miércoles, junio 30, 2010

Matrioska de sueños



Juan Sasturain, el gran Juan Sasturain, ha afirmado que tiene un sueño terco y lo ha expuesto así: “El único sueño recurrente que me acompañó por mucho tiempo era apenas una situación futbolera, una jugada inconclusa: venía un centro alto y pasado desde la derecha y yo entraba libre del otro lado para definir. El sueño se suspende ahí, en la duda de darle de primera y de volea con una zurda inepta con el riesgo de mandarla a los caños (o de hacer el gol memorable) o en bajarla, buscar otro perfil, asegurar el destino y, tal vez, perder la oportunidad”.
Cuando leí eso noté que nos pasa algo similar a muchos ex jugadores que no pasamos el perímetro de la mediocridad cascarera. Yo no tengo un sueño pertinaz, pero sí una visión conciente y reiterada; se da en cualquier lugar, a cualquier hora. Digamos que estoy en la banca de un parque o en una sala de espera; para alejar las preocupaciones que me estresan mi mente comienza a trazar un mapa del terreno: veo los árboles, las puertas, los pasillos y de golpe imagino una situación de tiro libre, imagino un balón en el piso e imagino cómo debo perfilarme y patear para colocarlo en el ángulo de un árbol y su rama o en el de una puerta.
No sé si los psicólogos tienen un nombre para eso que jamás me abandona (supongo que es una evasión): golpear una pelota, sacar un chanflazo, librar una barrera y perforar un ángulo. No es un sueño, sino un acto racional, quizá un tenaz sedimento de las épocas en las que disparaba con el balón real para que hiciera combas y pegara en una portería pintada en la pared de un rústico patio gomezpalatino, el de mi casa.
El único logro público que alcancé con todo ese entrenamiento se dio en la Expo-Feria de Gómez hace como diez años. En un pabellón comercial de Lala había una portería dibujada en una amplia lona de vinil impreso con publicidad. La lona tenía, colocados en los ángulos superiores e inferiores, cuatro hoyos con diámetros apenas más grandes que un balón. Una enorme fila de hombres esperaba su turno para patear un penal y clavarlo en cualquiera de los ángulos, eso mientras dos edecanes con licra ad hoc animaban bailadoras al lado de una mesa con regalos. Yo iba con mi esposa y le dije que se me antojaba probar suerte. Aceptó esperarme, me formé y poco después de mí también se formó mi único testigo imparcial: el arquitecto Fernando Máynez, primo de mi amigo Alfredo Ídem. La fila avanzó y nadie logró anotar. Llegó mi turno y como durante la espera calculé que mi tiro iría al ángulo inferior izquierdo, así lo hice y anoté limpiamente. La gente aplaudió y una edecán me dio el premio consistente en un pinchurriento frasquito de yugurt para beber. No me importó la miseria del usufructo, pues yo estaba íntimamente feliz por mi gol, por la eficacia del entrenamiento con el que me había “mentalizado” (qué neologismo éste, señoras y señores) para anotar aquel pepinillo y demostrar que mi vida sí tenía sentido.
Hasta allí el relato de esa obsesión. Paso ahora a contar un sueño que espero no se convierta en testarudo fantasma. Lo viví durante la madrugada del lunes. En él, un sujeto con mi cara juega con la selección y enfrenta a la Argentina en un mundial. El juego lo dominan ellos hasta el minuto 25, pero luego hay una jugada confusa donde rebota un balón y un compañero me habilita cuando estoy metro y medio en fuera de lugar. Pese a ello, cometo el error de cabecear, la bola entra a la portería y el árbitro apunta al centro de la cancha. Los argentinos reclaman, pero el juez decreta gol. Entonces ocurre algo extrañísimo en el sueño: turbado, confundido, como soñando en el sueño, corro hacia el árbitro y le digo que no fue gol legítimo, que yo estaba en fuera de lugar. Las cámaras captan el instante, los argentinos presionan y se apoyan en mi dicho para que el silbante cambie la decisión. Al fin lo hace, anula el gol y entonces mis compañeros me reclaman. Algo como una iluminación me dice que hice lo correcto, pero dudo. El debate se abre y las repeticiones de mi aclaración al árbitro se ven en todas partes. Declaro que fue un acto intuitivo, pero lo aprovecho para decir que si bien México tiene fama de ser un país corrupto, todavía quedamos quienes deseamos demostrar lo contrario. Pese a la descalificación que obtenemos al final, soy tomado como ejemplo de fair play. Aquí se deshace mi sueño dentro del sueño, y cuando vuelvo a la realidad, es decir, al primer envase de esa matrioska de sueños, estoy festejando mi gol en fuera de lugar mientras los argentinos manotean iracundos frente al árbitro y el abanderado. Concluyo que también los sueños dentro de los sueños, sueños son.

