lunes, marzo 28, 2011

Cementerio de futuro


En el número más reciente de la revista Nomádica aparece el artículo que traigo a continuación. Como siempre, esa revista sobre medio ambiente, historia y arte ofrece muchos textos y fotogafías de interés.

Una purga de roña en el cuarto de los triques me llevó a reflexionar en el destino de la tecnología obsoleta y en nuestra tecnoglotonería. La revelación de este asunto se dio cuando vi dos gabinetes de computadora (cepeús), dos monitores, dos teclados, un escáner, una impresora, un amasijo de cables y como cuatro ratones (mouses, quiero decir) inhabilitados y listos para convertirse en carne de pepenador. Eran, pues, varios kilos de plástico, vidrio y no sé cuántas tripas más ya rebasados por el futuro, objetos que en 1998, poco más o poco menos, fueron el fabuloso presente de mi cibernética hogareña. Aquel cementerio de cachivaches me llevó a pensar en lo rápido que ahora se nos va el futuro. Basta una década, basta un lustro para que los aparatos que nos hicieron sentir modernos parezcan luego piezas de museo paleontológico. Ver ahora un cepeú, por ejemplo, es contemplar el voraz destino de la tecnología: en muy poco tiempo nos parecen incómodos, feos, mastodónticos, tanto que irradian un deprimente aire de inutilidad. Y pensar, pienso, que esas herramientas alguna no lejana vez fueron anunciadas como lo mejor, como el futuro que nos haría la vida más cómoda. En un lapso cortísimo, ya vemos, se convirtieron en nada, a lo mucho en objetos lamentables que durante algunos años fueron a dormitar en un cuarto de triques hasta que una purga de chácharas inviables los condenó al camión recolector. Ya no hay producto de ese tipo, tecnológico, que no reciba publicidad excesivamente fanfarrona sobre sus virtudes anticipatorias. Todas las computadoras, los coches, los teléfonos y sus afines nacen, según los anuncios, para brindarnos la dicha de que gocemos el futuro hoy. Es una estrategia cliché de los mercadólogos, lo sé, y también sé que ya no reparamos tanto en esa publicidad para comprar los aparatos que requerimos. La simple obsolescencia de los que ya tenemos nos obliga a comprar una versión actualizada. Yo qué más quisiera: si me dieran a elegir, me hubiera quedado con la misma computadora de 1993, pero lo que ocurrió luego es pasmoso: mi PC del 93, un armatoste de seis o siete kilos, un cajón de medio metro cuadrado de tamaño, no tiene la memoria que ahora cabe en un dispositivo portátil usb que pesa no más de veinte gramos y mide lo que una goma de borrar. Imposible, pues, aferrarse a un pasado que no por cercano parece cavernario, remotísimo. La basura tecnológica que ha producido mi consumo de enseres computacionales me lleva a recordar algo en lo que frecuentemente pienso: defenderme, no caer en las garras de una adicción que parece no tener fin y sólo garantiza erogación tras erogación. Es innegable la revolución personal y colectiva provocada por estos aparatos, pero también hay mucho de falaz en sus virtudes. Es cierto: tenemos todos los periódicos del mundo a nuestra disposición, cualquiera con un click puede acceder (no accesar) a ellos, pero si nos fijamos con atención, los diarios, los buenos diarios, no son el pan habitual de los cibernautas. Tenemos cientos de páginas con libros a merced, gratuitos, muchos de ellos pirateados, pero con todo y eso la gente no lee (antes, la escusa se relacionaba con el precio de los libros; ahora, con el disgusto y la incomodidad de leer “en la pantalla”). Ni caso tiene hablar sobre el uso generalizado de la computadora y su más pudiente y maravilloso engendro, el internet; todos sabemos cómo, en qué, para qué se usan esos monstruos. La tecnología es bienvenida, negarla es reaccionario, pero también admitirla a ciegas, consumirla sin discrimen y sólo para el hedonismo y la estulticia, lejos de ser liberador, nos ata, “coloniza nuestra subjetividad” (como dice José Pablo Feinmann sobre los medios en general) y nos mantiene haciendo que suenen las máquinas registradoras de marcas a las que no les preocupa en verdad nuestro bienestar presente o futuro. La mejor prueba de que el porvenir no habita los aparatos en sí es el montón de plástico, cables y chips que eché a la basura cuando el futuro que simbolizaron se convirtió en pasado, en polvo, en nada. Todo en una simple y veloz década.

domingo, marzo 20, 2011

Carlos Montemayor, humanista



Acepté gustoso el reconocimiento que me hace la comunidad de Ciudad Benito Juárez, Durango, no por el reconocimiento en sí, sino por el nombre que lo enaltece. Recibir una placa que de alguna manera me vincula con la memoria del maestro Carlos Montemayor es uno de los más emotivos y estimulantes espaldarazos que he recibido en mi vida como escritor. Saber, pues, que la presea que hoy me otorgan lleva su nombre me compromete a ser mejor, a mitigar en lo posible mis numerosos defectos y a destacar con toda fuerza mis escasas virtudes, si es que alguna tengo. Me honra, me honra mucho, que la comunidad organizadora de este festejo sea la Casa de la Cultura José Revueltas, de Ciudad Benito Juárez, Durango, y que estén presentes dos invitados que con su sola visita justifican una fiesta: Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor, y Paco Ignacio Taibo II, amigo cercano del maestro parralense.
He escrito varios artículos sobre mi relación de lector y personal con el maestro Montemayor. La de lector ha sido, por supuesto, más intensa que la personal, pero en ambas formas de convivir con él he comprobado que es (no fue, pues su obra sigue viva) un humanista, más que un escritor. Un humanista en el sentido que las letras clásicas le dan al hombre que cabe en esa palabra, es decir, un sujeto comprometido con el pensamiento, con las ideas, con el saber, pero también con los problemas inmediatos de la gente, con la crítica a los abusos del poder, con el respeto sin orillas a la dignidad humana.
En efecto, Carlos Montemayor es todo eso. No sé por qué, pero al pensarlo así mi mente lo vincula con dos o tres personajes emblemáticos del saber y la justicia en el Nuevo Mundo cuando éste era escenario del violento choque cultural producido tras la llegada de los españoles. Al decir Montemayor, pienso en Las Casas o en Sahagún, es decir, en esos superhombres que no se conformaron con arar en los terrenos de lo etéreo, del conocimiento puro, y se entregaron al conocimiento de la vida cotidiana de los indígenas sobre todo para evitar la saña colonialista. Como aquéllos, Montemayor escribió para su alma, para acatar las exigencias de la estética y del conocimiento en sí, pero también para los demás, en este caso para acatar los imperativos de la ética. Ahora bien, sin el parangón con religiosos como Las Casas o Sahagún no funciona, puedo hacer una comparación con laicos: Montemayor es a México, por ejemplo, lo que José Carlos Mariátegui es al Perú; Rodolfo Walsh, a la Argentina; Roque Dalton, a El Salvador y Alejo Carpentier, a Cuba, hombres todos dotados de un exquisito sentido del arte y a la vez de un compromiso social inequívoco.
Esa es la razón por la que es posible hallar al Montemayor poeta, cuentista, traductor, filólogo, musicólogo y demás, y también al Montemayor periodista, historiador y político en el sentido digno que todavía pueda tener esta última palabra. La novela, creo, fue el terreno donde mejor se dio el fruto totalizador del humanista chihuahuense. Sin renunciar a las exigencias del arte, Montemayor desplegó allí su mirada crítica, su profundo amor a la verdad, su pasión por entender la dinámica de las luchas defensivas encaradas por los pobres de este país, su celo por desmontar y desactivar con su palabra las inmensas patrañas del discurso oficial.
Ese es el Montemayor más conocido para mí, el de sus libros y el de sus colaboraciones periodísticas. Al otro, al de carne y hueso, lo traté apenas cuatro veces. La primera en Chihuahua, en la pequeña casa sin muebles del poeta Enrique Servín, quien me invitó a una reunión donde sentó a los comensales en el suelo. Aquello se dio como en el 93 o 94, y tuve la fortuna de quedar a un lado del maestro Montemayor, ambos recargados a la pared y sentados como muchachos en la esquina. Yo era un chamaco, así que apenas pude, con timidez provinciana, sostenerle la conversación. Lo que no olvido es el cortés gusto que le dio cuando supo que a mí me gustaba escribir cuentos: “¡Cuentos!, muy bien, un género difícil, desenmascarador de charlatanes!”, fue lo que más o menos me dijo.
Luego lo vi otras tres ocasiones en la estepa lagunera. En 2003 presentó Las armas del alba en el Museo Regional de La Laguna, y cenamos con buen diente, junto a los escritores Saúl Rosales y Miguel Báez, al final de la ceremonia. Después, en 2007, lo encontré de nuevo en el Teatro Alberto M. Alvarado; esa mañana presentó La fuga, entonces su más reciente libro, y en la misma actividad cantó su amigo Óscar Chávez. La última vez que lo traté, veinte días antes de su partida física, fue, creo, la más cálida. Los amigos que lo trajeron a ofrecer una conferencia luego lo llevaron a comer y me invitaron. Lo que yo no sabía era que me darían el privilegio de comer al lado del maestro, así que aproveché la coyuntura para hacerle una entrevista informal que al día siguiente publiqué en mi columna. En esa misma reunión conocí a Susana de la Garza, su compañera, quien junto con el maestro Montemayor fue un dechado de amabilidad, la misma que ahora tiene al acompañarnos y ser acompañada al mismo tiempo por el maestro Taibo, amigo de lujo.
Hoy, a un año de su partida física, los mismos laguneros que muy seguido lo convidaban a traer su luz y su ejemplo, han decidido crear un reconocimiento cultural que llevará su nombre. Pensaron en mí para ser el primer afortunado en recibirlo, lo que agradezco profundamente a mis paisanos laguneros de Ciudad Benito Juárez, Durango. Esto me honra, por supuesto, y de paso, como dije hace algunos párrafos, me impone un compromiso: tomar la mano del humanista Carlos Montemayor y a mi paso, a mi modesto y pobre y trastabillante paso, tratar de seguirle la carrera.

