lunes, marzo 28, 2011

Cementerio de futuro


En el número más reciente de la revista Nomádica aparece el artículo que traigo a continuación. Como siempre, esa revista sobre medio ambiente, historia y arte ofrece muchos textos y fotogafías de interés.

Una purga de roña en el cuarto de los triques me llevó a reflexionar en el destino de la tecnología obsoleta y en nuestra tecnoglotonería. La revelación de este asunto se dio cuando vi dos gabinetes de computadora (cepeús), dos monitores, dos teclados, un escáner, una impresora, un amasijo de cables y como cuatro ratones (mouses, quiero decir) inhabilitados y listos para convertirse en carne de pepenador. Eran, pues, varios kilos de plástico, vidrio y no sé cuántas tripas más ya rebasados por el futuro, objetos que en 1998, poco más o poco menos, fueron el fabuloso presente de mi cibernética hogareña. Aquel cementerio de cachivaches me llevó a pensar en lo rápido que ahora se nos va el futuro. Basta una década, basta un lustro para que los aparatos que nos hicieron sentir modernos parezcan luego piezas de museo paleontológico. Ver ahora un cepeú, por ejemplo, es contemplar el voraz destino de la tecnología: en muy poco tiempo nos parecen incómodos, feos, mastodónticos, tanto que irradian un deprimente aire de inutilidad. Y pensar, pienso, que esas herramientas alguna no lejana vez fueron anunciadas como lo mejor, como el futuro que nos haría la vida más cómoda. En un lapso cortísimo, ya vemos, se convirtieron en nada, a lo mucho en objetos lamentables que durante algunos años fueron a dormitar en un cuarto de triques hasta que una purga de chácharas inviables los condenó al camión recolector. Ya no hay producto de ese tipo, tecnológico, que no reciba publicidad excesivamente fanfarrona sobre sus virtudes anticipatorias. Todas las computadoras, los coches, los teléfonos y sus afines nacen, según los anuncios, para brindarnos la dicha de que gocemos el futuro hoy. Es una estrategia cliché de los mercadólogos, lo sé, y también sé que ya no reparamos tanto en esa publicidad para comprar los aparatos que requerimos. La simple obsolescencia de los que ya tenemos nos obliga a comprar una versión actualizada. Yo qué más quisiera: si me dieran a elegir, me hubiera quedado con la misma computadora de 1993, pero lo que ocurrió luego es pasmoso: mi PC del 93, un armatoste de seis o siete kilos, un cajón de medio metro cuadrado de tamaño, no tiene la memoria que ahora cabe en un dispositivo portátil usb que pesa no más de veinte gramos y mide lo que una goma de borrar. Imposible, pues, aferrarse a un pasado que no por cercano parece cavernario, remotísimo. La basura tecnológica que ha producido mi consumo de enseres computacionales me lleva a recordar algo en lo que frecuentemente pienso: defenderme, no caer en las garras de una adicción que parece no tener fin y sólo garantiza erogación tras erogación. Es innegable la revolución personal y colectiva provocada por estos aparatos, pero también hay mucho de falaz en sus virtudes. Es cierto: tenemos todos los periódicos del mundo a nuestra disposición, cualquiera con un click puede acceder (no accesar) a ellos, pero si nos fijamos con atención, los diarios, los buenos diarios, no son el pan habitual de los cibernautas. Tenemos cientos de páginas con libros a merced, gratuitos, muchos de ellos pirateados, pero con todo y eso la gente no lee (antes, la escusa se relacionaba con el precio de los libros; ahora, con el disgusto y la incomodidad de leer “en la pantalla”). Ni caso tiene hablar sobre el uso generalizado de la computadora y su más pudiente y maravilloso engendro, el internet; todos sabemos cómo, en qué, para qué se usan esos monstruos. La tecnología es bienvenida, negarla es reaccionario, pero también admitirla a ciegas, consumirla sin discrimen y sólo para el hedonismo y la estulticia, lejos de ser liberador, nos ata, “coloniza nuestra subjetividad” (como dice José Pablo Feinmann sobre los medios en general) y nos mantiene haciendo que suenen las máquinas registradoras de marcas a las que no les preocupa en verdad nuestro bienestar presente o futuro. La mejor prueba de que el porvenir no habita los aparatos en sí es el montón de plástico, cables y chips que eché a la basura cuando el futuro que simbolizaron se convirtió en pasado, en polvo, en nada. Todo en una simple y veloz década.