domingo, junio 27, 2010

En espera del milagro



Abordar en primera persona del singular el tema de las frustraciones con la selección es casi lo mismo que hacerlo en plural, pues lo que he sentido creo que lo comparten millones de enviciados mexicanos a esta maldita droga llamada futbol. Pues sí, llevo 32 años atento a los mundiales, las copas América, las copas de Oro y las eliminatorias oficiales y por supuesto el saldo está más nutrido de infiernos que de glorias. Es extraño: casi no tolero los juegos amistosos, pero donde hay algo en disputa, lo que sea, soy un masiosare más, no apasionado ni bravucón ni fácilmente patriotero, pero sí un mexicano deseoso de que los verdes ganen y convenzan.
Cualquier intento por explicar el fanatismo o la simple afición futbolera se topa, se ha topado ya, pues decenas de estudiosos han querido hacerlo, con un impasse: llega un momento en el que no hay explicación posible, en el que todo parece basado en la irracionalidad. Traigo un simple ejemplo de tres amigos argentinos: Carlos Dariel, poeta, es hincha de Boca; Martín Gardella, narrador, ama a Gimnasia y Esgrima; y Quique Ruslender, psicólogo, da la vida por Chacarita. He charlado con los tres y puedo asegurar que en nada han influido los triunfos en sus respectivas elecciones. Lo de Dariel parece fácil: claro, dirán los cómodos, irle a Boca no tiene chiste, pues se trata de un club triunfador. Lamentablemente no es así: el fervor por un equipo es algo misterioso, y no me queda duda de que Dariel seguiría siendo xeneize aunque el equipo descienda a novena división.
Esto lo platiqué tendido, en una cena, con Gardella y Ruslender: ¿cómo, uno le va Gimnasia y otro a Chacarita?, les pregunté impresionado porque bien sé que tales equipos han vivido circunstancias, lo digo con suavidad, desastrosas. Pese a eso, tienen su afición bien asentada y pasa que han aprendido a convivir dignamente con la derrota, casi como pobres que cuando ganan unos pesos (un partido en este caso) se sienten millonarios.
Grandes o chicos, los equipos tienen sus seguidores, seres que por razones tangibles o recónditas son fieles a una camiseta como es fiel un novio horrible a la chica más hermosa de la cuadra. Y si eso pasa con los clubes, ni siquiera es necesario explicar lo que ocurre con las selecciones. Querer a la selección no se funda sólo en lo que bombardean los medios, ese obsceno diluvio de comerciales en el que deben actuar como juegan (es decir, con las patas) los futbolistas nada dotados para enunciar persuasivamente ni la complicada frase “haz sándwich”. Ayudada por el saludo a la bandera en las escuelas, por el himno entonado en ceremonias cívicas, por historias de bronce donde los héroes que nos dieron patria son convertidos en santos laicos, la selección salta a las canchas con un inagotable voto de confianza. Nada ni nadie podrá robarnos el sueño de lograr, ahora sí, pase lo que pase, cueste lo que cueste, nos toque quien nos toque, sea donde sea, estemos como estemos, suframos lo que suframos, piensen lo que piensen, repitan lo que repitan, reiteren lo que reiteren, redunden lo que redunden, el famoso quinto partido que jamás hemos podido jugar fuera de casa.
Es verdad que los medios hacen una labor intensa de manipulación y logran que “se pongan la verde” hasta los villamelones que no distinguen entre un saque de banda y un penal. Eso sirve para justificar campañas y números publicitarios, pero si el bombardeo comercial no existiera creo que de todos modos quedaría una suma suficiente de aficionados que estaría con la selección en la malas y en las malas, pues buenas no hemos tenido por lo menos en mundiales. Con o sin sándwiches de por medio, la selección jala y nunca serán suficientes sus fracasos para agotar nuestras reservas de esperanza, más grandes por cierto que las petroleras.
Y ya que he llegado al tema del fracaso, no conozco otra conclusión para México en los mundiales que conservo en la memoria. Hablo sólo de los mundiales que he sufrido en vivo y con México en la cancha; los anteriores no los vi porque daba la casualidad de que yo no existía o era muy pequeño. El primero que me tocó íntegro fue el de 1978, donde aquella selección de José Antonio Roca, la de Hugo Sánchez, Flores, Rangel, el Gonini Vázquez Ayala, Cuéllar, Mendizábal, Lugo, Reyes y hasta el lagunero Rodríguez, terminó vapuleada en la ronda de grupos por Túnez, Alemania y Polonia. En ese mundial ni siquiera tuvimos tiempo de soñar más allá del primer juego, pues si los tunecinos habían despedazado nuestra defensa, los teutones y los polacos se encargaron de despacharnos con dos sobredosis de pepinos.
Luego vino el mundial de España 82 al que no asistimos porque no logramos atravesar la fase de Concacaf. Recuerdo como si fuera hace ratito la manera desgarradora en la que Honduras y El Salvador no echaron de una eliminatoria que tuvo mucho de caníbal. En el 86 fuimos anfitriones y no hubo eliminatoria; llegamos al quinto juego, sí, pero en Monterrey nos quedamos en el camino contra Alemania en esa maldición de los penales que justamente ha sido denominada “la maldición de los penales”. Fue la selección de Bora, la de Boy, Negrete, Quirarte, Hugo y Aguirre. Recuerdo que creímos en llegar más lejos, pero el destino jugó con nosotros y nos quedamos como el otro chinito: nomás llolando.
Al mundial de Italia no fuimos debido a la transa de los cachirules, una prueba irrefutable de que en México apenas estábamos aprendido a hacer negocios. Luego vino el 94 y no nos fue mal en Estados Unidos. Mejía Barón era el DT y creo que hizo buen papel durante un 99% del tiempo que estuvo en el mando. El 1% restante fue la estupidez de guardar cambios y tras esa decisión no aniquilar a Bulgaria antes de llegar a los penales donde huelga recordar que nos pasó. Fue aquella la selección de Luis García, Marcelino Bernal, Jorge Campos, Claudio Suárez y Hugo Sánchez en su último mundial. También allí soñamos, jugábamos como locales en todos los estadios pero una vez más encallamos en la derrota luego del penal anotado por un búlgaro pelón e inolvidable.
De Francia 98 conservo un grato recuerdo. Era la selección de Manuel Lapuente, la que empató heroicamente contra Holanda con aquel gol climático de Luis Hernández, la del gol del Cuau con una media chilenita invertida a Bélgica tras bella acción tejida entre el Cabrito Arellano y Ramón Ramírez, la del casi segundo gol para matar a Alemania que luego, tras quedar viva también, nos echó con un sencillo cabezazo de Bierhoff.
Fue en Corea-Japón 2002 donde el golpe de la frustración fue criminal. Luego de hacer una primera ronda muy alentadora, creímos que comeríamos pichón cuando nos tocó EUA en octavos. Lo que tuvimos fue un terremoto de congoja, eso cuando los gringos nos echaron 2-0 con goles de McBride y (¿quién más podía ser?) Donovan. Hasta donde recuerdo, ése es nuestro maracanazo. La selección estaba a cargo de Aguirre y tenía a Márquez, Blanco y Borgetti como notables.
El antecedente inmediato a Sudáfrica fue Alemania 2006 con la selección de Lavolpe. El gol de Maxi Rodríguez, quien nunca más anotó ni anotará otro parecido, nos dejó fuera y todos lo tenemos fresco.
No es un historial de lujo, pero de todos modos la esperanza está en pie. No creo en los milagros, salvo en los que pueden ocurrir dentro del futbol. Ya veremos si hoy a mediodía juega con y por nosotros la divina providencia. Amén.

domingo, junio 20, 2010

Saber de fut



Julio Ramón Ribeyro, uno de los escritores admirables de la literatura latinoamericana contemporánea, apenas gozó en vida algunos mendrugos de fama y de fortuna. Nació en Lima, Perú, en 1929, y murió allí mismo en 1994. Autor de una obra narrativa de incuestionable valor, fortalecida sobre todo por un conjunto de notables cuentos, Ribeyro confesó más de un vez su pasión futbolera. Lo hizo sin culpa, sin esa incómoda sensación de malestar que —sospecho a partir de evidencia empírica— acompaña todavía a muchos escritores temerosos de ser juzgados como frívolos si declaran su gusto por esa actividad banal, como si disfrutar del futbol les quitara lo sabroso.
Ribeyro ganó, por cierto, el premio Juan Rulfo que entregaba la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y ese quizá fue su máximo galardón; se lo otorgaron y poco después murió, lo que terminó por confirmar que no fue un hombre elegido para gozar en vida de la felicidad. Esto se nota claro en muchas de sus obras, pero más todavía en su diario. Desde el título enseña que es una declaración de amor al pesimismo: La tentación del fracaso (Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2003). Allí, el gran peruano asienta sus estados de ánimo, sus ideas sobre la vida y las letras, la percepción que tiene de sí mismo, el permanente acecho de la derrota y alguna esporádica alegría.
El 24 de abril de 1977, radicado en Francia, Ribeyro apuntó en su querido diario una lección que deben conocer, sobre todo, los supuestos conocedores del futbol que hoy abundan en los medios como abunda la basura en el planeta. Cito in extenso:
“Mis cuarenta años de aficionado al fútbol (mi primer match lo vi en Lima hacia el año 1937) me hacen apreciar y comprender este deporte con toda la agudeza de la experiencia. Por eso los jóvenes o improvisados locutores deportivos franceses me irritan por su ignorancia. Comentan los partidos con una óptica de neófitos. Desde que un jugador toca la pelota y hace un pase puedo darme cuenta de si es un buen jugador. A los cinco minutos de un encuentro he calado a ambos equipos, descubierto sus cualidades y defectos, previsto su eventual desenlace, descifrado su táctica seguida y la que convendría emplear. De eso puedo vanagloriarme sin vergüenza pues no tiene ningún mérito, simple cuestión de oportunidad. No sólo he visto miles de partidos sino que los he jugado. Así, ayer en la TV descubrimiento al fin de un jugador francés de verdadero talento: Platini. Apenas recibe la pelota ya su mirada ha abarcado todo el terreno, ha visto dónde están los adversarios y dónde los partidarios mejor colocados, por dónde conviene avanzar y a quién entregar el esférico. Esa visión soberana del espacio del juego, privilegio de los grandes. Ello unido a una contextura física ideal, una fulminante fuerza en los disparos, un dribbling imprevisible, una serenidad absoluta y una elegancia de ejecución hacen de él un fenómeno y de su contemplación un verdadero gozo. Escribo esto sin mayor cuidado. Pensando en que tal vez mi destino era ser cronista futbolístico”.
Ribeyro elogió así a Platini cuando Platini todavía no era Platini, cuando quien luego sería el mayor astro francés jugaba todavía para el pequeño equipo que lo vio nacer al profesionalismo, el AS Nancy. Esto significa que Ribeyro, en efecto, tuvo buen ojo, aunque, como él señala, no es tan difícil analizar un partido y detectar desde el primer toque al jugador que destaca y al que ha sido inflado por la prensa. Y lo mismo podría decirse de los equipos, y he aquí a lo que voy: parte de la tradición en los mundiales consiste en agrandar lo pequeño, en sobrevalorar lo que comúnmente ha dado muestras de poco empaque. Hablo por ejemplo de la selección inglesa. No se cansan los locutores de comentar la supuesta grandeza y peligrosidad del equipo inglés, tanto como lo han hecho en pasados mundiales. ¿Y qué pasa? Nada, Inglaterra ha jugado un par de juegos y sigue en las mismas de siempre: un futbol poco vistoso, ineficaz, basado en la fuerza más que en la inteligencia. Eso no ha importado para que los periodistas sigan hablando de la “potencia inglesa”, de su poderosa liga y mil embustes más.
Lo mismo decían de Francia, equipo que en las décadas recientes tuvo dos momentos de esplendor. La primera, en 1982, cuando a pesar de no llegar a la final mostraron el mejor futbol que se había visto desde 1970. Era precisamente la selección de Platini, Tigana, Giresse, Amoros, un equipo que jugaba con armonía sinfónica, bella y eficazmente. Luego Francia tuvo un bajón y recuperó su rango en 98, cuando fueron sede y su selección era comandada por el algebraico Zidane. Los que nos jactamos de entender algo sobre futbol sabemos que, comparada con aquellas dos, la actual selección de Francia no es nada, si acaso una caricatura de lo que fue hace algunos años. Por eso mismo, al minuto 15 del juego contra México y con el antecedente del juego contra Uruguay, les dije a mis compañeros de telenviciamiento que el juego estaba ganable, que todo era cuestión de anotar las posibilidades de gol. Y así ocurrió. Sin demeritar la actuación de México, sin inflarla también, la selección verde hizo su trabajo, salió bien organizada y no mostró el atávico miedo de siempre; al mismo tiempo, Francia jugó como si fuera la selección de Martinica. Por cierto: luego del juego de México contra Sudáfrica escribí (escribí y publiqué, conste) que el juego estuvo para ser ganado por los nuestros 3 a 0, curiosamente el mismo marcador que luego le impondrían los charrúas a los anfitriones.
En suma, interviene mucho el azar en un torneo tan corto y accidentado, pero ya se puede ir viendo por dónde va a quedar la copa. Tengo la sospecha de que será latinoamericana, lo cual me daría gusto, gane el equipo que gane. Si no es así, me contenta saber que el mejor futbol del mundo, el que se juega como se juega, jugando, un poco desfachatadamente y sin ceñirse mecánicamente a los manuales tácticos al uso, es el nuestro, el de nuestros países. Veo en Argentina, en Brasil, en Chile, un poco en Paraguay, Uruguay y hasta en México, la vistosidad que alguna vez tuvo la divertida Francia de Platini. Cuando el futbol es jugado como Inglaterra, por ejemplo, perdemos todos. Esos equipos podrán ganar, pero su futbol no es lo mismo, nunca será lo mismo si le falta olor a calle, aventura, riesgo, el indescriptible cinismo de quien juega como si todo fuera cascarita.