Comarca Lagunera, 19, marzo y 2011
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Nota: en la foto, flanqueado por Paco Ignacio Taibo II y Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor. El crédito de la foto es para Renata Muñoz, mi hija.

El género tuiterario de Gilberto Prado Galán



El sistema de blog brevísimo llamado Twitter acaba de cumplir cinco años de vida. En ese corto lapso ha logrado una clientela impresionante de suscriptores, lo que da una idea concreta, acabada, de los vientos que soplan actualmente en la comunicación. Todo debe ser rápido y breve, parece ser el mensaje al menos en el mundo de la tecnología. Lo que vino a producir internet es, sobre todo, un flujo irrefrenable y descomunal de contenidos, y esto ha condicionado una sintaxis atenta a la concisión, al achicamiento del discurso si el deseo del emisor es ser numerosamente decodificado. Aunque los admite, atrás quedaron los tabiques de texto a los que nos acostumbró el papel. La realidad ahora es, nos guste o no, rápida y escueta, además de simultánea.
Traigo a Twitter como ejemplo de todo esto porque tal sistema de comunicación resume como ningún otro un nuevo abordaje, aunque por suerte no el único todavía, de la escritura. Quien desee más y más datos sobre un tema específico, puede hallarlos con facilidad en la misma red, pero la transmisión de las líneas generales pasa hoy, forzosamente, por la brevedad. Es el caso de los grandes reportajes: están en internet, pero la forma que ahora tienen para llegar al público es primero breve y veloz, de fisonomía tuitera, apenas una línea que opera como anzuelo.
El reportaje, la novela, la crónica y otros géneros periodísticos y literarios de amplia matriz tienen esa obligación y esa dificultad, no así otros que ya de por sí eran breves o son creaturas diseñadas ex profeso para navegar en la red. El epigrama, el aforismo, el microrrelato, ya estaban allí antes de internet y se amoldaron con facilidad al nuevo dispositivo del mensaje cifrado en poco texto. Un caso igualmente paradigmático es el del palíndromo. Escrito desde hace muchísimo tiempo, halló en internet, y específicamente en el Twitter, un campo de acción ideal, perfecto casi para transitar con lujo de eficacia por la supercarretera. Si bien puede tener una extensión amplia, lo habitual es hallarlo en formato corto, razón por la que cabe de maravilla en el corsé de 140 caracteres permitido por el envase tuitero.
Así entonces, junto con su boom palindrómico de 2010, año en el que publicó tres libros sobre el tema, Gilberto Prado Galán encontró en el Twitter un plataforma ideal para los palíndromos de su feraz cuño, de suerte que ya es, creo, el máximo exponente mundial de algo que me atrevo a considerar, si me lo permiten, un novedoso género tuiterario.
En efecto, Gilberto Prado ha combinado con gran oportunidad su dominio del palíndromo con el del Blackberry y el del Twitter. Con esos tres ingredientes ha encontrado la fórmula para que las frases de ida y vuelta tengan más seguidores que los imaginados jamás por la palindrofilia mundial. Desde hace algunos meses, todos los días nos regala con una o dos o tres piezas de su infatigable producción, lo que ha creado en torno a su figura una especificidad claramente destacada entre los miles de usuarios avecindados en la urbe tuitera.
No sé si los palíndromos que cuelga en el Twitter son inéditos, si los acuña de botepronto o si ya han sido guardados en sus arcas bibliográficas. Es lo de menos, pues lo sé capaz de componer palíndromos en el aire y también lo sé generoso como compartidor de los que ya han sido publicados. Son tantos, y almacena tantos más en la imaginación, que si publicara uno diario necesitaría los años de Antonio Badú para poder convertir toda su producción en carne de tuiteo.
Más allá del debate sobre la pertinencia o la utilidad del juego (él ha preguntado para qué sirven un cuadro, una obra musical, una pirueta dancística), el caso es que se trata de un ejercicio cuya materia es humana, demasiado humana, es decir, la palabra, y ya con eso hay razón suficiente para tenerle aprecio, más todavía si aceptamos que al lado de la comunicación verbal común, siempre legible de izquierda a derecha, Gilberto y sus colegas nos convidan a celebrar el bello asombro de la lectura reversible.
Ese asombro terminó por estallar en 2010, año elegido por Gilberto para colocar su bandera en el Everest de la palindromía mundial. Publicó tres libros: A la gorda drógala, que contiene más bien acercamientos al espécimen; Sorberé cerebros, un muestrario que da cuenta de la fervorosa práctica del palíndromo entre los usuarios del castellano; y el libro que esta noche nos anima: Efímero lloré mi fe. Tuve ya la suerte de comentar los otros dos, y sobre este tercero se me acabaron los elogios. Ahora bien, no los necesita, ni los mías ni los de nadie, pues Efímero lloré mi fe se defiende solo, con su pura corpulencia, pues se trata de un ladrillo con 26,162 palíndromos que posibilita en cualquier receptor, al principio, un rictus de incredulidad, y luego de respeto cuando se advierte que se trata de un monstruo, el más grande monstruo concebido en español con bichos textuales que caminan de ida y vuelta.
Efímero lloré mi fe es un libro que por peculiaridad hace imposible todo resumen. La mejor manera de sintetizarlo, la única, dado que no se trata de una historia, es citando completas sus 484 páginas. No lo haré, claro. Sólo reitero que estamos ante la presencia de un campeón olímpico, de alguien que en un caso específico de la infinita actividad humana tiene récords o al menos se instala entre los mejor ranqueados del planeta.
Alguna vez escribí un artículo sobre los palíndromos y era Gilberto el móvil invisible de aquella reflexión; denominé al palíndromo “arte para servilletas”, ya que muchas veces vi a Prado Galán escribirlos sobre una servilleta en el café Los Globos. Hoy añado, pensando otra vez en Gilberto como modelo, que los palíndromos son un arte para Twitter, acaso el ideal entre todos los juegos con la palabra para un modo de comunicación que sólo admite 140 caracteres por envío. Tenemos Efímero lloré mi fe como gigantesca base para leer palíndromos de Gilberto Prado Galán, y tenemos ahora el Twitter como plataforma de despegue para muchas piezas más nacidas en su permanente fragua: @gilpg

