, empero, no hay límite de volúmenes, y el que lo dude pude interrogar al maestro Chumacero, dueño él solo de un arsenal que rebasa, según se sabe, los cuarenta mil títulos.*
Por supuesto, la agudeza para husmear en las librerías se afina con el tiempo. Cuando empecé en estos trotes, lo hice sin guía, sin maestro, sin lazarillo que me orientara hacia los buenos autores. Como todos, tenía una visión sacralizada de los clásicos, pero los sentía tan lejanos que preferí dejarlos para más delante. Así comenzaron a llegar, lo recuerdo con precisión, libros de autores jóvenes, casi todos mexicanos. Leí fantasmas, obviamente, escritores que ahora nadie recuerda, pero el azar es dadivoso y me puso enfrente de quienes poco a poco depurarían mis gustos literarios.
La Librería de Cristal ya no es lo que era, por lo menos en Torreón. Hace veinte años, allí fue donde inicié mis primeras compras masivas. No me abandonará nunca el recuerdo de aquel lote de saldos que sobre un mesón exhibía cincuenta o sesenta títulos diferentes de la Serie del Volador, todos baratísimos, tan asequibles que hasta un estudiante sin recursos, como yo, podía adquirirlos. Lo mejor, lo más fresco de la literatura mexicana contemporánea estaba albergado en esos libros; descubrí a Arreola, a Pacheco, a Agustín, a Monterroso, a Ibargüengoitia, a Fuentes, a Elizondo y a tantos otros autores que encontraron en Mortiz, y siguen encontrando, un trampolín hacia el lector. Ése fue, digamos, mi primer deslumbramiento como sabueso de textos literarios.
Luego vino un pasaje de mi vida que no puedo traer a la memoria sin incurrir en el desliz de la emoción. Conocí durante mi etapa de universitario a Saúl Rosales Carrillo, mi maestro, mi amigo hasta la fecha. Gracias a él trabé contacto con la gran literatura de nuestro continente espiritual y con lo mejor de la escuela europea. Por Saúl me endrogué con la obra completa del inmenso Alejo Carpentier, publicada por Siglo XXI. Por Saúl alcancé a ver que la lectura de los cronistas y descubridores era necesaria para entender el arranque de la literatura latinoamericana, y así llegaron a mi vida las Cartas de relación, los Cuatro viajes del Almirante, la Historia verdadera, los Comentarios reales y tantos otros libros que la Sepan cuantos... de Porrúa siempre tenía, como hasta la fecha, a precios cómodos.
Simultáneamente, el Boom llegó a mi vida con todos sus nombres emblemáticos: Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, Borges, Sabato, Onetti, Lezama, García Márquez, al indispensable y eternamente relegible Rulfo, y a esas alturas ya no había necesidad de orientación. Con puro instinto o con los mismos libros como caminos hacia otros libros —las entrevistas a los escritores suelen ser muy útiles en este caso—, la suma de autores se agrandó, y con ella el placer de mi lectura. Con aprecio insuperable rememoro esas jornadas junto a Papini, o Schwob, o Zweig, o Nabocov, quienes junto con Cervantes y Quevedo me regalaron mil y una tardes de insuperable ocio.
No lo mencioné adrede, porque he querido que ocupe un lugar especial y por eso lo dejé en el colofón de este sucinto recorrido por mis libros. Leída muy a saltos, dispareja, anárquicamente, a veces sin ton ni son pero siempre fascinado por su esplendidez, la obra de Alfonso Reyes me alegra la existencia desde hace quince años. A él de debo la mesura, el tacto, lo poco bien peinado que pueda encontrarse en mi desgreñada obra. Reyes significa para mí la cúspide, el equilibrio y la desmesura, el autor mexicano en el que debemos abastecernos para centrar bien la pupila y lubricar el engrane productor de obra. Su apertura, su generosidad, su erudición, su totalidad no tienen coto. Por eso, si me preguntaran ahora a quién tengo ganas de leer, diría que a Reyes, siempre a Reyes.
La literatura, en fin, es infinita. No me considero un buen lector, pero sí un buen relector. Las páginas que me han gustado las visito y las revisito cuantas veces me parece necesario. He leído “La intrusa”, por ejemplo, sesenta ocasiones y nunca deja de agradarme. Lo mismo pasa con otros tantos cuentos, con otros tantos poemas, con otros tantos ensayos. El caso es que los libros han sido acompañantes de mi soledad, el único objeto que reconozco como indispensable, así que ustedes ya imaginarán que en ésta mi primera incursión a la FIL me siento, para visitar un viejo lugar común, como chucho en carnicería, largando babas y con el colmillo deseoso de morder.

Comarca Lagunera, 27, noviembre y 2001

*Don Alí Chumacero acaba de morir; luego cuento una anécdota de cuando lo vi en Torreón. Comento aparte que al terminar una de mis participaciones en la FIL 2001 encontré a Gustavo Sáinz y le pregunté cuántos libros albergaba su biblioteca, en realidad una monstruoteca. La cifra que me dio es escalofriante, inaudita, un alarde de bibliomanía inmanejable: “Sesenta mil títulos, y sigo comprando”. Como añadido de 2011, comento lo que seguramente ya sabemos: que Sáinz ha donado su monstruoteca a Coahuila. Ojalá y sea manejada con respeto, bien catalogada y disponible de alguna manera para su consulta. Otro detalle: en los últimos quince años mi biblioteca ha acusado una tenue orientación temática; son muchos, bastantitos ya, los libros que ella acoge de literatura argentina.

domingo, abril 17, 2011

Tyson contra Tyson



Hacia 1987 aproximadamente, Gilberto Prado Galán, Gerardo García Muñoz y yo rentamos una casa en la colonia Nueva Los Ángeles, de Torreón, para celebrar en ese recinto nuestros aquelarres literarios. El mobiliario era casi miserable: constaba sólo de una mesa, unos sillones y una estufa. Las habitaciones jamás tuvieron un mueble, pero no nos importó, pues sólo usábamos el área de la sala para conversar sobre literatura y, por supuesto, para beber.
Durante esos meses de gloria nos dimos el lujo de organizar también allí, con Saúl Rosales a la cabeza, las sesiones sabatinas del taller literario y no fueron escasos los visitantes que sumaron sus presencias y fueron testigos de los extraños saturnales. Desfilaron en ese nicho cómico-literario-musical, si mi recuerdo no miente, Enrique Lomas, Pablo Arredondo, Salvador García Cuéllar, Flavio Becerra, Miguel Teja Aranzábal y otros cuates, además de algunas chicas que pepenábamos en la calle o en las escuelas donde dábamos clases, esto con el utópico fin de conquistarlas, lo que jamás ocurrió de manera más o menos sistemática. Nos cooperábamos para la cerveza y las frituras, pero además yo llevaba comida que le pedía cocinar a mi mamá, y usaba la solitaria estufa para recalentar tandas de burritos u otras modestas viandas; nadie, por cierto, decía que no a la tragazón cuando ya calaba el hambre debido al fragoroso insumo etílico. Gracias, como ya observé, a que en algunas ocasiones convidamos chicas, hicimos la hombrada (éramos tímidos, por eso la califico así) de bailar cumbias gracias a una mugrosa grabadora de casetes. Gilberto se distinguió por emular con soltura los arabescos pasos de Rigo Tovar y yo por ejecutar una especie de pasito tuntún que hizo historia por su total falta de gracia.
El experimento arrendatario nos duró varios meses, tal vez poco más de un año. Después volvimos a los cafés públicos, a los bares del centro, y la casa de la Nueva Los Ángeles pasó al olvido. Un momento que jamás olvidaré, empero, ocurrió allí y se relaciona con el asombro literario: fue el encuentro con la Historia universal de la infamia, de Borges. Ya he contado en otra ocasión que Gerardo García llevó una tarde ese libro en la edición de bolsillo publicada por Alianza Editorial. La portada no podía ser más inquietante: un rostro deforme, con un ojo saltón y pavoroso, con unos pómulos como de chicle Totito corregido y aumentado, daba idea del contenido turbio que albergaba el misterioso libro. Gerardo nos recomendó leer en voz alta “El atroz redentor Lazarus Morell”, tal vez la mejor pieza del conjunto. Quedé deslumbrado. Reímos al tope con las malicias verbales del argentino, con su peculiar enfoque de la infamia, con su estilo imbatible.
Apenas pude, leí completo el libro y no me quedó duda de que estaba ante una obra maestra. Poco después cayó en mis manos el Ficcionario publicado por el FCE. Allí, en esa antología borgesiana, el charrúa Emir Rodríguez Monegal, autor de la selección y de las notas, apuntó algo que yo ignoraba hasta entonces: la deuda de Borges con Vidas imaginarias, del francés Marcel Schwob. Pasó un tiempo, hallé Vidas imaginarias en una librería de viejo y comprobé que la Historia universal de la infamia era un producto derivado, genial sí, pero derivado del de Schwob.
Ya con esos datos a la mano, un buen día de 1991, ¡hace veinte años!, leí una nota sobre el boxeador Mike Tyson (a quien yo admiraba como púgil) y la agresión que perpetró contra cierta chica en el entorno de un certamen de belleza. Investigué un poco más (no había internet, todo debíamos hallarlo en papel) y articulé a pujidos mi primera “vida imaginaria”. Luego escribí dos o tres más con el propósito de armar un libro, pero como ha sucedido y sucederá con tantos proyectos en mi vida, ya no le seguí.
Publiqué la versión original de “Tyson contra Tyson” en brecha, la revista que fundó Jorge Torres allá por 1990, y la desempolvo ahora, exactamente dos décadas después, con levísimas enmiendas. Obvio que ya no concuerdo con mi prosa de aquellos años, pero eso es otro asunto y es inevitable sentir algo de pena retroactiva. Va pues y gracias de antemano si tienen la gentileza de llegar hasta el final.

Tyson contra Tyson

Jaime Muñoz Vargas

Por el box que hemos compartido,
este trabajito es para Rogelio Muñoz, mi padre


La crápula del box
El tamaño de los escándalos y su entreveración periodística autorizan el funcionamiento de la máquina imaginativa. Si es así, imagino un poco en torno a la verdad que nos acercan las agencias noticiosas. Escribo sobre el negrazo boxeador porque su vida evidencia, si no me equivoco, la ruda y estrepitosa vida de los boxeadores con renombre, más populares precisamente por sus licencias y bestialidades fuera del cuadrilátero que por sus hazañas deportivas. Porque un detalle resulta irrebatible: los pugilistas con mayor arrastre han sido siempre los rebeldes, los irredentos fuera del encordado. Tal parece que el morbo público los persigue y ellos se obstinan en satisfacerlo. La fama de Jack La Motta, para ejemplo, creció por sus amoríos con modelos de pellejo cotizado. El éxito de Muhammad Alí aumentó por sus justificadas bravatas antimilitares y sus boconerías contra el que estuviera enfrente. En México, semillero de púgiles sin gobierno, el ejemplo de ejemplos lo tenemos en la vida relajada y anárquica del Púas Rubén Olivares, símbolo de la grandeza boxística y del valemadrismo civil. En la comarca lagunera, Sigfrido Rodríguez, grande del terruño, golpeaba borrachines en la zona de tolerancia luego de haberse liado con lo más peligroso de su división, como Alexis Argüello, el bombardero de Managua. Hay muchos casos de estrellato polémico, y para comprobarlo con una rápida enumeración basta recordar al Chango Casanova, al Mantequilla Nápoles, al Gato González, al Manos de piedra Durán, al Toro de las pampas Monzón, quien por cierto hoy purga sentencia por haber despachado a su esposa con dos o tres puñetazos criminales. El último caso fue, quizá, el del Maromero Páez, quien apretó de gente las arenas por el circo que montaba antes y después de los pleitos oficiales. Pero en el inicio de este año las páginas deportivas recogieron el sanquintín del tysongate. Por curiosidad, acerquemos la mirada al cuchitril.