Tres partidas
Como me pasa siempre, a mí no me corre prisa para leer, releer y celebrar la obra de los escritores que se van. De golpe, sin dar tiempo, espalda con espalda, se fueron Saramago y Monsiváis. Ambos ameritan un comentario que espero urdir dentro de poco. Quede este breve testimonio de respeto mientras tanto.
Aparte, consternado, recibo la noticia sobre Armando Sánchez Quintanilla, director de bibliotecas en Coahuila. Qué vergüenza lo que está pasando. Sólo conversé una vez con él. Fue hace como tres o cuatro años, en Saltillo. Esta es la impresión que me dejó: la de un hombre afable, con gran sentido de la conversación, sonriente y, lo principal, culto. En la sobremesa que compartimos se habló de literatura y quedé sorprendido al escucharlo; trataba de libros con solvencia, con detalles precisos y comentarios atinados. Descanse en paz; un abrazo muy respetuoso a su familia y sus amigos.

domingo, junio 13, 2010

Goleada de la realidad



“La realidad supera a la fantasía”, asegura el muy gastado dictum. No creo que sea para tanto, por lo que ofrezco una leve modificación: la realidad a veces supera a la fantasía, como lo pude comprobar hace unos días tras leer “30.000 voces”, texto de Claudio Morresi, ex jugador de futbol y hoy encargado de la Secretaría del Deporte dependiente del Ministerio de Desarrollo Social en la Argentina. Morresi nació hacia 1962 en Buenos Aires, y, entre otros equipos, de 1980 a 1992 jugó para Huracán, River Plate, Independiente Santa Fe (de Bogotá) y Vélez Sarsfield. Su mejor momento lo vivió del 85 al 86, pues quedó campeón con los Millonarios en la liga argentina y además ganó las Copas Libertadores e Intercontinental; en ese River hizo una dupla memorable nada menos que con Enzo Francescoli. Antes de retirarse con Platense en 1992, Morresi jugó una media temporada en México; lo hizo para el Santos Laguna en el torneo 90-91.
El dato de su llegada a Torreón lo consigno así en la página 144 de mi nunca suficientemente saqueado libro La ruta de los Guerreros: vida, pasión y suerte del Santos Laguna (es la descripción de un juego contra la UAG celebrado a finales de 1990): “No era un gran orgullo, pero al menos se activó la ofensiva comarcana en el siguiente choque, pues Santos sacó un empate 4-4 del estadio 3 de Marzo. Los laguneros lograron ir arriba por 3-1, pero se dejaron alcanzar y hasta rebasar. Por los Tecos anotaron, dos cada uno, Uribe y Donizette, y por los Guerreros hicieron los suyos Ramón, David Solís y Juan Flores (2). En la semana que siguió a ese cotejo, una buena noticia dio ánimos a la afición irritila: proveniente del Vélez Sarsfield de Argentina, el mediocampista Claudio Alberto Morresi se incorporará al Santos para fungir como el ‘10’ que tanta falta hacía”.
Morresi debutó en el Corona; fue un juego que quedó 0-0 contra los Pumas, y media temporada después dejó el equipo. Veinte años pasaron para que yo volviera a saber de él, cuando hallé un texto suyo en el libro Tiros libres, el futbol en cuentos, poemas y crónicas (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Colección Desde la gente, Buenos Aires, 2002), compilación de Jorge Boccanera. Me sorprendió muchísimo saber que escribía bien, y que en Tiros libres compartiera créditos con autores de la talla de Juan Sasturain, Eduardo Sacheri, Eugenio Mandrini, Juan José Panno, Juan Villoro, Rafael Alberti y el mismo Boccanera, entre muchos más. Por mail, le comenté a mi amigo Fabián Vique lo siguiente: “A Morresi yo lo vi jugar en el equipo de mi región. Estuvo un ratito en Santos Laguna”. Vique me recordó que Morresi había hecho muy buen papel en River junto a Francescoli y que ahora se desempeñaba como titular del deporte en el gobierno kirchnerista; es, me aclaró, “un tipo pensante”.
Quedé atónito cuando supe que aquel jugador argentino que vino en una pésima época santista era un “tipo pensante”, que escribía y era funcionario del gobierno actual en su país. Leí de inmediato el texto de Morresi, donde concilia el tema de los desaparecidos políticos durante la dictadura con el futbol. El título (“30.000 voces”) significa 30.000 desaparecidos, ciudadanos que además de la política seguramente también participaron del futbol al menos como hinchas. Por eso dice:
“30.000 personas van a concurrir a la cancha. Los jugadores, al ir por el túnel, esperan encontrar un estadio repleto.
Cuando en el centro del campo los equipos levantan la vista para saludar a las hinchadas, notan que las tribunas están tenebrosamente vacías.
En ese momento recuerdan que hoy es 24 de marzo y se cumplen 20 años del Golpe Militar que institucionalizó el Terrorismo de Estado.
En la tribuna Sur, que alberga a miles de personas, faltan los hinchas de Boca y River que fueron secuestrados de sus domicilios o lugares de trabajo, alojados en Centros Clandestinos de detención y luego de varias sesiones de tortura, arrojados desde aviones al mar.
En la tribuna Norte, no se encuentran los hinchas de Racing e Independiente, que luego de pasar por el mismo calvario del secuestro y la tortura, fueron acribillados a balazos y sus cadáveres esparcidos en descampados.
En la tribuna Este no figuran los hinchas de Huracán y San Lorenzo, encontrados años después en fosas comunes. Exterminados de las formas más perversas.
En la Oeste, no están los de Rosario y Newells, que antes de matarlas, esperaron que parieran para quedarse con sus hijos como botín de guerra…”
Más adelante, al cierre, dice:
“En el estadio vació, el partido está por comenzar.
Los jugadores empiezan a sentir cómo baja, de las tribunas desiertas, el aliento de las hinchadas.
Son 30.000 voces que no paran de cantar”.
Luego de las dos páginas que mide esa crónica imaginaria de Morresi, la ficha biográfica dice lo que ya comenté sobre la trayectoria futbolística y política de Morresi, y remata: “Su hermano Norberto Julio, de 17 años, fue detenido el 23 de abril de 1976 por fuerzas conjuntas y permanece desaparecido”.
Las últimas dos líneas terminaron por agrandar mi sorpresa, y aquí es donde la realidad pulverizó a la fantasía. Explico. En 2004 escribí un cuento titulado “Cross al ángel rubio”. Se me ocurrió por una nota periodística que narra cómo un hombre reconoció en la calle al represor Alfredo Astiz (“el ángel rubio de la muerte”) y, después de injuriarlo, lo derribó con un puñetazo. La idea era complicada, pero creo que la resolví bien y aquel cuento es uno de los pocos que no me disgustan del todo. Un mexicano viaja a la Argentina, entabla amistad con un tipo que también es escritor y lee mucho, es un intelectual especializado en la literatura de la época negra en la que los militares argentinos hicieron de las suyas (1976-1983). Poco a poco, gracias a la correspondencia vía internet, el mexicano conoce muchos detalles de aquel régimen, su reinado de sangre. Su interlocutor argentino le narra que le interesa el tema porque su hermano fue secuestrado y desaparecido. Para añadir un detalle circunstancial, hice que los hermanos argentinos del cuento, que tenían diez años de diferencia, jugaran futbol en los parques antes de que al mayor lo secuestraran: “Salió de casa aquella mañana y prometió llevarme a la tarde con él para jugar fútbol (así escribía futbol, con una ‘u’ larga y arrastrada por la tilde, fúúútbol, y no aguda como nosotros), para patear algunos penales en el parque, para enseñarme secretos de gambetas, caños y cabeceos”. Recuerdo que dudé un poco al incluir el tema del futbol, que tal vez no se vería muy lógico que un joven universitario y militante jugara fut con su hermano menor, pero así lo dejé. Unos años después, leo el caso de Morresi, el secuestro que sufrió su hermano mayor y el hecho de que también jugara al fut.
Cuando terminé “Cross al ángel rubio” (Ojos en la sombra, UAdeC, 2008) pensé que su tema, su trama y su tono podían parecer inverosímiles, casi increíbles. Al saber la historia de Claudio Morresi, el ex jugador del Santos Laguna, noto que me quedé corto, que la realidad muchas veces golea y no necesita de ninguna fantasía para dejarnos sin habla.