Comarca Lagunera, 17, marzo y 2011

Nota: texto leído el jueves 17 de marzo en el Teatro Nazas durante la presentación de Efímero lloré mi fe. Participamos Julio César Félix Lerma, Gilberto Prado Galán y yo.

domingo, marzo 13, 2011

Del metal a la palabra



Nunca he mantenido una relación estrecha con los artistas locales. A muchos los conozco, los saludo con respeto y les he comprado o me han obsequiado obra, pero jamás me he involucrado en sus quehaceres o en su fiesta. Finalmente, y aunque parezca lo mismo, es un ambiente distinto al literario, con otras motivaciones y otros apetitos. Pese a esto, no ha faltado que algunos dibujantes, pintores y grabadores me hayan convidado a compartir créditos en algunas de sus obras. Hasta el momento he aceptado por dos razones: a) porque percibo calidad en la obra de quienes me invitan a escribir; y b) porque junto a mi actividad literaria he colocado una afición genuina y desinteresada por las artes de la imagen (pintura, grabado, fotografía…). No para ser crítico, que en mi caso ya es tarde para intentar eso, sino para “leer” una imagen y comunicar algo: quizá su sentido poético, quizá su valor o quizá simplemente (como cantó Leonardo Favio) su capacidad para catapultar alguna emoción o propiciar alguna estampa de palabras que sirva como complemento.
Durante al menos diez años, por ello, he querido escribir algo sistemático sobre los artistas cercanos. Jamás me he regalado ese placer, siempre lo he pospuesto, así que veré si ahora tengo el tiempo y la disposición para emprender una especie de galería virtual en Ruta Norte. Comienzo con textos escritos en torno al trabajo de tres grabadores. Con cada uno hice mancuerna: Miguel Canseco, Gerardo Beuchot y Román Eguía; ellos con sus respectivos grabados, yo con los textos que aderezan las “carpetas”. Explico cada caso.
Hace un par de años, Miguel Canseco me pidió una “oración” para el grabado que regalaría en diciembre. Fue una petición extrañísima al principio, pero no fue necesario aclarar que se trataba de un asunto juguetón, deliberadamente naive, pues creo que no me fueron concedidos ni el talento ni el fervor para escribir oraciones en serio, como dios manda, si es que dios alguna vez mandó escribir oraciones como él manda. Canseco es el artista gráfico con mejor pluma en La Laguna, como lo prueban sus acercamientos críticos publicados en Siglo Nuevo y la tanda de estupendos microrrelatos cuyo proceso de edición me ha compartido. De ahí, entonces, que me haya dado gusto su confianza en mi capacidad místico-fársico-musical, lo que dio como resultado la “Oración a la virgen pasajera y suburbana”.
La otra estampa que presento de Miguel no es una estampa, al menos no es una fina estampa, como escribió doña Chabuca. Hace tiempo, en una de mis andanzas en su taller vi tirado un trozo cuadrado de papel impreso por ambas caras; eran imágenes de prueba. Una de las caras, literalmente una cara, un rostro, me impresionó. Pregunté quién la había hecho y me enteré que fue Miguel. Cuando le dije que ese rostro terrible y torturado serviría como ilustración para la portada de un libro maldito, pues definía la maldad de un killer o de cualquier otro monstruo semejante, sonrió con escepticismo y me dijo que era un simple papel con rayones. No tardé mucho —pues eso lo entiende él mejor que yo cuando hablamos de grabados— para convencerlo de que a veces la espontaneidad fabrica obras insólitas, mejores que las trazadas prolijamente. Como era un papel abandonado a su suerte, me lo quedé sin pagar nada por él y en este momento espera un marco que no lo deshonre y más adelante ornar la tapa de un libro.
Por otro lado, de Gerardo Beuchot ofrezco dos grabados en formato mediano. Son, digamos, los bocetos en estampa de dos murales (“Persistencia” y “Comarca Lagunera”) pintados por este artista lagunero en dos espacios públicos distintos. La carpeta en la que los organizó llevaba un texto mío (el que aquí ofrezco) y uno más del doctor Sergio Antonio Corona Páez, cronista de Torreón. Beuchot, como sabemos, se ha ido especializando en pintura al fresco, pero sus grabados no le van a la zaga y sugieren una “reescritura” o variación que alcanza valor por sí misma. Estos dos cuadros ya decoran las paredes de mi humilde cueva.
Para terminar esta tanda, traigo la presentación escrita sobre cuatro grabados de una carpeta armada por Román Eguía, acaso el más inquieto y diversificado artista lagunero de la actualidad.
Creo que de las obras aquí presentadas (salvo del dibujo casual elaborado por Canseco) hay carpetas a la venta. Quien se interese, puede buscar a los autores en:
Miguel Canseco: cronicadelojo@hotmail.com
Gerardo Beuchot: g_beuchot@hotmail.com
Román Eguía: romaneguia@hotmail.com

Nota: salvo las de Román Eguía, las otras imágenes fueron captadas por mi cámara, de ahí que la calidad de la reproducción no sea óptima.

Oración a la virgen pasajera y suburbana


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Oh, virgen milagrosa, virgen inmaculada, virgen suburbana y compasiva, protégenos de carteristas, cuídanos del sudor ajeno y de los apretujones, llévanos a buen destino, no permitas que el camión se descomponga, líbranos de embotellamientos, ampáranos de los choferes que juegan carreritas y permite que nuestros hermanos con guitarras y maracas ganen su pan diario con lo que gustemos cooperar. Danos hoy, mañana y siempre nuestro modesto tour de cada día por el centro de la ciudad y anexas, impide que nos aburramos e inspira al chofer para que ponga buenas cumbias en el estéreo, ruega por nosotros los pasajeros ahora y en la hora de nuestra bajada, amén.
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Elogio del trabajo y la imaginación




