domingo, febrero 28, 2010

Hasta siempre, maestro Montemayor



Otra ingrata sorpresa:

La Jornada en línea
Publicado: 28/02/2010 09:58

México, DF. El escritor, traductor, ensayista e integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos Montemayor falleció este domingo a las 3:35 horas después de una larga batalla contra el cáncer.
Al momento de su deceso, en el Instituto Nacional de Cancerología, Montemayor estuvo acompañado de sus familiares, quienes señalaron que el escritor pidió privacidad desde que le fue diagnosticado el padecimiento.
Por lo tanto, no habrá homenajes institucionales ni velatorio tradicional. Sólo se informó que en el transcurso de esta mañana sus restos serán cremados y sus cenizas estarán expuestas por la tarde en la sede de la Academia Mexicana de la Lengua, ubicada en Liverpool 76, de esta ciudad.
Montemayor (Parral, Chihuahua, 1947-2010) se encontraba internado en dicho nosocomio desde el pasado lunes 22 de febrero a causa de un cáncer en el estómago que le fue diagnosticado hace algunos meses.
A Carlos Montemayor lo distinguió ser un singular luchador de la justicia social, militante activo del pensamiento crítico y un destacado creador.
Entre otros reconocimientos, Montemayor fue acreedor de los premios Internacional "Juan Rulfo", por su cuento "Operativo en el trópico"; "Xavier Villaurrutia", Las llaves de Urgell; "José Fuentes Mares", Abril y otras estaciones, y Colima de narrativa, Guerra en el paraíso.
El pasado 15 de diciembre, el académico recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 en el campo de Literatura y Lingüística.
Su trabajo creativo y multidisciplinario, que incluía -además de sus colaboraciones para La Jornada- la publicación el próximo martes 2 de marzo de su más reciente libro La violencia de Estado en México.
Como parte de su actividad por las causas sociales de nuestro país, Montemayor integró la Comisión de Intermediación con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, el arzobispo emérito Samuel Ruiz, el abogado Juan de Dios Hernández Monge, el académico Enrique González Ruiz, la senadora Rosario Ibarra de Piedra y el antropólogo Gilberto López y Rivas.
Este grupo tenía como fin promover el diálogo entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno federal, para tratar en particular el tema de la desaparición de dos de sus miembros, Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, y fue formado a instancias del propio grupo armado.
La comisión se disolvió en abril de 2009 al considerar que no existía voluntad del gobierno federal para esclarecer la desaparición de Reyes Amaya y Cruz Sánchez.
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Nota: tomé la foto quen encabeza este post en 2007, antes de que el maestro Montemayor iniciara la presentación de su novela La fuga. La sede de aquel acto fue el teatro Alberto M. Alvarado, de Gómez Palacio, Durango. El 6 y 7 de febrero de 2010 estuvo de nuevo en La Laguna y describí mi charla con él; está aquí.

Algunas viquedades



Ya hice un repaso sucinto de la capacidad microrrelatística de Fabián Vique, argentino con quien trabé amistad en 2007, eso durante unas jornadas literarias celebradas en Tucumán. Cada que puedo vuelvo a su blog y la verdad nunca salgo de allí sin un hallazgo. Por eso, y aunque ya lo hice con énfasis hace varios meses, recomiendo De las aves que vuelan me gusta en chancho, nombre oportuno para un blog que no está de acuerdo con la imaginación estándar. Con esta entrega comienzo una serie de palmadas en la espalda de varios blogs amigos, una modesta forma de hacerlos más visibles ante quienes tienen todavía la fortaleza de viajar en esta Ruta Norte. Lo que haré es simple y dominical: ubicaré la dirección internética y citaré los trabajos que puedan caber en este espacio.
Los microrrelatos y los micorpoemas y los microtextos de Vique son poderosamente sugestivos, como éste que me parece de antología, uno de los mejores que he leído en mi vida; su título es “Nominados”: “‘Todos son ñires’, le informa el guardaparque a Obdulio. Obdulio se acerca a uno de ellos, le acaricia la corteza y le susurra: ‘Mirá vos, Che, los nombres que nos han puesto’”.
“Nuevas tecnologías”: “Hay un curioso fenómeno: ciertos individuos se niegan rotundamente a utilizar alguna novedad tecnológica, llámese celular, internet o lo que fuere. Son fervientes militantes de un ‘no’ romántico.
Años después, cuando el aparato, sistema o herramienta se naturaliza y forma parte de la vida cotidiana de todo el mundo, ellos los incorporan, pero no así nomás, como el promedio del vecindario, sino de un modo exagerado, casi fanático, como si quisieran reparar un daño infligido contra su mismidad. Capaces se vuelven de no ir a un asado por mirar el Facebook”.
“Sin título”: “Un médico sin título le abrió el pecho sin anestesia a un hombre sin corazón.
—¡Pero usted no tiene corazón! —protestó, al ver el hueco, el facultativo sin facultad.
—¡Con razón! —razonó el descorazonado paciente.
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Y yo qué sé? Usted es el cirujano.
—Ma sí, yo cierro y listo.
—Sí, mejor así, no quisiera un final abierto”.
“De las aves que tienen gripe porcina”: “Pese a los rumores (creados por voces maldicientes), está prácticamente descartada la posibilidad de que la lectura de este blog transmita al lector gripe porcina o aviar”.
“Cómo ganar las elecciones”: “Sin ser un experto en la materia, me atrevería a afirmar que (este comienzo es ideal para prologar cualquier hipótesis disparatada) nuestra sociedad es predominantemente paranoica.
Para alzarse con el triunfo, EL CANDIDATO debe fomentar en el elector la idea de que EL OTRO le está robando o planea robarle todo lo bueno que él y su país producen o poseen (bondades sobre las cuales no se debe expresar la mínima duda).
Una vez recontados los votos, los electores festejarán el fin de un peligro y EL CANDIDATO beberá champán.
¡Salud!”.
“El otro Guiness”: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”.
“Pregunta de difícil respuesta”: “Si de una montaña empezara a salir sopa, ¿qué habría que hacer? ¿ir hacia ella con un plato y una cuchara? ¿agregarle sal? ¿negarse a tomarla y encerrarse en el cuarto?”.
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Nota: en la imagen que encabeza este post, Fabián Vique, Luisa Valenzuela, Hugo F. Bauzá, Fernando Valls, Lauro Zavala, Irène Andres-Suárez, Paqui Noguerol y Miriam Noemí Di Gerónimo departiendo en la estancia “Los Cuartos" de Tafí del Valle, Argentina, 2007. Tomé la foto con mi hoy exhausta Fuji.

sábado, febrero 27, 2010

Querido Jorge Méndez:



Ayer, Jorge querido, te fuiste de sorpresa, sin avisar ni nada. Como siempre, fuiste discreto, silencioso, sereno. Sabía que algo andaba mal con tu salud, pero jamás nos comunicaste un malestar a muchos de los que admiramos tu trabajo. Preferías, quizá, luchar solo, no fastidiar a nadie con quejas que, tú lo sabías bien, suelen parecer exageradas cuando se refieren a enfermedades. Ignoro qué fue lo que te robó la vida, Jorge, y no me interesa saberlo. Lo único que sé, amigo, es que fuiste desde que te conocí, allá por el 87, un trabajador inagotable de la cultura lagunera, uno de esos hermanos mayores que siempre tenían algo nuevo que ofrecer, sin desmayo, sin miedo a las carencias, sin perseguir la vulgaridad del éxito individual.
Jorge, alguna vez alcancé a decirte que admiraba tu trabajo, que aunque no nos viéramos mucho yo sabía siempre que en algún lugar de La Laguna andaba Jorge Méndez dirigiendo teatro o dando clases, luchando por el arte y la juventud de nuestra tierra. Para mí, desde que te entrevisté allá por el 88 y publiqué el diálogo en El Juglar, tabloide cultural de la UAdeC, eras el emblema del teatro universitario en la región. Nunca vi a nadie tan cerca, por vocación, de la enseñanza escénica es espacios universitarios; nunca vi a nadie que pudiera presumir tantos montajes y tantos jóvenes y escenógrafos y vestuaristas y músicos coordinados bajo tu mirada atenta y generosa. Cuánto te debemos, Jorge, cuánta infinidad de horas trabajaste con abnegación por el teatro más silencioso que se puede hacer, el universitario, el que orienta a cientos de jóvenes hacia la exploración de la naturaleza humana gracias al conocimiento y la materialización de la literatura en los escenarios.
Jorge, Jorge Méndez Garza, te veo hoy en el recuerdo y sólo conservo imágenes de esfuerzo y desprendimiento. Cómo no decir, por ejemplo, que tu pasión por el teatro llegaba tan lejos que sin aspavientos, con la mesura de todas tus acciones, pasaste del teatro en la universidad al teatro en las cárceles. Tu fe en la escena era tan grande que mientras todos solemos dar la espalda a la tragedia del encierro, tú, yendo y viniendo a los guetos de reclusión, brindabas tu acción directa a los que ya nadie quiere, a los que todos despreciamos porque sobreviven en la cárcel.
Tuve la fortuna, Jorge, y lo recuerdo más porque conservo las fotos, de haber viajado contigo hace pocos meses a México. E igual, fuiste un compañero de viaje sensato, conversador, animado, inteligente, medido en todo, cuidadoso de no caer en ninguna impertinencia. Nunca como en ese viaje de tres días platicamos más, nunca como en esas tardes de caminata sobre Reforma compartimos más ideas, más proyectos, más sueños y recuerdos. No olvido aquella charla en las jardineras de Bellas Artes, el asombro de nuestras almas provincianas ante la vorágine de la capital.
Jorge, amigo Jorge Méndez, ya es tarde para que lo vivas, pero creo que mereces un reconocimiento de todos los que te admiramos y quisimos; algo, lo que sea, que honre tu memoria y tu trabajo. Me apunto para pedir que la universidad a la que tanto serviste tenga un teatro con tu nombre. Esto que pienso hoy de ti, golpeado por tu partida, no es arranque ni sentimiento fortuito, pues hace un año, el 13 de febrero de 2009, dije sin atenuantes, contigo todavía entre nosotros, esto: “[Méndez] es uno de los mejores maestros de arte dramático en La Laguna y uno de los pocos que ha sostenido una carrera amplia, congruente y apegada al trabajo escénico con una dramaturgia humana, demasiado humana (…) es el director de teatro con el trabajo continuo más largo en la historia reciente del teatro lagunero”. Hoy, ya sin ti, lo sostengo y agradezco lo mucho que hiciste por la cultura lagunera.

viernes, febrero 26, 2010

Victorias de peltre



Pido un paréntesis para comentar algo breve sobre la selección. La Araucana, el poema nacional chileno, fue compuesto por Alonso de Ercilla y Zúñiga y publicado en 1562. Se trata de un larguísimo río épico armado con octavas reales, es decir, con estrofas de ocho versos endecasílabos cada una. Ercilla narra allí la guerra de conquista entablada entre los soldados españoles (él era uno de ellos) contra los indios mapuches, también conocidos como araucanos. Tras su regreso a Europa, el militar y poeta hispano escribe su descripción-homenaje y allí, de inmediato, en las primeras zancadas de esa maratón verbal, asienta su orgullo por la victoria de los españoles. Lo hace, sin embargo, usando una estrategia que lo dignifica: tributando el mayor respeto y reconocimiento a la férrea defensa de los indígenas. En otras palabras, Ercilla destaca que una guerra vale más cuando el enemigo goza del mejor prestigio bélico y ofrece una resistencia indomable.
La segunda estrofa deja ver lo que resalto: “Cosas diré también harto notables / de gente que a ningún rey obedecen, / temerarias empresas memorables / que celebrarse con razón merecen, / raras industrias, términos loables / que más los españoles engrandecen / pues no es el vencedor más estimado / de aquello en que el vencido es reputado”. Allí está claro: “cosas diré también harto notables / de gente que a ningún rey obedecen”, o sea, pueblos indómitos, tercos al sometimiento; ganarles las batallas engrandece a los españoles, pues el vencedor merece más reverencia si el vencido es estimado por su reputación bélica. No aplaudo ni censuro, anacrónicamente, los hechos, simplemente subrayo una actitud, la del soldado Ercilla agradecido a la vida por los aguerridos enemigos que le cupieron en suerte.
En una película de Mel Gibson (sé que muchos ya están haciendo ascos con solo leer ese apellido) un militar inglés gana una batalla a los revoltosos encabezados por El Patriota que hace películas para echarse porras a sí mismo (Corazón valiente). Una frase del soberbio inglés es típica del humor británico; tras un triunfo fácil, declara: “Deshonran nuestra victoria”. La afirmación, pese a estar en un film de Gibson, es excelente. Una victoria frente a un enemigo débil, no es una victoria; acaso es un aplastamiento, un abuso, una masacre, algo así, pero no una victoria.
Por eso, porque Bolivia no opuso ninguna resistencia, de qué sirvió el partido del miércoles, el primero que juega México como preparación rumbo al campanudo mundial. Confieso que no lo vi, o que lo vi parcialmente, pues al minuto quince apagué el televisor y seguí escribiendo no sé qué. A leguas se notaba que los sudamericanos habían viajado a San Francisco sólo al tour, razón por la que jugaron con menos orden que un salón de secundaria lleno de alumnos y sin profesor.
Desde hace muchos meses veo lo que pasa en el futbol sólo de reojo. La realidad me ha convencido de que el fut ha perdido, como casi todo el deporte en el mundo, el genuino deseo de lucha que alguna vez tuvo. Sigo en ese gusto, claro, porque es difícil acabar de golpe con algo tan entrañable, tan cercano a los recuerdos de la infancia. Pero choques como el de México contra Bolivia me dejan una sensación de malestar, de pena. Eso no hay que celebrarlo jamás, pues no es ningún mérito apabullar si no hay oposición. Son victorias no de oro, sino de peltre, y nada valen.

jueves, febrero 25, 2010

El peluquero y los gandallas



Aunque no soy bueno para retenerlos ni para contarlos, siempre me ha interesado el mecanismo de los chistes. Tanto es así que tengo una especie de especulación inacabada (todo escritor es un animal de “inacabamientos”) sobre el tema; algún día, cuando de plano no me quede alternativa, discurriré frente a un público sobre esto, y diré con cierta seguridad lo que por ahora sólo es boceto, aproximación, tanteo a distancia segura. Por ejemplo, que el chiste basa con frecuencia su efecto en la enciclopedia del oyente/lector, de ahí que no produzca el mismo resultado un mismo chiste ante públicos formados en culturas diferentes. Eso ya lo sabemos, pero nunca está de sobra poner un caso claro. Leamos, para ayudarnos, un chiste que me llegó ayer al buzón; me lo envió, como cadena, mi amigo Carlos Ibarra. Lleva como título “El peluquero”:
Un día, un florista fue al peluquero a cortarse el pelo. Luego del corte pidió la cuenta y el peluquero le contestó:
—No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo un servicio comunitario.
El florista quedó agradecido y dejó el negocio.
Cuando el peluquero fue a abrir el negocio a la mañana siguiente, había allí una nota de agradecimiento y una docena de rosas en la puerta.
Luego entró un policía para cortarse el pelo, y cuando fue a pagar, el peluquero respondió:
—No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo un servicio comunitario.
El policía se puso contento y se fue. A la mañana siguiente, cuando el peluquero volvió, había una nota de agradecimiento y una docena de donas esperándole en la puerta.
Más tarde, un profesor fue a cortarse el pelo y en el momento de pagar, el hombre otra vez respondió:
—No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo un servicio comunitario.
El profesor, con mucha alegría, se fue. A la mañana siguiente, cuando el peluquero abrió, había una nota de agradecimiento y una docena de libros.
Entonces un diputado fue a cortarse el pelo y cuando fue a pagar, el peluquero nuevamente dijo:
—No puedo aceptar dinero. Esta semana estoy haciendo un servicio comunitario.
El diputado se alejó contento. Al día siguiente, cuando el peluquero fue a abrir el local, había una docena de diputados haciendo cola para cortarse gratis.
Esto, querido amigo, muestra la diferencia fundamental que existe actualmente entre los ciudadanos comunes y los miembros del “Honorable” Congreso. Por favor, en las próximas elecciones vota con más cuidado... Atentamente: el peluquero.
Si este chiste con moraleja fuera contado en Suiza u Holanda, no funcionaría, pues da por entendida una certeza previa que allá desconocen, un saber contenido en la enciclopedia del mexicano estándar: que un legislador es un vividor, idea arraigadísima, por desgracia, entre nosotros. Extraña que este chiste exima de abuso al policía (la idea de las donas es un estereotipo gringo, por cierto), personaje que sin duda parece desplazado por la figura harto deteriorada del legislador.
Lo dicho: vistos a contraluz, muchos chistes son más que chistes: son, a mi parecer, viñetas culturales, manifestaciones del corazón colectivo.

