viernes, diciembre 30, 2011

Balas y proezas contadas



Texto leído en las IV Jornadas Nacionales de Minificción "Horizontes de la brevedad en el mundo iberoamericano: homenaje a David Lagmanovich (1927-2010)", celebradas del 2 al 4 de noviembre en la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.

Balas y proezas contadas: afán micronarrativo del corrido mexicano

Jaime Muñoz Vargas

1. Corrido clásico: lo revolucionario con Adelitas y Valentinas
La micronarrativa es más antigua de lo que suponemos. De hecho, creo que acompaña al hombre desde que a gruñidos comenzó a contar historias, a codificar en pequeños relatos su experiencia diaria, desde la caza del bisonte hasta la compra vía internet del nuevo Ipad. Más allá de que hoy la llamemos así (micronarrativa, microficción, microrrelato, microtexto, microloquesea), la historia armada en poco espacio y cuyo propósito es divertir, edificar, informar, adoctrinar y demás ya estaba allí, como el dinosaurio. La micronarrativa, pues, es ubicua, se cuela por todos los poros de la realidad y no le pertenece sólo a los micronarradores. Es tal vez, por ello, el más democrático de los géneros, pues basta compartir un café para que nazcan, con o sin intención estética, pequeñas historias que harán de nuestras vidas un amplio repositorio de microhistorias.
El microrrelato entonces es antiguo y acusa decenas de fisonomías. Hoy mismo, por ejemplo, cunde el brevísimo de una o dos líneas gracias a las nuevas tecnologías, sobre todo a la plataforma de Twitter que fuerza la hechura de los llamados tuits en 140 caracteres o menos. Nunca como ahora hubo relatos, nunca como ahora proliferaron las microhistorias que son ya la forma predominante del arte narrativo, de suerte que los estudiosos del género deban estar atentos sobre todo para destilar y obtener lo mejor en el inagotable menú que tiene hoy sobre la mesa.
Parte del trabajo que es posible perfilar en este inabarcable universo consiste, lo sabemos, en delimitar, describir, historiar aquellos productos que sin ser micronarrativa en estado químicamente puro bordean, rozan, atraviesan este territorio y confirman que contar en un palmo de papel es una de las prácticas incisivas del ser humano. Finalmente, reitero, la micronarrativa y las formas aledañas del relato no son patrimonio de los micronarradores, ni siquiera de los escritores en general, sino de todo aquel que desee contar algo y observe un mínimo propósito estético, así sea fallido, así sea rupestre.
En el enorme campo de la microficción involuntaria (por llamarle de algún modo) está el corrido mexicano. Heredero del romance español, como muchos de sus hijos en América Latina ha servido y sirve para contar hechos, verídicos o no, en versos por lo general octasilábicos, rimados vacilante y ripiosamente, y con una estructura narrativa simple y rígida: introducción, desarrollo y, desde su peculiar axiología, remate o coda en varios casos moralista. Su sentido narrativo es evidente, más allá de que la vestimenta sea poética. El corrido arraigó en el imaginario mexicano durante la Revolución, es decir, en el movimiento armado que encabezó Francisco I. Madero en 1910, revuelta que fue a la postre el hito fundacional del llamado “Estado moderno mexicano”. En aquel momento, se sabe, los rebeldes que se levantaron en armas contra la dictadura treintañera de Porfirio Díaz andaban a salto de mata, atacaban y retrocedían, tomaban ciudades, se desplazaban por el vasto y árido norte de México, escenario principal de las batallas. Pancho Villa, acaso nuestro más famoso revolucionario, combatió del lado de Madero y gracias a un olfato militar totalmente intuitivo devino leyenda, icono de la lucha contra toda forma de despotismo. Emiliano Zapata fue, dicho esto a grandes zancadas, su equivalente en el sur, de manera que Villa y Zapata son hasta la fecha los Revolucionarios mexicanos, esto con mayúscula.
En los campamentos rebeldes, en un mundo ágrafo y basado por ello en la oralidad, los rebeldes, en su mayoría provenientes del ámbito rural, tuvieron tiempo para matar el tiempo con el precario arte que les cupo en suerte. No faltó quién supiera rasguñar una guitarra y, al calor del tequila o el sotol, compusiera como dios le daba a entender algún romance sobre lo que estaba ocurriendo. Esa forma mexicana de la composición literario/musical pasaría a ser denominada “corrido”, y como observé hace algunos párrafos, su base es la narración de hechos reales o ficticios sobre la vida de un personaje o un grupo. Muchos corridos nacieron al calor de las balas villistas y zapatistas. Entre todos, el más famoso es sin duda “La Adelita”, homenaje a la lealtad e imprescindibilidad que los guerrilleros veían en la mujer que los acompañaba de batalla en batalla no sólo para ayudarlos con el fusil, sino con otras necesidades: los frijoles, las tortillas, el café y el petate donde se tiraban a dormir y demás menesteres horizontales.