domingo, marzo 20, 2011

Carlos Montemayor, humanista



Acepté gustoso el reconocimiento que me hace la comunidad de Ciudad Benito Juárez, Durango, no por el reconocimiento en sí, sino por el nombre que lo enaltece. Recibir una placa que de alguna manera me vincula con la memoria del maestro Carlos Montemayor es uno de los más emotivos y estimulantes espaldarazos que he recibido en mi vida como escritor. Saber, pues, que la presea que hoy me otorgan lleva su nombre me compromete a ser mejor, a mitigar en lo posible mis numerosos defectos y a destacar con toda fuerza mis escasas virtudes, si es que alguna tengo. Me honra, me honra mucho, que la comunidad organizadora de este festejo sea la Casa de la Cultura José Revueltas, de Ciudad Benito Juárez, Durango, y que estén presentes dos invitados que con su sola visita justifican una fiesta: Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor, y Paco Ignacio Taibo II, amigo cercano del maestro parralense.
He escrito varios artículos sobre mi relación de lector y personal con el maestro Montemayor. La de lector ha sido, por supuesto, más intensa que la personal, pero en ambas formas de convivir con él he comprobado que es (no fue, pues su obra sigue viva) un humanista, más que un escritor. Un humanista en el sentido que las letras clásicas le dan al hombre que cabe en esa palabra, es decir, un sujeto comprometido con el pensamiento, con las ideas, con el saber, pero también con los problemas inmediatos de la gente, con la crítica a los abusos del poder, con el respeto sin orillas a la dignidad humana.
En efecto, Carlos Montemayor es todo eso. No sé por qué, pero al pensarlo así mi mente lo vincula con dos o tres personajes emblemáticos del saber y la justicia en el Nuevo Mundo cuando éste era escenario del violento choque cultural producido tras la llegada de los españoles. Al decir Montemayor, pienso en Las Casas o en Sahagún, es decir, en esos superhombres que no se conformaron con arar en los terrenos de lo etéreo, del conocimiento puro, y se entregaron al conocimiento de la vida cotidiana de los indígenas sobre todo para evitar la saña colonialista. Como aquéllos, Montemayor escribió para su alma, para acatar las exigencias de la estética y del conocimiento en sí, pero también para los demás, en este caso para acatar los imperativos de la ética. Ahora bien, sin el parangón con religiosos como Las Casas o Sahagún no funciona, puedo hacer una comparación con laicos: Montemayor es a México, por ejemplo, lo que José Carlos Mariátegui es al Perú; Rodolfo Walsh, a la Argentina; Roque Dalton, a El Salvador y Alejo Carpentier, a Cuba, hombres todos dotados de un exquisito sentido del arte y a la vez de un compromiso social inequívoco.
Esa es la razón por la que es posible hallar al Montemayor poeta, cuentista, traductor, filólogo, musicólogo y demás, y también al Montemayor periodista, historiador y político en el sentido digno que todavía pueda tener esta última palabra. La novela, creo, fue el terreno donde mejor se dio el fruto totalizador del humanista chihuahuense. Sin renunciar a las exigencias del arte, Montemayor desplegó allí su mirada crítica, su profundo amor a la verdad, su pasión por entender la dinámica de las luchas defensivas encaradas por los pobres de este país, su celo por desmontar y desactivar con su palabra las inmensas patrañas del discurso oficial.
Ese es el Montemayor más conocido para mí, el de sus libros y el de sus colaboraciones periodísticas. Al otro, al de carne y hueso, lo traté apenas cuatro veces. La primera en Chihuahua, en la pequeña casa sin muebles del poeta Enrique Servín, quien me invitó a una reunión donde sentó a los comensales en el suelo. Aquello se dio como en el 93 o 94, y tuve la fortuna de quedar a un lado del maestro Montemayor, ambos recargados a la pared y sentados como muchachos en la esquina. Yo era un chamaco, así que apenas pude, con timidez provinciana, sostenerle la conversación. Lo que no olvido es el cortés gusto que le dio cuando supo que a mí me gustaba escribir cuentos: “¡Cuentos!, muy bien, un género difícil, desenmascarador de charlatanes!”, fue lo que más o menos me dijo.
Luego lo vi otras tres ocasiones en la estepa lagunera. En 2003 presentó Las armas del alba en el Museo Regional de La Laguna, y cenamos con buen diente, junto a los escritores Saúl Rosales y Miguel Báez, al final de la ceremonia. Después, en 2007, lo encontré de nuevo en el Teatro Alberto M. Alvarado; esa mañana presentó La fuga, entonces su más reciente libro, y en la misma actividad cantó su amigo Óscar Chávez. La última vez que lo traté, veinte días antes de su partida física, fue, creo, la más cálida. Los amigos que lo trajeron a ofrecer una conferencia luego lo llevaron a comer y me invitaron. Lo que yo no sabía era que me darían el privilegio de comer al lado del maestro, así que aproveché la coyuntura para hacerle una entrevista informal que al día siguiente publiqué en mi columna. En esa misma reunión conocí a Susana de la Garza, su compañera, quien junto con el maestro Montemayor fue un dechado de amabilidad, la misma que ahora tiene al acompañarnos y ser acompañada al mismo tiempo por el maestro Taibo, amigo de lujo.
Hoy, a un año de su partida física, los mismos laguneros que muy seguido lo convidaban a traer su luz y su ejemplo, han decidido crear un reconocimiento cultural que llevará su nombre. Pensaron en mí para ser el primer afortunado en recibirlo, lo que agradezco profundamente a mis paisanos laguneros de Ciudad Benito Juárez, Durango. Esto me honra, por supuesto, y de paso, como dije hace algunos párrafos, me impone un compromiso: tomar la mano del humanista Carlos Montemayor y a mi paso, a mi modesto y pobre y trastabillante paso, tratar de seguirle la carrera.