miércoles, febrero 24, 2010

Recovery de Enrique Tavares



Cada vez que puedo —aunque mucho menos de lo que deseo, pues no quiero abusar de mi diletantismo en la materia— resalto la vitalidad de la música lagunera. Como en las demás artes, falta mucho por hacer, pero de alguna manera están dadas las condiciones para pensar que es la música, con todas sus fértiles variantes, una disciplina cuyo desarrollo se ha visto notablemente fortalecido en los años recientes. La Camerata y lo clásico es la punta de lanza, claro, pero en su órbita hay espacio para otras manifestaciones sonoras de valor.
Es el caso de, entre otros, Enrique Tavares, a quien frecuentemente vemos operando los audiocontroles del Teatro Nazas, trabajo que por cierto hace excelentemente bien. Pero Enrique domina no sólo la tecnología del sonido en auditorios, sino que también compone y ejecuta, como lo demuestra el disco Recovery que hoy a las ocho de la noche presentará en el Nazas junto a varios de sus amigos más cercanos.
Según Enrique, Recovery es una reunión de música inédita producida hace ya varios años; consta de 16 temas, de los cuales doce son instrumentales y cuatro agregan voz. Le llama Recovery porque es una recuperación de música armada tiempo atrás. La presentación de este primer trabajo al público y los medios, señala, no es el inicio de una carrera musical, sino la conclusión de una etapa que se había estado diluyendo en el tiempo y había quedado inconclusa. “Con este disco cierro una pagina casi olvidada y quizá luego se pueda dar otra etapa productiva en el aspecto musical. Por lo pronto es como hacer realidad un sueño largamente deseado; doy gracias a Dios por darme los medios para lograrlo, por toda la gente que me ha apoyado para sacar esto adelante, en especial al Teatro Nazas, a More Barret, su directora, y a todo el equipo de trabajo de este extraordinario recinto”.
Seis de las piezas del disco han sido configuradas en alianza con otros músicos, todos amigos de Enrique Tavares. La idea original era presentar el disco a secas, y luego el plan mejoró con la organización de un concierto con todos los que colaboraron en el proyecto. Entre otros, se presentarán Ronny Flores, quien interviene como guitarrista en cuatro temas de Recovery; Fernando Chávez ejecutará algunas piezas originales, además de la que figura como octavo tema en el disco. A ellos se sumarán Cuty Martínez, Raúl Jáquez, Alex Cruz, Nico Batarse, Billy Santillana, Rafa Nájera, Polo Álvarez y Fernando Sandoval.
He tenido ya el gusto de oír tres piezas del disco. No estoy muy habituado al sonido del new age de “Tal vez en otoño”, composición breve de corte meditativo. “Un gran lugar” deambula el mismo ámbito sonoro, y a eso se suman con potencia la guitarra de Ronny Flores y la voz de Nicho Hinojosa. “Laberintos”, igualmente, esconde en su resonancia electrónica las sorpresas de la creatividad que no se ajusta a los moldes prestablecidos de la música popular, al tema-canción de tres minutos con entrada-estribillo-desarrollo-estribillo.
Enrique Tavares es torreonense. En la adolescencia formó su primer grupo; estudió música en la Universidad Regiomontana y durante ya muchos años ha estado involucrado en la profesión prácticamente en todas sus facetas: como músico, compositor y técnico de sonido. Para grabar los temas de Recovery, Enrique usó pocos recursos técnicos y, pese a ello, es una interesante propuesta de la música lagunera. Hay que escucharlo hoy a las ocho, gratis, en nuestro espléndido Nazas.

domingo, febrero 21, 2010

Prado Galán con Carlos Fuentes



Con envidiosa alegría recibí el enlace de la entrevista que Gilberto Prado Galán hizo a Carlos Fuentes en radio Iberodigital, difusora de la UIA Santa Fe. De entrada se me ocurre recordar que el género de la entrevista radiofónica es muy latoso cuando el personaje encarado es alguien como Fuentes y no, por ejemplo, cualquier politicastro al que le plantean las mismas preguntas para que repita las mismas respuestas. El diálogo sube varios niveles su grado de dificultad porque nunca se sabe cómo reaccionarán los chipocludos del pensamiento, si andan de buenas o de malas, si son de natural huraño o cordial, si durmieron bien anoche o los torturó el insomnio. Yo —me asumo como imaginario conejillo de Indias— me declararía, más que incompetente, inapetente para conversar en público con Fuentes, pues siento que sería algo así como un match entre Mike Tyson contra la Mosquita Zamarripa. Ni para qué arriesgar, entonces, la poca autoestima que uno tiene. Por eso es admirable la tranquilidad, la soltura y el empaque de nuestro amigo Gil al charlar con el escritor mexicano más famoso entre los vivos. El suyo fue un diálogo ágil e informado, una pieza acabada de entrevista radiofónica. Resumo su contenido y remito aquí, en esta liga, la versión disponible en la red.
La primera pregunta que hizo Prado Galán se refirió a Cristóbal Nonato, novela que en alguna de sus páginas se refiere a México como país con hombres y niños tristes; ¿hay tiempo para la felicidad en éste y en el futuro México?, interrogó el escritor lagunero. Fuentes respondió que lo que piensa el personaje no es necesariamente lo que él piensa como autor, que no puede escribir novelas con base en el optimismo, y si bien sus ficciones tratan sobre el lado negativo, sombrío o malo de la realidad, lo hace con un sentido de “advertencia”.
Prado Galán habló luego sobre los diversos Méxicos que Fuentes ha recorrido en su caudalosa obra, e inquiere al autor de La región más transparente si es posible un proyecto educativo uniforme en nuestro heterogéneo país. Fuentes comentó que es necesario encontrar una educación que primero establezca las bases generales y luego piense en las particularidades; el desafío de la educación es mantener principios generales y después de eso atender particularidades.
El diálogo continuó con el planteamiento de Prado Galán sobre la necesidad, como planteó Confucio, de una reforma en el lenguaje del gobernante. Fuentes afirmó que eso es imposible, que los políticos no abandonarán sus vicios. La única posibilidad, añade, está en la educación, que acerca a la buena literatura, a la filosofía, a las ideas claras y algunas veces a la creación literaria que tiene, entre otros, el propósito de corregir y enriquecer el lenguaje. Discrepa en el sentido de que la literatura sea percibida por unos como transformadora y por otros sólo como iluminadora de ciertos espacios de la realidad; para él, la literatura transforma e ilumina, y menciona al monarquista, católico y reaccionario Balzac del que Marx aseguraría luego lo siguiente: que sin la lectura de la Comedia Humana no hubiera podido escribir El Capital. La cultura, pues, está hecha de vías comunicantes, una cosa alimenta a otra, todo se relaciona y es imposible establecer compartimentos estancos.
El ensayista torreonense le preguntó después sobre la condición de la literatura mexicana actual como contrapeso de o explicación a las dolorosas realidades de la violencia y la corrupción. El entrevistado señaló que por fortuna México ha pasado de una literatura restringida en la que, como antes, se escribían novelas “agrarias”, “de la revolución”, “de la ciudad”, a una con relatos más personales, como las novelas de Álvaro Enrigue o Guadalupe Nettel, obras que constatan que hemos desplazado ciertos cartabones literarios para entrar a una literatura con gran variedad de registros y de temas.
El siguiente tema es el de la intertextualidad en la obra de Fuentes, la rehidratación de los clásicos en sus obras presentes; sobre esto, el entrevistado subrayó que le importa mucho la intertexualidad, el respeto y conocimiento de la tradición, saber que se procede de alguna para poder ir a otra. Fuentes enfatizó que hay un estrecho vínculo entre creación y tradición; dijo que la tradición que no se renueva, se muere, y pasa lo mismo, a la inversa, con la creación, que necesita de la tradición para sobrevivir.
La conversación siguió en la misma tesitura. Apenas he podido resumir la mitad de la entrevista, es cierto, pero creo que es suficiente para darnos una idea del encuentro Carlos Fuentes-Gilberto Prado en inteligente coloquio literario. Recomiendo que le echemos un vistazo (y un oidazo) en el enlace que ya di.