jueves, junio 10, 2010

Machos y mundial



Hace veinte años era inimaginable la cantidad de aficionadas al futbol que podemos ver hoy. El fut, pues, ha dejado de ser rollo de puros machos y ahora lo compartimos casi por igual las tuercas y los tornillos. Y digo “casi” para aclarar que en efecto lo siguen más hombres, pero ahora son muchísimas las mujeres interesadas en la droga de las patadas. Pese a ello, la imagen del machismo futbolero sigue vigente, tanto como si no hubiera cambiado nada en los años recientes. Por estas fechas, un comercial de cerveza Sol trabaja con tal idea; es ingenioso, pero da la impresión de que las mujeres siguen atadas al paradigma de la indiferencia futbolera. En diferentes y veloces cuadros se ve la escena de varios novios que piden un lapso de separación a sus parejas, para pensar mejor en la relación, tal y como lo hacen los enamorados cuando tienen dudas sobre el camino que está siguiendo el noviazgo; las mujeres preguntan qué tanto tiempo desean que se enfríe el vínculo, y ellos responden, sin añadir más, aunque simulando duda: “Pues no sé, como un mes, del 11 de junio al 11 de julio más o menos”, con lo que dejan ver, sin decirlo, su deseo de no ser perturbados por sus novias durante el mundial.
Creo que ya no es necesario llegar a tanto, pues son muchas las mujeres que abrirán junto a los machos el más amplio paréntesis a la enajenación total que conoce la humanidad. No será necesario, por ello, el reglamento que me llegó al buzón como cadena. Lo traigo porque en él se advierte lo que quizá anhela todavía el imaginario macho: que el futbol sea sólo cosa de nosotros, pues sigue sonando extraño que las mujeres se sumen a este fanatismo supuesta y exclusivamente viril hasta que las mujeres vinieron, desde hace como veinte años, reitero, a participar del mismo embobamiento.
El reglamento, como todas o casi todas las cadenas, fue escrito con las futboleras patas; he aquí la versión que he retocado:
Atención, mujeres. Durante el mundial deben tener en cuenta lo siguiente: 1. Hacer las compras del mercado y el súper fuera de los horarios de partidos y/o repeticiones de los mismos. 2. Leer la sección deportiva para que tengamos tema de conversación; si no lo hacen, no se extrañen que no se les hable durante ese mes. 3. Durante el mes entero la tele es mía, a todas horas, sin excepción. El control, ni lo miren. 4. Si tienen que pasar frente a la tele durante un partido, pueden hacerlo, siempre que sea gateando y sin distraer o hacer ruido. 5. Durante los partidos soy sordo y ciego. No esperes que te atienda, escuche, mire, abra la puerta, conteste el teléfono, vea al niño que se cayó del segundo piso, salude a tus parientes, haga las compras, apague el incendio de la cocina, etcétera. 6. Deberás aprovisionar el refrigerador de cervezas y sonreirás si viene un amigo a compartir unas horas de futbol. 7. Si me ves molesto porque el equipo de México va perdiendo, no me digas “No es para tanto” ni tampoco “Seguro ganan”. Sólo harás que me encabrone más. 8. Puedes sentarte a ver un partido conmigo y podrás hablarme, pero sólo durante los comerciales del entretiempo (eso es cuando en la tele no se ve a los jugadores). No se te ocurra hacer comentarios técnicos, tampoco abuses. ¡No te expongas! 9. Las repeticiones de los goles son muy, muy importantes. No importa si ya los vi antes, o si los sé de memoria. Los quiero ver de nuevo, muchas, muchas, muchas veces. 10. Que no se le ocurra a ninguna de tus amiguitas casarse, bautizar, enfermarse, organizar reuniones o cenas, y menos visitarnos; menos aún los días de semifinales y jamás el día de la final. 11. Sin embargo, si un amigo nos invita a ver el futbol, en el bar o su casa, qué maravillosa invitación. Iremos sin dudarlo. No importa si nos llama a último minuto. 12. Los resúmenes de los partidos durante la noche son tan importantes como los juegos mismos; no se te ocurra decir: “Pero si eso ya lo viste, ¿por qué no le cambias?” ni “¿No te aburre ver a cada rato lo mismo?”. 13. Para el día de la inauguración y el de la final, deberás preparar una comida especial, comprar cerveza y mandar a los chicos a casa de tu madre. Deberás quedarte en casa para servir los sandwichitos, cortar el salami, abrir las cervezas y servir las cubetas. 14. Finalmente, ahórrate expresiones como: “¡Qué bueno que el mundial es cada cuatro años!”, “¡Felizmente sólo dura un mes!”. Estoy inmunizado a esas expresiones de mal gusto.