Comarca Lagunera, 19, marzo y 2011
x
Nota: en la foto, flanqueado por Paco Ignacio Taibo II y Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor. El crédito de la foto es para Renata Muñoz, mi hija.

El género tuiterario de Gilberto Prado Galán



El sistema de blog brevísimo llamado Twitter acaba de cumplir cinco años de vida. En ese corto lapso ha logrado una clientela impresionante de suscriptores, lo que da una idea concreta, acabada, de los vientos que soplan actualmente en la comunicación. Todo debe ser rápido y breve, parece ser el mensaje al menos en el mundo de la tecnología. Lo que vino a producir internet es, sobre todo, un flujo irrefrenable y descomunal de contenidos, y esto ha condicionado una sintaxis atenta a la concisión, al achicamiento del discurso si el deseo del emisor es ser numerosamente decodificado. Aunque los admite, atrás quedaron los tabiques de texto a los que nos acostumbró el papel. La realidad ahora es, nos guste o no, rápida y escueta, además de simultánea.
Traigo a Twitter como ejemplo de todo esto porque tal sistema de comunicación resume como ningún otro un nuevo abordaje, aunque por suerte no el único todavía, de la escritura. Quien desee más y más datos sobre un tema específico, puede hallarlos con facilidad en la misma red, pero la transmisión de las líneas generales pasa hoy, forzosamente, por la brevedad. Es el caso de los grandes reportajes: están en internet, pero la forma que ahora tienen para llegar al público es primero breve y veloz, de fisonomía tuitera, apenas una línea que opera como anzuelo.
El reportaje, la novela, la crónica y otros géneros periodísticos y literarios de amplia matriz tienen esa obligación y esa dificultad, no así otros que ya de por sí eran breves o son creaturas diseñadas ex profeso para navegar en la red. El epigrama, el aforismo, el microrrelato, ya estaban allí antes de internet y se amoldaron con facilidad al nuevo dispositivo del mensaje cifrado en poco texto. Un caso igualmente paradigmático es el del palíndromo. Escrito desde hace muchísimo tiempo, halló en internet, y específicamente en el Twitter, un campo de acción ideal, perfecto casi para transitar con lujo de eficacia por la supercarretera. Si bien puede tener una extensión amplia, lo habitual es hallarlo en formato corto, razón por la que cabe de maravilla en el corsé de 140 caracteres permitido por el envase tuitero.
Así entonces, junto con su boom palindrómico de 2010, año en el que publicó tres libros sobre el tema, Gilberto Prado Galán encontró en el Twitter un plataforma ideal para los palíndromos de su feraz cuño, de suerte que ya es, creo, el máximo exponente mundial de algo que me atrevo a considerar, si me lo permiten, un novedoso género tuiterario.
En efecto, Gilberto Prado ha combinado con gran oportunidad su dominio del palíndromo con el del Blackberry y el del Twitter. Con esos tres ingredientes ha encontrado la fórmula para que las frases de ida y vuelta tengan más seguidores que los imaginados jamás por la palindrofilia mundial. Desde hace algunos meses, todos los días nos regala con una o dos o tres piezas de su infatigable producción, lo que ha creado en torno a su figura una especificidad claramente destacada entre los miles de usuarios avecindados en la urbe tuitera.
