domingo, mayo 30, 2010

Frente al adiós



Demasiadas presencias queridas me está robando el 2010. Hace pocas semanas mi amigo Jorge Méndez y mi sobrino Christian Humberto, y ayer, en menos de doce horas, he recibido la ingrata noticia de tres pérdidas: Inés Cullell Vilaró, esposa de mi amigo David Lagmanovich; María Caliano, esposa de mi amigo Fernando Martínez Sánchez, y Esperanza Ramos, tía de mi suegra Olga Chapa. ¿Qué hacer frente a esa triste y abultada demostración de nuestra finitud? Nada, o quizá sólo esto: tratar de ser mejor, de dar más y no perder la voluntad de sonreír pese a lo muchísimo que se empeña en disuadirnos de ese propósito.
Todos los días nos estamos yendo y todos los días, caray, nos dejan la impresión de que no hacemos lo suficiente para mejorar. Nos devora la urgencia de lo inmediato, la supervivencia entre apuros de diferente e impostergable coloratura. En lo personal, me apena no ser más explícito a la hora de manifestar el respeto, el cariño, la admiración que uno puede volcar sin peligro. ¿Qué me detiene? Que yo sepa, nada, o acaso nomás esa obstinación por parecer duro, la educación sentimental de macho incompetente para expresar un poco más los sentimientos de querencia.
Recientemente vencí eso. En el aeropuerto de Torreón, cuando yo estaba a punto de emprender el viaje a Buenos Aires, me dio gusto, tremendo gusto ver a mi amiga Querube Lizárraga. Le dije que dos veces fui al sanatorio para saludarla y mostrarle mi afecto luego de lo que hicieron con su esposo en esta época maldita. Nunca lo logré, así que al verla traté de ser enfático y le dije que la aprecio mucho, que es una gran mujer y que parezco siempre ido, distante, pero allí estoy, de alguna forma estoy. Porque el azar a veces es generoso, pude decirle a Querube lo que sentía, y ahora lo repito aquí.
Pero luego, en días cercanos, supe por amigos comunes que mi querida amiga María Caliano estaba siendo amenazada por un cáncer. Esto y aquello me impidió ir a verla luego de que los médicos lograron mitigar su mal; sin embargo, le pedí a su hijo que me llamara cuantas veces pudiera. Ayer sábado iba yo al volante de mi coche y vi en la pantalla del celular el nombre de Cristián, hijo de María. Sospeché que era una mala noticia, y sí: María, su madre, había muerto. A ella la recordaré como lo que fue: una mujer alegre. La vi incontables veces y siempre me saludó con afecto, sonriente, con una actitud como de orgullo por saber que éramos amigos. Un detalle la dibuja entera: nunca, absolutamente nunca en todas las veces que la vi cuando yo ya era padre, dejó de preguntarme por mis mujeres, por Renata y por mis hijas. En sus palabras de despedida siempre destacaba esa frase maravillosa: “Salúdame mucho a Renata y a tus hijas”. Yo sé que las quería, que nos quería.
El viernes, ya tarde, abrí mi buzón de correo electrónico. Había dos cartas de David Lagmanovich, mi amigo y maestro radicado en Tucumán, Argentina. Una llevaba el rótulo “Noticia”. Con sólo leer esa palabra sentí una punzada. Con dolorosa serenidad, David comunicaba en un mail colectivo esta mala nueva: “Queridos amigos y amigas: Dos líneas para comunicarles que Inés Cullell Vilaró, mi esposa, falleció el 27 de mayo de 2010 en el sanatorio en que se encontraba internada, debido a una afección pulmonar, desde el 15 del mismo mes. Me han acompañado en este penoso trance mi hijo Martín, mi nuera Analía, y otras personas de mi familia. Conforme con los deseos de Inés, su cuerpo fue cremado y, cuando ello sea posible, sus cenizas serán esparcidas sobre la tumba de nuestro hijo Juan Cristián, en un cementerio de Arlington, Virginia, Estados Unidos. Mi cariño a todos y cada uno, David”. Tanto a Inés como a David los vi el 2 de mayo pasado en su departamento de Palermo, en Buenos Aires. Inés se veía bien, sonriente y conversadora, aunque su salud ya no era la mejor. De Inés siempre supe por las cartas de David. Era una mujer de una pieza, una lectora inteligentísima, una madre perfecta (el adjetivo es de Whitman) que en su edad laboral llegó a tener, entre otras responsabilidades, un cargo importante en la OEA.
Por último, cuando le compartí a mi esposa esas pérdidas me notició otra: su tía Esperanza Ramos murió el viernes. A la tía Esperanza la recuerdo, y así la recordaré siempre, porque muchas navidades las pasé en Chihuahua y allí nos acompañaba. Era una persona cordial, educada, hecha a la antigua, con los modales de la gente buena que se formó en la era mexicana del respeto, ya casi extinta. Mi suegra Olga la quería mucho, y ella nos enseñó a quererla también, aunque la viéramos poco.
Así, termino esta semana con tres descalabradas en el alma. Es triste, pero a mis amigos Fernando y David, y a mi suegra Olga, les mando un abrazo hecho de cariño, ánimo y solidaridad. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecer sus cercanías frente al adiós de seres tan queridos.

sábado, mayo 29, 2010

El lugar de Libertella



Cuando apenas tenía 23 años, Héctor Libertella ganó el Premio Paidós 1968 con El camino de los hiperbóreos. Tras ese hit, el narrador nacido en Bahía Blanca ubicó su nombre entre los más sobresalientes de la nueva narrativa argentina. Sus libros, siempre raros desde los mismos títulos (¡Cavernícolas!, El paseo internacional del perverso, Memorias de un semidiós, entre otros), sirvieron para granjearle amplio prestigio en su país, sólo en su país, pues no creo que su lúcida obra sea conocida más allá de la Argentina.
Es pertinente decir que en su país nomás, y no tanto como para imaginarlo leído por multitudes. Nació en el 45, murió en 2006. Entre esas dos fechas, además de escribir, fue editor, maestro, exiliado, conversador empedernido, símbolo de marginalidad, traductor e investigador. Entre sus labores editoriales, colaboró para el FCE en México y Monte Ávila en Venezuela. Durante sus últimos años fue el animador principal del bar Varela, Varelita, sitio donde derramaba conversada inteligencia.
Es un autor de los llamados “de culto”, es decir, de los leídos por una secta de fieles, de seguidores que lo conocen de pe a pa. Libertella no creía en el estrellato literario; la fama, pera él, era un destino triste para el escritor. Por eso afirmó: “Allí donde hay un interlocutor, uno solo, ahí se constituye un mercado. ¿Qué quiere decir esto? Los transpiradores se pasan la vida buscando vender miles de ejemplares a cambio del diez por ciento de los bolsillos de sus lectores. Pero con un simple susurro al oído del emperador Octavio Augusto, Cayo Clinio Mecenas colocó a Virgilio en el palacio. Y el mercado unipersonal de Virgilio hasta terminó siendo más grande que el del popular y esforzado Petronio. Hoy en Argentina tal vez convenga llevar sólo 300 ejemplares al hueso del ghetto literario, en lugar de treinta mil a la adiposis masiva”.
Era un hombre de enfoques atípicos, un gustoso de la boutade desconcertante: “Para entender la situación del país, les recomiendo a mis amigos no leer historia o política, sino alquilar seis o siete westerns en el videoclub. En las leyes del Lejano Oeste hay una verdad en clave de ficción que nos explica mejor que ninguna biblioteca”, decía.
La capacidad libertelleana para enfocar distinto se nota claramente en El lugar que no está allí, nouvelle en la que juega con un narrador que es y no es Antonio Pigafetta, el hombre que narró la primera vuelta al mundo encomendada a Farnando de Magallanes por la corona española. Esta es una de las dos novelitas póstumas de Libertella, un juguete literario que, como todos los suyos, escapa a las clasificaciones fáciles, a los cánones tanto del mercado como de la academia. La acabo de leer, por cierto.
Parece de entrada un relato histórico, una recreación de lo que escribe Pigafetta sobre la andanza náutica de la expedición magallánica. Poco a poco advertimos que no es eso, o que sí es, pero también una especie de sueño de Pigafetta soñando que navega para dar la vuelta al mundo. El texto apela tenuemente al estilo retórico de la época, a las peculiaridades sintácticas no gobernadas todavía por academias, pero al mismo tiempo sentimos que alguien de esta época se asoma en los párrafos con una irónica risilla de gnomo. En otras palabras, El lugar que no está ahí trabaja con la materia de la ambigüedad, es una novela en la que sentimos el mareo y la desesperación de una escritura que se encuentra a medio camino entre la vigilia y el sueño.
Extrañamente, la breve novela no permite saber a las claras en qué punto se encuentra la voz narrativa, quién relata y por qué relata. En ese sentido, es como si un afantasmado testigo de la aventura marina nos metiera en su mundo alucinado. Extrañamente también, la breve novela nos atrae, nos paraliza y nos obliga a seguir la ruta de la narración como si nosotros, los lectores, también fuéramos víctimas del espejismo que es navegar sin un destino claro. En suma, Libertella ha creado una metáfora sobre el conocimiento, sobre la búsqueda del conocimiento que en esencia es, siempre, un pobre tanteo en la oscuridad a la que vivimos encadenados.Héctor Libertella, un escritor de escaso público, ha merecido el respeto de pocos que lo han sabido apreciar como lo que fue: un excepcional. Con eso le hubiera bastado, pues pensaba: “Si uno tiene muchos lectores, hay que empezar a desconfiar de lo que está haciendo”.