miércoles, junio 09, 2010

Saldos de la escoria



La escoria política siempre deja largas secuelas. La desaparición y la búsqueda, entre las principales. En la Argentina, sabemos, hay todavía muchas personas que exploran todos los rincones que pueden para dar con el paradero de seres queridos atropellados por la dictadura. Las Abuelas de Plaza de Mayo, organización cabeza de tal lucha, tiene muchos años recuperando nietos, es decir, hombres y mujeres de aproximadamente, hoy, 35 años que nacieron en centros clandestinos de detención y fueron entregados a otras familias con papeles falseados por los militares.
El método habitual para tener éxito en la identificación es científico y pasa por un examen de ADN. Las Abuelas han sugerido la prueba a los jóvenes que tienen ahora poco más de treinta años y sospechen o sepan que fueron adoptados en condiciones anómalas. Pueden ser hijos de desaparecidos. Hace pocos meses, por ejemplo, corrió en el mundo la noticia de que las Abuelas habían recuperado al nieto número cien, Francisco Madariaga Quintela. Y así siguen, escarbando en el pasado, hurgando en el presente y sugiriendo la prueba a quienes por experiencia de vida sospechen que algo raro hay en sus orígenes como hijos.
Uno de los casos más sonados y actual bombazo informativo en la Argentina es el de los hermanos Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos de Roberto Noble y Ernestina Herrera de Noble. La señora Herrera de Noble es desde 1969, cuando murió su esposo, la dueña del Grupo Clarín, monstruo mediático que en la Argentina maneja publicaciones, televisión, radio y cine. Pues bien, hay sospechas fundadas de que Marcela y Felipe son, por así decirlo, hijos “irregulares” de la señora Herrera de Noble, es decir, que durante la dictadura ella los tomó en adopción con documentos apócrifos.
En el artículo “La señora y sus extraños herederos” (El Mundo, 2002), Mempo Giardinelli apunta: “La acusación que afectó a esta discreta dama, que se ocupó de eludir siempre cualquier posibilidad de figurar y soportó con estoicismo las infinitas suposiciones acerca de su conducta y sus preferencias, no es menor. El juez federal del más elegante suburbio bonaerense (San Isidro) Roberto Marquevich, la hizo arrestar en el marco de una causa en la que investiga la adopción de los dos hijos de esta mujer: Marcela y Felipe Noble Herrera. La niña se sospecha nacida en la próspera provincia de Mendoza. El niño, en la siempre castigada Tucumán. La acusación es grave y —para Argentina— emblemática: ‘Uso de documento público falso’. Lo que, traducido, significa que dichos menores pudieron haber sido hijos de militantes políticos encarcelados y luego desaparecidos, entregados en adopción de manera irregular. La Argentina de estos años está colmada de estos casos, y la sociedad hipersensibilizada al respecto (…) A lo que hay que añadir que Marcela y Felipe Noble Herrera son los herederos de una fortuna de 1.000 millones de euros y de un gigantesco poder, el cual perderían en caso de probarse otras filiaciones. Y esto también dejaría al Grupo prácticamente acéfalo, toda vez que el matrimonio entre Roberto Noble y Ernestina Herrera no tuvo descendencia natural”.
El caso es enredado, y tuvo como arranque el marco ominoso de la dictadura (sigue Giardinelli): “Y es que la historia de la actual desdicha de esta mujer también comienza —como casi todas las tragedias contemporáneas de Argentina— en las frías y macabras noches del otoño y el invierno australes de 1976, cuando, a partir del golpe de estado del 24 de marzo, la Junta Militar encabezada por el general Jorge Rafael Videla y el almirante Emilio Massera se apoderó de vidas y bienes en este país. En aquel entonces el diario Clarín, como casi todos los medios periodísticos de la Argentina, debió someterse a la autocensura y el autoritarismo más feroz. Las desapariciones de personas se producían por decenas cada noche y todas las garantías constitucionales estaban suspendidas, en medio del toque de queda y el estado de sitio. Y como se supo muchos años después, ése fue el periodo en el que se produjo la mayor cantidad de apropiaciones ilegales de bebés, entregados a jerarcas y amigos del régimen”. Pasados mil vericuetos, leo en La Opinión que “Después de ocho años de investigación, ayer comenzó el análisis genético que determinará si Marcela y Felipe Noble, hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, son hijos de desaparecidos políticos durante la dictadura argentina (1976-1983)”.
Como digo, la escoria política siempre deja largas secuelas. Es imposible saber cuántas dejará en México el imperio de horror que hoy nos azota.