sábado, febrero 20, 2010

Los seis de Herralde



Le hinco el ojo por estos días a El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina (Fondo de Cultura Económica, 2009), del editor Jorge Herralde. Como lo merece esta superestrella de la edición en español, se trata de un libro muy bien editado en la Colección Tezontle de nuestro querido Fondo. Su color terracota y su diseño imitan muy bien el aspecto de una de las colecciones más famosas de Anagrama, la de los Compactos; la gambeta es tan buena que cuando lo compré y vi el apellido Herralde en la portada, pensé que me llevaba a casa un libro más de Anagrama. Hasta que le tumbé el celofán advertí que era una edición mexicana que contiene apuntes, artículos, comentarios (o como queramos denominarlos) del quizá y sin quizá más famoso editor español, el capo de Anagrama.
Precedidos por una introducción de Villoro (“Un optimista en la catástrofe”, título que alude al fervor bibliográfico de un hombre en medio de las amenazas a la inteligencia y al buen gusto), los textos de Herralde vagan amenamente por los autores, los libros y los temas que han orbitado a su vera desde hace cuarenta años, los mismos años que tiene metido en la aventura editorial de uno de los sellos decisivos de nuestra lengua.
Como esto no es una reseña sino mi columna, no voy a detenerme ni siquiera de pasadita en todos los sabrosos recovecos del libro que homenajea las cuatro décadas de Herralde como hacedor de páginas. Tomo, por lo pronto, uno de sus breves apartados, el que tituló “Los cinco libros más significativos de Anagrama. Conferencia en Princeton”. Según la nota al pie, la conferencia era inédita hasta su inclusión en este libro, y la dictó el 28 de marzo de 2008. Al abrir el libro, fue de los primeros textos que atrajeron mi atención, pues si algo quiere saber uno de este editor de culto, es precisamente cuáles entre todos los cientos de libros que ha visto pasar frente a sus ojos son los que más respeta o a los que les atribuye mayor significación. Por supuesto, esas listas estrechas siempre darán lugar a incomodidades, sobre todo a quien las debe elaborar. En este caso, Herralde queda muy bien con cinco autores, pero se ha arriesgado a ser mal visto por los cientos que han quedado fuera del top five.
¿Y quiénes son los afortunados? Me da gusto saber que he leído y aprecio a cuatro de ellos, aunque yo no los conozca más de lo que merecen. La lista del anagrámico editor es la siguiente: Detalles, de Hans Magnus Ensenzberger; Lolita, de Vladimir Nabocov; Brooklyn Follies, de Paul Auster; El héroe de las mansardas de Mansard, de Álvaro Pombo y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. El seleccionador se toma, además, la libertad de añadir un sexto: Ébano, de Ryszard Kapuscinski. De Ensenzberger y Pombo no tengo más que noticias generales, apenas quizá una idea vaga sobre su oficio; a los restantes los ubico mejor, pues los he leído y disfrutado a veces hasta en más de un libro. Nabocov, por ejemplo, sigue siendo un pícaro genial, uno de esos escritores que al entrar ya no salen y se convierten hasta en cuates, pese a que don Vladimir era algo así como un ogro lanzador de dardos irónicos contra el mundo entero. A Auster lo conozco un poco menos, pero aprecio confirmar por su editor en español que es uno de los actuales grandes del imperio; leí recién A salto de mata, crónica de un fracaso precoz y La habitación cerrada, y me encantaron. Ahora bien, pese a la fama centelleante de Bolaño no es uno de los que más me atraen, aunque Herralde tiene razón en colocar a Los detectives… en su lista de emblemáticos. En fin: tal vez no ando tan errado, pero cuánto falta por leer lo que ha leído el mago Herralde. Un mundo.

viernes, febrero 19, 2010

Polvo rojo del travieso Daniel



Finalmente, los escritores son hijos de escritores. Nadie nace por generación espontánea, de la nada, como si brotara de una chistera. Así Daniel Herrera, quien desde muy joven (todavía lo es) se fue por el mal camino de los libros poco edificantes de Bukowski, de Fante, de Fadanelli y de todo aquel canijo escritor que no abrazó o abraza registros afines a la moral en uso. Si algo caracteriza a esos escritores generalmente afiliados por los editores en una cosa llamada “realismo sucio”, es precisamente el aroma a podrido que transpiran sus historias, la mezcolanza de fetideces que convocan en cada peripecia narrativa.
Soy de los que creen en la teoría del bufet, una teoría, por cierto, inventada por mí a propósito de mis antiguas necedades críticas. Dicha teoría propone que, como en esos servicios de restaurante llamados bufet, la literatura ofrece un amplio surtido de platillos. Que yo sepa, nadie hay en el mundo capaz de entrarle a todo, pues al que no le desagrada un preparado le disgusta otro. Así en la literatura: todos los escritores tienen derecho a estar, a vivir en el bufet, pero no todos los lectores tienen la obligación de consumirlos. ¿Gusta un poco de Nervo? No, gracias, odio los versos desgarrados y con demasiado sazón cursi. ¿Quiere probar el exquisito Fernando del Paso? No, lo siento, pero no me apetecen esas novelotas retorcidas. ¿Le apetece un Quevedito? No, jamás como nada rancio. ¿Qué tal un Monterroso? Bueno, pásemelo, soy un poco flojo para leer y por eso sí disfruto los textos breves. Así, como en esos platillos ejemplares, pasa con los autores de la literatura sucia, corriente que al abominar de la moral estándar se convierte en un moralismo de cuño inverso, como lo evidencia más de un cuento de, por caso, Pedro Juan Gutiérrez, el cubano que despotrica renglón tras renglón de las malpasadotas que se da en la isla.
Daniel Herrera ha venido leyendo, como hijo fiel, a sus dioses tutelares, todos aquellos escritores cercanos a la estética de la desestetización, si me perdonan el trabalenguas. Como sus maestros, Daniel descree de todo dogma, de todo sistema avalado por el poder, de todo signo reverenciado por la sociedad hincada ante el consumo. Sus personajes deambulan los pasillos de cada cuento como almas irónicas, burlonas, a veces siniestras y siempre a punto del vómito. No es, por ello, un escritor ad hoc para los lectores habituales de La Laguna. Su arte es un arte en registro desenfadado, insolente, a veces levemente timbrado de pedantería. Sus lectores están entonces entre, sobre todo, los jóvenes, quienes seguramente hallarán divertidas las delirantes aventuras creadas por Herrera en Polvo rojo (Ficticia-Ayuntamiento de Torreón, 2009), primer libro de cuentos de este autor y segundo de narrativa, ya que en 2005 publicó la novela Con las piernas ligeramente separadas.
Maestro y reseñista, Herrera ha conseguido armar en Polvo rojo un libro compacto, con idea de unidad. La prosa, la atmósfera de los relatos y sobre todo los temas son los comunes dominadores del conjunto. Llama la atención que, dada la fecha citada al pie de los relatos, todos o casi todos trabajen con el tema de la violencia en un tiempo en el que se podía, como dije hace poco, hacer sin complejos una literatura con tinta sangre del corazón ajeno, un tiempo con crímenes estándar, con violencia doméstica de la que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos y que ahora, dados los viscosos acontecimientos que vivimos, parece nada, sólo caricatura de caricatura de caricatura.
Algunos cuentos de Polvo rojo me parecen harto logrados y sumamente divertidos. Otros, creo que se quedan un poco por debajo de buen nivel que en general guarda este libro. Me da gusto comprobar, por ello, que Daniel Herrera ha seguido fiel a su veta, sin traicionarse con arrepentimientos que a estas alturas serían un retroceso no sólo para él, sino para el corpus literario del La Laguna. Polvo rojo es un libro de cuentos que, en suma, reafirma no sólo la vocación de un escritor joven lagunero, sino el hecho de que en nuestra baraja literaria podemos presumir de todo, de casi todo, lo cual no es poco decir si pensamos que en otras latitudes no tienen más que uno o dos escritores con el mismo estilo y los mismos temas.
o
Nota: texto leído el 17 de febrero de 2010 en la librería Gandhi de Torreón. La presentación fue compartida por el Daniel Herrera, Carlos Velázquez y yo.