En lo alto de una abrupta serranía,
acampado se encontraba un regimiento,
y una joven que valiente lo seguía
locamente enamorada del sargento.

Popular entre la tropa era Adelita,
la mujer que el sargento idolatraba,
porque a más de ser valiente era bonita,
que hasta el mismo coronel la respetaba.

Y se oía que decía
a aquel que tanto la quería:
“Y si Adelita se fuera con otro,
la seguiría por tierra y por mar;
si por mar, en un buque de guerra;
si por tierra, en un tren militar…”.

Como en este corrido revolucionario, en todos los otros vemos más o menos lo mismo, sus recurrentes: un estro algo ingenuo (como corresponde a la composición popular), pinceladas descriptivas del entorno semidesértico, exaltación de la valentía no sólo masculina y un campo semático atestado de referencias bélicas. Pasados los años, cuando, como decía Renato Leduc, “la Revolución degeneró en gobierno”, el corrido mexicano echó raíz profunda en el alma mexicana, pasó a narrar (a micronarrar con versos de modesta factura) todo lo narrable y terminó por convertirse, tras la difusión de la radiofonía (década de los veinte), en un subgénero de la música folclórica mexicana mejor conocida como “ranchera” que tanto y tan bien caminó gracias al cine.

2. Corrido posclásico: caballos, pistoleros y altercados (des)amorosos
La temática revolucionaria cedió paso entonces a cualquier otra. Así, nacieron corridos que simplemente cuentan delitos del fuero común, ya muy al margen de la lucha política. Es importante subrayar que el corrido quedó encuadrado en el ámbito de lo violento y se convirtió en una especie de nota roja lírica, de involuntario juglarismo sobre hechos de sangre. Asesinatos, fiestas que terminan en matanzas, hazañas de bandoleros casi anónimos, encontronazos entre rivales que se matan por viejas o nuevas rencillas, todo lo que podía teñir de rojo el canto tuvo cabida en el corrido. Así la famosa microhistoria narrada en “Rosita Alvírez”:

Año de 1900
presente lo tengo yo
que en un barrio de Saltillo
Rosita Alvírez murió.

Su mamá se lo decía:
“Rosa, esta noche no sales”.
“Mamá, no tengo la culpa
que a mí me gusten los bailes”.

Hipólito llego al baile
y a Rosa se dirigió
como era la más bonita
Rosita lo desairó.

“Rosita no me desaires,
la gente lo va a notar”.
“Pues que digan lo que quieran
contigo no he de bailar”.

Echó mano a la cintura
y una pistola sacó,
a la pobre de Rosita
nomás tres tiros le dio.

Algo similar ocurre en “El Perro Negro”, corrido de José Alfredo Jiménez, quien es, todo mundo lo sabe, el más grande compositor mexicano de rancheras; cito íntegra aquella pieza:

Al otro lado del punte
de La Piedad, Michoacán,
vivía Gilberto el valiente
nacido en Apatzingán,
siempre con un perro negro
que era su noble guardián.

Quería vivir con la Lupe
la novia de don Julián,
hombre de mucho dinero
y acostumbrado a mandar,
él ya sabía de Gilberto
y lo pensaba matar.

Un día que no estaba el perro
llegó buscando al rival
Gilberto estaba dormido
ya no volvió a despertar,
en eso se oyó un aullido
cuentan de un perro del mal
era el negro embravecido
que dio muerte a don Julián.

Allí quedaron los cuerpos
Lupita no fue a llorar,
cortó las flores más lindas
como pa’hacer un altar
y las llevó a una tumba
del panteón municipal.
Allí estaba echado un perro
sin comer y sin dormir
quería mirar a su dueño
no le importaba vivir.
Así murió el perro negro
aquel enorme guardián
que quiso mucho a Gilberto
y dio muerte a don Julián.