Primera atmósfera de Mike
En las canallas avenidas del Bronx, eterna jaqueca de Nueva York, los negros, los blancos y los cuarterones emprobrecidos reputan al sector como una jungla cosmopolita. Desde que pelan los primeros ojos, los mocosos del Bronx cultivan los dogmas elementales de su bestial convivencia: agredir, defenderse, sobrevivir entre la hostilidad que acecha en los pliegues y las esquinas de concreto. En esta tierra sin dios e hirviente de crápulas, los motivos para el zafarrancho pueden ser mínimos (una miradita, un empujón) o máximos (una linda hembra, un resquemor pandilleril, un paquete de coca o marihuana). Los jóvenes aprenden rápido el tenor de sus existencias. Sobre las convulsas calles y en los matreros callejones la muchachada pule el hábito de la violencia y del desquite. Todavía niños, practican su religión: tirar la primera piedra antes de que el otro llegue y les parta su puta madre. Como buenos salvajes, en poco se diferencian de las más iracundas tribus amazónicas. El ocio no se permite y los adolescentes, en el baldío, en el bodegón, descubren la destreza del revólver y el cuchillo, descubren los secretos de su belicoso paso por el mundo. Aquí la maldad no descansa y hay que andar prevenidos. Como en el monte, nadie sabe qué peligros hay detrás del árbol o la roca. En el tráfago diario, muchos son asaltados, muchos son heridos, muchos se van al más allá debiéndola y temiéndola. La sangre es un habitante común en estos rumbos. Inocentes viejecillas ven a diario cómo vuelan sus bolsos en manos de un veloz escuincle. Señoritas castas pierden su doncellez a fuerza de apretujones y endilgado besuqueo. Hordas de caníbales urbanos se despedazan por la defensa de un territorio para las andadas. Jóvenes aún con espinillas amanecen por ahí, tirados y con una descortés puñalada en la espalda o un balazo rencoroso en la nuca. Alguna matanza numerosa ilustrará mejor que nada el calibre de los fervores asesinos que afaman al Bronx. El cinematógrafo, puntual cronista de nuestros tiempos, ha querido reflejar la contumaz inhospitalidad de esa selva (recordemos a Charles Bronson, el “vengador anónimo”, en busca de pelafustanes dentro de las madrigueras neoyorkinas). Por televisión, infinidad de episodios nos han enseñado las vicisitudes de un servicio policial permanentemente atareado en imponer su ley ante los jovenzuelos bárbaros. Las correccionales y los separos siempre tienen un superávit de visitantes sin deseos de escarmentar.
Pues bien, en ese mundo desordenado y perverso anda un negrillo que se distingue en su grupúsculo por muchas peculiaridades: una descomunal fuerza física, una valentía sin trabas y un ingente deseo de triunfos hamponiles. Además —y aunque apenas es adolescente— ya le cuadran las chamacotas y en más de una ocasión le ha tocado el trasero a cualquier caminante desprevenida. Mike, con sólo doce años, estima borrosamente que tiene dos grandes vicios, a saber: los pleitos a mano limpia y las mujeres (a mano limpia también). Aún ignora que su destino será generoso y le reserva infinidad de bofetadas y muchachas, en ese orden. En los guantes y en las faldas, respectivamente, estarán cifrados su ascenso y su caída.

Mike sale del excremento
Hasta los trece años, sólo era un negrillo más, vago y marrullero como tantos en los recovecos de Brooklyn, Harlem, Catskill o el Bronx. Su rastro genealógico es nebuloso, oscuro como su tez. Sabemos escasamente que Michael Gerard Tyson Smith arribó al mundo el 30 de junio del 66. Jim Kirkpatrick, padre olvidadizo o sinvergüenza, dejó su licor seminal en la madre de Mike y se largó a proseguir su labor de semental desobligado. Del señor Kirkpatrick queda sólo eso, un apellido que es mejor no recordar. Como muchas otras abandonadas y pobres, la señora Tyson poco pudo encarrilar las vidas de sus tres vástagos, entre ellas la del pequeño Mike. Así pues, mientras la triste señora pepenaba algunos sufridos dólares en donde fuera, los muchachos encontraron una tutora: la calle. Pronto la familia se desperdigó y Mike, sin saberlo siquiera, era ya un desorientado mocoso en la amplitud del méndigo universo. Estaba solo, absolutamente solo, y sin nada en los bolsillos, ni en la cabeza, ni en el corazón. Pero Mike poco lloraba con su vida telenovelesca. Al contrario, amaba la calle y le servía para desquitar, quizá inconcientemente, las injusticias que le impusieron desde su nacimiento. Apenas era un adolescente y ya su currículo delictivo, como pocos, demostraba su enorme potencial de vándalo citadino. Atracos, riñas e inmoralidades estaban asentados en la inverosímil ficha del muchacho. Aunque era el más joven de su banda, se dice que en los robos él era el encargado de sostener la amenazante pistola. De alguna manera, Mike llegó a negar lo anterior: “Por favor, no piensen que realmente era un criminal. Yo robaba, pero había otros que hacían cosas peores, como matar”. Con su característica sinceridad, Mike aceptó robos y demás, pero no permite que se le achaquen siniestros mayores, es decir, asesinatos, uso de armas letales. El negrito, es obvio, hacía vida callejera. Ahí, en la calle, comía, ahí dormía, ahí desahogaba sus menesteres orgánicos. Las banquetas y las casas abandonadas eran de su propiedad. Por sus tropelías, muchas veces lo enjaularon. Mike era visitante asiduo de reformatorios y separos policiacos. Cuando lo dejaban salir volvía a su rutina de pillajes. Los que lo conocieron en esas correrías llegaron a creerlo incorregible. Mike, por otro de sus ilícitos, fue internado en la Tyron School de Nueva York. Ahí su comportamiento caía en hondas depresiones, pero, de repente, su carácter entraba en profundas etapas de iracundia. Para controlar sus enfados era necesaria la fuerza de varios cuidadores que lo recluían en una celda solitaria hasta que bajaba la adrenalina al furibundo osezno. Paradójicamente, al entrar al internado Mike salió de la mierda callejera. La curiosidad, y su naturaleza agresora, llevaron a Mike a calzarse los guantes de boxeo. Entonces pasaba largas horas acostado en la cama de la correccional para menores. Soñaba con dos aspiraciones fijas: boxeo y mujeres. Pero cómo. Hasta que un buen día apareció su redentor, un manager sesentón llamado Constantino Cus D’Amato, quien remolcó a Mike hacia lugares menos pestilentes.

Box y buenos modales para Mike
Estamos en el gimnasio instalado en la azotea de la estación de policía de Catskill. Cus D’Amato observa cómo hacen rounds de exhibición algunos jóvenes detenidos por fechorías diversas. Sube al cuadrilátero un treceañero musculoso y chaparrón. D’amato hace una pregunta a un espectador contiguo. Le contestan que el muchacho ése responde al nombre Mike, lo han detenido más de cuarenta veces a sus trece años, está internado en la Tryon School y apenas comienza a practicar guantes. Cus, atónito, mira al negrito. Analiza sus movimientos, examina su reciedumbre, cata su agilidad, pondera su valentía. D’Amato, boquiabierto, hace cálculo mentales: aún espinilludo, el bisoño pugilista despacha —no despacha: fulmina— al flan que le pusieron como adversario. Bastaron dos rounds para finiquitar el compromiso. Luego Cus bisbisea un comentario al espectador vecino: “Él será campeón de peso completo. Si lo desea, lo será”. Cuando termina el pleito, Cus se acerca a Mike, le da unas palmadas de felicitación y suelta elogios a su capacidad. El joven es arisco, pero al final acepta su primera oferta, accede a salir del internado bajo la tutela de Cus D’Amato. En una casa con más de diez recámaras, Mike vive en compañía de Cus, quien se convierte en su entrenador, casi en su padre. Mike ahora está lejos de las inclementes barriadas donde pasó los años iniciáticos de la malditez. Olvida el frío y el hambre. Pasa el tiempo de la indefensión y agarra confianza. Ahora tiene un padre, un consejero, un amigo que le desbroza el camino antaño espinoso y hoy más transitable. Los robos y las pendencias empiezan a parecer asunto demasiado pretérito. D’Amato destuerce, poco a poco, el burdo trayecto vital de Mike, quien por primera vez recibe afecto y, por tanto, cumple las órdenes que le dirige su maestro don Cus. Mientras tanto D’Amato confirma el tino de su adquisición. El jovenzuelo ostenta presencia física, experiencia pendenciera, deseo de billetes y fotografías, y lo más valioso de todo: tiene los testículos muy bien colgados para el oficio de los puñetazos. El viejo manager consumó su proeza con Mike. Lo sacó de la caca delictiva y lo metió en el gimnasio. Ahí, con paciencia de relojero, Cus le inculcó los rudimentos del pugilismo y, lo más importante, impartió modales de urbanidad al ríspido prospecto. En el sudoroso gimnasio, el negrito percherón azotaba costales y peras locas, hacía boxeo de sombra, gemía con lagartijas y abdominales sin tregua. En las peleas de ensayo lucía sus sobrehumanas facultades para destrozar. “¡El jab, Mike, suelta el jab, suéltalo!” “¡Súbe la guardia, Mike, súbela, carajo!” “¡Muévete, muévete, cintura, cintura, cierra esa salida, bien, bien, Mike!” Hecho ya un mocetón de 18 años, el negrito poco quería saber de la técnica, el estilismo boxístico no lo desvelaba mucho. Él se sentía fajador y sólo quería pegar, acribillar, destruir con los nudillos a las peritas en dulce que le pusieran como oponentes. Lo más insólito de todo es que lo lograba. Sin ser un dechado de técnica en el tomaidaca propio del pugilismo, el negrito espantaba a sus rivales, los sparrings, en el cálido gimnasio. Pocos aceptaban medirse, aun en los entrenamientos, con ese artillero bárbaro que salió de quién sabe cuál escondrijo del suburbio neoyorquino. En resumen, Cus D’Amato había encontrado una joya para el deporte de las narices aplastadas; su nombre era Mike, un joven negro con alma de cavernícola, cabeza cúbica, ojos de matón, encías chimuelas, cuello de buey, pecho de Partenón, espalda de refrigerador, cintura de bailarín, piernas de rinoceronte, puños de trinitrotolueno y hartas ganas de hacer hartos billetes en la harto jugosa industria del boxeo. Los primeros pleitos oficiales comenzaron a llegar y Mike, sobre el encordado, no defraudaría ni a sus rivales, quienes al verlo cerca se arrugaban de terror.