viernes, mayo 28, 2010

Tomadura de pelo nacional



México es el país de las tomaduras de pelo, de las megatomaduras de pelo. Todo es cuestión de colocar un escándalo mediático en la agenda para que se diluya lo que ayer era muchisisímo muy importante. Por eso, no se necesitará demasiado para que el caso Paulette, un caso que resultaría risible si no fuera trágico, concluya en el baúl de los olvidos (no de los recuerdos) y todo quede convertido en farsa sin importancia, en una más de las grandes tomaduras de pelo a las que ya nos habituamos.
El caso Paulette, digo, es trágico por dos razones: por la muerte de la niña en primer término, y, en segundo, porque ilustra cómo es posible armar un tinglado de disparates sin que el responsable principal derive en el oprobio. Cómo no recordar al Aburto clonado que “mató” a Colosio. Cómo no recordar a Paquita la de cráneo que con sus artes adivinatorias y bezanillas dio con la calaca apócrifa de Muñoz Rocha. Cómo no recordar al Señor de los Cielos que luego de una operación marca Lucha Villa se fue al cielo (su elemento) peor maquillado que una momia de Guanajuato de película santista (de Santo, no del Santos). Cómo no recordar el desafuero que en los hechos fue el banderazo oficial de salida a los pura sangre de la defraudación electoral. Cómo no recordar a Juan Molinar Horcacitas dando explicaciones campanudas luego de que en su paso por el IMSS fue concesionada al chilam-balam una guardería que después fue el escenario de un infierno. Cómo no recordar el extraño secuestro/desaparición/nosesabequé del Jefe Diego al que su pundonor y fortaleza sacará adelante.
El caso Paulette fue en su momento cortina de humo y, con el transcurrir del tiempo, culebrón gaviotesco en el que una pequeña mermada de su salud primero desaparece y luego, varios días después, reaparece como cadáver lleno de mundo en el intersticio de una cama y un colchón. Aceptemos que las películas de Pepito y Chabelo contra los monstruos sí pueden hacerse realidad, que esa pobre niña es encontrada allí después de varios días de desaparecida y también después de que un ejército de sabuesos con charola peinan la “escena del crimen”. Imaginemos, seamos indulgentes, imaginemos que el show es cierto. Dados los antecedentes, la sociedad televiciosa, de suyo poco exigente con las tramas, reclamaría de todos modos un culpable, aunque sea el mayordomo de rigor en los thrillers baratos. Luego, derramando babas por doquier, aparece el procurador mexiquense, que es como si apareciera su jefe Peña Nieto, con la nueva lonjemocuna de que nadie sabe, nadie supo, y el caso está cerrado.
Grotesco es una palabra demasiado amable para calificar la conclusión del caso Paulette. El hombre del copete mágico y futuro presidente de México (que la computadora se me haga chicharrón) aparece ante las cámaras que tanto lo acarician y se tira un choro que en la retórica clásica sería denominado “pleito ranchero”, o sea, ése en el que, sabiéndose culpable de un enredijo sin nombre, reprocha a sus anónimos críticos la politización de un tema estrictamente vinculado con lo judicial, sólo con lo judicial. Poco antes, como prueba de que toda mugre es politizable en este país que para despolitizarse demanda la presencia despolitizadora de un gran despolitizador, el ejecutivo mexiquense ejecutó al ecofónico Bazbaz luego de que éste se puso la soga al anunciar que no hay delito por perseguir. En resumen, el showsazo de la desvergüenza a todo lo que da.
Creo que sería de locos anhelar un país perfecto, con instituciones eficientes y funcionarios útiles. Finlandia y Dinamarca ya nos son inalcanzables. Nos conformaríamos con una atmósfera menos enrarecida de gases informativos perniciosos, con un poco de lógica y de ética a la hora de administrar justicia, con una pizca de sensatez al momento de crear y desvanecer cortinas de humo. La imaginación del mexicano tiene límites, límites que fueron rebasados en el caso Paulette. Hasta para tomar el pelo hay modos. No mamen.

jueves, mayo 27, 2010

Sólo agregar “México”



Con sólo agregar “México”, la palabra “México”, la “Declaración de la Ciudad de México” de Antonio Subirats explica a la perfección, de manera sintética y profunda, lo que nos está pasando. Gracias a ese texto leído por el pensador español el 28 de marzo de 2003 en el encuentro “América Latina y la guerra global” celebrado en la Ciudad de México, notamos que la famosa guerra contra el narcotráfico es, o al menos puede ser, pues todo embona, una creatura diseñada para justificar las sutiles y las no tan sutiles formas del injerencismo actual. ¿Plan Mérida? Qué raro suena esa cooperación, tanto como los aplausos a un Calderón que si no fuera allá, en EUA, o en la España convenenciera y neocolonial, jamás recibiría esa salva de palmadas en ningún lugar de nuestro país.
La “Declaración…” fue leída cuando apenas había pasado el primer trienio del foxato. Ya asomaba su cabeza el jabalí furioso de la violencia, pero todavía no lo suficiente como para que Subirats nos incluyera en la lista de países carcomidos por el inducido Mal de una lucha cuyos resultados negativos convencerían a cualquiera de frenarla, menos a quienes la promueven. Quizá nuestros gobiernos títeres la han acometido porque no hay remedio, porque luchar contra el narco es la máscara de una militarización forzada en función de una guerra mayor, como ha reflexionado Subirats.
Hallé su “Declaración…” en el libro Violencia y civilización (2006), de Losada. A este pensador lo sigo con atención desde que noté su penetrante mirada crítica en La existencia sitiada, ensayos publicados en México por Fineo. Ahí advertí que en el ámbito hispánico es uno de los más punzantes observadores de la envenenada actualidad mundial.
Subirats expone que la guerra en Irak puso en evidencia los ánimos de control sobre los recursos energéticos de aquella zona. Descaradamente, la mencionada guerra expuso además el manejo monopólico y chantajista de la información, al hacer de las noticias el instrumento justificatorio (o maquillatorio) de la violencia. Y agrega: “En nombre de la guerra global, y de la seudónima Guerra contra el Mal y el Terrorismo, no solamente se dan por sentadas las infranqueables barreras militares, económicas y tecnológicas que separan las naciones postindustriales de un submundo políticamente degradado por las estrategias financieras globales. Su objetivo político implícito es hacer más profundas esas diferencias, volverlas irreversibles, y llevarlas a una situación explosiva y terminal. Su última consecuencia es radicalizar estos conflictos como última legitimación de una militarización a escala planetaria”.
Pone como ejemplos de devastación programada a Afganistán, Colombia e Irak; aquí es donde, al menos desde hace algunos años, podemos agregar “México”: “La propaganda de guerra y la inducción mediática de una violencia difusa, el apoyo a gobiernos corruptos y el desmantelamiento de las instituciones globales democráticas, desde las Naciones Unidas hasta las organizaciones informativas independientes, trazan las ostensibles directrices de un nuevo totalitarismo mundial”.
Creo que nada se alteraría aquí si añadimos “Mexico”: “Estas guerras, que hoy se extienden de Irak a Afganistán, y de Colombia a Somalia, sin un final previsible en el tiempo y sin límites en el espacio, no solamente ponen de manifiesto un anunciado descarrilamiento del modelo neoliberal de desarrollo económico y globalización a lo largo de un proceso continuado de violencia. Sus estrategias comprenden, antes que otra cosa, la destrucción masiva de ecosistemas regionales, el calentamiento global indefinido, y el empobrecimiento letal de cientos de millones de humanos”.
La “Declaración…” de Subirats apunta a señalarnos el sentido en el que se mueven hoy las manecillas del reloj ideológico dominante. En tal dinámica nuestro país y su guerra interna son apenas el movimiento de una pieza, de un peón ajedrecístico. Todo encaja, reitero, con lo que dice el pensador español: la guerra global que busca la devastación/apropiación necesita de muchas guerras locales. La nuestra no tiene razón de ser si la observamos aislada, pero adquiere sentido cuando notamos que se inscribe en un flujo mayor, en el caudal de un gran proyecto esquilmatorio.

miércoles, mayo 26, 2010

Santos: pastel sin cereza



Santos Laguna brindó el domingo dos lecciones importantes al futbol mexicano y a la vida en sí: a) cómo noquear a un rival muy poderoso; y b) cómo permitir que ese mismo rival se levante de la lona y gane como quien ya muerto le pega a la lotería y resucita. Lo que vimos todos en la final final era inédito hasta esa final final: un equipo que supuestamente va en desventaja por su calidad de visitante y en el primer tiempo, gracias al planteamiento del entrenador, domina al local. Luego, en el segundo periodo, ya ni siquiera fue necesario el planteamiento del entrenador, pues el equipo de casa quedó disminuido por el “calorón” de 29 grados, lo que fue aprovechado por el cuadro visitante (acostumbrado a temperaturas de 40 grados) para propinar un baile a los favoritos.
Fui, lo confieso, de los miles de laguneros que se tragaron la finta del campeonato durante el performance. Antes del partido distribuí de esta manera las posibilidades: 55% para Toluca; 45% para Santos. Al minuto 20 del primer lapso, al ver lo que sucedía en la cancha, el porcentaje cambió: 60% para el Santos; 40% para los choriceros. En la segunda mitad, el porcentaje me permitía apostar lo que fuera contra quien fuera: 80% SL; 20% Toluca. En los tiempos extras, con los de casa derrengados, sólo un consumado villamelón no podía imaginar esto: 90% para los norteños, 10% para el equipo mexiquense. Roberto Gómez Junco no me dejará mentir. A esas alturas, sólo un milagro salvaba a Toluca. Y el milagro llegó, claro que auspiciado por los laguneros que parecían obsesionados por llegar y llegar y llegar y no consumar lo meritito principal: el gol.
No fue pues, todos lo vimos, un partido equilibrado. Romano paró muy bien a sus jugadores y luego el clima colaboró para que los toluqueños se fundieran. Si contamos las oportunidades de anotar, Santos suministró una felpa, pero el balón jamás pasó la raya y todo quedó en posibilidad cercana, en conato de gol que dejó a los aficionados del Nazas con el alarido a flor de jeta. Las oportunidades sobraron en 120 minutos, pero entre el portero rival y los errores propios la mentada cuarta estrella dependió de los penales. Ahí los laguneros tuvieron el campeonato en la mochila. Hubo un momento en el que nomás un loco podía afirmar que Toluca se quedaba con el campeonato. Fue cuando los albiverdes contaban con dos penales de ventaja. Con uno que anotaran, todo se resolvía. Pero Vuoso, pero Morales dispararon de uñita, escurrieron sus disparos y luego, ya en la muerte súbita, el impecable Dueñas atinó y el heroico Talavera adivinó el tiro de Arce. Lo demás es tristeza para La Laguna, incredulidad, carencia de argumentos racionales para explicar lo ocurrido.
Ya es hora de resumir, sin lágrimas aunque sí con la sensación amarga de un campeonato que pudo haber sido y no fue, como dijera Consuelito Velázquez. Si Santos Laguna hubiera perdido por tres goles, si los del Nazas hubieran caído en el tiempo regular después de un partido dominado por Toluca, otro perro ladraría. Pero ganamos la final. Ganamos, pero perdimos. En fin. Para empezar el resumen relámpago, muy bien Romano. Creo que si lo apoyan y le dan continuidad, es otro de los aquerenciados de La Laguna. La defensa, toda, igual de bien. La media, toda, también, aunque Ludueña debe dar un poco más para ser factor y no ornamento. Adelante, comentan que vuelve Benítez. Si es cierto, quizá ya llegó el tiempo de decir adiós a Vuoso. Acaso él mismo lo expresó involuntariamente con sus yerros, y él sabe que en su país de origen dos fallas de ese fuste equivalen a despedirse de la camiseta. En la Argentina no podría regresar. Si allá hubiera fallado, también lo cargan en hombros, pero para arrojarlo a un pozo. En México todavía no llegamos, por suerte, a esos apasionamientos. En suma, una temporada buena (no excelente) para el Santos. Un pastel al que sólo le faltó la cerecita. Casi nada.