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“Persistencia” y “Comarca Lagunera” son tal vez las dos obras más importantes ejecutadas hasta ahora por Gerardo Beuchot. Los son por su tamaño, pero más todavía por el momento que celebraron: el centenario de Torreón como ciudad. Beuchot plasmó en ese par de murales el devenir de La Laguna, los rasgos que fueron definiendo el perfil espiritual de esta comarca llamada lagunera, y es por eso que los comunes denominadores allí visibles son el trabajo y la creatividad.
El trabajo en sus orígenes, el trabajo en su desarrollo y el trabajo en la actualidad, pues nada hay en esta región que parezca surgido de la nada, producto del generoso azar de la naturaleza. Muy distinta a otras fecundas latitudes de México, La Laguna exigió a sus primeros pobladores un esfuerzo extraordinario: para que aquí naciera algo fue necesario invertir inusitados empeños y esperar que con el tiempo la tierra diera frutos. Fue el caso de la vid colonial, luego del algodón y después, ya muy entrado el siglo XX, de la industria y el comercio favorecidos en mucho por la posición geográfica en el mapa de la República: La Laguna, y en ella Torreón, es el punto mágico donde intersectaron dos líneas que a su vez formaron el corazón de una gran cruz: las vías férreas que iban de Norte a Sur y de Este a Oeste, lo que a la postre detonó una fiebre del oro (del “oro blanco” en este caso) que trajo a muchos compatriotas de otras partes e incluso, como bien lo sabemos, una notable cantidad de inmigrantes extranjeros.
Todos, los oriundos y los recién llegados, supieron y saben hasta ahora que aquí nada se da sin el concurso del trabajo y la imaginación. Estos dos rasgos aparecen insistentemente en los murales de Beuchot, obras que del gran formato mural pasaron también al grabado que permite apreciarlos en casa, tenerlos siempre a la mano. Al componerlos, Beuchot tuvo clara conciencia de que nada le perjudicaría más al sentido de estas obras que la parálisis del asunto y las figuras. No hay aquí, entonces, momentos de sosiego, secciones petrificadas en escenas que ven al espectador desde un acomodo frío y preconcebido, como de foto realizada en un estudio. Las escenas y las figuras de los dos murales vertidos también en aguafuerte dan la idea de movimiento, de acción, de permanente flujo. Los actores de ese espacio acuden al instante para mostrarnos que La Laguna es tierra de permanente hacer, de infatigable lucha por mantener la vida en pie. El esfuerzo dinámico, mezclado al onirismo figurativo ya característico en la obra de Beuchot, imprimen pues a “Persistencia” y “Comarca Lagunera” los gestos más sólidos de la región que nos abraza: el trabajo y el vuelo de la imaginación creadora, rasgos imprescindibles para no sucumbir en la dura aridez de nuestra estepa.
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Comarca Lagunera, 7, diciembre y 2009

Cuentos súbitos de Román Eguía









Los niños juegan e inventan y esta cualidad, lo sabemos, es minada por el tiempo y el supuesto acceso a la madurez. Más allá de cierta edad, pocos adultos pueden presumir, por ello, la supervivencia de su ludismo. En La Laguna, uno de los escasos artistas que al parecer no extravió nunca el gusto por la experimentación infantil es Román Eguía.
Tengo un lustro en contacto con su obra y en cada una de sus producciones he hallado siempre una sorpresa, el gusto por la exploración y el riesgo característico de las aventuras infantiles.
Sus logros se diversifican pues en muchas técnicas, temas, materiales y propósitos. Artista infatigable, en todo objeto advierte una posibilidad creativa, de suerte que sus manos y su imaginación provocan nacimientos permanentes, obras cuyo sello está en la búsqueda y el imprevisible hallazgo.
Con las armas de la inquietud y una mirada de niño mayor de edad, Román es en suma un combinador, un mezclador, un alquimista juguetón; su amor por el hibridaje se puede percibir, por ejemplo, en “Cuatro cuentos cortos”, serie donde al ensamblar grabado y literatura nos recuerda los emblemas que alguna vez, sobre todo en el medievo, burilaron epigramáticamente un mensaje edificador.
Cualidad, Nacer, Valer y Voz son los tópicos abordados en cada una de las piezas. Todas enuncian una sentencia que, como emblema de Alciato, como cuento súbito, condensa pautas de acción ante la vida. El resultado es un juego de estímulos que imbrica dibujo, palabra y pensamiento, un cruce de gozosos caminos entre la imagen y el verbo.

jueves, marzo 10, 2011

Efímero lloré mi fe



Presentación de Efímero lloré mi fe, monstruo palindrómico de Gilberto Prado Galán

El próximo jueves 17 de marzo a las 19.30 horas será presentado en el foyer del Teatro Nazas Efímero lloré mi fe, libro que contiene 26162 palíndromos acuñados por el escritor lagunero Gilberto Prado Galán. Esta obra es, desde ya, el mayor intento individual posible de creación, ordenación y publicación que exista sobre palíndromos en el contexto de la lengua castellana. Acompañarán al autor Julio César Félix y Jaime Muñoz Vargas. Esta actividad es organizada por la oficina de Difusión Editorial y la revista Acequias de la UIA Laguna en coordinación con el Teatro Nazas.
El autor, Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960), es Master of arts por la New Mexico State University, ha fungido como director de la estación cultural Radio Torreón, director del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, profesor de español en la New México State University y actualmente es el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Ha publicado una docena de libros en las principales editoriales mexicanas. Autor del poemario El canto de la ceniza (editorial Calima de Palma de Mallorca, España), Prado Galán ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en diversas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido los premios internacionales “Malcolm Lowry”, “Garcilaso Inca de la Vega” y “Lya Kostakowsky y el premio nacional de crítica de arte “Luis Cardoza y Aragón”. Autor de 9000 palíndromos, Prado Galán pertenece desde el 2004 al Sistema Nacional de Creadores de Arte y, en fecha reciente, fue invitado como miembro de honor al Club Internacional de Palindromistas, con sede en Barcelona. En 2010 publicó tres libros sobre la materia: A la gorda drógala, Sorberé cerebros y Efímero lloré mi fe.
En cuanto a los presentadores, Julio César Félix (Navolato, Sinaloa, 1975) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Radica en Torreón, Coahuila, donde es profesor de tiempo completo en la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna en el área de Humanidades, coordinador editorial de la revista de creación literaria y pensamiento Acequias y colaborador del Centro de Difusión Editorial de dicha institución. Es autor de varios libros de poesía como De noche los amores son pardos y Desierto blues. Ganador de los juegos florales nacionales de La Paz (2004), finalista del Premio Internacional de Poesía Desiderio Macías Silva (2006), ganador del concurso del programa de estímulos a creadores Financiarte en la categoría de producción editorial con el libro de poesía Memoria ciega.
Por último, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es escritor, maestro, periodista y editor. Entre otros, ha publicado El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra y Leyenda Morgan. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005) y de cuento Gerardo Cornejo (2005).

domingo, marzo 06, 2011

Tranquilísimo Torreón



El domingo 6 de marzo de 2006, hoy hace seis años, publiqué la primera entrega de la columna Ruta Norte en el periódico La Opinión. Eso duró sin pausa hasta el 30 de enero de 2011. Luego de un febrero de extraño descanso y reacomodo, vuelvo a las publicaciones en el blog. Mi deseo es que sean textos de otro tipo, un poco menos frecuentes, pero más amplios. Mientras no surja otra posibilidad, trataré de colgar al menos uno por semana. En cuánto a los géneros, trabajaré con la reseña de libros, el artículo (cultural, político, social), la crónica y el ensayo; algo meteré también de narrativa, aunque esto quiero encaminarlo con más énfasis a los libros.
He pensado que junto con el blog, para reforzar la difusión, doy por fin, luego de varios meses eludiéndolo, el sí al Fecebook. No tengo experiencia allí, no sé cómo usarlo e ignoro si será útil para ampliar los alcances de Ruta Norte. Esta segunda etapa del blog es, vale decirlo desde ahora, más experimental, un acertijo para mí. Lo que quiero es responder afirmativamente a la generosa cantidad de cartas que recibieron con inquietud mi salida del La Opinión y me recomendaron seguir aunque fuera sólo en el blog y a un ritmo no tan frenético. Pues bien, aquí está mi aceptación.
Dado que ahora transito por terracería, molestaré a mis contactos vía mail y pido a los lectores (algunos cercanos en términos de amistad) que difundan en sus círculos digitales mi ofrecimiento de palabras.
Por reapertura, trepo en esta segunda temporada de Ruta Norte un relato escrito durante la semana que hoy termina; es una primera versión para blog, es decir, susceptible a mejoras.