Tyson enseña la macana
En la mansión de Catskill, Camilla Ewald, cuñada de Cus D’Amato, atiende al manager y al boxeador precoz. Los dos andan embobados por el pugilismo. En todo tiempo, Cus explica, aclara, describe los elementos finos del primitivo oficio, y Tyson escucha como si fuera un hijo-alumno. Conocida la índole feroz del muchacho, Cus sabe que de poco sirven los consejos que le da sobre elegancia y técnica. El descomunal martillo que dios le dio resuelve muchos problemas de adiestramiento. Tyson, siempre con ropa deportiva, de todas maneras procura perfeccionar sus movimientos sobre la lona. Hoy mejora su guardia, mañana su bendig, pasado su ritmo y perneo. Poco a poco el ex pillo localiza su verdadero futuro: el fajín de la máxima división universal. Cada rato, Cus le recuerda a su pupilo: “Serás el campeón de peso completo más joven de la historia”. Entonces el chamaco, a solas, le da rienda a la ilusión. ¿Qué significa ser monarca de peso pesado? Híjole, fama, coches, joyas, viajes, entrevistas; ¿y mujeres?, las que quiera; mujeres, las que se antojen. Cerraba el paréntesis de las esperanzas y seguía tupiéndole al entrenamiento bajo la asesoría del viejo D’Amato, sabio en esto de preparar combatientes para las grandes aventuras sobre el ring. Sólo en 21 meses Tyson despachó 27 peleas en el ámbito amateur; todas las ganó con insólita facilidad. Eso le dio un fabuloso margen para que trepara, sin más ni más, al profesionalismo. El 6 de marzo del 85 se inauguró en el boxeo pagado. Nadie le hizo caso al bisoño peleador. Los diarios de Albano, Nueva York, apenas mencionaron, en un rinconcito de papel, que Tyson derrotó por KO en el primer episodio a un tal Héctor Mercedes, combate preliminar de una función sin mucho condimento. Pero así comenzó su ruta formal hacia el trono. Las primeras actuaciones de profesional rápidamente lo instalaron como serio aspirante al cinturón pesado. En sus 16 peleas de arranque nadie le aguantó más de cuatro episodios. Tyson salía a masacrar al adversario y, con sólo dos años de labor convencedora, recibió el chance de disputar la corona de mayor quilataje a Trevor Berbick en Las Vegas. Cabe traer un detalle de valor: en el 85, a los 77 de su edad, murió Cus D’Amato; esto, lejos de amilanar a su educando, le imprimió mayores arrestos. A la memoria de Cus —el casi padre— Tyson dedicaría su carrera destructiva en el pugilismo venal. El 22 de noviembre del 86, a los veinte años, cuatro meses y 22 días de nacido, Tyson obtuvo el cinturón al aplastar, en el segundo asalto, a un Trevor Berbick que anduvo, por los macanazos, como zombi antes de que le salvaran la vida parando la pelea. El negrito de Catskill, así, se convirtió en el más joven campeón de peso máximo en la historia de la barreta. Fue entonces cuando la televisión y los periódicos le concedieron un lugar honorífico. La fama, los billetes, las ofertas y todo lo demás comenzaron a empalmarse en el impetuoso estrellato del ex vándalo. La vida, después de lo anterior, no resultaba tan mezquina como pintó al principio. Los anhelos de Tyson comenzaron a cristalizar con la supremacía universal en su división y alguna buena hembra serviría para celebrar el buen momento.

Todo para Tyson
El relumbrón de la gloria boxística le sirve a Tyson para ganarse el afecto de la gente. Sin inmiscuirse en política promueve a los negros, sus amados negros, tan discriminados todavía por tanto hijodeputa sin color. El campeón forma tumultos en plazas públicas, visita colegios como la madre Teresa y graba comerciales antidrogas. El ex pandillero incrementa su fama ya de por sí espléndida. Es un muchacho ejemplar y bla bla bla. Los reporteros y los cazautógrafos lo asedian. Por supuesto, Tyson no es precisamente un intelectual. Con su rústica expresión oral concede entrevistas y arranca sonrisas con sus ligeros desplantes de soberbia. Muestra que también sabe ser polémico, controversial, pomadoso y picante. Por estos meses, es el bienquerido, el bienamado de los cuadriláteros yanquis. En sus ratos libres —muy escasos— aumenta su cultura boxística. Asiste religiosamente a la filmoteca de Jim Jacobs y coteja, con entusiasmo de chiquillo, parte de los 26 mil filmes sobre peleas. Admira sobremanera los documentos en celuloide de Jack Dempsey, Henry Armstrong, Muhammad Alí y Roberto Durán, el Manos de piedra panameño. También le agradan, para entrenarse, los churros de karate, las películas de terror y las caricaturas que su infancia no conoció. Su odio de cinéfilo se lo reserva al Rocky hollywoodense de Stallone, boxeador de mentiritas. En ese trajín público-privado se dan sus defensas del cetro mundial. Y todo le daba fama al negrito: desde sus declaraciones chuscas hasta su turbio pasado, desde su animal fortaleza hasta su peculiar vestimenta sobre el ring: siempre de negro y sin calcetines. Luego de agenciarse el campeonato contra Berbick, Tyson conservó el fajín al derrotar al Quebratahuesos Smith, a Pinklon Thomas, a Tony Tucker, a Tyrrell Biggs. En el 88 cobró venganza por un ídolo de su niñez —Mohammad Alí— al aplastar al costal Larry Holmes, quien había despedazado “al más grande” algunos años ha. Después cayeron Tubbs (en Tokio), Spinks, Bruno y Williams. Vaya encumbramiento que alcanzó Tyson al final de los ochentas: 24 años y ya ganaba todo lo que quería con su imagen y sus puñetazos. El presente y el porvenir tenían lindos colores para el ex rufián del suburbio neoyorkino y nada, óigase bien, nada podría decolorar su jubilosa carrera como gladiador de los encordados. Por su ejemplo, el orbe lo respetaba y pocos le regateaban algún comentario de admiración o derroche de aplausos a su magnífica bestialidad bien encauzada, paradigma de la superación personal que tanto celebra el siempre insatisfecho consumismo gringo.

Zancadilla a Mike
Los noventa comenzaron con un mal augurio. El 11 de febrero, Tyson defendería su corona, en Tokio, contra un ilustre desconocido: James Buster Douglas. Los momios indicaban, con una lógica apegada a las fojas de los dos peleadores, que el monarca retendría el cinturón sin mayores complicaciones. El público japonés, uno de los pocos que pueden pagar las enormes bolsas que exige Tyson, se muestra ansioso de ver por segunda ocasión al monstruo de color. Platica con las geishas, enfrenta simuladamente a los luchadores de sumo, convive con los niños. No cabe duda alguna: es una celebridad, uno de los deportistas más famosos del momento. Y lo merece, caray. Horas antes del pleito, Buster Douglas recibe un telefonazo desde Estados Unidos: “Murió mamá”, le dicen. El retador, pues, trepa al cuadrilátero cargando la losa de aquella enorme pérdida. Eso lo sublima, lo enardece, lo acicatea para que consiga el triunfo frente a la piedra que es Tyson. La riña es pareja, aunque Tyson logra conectar algunos golpes que le dan ventaja en las puntuaciones. A la mitad del compromiso, un buen mandarriazo del campeón sacude al oponente; la campana salva a Buster. Tyson sigue metiendo las manos con cierta facilidad. Douglas, inspirado, enardecido hasta la heroicidad, resiste como los hombres el ladrillo de Tyson; éste se desespera, se desconcierta, pues ya surtió su mejor repertorio y nada, el retador sigue de pie, y lo peor, ahora parece que va para adelante sin importarle lo que den. El encuentro está sabroso y Octavio Meyrán, réferi mexicano, cumple como es necesario. Miles de espectadores en el planeta miran el zafarrancho y se mordisquean las uñas. En el último tercio de la batalla, Tyson, poco acostumbrado a las distancias largas, anda un tanto desmejorado. Por el contrario, Buster Douglas se encrespa y agiganta su condición. El retador, entonces, ve disminuido al monarca y aprovecha para meterle una ráfaga de guantes. Podemos imaginar lo que sigue en cámara lenta. Tyson baja demasiado la guardia; el cansancio demora su accionar. Buster se ve mandón, entero. Aplica un lancetazo criminal de derecha, luego un zurdazo asesino y Tyson acusa el efecto de aquellas puñaladas: visita, por vez primera en su trayecto deportivo, la desconocida lona. Meyrán le da la cuenta de protección. Tyson, mirada vidriosa, se levanta para que le vuelvan a surtir una fábrica de puños en el rostro. El réferi paró la refriega. Douglas miró al cielo para saludar a su madre recién ida y Tyson, aún alelado por la felpa, baja la cabeza en rictus depresivo. No conocía las zancadillas en este negocio; pues bien, mucho gusto. Cayó el invictísimo y su palmarés quedó con 37 victorias y una vergonzosa debacle. Así son las cosas, ya veremos cómo salir de este agujero.

Nueva campaña de Tyson
El trago acérrimo pasó en poco rato. El ex bandolero de Bronx subió de nuevo al cuadrilátero y en un año (de junio del 90 a junio del 91), salió airoso de cuatro compromisos. Tillman, Stewart y dos veces Ruddock fueron sus contrincantes. Tyson hacía campaña para enfrentarse al campeón del momento, otra maravilla, un negrote con finta diabólica llamado Evander Holyfield. La pelea entre estos dos gorilas se posponía y se posponía. La gente de Holyfield armaba cien excusas para soslayar el pleito de los gigantes, y Tyson, mientras tanto, esperaba y esperaba, haciendo pasadero el aburrimiento con el gasto de su fortuna y el entrenamiento a medio gas, hasta que este cabrón de Holyfield le diera la oportunidad de disputar la corona, para que se viera quién era quién.

Tyson pepena beldades
El principal vicio de Tyson, quizá su único vicio, ya lo dijimos, siempre fueron las chamacas. Una hembra con sus cositas bien puestas era capaz de derretir al ex rufián. Con sus millones probó de todo. Hoy salía con una trompudita y caderona, mañana con una flaca de buen ver. Prefirió siempre a las delgaditas de piel acanelada. Lo enloquecían las morenas aeróbicas, esas chuladas que con solo caminar le alborotaban las hormonas. Tenía muchísimo dinero y no cometió el error de enamorarse. Para qué, si había miles de beldades listas para caer victimadas por su voracidad de Casanova. Su ocio estaba regido, ahora, por una sola obsesión: mujeres, mujeres, más mujeres. Pero con todo y su platal, Tyson batallaba para encontrar la satisfacción de su apetito. Muchas preciosuras le guardaban algo de miedo. El millonetas era tosco, medio brutal y cínico. Pero ni modo, un buen regalo de Mike compensaba la rispidez con la que se conducía. Muchas pasaban por sus armas y quedaban contentas con el regalo que Tyson les alcanzaba. Se reconocía, él mismo, como un mujeriego empedernido, y le daba gusto serlo, y tener los billetes para serlo, por algo se partía la jeta sobre el ring, ¿o no? La fama seguía en excelente nivel y el negro musculoso viajaba en una de sus limosinas con los vidrios ahumados. En un hotel de Indianápolis estaba en la etapa de traje de baño el certamen Miss América Negra, que reunía a los mejores cuerazos de la raza en los Estados Unidos. Tyson se enteró y fue a merodear la pasarela de los forros. Por dentro, al ver aquel espectáculo, su apetito aumentó. Mira nomás aquélla; y que me dicen de ésta; y ésa otra qué bárbara. Conversó con algunas, hizo propuestas, mandó regalos. La que más le gustó fue una escultura llamada Desiree Washington, chula como ella sola, mamacita. Tyson trató de seducirla con sus encantos en metálico. La piropeó con fervor, le regaló alguna enceguecedora sortija. Luego Desiree, ingenua y pretenciosa, tonta o arribista, no sabemos, aceptó salir con Mike, tan gentil muchacho. Ambos se pasearon en la refulgente limosina. Cenaron lo mejor que se puede cenar. Charlaron entre risas y choque de champañas. Entonces Mike la invitó a la suite del hotel. Desiree, un poquitín atolondrada por el lujo, aceptó. Ya en la habitación los hechos se tornaron borrosos. Sabemos vagamente que Tyson quiso lo que todos quieres a esa hora. Desiree, dicen, se negó. Dicen también que Tyson, en el grado máximo de la calentura, forzó los acontecimientos y ultrajó las decencias de la señorita Washington. El boxeador cumplió su capricho y se largó, sobreentendiendo que la señorita ésa (¿cómo se llama?) había quedado contenta con el obsequio del famoso personaje. Pasaron unos meses y Tyson buscó nuevos amores, pasajeros y fortuitos, como era su estilo, el estilo de un campeón que no se anda con pendejadas sentimentales y esas musarañas.