Letras de Rockdrigo, hoy
Hoy miércoles a las ocho de la noche hablaré sobre las letras del cantante y compositor Rockdrigo González; esta charla forma parte de las actividades del mes del rock organizado por el Icocult. La cita es en el Taller de grabado El Chanate ubicado en Matamoros 539 oriente, a cuadra y media de la alameda Zaragoza. Para quienes no sepan quién fue Rockdrigo, sólo les adelanto que a mi modesto parecer sigue siendo el mejor letrista mexicano de su género, el llamado rock rupestre.
Nota: un recuerdo tres el primer aniversario, hoy, de la muerte de Eliseo Barrón.

domingo, mayo 23, 2010

Filosofía taurina



En la semana vimos dos horribles cornadas en la plaza de Las Ventas. En una de ellas el pitón entra por la yugular y sale por la boca del torero. Una escena espantosa, tanto como la del habitual y profundo estoque en las carnes del astado. Lo que pasa es que ya nos acostumbramos a ver la muerte del toro, a sentir que es normal su ejecución pública y festiva. En fin, sigue siendo complejo el tema de la tauromaquia, su defensa y su repudio. En el más reciente número de Nomádica, la revista encabezada por Héctor Esparza y Armando Monsiváis, publiqué el artículo que sigue. Ojalá diga algo nuevo sobre esto. Aquí va:
Como sabemos, largo ha sido el debate armado en España ante la posibilidad de que sea prohibido el toreo en Cataluña. El parlamento se convirtió, durante semanas muy acaloradas, en el redondel donde taurinos y antitaurinos embisten y faenan alternadamente con el fin de coger a sus respectivos contrincantes para que, al final de las argumentaciones, los legisladores voten a favor o en contra de la iniciativa. Por supuesto, allí se ha oído de todo: los taurinos se defienden diciendo que el toreo es un arte, una tradición, parte de la cultura y timbre de la esencia española; han dicho además que la tentativa de prohibición tiene tintes políticos, afán de distinguir también en este punto a la nacionalista Cataluña del resto de España. Por su parte, los antitaurinos hablan de espectáculo cruel y vergonzoso, de fiesta macabra basada en la inferioridad del animal respecto del hombre.
Así los bandos, el acuerdo es imposible. Como en temas religiosos o sexuales, aquí tampoco veremos que ceda (o “doble las manos”, para seguir con el dialecto taurino) uno de los extremos. Para unos es manifestación cultural llena de atributos; para otros, atrocidad, y en este mar erizado de puyazos lo único que queda claro es que, por las razones que queramos, la mayoría se ha ido inclinando poco a poco a favor de la prohibición: cerca del 80% de los catalanes opina ya que las corridas deben ser suprimidas.
Ante el avance sostenido de la corriente de opinión antitaurina se ha expresado con más bravura el parecer contrario. Los amantes de las corridas de toros buscan y rebuscan en todo lo que pueden para justificar la permanencia de lo que siguen llamando “fiesta”. Han apelado a todo: a la historia, a la antropología, a la ecología, a la zoología y ahora, para mi sorpresa, a la filosofía.
Sí, un filósofo francés llamado Francis Wolff publicó un documento (no sé si en formato de libro o algo parecido) con 50 razones para defender la corrida de toros. Según la brevísima ficha biográfica que hallé en la Wiki, Wolff es catedrático en la Escuela Normal Superior de la Universidad de París. Antes impartió clases en las universidades de Paris-X-Nanterre, en la de Reims y en la de Sao Paulo, Brasil. Sus obras son Sócrates (1994), Aristóteles y la política (1997), El ser, el hombre, el discípulo (2000), Decir el mundo (2004) y Filosofía de las corridas de toros (2007). Un artículo publicado en el periódico ABC de Madrid (1 de junio de 2008) condensa sus “50 razones” y expone clara idea de su posición como defensor de las corridas de toros. Su título es “La ética de las corridas”, y, entre otros argumentos, expone éste (ofrezco disculpas por citarlo in extenso, pero es necesario atender este denso bordado de abstracciones):
“La corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. Y la ética general de la corrida es justamente la codificación de este principio. Pues la moral de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. Es desigual, por cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. Si las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo romano, ¿no sería bárbaro? En la corrida el toro muere necesariamente, pero no es abatido como en el matadero, es combatido. Porque el combate en el ruedo, aunque sea fundamentalmente desigual, es radicalmente leal. El toro no es tratado como una bestia nociva que podemos exterminar ni como el chivo expiatorio que tenemos que sacrificar, sino como una especie combatiente que el hombre puede afrontar. Tiene, pues, que ser con el respeto de sus armas naturales, tantos físicas como morales. El hombre debe esquivar al toro, pero de cara, dejándose siempre ver lo más posible, situándose de manera deliberada en la línea de embestida natural del toro, asumiendo él mismo el riesgo de morir. Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida. Un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza. La corrida es, pues, lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica sería innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal —como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano—. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal se habría reducido al de una cosa —como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial—. En la corrida el hombre no lucha ni contra un hombre ni contra una cosa. El hombre afronta su ‘Otro’”.
La cita que traigo es el sesudo corazón de la defensa que hace Wolff por lo menos en ese artículo. Al transcribirla completa quiero evidenciar que así como durante siglos se bordaron mil y un sofismas para justificar la guerra-colonización-extermino de pueblos enteros en Asia, África y América, ahora también la señora filosofía se sienta a la mesa para justificar, con todo tipo de barroquismos intelectuales, la crueldad de la tauromaquia. Baste confirmar lo obvio: la desventaja, más allá de los ornamentos retóricos que buscan pintar lindo lo monstruoso, del animal frente al hombre. Del otro lado, creo, el argumento es pragmático, material, concreto como la punta de un picador, la púa de una banderilla o el filo de un estoque: la crueldad es crueldad con o sin filosofía. Sospecho que Aristóteles no sirve para mucho en estos casos.

sábado, mayo 22, 2010

Mariposa de cristal y acero



El lugar común ha etiquetado a las mujeres como “sexo débil”. Nada, creo, más lejano a la verdad para juzgarlas. Si algo es fuerte en este mundo, lo digo sin chantaje y con suficiente conocimiento de causa, son las mujeres. No creo en general, pues, en la idea que les asigna un rol de fragilidad. O, dicho desde otra perspectiva, su fortaleza nace de su debilidad: como físicamente lo son con respecto del hombre, se adaptan con mayor facilidad a la adversidad, se rompen (si es que se rompen) con más dificultad, son resistentes y a la larga terminan salvando obstáculos mejor que los machos. No por nada la madre es el pegamento principal de millones de familias, la figura que cohesiona y a partir de la cual se percibe la noción de unidad.
Tan fuerte como la mujer, o más, es quien ha decidido abrazar otra opción sexual a la convencional. No idealizo, por supuesto, ya que entre heteros y homos hay de todo. Ningún género ni opción es, per se, malo o bueno. Lo que sí debe tomarse en cuenta es la carga de agresión histórica que pesa sobre quienes optan por una sexualidad distinta. Los gays, y con menos encono las lesbianas, cargan sobre sus espaldas el peso de prejuicios seculares, de ahí que, cuando asumen y hacen pública su condición, se vean forzados a resistir, a vivir en una especie de nado de salmón.
Hay, por fortuna, ciertos espacios en los que se ha hecho cada vez más respirable el ambiente frente a la diferencia, aunque por supuesto sobreviven sectores de la sociedad que por extremo conservadurismo se oponen y en algunos casos llegan hasta la agresión. Uno de esos espacios es el de la literatura. Gracias al recurso de la palabra que de entrada impide la inmediata explicitud del cine o la fotografía, estos temas pueden ser desmenuzados con más calma; por ejemplo, en la novela Mariposa de cristal, obra escrita por el matamorense (matamorense de Matamoros, Coahuila) Raúl de León Alcocer (1966). Publicado por la Universidad Autónoma de Chapingo, este relato cuenta las experiencias iniciáticas en política, educación y sexo de varios personajes que forman un mosaico de apetitos tan sincero como conmovedor.
Aunque son muchos, los sujetos más salientes en la trama son Leo, Demetrio, Eleim y Margot. La novela se ubica en la década de los ochenta y tiene como escenario el centro del país, particularmente la atmósfera universitaria de Chapingo. En este sentido, se siente que es una historia de corte testimonial, aunque esta etiqueta venga a valer poco si pensamos que en cualquier parte del mundo, sobre todo en aquellos lugares donde convergen los destinos de miles de estudiantes foráneos, el aprendizaje se da como una revelación cotidiana y a veces algo abrupta, como les pasa a Leo y a Demetrio en sus primeros encontronazos sexuales con sus “chicas”.
Como lo advierte Pedro Cabrera, Mariposa de cristal narra “las andanzas de un ser mítico en el ámbito universitario, Margot, un varón cuya peculiaridad consiste en desear ser mujer en un espacio predominantemente masculino. Su iniciación sexual, el miedo al envejecimiento, sus venganzas y frustraciones, las cortesanas de su reino, sus aventuras amorosas, la fragilidad de su belleza… con este entramado, el autor logra un gran retrato del personaje [y consigue la] Recreación de un mundo perdido”.
Si no me equivoco, éste es el cuarto libro con tema homosexual escrito por un lagunero. Cada uno con sus peculiaridades, uno contiene relatos: Tu lagunero no vuelve más (1999), de Wenceslao Bruciaga; otro es de poesía: Chacal y susceptible (2008), de Sebastián Margot, y otro es la novela Travesti (2009), de Carlos Reyes. A estos se suma, entonces, Mariposa de cristal (2009), texto que además de dibujar la mentalidad todavía politizada de los ochentenos, orienta su trama a las vivencias de Demetrio y Leo, dos jóvenes en plenitud de fortaleza, frente a Margot y Eleim, las entrecomilladas compañeras elegidas para descubrir el pasmo de la carne. Más allá de lo duro que puedan sonar ciertas escenas a la visión de una moral estándar todavía reacia a suponer valor estético a las obras que trazan rutas no convencionales en lo sexual, Mariposa de cristal, reitero, conmueve por la sinceridad del relato. De León Alcocer ha procedido con honestidad, revelando los entresijos del descubrimiento amoroso sin retórica evasiva, y eso se agradece cuando ya estamos plenamente dispuestos a leer obras con tal tema. Yo lo estuve, salí satisfecho de sus páginas, ante todo por el valor de Margot, la cristalina y acerada mariposa de este libro recomendable a quienes sospechen que puedan disfrutarlo.

viernes, mayo 21, 2010

Nueva música lagunera



Un buen amigo me comenta que Torreón no aparece en los registros televisivos del clima dentro de los programas nacionales. Cierto, le respondo. Pese a su importancia regional como polo de desarrollo económico (uno de los más importantes del norte mexicano), Torreón, La Laguna en general, no tiene mucho peso en el contexto de la información nacional. Pocas regiones pueden presumir, por ejemplo, que cuentan con empresas descomunales como las que ya sabemos; en otro flanco, pocas pueden vanagloriarse de tener un equipo de futbol que en 25 años ha logrado mucho más que otros con historia más amplia. ¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué La Laguna no despierta el interés de otras ciudades o regiones del país?
Alguna vez Fernando Fabio Sánchez y yo intentamos responder a esas preguntas. Las vinculamos al fenómeno literario y más o menos sacamos la conclusión siguiente, muy vaga y absolutamente especulativa: a La Laguna le estorba su condición geográfica, el hecho de encontrarse lejos, equidistante, de los focos más importantes de interés informativo. No es centro ni frontera, para empezar, así que habita una especie de limbo imperceptible en el mapa mexicano. Sea cual sea la razón, lo importante es que aquí puede ocurrir cualquier desgracia y el periodismo nacional apenas nos mira de reojo, como diciendo: “Ah, mira, en La Laguna ocurrió tal desastre; escribe una nota rápida y ya, olvídate de ese lugar”.
Tampoco quiero decir, desgarradas las vestiduras, que merecemos el apapacho diario de la prensa nacional. Todas las ciudades, todas las regiones, todos los estados deben valer lo mismo, y si algo grave ocurre en Ciudad Juárez, hay que comunicarlo en todos lados tanto como lo que pueda ocurrir en el pueblito más recóndito del estado de Guerrero. Lo contrario es discriminación informativa perpetrada sobre todo por los grandes medios y analistas nacionales que apenas oyen hablar de La Laguna, pase lo que nos pase, y se agachan y se van de lado, indiferentes.
Hace una semana se dio un suceso de vértigo en La Laguna. Es increíble que no se hiciera aquí presente, de inmediato, la prensa nacional y acaso hasta la internacional. Fue inaudito que los analistas más importantes del país no le dedicaran un apunte específico, un comentario que de veras calara hondo en el estado de la coyuntura lagunera. Nada de eso. Creo, en descargo de sus aparentes indiferencias e insensibilidades, que es más bien falta de información, que algo está obstruyendo el flujo de datos, lo que imposibilita el eco más allá de La Laguna.
Otra vez, en menos de ocho días, nuestra comarca ha sido escenario de un espectáculo digno de atención. Es, de hecho, un pico notable de la nueva música lagunera. Es música ejecutada bajo las estrellas, música de nocturna preferencia. Los habitantes de esta región la oímos cada vez más seguido y cada vez sabemos distinguirla mejor, más cerca de nuestros sentidos. En You Tube hay un concierto que recomiendo escuchar. Para disfrutarlo sólo hay que pinchar en esta dirección. Quienes no lo hagan se privarán de 52 segundos en los que resuena el metálico brío de percusiones magnificadas por el hermoso silencio de la noche. La interpretación abre con una especie de tableteo rítmico, acompasado, como de andante moderato. Luego, sin interrupción, pasa a un adagio en el que apenas se perciben las vibraciones del sonido. Poco después, sin pausa, entramos al presto y de inmediato a un prestissimo en el que la pieza estalla para al final ceder paso al lento y al remate del silencio que cierra todo. Esta ejecución, la nueva música lagunera, es cada vez más habitual entre nosotros, tanto que ya no nos extraña escucharla en las madrugadas. Lo extraño es que ni con esos espectáculos nos dediquen un poco de atención en los medios nacionales. Parece que La Laguna pertenece a otro país, a otro mundo.