jueves, febrero 18, 2010

L'Osservatore Rockmano



Conté hace no sé cuánto que en una plaza de Guadalajara de cuyo nombre no puedo acordarme muchos jóvenes instalan un mercado hippioso y/o darkoso y/o metaloso y/o jamaicoso que los sábados y domingos se atiborra de banda comprachácharas. Venden, sobre todo, esos adornos que gustan usar los hippiosos y/o darkosos y/o metalosos y/o jamaicosos, productos artesanales en su mayoría y por tanto sin marca. No exagero si digo que los artículos son ingeniosísimos, como unas carteras para “caballero” elaboradas con latas de aluminio cocacolero o tecatero. También hacen trencitas y colocan fierros en la cara y en las orejas, incluso tatuajes. Conocida mi granítica rancheridad, el mercado me entretuvo pero nada de lo que había allí logró interesarme, así que me sentí como oso polar en el Amazonas o chango en Groenlandia o político mexicano en congreso de ética, algo así.
Los objetos que tenían imágenes (como morrales, playeras, gorras y demás) se ajustaban a la estética macabrona que suelen gastarse los movimientos urbanos muy vinculados a la música inglesa y norteamericana. Demonios, calacas, signos esotéricos inentendibles para mi ignorancia de esas poderosas ciencias, dibujos con deliberada macuarrez y efigies de película gore desfilaron ante mis tímidos oclayos como chuletas de puerco frente a vegetariano. De todas las imágenes que vi, y fueron un montón, sólo recuerdo una con imborrable claridad: la que adornaba el pecho de una playera negra, el rostro de Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de la diócesis de Guadalajara. No tenía ninguna leyenda, ni siquiera el nombre del personaje, y el dibujo era de ese tipo de serigrafía muy bien definida en el registro de impresión. Por el lugar en el que la vendían, la playerita me pareció de una exquisita ironía, la más sutil forma de burlarse del gran inquisidor tapatío. No la imaginé puesta allí, a merced de los compradores, para rendir homenaje al cardenal famoso por tener bajo su control a la casta divina de la bella capital jalisciense. Era un signo del alto clero metido a la fuerza en el mundo del rock y sus variantes, con todo lo que esto conlleva en términos de mentalidad: drogas, sexo, libertad, oposición a lo establecido, es decir, eso que la iglesia de Roma ha tratado de cercar para que la juventud en éxtasis no extravíe el buen camino.
Han pasado muchos meses, casi dos años, desde que tuve aquella visión cómica-místico-musical del arzobispo presente en efigie en un mercado underground. Pensé que era una pincelada transgresiva, pero ayer me di cuenta de que tal vez no sea así, que la iglesia católica apostólica romana ya le cerró el ojito a la tribu más gruecsa de la urbe, esa bola de ménguaros rejegos que no han querido enderezarse por las malas y ahora tal vez, no sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe, están siendo bombardeados subliminalmente para que vuelvan al redil de las buenas costumbres y del por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa. ¿Por qué lo digo? Pues porque ayer se supo que L’Osservatore Romano, el periódico del Vaticano, elaboró su top ten de los mejores álbumes de pop y rock de la historia. Según los expertos sampetrinos (de Roma, no De las Colonias), la lista la encabeza Thriller, de Michael Jackson, seguido por The dark side of the moon, de Pink Floyd; Revolver, de The Beatles; Graceland, de Paul Simon, y Supernatural, de Carlos Santana. Tras esto, ya imagino a Sandoval Íñiguez, cual hoolligan hectorsuarezco, gritando a todo gaznate el inmortal y destemplado “¡Queremos roooooock!”.

miércoles, febrero 17, 2010

Ejemplo de Rosa Gámez



Conozco a Rosa Gámez Reyes Retana desde hace al menos quince años. No por decir nomás, sino sinceramente, me honra con su amistad. Lo ha hecho siempre a su manera, es decir, con los gestos y las palabras de una mujer educada en códigos de respeto que lamentablemente ya estamos perdiendo. He tratado de corresponder a sus deferencias con igual moneda: la del respeto a su actitud y la del aprecio a su trabajo. Rosa Gámez es madre de mi amiga Magda Madero y abuela de Marisol, a quienes tantos queremos. Ese patrimonio familiar sería suficiente para merecer nuestro aprecio, pero los días y los años de Rosita han ido más allá de su realización como madre, abuela y amiga. Ayer cumplió 80 años y lo celebró derramando versos en un libro titulado Grafías al viento que presentó en el teatro Salvador Novo junto a Magda y el poeta Marco Antonio Jiménez.
El acto fue sin duda un marco ideal para exaltar las muchas virtudes de esta lagunera que nos da permanente ejemplo de constancia y rectitud. Al verla allí, en el escenario, flanqueada por su hija y por Marco, no pude no pensar en lo valioso que es para nuestra comunidad que haya personas como ella. Mientras muchísimos nos entregamos a la disipación, al pesimismo, al miedo, al adormecimiento de nuestros entusiasmos, Rosita sigue atenta, fiel al perfeccionamiento de lo que ya conoce y al aprendizaje de lo que no. Cuántos no la hemos visto en decenas de lecturas, presentaciones, conciertos, exposiciones, cuántos bien sabemos que para ella no hay límite de tiempo, que entre libros y partituras y talleres y cursos ramifica su árbol de intereses.
Fuerte aunque parece frágil, inquieta como jovencita por todo lo que signifique añadir piezas al mecano de sus saberes, cordial a toda hora y con quien sea, Rosita nos ofreció ayer más que un onomástico y un libro. Nos dio una lección, una cátedra de doctorado en vitalidad, de fortaleza ante las dificultades y de fe en la inteligencia. Mientras, como digo, muchos ven su atardecer con autocompasión y alejamiento, Rosita lo encara con el sólido escudo de su pasión por el arte. En lo personal, qué deseo enorme de llegar ya no digo a los ochenta, ya no digo a los setenta, al menos a los sesenta con ese temple, con ese ánimo por hacer bondades que tiene Rosita a sus ocho décadas y que nomás por visto puede ser creído.
La fiesta de ayer (porque eso fue: una fiesta) comenzó con la bienvenida de Gerardo Moscoso y de Julia Meléndez a nombre del teatro Salvador Novo y del Cinart. Luego, Magda y Marco leyeron sendos comentarios sobre Grafías al viento, palabras que resaltaron las líneas recurrentes en el quehacer poético de la autora. Entre otras ideas, Marco Jiménez enfatizó su tesón y su autocrítica, rasgos poco habituales en escritores que ya se dan por hechos. Siguió luego una sección musical en la presentación-homenaje: cantaron Marisol Aguiñaga, nieta de Rosita, y después Aidée Lee Talamantes, maestra de canto de Marisol. Cerró la tarde la maestra Mariana Chabukiani con dos piezas al piano y al final los concurrentes fueron agasajados con un brindis espectacular, todo a la altura del motivo celebrado.
Sé que un puñado de palabras, estas que voy aquí tejiendo, en poco saldan lo mucho que nos ha dado Rosita como amiga y ejemplo indeclinable de tenacidad. Nació en 1930, el año en el que también nació mi madre. Esto, ya se imaginarán, me lleva a creer un poco en la numerología y ver esa fecha como importante para algunos, entre los que me cuento. Yo, que tanto agradezco por tener una madre como la que tengo todavía, esa señora del 30 que me ama pese a todo, sumo ahora el agradecimiento por la amistad sin dobleces, íntegra, ejemplar, de doña Rosa Gámez Reyes Retana, quien a sus 80 nos alienta con el resplandor de su vitalidad. Gracias, Rosita. Gracias siempre.

domingo, febrero 14, 2010

Fondo de los libros



Desde mayo de 2009, Ruth Castro es la encargada de la Librería del Teatro Martínez-Fondo de Cultura Económica. Joven inteligente y sensible al conocimiento y la belleza de la palabra, ocupa pues, hoy, un puesto ideal. La entrevisté sobre su nueva responsabilidad y esto fue lo que obtuvimos.