Te hablan, Tyson
Patricia Gifford, jueza del Tribunal Superior del Condado de Marion en Indianápolis, mandó llamar al señor Tyson. La señorita Washington, bien asesorada, lo acusa de violador. De pronto, el destino del ex pendenciero se vuelve a oscurecer. Los acusadores sostienen que Tyson atacó sexualmente, el 19 de julio del 91, a Desiree W., jovencita de 18 años, hoy lastimada para siempre en su moral y etcétera etcétera. Tyson, con su conocida sinceridad, aceptó que era un mujeriego, y señaló que Descree sabía con quién andaba. “No la violé en ningún sentido de la palabra. Nunca me dijo que parara o que le estaba haciendo daño”, aclaró el boxeador ante la corte. Sin embargo, las evidencias presentadas por la parte acusadora parecieron más convincentes al jurado mixto de ocho hombres y ocho mujeres. Descree narró los pormenores que se dieron aquella noche en el cuarto 606 del hotel Canterbury. Mientras tanto, la opinión pública estaba cimbrada sobre el relato de los hechos. Se habló de fuerza bruta contra la pobre universitaria, de estupro, de sexo oral y groserías verbales. La defensa sostenía un solo argumento: la joven sabía con quién estaba y aceptó tener relaciones con el señor Tyson. Ella negó. Los acusadores embistieron y dejaron mal ubicado al titubeante Tyson. Esta pelea la estaba perdiendo. Después de unas semanas, el estira y afloja se resolvió el 26 de marzo, día de la decisión, día de la sentencia.

Seis a la sombra para Mike
Seis años a la sombra fue la condena para el rijoso. Tyson fue hallado culpable de violación y perversión criminales. Hubo pedidos de libertad bajo fianza, apelaciones, pero parece, en estas fechas, que Tyson tendrá que aburrirse entre las rejas de alguna cárcel, quiera o no. Todavía declaró: “Espero lo peor. No sé si podré afrontarlo”. Con sinceridad, y algo de cinismo, indicó: “Temo. Pero no soy culpable de este crimen. No le hice daño a nadie, no hubo ojos amoratados, no hubo costillas fracturadas”. Al final pudo decir: “Me gustaría disculparme con ella, pero no está aquí. Sé que mi comportamiento fue algo vulgar”. El 27 de marzo Tyson pasó su primera noche de cárcel en el reclusorio de Plainfield. Fue confinado solo en una celda debido a sus explosiones de cólera y “súbitos cambios de ánimo”. En 45 días le asignarán una cárcel permanente. Si tiene buena conducta podrían condonarle tres de los seis años que le enjaretaron. Pero no sabemos cómo se vaya a comportar. Nunca sabremos cómo reaccionará Mike. Por lo pronto tiene 25 años y no ha dejado de pensar en el boxeo (ni en las mujeres). En la sombra tendrá tiempo para ansiar como lo hacía en los reformatorios. Boxeo y mujeres, mujeres y boxeo, ¿qué más puede caber en la cabeza de Mike Tyson?

domingo, abril 10, 2011

El odio, una papa caliente



Traigo un artículo que escribí esta semana. Es una respuesta a otro, el publicado por el historiador Enrique Krauze el domingo 3 de abril de 2011 en El Siglo de Torreón, diario de la comarca lagunera. Como recién vivimos la experiencia de las marchas contra la violencia, pensé que era adecuado discutir en qué espacios del espectro político ha estado y está el motor del odio y en qué otros hay verdadera vocación institucional al margen de que los reclamos sean emitidos en la vía pública. Pueden compartirlo con sus enlaces si les parece que aclara algo. Si no, de todos modos agradezco su lectura o la lectura de este acápite.