Tranquilísimo Torreón

Jaime Muñoz Vargas

para Giselle Aronson, hasta Haedo, por la novela que de alguna forma "ya es lo que será"

Nunca se había topado otra vez con ese nombre. Gota de Uva, se llamaba, y estaba en una esquina cercana a un mercado famoso de Torreón. Para recordarlo debía hacer un esfuerzo, el esfuerzo que se necesita para reconstruir imágenes que habían sido realidad muchos años antes, tal vez hacía 25 o poco más. El recuerdo de ese nombre lo llevó directo al nombre de don Julián, el hombre del apellido raro y trato más amable que conoció en La Laguna; también, por supuesto, al de su hijo homónimo. Sí, Horacio vivió un tiempito en Torreón allá por el 86. Fue sólo un mes. Estaba a punto de comenzar el segundo Mundial de México, era abril, porque en la foto que conserva trae una playera verde de la selección. Le quedaba claro que el Mundial estaba por arrancar, lo vio en Querétaro (ciudad sede) unas semanas después, así que su foto en Torreón con la playerita verde era de abril, quizá de marzo. Allí estaba él, serio, mirando la cámara del fotógrafo callejero que le ofreció la Polaroid a buen precio. Al fondo se ven unos árboles chaparros, una fuente, una especie de feo quiosco, una hilera de palmeras y un gran edificio a medio construir. La foto fue tomada en la Plaza de Armas.
Además de la foto, Horacio había retenido el nombre de la cantina: Gota de Uva, y un montón de recuerdos en jirones que no alcanzaban a conformar un todo congruente, una película que se pudiera contar sin mentir o exagerar en la narración de orilla a orilla. Su recuerdo de Torreón era pues un archipiélago de borrosas y gratas imágenes en las que destacaban la transparencia solar del mediodía, el calor imbatible, los cerros calvos de la periferia, las calles amplias, el repentino terregal que allá llaman “tolvanera”, la comida en exceso, la escasísima vegetación, el abierto trato de su gente y la tranquila fiesta de las calurosas noches que pudo pasar en La Laguna.
En aquellos días del 86 Horacio tenía apenas 23 años y un deseo enorme de trabajar. Había estudiado economía en Querétaro y gracias a que hizo el servicio social en una biblioteca pública le cayó de carambola el viaje al norte. El director de la biblioteca había notado que su esmero en la clasificación y el acomodo era notable, más que el demostrado por el estudiante habitual en etapa de servicio. Eso bastó para que el director le pusiera el ojo y lo llamara a la oficina:
—Mire, Horacio, una tía por parte de mi madre vive en el norte y tiene una gran biblioteca. Se acaba de cambiar de casa y como es mujer de edad necesita a alguien que le ayude con sus libros. Si se anima con el trabajo, le pagará unas dos o tres semanas de sueldo y los viáticos. ¿Le entra?
Horacio acababa de egresar, no tenía trabajo y estaba por concluir el servicio social. Aunque fueran dos o tres semanas, la novedad del ofrecimiento lo sedujo. Ir al norte, ayudar a una anciana con sus libros y quizá pasarla bien no era una aventura despreciable para nadie de veintitantos años, mucho menos para un recién egresado sin empleo formal en el horizonte.
—¿Y dónde es exactamente? —preguntó casi afirmando.
—En Torreón, ¿ha ido?
—No, jamás. Lo más norteño que conozco es Aguascalientes.
—Pues bueno, ¿acepta?
—Claro, voy, usted dígame cuándo.
—Déjeme ver los detalles con mi tía, pero esté listo para agarrar el camión lo más pronto que se pueda.

La salida no era tan urgente y demoró tres semanas. La famosa tía estaba por cambiarse de casa y alargó el suspenso más de lo esperado. Mientras llegaba el sí, Horacio liquidó los trámites del servicio social; de rutina, para no enfriarse, siguió con sus labores en la biblioteca pública. No quería que el director lo perdiera de vista y le diera a otro la chamba de Torreón. Por fin, una mañana lo llamó a la oficina y le dijo que su camión saldría al día siguiente. Allí mismo le compartió los pormenores de la chamba: según los criterios de clasificación que había aprendido durante el servicio, o cualquier otro que quisiera improvisar, ordenaría la biblioteca de la anciana y acomodaría los libros en cajas para que fueran trasladadas a los estantes de la nueva casa.
—Pan comido, Horacio. Todo es cuestión de que aquello quede más o menos en orden y que nadie, salvo usted, meta mano en los libros de mi tía.
El director añadió que la señorita (era señorita) encabezó la mudanza como capataz, pero no permitió que el salvajismo de los cargadores pusiera un dedo en ninguno de sus libros.
—Mi tía Lupita es muy especial, ya la conocerá… —dijo, y como tal vez notó en su gesto una sombra de repentino susto, compensó—, pero es muy buena persona, por eso ni se preocupe.
Horacio recibió las últimas instrucciones y, lo más importante, un sobre con la dirección, el teléfono y el dinero de los viáticos del viaje de ida y unos pesos de pago adelantado. Era, en los hechos, el primer salario que recibía en su vida, así que salió de la biblioteca con el ánimo hasta la coronilla.