No sé si los palíndromos que cuelga en el Twitter son inéditos, si los acuña de botepronto o si ya han sido guardados en sus arcas bibliográficas. Es lo de menos, pues lo sé capaz de componer palíndromos en el aire y también lo sé generoso como compartidor de los que ya han sido publicados. Son tantos, y almacena tantos más en la imaginación, que si publicara uno diario necesitaría los años de Antonio Badú para poder convertir toda su producción en carne de tuiteo.
Más allá del debate sobre la pertinencia o la utilidad del juego (él ha preguntado para qué sirven un cuadro, una obra musical, una pirueta dancística), el caso es que se trata de un ejercicio cuya materia es humana, demasiado humana, es decir, la palabra, y ya con eso hay razón suficiente para tenerle aprecio, más todavía si aceptamos que al lado de la comunicación verbal común, siempre legible de izquierda a derecha, Gilberto y sus colegas nos convidan a celebrar el bello asombro de la lectura reversible.
Ese asombro terminó por estallar en 2010, año elegido por Gilberto para colocar su bandera en el Everest de la palindromía mundial. Publicó tres libros: A la gorda drógala, que contiene más bien acercamientos al espécimen; Sorberé cerebros, un muestrario que da cuenta de la fervorosa práctica del palíndromo entre los usuarios del castellano; y el libro que esta noche nos anima: Efímero lloré mi fe. Tuve ya la suerte de comentar los otros dos, y sobre este tercero se me acabaron los elogios. Ahora bien, no los necesita, ni los mías ni los de nadie, pues Efímero lloré mi fe se defiende solo, con su pura corpulencia, pues se trata de un ladrillo con 26,162 palíndromos que posibilita en cualquier receptor, al principio, un rictus de incredulidad, y luego de respeto cuando se advierte que se trata de un monstruo, el más grande monstruo concebido en español con bichos textuales que caminan de ida y vuelta.
Efímero lloré mi fe es un libro que por peculiaridad hace imposible todo resumen. La mejor manera de sintetizarlo, la única, dado que no se trata de una historia, es citando completas sus 484 páginas. No lo haré, claro. Sólo reitero que estamos ante la presencia de un campeón olímpico, de alguien que en un caso específico de la infinita actividad humana tiene récords o al menos se instala entre los mejor ranqueados del planeta.
Alguna vez escribí un artículo sobre los palíndromos y era Gilberto el móvil invisible de aquella reflexión; denominé al palíndromo “arte para servilletas”, ya que muchas veces vi a Prado Galán escribirlos sobre una servilleta en el café Los Globos. Hoy añado, pensando otra vez en Gilberto como modelo, que los palíndromos son un arte para Twitter, acaso el ideal entre todos los juegos con la palabra para un modo de comunicación que sólo admite 140 caracteres por envío. Tenemos Efímero lloré mi fe como gigantesca base para leer palíndromos de Gilberto Prado Galán, y tenemos ahora el Twitter como plataforma de despegue para muchas piezas más nacidas en su permanente fragua: @gilpg

Comarca Lagunera, 17, marzo y 2011

Nota: texto leído el jueves 17 de marzo en el Teatro Nazas durante la presentación de Efímero lloré mi fe. Participamos Julio César Félix Lerma, Gilberto Prado Galán y yo.