El odio, una papa caliente


Jaime Muñoz Vargas

La fama pública de Enrique Krauze es en México una de las más resonantes. Pocos lectores de periódicos, revistas y libros ignoran quién es y qué escribe. Presentarlo, pues, resulta ocioso, pero para no dejar aclaro que se trata, al menos para mí, de uno de los intelectuales con mayor influencia en la vida política y cultural del país. Aunque íntimamente he disentido de él en muchos temas, no dejo de aceptar que es un hombre brillante, dueño de una prosa siempre salpicada de felices giros y llena de datos interesantes sobre el pasado y el presente de nuestro país. En su papel de historiador, lo ubico como divulgador tenaz y lúcido del conocimiento sobre los procesos y los hombres que nos han dado, con errores y aciertos, patria. Tengo y he leído buena parte de su obra (las Biografías del poder, Mexicanos eminentes, Textos heréticos…) e, insisto, aunque no esté de acuerdo con él en algún punto, he sabido disfrutar de su soltura, de su irrenunciable disposición a un diálogo documentado con sus incalculables lectores, de su notable vocación por la biografía que en sus libros siempre es atractiva. Como empresario cultural, aparte, veo en Krauze al hombre más exitoso de México entre todos los que se dedican a producir objetos cuyo rostro es más espiritual que material. Los videos, las revistas, los libros y todo lo que él toca se convierte casi obligadamente en hit de ventas, lo que de paso se ha apoyado, con honradez, sin disimulo, en una relación estrechísima con Televisa.
Es precisamente por todos esos méritos que ahora me extraña la ligereza de su tratamiento al tema del odio que hoy, según él, intercambiamos equitativamente los mexicanos. Dirán que es ponerme a las patadas con Sansón y con Goliat encarnados en un mismo sujeto, pero desde mi condición, así sea pequeña, de escritor y periodista provinciano creo tener a la vista un par de objeciones que quizá pinte mejor el panorama de la coyuntura nacional en relación al odio, tema tratado por el ex subdirector de la revista Vuelta como parte de la narrativa exculpatoria que hoy necesita el régimen.
Respondo pues a las afirmaciones que Krauze ha montado en “Desterrar el odio”, artículo que le leí en la sección editorial de El Siglo de Torreón el domingo 3 de abril de 2011. Como siempre, el estilo de Krauze luce con solidez y deja la impresión de que no quedan hilos desprendidos. Creo, sin embargo, que el historiador reparte allí culpas inequitativamente. Eso sería intrascendente si no fuera porque en medio del debate hay muertos, muchos muertos de carne y hueso, muchísimos, más de los que jamás imaginamos pudiera producir una coyuntura caracterizada por la saña.
No quiero caer en imputaciones rudas o irónicas que, per se, le den la razón a Krauze en el sentido de que tirios y troyanos son/somos motores del odio. Simplemente creo que algunas de sus afirmaciones son imprecisas y no se ajustan por ello a la realidad documentada de los hechos. Recorro entonces algunas zonas de su artículo.
Comienza su exposición con una dedicatoria: “A Javier Sicilia, que sólo conoce el amor”, lo que en sí mismo es una forma de colocarse en la coyuntura. Luego, comienza: “Amparada en el anonimato, la intolerancia política está muy presente en los correos electrónicos, los blogs y las redes sociales, tan prodigiosas por lo demás. Está en la política editorial de algunas publicaciones, en no pocos articulistas y en los comentarios a las noticias en línea. Ha estado siempre en el discurso de un sector de la derecha clerical y caracteriza también a una corriente radical de la izquierda. Está en los conciliábulos del Yunque y los marchistas de siempre. En tiempos recientes, la intolerancia ha descendido un escalón: se ha convertido en odio”.
Krauze va al grano en esta introducción: hay dos grandes sectores del espectro político que usan los instrumentos de la tecnología moderna (internet en general) y los medios de comunicación más convencionales para dar salida a sus filias y principalmente a sus fobias. Por un lado, parece decir que los usuarios de las modalidades internéticas lo hacen siempre amparados en el anonimato, pero no deja del todo claro si también ha percibido algún radicalismo encubierto en los medios tradicionales; se refiere, sí, a la “política editorial de algunas publicaciones”, a “no pocos articulistas” y a “los comentarios a las noticias en línea”. Este cajón de sastre en el que no es distinguible quién opera desde la clandestinidad y quién no, es ya un primer síntoma de poca claridad. Si bien es cierto internet y sus herramientas han prohijado una caterva imparable de encapuchados de múltiples pelajes, es también verdad que no todos operan así, embozados, y principalmente que los medios más leídos suelen solicitar colaboraciones firmadas sobre todo en los textos opinativos. En cuanto a los comentarios a las noticias en línea, es indiscutible que se trata de los espacios más arbitrarios y menos controlados de la opinionitis anónima.
Por otra parte, el autor de Siglo de caudillos nos dice que la pugna antigua y presente se da entre dos extremismos: “un sector de la derecha clerical” y “una corriente radical de la izquierda”, o que “Está en los conciliábulos del Yunque y los marchistas de siempre”. Ya desde allí, al colocar en las orillas a los contendientes, no hay salvación posible para ninguno: son tan malos los pintos como los colorados. La “derecha clerical” es tan nociva como la “corriente radical de la izquierda”, o son tan oscuros los “conciliábulos del Yunque” como “los marchistas de siempre”. Sé que el de Krauze no es un tratado, sino un artículo que lo obliga a pasar velozmente por las escalas de su asunto; por el apuro o no sé qué, en ollas idénticas mete ingredientes de muy distinto comportamiento: en efecto siguen existiendo la “derecha clerical” y la “corriente radical de izquierda”, pero la primera es minoritaria y opulenta y la segunda es también minoritaria, además de pobre y aislada. Por lo que sé, lo que podemos definir como “corriente radical de izquierda” son los grupos guerrilleros articulados, grosso modo, a la manera de los sesenta-setenta, sin gravitación real en la opinión pública. Hay otra corriente de izquierda —llamémosla así, o corriente progresista o rojilla o rábana o como sea— tan poco “radical” al modo antiguo que ha aceptado participar, desde hace muchos años, en el juego electoral apostrofado antes como “burgués”. Esa izquierda (“lo que queda de la izquierda”, dirán quienes anhelan que de ella no quede nada para luego extrañarla embusteramente con el argumento de “los equilibrios”) ha sido enfática, explícita, taxativa en su negación al radicalismo que antes, por cierto, era la mejor coartada que tenía el poder para reprimir y acabar de un plumazo con “los subversivos”. El discurso de esa izquierda no ha expresado una ni dos, sino cientos de veces que no promueve la violencia, que aspira a lograr un cambio pacífico. Basta ir a cualquier concentración de esa “corriente radical de la izquierda” para comprobar que a la clasificación le sobra una palabra puesta allí con malicia, sólo para desacreditarla y colocarla sin merma junto al otro extremismo: la “derecha clerical”, que, como dije, es minoritaria pero tiene la ventaja de un significativo poder material, un peso y una conducta que no ha perdido en siglos o al menos en décadas, pues no por nada es conservadora.
El ensayista observa como de pasada que la animadversión “Está en los conciliábulos del Yunque y los marchistas de siempre”. Parece cierto, pero en la misma afirmación es visible que esos grupos no operan ni remotamente igual y que cualquier espíritu abierto puede optar, preferir, simpatizar o estar al menos medianamente de acuerdo con los “marchistas” más que con los adictos al conciliábulo (“Junta o reunión para tratar de algo que se quiere mantener oculto”), por la sencilla razón de que los unos se oponen en el aire libre, de cara a las cámaras fotográficas y de video, y los otros en la sombra, razón por la que Manuel Buendía los denominó “secreteros”, adictos al cuchicheo. Por ello, no sé si hemos notado que hoy ningún político identificado con o militante de esos grupos sale a defender con pancartas su filiación; al contrario: todo es que les pregunten si militan allí para que lo nieguen con inmediato énfasis. Los “marchistas de siempre” no tienen el problema de ser vistos e identificados, y por algo será, quizá porque se mueven, pese a los ex abruptos coyunturales llamados “marchas” o “plantones”, en la llamada “vía institucional”.
En el apresuramiento característico del artículo como género periodístico, el historiador debe pasar deprisa por ciertas palabras. “En tiempos recientes, la intolerancia ha descendido un escalón: se ha convertido en odio”. Cree hallar diferencias sustanciales entre “intolerancia” y “odio” como si en realidad el segundo fuera una pasión peor que la primera, como si en uno no estuviera presente la otra y como si en la otra no latiera el uno. ¿Se puede hablar en efecto de que luego de la intolerancia sigue hacia abajo el odio? ¿No se puede odiar y al mismo tiempo ser intolerante o ser intolerante y al mismo tiempo odiar? ¿El Ku Klux Klan puede ser intolerante con los afroamericanos y al mismo tiempo no odiarlos? No hago estas preguntas por necedad, sino para destacar que Krauze, en su afán aplanador de las diferencias y los matices, hace retórica más que análisis e intenta partir un pelo en dos. Desde el primer párrafo, como podemos ver, hay deseos que asoman aunque parecen bien camuflados por la comprensión ecuánime del problema que escudriña: el “odio nacional” y sus actores protagónicos.
Los que siguen son párrafos donde Krauze exhibe su conocimiento del pasado mexicano, es verdad, pero mientras coloca algunos casos para él representativos sobre el odio nacional y sus afines se queda atorado en la obsesión por mostrar que en aquel pasado percibe “resentimiento criollo”, “recelo, rechazo, coraje, molestia, hartazgo, todo lo que se quiera pero no particularmente de odio”; es decir, sigue partiendo un pelo en dos, paja para convencernos de que el odio siempre ha existido y dos han sido los extremismos que lo han propiciado. Señala, por ejemplo: “No creo que el reinado del PRI se haya caracterizado por el odio. Fue siempre autoritario, pero no encuentro odio en él ni en sus opositores de izquierda, cuyos agravios eran, al fin y al cabo, terrenales y seculares. Entre la derecha cristera y sinarquista y el régimen revolucionario sí se reeditó, por momentos, el odio teológico del siglo XIX”.
El paseo de Krauze por los protagonistas y los episodios donde advierte odio (o “resentimiento” o “intolerancia”, sus aparentes variantes descafeínadas) es en verdad eso: un periplo casi distractivo. Luego de establecer (en el mismísimo primer párrafo) la certeza de que el odio actual tiene raíces antiguas y lo comparten por igual los zurdos y los derechos, los derechos y los zurdos, lo demás en citar algunos casos para así llegar sin despeinarse hasta la conclusión: nada tiene de raro que en la actualidad se repita el odio entre “la derecha clerical” y “la corriente radical de la izquierda”. De paso le pregunto, ya bien metido en este punto, ¿en qué lugar de la discordia colocamos al PRI? ¿No tiene que ver nada el tricolor en el estado actual del odio federalizado? ¿No será que al excluirlo del espinoso problema ya lo está poniendo como opción moderada y viable para el futuro electoral que se nos viene encima?
Ahora bien, si hasta el momento Krauze sólo parece poco preciso y retórico, en su conclusión se nota que no caminó de gratis por aquellos rumbos: al plantear que dos son las fuerzas propulsoras de la ojeriza fraticida, al colocarlas en un mismo plano de responsabilidad, termina por hacerlas equivalentemente antipáticas. Krauze necesitaba esa introducción maniquea para afirmar luego, ya cómodamente, esto: “Las cosas han cambiado mucho desde el año 2006. Hemos reincidido en los dos componentes históricos del odio: las querellas político-ideológicas (descendientes directas de las teológicas) y los ríos de sangre que han corrido y siguen corriendo por cuenta del crimen organizado. En el primer caso, el odio proviene directamente de la impugnación (injustificada, en mi opinión) que se hizo al resultado de aquellas elecciones. En el segundo, el odio proviene del rechazo a la actual política de seguridad. Ambos odios se dirigen contra el Gobierno pero también contra el vasto espectro que no comulga estrictamente con esas dos posiciones”. Como el primero del artículo, éste es un párrafo revelador. Tanto lo es que podríamos omitir, sin mermar el sentido general del texto, los cuatro párrafos que hay entre ambos; el razonamiento es éste: a) dos son los bandos antagónicos en pugna histórica (con o sin odio recalcitrante); y b) ambos atizan hoy el encono por igual aunque no tienen el mismo grado de responsabilidad, pues uno lo detonó tras la jornada electoral.
Krauze desea persuadirnos de su planteo inicial, pero es injusto y falsea: “En el primer caso, el odio proviene directamente de la impugnación (injustificada, en mi opinión) que se hizo al resultado de aquellas elecciones”. Si en efecto hay odio, que lo hay, no “proviene directamente”, como primer resorte, de “la corriente radical de la izquierda” o de “los marchistas de siempre”, sino de la campaña perfectamente orquestada para obstruir, por las buenas y las malas, los intentos de la susodicha “corriente radical de la izquierda” para hacerse de la presidencia de la república. Esa obstaculización facciosa fue, en los hechos, la que puso a México en un cuadrilátero, y ocurrió varios meses antes de las elecciones de 2006 y de la “impugnación” de su resultado, haya sido “injustificada” o no.
Un dato sirve para demostrar que la mala leche provino en principio del otro flanco (“la derecha clerical”, acaso): son los “espots” atrabiliarios patrocinados por el empresariado mexicano, aquellos anuncios sobre el peligro que significaba para México un posible triunfo del “mesías tropical” y sus “marchistas de siempre”. Krauze no toma en cuenta las descaradas revelaciones que ha ido haciendo Fox sobre su mano negra en el proceso electoral; no toma en cuenta las filtraciones recientes de WikiLeaks; no toma en cuenta —claro que no— el burdo sesgo de Televisa al informar y editorializar sobre los contendientes; no toma en cuenta la forma en la que el PRI —que ahora, anacrónicamente, llama “espurio” a Calderón— negoció la “línea de golpeo” llena de tackles que permitió la protesta del actual Ejecutivo en San Lázaro. Por supuesto no victimizo a la izquierda, pues fuera o no “corriente radical”, al ver las muestras de mala entraña también respondió con estridencia para no dejarse copar por la campaña sucia. Y enfatizo que fue una respuesta, una reacción lógica ante el descaro con el que era perpetrada una elección de estado, no el hecho que detonó el odio, como sostiene Krauze.
El razonamiento prosigue con un párrafo condigno a la lógica engarzada hasta aquí por el historiador: “El odio es una pasión que daña y degrada sobre todo a quien lo siente. El odio es ciego, insondable, irracional, insaciable. Algo que compromete al alma entera. El odio es una forma extrema de la dependencia: vive fijo en su objeto. Por eso no crea, incendia. Y por eso importa desterrarlo de nuestra atmósfera moral. ¿Cómo?” Luego de haber afirmado, un párrafo antes, que “el odio proviene directamente de la impugnación”, no queda más remedio que ir aterrizando: “la corriente radical de izquierda”, “los marchistas de siempre”, los impulsores del odio que “proviene directamente de la impugnación” a las elecciones, son las víctimas principales de “una pasión que daña y degrada sobre todo a quien lo siente”. Ese movimiento de izquierda, que tiró la primera piedra para desatar el odio actual, “no crea, incendia. Y por eso importa desterrarlo de nuestra atmósfera moral”. Eso en cuanto al odio entre banderías políticas.
Luego habla sobre el odio nacido de la violencia mafiosa: “Desterrar el odio generado por la violencia criminal es aún más difícil. Quienes impugnan la política de seguridad en su esencia (no sólo, como es mi caso, en su oportunidad y estrategia) han transferido hacia el Gobierno el repudio que debería dirigirse hacia los narcotraficantes (que son los verdaderos verdugos de esta historia). Ante la frustración, la impotencia, la tristeza que todos sentimos frente al poder del crimen sin rostro, muchos han buscado un responsable con rostro, un rostro a quién odiar, y lo encuentran en el Gobierno. Es comprensible, por cuanto el Gobierno debería ser el garante de la seguridad. Pero no es admisible diluir, relativizar u obviar la culpa originaria, la de los criminales”. Parece una buena recomendación, pero quizá es menester añadir aquí la sospecha, al menos la sospecha, de que la famosa “guerra” tuvo menos móviles justicieros que políticamente legitimatorios. No es pertinente achicar la importancia de esa duda, dado que la abriga una buena parte de la población y por ello es lógico que el reclamo vaya dirigido a quien impuso y opera la lucha, no a la delincuencia. Siento además que a la delincuencia no se le odia, sino se le teme. La propuesta entonces es atendible, al menos atendible, si tomamos en consideración los cables filtrados recientemente por WikiLeaks sobre la debilidad del gobierno calderonista y sobre la poca claridad y la coyuntura en la que se tomó la decisión. Simplemente, ¿por qué un gobierno que ganó —concedamos— la presidencia de la República con un margen de votos tan estrecho y cuestionado decidió emprender una lucha así de ardua y compleja, necesitadísima de una simpatía social no sólo amplia, sino bien apuntalada? Hay motivos suficientes, por lo menos, para dudar, aunque sea para dudar, sobre la pertinencia de la guerra que al parecer lleva ahora más de 35 mil caídos en cuatro años y pico, un número ya mayor que los producidos por la dictadura argentina del 76 al 83.
Krauze dice bien al final que “el odio es estéril”. Lo es, ciertamente; lo es tanto como la imputación de odio ciego a esa “corriente radical de la izquierda” que, si pensamos en su historia reciente, se la ha pasado haciendo concesiones: perder el color rojo, abandonar las palabras “comunista” y “socialista” de su membrete, declarar abiertamente que no acuerda con los grupos armados, participar en la lucha electoral, aceptar con menos miedo la economía de mercado, definirse una y otra vez como movimiento pacífico y seguir peleando sin que, pese a todo, se le siga llamando “izquierda”. Ignoro si la “derecha clerical” ha hecho igual número de concesiones; supongo que también ha cambiado en algo. Lo evidente es que entre 2004 y 2006 ésta hizo de todo con el propósito de que el odio cundiera pues necesitaba de la polarización para allegarse votos. Lo logró, el país quedó malquistado y ahora Enrique Krauze quiere administrar las culpas a su gusto, atenuar responsabilidades y quitar la papa caliente de unas manos para cederla entera, así nomás, a otros, por supuesto, qué más da, a “los marchistas de siempre”.