Nunca pensó que el viaje de Querétaro a Torreón le iba a parecer tan largo. Por más que se asomaba no aparecía en la madrugada nada que le diera idea de que estaba cerca el fin. Duró trece horas. Tomó el camión a las nueve de la noche y hasta las diez del día siguiente había llegado. Poco antes, en el amanecer, vio por la ventanilla el cambio de la panorámica. Ya no era el aspecto húmedo, templado y verde-musgo del centro, sino un territorio plano, con cerros que apenas se dejaban admirar como pellizcos a la tierra. La vegetación le pareció del viejo oeste, de un verde apagado y en muchos casos amarillento, como muerto. Pese a esos rasgos, el cielo y la iluminación del día le fueron revelando una belleza rara en el inagotable suelo, una desnuda inmensidad de color café con leche.
Bajó del camión en una centralita que casi daba lástima. Pronto notó que al costado de un bulevar llamado Revolución se acomodaban, en distintas calles, los edificios de las diferentes líneas de autobuses para pasajeros. Era una zona populosa. Al salir de la central caminó unas cuadras hacia donde lo guió el instinto y llegó a un mercado que a esa hora, casi las once de la mañana, era un hervidero de personas y vehículos. Vio que estaba en la esquina de la calle Múzquiz y el bulevar. Poco más allá, vio unas vías de tren con seis vagones opacos e inmóviles, y poco más allá, imperturbable, una casona imponente en la cresta de un cerro. Había llegado a Torreón.
Quiso caminar otro poco, para desentumecer las piernas y agarrar aire limpio, pero pensó que tal vez la tía Lupita ya tenía, gracias a su sobrino, información sobre su hora de salida y estaría esperándolo con impaciencia. Caminó por la Múzquiz en sentido contrario al flujo de los coches y reparó en lo ancho de las aceras. Sin darse cuenta llegó al corazón del mercado y en una callejuela vio negocios de zapatos, dulcerías, fruterías y cantinuchas que a esa hora ya exhibían una que otra puta gorda y muy platicadora afuera de los establecimientos. Torreón parecía una ciudad trabajadora, agitada, viva. Como cualquier viajero novato, sintió la extraña necesidad de que lo reconocieran como fuereño y lo orientaran o le preguntaran de dónde era. Era un deseo bobo, pues a no ser por la mochila en el hombro —su único rasgo de visitante—, todo en él parecía cuajado con el mismo molde mestizo que había fabricado a los torreonenses. Sería distinto si pareciera nórdico, africano o asiático, pero si hubiera sido así, carecería de motivo para andar caminando con azoro en un mercado de Torreón.
Al pasar por una especie de fonda vio a un sujeto panzón que le propinaba brutales tarascadas a una torta amplia y abultada; pese al tamaño del pan, las rodajas de cebolla y tomate alcanzaban a salir un poco y lucían más apetitosas que una cebra para un tigre. Quiso comer algo, detenerse a respirar en paz antes de enfrentar a la patrona desconocida; en el fondo tenía miedo de que fuera una anciana déspota. Sin pensar más, paró un taxi y le dijo que lo llevara a la calle Blanco. Sintió que el chofer lo había notado fuereño; con una sonrisa, el hombre le dijo que la Blanco estaba a cinco cuadras, que podía caminarlas, pero que si quería, lo llevaba. Horacio aceptó, y en el breve camino sólo hubo tiempo para decirle que estaba por primera vez en Torreón, que era de Querétaro. Al encontrar el número, el chofer no aceptó pago.
—No, amigo, haga de cuenta que fue un aventón. Yo venía para este rumbo.
El sujeto era moreno y picado de viruela, y sonreía con una mazorca donde brillaba un diente de plata. Horacio le agradeció desconcertado, y lo vio alejarse sin decir más. Al darse la vuelta vio la casa: era antigua, con negra herrería sólida y paredes impecablemente pintadas de amarillo. Una casa baja, sin jardín frontal, pegada a la banqueta como casi todas las casas en ese rumbo de Torreón. Metió el brazo por una reja para alcanzar algo que parecía el timbre. Lo pisó con el índice pero no oyó nada. Luego sacó una moneda y comenzó a propinar golpecitos en la reja. Las ventanas parecían un poco altas, pero parado de puntas pudo ver que no había cortinas y al menos la primera habitación ya carecía de mobiliario. Pensó que podía pasar como sospechoso de algo, así que administró los toquidos cuanto pudo. Según el director, la tía lo iba a esperar en la casa toda la mañana, pero no era así. Llevaba un número telefónico, pero no quiso usarlo por temor a parecer imperativo con la vieja. Prefirió esperar. Se sentó un rato en el primer escalón de la entrada y en eso apareció una mujer. ¿Era ella? No podía serlo, pues se veía a kilómetros ajena a cualquier refinamiento.
—Buenos días, joven. ¿Espera a la maestra Lupita?
—Sí… sí —sorprendido por la aparición, Horacio apenas pudo maniobrar con la pregunta.
—Algo me dijo ayer que vendría un trabajador a socorrerla con los libros, joven. Si gusta, puedo llamarle por teléfono para decirle que usted ya llegó. Soy su vecina de la sastrería, mire —la vieja apuntó con su dedo hacia la izquierda, donde lucía un letrero que nomás decía “Sastre”.
—Sí, gracias, señora, se lo agradeceré.
La anciana se retiró a paso lento. En la mano llevaba una bolsa de red atestada con verdura. Tardó un rato y volvió.
—Ya le avisé. Dice que viene para acá —informó y de nuevo fue a perderse en la sastrería.
Como media hora después se detuvo un taxi y de allí bajó una mujer blanca y frágil, pequeña y muy acicalada. Podía tener entre sesenta y setenta años, pues estaba en una edad indescifrable para un muchacho de 23. Usaba una pañoleta guinda en el pelo y un trajecito sastre azul marino, de maestra, y una blusa blanca que le reforzaba la facha magisterial. Pese a su tamaño y su aparente debilidad, la forma en la que bajó del coche y el gesto del taxista al cobrar delataban que la vieja no era un flan. Horacio se puso de pie y caminó para mostrar de inmediato su servicialidad.
—¿Maestra Lupita?
­—Soy yo, joven, soy yo… ¿y usted es Horacio?
—Horacio Sobrino, maestra, para servir.
—Gracias, joven Horacio, un gusto tenerlo aquí.
Mientras la anciana sacaba las llaves para abrir la reja y la puerta principal, Horacio pensó que el primer encuentro no había sido malo. Se presentó bien, y la maestra Lupita le dejó caer una mirada que parecía sinceramente atenta. Pasaron al zaguán, luego a la sala, luego a un patio y a dos habitaciones. Mientras recorrían el desolado espacio, la maestra Lupita explicaba.
—Mire, joven Horacio, no sé para qué me ando cambiando a estas alturas de mi vida. Pero bueno, ya lo hice y ni cómo arrepentirme. En esta casa viví cuarenta años, aquí hice mi vida, pero por una loquera inexplicable se me pegó brincar a una casa un poco menos deteriorada. Esta la rentaré, le están dando mantenimiento, pero no quiero meter a nadie hasta que no saque mi biblioteca. Mi idea es llevarla en orden; ya tengo libreros nuevos en la otra casa, pero necesito un especialista que me ayude con la clasificación y con la carga. Cuando mi sobrino supo lo que yo necesitaba no paró hasta conseguirme la ayuda. Venga, déjeme le enseño.
En las palabras de la mujer no había tristeza, cansancio, emoción, molestia, nada. A lo mucho, se sombreaban con un velo de indiferencia que la llevaba a orientar su explicación sin apasionamiento, un poco mecánicamente. Quitó un par de candados, movió un par de aldabones y entraron a una habitación de cuatro por cuatro metros; tenía un pequeño escritorio, una Remington negra y lustrosa, lápices y otros utensilios de escritorio; al lado, cinco estructuras metálicas que por ambas caras se alzaban con un contenido de dos metros de libros. Una vez entró a la casa del director y él sí, francamente, tenía muchos libros; los de la maestra no eran tantos, así que la chamba de Torreón prometía no ser tortuosa.
—Lo que quiero quizá ya se lo explicó mi sobrino Toño. Hay que bajar los libros, ordenarlos por temas o materias, usted sabrá mejor que yo de eso, guardarlos en cajas para que los transporten a mi casa nueva y luego, cuando estén todos allá, acomodarlos como mejor se dejen. Eso es todo. ¿Cómo ve, joven?
—Eso me comentó el director. Haré el trabajo lo mejor que pueda, maestra.
—No lo dudo, se ve usted muy listo, joven.
El piropo lo dijo igual que lo demás, sin mucho énfasis, distante. Horacio recordó a su madre y reparó que tal vez hay una etapa de la vida en la que ya no emociona nada.
—Es raro que no haya llegado don Julián. Es el señor que anda haciendo las reparaciones para cuando la rente. Pero no le va a estorbar, joven, pues él andará en los cuartos y usted se encerrará en la biblioteca. Si quiere, lo voy dejando ya, para que busque dónde quedarse y vaya a comer. No es necesario que comience hoy. Descanse. Le doy la llave y mañana usted entra solo. Mire, también le doy este dinero para sus gastos.
La maestra sacó de su bolso un tubito de billetes. Se lo dio a Horacio y le dijo que se iba.
—Cualquier cosa, ya sabe, llámeme cuando guste. Hágalo desde la sastrería. Si quiere llamar a su familia, llame desde allí, yo pagaré sus conferencias.
Distante, amable, desprendida, comprensiva, la maestra y su biblioteca eran el trabajo perfecto para un desempleado queretano. Apenas la anciana cerró la puerta, Horacio volvió a la biblioteca y se le fue una hora en examinar los lomos, el escenario de su futura chamba. Pensó que deseaba quedar muy bien, que el director y su tía no se sintieran defraudados. Un gruñido en las tripas le recordó que no había comido desde su salida en Querétaro. Estaba en el zaguán cuando en la puerta oyó una llave; la puerta se abrió y apareció un hombre de jeans, cachucha y camisa de cuadritos, vaquera. Era don Julián. No se sorprendió por la presencia del muchacho, como quien ya estaba avisado sobre el trabajo que realizaría para la maestra.
—Julián —dijo el hombre y tendió la mano—, usted debe ser el de los libros, ¿no?
—Sí, soy ése. Horacio Sobrino, servidor.
La maestra lo llamó “don Julián”, pero era joven, menor de cuarenta. El fuereño le dijo que saldría a buscar comida y un alojamiento y que volvería mañana a comenzar con el asunto de los libros.
—¿Y ya sabe dónde va a quedarse, joven?
—No, buscaré un hotelito por aquí cerca.
—Si quiere yo lo ayudo. No es que me meta, pero conozco unos alojamientos limpios y a buen precio aquí cerquitas.
Horacio aceptó la ayuda, agradecido y algo apenado por distraer a don Julián. Salieron y caminaron con rumbo al mercado.
—Ya anduve cerca de este lugar en la mañana. ¿Cómo se llama el mercado?
—Alianza, es la parte más vieja de Torreón. Por allí cerca están los alojamientos. Allá lo llevo. No traigo mi camioneta, la están arreglando, por eso venimos a pata.
Y sí, cuatro cuadras después apareció la casa que tenía la decencia de no autodenominarse “hotel”. Era apenas un local con “alojamientos” sobre la calle Zaragoza. Le gustó que la recepción se viera aseada y pagó una noche, para probar si el cuarto era cómodo y aseado, además de económico. Don Julián se despidió y quedaron de verse al día siguiente.
Por fin en el cuarto, Horacio se tumbó la ropa y buscó la ducha con ansiedad. Traía la sensación de mugre que deja el autobús, y necesitaba tumbársela. Cuando terminó, puso a funcionar una refrigeración algo ruidosa. Se echó en la cama, todavía húmedo del baño. Sintió con perfecto placer el aire que secaba su cuerpo y sin darse cuenta cayó en un sueño plúmbeo. Cuatro horas después, todavía en trusa, despertó. Eran las siete de la tarde y seguía sin comer. Se calzó ropa ligera, una playera publicitaria de la selección, y salió a probar suerte con los restaurantes. Su olfato lo hizo buscar el rumbo del mercado donde había visto la torta gigantesca. La imaginó espléndida, y volvió el rechinar de tripas. Llegó a la fonda —Lonchería Mayo, se llamaba— y antes de pedir su torta oyó a otro cliente llamar “lonche” a la especialidad del negocio.
—Me da el lonche más grande que preparen —dijo en su turno.
En dos minutos estaba frente a él una brutal torta de tres pisos. Le llamó la atención que no la calentaran, pero la sintió deliciosa. Con una tuvo, de tan gorda que se la sirvieron. Mientras comía hizo cuentas mentales de sus recursos. Pensó por un momento que le habían dado de más, pues apenas gastaría una pequeña cifra en hospedaje y por las comidas no se preocupaba: haría dos por jornada, y muy económicas. Terminó de comer y caminó por el mercado. Con asombro vio que casi era las ocho de la noche y la gente no paraba de moverse. Todo se sentía agitado en el ambiente. Caminó de nuevo rumbo a los alojamientos y en el caminó se topó con la plaza de armas; un fotógrafo con Polaroid le ofreció un click; ya había poca luz, pero aceptó y quedó muy bien, con el quiosco y los pobrecitos árboles al fondo. Luego se sentó en una banca frente al Casino de La Laguna, y hasta ese momento reparó en la cantidad enorme de rótulos que decían “La Laguna”. Ya más relajado, notó que era incesante la cantidad de mujeres hermosas. En menos de diez minutos sumó a treinta de muy buenas hechuras. Compró cigarros. Hacía un calor apenas mitigado por un vientecillo sin fuerza.
Al llegar a los alojamientos, listo para encerrarse y descansar como preámbulo para el trabajal del siguiente día, don Julián lo esperaba en la recepción. Se saludaron.
—Pensé que tal vez quería dar una vueltecita a la ciudad. Ya me arreglaron la troca, por si gusta…
Era demasiada amabilidad, y Horacio sospechó algo turbio en tanto ofrecimiento. Sintió que negar sería grosero, e hizo cálculos de tiempo. Para fijar un límite desde la aceptación, dijo que disponía de una hora libre. Subieron a una Ford raspada, Horacio le ofreció un cigarro y comenzaron una errancia lenta, fumando, con las ventanillas abiertas.
—Dígame qué se le antoja. ¿Una cervecita?
—Sí, vamos a donde usted diga.
—Lo voy a llevar a un lugar tradicional, ya verá.
La camioneta fue estacionada junto a un cine, el Laguna. Caminaron unos pasos y en la esquina ya esperaban, muy ofrecedores de canciones, varios charros, norteños y catrines con guitarras, trompetas, maracas y acordeones. Allí estaba el Gota de Uva. Entraron y de inmediato los atendió un mesero con camisa blanca arremangada. Las primeras dos cervezas sirvieron para intercambiarse los generales. Julián Aranzubía, 38 años, casado, dos hijos —Julián y Margarita—, multiusos de la plomería, la electricidad y la pintura de brocha gorda. Don Julián se pegaba al gollete y daba largos tragos a la cerveza con buen ritmo. Platicaba poco, daba la impresión de que prefería escuchar y beber; sólo se puso parlanchín cuando habló de sus hijos; dijo como cinco veces que los quería “estudiados”, si se podía ingenieros. El tiempo se diluyó como las cervezas y las borrosas palabras de aquella primera noche en Torreón. Eran las dos de la madrugada y Horacio salió del Gota de Uva con una sensación de verdadera embriaguez; pudo ver que la noche estaba viva, que decenas de parroquianos iban de un lado a otro, o que decenas de coches se arrimaban a los músicos para pedir presupuestos. Contra su costumbre, había despachado como doce botellas. Don Julián descargó veinte o poco más, pero se le notaba incólume, tan despierto que con palabras fluidas no le permitió al fuereño liquidar la cuenta.
Ebrio, pensó que había llegado el momento decisivo, que don Julián ahora sí revelaría el propósito de su generosidad. El hombre preguntó si quería cenar algo. Horacio dijo que sí, y pronto derivaron en una menudería donde probó un potaje magistral, para revivir a los muertos. Pese a la hora, estaba llena de clientes. Terminaron ahítos, mudos. Sin sobresaltos, sin palabras, don Julián lo dejó en la puerta de los alojamientos. Horacio le dio las gracias, entró a su habitación y se derramó en la cama, fulminado.