domingo, junio 06, 2010

Teoría de Van Bredam



No existe la perfección en el arte, pero hay obras que se aproximan peligrosamente a ella, como la novela Teoría del desamparo, de Orlando Van Bredam. Es excelente desde el título, que no es lo menos importante de un libro importante. Ganadora del Premio Emecé 2007, Teoría del desamparo conjuga eficazmente muchas virtudes, tantas que sus jurados (Vlady Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo) la aprecian como redonda. No es poco elogioso lo observado por Castillo: “La voto por su ironía, muy argentina, no exenta de crítica a nuestras realidades políticas. Y por la disparatada lógica de sus argumentos”. En estas breves palabras ha sido sintetizado, creo, el valor de la novela escrita por Van Bredam.
Poco conocido en México, Orlando Van Bredam nació en Villa San Marcial, provincia de Entre Ríos, Argentina. Es maestro de la Universidad Nacional de Formosa (en el norte de su país) y ha publicado los libros de poesía La hoguera inefable, Los cielos diferentes y De mi legajo; los de cuentos y minificciones Simulacros, La vida te cambia los planes y Las armas que carga el diablo; el ensayo La estética de Armando Discépolo y las novelas La música en que flotamos, Colgado de los tobillos y Nada bueno bajo el sol. Ha estrenado además numerosas obras teatrales y sus cuentos han aparecido en tres antologías nacionales organizadas por Mempo Giardinelli. Desde 1975 radica en Formosa, provincia argentina que marca la frontera con Paraguay.
Precisamente en un lugar distante de la capital del país, en una provincia opaca y olvidada de la Argentina, se ubica la historia de Catulo Rodríguez, protagonista de Teoría del desamparo. Cato, como le dicen para no restregar en sus orejas ese feo nombre, es empleado de una empresa, un bicho ordinario en la diversa zoología humana. Cumple con todos los requisitos para colocarlo en el casillero del aburrimiento: ecuánime, poco más de cuarenta años, casado, dos hijos mayores, ingreso mediano y fijo, satisfactores materiales resueltos, ninguna aventura extramatrimonial, cero amigos, Cato es en suma un sujeto que no da para novela, ni siquiera para comidilla de café. Sin embargo, una mañana cualquiera, cuando está a punto de salir rumbo al trabajo, el plomizo Cato abre la cajuela (el baúl, le llaman los argentinos) de su coche y encuentra un muerto. Sí, un muerto, un maldito muerto. A partir de ese hecho insólito estalla un cambio brusco en la vida de Catulo, una transformación interior que a su vez catapulta la compleja, apretada y amena trama de Teoría del desamparo.
La novela comienza pues con sospechas, y con ellas lo primero que establecemos es su ubicación genérica: es una historia que está a caballo entre la novela policial y, lo sabremos poco después, el thriller político. Tras hallar al muerto, Catulo Rodríguez, el centrado y soso Catulo Rodríguez, no tiene otro remedio: especula, especula, especula. Piensa quién puede ser el sujeto de la cajuela, piensa quién pudo haberle dado trámite hacia el más allá, piensa en dónde se lo echaron (al coche, no al muerto), piensa por qué lo habrán hecho, piensa si su Renault fue elegido por azar o intencionalmente, piensa si debe informar a la policía, piensa si debe avisar a su esposa, piensa si debe deshacerse del cadáver, piensa, piensa, piensa, especula hasta que casi se le seca el cráneo y termina por enredarse más.
Con desesperación, intuye que pudieron sembrarle el regalito en el autolavado, o que tal vez lo hicieron en la hora de la noche en la que le prestó el coche a su hijo Lautaro. Catulo se convierte en una madeja de conjeturas. Está seguro de algo, aunque también duda: como en el país no hay justicia, o no suele haberla, mientras son peras o son manzanas lo involucrarán en esa mierda y correrá el riesgo de quedar salpicado. Decide por el camino práctico: tirar el cadáver en un río, y a partir de aquí ya no describo más la trama. Sólo añadiré que, conforme avanza la increíble y triste historia del cándido Catulo y su muerto embaulado, el protagonista va entendiendo que tal vez el muerto sea, o ha sido, más bien, Toni Segovia, un político ignorante (parece un pleonasmo, pero quizá no lo es) y podridísimo, un corruptazo autóctono de los que produce tanto nuestra feraz tierra. En el camino vemos que Segovia es y no es al mismo tiempo, lo que enreda más a Catulo y desdobla la novela hacia el tema del “otro”, del clon o calca que aplica una vuelta de tuerca a la historia.
Gracias a los ires y venires de Catulo ingresamos a la zahúrda de la corrupción política provinciana, una corrupción tal vez menos visible, y por ello más cómoda e impune, que la de los centros urbanos prominentes. Toni Segovia es, sin magnificar sus méritos, un hijo de puta que gracias a una viveza de rata logra ascender en el escalafón politiquero de su localidad. Como ordena el librito, ha traicionado a sus correligionarios, ha tejido relaciones con antiguos enemigos, ha trabado amistad cercana con el simbiótico gobernador y ha (este último eslabón de la lista es el más importante, pero impensable si no se pisan antes los demás peldaños) conseguido un platal que a su vez genera más platal. A Toni lo secuestran, o dizque lo secuestran, pues esto siempre queda ambiguo en Teoría del desamparo. El caso es que un día aparece alguien idéntico al político, o el político real, no se sabe, en la cajuela de un coche propiedad de cierto hombre cualquiera, y ese hombre cualquiera se ve metido de golpe en una investigación cuyos avances sólo derivan en más y más detalles que mezclan lo real con lo inverosímil. Suspenso, agusanamiento político, bancarrota sexual, humor, todo se amotina en esta novela que los ciudadanos ordinarios de México debemos conocer porque en estos tiempos sin ley todos estamos cerca de convertirnos en Catulos.
Varios son los aciertos de Van Bredam en esta novela, como la prosa y la perspectiva del narrador. La tercera persona y el tratamiento “de usted” son inmejorables para la trama. Si el señor Catulo Rodríguez va a pasarse digiriendo la aventura del muerto, si todo parece inverosímil, nada más acertado que narrar en una perspectiva maniáticamente conjetural, es decir, preguntándose una y otra vez qué pasaría si Catulo hace esto, si hace aquello, si hace esto más. Narrada en segunda persona y “de usted” (lo cual establece una distancia entre el narrador y el personaje, casi como para dejarlo solo ante su embrollo, desamparado), es un desafío técnico, una historia cuya resolución mete, o metió, al autor en un problemón tan grande como el de su personaje: corría el riesgo de la monotonía, pero las especulaciones son tan reales y detalladas, tan cercanas a lo que a diario hacemos todos frente a la dificultad, que la Teoría se nos va en tres patadas, las mismas que conforman su estructura externa: “Hipótesis”, “Tesis”, “Conclusiones”.
El tejido de inevitables especulaciones dinamita toda certidumbre y crea el caldo de cultivo adecuado para que crezca la zozobra de Catulo, lo que a su vez sería el pavor de cualquier ciudadano ante una situación parecida en un espacio donde la justicia es manejada con las patas: “Todavía piensa en la alternativa de buscar un abogado y presentarse ante un juez. Ésta parece ser la más racional de las salidas, pero no evitaría el escándalo público. Su nombre aparecería en los diarios, la radio, la televisión, su jefe lo miraría con desconfianza, lleno de dudas, su mujer y sus hijos no le creerían, no aceptarían que las cosas hayan sucedido así y no les dijera nada, los vecinos lo mirarían como a un monstruo, y si los verdaderos culpables nunca aparecen, sólo usted quedaría ligado a ese crimen para siempre. No evitaría, incluso, que la policía lo investigue, que le prohíban moverse de su casa, que su cara aparezca a nivel nacional en todos los televisores del país, como el rostro del primer eslabón de una cadena de secuestradores. Sería inútil tratar de explicar lo inexplicable. El juez se interesaría por sus últimos depósitos, allanaría su casa para encontrar el dinero del rescate. Su vida sería un infierno de vergüenza y humillación. Lo que más le dolería sería ver su nombre en los diarios: ‘Catulo Rodríguez sigue siendo el principal sospechoso’, ‘Catulo Rodríguez dice que es inocente pero el juez tiene sus dudas’, ‘Catulo Rodríguez es indefendible, dijo el fiscal’”.
Tal es el racimo de incógnitas que tiene una vida común enfrentada por primera vez a la intrincada tenebrosidad del mundo. Finalmente, la Teoría de Van Bredam es que todos estamos expuestos y seguramente desamparados ante las infinitas posibilidades (o imposibilidades) de la justicia bárbara que nos cupo en suerte, en mala suerte.

sábado, junio 05, 2010

Sueldo igual a responsabilidad



Un año después la tragedia sigue viva. La muerte atroz de 49 niños y las cicatrices de otros tantos han alimentado sostenidamente ora la indignación, ora el cinismo, ora la impunidad de muchos involucrados en el bien catalogado peor desastre del IMSS. El incendio de la guardería ABC ha provocado un mar de opiniones y eso es lo menos que se podía esperar luego de tamaño siniestro. En los días recientes, cerca del primer aniversario y seguramente hoy mismo también, el tema es casi ineludible, pues en realidad aquel infierno es un doloroso hito no en la historia del IMSS, sino de México entero.
Hoy, 5 de junio, uno de los debates públicos más agitados tiene que ver con los posibles responsables de la tragedia. Como era previsible, la culpa se difumina en un océano de papeles y en la realidad de siempre: los altos mandos jamás morderán barrote, pues para eso precisamente son altos mandos, para que no los toque nunca el castigo por lo malo, sólo el premio por lo bueno.
El caso es que hay 49 bebés muertos, muchos más heridos y otros tantos padres y familiares desgarrados por la tristeza. Ese es el caso, y en alguna parte del país deben estar los responsables de tanto sufrimiento. En la polémica para detectarlos las opiniones se entreveran y se oponen. Una de las predominantes es ubicar la culpa en las figuras de Juan Molinar Horcasitas, Daniel Karam y Eduardo Bours, ex director del IMSS, director del IMSS y ex gobernador de Sonora, respectivamente. A simple vista se ve como la salida más fácil, el linchamiento que está más al alcance de la opinión pública.
Otro pelotón de opinadores critica el facilismo de la inculpación: ¿cómo, así nomás porque eran o son los meros meros los quieren castigar? ¿Qué no existe la delegación de funciones, el reparto de las responsabilidades y, en caso de calamidades, la distribución correcta de la culpa? ¿Quién puede saber qué hacen exactamente los miles de trabajadores de un Instituto con tan abultada cantidad de personal? Nadie, ningún director del IMSS o ningún gobernador pueden saber en qué andan metidos sus miles de subordinados, así que la culpa no puede ser de ellos.
De los dos bandos, elijo un punto intermedio que se ladea al primero. Explico. La culpa tal vez no sea de los mandamases, pero la responsabilidad, sí. Los encargados directos de la supervisión física de la guardería, sus administradores, el personal de la bodega aledaña y los empleados de ese ámbito son sin duda los culpables, por negligencia directa, de la tragedia, y deberían pagar con algún castigo que incluye la cárcel, pues no se trató de un desaguisado menor, de la pérdida de unos lápices o el robo de material quirúrgico, sino de una tragedia con decenas de niños muertos y heridos en un escenario pavoroso. Eso en cuanto a la culpa.
En cuanto a la responsabilidad laboral y, lo que es más, moral, está implicada toda la cadena de mando hasta el director del IMSS. Finalmente, hay un organigrama, y ante un siniestro de tal magnitud toda una vertical de casilleros debe ser llamada a cuentas y pagar por su escalada negligencia. Del supervisor directo de las instalaciones hasta llegar, en ascenso, al mismísimo director del IMSS. Insisto que no se trató de la pérdida de unos lápices o el robo de material quirúrgico, sino de una tragedia con decenas de niños muertos y heridos en un escenario pavoroso. Eso implica a muchos, no sólo al supervisor que va y llena un formulario de verificación. Me atrevería a decir que una tragedia de esta dimensión roza el plano de lo simbólico: más allá de los culpables directos por no haber prevenido desastres de ese tipo, la cabeza es la cabeza y es simbólicamente necesaria su remoción, pues a partir de allí se establece la confianza de una investigación más apegada a la verdad.
Digamos que Bours pagó hasta donde pagan los poderosos en este país: cierta ignominia, un fin nada decoroso de su poco decoroso gobierno, la derrota de su delfín en las elecciones para gobernador, y ya. Molinar y Karam, por otro lado, siguen tan campantes, todavía en jugosas nóminas. Y a propósito de esto, vale señalar que el tamaño de la responsabilidad es equivalente al tamaño del ingreso. ¿Por qué no exigir un poco menos de caradurismo a quien gana un dineral como director? En un dato que circuló hace algunos meses en muchos diarios, se exponía que “el director general cuenta con un sueldo base de 51 mil 551 pesos y una compensación garantizada de 161 mil 639 pesos, lo que hace un total de 213 mil 190 pesos al mes”. Sueldo igual a responsabilidad. Para acabar pronto, en una empresa privada el director hubiera sido botado al siguiente día, mínimo. En la nómina del gobierno, por lo que se ve, jamás.