Hoy, novela del lagunero Raúl de León Alcocer
Raúl de León Alcocer nació en Matamoros, Coahuila, en 1966. Trabaja fuera de nuestra región, es ingeniero agrónomo y escritor. Hoy presentará en Torreón su novela Mariposa de cristal. Hablaremos Miguel Morales Aguilar, el autor y yo. La cita es en el Taller de grabado El Chanate, Matamoros 539 oriente, a cuadra y media de la alameda Zaragoza. Es a las 8 de la noche; la entrada es libre. Allí nos vemos.

jueves, mayo 20, 2010

Laguna enlutada



Es ineludible tratar, así sea elípticamente, al tema lagunero más importante de su historia reciente; me refiero, por supuesto, a la cobertura que ha recibido nuestra región en la presente semana. Anticipo que, atenido a un monitoreo exprés de los medios, mi conclusión es ésta: importa más el secuestro/desaparición de un político famoso y de sórdida trayectoria que otro asunto escalofriante y de récord. No hay comparación, pese a lo lamentable que en efecto es la privación de la libertad del susodicho político. Es claro, a estas alturas demasiado claro: a La Laguna le falta el antiglamour del DF, Juárez o Tijuana, por eso allá sí se apersonan secretarios de estado y hasta el presidente en funciones cuando la ocasión lo requiere con urgencia al menos para cuidar las formas. ¿Y aquí? Aquí nada. Aquí hay que enterrar a los muertos y ya, no más, luego a tratar de seguir viviendo como si nada, como si no sufriéramos un caos que hubiera redefinido los postulados de Kafka.
Pues sí: qué ganas de escribir sobre el Santos y su finalísima de hoy, qué deseos de seguir con la inagotable literatura como si cualquier cosa. No, hay que hacer aunque sea un breve y discreto alto en el camino de lo grato y de lo hermoso para insinuar, apenas insinuar, que tras los acontecimientos no ha elevado la voz en firme ninguna autoridad, ninguna, en promesa de justicia y quizá en procura de usufructo político. Que no sea el desborde de un río, una epidemia, la inauguración de una escuela en zona desvalida, el remozamiento del demacrado entorno físico, la atención a los ancianos desamparados. En todo eso sí se apersona la autoridad, la autoridad de carne y hueso, para que la raja mediática le toque sin ninguna duda. Pero lo otro, eso que es impronunciable y que nos agravia a todos, y nos asusta a todos, y nos desmoraliza a todos, eso no demanda el concurso de la autoridad. En este caso, sólo dos o tres declaraciones gaseosas, inconsistentes, o ninguna, como fue el caso del Ejecutivo federal que a La Laguna no mandó ni una coronita floral de la calle Blanco, una coronita que fuera testimonio de su repudio al mal y de solidaridad con los deudos, los deudos que en este caso, quiero pensar, somos todos los laguneros por más que el parte diga diez, cuatro, ocho, dos muertos. Lo importante en este caso es que son muchos; no son muchos, son demasiados, porque demasiados es más que muchos, demasiados significa más de los que cualquiera puede asimilar como suficientes para que la autoridad ya no “tome cartas en el asunto” y en verdad haga algo, algo que comience por hacerse presente ante los deudos para expresarles que la responsabilidad de las autoridades empieza con el abrazo fraterno que en ese gesto comienza a restañar, si eso es posible, la herida y generar confianza.
Cuando tal hecho no ocurre, ¿qué confianza puede tenerse en la autoridad? ¿Qué rayos importan las declaraciones sobre inauguración de obras y todo lo demás si lo básico, lo elemental, lo fundamental, la vida, está siendo atropellado a quemarropa, a mansalva, con excesos jamás vistos en un país que se ufana de de democrático? Ya no se pide el consuelo de la justicia, pues ella, la mujer de la balanza y la venda en los ojos, hace mucho que fue asesinada en Juárez o en cualquier otro lugar del país; se pide, al menos, un mendrugo de respeto a la ciudadanía, respeto que comienza por estar allí, al lado de quienes han sufrido una pérdida que sólo puede paliar la presencia física de los responsables directos de la seguridad, los gobernantes elegidos por el pueblo, los hombres que, se supone, detentan legalmente el instrumento de la seguridad y pueden ejercer la fuerza en caso de estropicios contra la población.
Aterra el terror. Es lógico que la gente lo padezca, pues está prácticamente incapacitada por la ley y por la lógica para defenderse. Su única defensa es, y esto hay que ponerlo en duda, el encierro, la negación de la convivencia pública. Aterra el terror, cierto, pero más aterra ver que ante los hechos la autoridad actúa como si compartiera el legítimo miedo de la población; desaparece, se oculta en una declaración cliché y de inmediato corre a resguardarse en el atole de las obras de gobierno. Bienvenidas las obras, pero ellas no significarán gran cosa si no van acompañadas del luto solidario, de la presencia inmediata junto a las víctimas y de la declaración incontrovertible y verdaderamente humana sobre la necesidad de imponer la paz.

miércoles, mayo 19, 2010

Enciclopedia de rock



Ni de broma puedo decirme villamelón en rock. Soy menos que eso, pues mi música de cabecera anda por rumbos muy lejanos. He sabido respetar, empero, a varios grupos y a no pocos solistas. Son escasos, puros lugares comunes, la mayoría ubicables en la época de oro, por así llamarla, del rock: los sesenta y los setenta. Me gustan, me gustarán toda la vida aunque no me especialice en ellos, Los Beatles, Los Doors, Creedence (grupo al que por cierto, no lo olvido, aborrecía mi amigo roquerote Óscar Fernández, quien lo denominaba, por su ritmo algo country, Los Creedence del Norte), Queen, Bob Dylan y, ya más acá, algo de Guns & Roses. No es mucho. No es nada, más bien, pero qué le vamos a hacer. Uno cree que elige, pero en realidad hay elecciones que se dan al margen de nuestra voluntad, y la elección del rock no fue la mía. Todavía hoy, por ejemplo, no converso sobre música con Raymundo Tuda, uno de mis mejores amigos, simplemente porque él es rockólogo y yo un diletante sin causa. Tuda ama a Morrison, lo oye y lo lee como si fuera el evangelio. Ya se imaginan pues que por allí no nos entendemos.
Cuando pienso en rock, en conocimiento casi absoluto de rock en La Laguna, no tengo mejor modelo que Adolfo Calderón Sánchez. Este cuate sí que lo sabe todo, pues todo lo ha conseguido, catalogado, oído, estudiado y archivado. Es una enciclopedia humana de rock. Su trabajo le ha costado, pues él sólo ha sabido trabajar como maestro universitario durante muchos años para, con ello, mantener a su familia y luego darse el lujo de administrar una discoteca/videoteca/biblioteca de dimensiones más o menos apabullantes. De hecho, y él lo reconoce así, es un obseso. Cómo no serlo: todos los que abrazan causas de ese tipo, los que anhelan conocer todo sobre determinados temas, no tienen más remedio que ser tercos, pertinaces a la hora de buscar hasta el más recóndito ejemplar de lo que les interesa.
A Calderón Sánchez lo conocí, creo, hace poco más de veinte años. Durante cierto tiempo él hizo amistad, supongo que estrecha, con Gilberto Prado Galán. Recuerdo que nos acompañaba a las reuniones literarias y siempre me pareció inquisitivo, perspicaz, hábil para la polémica. No hablaba mucho de lo suyo, sino de cine y literatura, dos artes que también le placen y conoce. Por aquellos años me dio algunos artículos sobre rock y yo los publiqué con gusto en la tolvanera, suplemento cultural de la revista brecha. Luego lo perdí la vista. Me lo topaba por aquí y por allá, no mucho, pero siempre, por referencias de amigos comunes (Pepe Ramírez, Carlos Velázquez), me enteraba de que Adolfo andaba por allí, con sus clases universitarias y su vocación fanática por el rock de todos los colores y sabores.
Por ello, no me parece nada inoportuno que lo hayan convidado al Festival de Rock Coahuila 2010. Al contrario, creo que debemos abrirle cancha más seguido a quienes, como él, han dedicado la vida a una tarea específica hasta especializarse en ella. Según el boletín que lo promociona, “La conferencia de Adolfo Calderón (Rock español: el estado de la cuestión) abordará el momento actual del rock en la Iberia española; como tomar una fotografía desde el Meteosat que nos permita percibir qué sucede en el ámbito rockero de España. Grupos relevantes, solistas, conciertos, festivales, grabaciones, la forma en que la Gran Araña ha impactado al movimiento de rock y la actuación de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE)”.
Calderón Sánchez es sociólogo y maestro de la Universidad Juárez del Estado de Durango desde 1979. Con el tema del rock ha colaborado en periódicos y revistas regionales y fue conductor del programa Rock en el ozono de Radio Torreón. Solo, al margen de cualquier apoyo institucional, ha configurado una discoteca/videoteca sobre rock que es sin duda uno de los acervos más importantes del país. La conferencia se celebrará hoy a las ocho de la noche en la nueva sede del Taller de grabado El Chanate, en Matamoros 539 oriente. Allí estaré, gustoso de escuchar a la enciclopedia Calderón.