Hasta aquí hay un rasgo característico del corrido clásico y posclásico: su ambiente es rural. Las escenas ocurren en el campo, en cantinas de mala muerte, en bailongos polvorientos, entre aperos de labranza y tragos de alcohol pendenciero (el adjetivo es de Borges). Esto cambia un tanto a mediados de los setenta: el corrido se desplaza a las urbes y comienza a ser poblado, además de sombreros charros y caballos prietos azabaches, por automóviles y cabarets, por policías y hampones de mediano pelo. Un rasgo característico de este corrido es la exaltación del antihéroe en tanto sujeto al margen de la ley, pero con códigos de honor y, como en el caso de los orilleros antiguos que tanto sedujeron al ciego del Aleph, valentía, coraje, agallas para no amilanarse ante los desafíos del peligro. Un ejemplo del simpático matón de urbe, tranquilo y duro, eliminado por la espalda porque de frente era imposible hacerlo, está en el “Corrido de Gerardo González”:

Ya todos sabían que era pistolero
ya todos sabían que era muy valiente
por eso las leyes ni tiempo le dieron
el día que a mansalva y cobardemente
le dieron la muerte.

En Brownsville estuvo un tiempo prisionero,
y al ser sentenciado de ahí se fugó
se vino a Reynosa, su pueblo querido
Gerardo González en forma cobarde
la muerte encontró.

Era decidido, miedo le tenían
sus enemigos y la policía
a punta de bala lo hicieron pedazos
no pudo salvarse tenia en el cuerpo 14 balazos.

Vuela palomita a llevar el mensaje
te vas de Reynosa a lado americano
le cuentas a todos que le han dado muerte
a un compañero y fiel pistolero
de Chito Cano.

¿Qué vemos aquí? No sentimos ya el olor a campo, las acciones de desarrollan en Reynosa, una ciudad ubicada casi en la frontera mexicana con Brownsville, Texas. Vemos también que el héroe está del otro lado de la ley, pero tiene los cojones muy bien colgados, es leal a su patrón y se ha ganado una reputación que pocos pueden alcanzar en esos trotes: sus enemigos y la policía lo temen, de ahí que lo anulen a la mala, por la espalda. Hay, debemos decirlo ya, un poco de robinhoodismo en todos esos personajes que atentan contra la ley, dado que la autoridad, y ello está bien asumido en la cultura mexicana, es peor por corrupta e hipócrita.
De aquí a los primeros corridos con menciones explícitas al narcotráfico ya no había gran distancia. Las canciones y las versiones fílmicas homónimas pulularon en todo México y en buena parte de los Estados Unidos. Aparecen entonces, en los setenta, los primeros corridos con temática visiblemente narca, narraciones donde el tráfico de estupefacientes se da en escala casi artesanal (la “mota” que puede caber en las llantas de un coche), como en el célebre tema de “Camelia la Texana”, un corrido amoroso-delictivo:

Salieron de San Isidro
procedentes de Tijuana
traían las llantas del carro
repletas de yerba mala
eran Emilio Varela
y Camelia la Texana.

Pasaron por San Clemente
los paró la inmigración
les pidió sus documentos
les dijo: “¿De dónde son?”
Ella era de San Antonio
una hembra de corazón.

Una hembra así quiere un hombre
por el puede dar la vida
pero hay que tener cuidado
si esa hembra se siente herida
la traición y el contrabando
son cosas incompartidas.

A Los Ángeles llegaron
en Hollywood se pasaron
en un callejón oscuro
las cuatro llantas cambiaron
ahí entregaron la yerba
y ahí también les pagaron.

Emilio dice a Camelia:
“Hoy te das por despedida,
con la parte que te toca
tú puedes rehacer tu vida,
yo me voy pa’San Francisco
con la dueña de mi vida”.

Sonaron siete balazos
Camelia a Emilio mataba
la policía sólo halló
una pistola tirada.
Del dinero y de Camelia
nunca más se supo nada.

Otra pregunta: ¿cuánto dinero se puede ganar por una carga de mariguana que cabe en cuatro neumáticos? Sabemos ya que esas historias de narcotráfico son microhistorias de Heidi comparadas con las que leemos y escuchamos hoy en toda la prensa mexicana. Sin embargo, tales corridos fueron el surco feraz para plantar la mata de lo que viene a continuación: microhistorias de terror no gótico sino, lamentablemente, social, político y me atrevo a decir que antropológico, pues en muchas zonas de México se han convertido en clave para entender la tosca mentalidad de sus habitantes. Veamos.