jueves, abril 07, 2011

Minicrónica de nuestra marcha



Ayer a las cinco de la tarde, en la Fuente del Pensador de la Alameda Zaragoza, en Torreón, un grupo de entre 150 y 200 ciudadanos caminamos y nos manifestamos contra la violencia irracional que se ha derramado sin control por el mapa de la patria. Fue un ejercicio abierto, sencillo, emotivo, una forma de meter a Torreón y Gómez Palacio (había amigos de Gómez también) en el contexto nacional de una jornada en la que, por primera vez en nuestra historia, se simultanearon manifestaciones públicas con un solo objetivo.
Fue grato comprobar que entre varios hombres y mujeres ya entrados en años caminaron y gritaron consignas muchos jóvenes que sin duda son la única fuerza capaz de propagar el entusiasmo. Creo además haber notado mayor presencia femenina, lo que no sería extraño si pensamos que el impulso político de las mujeres ha crecido en los años recientes.
El grupo se reunió en la Fuente del Pensador. A las 5:20 comenzó a caminar y dio una vuelta completa a la Alameda. Cuando todo parecía concluido, enrumbó por la Morelos hasta la Valdés Carrillo; allí dio vuelta a la izquierda y de inmediato otra para volver por la Juárez otra vez a la Alameda.. No era un tumulto, no era un río de gente que impresionara por número, pero sí porque ponía una muestra de voluntad y sentaba el testimonio simbóloco de que La Laguna estaba presente en en ese día de luto y protesta múltiples.
Al llegar de nuevo a la Alameda, tres o cuatro breves discursos, todos ellos espontáneos y dirigidos por jóvenes, fueron enunciados desde el borde de la fuente. Al oírlos, pensé en los años ya perdidos pero siempre necesarios de la adolescencia que muchos abandonamos hace tanto, aunque sin dejar del todo el sueño de construir algo mejor. Es, quizá, romanticismo, utopía, como le queramos llamar, no importa. Lo que importa es su sentido, lo que simboliza: el hecho de que, pese al bombardeo mediático del hedonismo, todavía nacen jóvenes con la garganta irritada por tantos y tantos tragos de injusticia.

miércoles, abril 06, 2011

Hoy, todos a la Alameda Zaragoza



Hoy, 5 pm, Fuente del Pensador, Alameda Zaragoza, Torreón, cita contra la barbarie de estos tiempos. Ya circulan algunas dudas acerca de la eficacia de estas manifestaciones; los malos de la película esperan que estas dudas cundan y nos paralicen. No hay que darles la razón, hay que sumarnos a la cruzada nacional contra el horror de la inseguridad.
Todos somos, aquí, necesarios. Traigo, para tratar de convencerlos, unas palabras de Zitarrosa y su inmortal "Guitarra negra": "Hago falta. Siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy. Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera. Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado. Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo. Los siete ojos míos en la contemplación del mañana. Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos".
Un poco de solidaridad, nuestra sola presencia, es lo que se nos pide. Realmente es nada frente al enorme dolor de miles de familias mutiladas, frente al sacrificio de miles de hombres y mujeres que han perdido sus empleos, frente a todos los que hemos sido despojados de la tranquilidad indispensable para trabajar y convivir. Nos vemos pues en la Alameda, queridos amigos laguneros. Todos somos necesarios más allá de banderías políticas, religiosas, morales, económicas y culturales. Aquí nadie está de más.

lunes, abril 04, 2011

Mancha sobre mi padre



Conforme me acomodo en el nuevo ritmo de mi trabajo literario y periodístico, he hallado más cancha para urdir historias de mayor calado y no tanto ya los maquinazos que impone el frenesí periodístico. Traigo pues, aquí abajo, un cuento de reciente hechura. He procurado relajar mis nociones sobre el género y escribir, en la moda de hoy, relatos sin esqueleto, pero siguen sin cuadrarme y siempre tiendo a respetar, así sea con deficiencia, las varillas de la construcción cuentística. Espero que funcione el método en el caso del cuento que aquí ofrezco. Quiero añadir, entre paréntesis, que lo he dedicado con llanto a la memoria de Christian Humberto, mi sobrino caído hace un año en la estúpida barbarie de estos tiempos.

Mancha sobre mi padre

Jaime Muñoz Vargas

para mi sobrino Christian Humberto, siempre con nosotros

¿Quién le robó de pronto la juventud?
¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón?
¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón?
Alfredo Zitarrosa