domingo, marzo 13, 2011

Del metal a la palabra



Nunca he mantenido una relación estrecha con los artistas locales. A muchos los conozco, los saludo con respeto y les he comprado o me han obsequiado obra, pero jamás me he involucrado en sus quehaceres o en su fiesta. Finalmente, y aunque parezca lo mismo, es un ambiente distinto al literario, con otras motivaciones y otros apetitos. Pese a esto, no ha faltado que algunos dibujantes, pintores y grabadores me hayan convidado a compartir créditos en algunas de sus obras. Hasta el momento he aceptado por dos razones: a) porque percibo calidad en la obra de quienes me invitan a escribir; y b) porque junto a mi actividad literaria he colocado una afición genuina y desinteresada por las artes de la imagen (pintura, grabado, fotografía…). No para ser crítico, que en mi caso ya es tarde para intentar eso, sino para “leer” una imagen y comunicar algo: quizá su sentido poético, quizá su valor o quizá simplemente (como cantó Leonardo Favio) su capacidad para catapultar alguna emoción o propiciar alguna estampa de palabras que sirva como complemento.
Durante al menos diez años, por ello, he querido escribir algo sistemático sobre los artistas cercanos. Jamás me he regalado ese placer, siempre lo he pospuesto, así que veré si ahora tengo el tiempo y la disposición para emprender una especie de galería virtual en Ruta Norte. Comienzo con textos escritos en torno al trabajo de tres grabadores. Con cada uno hice mancuerna: Miguel Canseco, Gerardo Beuchot y Román Eguía; ellos con sus respectivos grabados, yo con los textos que aderezan las “carpetas”. Explico cada caso.
Hace un par de años, Miguel Canseco me pidió una “oración” para el grabado que regalaría en diciembre. Fue una petición extrañísima al principio, pero no fue necesario aclarar que se trataba de un asunto juguetón, deliberadamente naive, pues creo que no me fueron concedidos ni el talento ni el fervor para escribir oraciones en serio, como dios manda, si es que dios alguna vez mandó escribir oraciones como él manda. Canseco es el artista gráfico con mejor pluma en La Laguna, como lo prueban sus acercamientos críticos publicados en Siglo Nuevo y la tanda de estupendos microrrelatos cuyo proceso de edición me ha compartido. De ahí, entonces, que me haya dado gusto su confianza en mi capacidad místico-fársico-musical, lo que dio como resultado la “Oración a la virgen pasajera y suburbana”.
La otra estampa que presento de Miguel no es una estampa, al menos no es una fina estampa, como escribió doña Chabuca. Hace tiempo, en una de mis andanzas en su taller vi tirado un trozo cuadrado de papel impreso por ambas caras; eran imágenes de prueba. Una de las caras, literalmente una cara, un rostro, me impresionó. Pregunté quién la había hecho y me enteré que fue Miguel. Cuando le dije que ese rostro terrible y torturado serviría como ilustración para la portada de un libro maldito, pues definía la maldad de un killer o de cualquier otro monstruo semejante, sonrió con escepticismo y me dijo que era un simple papel con rayones. No tardé mucho —pues eso lo entiende él mejor que yo cuando hablamos de grabados— para convencerlo de que a veces la espontaneidad fabrica obras insólitas, mejores que las trazadas prolijamente. Como era un papel abandonado a su suerte, me lo quedé sin pagar nada por él y en este momento espera un marco que no lo deshonre y más adelante ornar la tapa de un libro.
Por otro lado, de Gerardo Beuchot ofrezco dos grabados en formato mediano. Son, digamos, los bocetos en estampa de dos murales (“Persistencia” y “Comarca Lagunera”) pintados por este artista lagunero en dos espacios públicos distintos. La carpeta en la que los organizó llevaba un texto mío (el que aquí ofrezco) y uno más del doctor Sergio Antonio Corona Páez, cronista de Torreón. Beuchot, como sabemos, se ha ido especializando en pintura al fresco, pero sus grabados no le van a la zaga y sugieren una “reescritura” o variación que alcanza valor por sí misma. Estos dos cuadros ya decoran las paredes de mi humilde cueva.
Para terminar esta tanda, traigo la presentación escrita sobre cuatro grabados de una carpeta armada por Román Eguía, acaso el más inquieto y diversificado artista lagunero de la actualidad.
Creo que de las obras aquí presentadas (salvo del dibujo casual elaborado por Canseco) hay carpetas a la venta. Quien se interese, puede buscar a los autores en:
Miguel Canseco: cronicadelojo@hotmail.com
Gerardo Beuchot: g_beuchot@hotmail.com
Román Eguía: romaneguia@hotmail.com

Nota: salvo las de Román Eguía, las otras imágenes fueron captadas por mi cámara, de ahí que la calidad de la reproducción no sea óptima.