domingo, mayo 16, 2010

Cierre de bitácora



Llegué ayer y ayer mismo, ya aquí, escribí que a mis interlocutores argentinos les parecían exagerados todos mis relatos sobre lo que ocurre en México. Los entiendo. Para un extraño debe ser difícil comprender que un país al que siempre imaginaron estable ahora pase los pésimos momentos que yo trataba de describir sin echarle demasiada e innecesaria crema a los tacos. Por ejemplo, no podían creer (los ojos se les hacían de plato) que en los noticieros, como si fuera dato de la bolsa de valores, hubiera un conteo cuyo promedio es de cuarenta muertos diarios. ¿Y la autoridad no hace nada?, me preguntaban. Tampoco podían creer la saña; decían desconcertados: bueno, supongamos que alguien mata a alguien de un balazo, ¿qué necesidad hay luego de desmembrarlo o de disolverlo en ácido? Igualmente, no creían en la parálisis de la sociedad. Preguntaban: ¿y nadie hace nada?
Viajé con la idea de que allá vivían enterados de lo mal que la estamos pasando en México. Pensé que 22 mil muertos en lo que va del sexenio eran motivo suficiente de preocupación. Erré en los cálculos. La globalización de la economía no se traduce necesariamente en globalización de la inquietud por ciertos temas. Si a eso le sumamos que los propios argentinos también padecen graves problemas, para mí fue lógico después que nuestros muchísimos muertos no hubieran repercutido más allá de las fronteras de nopal.
Pasa hasta con nosotros. ¿Qué hacemos ahora cuando leemos o escuchamos que hallaron el cadáver de un sujeto en la cajuela de un coche? ¿Nos interesa su nombre, su origen, su ocupación, su familia, los posibles móviles de la agresión que lo victimó? Creo que ya no. Le damos vuelta a la página y el muerto vale tanto o menos que una nota informativa sobre la descompostura de bebederos en la alameda. Toda información repetitiva se desgasta, ¿y qué noticia más repetitiva en México que la referida a muertos y otra vez muertos?
En los quince días recientes que pude respirar una atmósfera sin tanto olor a pólvora informativa sufrí, por qué no confesarlo, un sentimiento de pena doble: por un lado, me torturó la idea de no tener cerca por esos días a mis mujeres, y, por el otro, su equivalente de tenerlas expuestas a nuestro país. Soy de los que ha leído un poco sobre experiencias violentas en otros espacios y sé por tanto que en épocas de fascistización galopante (la Argentina sufrió eso del 76 al 82) nadie debe estar confiado.
Tras regresar, e incluso un poco antes, he recibido cartas y ahora recién llamadas telefónicas de aliento y agradecimiento. Cito particularmente la carta de Alejandro Pérez Merodio y la llamada del ingeniero Jorge Ramírez; ambos me comunican que han leído con gusto la bitácora de viaje. A ellos, y tal vez a otros como ellos que quizá me leyeron por estos días, les comento ahora que, como muchos periodistas de la localidad, quisiera y quiero meter más la cuchara en otros temas ajenos a la frivolidad de la literatura y del viaje. De más está decir lo que cualquiera con sentido común podría conjeturar. Esto puede, por supuesto, sonar a pose, a que uno se las da de interesante. Qué suene como suene, pero ahora aquí la vida no vale nada y es mejor dar la impresión de banal que de muerto.
En este nuevo periplo sentí que en la Argentina nunca comprendieron bien a bien mis descripciones. Todo, creo, lo percibían desmesurado, irreal, como fantasiosa escena de Dante. Por los nexos establecidos, sé que ahora algunos de mis nuevos amigos de allá tienen la dirección de mi blog y acaso le darán un esporádico vistazo a lo que escribo para La Opinión. A ellos les informo que llegué bien, muy contento, el viernes 14 de mayo a mediodía. A ellos les comento que me dio mucho gusto saludarlos, conocerlos, tratarlos. También a ellos les reitero que volveré pronto, tal vez en mayo de 2011. Por último, a ellos también les hago saber que en la noche de mi llegada hubo una nueva masare en un antro (así llaman acá a los bares) de la comarca lagunera. La información es vaga (dicen que ocho muertos y quince heridos), pero suficiente para saber que el infierno tan temido sigue igual. O peor, si eso es posible.

sábado, mayo 15, 2010

Cada quien sus males



Quizá porque la padecieron en sus manifestaciones más agudas, quizá porque en el mundo de la superinformación de todos modos vivimos aislados, quizá porque la realidad de cada país es intransferible a otros, lo cierto es que en la Argentina pocos entre quienes me oyeron (tal vez debo decir ninguno) estaba enterado de lo que nosotros hemos aprendido a ver como algo cotidiano: la violencia. He dejado este tema para tratarlo a mi regreso; ya estoy, pues, escribiendo en La Laguna, cansado pero, como dije ayer, contento. Y sí: tuve que apelar al You Tube para mostrar algunas escasas imágenes de lo que vivimos. Me daba en todo caso la impresión de que trataba algo absolutamente desconocido para mis interlocutores, un tema del que nunca habían oído hablar ni visto en los periódicos. De la violencia en México sabían algo vinculado sobre todo a las muertas de Juárez, no más.
No critico la desinformación, pues en general todas nuestras sufridas repúblicas se bastan solas en materia de problemas. Ellos, los argentinos, viven atados, por caso, a esa economía suya que es una especie de montaña rusa con preferencia a transitar en descenso. Me lo dijeron: en su país es imposible hacer planes a largo plazo, porque los bajones del peso suelen ser rudos y sorpresivos. Prácticamente no hay diálogo que no termine en la quejumbre por los magros ingresos en relación al permanente encarecimiento de los satisfactores materiales, empezando por la canasta básica. Un país, dicen, que puede producir carne como pocos en el mundo, sin embargo margina a la población del consumo adecuado de este ingrediente básico de su dieta cotidiana.
Ciertamente, la cara más visible de la economía argentina no luce del todo bien. Lo pude constatar en decenas de detalles que sin duda son parte del entramado de relaciones materiales en cualquier sociedad. Muchos servicios públicos funcionan, tal y como dice nuestra gente, porque dios es grande. Uno de ellos es el tren suburbano, medio de transporte muy usado en Buenos Aires y cuyo deterioro sólo evidencia contumaces estrecheces. Recuerdo cómo saqué allí mi primer boleto electrónico: le pregunté al vigilante de la entrada el procedimiento y me indicó que fuera a la máquina que dispensa los cupones. El artefacto era un cacharro total, con una pantalla en la que apenas se podía distinguir algo. Luego, al lado, varios botones, cada uno equivalente a la estación o destino que podía elegir el usuario. Los botones, empero, no tenían al lado ningún mensaje, ninguna palabra que indicara el lugar, y sólo algunas habían sido pintadas a mano con marcador indeleble que de todos modos ya se estaba borrando por el uso. El policía me ayudó a saber que equis botón era el de mi destino, echó mis monedas a la ranura, picó y nada, no salió el boleto. Luego, como cualquier vándalo, le dio tres o cuatro golpes rudos a la máquina para que escupiera el boleto o al menos devolviera mi dinero. Nada ocurrió, le pregunté que si no había otro procedimiento, y me dijo que fuera a la ventanilla (boletería) atendida por un ser humano. Ninguna estaba abierta, sólo otras máquinas como la que ya me había defraudado. Por fortuna, en una de ellas trabajaban unos niños pobrísimos y a todas luces autosubempleados en el oficio de meter monedas y picar botones. Les di el dinero, hicieron el movimiento (dos o tres puñetazos a la máquina) y al fin me dieron el boleto. Luego fui a introducirlo en la ranura que permitía girar los tubos de acceso, pero no servían. Al lado, un vigilante semidormido había abierto una puerta para que pasara todo mundo con sólo levantar el famoso boletito. En el metro me pasó algo similar: compré el cupón, lo introduje a la ranura y la máquina lo expulsó. Repetí tres veces el procedimiento hasta que un fastidiado policía me dijo que entrara por otra puertita.
Los servicios públicos, en general, me parecieron mediocres, como golpeados por una economía de mera supervivencia. Por eso, y por mucho más que ignoro, las paredes están llenas de graffiti político violento y la sociedad vive polarizada, odiando a sus políticos tanto o más que nosotros a los nuestros. Asombrosamente, y aunque por supuesto la delincuencia ronda por allí, presentí un nivel de inseguridad mucho menor al mexicano. Más: condicionado por lo que veo acá, me dediqué a calcular la cantidad de policías de calle, y vi pocos. Y más todavía (lo que me alegra): en la Argentina no vi un solo militar en quince días.

jueves, mayo 13, 2010

México acá



Siempre sí conversé con Alejandro Dolina. Nos vimos en el café Babieca ubicado en la esquina de Riobamba y Santa Fe, de Buenos Aires. Fue una sorpresa oír y confirmar en sus palabras lo que en general percibo cuando charlo con argentinos: la admiración y el interés que tienen por la cultura mexicana. Dolina no conoce México, así que de una manera todavía vaga comenzamos a sopear la idea de un viaje suyo a nuestro país. Está, con razón fundada, muy entusiasmado con esa posibilidad. Digo “con razón fundada” por lo que me confesó: haber recibido en su niñez mucha información cinematográfica y musical de México. Vio películas de Jorge Negrete, oyó canciones de Miguel Aceves Mejía y Javier Solís, pero hasta allí llegó. No sabe, por ejemplo, cuál es el estado de la cuestión en materia de música ranchera. Le comenté que, salvo Vicente Fernández, no hay un solo intérprete actual del género que le haga sombra a los cantantes totémicos. Ignoro si pase lo mismo con el tango, pues yo también me quedé en Gardel, Sosa, Rivero, Belusi y Goyeneche, aunque a ellos he sumado a una tanguera, mi ídolo de los recientes años: Adriana Varela.
Creo, a propósito, que los mexicanos conocemos un poco más de la Argentina que los argentinos de México. Ignoro por qué. Es poco tiempo el que tengo para tomarle el pulso a esto y por supuesto no me muevo en todos los sectores sociales, pero así, a ojo de buen, sobre la marcha, noto que en los periódicos de acá pueden pasar días sin que salga una sola nota sobre México. Allá ocurre algo similar, pero en las secciones internacionales no pasa semana sin que veamos cables relacionados, sobre todo, con algún asunto de la política argentina. Por ejemplo, con las sanciones a represores o durante varios meses con el asunto de la soja.
He platicado en Buenos Aires que el mayor contacto de los mexicanos con la Argentina se da por medio del futbol. En segundo lugar, por la presencia de algunos actores gauchos en la televisión mexicana. A la inversa no ocurre lo mismo: ni un solo jugador, ni un solo actor hay de nuestro país en estos rumbos. Lo que de México circula por acá no es, como era de esperarse, muy enaltecedor para nosotros. Todos los días hay al menos dos telenovelas mexicanas en circulación y no son pocos los programas grabados en otro idioma que han sido doblados en nuestro país. Amigos argentinos me han dicho que aceptan sin gestos el doblaje “en mexicano”; lo que no toleran es el doblaje “en español” (de España). Igual que nosotros, creo, pues no nos alarma el acento de las telenovelas colombianas o argentinas como nos horroriza todo doblaje a la española. Esto es enigmático para mí, pues todo acento ajeno parecería idéntica y necesariamente incómodo.
Hay un producto mexicano que una y otra vez entra a mis conversaciones con argentinos: Chespirito. Sólo platicando acá se puede apreciar el tamaño del impacto que tuvo y tiene el Chavo en la educación sentimental de la Argentina. Desde hace treinta años es el producto mexicano que más hondo ha calado en el alma de los gauchos. Saben las historias al dedillo, pueden repetir sin vacilar las frases cliché de sus personajes, y todavía no encuentro a uno que me exprese aversión al programa emblema de Roberto Gómez Bolaños. Fabián me ha dicho, por ejemplo, que cuando en sus clases de literatura menciona al narrador y poeta chileno Roberto Bolaño, de inmediato surge entre sus alumnos la inquietud obvia: si ese fulano es o fue algo de Chespirito. Eso le pasó a Bolaño por tener ese nombre chespiriano.
En el mismo tenor, a mí ya me vincularon con el Chavo. La anécdota no es mala, sospecho. Luego de una lectura que hice en el programa cultural El Precio organizado por el poeta Jorge Figueroa en el bar La Casa del Palo Borracho de la localidad de Ramos Mejía, charlé un momento con su colaboradora principal, la joven politóloga Noelia Serra. Luego de conversar con ella sobre política mexicana, mi amigo Fabián Vique le preguntó que qué tal la plática conmigo; ella respondió con una frase maravillosa: “Muy bien charlar con Jaime; fue como platicar un rato con don Ramón”. Para bien o para mal, el Chavo y sus personajes son lo más conocido de México en las tierras del tango.