Despertó de golpe, sobresaltado y con algo de resaca, a las diez de la mañana. Ya era tarde. Mientras se bañaba hizo una síntesis del día anterior. Notó que en todo le fue bien, que no había padecido ningún tropiezo o malestar. El taxista, la señora de la sastrería, la maestra, don Julián, todos lo habían ayudado a sentirse bien en su primer viaje de trabajo. Intuyó que no todo seguiría así, que en cualquier momento pasaría algo malo.
Por recomendaciones de una mucama, desayunó gorditas, el plato tradicional de Torreón, en un estanquillo. Fue maravilloso, y otra vez muy económico. Luego caminó hacia la casa de la maestra y no fue necesario usar la llave: la reja y la puerta estaban abiertas. Allí andaba don Julián, quien preparaba brochas y pinturas. Lo acompañaba un niño como de siete años, su hijo.
—Este es Juliancito. Salude, mijo —el mocoso estiró la mano hacia Horacio, con la vista baja—. ¿Ya desayunó, joven? ¿Durmió bien? —la voz de don Julián no insinuaba nada, sólo cordialidad—. Se lo digo porque traje unas gordas picosas para almorzar, por si gusta.
—Ya comí algo, don Julián, gracias.
Horacio vio metido al trabajador en sus trajines de multiusos. Al lado de unas tinas con pintura y brochas tenía abierta una caja amarilla de herramienta. Fumaba con el cigarro clavado en los dientes, sin tomarlo con las manos y sin hacerle muecas al humo. Cruzaron unas pocas palabras más y Horacio fue a la biblioteca para comenzar con su tarea. En mediodía logró armar un plan general de ataque al encargo de la maestra Lupita. Notó que las materias podían organizarse en tres disciplinas: educación, historia y literatura, en ese orden de importancia según el número de volúmenes. Era un trabajo demasiado sencillo y placentero, la organización de aproximadamente dos mil libros que, por la apariencia de los lomos, habían acompañado la vida de la maestra. Especuló que necesitaría unas dos semanas, a lo mucho tres, para cerrar el trabajo. En ese momento decidió avanzar a un ritmo pausado para que todo cuadrara en un mes y poder cobrar con mayor facilidad. En su fuero íntimo sintió, con tenue bochorno, que le pagarían unas vacaciones. Horacio no tenía la culpa de eso, y de todas maneras haría su mejor lucha para dejar la biblioteca impecablemente organizada. Ya encarrilado, procedió a vaciar los primeros estantes y acomodar los libros en las tres materias predominantes y una extra que decidió llamar “miscelánea”. La maestra ya lo había dotado con una cantidad importante de cajas plásticas de archivo, sin armar. En la Remington tecleó la lista con autor, título y editorial, para que el registro fuera perfecto y la maestra supiera bien a bien lo que tenía.
Sin darse paz, concentrado, trabajó hasta las siete. Suspendió el trabajo, metió las aldabas a la biblioteca y antes de salir buscó a don Julián. Desde la azotea, el hombre lo saludó ya muy salpicado de manchas blancas en la ropa; su hijo le sostenía un nivel y una cuchara de maistro. Se despidieron y antes de que Horacio tomara la calle, don Julián le peguntó si no quería otra rondita de cervezas. El bibliotecario dudó, pero quedaron de verse a las nueve.