Cincuenta años después supe la verdad largamente sospechada. Me la confesó don Aristeo, mi padre, ese imparable y extraño bebedor. Estaba en el lecho donde al final murió de viejo, a los 85, triste y todavía con mucho olor a trago. Bebió hasta el último minuto, sin freno, y con el vasito de cerveza en la derecha respondió a mi tímida pregunta. Nunca en medio siglo habíamos hablado sobre el tema, pero me animé a borrar la duda más grande de mi vida cuando la medicina ya no le concedió más esperanzas. Nomás por eso le pregunté, para saber si en realidad era cierto lo que pesqué en el lejano pasado o era sólo una invención de mis fantasías adolescentes. Ahora tengo sesenta y tantos, y la respuesta que obtuve de mi padre fue un golpe, sí, pero también una especie de felicidad, como un hurra que tardó cinco décadas en brotarme desde el pecho y otorgarme la razón.
—Sí, hijo, arreglé aquel juego para perder —dijo mi padre y luego le pegó otro trago a la cerveza—; ¿cómo lo supiste?
—Nada, pa, se me hizo raro que perdiéramos aquella vez. Ya ve que jugábamos muy bien.
No quise agregar mucho, para no fastidiarlo en sus últimos momentos. No quise decirle que oí, que supe lo que tramó con el entrenador enemigo para que nos ganara Atlético Centenario el campeonato de la décima temporada de futbol que se jugó en 1958 y que en justicia debimos ganar si su alcoholismo no hubiera metido mano negra. Pero mi padre quería una explicación; postrado y todo, en la cama y ligeramente levantado con almohadones, me preguntó por qué le preguntaba.
—Es un recuerdo que tengo, pa. Creí que aquella vez podíamos ganar con facilidad, pero el juego no nos salió como queríamos, se acordará. Usted cambió mucho nuestra alineación y el árbitro pitó raro.
Era por supuesto una mentira, una embustera píldora de tranquilidad para mi viejo. Para mí era suficiente la palabra “arreglé”, verbo que con muy poquitas letras disolvía mi duda como en ácido. Mi padre “arregló” el partido para que lo perdiéramos, mi padre maniobró para que aquella mañana del 58 no hiciéramos lo que podíamos hasta quedarnos sin la copa que tanta ilusión nos había hecho. Yo lo quería, era mi padre y en general había sido bueno con todos, pero en el fondo de mi memoria le reclamaba habernos traicionado. Era como si todo mi pasado junto a él, que no fue malo pese a su manera de empinar el vaso, se viera como la foto amarilla de nuestro equipo: con una mancha accidental sobre el rostro de mi padre. Esa foto la conservo yo, y allí aparece todo el Barrio Azul Racing Club en color amarillo triste. En la imagen formamos, como es obligatorio, dos líneas, la de los parados y la de los colocados en cuclillas. Mi padre está de pie, en el lado izquierdo de la foto, ya para entonces con su inseparable cerveza en la mano y abrazándome con la otra, que también estoy de pie y me veo muy serio, como asustado por el partido que estaba a punto de empezar. En esa foto yo ya sabía, o creía que sabía, lo que mi padre había cocinado: arreglar, negociar nuestra derrota a cambio de no sé qué, creo que de dinero, ese dinero que siempre le faltó para mantenernos bien y para su interminable trago.
Además de nuestros recuerdos, la foto es lo único que queda de esa fecha. Ahora está amarilla, casi como pintan las escenas de recuerdo en las películas. No sé en qué momento ni por qué, en la cara de mi padre cayó una mancha café oscuro que casi obliga a imaginar su rostro. Es el único medio opacado y el único junto conmigo que se ve serio. Los demás compañeros de Barrio Azul lucen sonrientes, creo que confiados porque en aquella temporada nadie nos podía ganar. Hasta Chepe se ve feliz, con una sonrisa que parece rebanada de melón en su cara de copete lacio caído sobre la frente aquella vez. No era fácil que Chepe estuviera feliz, pues dos semanas antes había sufrido el accidente, la fractura que lo tenía en muletas e impidió que fuera nuestro centro delantero. De todos modos, Chepe nos acompañó al partido y a la foto, se puso de pie en un extremo, se sostuvo en las muletas de palo, y allí se ve su pierna un poco levantada y la escayola que le cubría desde los dedos hasta poco más allá de la rodilla. Era su pierna zurda, la de los goles. Chepe sonrió, pues, sin saber que sería la última foto que se tomaría con un equipo de futbol, pues luego de las ilusiones y las esperanzas y las cirugías la pierna le quedó un poco en forma de ve chica, sin flexión, anulada para todo lo que fuera velocidad y juego rudo.
Por las alegrías de aquellas caras, principalmente por la de Chepe, malquise a mi padre durante algunos años. No entendía bien por qué había arreglado lo que arregló, qué maldito resorte de su interés lo movió a meternos zancadilla. Nunca le dije a nadie que yo sabía, ni a él siquiera, hasta que pude hacerle la pregunta, ya en su lecho último. Y no me equivoqué, la tristeza y el rencor de aquellos años se habían fundado sobre un hecho cierto: mi padre nos traicionó. Si no hubiera sido así, nadie nos impide alzar la copa, pues esa temporada ganamos todos los partidos y muchos por goliza.
La tristeza me pegó más aquella vez por Chepe, no por mí. En el barrio todos habíamos lamentado su percance. Se llamaba José López, así de simple, pero ese nombre sin chiste fue nuestra mejor arma en aquella temporada. Tenía trece años, como yo, pero jugaba como si tuviera veinte, con unas facultades del demonio. Para acabar pronto, nunca estuve en una cancha con un futbolista como él. Recuerdo que antes de los partidos nos decía su frase mágica: “Ustedes mándenme el balón, compas, y yo hago lo demás”. Si uno lo oía sin conocerlo, parecía fanfarrón, pero era cierto lo que sonaba a echada: nosotros nomás le mandábamos la bola y él hacía lo demás a veces hasta caminando, sin despeinarse el copetillo rocanrolero echado hacia atrás con brillantina de la que dejó de usar poco después del accidente. En aquella temporada, como pasa de vez en cuando incluso en las ligas profesionales, cayeron en las manos de mi padre puros buenos jugadores, algo así como espíritus hechos especialmente para compaginar en el futbol. Desde la portería al eje del ataque, don Aristeo, mi padre, juntó a la mejor palomilla que se haya visto en estos rumbos. Mi padre también tenía su don, era líder, le creíamos todo, y nos sabía trabajar. Siempre bebía, incluso mientras jugábamos los partidos. En aquellos tiempos no se veía mal nada de lo que hacían los adultos, como tomar cerveza en los partidos de juveniles, y los niños no opinábamos. Obedecíamos, nomás. Así que mi papá nos pedía entrenar al menos dos veces a la semana, y allí bebía. También nos obligaba a que llegáramos una hora antes de los juegos, y allí también cargaba con su cerveza. Nosotros no veíamos su botella, sólo lo escuchábamos a él, lo que nos indicaba para sacar adelante las victorias. Sus análisis de los partidos y sus indicaciones eran tan buenos que salíamos siempre mejor armados a los segundos tiempos. Todo era cuestión de que don Aristeo viera el parado de los rivales para que en el descanso nos dijera, Chucho, acá, más a la izquierda; Toro, aguas con la entrada del zurdillo que juega cargado a la banda; Chepe, siga fijo en la punta; Ramiro, salga más y déjelos en fuera de lugar. Así nos decía, y todo lo que indicaba, aunque oliera a cerveza, era correcto, tan atinado que en los segundos tiempos anotábamos goles a veces por racimos, de a tres o cuatro, y ganábamos.
En 1958 nos fuimos invictos de orilla a orilla, directito a la final. No sé cuántos goles clavamos, pero estoy seguro que fueron más de sesenta en veinte partidos, un promedio de casi tres por juego. Chepe metió cerca de la mitad, como 28, así que el perro era un ariete temible, nuestro mejor elemento y el mejor de toda la liga. Se veía por eso que de seguir por allí llegaría sin problemas a la primera división, al Guadalajara, al América, a los grandes. Pero pasó lo que les pasa a muchos predestinados: un accidente. Y por una tontería, caray. Andábamos volando papalotes, era abril, y sólo faltaban dos partidos para la final. Las vías del tren a veces nos impedían correr del otro lado del terreno porque en ese lugar se detenían por ratos los vagones. Eso fue lo que pasó: la cuerda de Chepe se rompió con un golpe de viento, su papalote comenzó a caer y quiso recuperarlo. Pero el tren estaba atravesado, así que no había forma de pasar a menos que lo brincara en el enganche. Sin avisar, como si saltara ante la barrida de un defensa, se paró sobre los fierros que parecían manazas de monstruo mecánico. No sé por qué se detuvo, tal vez sintió el primer jalón de la máquina y quiso presumir su equilibrio. Se oyó otro jalón de la máquina y los vagones comenzaron a caminar. Nunca me explicaré por qué no brincó a tiempo, el caso es que lo perseguimos unos metros y cuando al fin pegó el salto a tierra emitió en el aire un juguetón grito de apache mientras caía. Lo veo en cámara lenta, no lo olvido: Chepe cayendo con los pies por delante, estirados y el cuerpo recto y un poco inclinado hacia atrás. Y el pozo, y la piedra, y la caída en el hoyo de nuestro goleador y el tronido de un golpe seco, brutal, como de rama trozada por un hachazo. Sus amigos llegamos de inmediato, y Chepe ya no gritaba como apache, sino de dolor, como niño al que le pellizcan el alma. Usaba un vejestorio de pantalón corto con barbitas, así que vi su pierna desnuda, los huesos salidos en dirección anormal y sólo sostenidos por el pellejo. Chepe aullaba, lloraba, pedía que lo ayudáramos. Fui el primero en correr. No sé de dónde me salieron tantas agallas y tanta claridad, pero a los tres amigos que veían conmigo la tragedia les vociferé que lo fueran acercando a mi casa mientras yo me adelantaba para avisarle a don Aristeo y si se podía a la mamá de Chepe, que vivía más lejos. Tuve la suerte de que mi padre estuviera; iba saliendo al bar y lo alcancé; agitado, sin aliento, como pude le expliqué la horrible cosa que acababa de pasar. Supongo que en la cara me vio horror, porque me tomó de los hombros y me sacudió para que le aclarara la noticia. Todo eso lo sigo admirando en cámara lenta, como si lo tuviera guardado en una cinta de cine. Corrimos. Mi padre me siguió y cuando llegamos al pozo dijo no sé cuántas maldiciones, descompuesto su rostro por la angustia de ver algo tan feo. Chepe estaba quieto, desmayado por el susto y el dolor, no sé. Tampoco sé cómo le hizo mi padre para echárselo en el hombro de un impulso, el caso es que en menos de un instante ya lo llevaba a cuestas y con un mugido exigió que me adelantara al sitio de los taxis, para que le pidiera uno. Corrí. Recuerdo que llegué a la carcacha boluda, le dije al señor que me llevara hacia el rumbo de las vías y cuando al fin nos encontramos con mi padre, él había caminado casi cuatro cuadras, sin parar, con un adolescente en el lomo. El taxista también dijo muchas maldiciones cuando vio la pierna de Chepe. Mi padre, el chofer y mi amigo se perdieron dos cuadras adelante sobre el taxi que rechinó llanta al dar la vuelta.
Cuando partieron me arrepentí de no haber subido al taxi para acompañar a mi papá. No supe qué hacer luego, pues me daba miedo matar de susto a la mamá de Chepe, decirle que su hijo se había partido la pierna y que no sabía dónde estaba. Preferí esperar, impaciente, en el umbral de mi casa y aguardar con ansia la llegada de mi padre. La tragedia ocurrió a media tarde, como a las cinco. A las once, con la cabeza muy inclinada hacia el piso, llegó mi padre. Le pregunté con miedo, casi con pavor ante la posibilidad de escuchar una respuesta espantosa. Y sí, la respuesta no fue nada grata: llegó a la Cruz Roja, donde atienden gratis. Lo metieron a un quirófano. No había doctor, pero los socorristas comenzaron a maniobrar sobre el problema. Mi padre, afuera, le indicó al taxista la dirección aproximada donde vivía la madre del muchacho. Le pidió que fuera a avisarle, a traerla él mismo si era posible. Un rato después llegó la madre de Chepe y mi padre le informó lo que sabía. Un salto del tren, un pozo, una roca en el fondo, un mal paso, un segundo, un accidente, no ha llegado un doctor, pero ya lo atienden los socorristas, señora.
El sábado, un día antes del siguiente partido, mi padre nos convocó en casa para informar al equipo sobre la salud de Chepe. Con su cerveza en la mano, fumando con humo despatarrado, don Aristeo no estaba optimista ni quiso emocionarnos gratis. Serio, con voz baja, como si conversara con adultos, el entrenador, mi padre, habló de fractura múltiple, de rodilla, de meniscos, de tibia, de peroné, de tobillo, de desgracia. Recuerdo que hacía pausas en las que crecía la expectación de los compañeros; fumaba y bebía, se recuperaba un poco y luego repetía fractura múltiple, rodilla, meniscos, tibia, peroné, tobillo, desgracia. Supimos entonces que los dos partidos faltantes y la final los jugaríamos sin el mejor, sin Chepe. Algo añadió mi padre sobre operaciones, sobre larga recuperación, sobre yeso durante algunos meses.
Todos asumimos que, pese a todo, Chepe volvería, que su pierna mágica era capaz de dar la lucha y regresar a las canchas y a los goles. Qué importaban los tres últimos partidos, si de todos modos los podíamos ganar y dedicarle el campeonato a Chepe, al gran Chepe. Éramos jóvenes y claro está que no medíamos bien los gestos de don Aristeo. La realidad era peor de lo que imaginamos, como pudo verse después. Pero nosotros, adolescentes al fin, jugamos los dos partidos finales de la temporada regular y ganamos casi como si estuviera Chepe, uno de ellos por goleada. Por esos días noté que mi padre le pegó más duro al trago, tanto que hasta me asombró una vez que lo escuché vomitar en el baño, congestionado de alcohol. Mi padre bebía, siempre bebió, pero era resistente, no sé, o a la hora de la hora se moderaba y nunca se le veía cayendo o hablando con palabras arrastradas y babosas. El olor a cerveza nunca lo perdía, se podía platicar con él y daba la impresión de que jamás estaba borracho. Pero por las fechas del accidente lo noté sumido en sí mismo, clavado en su silencio, bebiendo más. Recuerdo que por eso, sin pedírmelo siquiera, el viejo quebró mi alcancía de marrano. No le reclamé, por supuesto, pues quién era yo para echarle nada en cara a don Aristeo. Estaba bien que se liberara, que bebiera todo lo que cupiera en su estómago si con eso se olvidaba un poco de lo que le pesaba.