Libros y contento



He oído, por supuesto que con risa, la exageración aquella de que sólo en Buenos Aires hay más librerías que en todo México. Cierto que en territorio porteño hay muchas, pero en el DF, sobre todo en el DF, no escasean y algunas son francamente descomunales por su tamaño y su surtido. Eso no significa, empero, que sea peregrina la fachendosa afirmación sobre las numerosas librerías de Buenos Aires: en efecto, esta ciudad tiene librerías a lo bestia, tantas como jamás he visto en otra parte. La mayoría está en el centro de la Capital Federal, y dentro de ella, su más nutrida variedad se ubica en la famosa calle Corrientes.
Al final, uno no puede venir a la Argentina sin darse una vueltita por Corrientes. Hasta los que no leen encontrarán aquí algo de interés, pues es zona de disqueras, de restaurantes, de tiendas de ropa y de teatros. Durante muchas cuadras, con el obelisco de la avenida 9 de Julio como eje, Corrientes luce sus abrumadoras librerías, listas hasta las diez de la noche o poco más para que le gente se dé un atracón bibliográfico de dimensiones pantagruélicas.
En mis anteriores viajes (2004 y 2007) avancé poco a poco por las librerías de Corrientes y cada una era una tortura, pues en todas la oferta de libros parecía infinita. El problema es grave, y se podría plantear en esta pregunta: ¿cómo elegir en donde parece que todo hay? Por fortuna, esta vez me asomé a las librerías de Corrientes en el segundo tiempo del viaje, es decir, cuando ya mi presupuesto había dado de sí en los pabellones de la Feria del Libro. Pese a ello, volver a la calle de los libros inagotables fue inevitable por dos razones: para atender un encargo de DVDs de mi amigo Adolfo Calderón y para ver qué libros extras se sumaban a mi maleta. No podían ser muchos, pero al entrar, por ejemplo, a la sucursal de Lozada establecida al 1500, no pude no pensar que con esa sola tienda basta para asfixiarse de libros, y compré cinco o seis más.
Casi concluido el viaje (salí a Torreón ayer jueves en la noche), el resultado en los dos incisos de mi interés ha sido, lo digo sin tibieza, óptimo. Hice finalmente cuatro presentaciones de mi trabajo escrito, tuve dos largas entrevistas de radio, conversé con al menos treinta escritores que en todo momento me mostraron afecto y respeto, y me hice de los libros que siempre son un objetivo destacado de estos recorridos. No puedo no sentirme contento y, en el fondo, serenamente orgulloso de saber que, en más de un sentido, la literatura me permite acceder a estas extrañas manifestaciones de la felicidad. No olvido que nací y radico en una ciudad con varios buenos escritores, la mayoría residente fuera de nuestra región. Viven fuera, entre otras razones, porque La Laguna no ofrece demasiadas posibilidades para el crecimiento literario, entendido esto en todos los sentidos: no hay carreras de letras, editoriales, librerías y, en general, no hay una atmósfera que permita al escritor y su familia vivir decorosamente.
Ese es el fundamento de mi orgullo: saber que con sacrificios es posible reunir fondos personales (con trabajo periodístico, cursos, talleres, ediciones, concursos y trabajo de promoción cultural) y con ellos trazar aventuras enriquecedoras como la que estoy a punto de concluir. Me da mucho gusto poder afirmar, sin que queme mucho el sol, que este viaje cercano a su finalización es producto exclusivo de mi trabajo, que ni un peso he solicitado de ninguna institución pública o privada, y que por ello no tengo absolutamente nada qué agradecer a nadie en La Laguna en razón de este reencuentro con Buenos Aires, salvo a mis tres hijas, por esperarme, y a Renata, mi esposa, por alentar como siempre mis emprendimientos literarios.
Viene en septiembre, por suerte, un viaje a España donde están apalabradas dos presentaciones. Luego, en octubre, un congreso en Colombia y, en mayo de 2011, Buenos Aires otra vez. En La Laguna no hay mecenas para eso, ni para mucho menos que eso. Mi mecenas, en todo caso, es escribir, atar lo mejor posible las palabras para el otro, para quien tiene la gentileza de leer. Luego, por cierto, iré reseñando los libros que pepené por acá. Desde ya afirmo que tal es, insisto, el último propósito de todos estos ajetreos.

miércoles, mayo 12, 2010

Dolina en vivo



Escribo porque me gusta y porque de/por algo hay que vivir. No lo digo por la literatura, actividad que es una necesidad personal y sólo deja esporádicas satisfacciones espirituales. El otro flanco de mi escribir, el periodismo, esta columna, me ha permitido entablar diálogos inimaginables con lectores que no espero, y eso es una satisfacción que a veces linda con el orgullo. Es un orgullo modesto, casi íntimo, pero orgullo al fin. También es esporádico y no menos intenso que el literario, como lo comprobé el martes 11 de mayo a las dos de la madrugada. Cuento.
Guiado por Fabián Vique, fui por primera vez al programa de radio que Alejandro Dolina hace en vivo para Radio Nacional, esto en la calle Maipú 555, de Buenos Aires. A Dolina lo escucho y lo leo desde 2004, cuando lo descubrí en mis errancias por la web. Le he dedicado, creo, dos o tres columnas, una de ellas para reseñar Bar del infierno, libro que compré en mi viaje de 2007 a la Argentina. No oculté, no oculto, y supongo que no ocultaré mi admiración por este estuche de monerías llamado Dolina. Su catapulta, y su producto más popular, es el programa de radio La venganza será terrible, y además hace teatro, canta y escribe demasiado bien. Es, por todo eso, un personaje de arrastre en la cultura argentina, y eso se vio claro en la Feria del Libro: su presentación abarrotó una de las más grandes salas de la Rural y acaso provocó el tumulto más grande en todas las jornadas feriales. Es posible hablar, por ello, del fenómeno Dolina, un fenómeno basado en su versatilidad, en su inteligencia y en la soltura de su humor.
La venganza será terrible es trasmitida de las doce de la medianoche a las dos de la madrugada de lunes a viernes. Dolina trabaja en vivo, frente a un público que ingresa gratis al auditorio de Radio Nacional. El programa está dividido en cuatro secciones, cada una de casi media hora. El Negro Dolina oficia en el centro y es flanqueado por dos coprotagonistas que rebotan sus ideas. El diálogo establecido entre los tres está siempre salpicado de ocurrencias, de ironías, de delirantes paradojas y certeros puyazos. Todo se basa en la facilidad del conductor para mantener el ritmo del programa, en su risueña y endemoniada lucidez.
El público con el que coincidí, mayoritariamente juvenil, más de cien personas, le celebraba todo, se divertía gratis. Una de las secciones, la última, consiste en leer los comentarios escritos en papel y dejados en una cajita ubicada al borde del escenario. Son muchos, así que hacen una criba. Yo dejé uno, donde escribí que era mexicano; tuve la suerte de que lo seleccionaran. Allí confesé que admiraba al ya mítico Negro Dolina, y los conductores me pidieron levantar la mano, para ubicarme entre butacas del auditorio. Luego, en la sección de canciones donde Dolina improvisa los temas que le piden, dijo que para celebrar la presencia de un mexicano cantaría (mal, dijo) una ranchera; se aventó “La que se fue”, de José Alfredo. Luego cantó otras, tangos, milongas, una especie de guarachita.
Al final, como era previsible, el tumulto de jóvenes se arrimó al Negro, le pidió fotos. Un grueso contingente de estudiantes rosarinos se acomodó en grupo y sonrió a las camaritas Sony. Dolina se deja querer, aunque se le ve cansado. No es para menos: hacer durante tantos años un programa de 12 a 2 no ha de ser fácil, y si a eso le sumamos otras presentaciones, entrevistas, teatro, parece una locura, una locura que sólo pueden asumir con solvencia algunos adictos al trabajo.
Lo impresionante se dio allí. Cuando Dolina bajó del escenario, lo abordé para saludarlo, como cualquiera. Le dije que era el mexicano del público. Añadí que alguna vez su hijo me escribió para agradecer la reseña sobre Bar del infierno. Dolina abrió ampliamente los ojos, y preguntó: “Ah, ¿sos vos?”. Sí, soy yo, le dije. Me agradeció de nuevo y preguntó por la duración de mi estancia en Buenos Aires. Quería tomar un café conmigo, platicar. Me dio su teléfono; tal vez pueda darse esa conversación, no sé en este momento. Pero no importa mucho si lo veo o no. Lo que importa es el amable agradecimiento de Dolina por algo que escribí movido por el solo interés de celebrar su humor, su inteligencia. Precisamente lo mismo que celebro aquí, de nuevo.