Brevemente, ¿cuál es tu formación profesional en relación con los libros y otras publicaciones? Tuve la oportunidad de estudiar la carrera de Lengua y Letras Hispánicas en La Universidad Veracruzana del 2002 al 2006, y en Xalapa comenzar a participar en la promoción y fomento a la lectura en eventos públicos, presentaciones de libros, escribiendo artículos para revistas literarias y demás actividades de este tipo. Por otro lado, aún estudiando la carrera trabajé en corrección y edición en una pequeña editorial que se encargaba de algunos proyectos relacionados con la SEP y con el estado (Veracruz), misma labor que he seguido haciendo en Torreón, aunque más esporádicamente. Sin embargo, la experiencia en librerías comenzó desde que tenía 16 años, cuando trabajé en la librería Astraleph, en el centro de Torreón, y en mi estancia en Xalapa trabajé por varios años en librerías Ganco, llamada entonces Gandhi Colorines, pues se especializaba en libros para niños, aunque estaba tan surtida como cualquier librería Gandhi del DF. En esta última fue donde más aprendí acerca de editoriales, de pedidos y devoluciones, de promociones, en fin, del trabajo que requiere cualquier librería, aunque obviamente está ligado a mi aprecio por los libros (por sus contenidos).
o
¿Qué representa para ti esta encomienda?
Para mí significó desde el inicio una gran responsabilidad que acepté con mucho gusto, tomando en cuenta que, pese a que la librería es filial del Fondo de Cultura Económica, en realidad está subsidiada por el Patronato de Teatro Isauro Martínez que, como sabemos, es una asociación civil. Con esto me refiero a que forma parte de un gran esfuerzo local por ofrecer cultura a la gente de la región, y en este sentido, a ratos resulta difícil sostenerse, a diferencia de las grandes cadenas que amortizan a sus pequeñas sucursales y mantienen a éstas igual de surtidas que otras. Entonces conlleva bastante dedicación y tiempo, y esto lo sabía desde que acepté, pero es un trabajo que si te agrada y te sientes comprometido con los fines que persigue, es decir, con la promoción de la lectura, pues no se siente tanto el esfuerzo y te llena de pequeñas satisfacciones.
o
¿Cuál o cuáles son las políticas de promoción que estás habilitando?
La librería tiene la ventaja de compartir espacio (y finalidades) con el Cafecito del Fondo, así que en coordinación con éste se organizan actividades de lo que llamamos nuestro programa permanente de fomento a la lectura. Además, la sala infantil cuenta con un teatrino y tenemos todo el apoyo del TIM para eventos más grandes. Esto facilita en gran medida que podamos mantener promociones o combinarlas con las actividades. Tenemos, por ejemplo, los martes de cuentacuentos, y entre quienes asisten se les regalan cupones de descuento o se van promocionando distintos libros infantiles que tienen que ver con las narraciones del cuentacuentos; en otras ocasiones tenemos regalos para los niños que participan en los cuentacuentos. Cada mes tenemos también lecturas abiertas al público, en las que se va variando el tema, y en estas fechas se ofrece todo el material del FCE con el 20% de descuento, además de cortesías para los que leen. Hay otras actividades que van cambiando cada mes, y que también dependen de gente que se acerca para pedir el foro del café y hacer actividades en conjunto, como en los que participan músicos de la región o conversatorios de distintos temas dedicados a adolescentes, universitarios o el público en general. Todo con el objetivo de que personas de distintas edades tenga experiencias gratas relacionadas con la lectura.
o
¿Qué reacción has percibido del público?
La respuesta del público ha sido placentera, desde la gente que busca la cartelera cultural al principio de cada mes, quienes se acercan buscando el foro del café porque tienen una buena impresión del lugar hasta quien se va contento porque encontró o le conseguimos el libro que había estado buscando. En lo personal creo que falta mucho trabajo, es decir, aunque los comentarios a favor hacen sentir que se están haciendo bien las cosas, tenemos actividades y propuestas que nos gustaría llevar a cabo poco a poco, además de traer más oferta de editoriales y/o eventos de mayor resonancia en la región, pero ahí vamos.
o
¿Se “mueven” los libros de autores laguneros?
Sí. Aunque cabe decir que no todos los autores laguneros se “mueven” igual. Mi entrevistador, por ejemplo, es uno de los más queridos, junto a otros autores como Saúl Rosales, por mencionar a otro incansable promotor de la literatura. Sin embargo, hace falta que los mismos autores hagan más promoción de su obra, que participen en lecturas o en eventos para que la gente los conozca.
La librería del TIM-FCE está ubicada al lado del Teatro Martínez, sobre la Matamoros. Felicidades a Ruth por atender tan bien este espacio y por no bajar ni un segundo su entusiasmo bibliográfico.

Carta a Luz María



La columna que Renata Chapa publicó hoy en El Diario de Chihuahua:

Imaginario colectivo
Luz María
Renata Chapa

Luz María:
Dicen que los periodistas, como los hombres, no debemos llorar. Que debemos ser objetivos. Ecuánimes. Que antes de opinar, necesitamos constatar la autenticidad de nuestras fuentes. Que no debemos tomar partido a la primera. Que debemos dejar clara la línea que divide lo personal de lo profesional. Todas estas condiciones, y más, fueron cumplidas por las plumas que han dado cuenta de la participación que usted tuvo de frente al presidente de la República. Pero yo, Luz María, no puedo, ni quiero, ceñirme a una sola de ellas. No voy a redactar una nota informativa, una crónica o un ensayo sobre lo que usted vivió en el centro de convenciones Cibeles el pasado jueves 11 de febrero. Yo necesito escribirle esta carta.
Supe de usted gracias a un noticiario matutino. A veces dudo prender la televisión tan temprano para ver ese tipo de programas. El desfile del horror es interminable. Duele abrir un nuevo día con los ojos anclados en las injusticias que sufren otros porque, en realidad, son el reflejo de nuestros mismos pesares. Además, como usted sabe, por muy terrible que sea una realidad, el ritmo de los medios es implacable e imparable. Lo que ahora ocupa los espacios más importantes, mañana pasará a otros planos. Como si las heridas causadas por la opresión, el desdén, la negligencia y otros tantos malestares sociales fueran perdiendo vigencia. Como si las violaciones a nuestros derechos fueran más o menos importantes según el criterio de los informadores de las empresas mediáticas.
Sin embargo, también debo reconocer que si no fuera por los medios de comunicación no la hubiera conocido a usted ni tampoco hubiera tenido la oportunidad de sumarme a su dolor por medio de estas líneas. A través de los medios he podido escuchar voces de otros hombres y mujeres que han protagonizado cualquier cantidad de desgracias. Y ha sido a través de la prensa como he intentado contribuir, igual que tantos colegas, pero la realidad se sigue encargando de ubicarnos.
El papel con todo y sus palabras impresas también se lo lleva el olvido. En el sufrimiento cada vez más potenciado de nuestras comunidades está la respuesta al qué tanto podemos lograr desde los medios. Aquí, entonces, Luz María, volvemos a más de lo mismo. En los espacios mediáticos es posible ensalzar o sepultar información, pero el saldo que tenemos al día de hoy nos da pie a pensar que los logros son casi nulos.
Urge repensar la función social y ética de los comunicadores y las autoridades políticas; el clasismo que se padece en los medios; la censura y autocensura mediática que echa cada vez más raíces por miedos e incompetencias. Desafortunadamente, los llamados de atención a las autoridades; la solicitud de ayuda para quienes tanto la requieren; las demandas por un trato justo; las peticiones para una vida digna parecen no fructificar. Se sigue perdiendo la batalla a pesar de estar en una trinchera que se supone poderosa, la de los medios de comunicación. O la de las escuelas; la de los partidos políticos; la de las familias; la del Estado mismo. Algo nos ha rebasado. La impotencia, también.
Por eso, Luz María, cuando su voz removió el protocolo de la reunión que usted y tantos más sostuvieron en Ciudad Juárez con el presidente de México, yo comencé a darle íntimamente las gracias. Desde este lado de la pantalla tenía el deseo de que nada ni nadie le impidieran expresar su opinión de viva voz ante el presidente y ante la mirada del país. En unos cuantos segundos, usted fue portavoz de millones de mexicanos que hemos alzado la voz tantas veces, con tonos distintos y en diferentes escenarios, y que hemos constatado que fuimos y seguimos siendo engañados, burlados, humillados. Nunca escuchados.
Usted y yo somos mujeres y sabemos que sigue siendo complicado avanzar. A veces, es simplemente imposible. Para tantos que ejercen el poder, nosotras no sólo tenemos que soportar denostaciones explícitas e implícitas, sino callarlas si es que deseamos eludir represalias. Yo la vi y la escuché a usted y, con el pecho asfixiado, la animaba a distancia. Seguí palabra a palabra su intervención. No pudo haber resumido todo el dolor de nuestro país de mejor manera. También escuché el tono que usó para explicar y demandar justicia, Luz María. Su valentía derivó en una llamada de atención contundente y clara. Respetuosa. Como le mencioné al inicio de esta carta, yo sentía la necesidad de escribirle porque su profundo dolor, ése que la llevó de frente a las autoridades, no ha sido en vano. Somos muchos y muchas los que estamos en deuda con usted y con sus hijos.
Deseo que las atinadas palabras con las que expresó su profundo duelo hayan cimbrado a los miembros de aquel presidium. Al final de cuentas, se supone que ellos son tan humanos como usted y como yo. Que ellos, como nosotras y los demás ciudadanos, queremos el bienestar para nuestras familias.
Luz María: que su voz la sigamos escuchando todos, los de las cúpulas y los de a pie. Que sus frases retiemblen con más fuerza aún. Que no pierdan potencia a pesar de todos los días que nos esperan de lucha y lágrimas, según lo advirtió el presidente Calderón.
Sí, Luz María, “que sigan buscando debajo de las piedras” y que logren concordia. Que puedan dialogar con el presidente y con México “los que quieren justicia para todos los niños” de Ciudad Juárez y de nuestro país con la misma apertura y cobertua que usted tuvo. Que a pesar de “no tener lo recursos”, todo mexicano pueda ser comprendido y protegido. Que “el Ferriz, Baeza y todos” los que tienen un rol vital en las tareas de seguridad, economía y educación en nuestro estado, consigan que “vuelva a ser el de antes”.
Sí, Luz María, “que se pongan en su lugar” y en el de tantas familias desmembradas “a ver qué sienten”. Que jamás dejen de sentir para que “hagan algo por Juárez” y por cada sitio disputado en nuestro país.
De corazón, reciba mi abrazo respetuoso.