3. Corrido actual: narcocorrido, elogio de la hiperviolencia
Durante los noventa el corrido escaló en su temática sanguinosa. Junto al crecimiento de los cárteles y a la emergencia de capos que riñen al tú por tú no sólo contra sus rivales en el negocio, sino contra el Estado mismo, armados hasta la mollera con los artefactos más destructivos, el corrido se apersonó para testimoniar cómo iba la cosa. Los primeros “narcocorridos” (en México, todo lo tocado por el narco lleva este prefijo: narcomanta, narcomensaje, narcoejecución, narcopolítica, narcolimosna…) abordaron a los nuevos y poderosos antihéroes para resaltar no sus bondades, sino sus maldades, su inteligencia y su, aunque no lo creamos, generosidad. Un ejemplo es el tema sobre el Chapo Guzmán (Joaquín Guzmán Loera), quien es quizá y sin quizá el más temido de todos los capos del narcotráfico mexicano ("El tío"):

De los pies a la cabeza
es bajito de estatura,
de la cabeza hasta el cielo
yo le calculo su altura,
porque es grande entre los grandes
a ver quien tiene una duda.

Ya conoció la pobreza,
ya conoció la riqueza,
si los respetan, respeta,
si lo ofenden, se acelera
y del infierno se escapa,
y se persigna en la iglesia.

A veces en residencia,
a veces casa e’campaña,
los radios y las metrallas
durmiendo en piso o en cama,
de techo a veces las cuevas
Joaquín, El Chapo, le llaman.

Acostumbrado a mandar
también te sabe escuchar,
sobresalió entre los grandes
chequen su historia nomás,
hecho raíz en el amor
hay muchos hijos por ahi

Por medio de este corrido
voy a mandar saludar,
a aquellos viejos amigos
que no he podido olvidar,
soy El Tío pa’mis sobrinos
para otros, Chapo Guzmán.

Hasta aquí, pese a que al cártel de Sinaloa, jefaturado por el Chapo, se le atribuyen miles de muertos, el panegírico no parece destemplado y el personaje hasta puede caernos bien. Lo malo, lo pésimo, llegó un poco después, ya en el presente siglo, cuando al relato del corrido más o menos convencional se añadió cierta información que desborda todas las cotas de la lógica civilizatoria y se instala más allá de la barbarie, en una especie de hiperbarbarie incorregible y aumentada. Ya no, en esta vertiente, la metáfora o cierta visión amable del sujeto, por despiadado que fuera, sino el reto abierto al discurso no sólo del Estado mexicano, sino contra todo lo que parezca ceñido al contrato social tal y como lo conocemos en Occidente. La que sigue es una canción-emblema (“Cárteles unidos”, es su título) de una tendencia “musical” denominada sin ambages “Movimiento Alterado” cuyo mecanismo de producción es muy profesional y cuya distribución no desdeña el uso de las nuevas tecnologías, como el YouTube:

Que siga y que siga, la guerra está abierta
todos a sus puestos pónganse pecheras
suban las granadas, pa’trozar con fuerza
armen sus equipos, la matanza empieza.

Carteles unidos es la nueva empresa
el Mayo comanda, pues tiene cabeza
el Chapo lo apoya, juntos hacen fuerza
cárteles unidos pelean por sus tierra.

El virus contagia y a todos enferma
armas y blindajes pa’mentes expertas
siguen avanzando con inteligencia
5.7 y el Chino revienta.

Ahí les va el apoyo pa’tumbar cabezas
el Macho va al frente con todo y pechera,
bazooka en la mano ya tiene experiencia
granadas al pecho la muerte va en ellas.

Lo he visto peleando
también torturando, cortando cabezas
Con cuchillo en mano
su rostro senil no parece humano
el odio en sus venas lo había dominado.

(…)

Sus ojos destellan empuñan sus armas
ráfagas y sangre se mezclan en una
estos pistoleros matan y torturan
desmembrando cuerpos
avanzan y luchan.

Este no es, contra lo que podamos pensar, uno de los peores, pero ilustra bien lo que es el narcocorrido, la etapa superior (o inferior, si se quiere) del corrido, la hiperviolencia en masa, sin tapujos y oronda de llegar a lo peor. Por eso en México se ha dado un largo debate para prohibir su difusión, aunque ahora poco se logra, pues entre la piratería y el internet los narcocorridos tienen asegurada una clientela bárbara en los dos sentidos que convoca, aquí, el adjetivo.
El corrido no es un tipo de microrrelato inocuo, inocente. Es, estoy seguro, parte de la educación sentimental del pueblo mexicano y no dudo en afirmar que es uno de los soportes de lo que nos ocurre actualmente: aleccionados por tales “hazañas”, muchos jóvenes apuntalan su cosmovisión en esos productos que me atrevo a considerar los microrrelatos más influyentes en, como decía el poeta Efraín Huerta, “mi país, oh, mi país”.

Mendoza, Argentina, 4, noviembre y 2011