Luego de quince días de trabajo con los libros, las cajas y la clasificación estaban casi listas. Las jornadas siempre remataban con un paseo en la camioneta de don Julián, quien lo llevó al Cerro de las Noas para tener una panorámica nocturna de la ciudad, al bosque Venustiano Carranza, a la Alameda, al estadio Revolución, al estadio Moctezuma aledaño al aeropuerto y a otros lugares de supuesto interés. La verdad, a Horacio la ciudad le parecía fea, desangelada. Lo que más le gustó fue cada uno de los restaurantes y las cantinas que salpicaban el plano de la ciudad. En todos lados se comía y bebía rico y barato, y en todos lados se respiraba un aire de tranquilidad. Sólo una vez, al pasar por un bar, vio fugazmente el pleito de dos pendejos que a mano limpia se amagaban como boxeadores sin estilo. Lo demás era fiesta, y las noches se poblaban de almas y de coches, como en la Zona. Don Julián lo llevó a ese otro punto “de interés”: era un territorio cercado en medio de una colonia proletaria. Le decía a secas “la Zona”, con una expresión algo reverencial. Se trataba del sitio más alucinante de Torreón, un espacio de putas y borrachos, de viejos y de jóvenes, de lilos y de otras baratijas humanas que formaban una Gomorra lumpen, hedionda y febril. La apariencia de la Zona no podía ser más sórdida. Los neones rojos, las banquetitas estrechas, la distribución en fila de cada tugurio y el pandemonio de tanto trasnochado le daban un aspecto algo infernal, pero en las tres o cuatro noches que entraron no pasó nada, y don Julián se movía en esas callecitas como quien deambula por Disneylandia. A Horacio le daba pena confesarlo, pero luego de una variedad en la que se desnudó una vedet de lindas tetas, sintió la picazón, el antojo de una chica. Don Julián, experto en esos trotes, le procuró un mejor remedio.
—Aquí en la Zona no, joven —siempre le dijo “joven” —. Usted tiene universidad y las mujeres de aquí son para compas jodidos. Lo llevaré a otro lugar y allí verá chamacas de su categoría.
Comprensivo, don Julián lo puso en una casa común y corriente en el que una señora de edad, hipopotámica y desenfadada, lo atendió con fría eficacia. Mostró la mercancía y Horacio, sin dudarlo, se inclinó por una delgada y alta que lo trabajó con fingida convicción.

Casi al mes el cuerpo ya le deslizaba la factura. Todos los días en Torreón fueron lo mismo: desayuno, trabajo en la biblioteca, comida y juerga con don Julián. Él sabía administrarse con pericia, pues nunca se veía agobiado. A veces eran nomás unas cinco cervezas y cena, pero otras desplumaban botellas de buen tamaño y terminaban en la madrugada. En uno de esos trotes Horacio llegó algo ebrio a los alojamientos y pensó en la estancia torreonense: observado con detenimiento, ese mes había sido un paraíso. Nunca un problema, nunca hambre, nunca aburrimiento, nunca un golpe, nunca una preocupación. Sabía por ejemplo que las noches en algunas ciudades del país podían ser peligrosas, pero en Torreón el único peligro eran las mordidas de los polis. Fuera de eso, qué paz respiró en aquellas madrugadas plenas de cerveza y tacos, de mujeres y música en las cantinitas donde don Julián actuó como guía experimentado.

Llevó las cajas ya organizadas en la camioneta de don Julián. La casa nueva de la maestra era chica, pero bonita e iluminada con amplios tragaluces, moderna. Hasta donde entendió, quedaba en la orilla de Torreón, en una colonia llamada Nueva San Isidro. En dos días acomodó los libros y le entregó la lista a la maestra, quien jamás puso en duda la clasificación y el pago que merecía el biblotecario de Querétaro.
—Es todo, señora. Mañana vuelvo a mi tierra.
—Mire, joven, ¡qué rápido se pasa el tiempo! Y pobre de usted, ha de estar aburridísimo.
La maestra no podía saber que Horacio estaba todo, menos “aburridísimo”. Él no le iba a confesar los trotes nocturnos con don Julián, el vagabundeo etílico y gastronómico por la tranquila noche lagunera, así que optó por no responder nada. En la mirada de la maestra vio un brillo de sincera compasión.
—Tan muchacho, usted. Debe extrañarlo todo. A su gente, a sus amigos…
—Sí —mintió para no ser descortés—, pero ya mañana amaneceré en Querétaro, maestra.
—Bendito sea mi padre dios, y perdóneme haberlo molestado. Mire, aquí está la liquidación. Sentí que era muy poquito lo que me dijo mi sobrino, así que le puse un poco más. Espero que sea lo justo por su amable ayuda.
Horacio había hecho un buen trabajo, era cierto, pero de todos modos sentía que no merecía nada, pues el mes en Torreón se fue como un paseo, con casi treinta noches de trago y comida aquí y allá. Volvió a callar, agradeció a la maestra tanta confianza y le pidió que si volvía a requerir de un trabajo similar, lo llamara.
Esa noche, la última, don Julián pasó por él para llevarlo a la central de camiones. Decidieron que antes debían sellar la amistad con unas cervezas. Horacio le pidió que fueran al Gota de Uva, donde habían empezado sus tragos y su conversación. Sólo tuvieron tiempo para tres Tecates. Horacio anotó en una servilleta la dirección de su nuevo amigo y quedó de llamarle o escribirle. Poco rato después, ya en su asiento y con el autobús en marcha, Horacio se esculcó la camisa y no halló la servilleta. Al llegar a Querétaro lo esperaba la noticia de que había una vacante en el gobierno y pronto consiguió su primer trabajo firme. Lo demás, el tiempo, se fue como se ha ido siempre: sin ruido, implacable.

Casi treinta años después, vaga en el internet y llega a una nota horrible publicada en El Universal. Lee: “Balacera en Torreón deja siete muertos”. La foto de complemento muestra unas fachadas y la punta y la torreta de una patrulla. Pese a la oscuridad, Horacio logra percibir al fondo el rótulo de la cantina. No se ven mariachis ni otras personas alrededor, sólo algunos efectivos de seguridad encapuchados. Por las evidencias, piensa que algo malo ha ocurrido en el festivo y tranquilísimo Torreón de su recuerdo. Lee algunos párrafos y cuando llega a la lista de nombres, la nota dice que los muertos tenían “entre 25 y 35 años”. Sólo hay tres identificados: uno de ellos llevaba un nombre conocido: “Julián Aranzubía”. Horacio piensa, no sin remordimiento: “Su hijo”. Por un instante se le cruza en la cabeza la idea de viajar con un miserable pésame al festivo y tranquilísimo Torreón de su recuerdo.
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Comarca Lagunera, 5, marzo y 2011