Oración a la virgen pasajera y suburbana


x
Oh, virgen milagrosa, virgen inmaculada, virgen suburbana y compasiva, protégenos de carteristas, cuídanos del sudor ajeno y de los apretujones, llévanos a buen destino, no permitas que el camión se descomponga, líbranos de embotellamientos, ampáranos de los choferes que juegan carreritas y permite que nuestros hermanos con guitarras y maracas ganen su pan diario con lo que gustemos cooperar. Danos hoy, mañana y siempre nuestro modesto tour de cada día por el centro de la ciudad y anexas, impide que nos aburramos e inspira al chofer para que ponga buenas cumbias en el estéreo, ruega por nosotros los pasajeros ahora y en la hora de nuestra bajada, amén.
x

Elogio del trabajo y la imaginación




x
“Persistencia” y “Comarca Lagunera” son tal vez las dos obras más importantes ejecutadas hasta ahora por Gerardo Beuchot. Los son por su tamaño, pero más todavía por el momento que celebraron: el centenario de Torreón como ciudad. Beuchot plasmó en ese par de murales el devenir de La Laguna, los rasgos que fueron definiendo el perfil espiritual de esta comarca llamada lagunera, y es por eso que los comunes denominadores allí visibles son el trabajo y la creatividad.
El trabajo en sus orígenes, el trabajo en su desarrollo y el trabajo en la actualidad, pues nada hay en esta región que parezca surgido de la nada, producto del generoso azar de la naturaleza. Muy distinta a otras fecundas latitudes de México, La Laguna exigió a sus primeros pobladores un esfuerzo extraordinario: para que aquí naciera algo fue necesario invertir inusitados empeños y esperar que con el tiempo la tierra diera frutos. Fue el caso de la vid colonial, luego del algodón y después, ya muy entrado el siglo XX, de la industria y el comercio favorecidos en mucho por la posición geográfica en el mapa de la República: La Laguna, y en ella Torreón, es el punto mágico donde intersectaron dos líneas que a su vez formaron el corazón de una gran cruz: las vías férreas que iban de Norte a Sur y de Este a Oeste, lo que a la postre detonó una fiebre del oro (del “oro blanco” en este caso) que trajo a muchos compatriotas de otras partes e incluso, como bien lo sabemos, una notable cantidad de inmigrantes extranjeros.
Todos, los oriundos y los recién llegados, supieron y saben hasta ahora que aquí nada se da sin el concurso del trabajo y la imaginación. Estos dos rasgos aparecen insistentemente en los murales de Beuchot, obras que del gran formato mural pasaron también al grabado que permite apreciarlos en casa, tenerlos siempre a la mano. Al componerlos, Beuchot tuvo clara conciencia de que nada le perjudicaría más al sentido de estas obras que la parálisis del asunto y las figuras. No hay aquí, entonces, momentos de sosiego, secciones petrificadas en escenas que ven al espectador desde un acomodo frío y preconcebido, como de foto realizada en un estudio. Las escenas y las figuras de los dos murales vertidos también en aguafuerte dan la idea de movimiento, de acción, de permanente flujo. Los actores de ese espacio acuden al instante para mostrarnos que La Laguna es tierra de permanente hacer, de infatigable lucha por mantener la vida en pie. El esfuerzo dinámico, mezclado al onirismo figurativo ya característico en la obra de Beuchot, imprimen pues a “Persistencia” y “Comarca Lagunera” los gestos más sólidos de la región que nos abraza: el trabajo y el vuelo de la imaginación creadora, rasgos imprescindibles para no sucumbir en la dura aridez de nuestra estepa.
x
Comarca Lagunera, 7, diciembre y 2009