viernes, mayo 07, 2010

Viaje al corazón de la milonga



Aborrezco los espectáculos montados para el turismo lego. Por eso en Buenos Aires no me ha dado por asistir, y no lo haré jamás, a una exhibición de tango-fantasía. Siento que allí dan rata por liebre, que la lentejuela y el artificio se imponen y marginan lo que de auténtico le queda al baile definidor de la Argentina. Tal fue la razón por la que acepté ir el jueves a una “milonga”, es decir, a un sitio donde los porteños se congregan para bailar tango, sólo para bailar tango, sin turismo propenso a lo que caiga. Me invitó la escritora Laura Nicastro, una mujer espléndida y amable; a ella la conocí luego de la lectura del 3 de mayo en la Feria del Libro, y junto a Quique Ruslender, su pareja, me oyó decir que algo le sé al tango-canción, al tango-canción nomás, pues para bailar (hasta una cumbia) tengo menos talento que un mamut.
La invitación de Laura me llegó vía mail el miércoles, y es ésta; la cito porque me ahorra describir lo que en efecto vi: “En cuanto a encontrarnos mañana jueves en la tanguería/milonga, te propongo que sea a las 20.30. La dirección es La Rioja 1180 (esto sería La Rioja y San Juan). Respecto de hasta cuándo quedarse, eso lo decide cada asistente de acuerdo con su vida personal: hay gente que no trabaja por la mañana y se queda hasta las 3; otros se levantan temprano y se retiran a las 23, etc. Voy a dejar avisado a la señora de la boletería para que preguntes por Quique o por mí. Seguramente estarás en la mesa de él porque en estos lugares las mesas se distribuyen por sexo: las nenas con las nenas y los nenes con los nenes... salvo que sean parejas, en cuyo caso están sentados a la misma mesa y bailan entre ellos dos en exclusiva (y ya fue uno de los tantos códigos de la danza del tango). Otro de los códigos es el cabeceo. En realidad, todo empieza por el contacto visual. Mujeres y hombres hacemos ‘paneo de cámara’; en ese paneo, puedo captar que me mira un caballero, él me invitará a bailar con un cabeceo. Si me interesa bailar con él por el motivo que sea, asiento con la cabeza o hago algún gesto aprobatorio. Entonces él se levanta, viene hasta mi mesa y recién entonces me paro y comenzamos a bailar. El cabeceo es el invento más maravilloso para elegirse como compañeros de baile: si el candidato no me interesa, miro para otro lado, como si no lo hubiera visto y él no queda públicamente desairado. Se considera una descortesía venir a sacar a la mesa, porque está obligando a aceptar a la mujer o él corre el riesgo de que lo rechace públicamente y deba volver a su sitio cabizbundo, meditabajo y con el rabo entre las patitas. Otra descortesía es, una vez terminada la tanda (3 o 4 piezas seguidas) dejar a la mujer parada en medio de la pista; no, el hombre debe acompañarla hasta su silla y después él regresa a su lugar”.
Suena fácil. Vi de veras lo que me anticipa Laura en su carta, el cabeceo de los señores, la aceptación de las mujeres, las tandas de tres canciones y una pausita como de un minuto entre tandas, la ausencia de aplausos entre tema y tema, el cadencioso oleaje de las parejas alrededor de la pista. Lo que más me asombró, además de lo difícil que se ve bailar ese ritmo endemoniado, fue un detalle que me dio la clave para entender por qué en México jamás bailaremos tango como en las milongas porteñas: es, por así decirlo, la promiscuidad dancística. Aunque una pareja vaya en pareja, puede/debe sentarse en mesas distintas, y, aunque baile algunas tandas, sus integrantes, hombre y mujer, bailan con otras mujeres y otros hombres, lo que sería intolerable en nuestra cultura. ¿Cómo —diría un macho mexicano estándar—, mi vieja va a bailar con otro cabrón? O ¿cómo —diría una mujer mexicana estándar—, mi viejo va a bailar con una volada? Jamás, sería la respuesta en ambos casos.
Otro detalle digno de ser resaltado es la capacidad que tiene la milonga para provocar entrecruzamientos. No sé cómo explicarlo con exactitud. La edad de la concurrencia anda en un promedio de sesenta años; vi pues que hombres de setenta, incluso de ochenta años, “cabeceaban” a muñecas bravas de cincuenta, y ellas, sin pestañear, aceptaban el convite. También a la inversa: jóvenes de cincuenta que cabeceaban a mujeres de setenta o más, y bailaban como si se amaran. Igual en términos de clase: jueces, filósofos, obreros, médicos, burócratas, todos bailando, todos igualados por el tango. Muy extraño fue esto para un mexicano alelado por códigos desconocidos. Todavía siento que estuve metido en un brumoso cuento de Roberto Arlt.

jueves, mayo 06, 2010

Un virus indeleble



Poco a poco entiendo más la enfermedad del futbol en la Argentina. Por las noticias en México sabemos que acá se toman demasiado en serio esto, que en las canchas, las tribunas, la calle y los medios la futbolitis es permanentemente aguda. Contadísimos son los que no se involucran, los que ignoran, los indiferentes al ruido de los goles. Esa es la razón de la ubicuidad futbolera en la Argentina: no hay punto del país, sospecho, sin evidencias de que allí hay pasión por el fut, fervor casi místico por el juego de la patada.
Creo hallar prueba de esto en los periódicos. A diferencia de las nuestras, las secciones deportivas de acá no emiten más que noticias futboleras. Claro que por allí hay trocitos de información sobre tenis, autos, basquetbol, rugby (que acá, según me dicen, cuenta con equipos competentes) y quizá box. Salvo esa cosa rara llamada rugby y el basquetbol de la NBA, no hay deporte colectivo que le haga sombrita al fut. Si uno sabe algo de esto, pues, no hay problema en la Argentina para entablar una charla con quien sea, con cualquier desconocido. Uno omite hablar del clima y comienza como si nada a conversar sobre goles, jugadas, equipos y ya está, el diálogo avanza sin tropiezos, tan bien que asombra lo fácil que es hacer amigos en este país aunque uno no conozca nada más. El futbol casi basta como contraseña para acceder a esta cultura apasionada por el balón y sus misterios.
En México, he explicado por estos rumbos, el menú deportivo es más variado, tanto como nuestra comida. Un mexicano cualquiera puede gustar, sin conflicto de intereses, del futbol en primer lugar, y luego del beisbol, del basquetbol, del futbol americano, del box, de la lucha libre y de algún juego extra como cereza de coctel. La pasión, así, se divide y pistonea en el ánimo: hoy estamos atentos a la liguilla del Santos (por cierto, qué gusto saber acá que llevamos dos pepinos de ventaja sobre los Pumas) y si pierde, no pasa tanto que no pueda calmar más adelante alguna victoria de nuestro equipo de beisbol, o un match de box, o de los deportes que el imperio nos ha infundido: el futbol americano, el basquetbol y el beis de grandes ligas. Para hablar en el argot de los casinos, los mexicanos no ponemos todas las fichas de nuestra inquietud deportiva en un mismo casillero.
En la Argentina, me dicen y lo noto claramente por lo menos en todos los hombres, el deporte es el futbol, sólo el futbol, exclusivamente, apasionadamente, fanáticamente el futbol. Pocos se libran. Por ello, si pocos se libran, no es nada raro enterarse que la mayor literatura futbolera del mundo sea quizá la de Argentina. Se da el caso de que, por ejemplo, un escritor como Osvaldo Bayer, a quien nadie negará seriedad y compromiso, agudeza y vocación críticas, tiene entre su larga lista de libros políticos uno titulado El fútbol argentino. Y hay otros muchos que, con diferente intensidad y fortuna, han indagado en el fenómeno: Cortázar, Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, Valdano, Sacheri y muchos más dan apenas una pálida idea de lo que pesa el fut en esta sociedad.
La combinación es extraña; uno puede oír una discusión política, que el peronismo no sé qué, que los Kirchner no sé cuánto, que el Grupo Clarín equis y zeta, muy acaloradamente, y luego escuchar a los mismos debatientes en igual polémica pero con el tema del futbol, que Boca no sé qué, que Chacarita no se cuánto, que Ríver equis y zeta. Rollo algo esquizofrénico para una mentalidad de mexicano acostumbrado a separar, con la mayor distancia posible, los temas serios de la frivolidad futbolera.
Lo que ocurre es que acá el futbol no es una frivolidad. Todos los adultos tuvieron la no muy rara experiencia de haber sido niños y fue allí, en la infancia, antes de ser lo que iban a ser (políticos o plomeros, taxistas o filósofos), donde contrajeron el virus único e indeleble. Ahora me explico por qué Juan Gelman nos confesó en Torreón que, como buen oriundo de Villa Crespo, ama hasta su vejez al Atlanta, un equipo que no ha ganado nada y sin embargo es querido por el poeta vivo más importante, acaso, en la Argentina actual.

Minicostumbres argentinas



Me fue igual de bien el martes en la mesa organizada en la sala Jacobo Laks del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, instancia que depende del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Sobre este espacio y esta institución valdría escribir más adelante, pues ya desde la frase inscrita en uno de sus muros se ve por dónde van sus intereses: “El avance hacia la utopía requiere de muchas batallas, pero sin duda la primera es la batalla cultural”, dijo alguna vez Gorini, uno de los máximos dirigentes que ha tenido el cooperativismo argentino.
Después del acto, varios presentadores y algunas personas del público terminamos en un restaurante cercano al CCC. Allí, los comensales próximos a mi silla y yo platicamos mucho sobre México; acá siempre les interesa oír de nosotros y preguntan de todo: de la violencia, de Ciudad Juárez, de nuestras canciones, de nuestra comida, de nuestra política, de lo que sea. La conversación derivó, como suelen encapricharse las charlas por caminar hacia cualquier rumbo, en algunas de las diferencias que yo había visto en el hacer cotidiano. No tuve dificultades para enumerar un puñado de comportamientos o microcostumbres argentinas que me resaltaban al contrastarlas con las mexicanas. Estas son:
a) El estricto café: asombró mi descripción del servicio de café en México. Les dije que en muchos restaurantes de mi rancho los clientes pedían un café y por el pago de una taza podían tomarse mil, tantas como cupieran en el dañado cuerpo. En la Argentina, al contrario, el pago de un café sólo da derecho a un café, y pequeño, no el tazón criminal que solemos beber en nuestra patria. Lo acompañan, eso sí, con un platito de cuatro microgalletas y un vasititito de agua.
b) El desayuno fakir: a diferencia de los desayunos pantagruélicos que ingerimos en México, una combinación de huevos, carnes, tortillas, frijoles, frutas, café, jugo, leche, cereal, yugurt y más, los argentinos se dan por desayunados con un café y unas “facturas”, o sea, unos panes que pueden ser cuernitos o bollos con textura de charamusca.
c) La pizza intocable: uno de los platillos que en México consumidos siempre con las manos es la pizza. Los argentinos me comentan que ellos igual, o casi, pues en los restaurantes le entran con cubiertos. Al pueblo que fueres, haz lo que vieres, así que por primera vez comí pizza con cuchillo y tenedor.
d) La edición casera: la crisis económica, que ellos juzgan permanente, se ve reflejada en todo. La edición de libros no está al margen de ella, pues. Hay muchísimos escritores en la Argentina, quizá tres o cuatro veces más de los que puedo calcular para México. Para dar unos ejemplos, acá me he topado con médicos, psicólogos, contadores, terapeutas, sociólogos que además de sus carreras profesionales escriben versos o relatos. Todos quieren publicar, pero no hay dónde, ya que el gobierno apenas si tiene algunas mínimas válvulas para eso. ¿Cómo resuelven el problema? Se privan de algo, ahorran y hacen o mandan hacer ediciones caseras, artesanales, muchas veces feas de aspecto pero por lo regular con estimables contenidos. Viendo comparativamente el hecho, los escritores mexicanos somos chípiles.
e) El mundo de la coperacha: un país con bajos salarios, con empleos escasos, con todo precio en aumento permanente, no tiene más salida que el cooperativismo. Todo emprendimiento demanda el concurso de todos, y eso se ve claro a la hora de pagar las cuentas, por caso, de las cenas organizadas luego de las presentaciones. Nada de que la institución paga; no hay dinero para ello. Al consumir, todos se miden, comen equitativamente lo que hay y dividen en porciones iguales el pago de la cuenta. Al final, los billetes se juntan en un montón sin que nadie, como en México, le haga al valiente y diga “no, yo pago todo”. La coperecha es aquí irremediable.

