sábado, enero 01, 2011

Orígenes de Orígenes



Un desfile de estrellas atraviesa por la correspondencia de José Lezama Lima con su tocayo Rodríguez Feo, hacedores de la revista Orígenes que hoy es considerada la publicación literaria más importante que haya tenido Cuba y una de las más relevantes en el contexto de América Latina. La vida de Orígenes sumó doce años, de 1944 a 1956. Era trimestral, llegó a 40 números y en sus páginas contó con firmas impresionantes: T.S. Elliot, Paz, Cernuda, Reyes, Revueltas, Tamayo, Abreu Gómez, Valéry, Stevens, Santayana, Macedonio Fernández y muchísimos más de ese tamaño. Sus dos principales soportes fueron los Josés Lezama Lima y Rodríguez Feo, quienes tuvieron que apelar a la proeza para mantener vivo su proyecto.
En el 2010 que ayer se apagó hice dos referencias de pasada a las cartas cruzadas entre Lezama y Rodríguez Feo. La correspondencia entre ambos engordó porque luego de fundar Orígenes en La Habana, Rodríguez Feo emprendió un dilatado periplo educativo por universidades gringas y por Europa de turista. Tenía plata, era miembro de una familia adinerada y como tal fue a matricularse en cursos que agrandaran su cultura. Lo que pasma ahora es saber que con buena parte del dinero recibido en sus residencias de estudiante, dinero que su familia obtenía con la explotación de la caña, el joven y fresita alumno fue el pilar material de la publicación. Su amigo Lezama Lima, genio pobre y asalariado como leguleyo en una penitenciaría habanera, organizaba mientras los materiales, los revisaba, se encargaba de llevar cada número a la imprenta y de repartir al mundo los ejemplares de regalo y los correspondientes a la nómina de suscriptores.
Los astros se alinearon pues para que la hazaña de Orígenes se fuera consumando. Una tarde cualquiera de 1953, mientras charlaban en un parque, Lezama y Rodríguez acordaron crear una revista de arte y literatura. El primero ya daba trazas de ser un genio (incomprendido, claro) y el segundo tenía la sensibilidad (o la locura) y el dinero suficiente para desviarlo hacia un proyecto de carácter intelectual. Luego, en Estados Unidos, el viajero entabló contacto y a veces amistad con escritores de gran talla, a quienes les pidió colaboraciones y tradujo en ocasiones. Mientras, Lezama no dejaba de hacer lo suyo en Cuba, también conseguía colaboraciones, editaba y escribía su parte. Fue así como, prácticamente entre dos alucinados, Orígenes alcanzó la estatura de revista cultural sólo comparable a Sur, de Argentina, y a Letras de México.
La distancia y la necesidad de estar comunicados forzó en Lezama y su secuaz un diálogo epistolar que por suerte sobrevive. Sé que lleva dos ediciones; una cubana (Unión, 1989) y otra mexicana (Era, 1991, 182 pp.). Esta conversación de tinta es un ejemplo claro de lo útil que es, o fue, pues tal vez ya desapareció, la correspondencia entre escritores como trastienda de la obra visible. Gracias a las cartas, en este caso, de Lezama y de Rodríguez Feo no sólo sabemos hoy lo que costaba, en dinero y trabajo, armar cada número de Orígenes, sino conocer más a fondo la personalidad juguetona, casi infantil, del genio Lezama, y también su otro flanco, su inextinguible penuria económica, su sensación de abandono, sus pesares catartizados por la creación y por un ejercicio de la ironía que en muchos momentos no oculta un justificado, muy justificado, resentimiento.
En más de una carta, además de los saluditos densamente metafóricos y otras lindezas, Lezama y Rodríguez Feo, sobre todo el primero manda (“dulcemente agresivo”) obuses a su amigo, le critica severamente el vacuo paso por aulas yanquis que sólo simulan el conocimiento y lo vapulea a propósito de otros muchos temas. Creo que Lezama y Rodríguez Feo sabían que era importante e “histórico” lo que hacían, y que, además de la amistad, entre los dos mediaba la conveniencia. Lezama era el cerebro de la revista; su amigo, el cazador de colaboraciones y el principal sponsor. Pero Lezama, atornillado en La Habana, es el que se muestra más frágil, por eso en alguna carta de 1947 su amigo lo reubica: “No me explico esas zozobras tuyas con relación a Orígenes. Claro que no pienso abandonar a esa nuestra hija, criada y alimentada con tantas preocupaciones y desvelos. Debe seguir adelante, por la gloria de nuestra pobre patria y sus mejores y más inteligentes hijos”. Y así fue hasta 1956.
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Nota del editor: en la foto, Lezama al centro y Rodríguez Feo a su izquierda. Los acompaña el pintor cubano Mariano Rodríguez, uno de los principales colaboradores de Orígenes.