Cuentos súbitos de Román Eguía









Los niños juegan e inventan y esta cualidad, lo sabemos, es minada por el tiempo y el supuesto acceso a la madurez. Más allá de cierta edad, pocos adultos pueden presumir, por ello, la supervivencia de su ludismo. En La Laguna, uno de los escasos artistas que al parecer no extravió nunca el gusto por la experimentación infantil es Román Eguía.
Tengo un lustro en contacto con su obra y en cada una de sus producciones he hallado siempre una sorpresa, el gusto por la exploración y el riesgo característico de las aventuras infantiles.
Sus logros se diversifican pues en muchas técnicas, temas, materiales y propósitos. Artista infatigable, en todo objeto advierte una posibilidad creativa, de suerte que sus manos y su imaginación provocan nacimientos permanentes, obras cuyo sello está en la búsqueda y el imprevisible hallazgo.
Con las armas de la inquietud y una mirada de niño mayor de edad, Román es en suma un combinador, un mezclador, un alquimista juguetón; su amor por el hibridaje se puede percibir, por ejemplo, en “Cuatro cuentos cortos”, serie donde al ensamblar grabado y literatura nos recuerda los emblemas que alguna vez, sobre todo en el medievo, burilaron epigramáticamente un mensaje edificador.
Cualidad, Nacer, Valer y Voz son los tópicos abordados en cada una de las piezas. Todas enuncian una sentencia que, como emblema de Alciato, como cuento súbito, condensa pautas de acción ante la vida. El resultado es un juego de estímulos que imbrica dibujo, palabra y pensamiento, un cruce de gozosos caminos entre la imagen y el verbo.

jueves, marzo 10, 2011

Efímero lloré mi fe



Presentación de Efímero lloré mi fe, monstruo palindrómico de Gilberto Prado Galán

El próximo jueves 17 de marzo a las 19.30 horas será presentado en el foyer del Teatro Nazas Efímero lloré mi fe, libro que contiene 26162 palíndromos acuñados por el escritor lagunero Gilberto Prado Galán. Esta obra es, desde ya, el mayor intento individual posible de creación, ordenación y publicación que exista sobre palíndromos en el contexto de la lengua castellana. Acompañarán al autor Julio César Félix y Jaime Muñoz Vargas. Esta actividad es organizada por la oficina de Difusión Editorial y la revista Acequias de la UIA Laguna en coordinación con el Teatro Nazas.
El autor, Gilberto Prado Galán (Torreón, 1960), es Master of arts por la New Mexico State University, ha fungido como director de la estación cultural Radio Torreón, director del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila, profesor de español en la New México State University y actualmente es el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Ha publicado una docena de libros en las principales editoriales mexicanas. Autor del poemario El canto de la ceniza (editorial Calima de Palma de Mallorca, España), Prado Galán ha publicado ensayos, artículos, poemas y reseñas en diversas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido los premios internacionales “Malcolm Lowry”, “Garcilaso Inca de la Vega” y “Lya Kostakowsky y el premio nacional de crítica de arte “Luis Cardoza y Aragón”. Autor de 9000 palíndromos, Prado Galán pertenece desde el 2004 al Sistema Nacional de Creadores de Arte y, en fecha reciente, fue invitado como miembro de honor al Club Internacional de Palindromistas, con sede en Barcelona. En 2010 publicó tres libros sobre la materia: A la gorda drógala, Sorberé cerebros y Efímero lloré mi fe.
En cuanto a los presentadores, Julio César Félix (Navolato, Sinaloa, 1975) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Radica en Torreón, Coahuila, donde es profesor de tiempo completo en la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna en el área de Humanidades, coordinador editorial de la revista de creación literaria y pensamiento Acequias y colaborador del Centro de Difusión Editorial de dicha institución. Es autor de varios libros de poesía como De noche los amores son pardos y Desierto blues. Ganador de los juegos florales nacionales de La Paz (2004), finalista del Premio Internacional de Poesía Desiderio Macías Silva (2006), ganador del concurso del programa de estímulos a creadores Financiarte en la categoría de producción editorial con el libro de poesía Memoria ciega.
Por último, Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es escritor, maestro, periodista y editor. Entre otros, ha publicado El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr, Ojos en la sombra y Leyenda Morgan. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005) y de cuento Gerardo Cornejo (2005).