miércoles, mayo 05, 2010

Otro Buenos Aires



Me fue muy bien en la mesa de la Feria del Libro de Buenos Aires. Recibí buenos comentarios y, como me ha pasado siempre acá, una calidez que contradice el prejuicio Añadir imagenque solemos tener sobre los argentinos. Pura buena actitud, pura camaradería. Fue una sesión maratónica de las llamadas Segundas Jornadas de Microficción en esa Feria. La actividad comenzó a las 6:30 del 3 de mayo y duró casi cuatro horas; concluyó hasta las 10. Fue muy grato ver un salón para 200 personas casi lleno; la mayor parte del público era joven como de prepa y universidad. Luego de eso, como veinte de los participantes derivamos en un restaurantito donde dimos cuenta de una ronda deliciosa de empanadas, vino, café y “gaseosas”, como les llaman acá a nuestros refrescos. Fui el único extranjero que participó en las Jornadas, pues de última hora el venezolano Gabriel Jiménez Emán no pudo hacer el viaje.
Esta es mi primera visita a la Feria; luego trataré de hacer una mejor descripción, pero adelanto que es grande, sí, aunque mucho menos que la de Guadalajara. La FIL es descomunal, una de las más grandes del mundo, así que la Feria Argentina parece un tanto chica, como una cuarta parte de su congénere mexicana. Eso no significa que no organice muchas actividades importantes alrededor del libro. Para dar una idea de los prestigios literarios que acá andan, basta mencionar a Vila-Matas y Baricco, entre los extranjeros, o a Sylvia Iparraguirre y Felipe Pigna, a quienes pude saludar (con más calma, énfasis y afecto a “la Iparraguirre”, pues es amiga de varios amigos míos, una estrella de la narrativa argentina, una hermosa y distinguida mujer, autora, entre otros, de La tierra del fuego, y esposa además de un, para mí, cuentista-monstruo llamado Abelardo Castillo). En fin; a ver si mañana me adentro más en el tema de la Feria. Ya veré, pues ando en ajetreos que no me permiten saber de qué voy escribir o, en el peor de los casos, si podré hacerlo.
Por ahora, quisiera comentar algo que quizá nos pasa a todos cuando nos vamos encariñando con un espacio. Este es mi tercer periplo por acá, y no sé si he idealizado a Buenos Aires. Esa impresión tengo ahora. En el primer viaje, todo lo sentí limpio, ordenado. Fue en 2004; aquí cumplí cuarenta años, recuerdo, pues hice una estancia como de veinte días y se atravesó el 23 de mayo.
Luego, en 2007, igual. Coincidí con Fernando Fabio Sánchez, escritor lagunero, y recorrimos kilómetros y kilómetros de ciudad, todo con la sensación, la certeza, más bien, de que Baires es una urbe distinguida, cosmopolita, agradable a cualquier fuereño.
Ahora, no sé por qué, esa idealización o lo que sea ha topado con el desconcierto: ¿esta es la ciudad que visité hace pocos años? No me parece. Ignoro si es porque en aquellos viajes venía algo cegado por la novedad o si en verdad la cosa anda muy mal por acá. Explico. Sé que vi pobres, muchos pobres, en los recorridos anteriores, pero ahora noto más. Y aparte de eso (un rasgo común de nuestras sufridas repúblicas), una suerte de agudo descuido del aseo público. En la limpieza de las ciudades creo advertir más de lo que suele pensarse: una ciudad limpia logra esa imagen porque además de un servicio público satisfactorio cuenta con el aporte de los ciudadanos. Creo notar una relación entre tranquilidad económica y tratamiento adecuado de los desechos. Acá, al contrario, percibo que la ciudad está más sucia, con puntos donde se acumulan bolsas destripadas, papeles, cartones, envases vacíos de todo tipo. Un taxista me comentó que las autoridades dejan las bolsas a merced de los menesterosos, quienes las esculcan en las madrugadas y dejan un reguero de mugre a toda hora. Mal, muy mal en todos los sentidos, si eso es cierto. Mal, claro, que haya tantos menesterosos, seres con la vida derrumbada, sin nada más que la esperanza de pepenar lo que sea entre la inmundicia de la urbe. Y mal también que la escoria se desparrame así, burdamente. No quiero difamar a Buenos Aires, pero siento que esta vez no luce tan bella como la vi hace seis y tres años. Algo pasó. No sé qué fue. Me apena mucho.

domingo, mayo 02, 2010

En la Feria de Buenos Aires



Ahora sí, ya estoy con certeza en Buenos Aires (ayer dije que estaría, pero era una especulación, pues adelanté la columna mucho antes de viajar y no podía saber si el avión aterrizaría con éxito). El viaje ha sido particularmente cansado no tanto por el viaje en sí, sino por las esperas a las que someten los aeropuertos. Pero ya, estoy en Buenos Aires y ahora mi anfitrión es Fabián Vique, escritor que, entre otras locuras, fundó un sello editorial llamado Macedonia y durante cuatro años dio clases de español en Serbia. Le comento que yo me cagaría de pavor nomás de estar frente a un grupo de estudiantes serbiohablantes, pero bueno, cada quien sus aventuras.
Con dificultades y zozobras de todos colores, me he puesto acá. Luego explicaré, pero adelanto que eso de los miedos no se debe tanto al viaje, por supuesto, sino al sentimiento de incomodidad que trae aparejado un periplo largo con la certeza de que mi ciudad, donde están las mías, no es precisamente un edén en materia de seguridad. En fin, en fin.
Tendré la suerte de participar en, al menos, cuatro actividades vinculadas al quehacer literario. Dos se relacionan con un género que he trabajado más bien de lado, sin el énfasis que merece, creo. Gracias a él, sin embargo, se ha abierto poco a poco una cancha para mí en dos o tres espacios de la Argentina. La razón es simple: a diferencia de lo que ocurre en México o quizá debo decir “en el norte de México” o “en La Laguna”, allá se da ahora una especie de boom microrrelatístico, tanto que en la Feria del Libro de Buenos Aires son organizadas unas Jornadas sobre el tema, y en ellas participaré. Luego también tendré campo para leer en un foro similar, en el Centro Cultural de la Cooperación.
La primera participación será mañana 3 de mayo en Jornada de Microficción en la Sala Julio Cortázar de la Feria. Según su web, “Se realiza por segunda vez esta actividad que difunde el estado actual de este particular género literario. En las últimas dos décadas se ha producido en Latinoamérica y España un boom de la microficción. Argentina y México lideran, por la magnitud explosiva de la producción, la investigación y el interés de los lectores, este singular fenómeno. Sus causas hay que buscarlas en la aptitud de la ficción brevísima para expresar el espíritu de la época. Son textos ambiguos, irónicos, que exigen tan alta participación del lector que podrían considerarse interactivos. Su concisión y brevedad los acerca al lenguaje de las computadoras, pero el cuidadoso trabajo con las palabras, proporciona la satisfacción estética que ofrece la buena literatura”. El propósito de esta jornada es mostrar el estado actual de la microficción en Argentina: todas las generaciones y todos los tipos de microficción que se están escribiendo hoy en el país. Estarán los autores consagrados y también las nuevas voces del género. Los autores participantes son David Lagmanovich, Laura Pollastri, Antonio Cruz, Martín Gardella, Gloria Pampillo, Leandro Hidalgo, Gabriel Jiménez Emán, Miroslav Scheuba, Ana María Mopty, Pablo De Santis, Orlando van Bredam, Laura Nicastro, Rodolfo Ramos Signes y yo. La coordinación general ha corrido a cargo de Raúl Brasca.
La otra actividad de este tipo mandó este microboltín: “La OBB (Orden de la Brillante Brevedad) continúa su ciclo itinerante de prédica de la Microficción. Participan en éste, el segundo encuentro, Alejandro Bentivoglio, Mario Goloboff, Diego Golombek, Jaime Muñoz Vargas y Roberto Perinelli. Habrá lectura de microficciones, carrusel y una breve charla sobre un microtópico literario. Coordinan Sandra Bianchi y Fabián Vique.Fecha: Martes 4 de mayo de 2010. Hora: 19.0. Lugar: Centro Cultural de la Cooperación; Corrientes 1543, Sala Laks. Ciudad Autónoma de Buenos Aires”.
Luego informaré sobre otras actividades y lo que vaya saliendo por acá. Nomás espérenme tantito, que ando todavía apaleado por el zarandeo del recorrido.

sábado, mayo 01, 2010

Garabatos entrañables



Se supone que a esta hora ya estoy en Buenos Aires; participo en su Feria del Libro. Me invitó Raúl Brasca, y a propósito traigo algo que quiero terminar este año: un librito donde comentaré brevemente algunas dedicatorias que conservo como un lujo; son como cuarenta, todas están en libros, de puño y letra de los autores. Ya escribí el texto sobre la de Brasca, y es éste:
Hacia 2005 hallé en Torreón Antología del cuento breve y oculto, libro de Raúl Brasca armado en colaboración con Luis Chitarroni. Poco después supe que Brasca fue uno de los fundadores de Maniático textual, revista cuyo nombre parece insuperable para definir al lector voraz, enfermizo. De antemano sabía que Brasca era amigo de mi amigo David Lagmanovich, y que se trataba del quizá y sin quizá más reconocido cultor del microrrelato en la Argentina actual. Para prueba estaban sus libros, un buen número de racimos cargados de historias brevísimas y afortunadas. Cuando en 2007 asistí a las Jornadas de Minificción organizadas por la Universidad Nacional de Tucumán en la que ofreció una conferencia verdaderamente magistral sobre su especialidad (“Del préstamo a la apropiación: lo apócrifo como recurso en la escritura de microficciones”), me asombró que, entre la selva erudita de sus referencias, Brasca pudiera intercalar buenas puntadas, ocurrencias dichas con inteligente desenfado, todo con una pronunciación de la erre un poco a lo Cortázar. Tuve además la suerte de alternar con él en una mesa, aquella en la que varios escritores leímos microrrelatos y en la que me fue mucho mejor de lo que yo jamás hubiera podido imaginar. Gracias a esa mesa, creo, Brasca tuvo la gentileza de regalarme Todo tiempo futuro fue peor, uno de sus libros, lo que yo reciproqué de inmediato con uno de los míos y en cuya dedicatoria cerré diciendo “Con un abrazo mexicano”. Brasca, un tipo muy inteligente y sobrado por ello de sentido del humor, tomó también su pluma y garabateó unas palabras para mí en la portadilla de su libro. Con una sonrisa que en general es habitual en su trato con los otros, el microficcionista se despidió en su autógrafo “Con un abrazo argentino”. Ese abrazo lo conservo, con gusto y orgullo, hasta la fecha.
Traigo otro ejemplo, el que recuerda a Carlos Montemayor:
Conocí a Carlos Montemayor en 1994 o 95. Fue en Chihuahua, en la antigua, céntrica y grata casita del poeta y traductor Enrique Servín. Fue la primera y acaso la única ocasión en la que conviví con escritores chihuahuenses en su medio. Fue una especie de velada en la que sólo había algo de trago, no mucho, y pequeños grupos que conversaban en cada rincón de aquella casa. Alguien, tal vez el mismo Servín, no sé, era responsable de un proyecto editorial que publicaba obra literaria en ediciones bilingües tarahumara-español; estaba pues allí una autora indígena, vestida con su atuendo original, su banda roja en el pelo negrísimo, silenciosa, hierática. Como había poco mobiliario, muchos se sentaban en el suelo, recargados a la pared, y charlaban. Recuerdo que así, en el suelo, fui a dar al lado de Carlos Montemayor, con quien platiqué por primera vez. No sé qué pude articular frente a él, quien me pareció muy serio, pero amable. No olvido, eso sí, que le pregunté por su encuentro con Borges, como lo testimoniaba una foto que vi en el libro con el diálogo del argentino con el chileno Valdemar Verdugo. Sin énfasis, me comentó algo, que vio a Borges apenas unos minutos, pues era un escritor muy acosado por la prensa. Años después, en 2003, volví a charlar con Montemayor, cuando presentó Las armas del alba en Torreón. Cenamos, todo pago, en el Garufa, junto a Saúl Rosales, Miguel Báez y Claudia Máynez. Allí me dedicó su libro, y le pedí que saludara a mi esposa, su paisana. Lo volví a ver un par de veces más: en 2007, en Gómez Palacio, y en Torreón el 6 de febrero de 2010, 22 días antes de su muerte. En esa ocasión comí con él, lo entrevisté, le tomé fotos y le dediqué dos de mis libros. Es un orgullo saber que lo traté. Es un orgullo saber que tengo un libro con su afectuosa dedicatoria.