viernes, junio 04, 2010

De los títulos



Entre otros muchos apabullantes talentos, Borges tuvo el de imaginar libros que nunca iba a escribir. Los proponía como de pasada, sin detenerse demasiado en el asunto, o fingiendo no detenerse demasiado en el asunto. Uno de esos libros imaginarios, mera idea larvaria y ya, es el de la historia de los títulos, de los títulos de libros. Lo propuso así: “Algún historiador de la literatura escribirá algún día la historia de uno de sus géneros más recientes: el título” (“J.W. Dunne: Un experimento con el tiempo”, Biblioteca personal, Alianza, 1998, p. 160). Como Hiriart y su “Arte de la dedicatoria”, como Dolina y las “Últimas palabras” que serán recordadas por la posteridad, Borges jugó con la idea de que el título es un género en sí, una de las muchas formas de la creatividad literaria que por ello puede ser motivo de historia.
Desde que recuerdo tengo conciencia del valor de los títulos. La falta de encanto que muestran los míos se debe a mi incompetencia, no a mi falta de voluntad. Sin embargo, noto que en muchos casos se da una pobreza espectacular en los títulos y creo que eso se debe a dos razones: prisa y desgaste en el caso del periodismo; inconciencia en el de la literatura.
El literario da para una opinión aparte, un ensayito que tal vez bosqueje cómo deber ser elegido el título de un libro que anhele sobrevivir. Más difícil, por la prisa y el cansancio, es lo que deben hacer los periodistas, sobre todo aquellos dedicados a la opinión, pues los reporteros no cabecean (o titulan) sus notas. El articulista, el columnista, a veces el cronista, tienen, entre otras obligaciones, la de titular bien, con un puñado de palabras gancho lo suficientemente sucinto y atractivo.
En tales casos, los títulos demasiado largos reflejan pobreza imaginativa, falta de capacidad de síntesis y, sobre todo, desconocimiento de la labor editorial, pues los acápites kilométricos meten en problemas al departamento de diseño en los periódicos y las revistas. Lo primero en lo que debe reparar un articulista/columnista es en el tema abordado, y hacerse una pregunta simple: ¿cómo puedo resumir en una idea de dos, tres o cuatro palabras todo lo que dije? Cierto que es difícil, más si tal acción es ejecutada muy frecuentemente. El cansancio y la prisa por entregar engendran títulos que a todas luces parecen arrojados desprolijamente a la marquesina del texto, títulos que no dicen nada o, peor, que dicen demasiado.
En los periódicos he visto cómo cunde esa impericia o, en el mejor de los casos, ese cansancio. Por ejemplo, cuando alguien titula “El problema mexicano”, como si nomás hubiera uno y como si en dos cuartillas fuera posible explicar esa cosa enorme. En dicho caso, el cambio del artículo ayudaría, pues impondría modestia al encabezado: “Un problema mexicano”. No sabemos cuál es todavía, pero al menos intuimos que el autor no quiere pasarse de pantera.
Las pobrezas son innumerables, y no caben en un palmo de papel, es decir, aquí. Pese a esto, veamos más ejemplos: si hay un fraude, una derrota, un evento que de alguna manera preveíamos, no falta el brillante articulista que escribe: “Crónica de un fraude anunciado” o “Crónica de una crisis anunciada”; tal es, acaso, la paráfrasis más manoseada de la historia, tanto que ha perdido toda su gracia y sirve para mentársela gratis a García Márquez. Si ocurre algo que detona un mal, no falta el título “Efecto Maciel” o “El efecto 11-S”. También creo que he visto ochenta veces la palabra “gatopardismo” en el título de textos sobre política, con lo que asombrosamente nada cambia para que todo siga igual, al menos en materia de cabecear textos.
Son frecuentes los títulos con estilacho de párrafo, llenos de advertencias gramaticales y nulo sabor: “El ataque de la flota inglesa… o de cómo Gran Bretaña logró poner fin (se supone, jeje) a treinta años de lucha… ¡desigual!”; o “No es posible tolerar el abstencionismo como una forma de participación ya que el voto es el voto, por lo que es necesario ir hoy a las urnas”; estos, obviamente, no son títulos, sino falta de creatividad y de pena. También es manido el título interrogante y menso: “¿Desaparición sospechosa?”; o el irónico burdo: “¿Tiempo de paz?”; o el onomástico desabrido: “Calderón, Nava, Vázquez Mota, Diego, Gómez Mont y Creel”; o el etéreo, que parece bolero de Los Panchos: “Desastre”, “Venganza”, “Crueldad”, “Castigo”; o el lúdico mamilas: “Gobierno Pejelegítimo”; “(Ari)zona intolerante”. En fin, son muchas las variantes; una de ellas es la simplona, por cierto harto desagradable, como ésta: “De los títulos”.