centrosimago@yahoo.com.mx

sábado, febrero 13, 2010

Nana pantalla



Sin tapujos, hay una relación directa entre enviciamiento televisivo y desapego de los padres por los hijos. No juzgo el mencionado desapego, pues yo mismo soy su víctima y causante al menos en el espacio familiar. Aunque uno no lo quiera, los hijos suelen recibir un suministro excesivo de pantalla televisiva ante la falta de opciones más atractivas, como el deporte o la lectura. Sé que es fácil solucionar el problema si no está uno en él, decir por caso que es necesario sacar a los niños a jugar en el parque, o comprarles libros para que se distraigan con algo más edificante, o compartir con ellos alguna actividad simple de la vida, como coleccionar insectos. Suena bello, es bello, pero no tan sencillo. La razón: la camelluna exigencia laboral y las condiciones actuales de inseguridad.
Metidos como estamos en la dinámica de la supervivencia, los padres de familia estándar apenas ajustamos con las horas laborables del día para juntar el chivo. Salvo quizá el domingo, y a veces ni eso, los otros días de la semana se van en un ajetreo ininterrumpido que impide lo que se ha dado en llamar “tiempo de calidad” para los hijos. No hay tiempo, y ya no pensemos siquiera si es de calidad o no. La mesa tiene dos sopas: o perseguimos la chuleta o perseguimos la chuleta, así que los pequeños están condenados a recibir, si tienen suerte, algún apapacho rápido, unas palabras de aliento en la noche y adiós, a dormir porque mañana el día sería igual de pesado.
En una época que ya me parece remota, los niños de todos los estratos salíamos a la calle, al menos al entorno del barrio o la colonia, y nuestros padres se olvidaban olímpicamente de nosotros. Claro que era riesgoso, que no faltaba que allí, en el exterior, halláramos vicios y problemas. Pese a ello, la mayor parte de la raza salía viva, se educaba a tirones para el futuro, aprendía juegos, hacía deporte callejero, descubría el mundo. Hoy eso es casi imposible, a menos que los padres sean inconcientes y muy laxos. La puerta de la casa, en suma, es la frontera entre la seguridad y el peligro, entre la tranquilidad y la zozobra. Por eso, los padres con un mínimo de precaución han, hemos, decidido atrincherar a los hijos pequeños y no tan pequeños en las paredes del hogar, para no estar luego lamentando ciertos descuidos.
De ahí proviene entonces la adicción a la pantalla. Los niños, los jóvenes de hoy, sin deporte y acaso con aburridos libros en casa no encuentran mejor opción que la tele o la computadora para emerger al mundo, para conocer lo que hay más allá del feudo familiar. Niños hay, lo sé, que han perdido prácticamente la capacidad de leer, en privado o en público, porque han pasado horas, días, años frente a pantallas que amoldaron sus cerebros a esfuerzos mínimos de concentración.
La violencia y la vida laboral actual provocan estragos que no se notan mucho, pero que están allí, minando desde sus cimientos el alma de la población. La sobredosis de tele y de internet, el abuso en el consumo de imágenes y sonidos facilones crea atrofias que luego los maestros no pueden enderezar en el salón de clases. Nuevamente, pues, el paquete mayor recae en los padres de familia, responsables más importantes de las deformaciones adquiridas por sus hijos y, también, los únicos que tal vez, con un esfuerzo titánico, casi como superhéroes, pueden hacer algo para que sus hijos no se vean secuestrados por la nana pantalla, por el ocio babeante de las caricaturas y los sitecoms.

viernes, febrero 12, 2010

En Acequias 50



La entrevista que aparece en el número 50 de Acequias. Gracias a Édgar, a Julio César Félix y a Héctor Acuña Nogueira, actual rector de la UIA Laguna:

Narrar sobre la estepa

José Édgar Salinas Uribe
o
Un comentario a propósito de cumplir 25 años de haber comenzado a publicar.
En efecto, publiqué por primera vez en un periódico el 9 de septiembre de 1984. Fueron unos poemas (los llamo así porque intentaban ser eso) y por supuesto tienen menos valor literario que testimonial. Con ellos, sin saberlo, comencé un trabajo de escritura y publicación que no se ha interrumpido durante un cuarto de siglo. Aquellos primeros brotes literarios me costaban mucho esfuerzo, pues no tenía antecedentes literarios en la familia, amigos lectores/escritores en mi entorno ni una carrera que apuntalara mi confianza. Es más, durante toda mi niñez y mi adolescencia carecí de una biblioteca inmediata, algo de lo cual agarrarme para observar modelos, aunque ahora que lo pienso tal vez eso me hizo bien, pues me dediqué a convivir con amigos, a trotar lúdicamente las calles de Gómez Palacio y asombrarme con el mundo sin premeditarlo. Como a los 16 o 17 años, lo he contado ya en un breve ensayo, comencé a reunir libros, a leer de acuerdo a un programa intuitivo que lo mismo apelaba a obras importantes que a textos baladíes. Solo, casi a ciegas, descubrí a Rulfo, Azuela, Ibargüengoitia, Arreola, Cervantes, Poe y Conan Doyle, quienes convivían con algunos libros de frases célebres y poesía sentimental de cuyos títulos no quiero acordarme. Aquel arranque fue guiado pues por el azar. Comencé, con escasos recursos económicos, a ser visitante asiduo de las pocas librerías de Torreón, todas ubicadas en el centro y sobre la Morelos: Faedo, Librolandia, De Cristal. Era 1981 u 82, más o menos. Como también leía periódicos, en ellos me enteraba de las novedades literarias. Por ejemplo, recuerdo cuando le dieron el Nobel a García Márquez. De inmediato fui a Librolandia y compré el librito más barato que había del colombiano: una edición de El coronel no tiene quién le escriba publicada por Oveja negra al que ya le habían puesto un brilloso pegote en la portada: “Premio Nobel 1982”. Tras unos años de lectura y escritura en la absoluta penumbra, conocí a Saúl Rosales y un día de 1994 me animé a mostrarle unos “poemas”. Quizá les vio algo, no sé, o tal vez por altruismo decidió hospedarlos en el suplemento La Opinión Cultural, que él coordinaba. Fue así, con cierta juvenil irresponsabilidad, como empecé a publicar.