Ganamos pues los dos últimos partidos y llegamos fácil a la final. Sin Chepe y todo, éramos los favoritos, aunque Atlético Centenario no era tan mal equipo. Como lo patrocinaba la Lechera Centenario S.A. de C.V., era el único que entrenaba en campo de césped y llegaba en un camión de la empresa, uniformado con tal orden que parecía profesional. Nosotros no le temíamos, pues en la campaña sumamos muchísimos más puntos y nuestra diferencia de goles era notablemente superior. Claro que no tendríamos a Chepe, pero de todos modos jugábamos con idea y nunca nos fallaba la estrategia de mi padre. Fue, recuerdo, un acontecimiento en la ciudad. Sé que hasta salió una nota en el periódico, pero en mi casa no comprábamos los diarios y sólo vi el recorte porque alguien me lo mostró. El juego se celebraría un domingo, y el sábado previo don Aristeo nos reunió en su casa, mi casa. Esa vez sí se notaba algo borracho, y recuerdo que hasta me dio vergüenza. Pese a la voz destartalada y los ojos hinchados y vidriosos, nos acomodó sobre una cartulina en cada posición y nos dijo cuáles eran las debilidades de Atlético Centenario. “Ya los vi jugar —dijo— y podemos ganarles sin problema”. No discutíamos, no reparábamos en su manera de darle duro a la cerveza, lo respetábamos. Lo que dijo aquella noche era básicamente lo mismo que nos había dado tantos triunfos: el parado del equipo era idéntico, salvo por la ausencia de Chepe en el eje del ataque.
Mi padre despidió a sus chicos y les dijo que mañana una hora antes en la cancha, sin falta. Yo me quedé, claro, y pronto me eché en la cama con el deseo de hallar muy pronto el sueño. Pero los nervios, los nervios y la impaciencia, me mantuvieron despierto hasta la madrugada. Mi cuartito daba a la calle y como hacía calor dejé abierta la ventana, toda. Los ruidos del mundo entraban claros, pero disminuyeron pasada la medianoche; fue entonces cuando comencé a caer doblado por el sueño. Hubiera sido mejor no haber oído, dormir y despertar al día siguiente sin saber de la charla que guardaba la traición de mi padre a nuestro equipo. Durante muchos años pensé que había sido un sueño, que las palabras alcoholizadas de mi padre no eran ciertas, que las había escuchado en una pesadilla elaborada en las fronteras del insomnio. Pero no: oí lo que oí, y fue doloroso. Mi padre llegó a casa acompañado de un sujeto. Durante un rato platicaron cerca del árbol que le daba sombra a nuestra fachada, y pensaron que nadie los oía. Ambos estaban ebrios. Me puse de pie para observar en la semioscuridad y reconocí la panza del entrenador de Atlético Centenario. Borrachos al fin, no calculaban el tono de sus voces, así que logré escuchar lo esencial. Mi padre se negaba, decía muchas veces no no no no, y el otro insistía sobre no sé qué acuerdo previamente conversado. Luego mi padre aceptaba, decía una cifra, 20 o 25 a secas, y el otro decía no no no no. Negociaban algo, no sé qué. El otro ofrecía 15, y luego mi padre decía no no no no. Luego mi padre aceptaba 15, y el otro decía no no no no y bajaba la cifra a 10. Mi padre insistía que 20, y el otro como que comenzaba a dudar y decía 18. En ese tiroteo de números y negativas se extendieron durante media hora, y pude ver que los acompañaba una botella tal vez de tequila a la que le daban tragos alternados y vulgares, a pico limpio. Cuando al fin pasaron a la conclusión, a ese arreglo borroso no sólo por la poca claridad de las frases y la escena, sino por el trato que acordaba, vi que el entrenador de Atlético Centenario le pasó algo a mi padre y dijo “Mañana la otra mitad”. Lo escuché claro, con todas esas letras: “Mañana la otra mitad”. Mi padre aceptó el paquete y luego de otro par de horribles tragos, se saludaron de mano y se despidieron.
Quedé tonto, sin saber qué había visto. Cuando desperté no sé si fue una pesadilla o un hecho real. Confundido, ignoraba si soñé o fue cierto que luego de la ebria despedida mi padre entró a la casa y con el oído lo seguí: fue a la cocina, al gabinete donde a veces guardaba tragos. Oí desde mi almohada que revolvió trastos y tal vez en algún lugar halló una de sus botellas semivacías. Oí que se acercó a mi cuarto, que abrió la puerta, que me miró mientras yo fingía un sueño profundo. Se fue y perdí el rastro de sus movimientos cuando al fin su ruido se perdió en la recámara aledaña al patio donde mi mamá tenía muchas macetas.
Cuando desperté, enredado en una malla de imágenes confusas, tomé mi mochila y esperé a que don Aristeo saliera de su cuarto. A las nueve en punto salió recién bañado y peinadito con la brillantina que le untaba bien el pelo al cráneo. Los ojos enrojecidos eran la única huella que delataba su habitual juerga nocturna. Caminamos al campo de la deportiva y cuando llegamos ya estaban por allí, trotando, pateando balones, los demás. Aún no aparecían los rivales ni público en la grada enana. A las diez en punto, una hora antes del partido, como lo exigía nuestro entrenador, todos estábamos listos y calentando. Nuestros enemigos llegaron de un solo golpe, en el camión de Lechera Centenario, y cuando poco a poco fueron bajando parecían profesionales con su vestido parejo, todo nuevo. No nos intimidamos, pues sabíamos de nuestra capacidad y confiábamos en las indicaciones de don Aristeo. Cuando el viejo nos reunió para dibujar en un pedazo de papel las líneas de un campo diminuto, sentí una mano en el hombro. Era Chepe. Reaparecía en un partido luego del accidente, esta vez para darnos ánimos. Pese a sus muletas y a su yeso, oyó las instrucciones del entrenador y, como todos los que jugaríamos, se extrañó de algunos detalles raros que de inmediato me hicieron recodar la plática de anoche entre dos borrachos. Yo era defensa central, pero don Aristeo me colocó de medio. Al Grillo, que era medio de ataque, lo puso atrás, de lateral. Al Cala, nuestro mejor extremo, lo colocó de centro delantero, y lo más grave: el Turco, nuestro centro delantero, el hábil sustituto de Chepe, fue convertido en defensa central. En pocas palabras, nuestro entrenador nos dio la impresión de que había enloquecido, pero le hicimos caso porque su palabra era incuestionable: “Ustedes párense así, pues he visto jugar a Centenario y sé que no podrá ganarnos”. Por un momento creí que hablaba en serio, que en verdad quería el trofeo para nosotros, pero cuando fuimos a que nos tomaran una foto yo llevaba a cuestas la víbora de la mentira, el inquieto pesar de una traición que, por inconfesable, me hacía cómplice también a mí. Mis compañeros no se dieron cuenta de nada y posaron para la foto con sonrisas, abrazados, contentos por el triunfo que los esperaba. Hasta Chepe se sumó a la imagen y allí está: en el extremo derecho del rectángulo, con sus muletas y su pata levemente levantada para que el yeso no tocara el polvo de la cancha.
Ya en el último momento, mientras nos dábamos ánimos y echábamos brinquitos y hacíamos trotes fijos para no perder calor, don Aristeo se reunió fuera del campo con el entrenador de Atlético Centenario y el árbitro. A solas dialogaron un poco y casi adiviné lo que decían: confirmaban la cochina pauta para consumar la derrota de Barrio Azul Racing Club. En ese momento me juré que no lo permitiría, que por mis compañeros, por mí, por Chepe, yo saldría de la final con el trofeo en la mano. Si era necesario morir, lo haría, pues nada quería más que impedir la porquería fraguada por mi padre. Sin que yo lo notara antes, la tribunita se llenó de público.
El partido comenzó con toques de estudio, sin superioridad de ningún conjunto. Por el acomodo inusual, tardamos como veinte minutos en lograr un ataque peligroso, pero a leguas se veía que Centenario no tenía con qué ganarnos. Desacomodados y sin Chepe, limitados por la sorpresa de jugar en posiciones desconocidas, éramos de todos modos muchísima pieza para nuestros enemigos. Como al minuto treinta comenzamos a sumar unidades al frente un poco a trompicones, con más talento individual que juego orquesta. Dos veces estuvimos muy cerca de anotar, pero los disparos pegaron en los postes. En un contragolpe, Centenario llegó hasta nuestra zona defensiva sin mucha fuerza, pero todo fue que uno de sus delanteros cayera con un rozoncito en el área para que el árbitro marcara penal. A leguas se vio que no había sido, pero no reclamamos. Anotaron. Volvimos al ataque y otra vez llegamos con facilidad, pero nuestro gol no cayó. Así, con nosotros atacando y ellos muy atrás, terminó el primer tiempo. No olvido que, contra su costumbre, don Aristeo nos indicó que siguiéramos igual, y no hizo cambios. Siempre hacía cambios, algún movimiento maestro que servía como detalle fino. Era un gran lector de los partidos, pero aquella vez, cerveza en mano, sin el entusiasmo común en él, sólo dijo “sigan igual”.
Por eso en el segundo tiempo seguimos igual. Empatamos, como era lógico, pero en un tiro de esquina de Centenario el árbitro marcó otro penal inexistente. O sea, nos quería hundir; él también estaba en el arreglo. Luego nos echó a dos, según él por groserías, y en la distracción provocada por el enojo nos clavaron un gol sin chiste luego de una melé. Desesperados, con nueve jugadores nada más, nos fuimos todos al ataque y logramos el segundo gol. Las reglas decían que si empatábamos éramos campeones, por la mejor posición en la tabla. Atacamos pues con todo, más con el corazón que con buen juego. En una pared perfecta, casi en el último minuto, anotamos el de la igualada, pero, como era previsible, el señor de negro lo anuló. Eso no me asombró, sino el hecho de que don Aristeo no reclamara, como dando por hecho, con su paz, que era buena la decisión del podrido silbante. Sin Chepe, sin dos hombres, con dos penales marcados en nuestra contra, con el árbitro de espaldas y con don Aristeo comprado, era imposible que ganáramos. No olvido que tras el pitazo final muchos terminamos en el llanto. Cuando salí de la cancha, Chepe también lloraba, y nos abrazamos, frustrados, casi como si hubiéramos perdido la guerra de independencia. Luego ya no supe qué más pasó, pues las imágenes de la derrota se empalman en el recuerdo con las de mi rencor, con las del odio por mi padre, con las de mi impotencia mientras abrazaba a mis compañeros sin poder decir palabra. Yo tenía en la garganta la respuesta a esa tragedia, pude gritar “mi padre negoció el partido con el entrenador de Atlético Centenario, yo lo oí, y junto con el árbitro nos fastidiaron la final”. Pero no, callé y me convertí en cómplice de aquella fechoría que terminó por destruir una temporada perfecta y por quitarle a Chepe el sueño de una copa cuando más la necesitaba. ¿Por cuántos pesos para su fétido alcoholismo se vendió don Aristeo? Oí que hablaron de 18, pero no supe si se referían a dinero o a qué. Era lo de menos, pues el golpe a nuestras ilusiones ya estaba dado. Perdimos con un robo, y eso ya nadie lo podía enderezar.
Los días siguientes fueron terribles, tan feos que lo del juego perdido pareció cosa minúscula. Caí en una especie de tristeza que me llevó a guardar un silencio amargo que se hacía más agrio cuando veía a mi padre. Casi no me importó que los jugadores de nuestro equipo se desperdigaran y que en la siguiente campaña los del Barrio Azul ya no funcionáramos igual. Todo eso parecía chico, digo, junto a lo que pasó con Chepe. Le tumbaron el yeso y la pierna siguió mal. Lo operaron por segunda vez y sufrió varios meses con vendas y cuidados. Pasado el año, por culpa de un tren, de un brinco y una piedra su pierna quedó mal, un poco doblada hacia dentro en el área de la rodilla. Por supuesto, Chepe podía caminar y quizá trotar, pero no correr. De hecho, su problema lo dejaba fuera de las canchas para siempre, pues el rengueo era un impedimento que lo colocaba al margen de cualquier afán futbolero. No olvido la tarde perdida del 58 o 59 en la que lo visité. Sentados en la banqueta, platicamos mucho y lloró cuando llegamos al tema de su pierna. “Ya no jugaré más, Ramiro”, dijo con los ojos como lagos. Tendríamos cerca de quince años, pero en aquellos tiempos uno se hacía adulto más temprano y entendía, así que sentí aquello como patadón en la moral. Chepe era huérfano de padre y ahora también era huérfano de futbol. Creo que quise abrazarlo, pero no lo hice. Sólo pensé en don Aristeo, fue inevitable pensar en don Aristeo.
Tengo poco más de sesenta años, soy padre, soy profesor de secundaria y puedo decir que ya pasé por todo lo que debe hacer un hombre, pero el recuerdo de aquel partido y de la pierna de Chepe nunca me abandona. En eso pensé cuando vi al sesentón Chepe en el sepelio de mi padre, llorando junto al féretro. Antes supuse que ya no vivía en la ciudad, por eso al cruzarnos otra vez nos dimos un abrazo cálido y ceñido. Me dio el pésame y dijo que había querido muchísimo a mi padre, que nunca lo olvidó. Sentí gusto al escucharlo, pero también molestia, un desacomodo interior. Le pedí que luego del entierro nos fuéramos por allí, a tomar algo, un café. Aceptó. Ya tenía la cabeza llena de canas y rengueaba mucho más.
No fuimos a un café, sino a una cantina del centro. Pedimos dos cervezas. Le reiteré que me daba mucho gusto verlo. Recordamos algunas andanzas del pasado y sin remedio desembocamos en el partido ineludible. Allí me armé de valor y comencé la confesión.
—Mi padre me dijo algo poco antes de morir, y tengo que compartirlo contigo —hice una pausa corta, para medir la reacción de Chepe—: Don Aristeo vendió el partido que perdimos contra Atlético Centenario.
Chepe le dio un traguito a su botella y sin asombro ni nada, como si dijera cualquier cosa, me robó la palabra y habló mirando hacia la mesa, como en un rezo.
—Lo sé, Ramiro, sé que tu padre se arregló con el entrenador de Centenario y entre los dos le dieron un buen moche al árbitro. Me lo dijo mi madre hace algunos años, cuando ella murió, pero nunca he contado la historia para no manchar el nombre de tu padre, quien le pidió a mi madre que guardara ese secreto porque los chiquillos del equipo se sentirían defraudados y jamás iban a comprender. Si no hubiera sido por él y por la operación que pagó, me amputan la pierna condenada al corte. Chueca y casi inútil si tú quieres, todavía la tengo y es gracias a él, a tu padre, como bien sabes. Por eso no podía fallar a su sepelio, por eso me viste en el panteón, llorando frente a la tumba de tu viejo, agradecido con él hasta que a mí me toque, feliz toda la vida por el partido que perdimos.