jueves, junio 03, 2010

Hora de las complacencias



Una de las añejas tradiciones de la política mexicana es la que aquí me atrevería a denominar con un empréstito de la radiofonía: la hora de las complacencias. Dicha costumbre consiste en agrupar a la población en secciones que luego desfilan, pediche bloque tras pediche bloque, frente a los candidatos. En Durango están en eso. Ignoro qué pidan los ganaderos, los comerciantes, los deportistas, los ancianos, las minorías sexuales, el clero, los estudiantes. Ignoro eso y también ignoro qué piden los artistas, pues sólo una vez asistí a una reunión de ese tipo y confieso que me pareció una penosa feria de solicitudes, una especie de carta a Santoclós redactada por niños que ya no creen en Santoclós. En fin.
Recién me han invitado a dos reuniones para el área de Durango, estado que vive hoy en efervescencia electoral (es un decir, pues los ciudadanos están, más bien, acuartelados en sus casas, ya sabemos por qué). Si le preguntan a mi yo recóndito, no quiero ir a ninguna. Si le preguntan a mi yo menos rejego, creo que tengo curiosidad por ver qué tanto queremos los creadores para Gómez Palacio, qué tanto ponen atención los candidatos y, sobre todo, qué tanto cumplen más adelante quienes se supone están hoy en plan de prometer el cielo, la luna y el mar (por cierto, el bolero “Tres regalos” es obra del gomezpalatino Güicho Cisneros).
Ahora bien, si no puedo hacerme presente, desde aquí insistiría en dos peticiones que de alguna manera han estado en la mesa desde hace buena cantidad de meses. La primera es muy importante, pudiera afirmarse que fundamental para Gómez Palacio y Lerdo: es la creación de espacios culturales, o un megaespacio cultural, en el noroeste de la ciudad. En una columna no muy remota comenté que algunos gomezpalatinos sopeamos sin mayor hondura la posibilidad de que el gobernador saliente comenzara, al menos comenzara, a vislumbrar el desarrollo de un complejo cultural que al fin abriera una opción de talleres a la numerosísima población que vive, digamos, en el entorno de la colonia Chapala y varias más. La idea no es añadir una bibliotequita a una escuela o abrir un taller de lo que sea en un local del DIF, sino construir un centro cultural con toda la mano, un espacio que no sólo permita el acceso de niños, jóvenes y adultos a muchas actividades culturales, sino que además sea un orgullo para la gente que toda su vida ha carecido de lo elemental en materia artística.
¿Es muy difícil que los candidatos de Durango entiendan esta urgencia? No tengo duda acerca del responsable directo, aunque no el único, de esta iniciativa, dado el caudillismo que todavía padecemos: es el gobernador quien puede emprender una obra de tales dimensiones, el gobernador que ya casi ha dejado de ser Ismael Hernández Deras y que ahora desean ser otros personajes. En cuánto a Ismael, sus cuentas son magras en casi todos los rubros, y más en el cultural, y más todavía en el cultural relacionado con Gómez Palacio, pues su sexenio pasó y en los hechos no creció un adarme la infraestructura cultural de la ciudad. Más: ya vamos para varias décadas sin crecimiento en tal sentido, como si la población no demandara ese servicio, como si los bienes culturales no fueran necesarios para una sociedad, como si no viviéramos un tiempo crudelísimo que puede ser paliado con trabajo artístico encaminado principalmente a los niños y a los jóvenes.
Otra inquietud muy importante y hasta ahora poco visible es la de establecer una representación de las instancias culturales del gobierno estatal en La Laguna de Durango, un poco en el esquema de lo que se da en La Laguna de Coahuila. Hasta ahora, lo sabemos, Gómez Palacio, Lerdo, Mapimí y Tlahualilo operan casi al margen de lo que se decide en la capital de la entidad. El centralismo no sólo añade el lastre de la burocratización, sino el de la parálisis, pues a las autoridades culturales de la capital política suele importarles un pepino lo que se haga o deje de hacer en los municipios. Así entonces, y dado que La Laguna de Durango ya merece un poco más de atención, es pertinente discutir la pertinencia de una representación como la que en varias ocasiones ha planteado Joel de Santiago.
En suma, son muchas las necesidades y quizá poca la voluntad de desahogarlas. Es buena oportunidad para que las futuras autoridades de Durango sepan que La Laguna ya no merece olvido, sino atención urgente, primeros auxilios culturales. Que hagan válido lo que prometen en la hora de las complacencias.

miércoles, junio 02, 2010

Fuera de los 23



El 20 de mayo pasado esta información era la comidilla en los periódicos argentinos (La Razón): “Maradona sabe bien lo que es quedarse afuera de un Mundial. En el 78, cuando sólo tenía 17 años y ya se destacaba en Argentinos, no estuvo entre los convocados porque Cesar Luis Menotti consideró que era muy chico e iba a tener revancha en otros. Por eso hoy (…) Diego se puso en la piel de los que quedaron out. ‘Los entiendo a todos. Yo también me enojé con Menotti cuando me dejó afuera’, tiró. El técnico de la Selección reveló que prefirió no llamarlos de forma individual para comunicarles la decisión porque ‘me iba a comer una puteada. Es muy difícil hablar, porque yo tenía ganas de putearlo a Menotti cuando me dejó afuera y lo mismo deben sentir lo jugadores que se quedaron afuera. Es una lástima porque hay jugadores que merecían entrar, pero hay que elegir nada más que 23. Me dolió dejar afuera al Pocho Lavezzi’”.
Eso mismo, o algo parecido, pasó el lunes en todo México, aunque con un nivel más bajo de acaloramiento. Haber dejado fuera a Jonathan dos Santos mostró todos los defectos de un negocio mafioso disfrazado de deporte. Por un lado, enseñó la catadura de Javier Aguirre, quien ni siquiera se asomó a la rueda de prensa para anunciar quién iba a ser el recortado. Mostró la pobre inteligencia de la Federación, que debió promover ese recorte mucho antes, dada la turbulencia previsible y hoy peligrosa por la cercanía del mundial. Exhibió el talante atrabiliario y poco objetivo de un representante-padre que deseaba a sus dos retoños en el gran aparador del futbol mundial.
Para empezar, no es para tanto. La brutal mayoría de los futbolistas profesionales no va al mundial, así que es necesario bajarle de huevos a este asunto menor. Es cierto que, pese a lo hecho por Maradona cuando le tocó recortar a los suyos, Aguirre debió encarar por sí mismo la baja de Jonathan dos Santos; el Vasco es el entrenador, bajo él, se supone, recae la responsabilidad de la lista, por lo que se hubiera visto bien, como lo que es, el DT, si sale a declarar frente a la prensa que tal jugador ha quedado al margen del equipo por equis y zeta razones. Lo que hizo, usar como correveidile a Néstor de la Torre, dejó entrever una culpa de la que luego se agarrarían los medios para especular sobre el responsable de la decisión.
El segundo error realmente fue el primero, y lo cometió la directiva de la selección. Si con mil años de antelación sabían que sólo iban 23, ¿para qué postergar hasta los últimos diez días una medida que por fuerza acarrearía fricciones? México no es Brasil, y requiere otra preparación y otra concentración para jugar mediocremente bien, seamos sinceros. Con el ruido de las malas y extemporáneas decisiones lo único que se logra es desestabilizar a los seleccionados que saltarán a la cancha, futbolistas de un nivel decoroso, sí, pero alejado del de las fieras que trotan en Europa y en Sudamérica.
Zizinho, el padre de los hermanos Gio y Jona, cometió el tercer error al declarar lo que declaró con tanta furia. Es evidente que se sintió muy dañado, como si su hijo marginado de la selección fuera ya el sucesor de Pelé. No lo es, por cierto. Es un joven talentoso, que está por ahora en Barcelona como lo estuvo su hermano mayor, pero que todavía no es allí ni Messi ni Xavi. Salvo los porteros, los jugadores que conforman la selección sabían que en cualquier momento la guillotina iba a caer sobre uno. Le tocó a Jonathan, y eso fue motivo suficiente para que su padre expidiera comentarios destemplados, poco lógicos si los sometemos a un mínimo escrutinio. Dice por ejemplo que en la selección “hay muchos intereses”, como si eso no se supiera y como sí él no fuera parte de tales intereses al desear que sus dos representados, es decir, sus hijos, fueran al mundial para cotizarse mejor en caso de un buen torneo y en caso de uno malo también, pues de entrada no vale lo mismo un jugador mundialista que uno sin mundial. Otro detalle: luego del corte, amenazó con que su hijo jamás volverá a vestir la casaca verde, lo que a todas luces es un arranque de poco aprecio por la selección dizque querida. Ni Maradona amenazó con eso cuando lo marginó Menotti. Tuvo su oportunidad después, y la aprovechó. Si Jonathan dos Santos crece y juega bien, la tendrá, más allá de lo que vocifere su representante.