Tu carrera inicia con la poesía y paulatinamente transita hacia la narrativa y el periodismo, ¿obligado o resultado de una decantación vocacional?
La poesía me gustó desde que comencé a reunir libros para mi biblioteca personal. También, como ya dije, intenté escribirla y hasta la publiqué. Hacia 1999 o poco después me convencí de lo obvio: cada vez que intento hacer versos asoma mucho su oreja la narrativa, la crónica, el relato, así que desistí: no más intentos de hacer versos. Sigo leyendo poesía, pero ya no la perpetro; me he resignado a verla pasar desde el balcón.

Eres un férreo defensor del cuento en una época donde es, quizá, el más olvidado de los géneros.
No recuerdo dónde escribí que inicié con el cuento, seguí con el cuento y terminaré con el cuento. El cuento fue lo primero que me asombró hasta los tuétanos. Gracias a Saúl Rosales llegué a Cortázar, y con el argentino recibí el shock cuentístico, la conciencia de que es uno de los géneros de ejecución más difícil. No hay escritor (Fuentes, Vargas Llosa, Benedetti, García Márquez, Borges) que no hayan opinado en ese sentido: el cuento, el cuento compacto y sin fisuras, es un lío, pues tiende a exigir algo imposible en literatura: perfección. Mientras el novelista o el poeta pueden imaginar —mientras crean— la totalidad de una obra con cierta relajación, el cuento demanda una concentración especial, un cuidado extremo de los detalles, lo que convierte el acto creativo en una especie de tortura. Eso fue lo que me gustó del cuento, la redondez que no abre cancha al desahogo. Luego supe, ya cuando había escrito muchos, que el cuento no era un género comercial, que nadie lo quería publicar, pero eso no me arredró, así que sigo creyendo en sus posibilidades, en su capacidad para condensar momentos, en su desafiante cuadratura.
o
Hay en una buena cantidad de tus obras una inclinación por narrar a La Laguna y sus personajes, ¿existe algún interés particular en esta cuestión?
Borges afirmó que durante algunos años se distrajo consultando diccionarios de argentinismos para escribir más “en argentino”. Poco después se dio cuenta de que ser argentino era en él inevitable, así que abandonó toda obligación de autoargentinizarse. Cuando leí eso me di cuenta de que La Laguna habitaba en mí de manera natural, que era suficiente haber nacido y crecido aquí para saber que algo, no sé qué ni cuánto, se me ha pegado del “ser lagunero”, si es que esa cosa existe. En mi obra quizá sean muy visibles los rasgos externos de la laguneridad: el polvo, el calor, la amplitud de las calles, la gastronomía, los regionalismos. Quiero suponer que hay otros rasgos más difusos, aquellos que atañen a la personalidad, al modo de ser, a la índole: la tosquedad, el trato abierto a lo fuereño, el machismo, el culto al trabajo que produce bienes, la admiración sin coto al éxito económico. Esa combinación de rasgos acaso puede dar una idea de lo que somos o de cómo somos. Sin embargo, a final de cuentas el retrato físico o espiritual de la región no es tan importante, pues hago literatura, no antropología.
o
De la mano de tu carrera como escritor está la de editor, con una vinculación íntima pero con prioridades y orientaciones diferentes, ¿qué criterio orienta tu trabajo como escritor y cuales la de editor?

Establezco un punto de entrada antes de responder: además de escribir literatura, he dado clases, talleres, edito y hago periodismo de opinión. Sólo la primera actividad es cien por ciento vocacional, personal, íntima. Las otras son coyunturales y alimenticias, aunque las aprecio mucho y no quiero abandonarlas. Lo que sucede es simple. A los veintitantos años advertí que para mantener una vida literaria en un lugar, La Laguna, que carece de vida literaria, era necesario trabajar en algo aledaño. Como no deseaba instalarme en chambas muy lejanas, elegí lo que estuviera más cerca de leer y escribir literatura, es decir, la docencia vinculada a las letras, el periodismo, la edición y los talleres. A eso he sumado las presentaciones de libros y las conferencias donde de vez en cuando trabajo con pago (de cada diez presentaciones, por ejemplo, dos o tres son módicamente cobradas y las restantes corresponden a mi SSI, o sea, a mi Servicio Social Ineludible). En cuanto al trabajo editorial, me queda claro que hay dos vertientes: la personal, en la que he procurado publicar a quienes creo que lo merecen, sobre todo a jóvenes. A muchos los he editado, los he prologado, los he revisado y hasta presentado. Me queda el orgullo de que quizá sólo Saúl Rosales ha llevado a más jóvenes que yo hacia las imprentas, y mi actuación en este caso es, llanamente, una especie de retribución a lo que él hizo: publicarme por primera vez. En agradecimiento, cuando veo obras valiosas de algún joven escritor no dudo en tratar de apoyarlo, al menos en escribir una reseña para alentar su esfuerzo. La otra vertiente es menos cálida: se trata de aquella en la que alguien quiere que le ayude con la edición de un libro y tiene el dinero para eso; es chamba nomás, aunque también la despacho con placer. Ahora bien, ¿qué criterio orienta mi escritura? No sé, tal vez el de tratar de no ser pesado ni pretencioso, el de buscar el humor, la ironía, la parodia, pero también la modesta heroicidad del hombre anónimo, sus frustraciones y sus luchas por no sucumbir en un mundo que necesariamente nos pone a todos en conflicto. Soy un escritor realista, pero eso no quiere decir que calque la realidad. Lo que escribo es una mezcla de recuerdos, sueños, charlas, lecturas e invenciones. El eje de todo eso es la palabra, el manejo conciente de la herramienta verbal. Luego de 25 años escribiendo creo saber que la prioridad de un escritor, trabaje con el género que trabaje, es el dominio de la palabra, su expresión.
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Eres protagonista del campo literario lagunero y, por ejemplo, en el tema de las revistas y suplementos literarios eres quizá quien más ha incidido para afianzar algunos proyectos, ¿cuál ha sido tu participación? ¿Qué balance haces acerca de las revistas y suplementos literarios regionales?
No me considero un conocedor profundo de la actividad literaria lagunera, pero a fuerza de andar en el desfile he convivido con una buena cantidad de escritores laguneros. De todos ellos tengo libros, a muchos los he presentado o reseñado, y en muchas revistas hemos compartido espacio. De hecho, creo contar con el archivo hemerográfico más amplio que haya en La Laguna de publicaciones culturales. Ya perdí el paso, pero al menos tengo bien documentado un periodo que abarca cerca de cincuenta años. Tengo colecciones completas o casi completas de revistas como Acción lagunera (1944), Cauce (1948), Nuevo Cauce (1965), Suma (década de los ochenta), y vigentes como La tolvanera, Acequias, Estepa del Nazas, por ejemplo; en algunas colaboré o colaboro, en otras nomás soy una especie de nómada-recolector. Perdí con tristeza mi colección de El Juglar (décadas de los ochenta-noventa), tabloide de la UAdeC que vivió muchos números, o el suplemento universitario Clase (década de los ochenta) de La Opinión. Ahora quienes editan revistas o suplementos son más cuidadosos y supongo que no es difícil hallar a alguien con la colección íntegra (puede ser en versión digital) de Siglo Nuevo, revista donde hay, entre otros materiales, aportes de escritores laguneros. También sería importante tener una colección completa de La Paloma Azul, revista literaria que publicó la Casa de la Cultura de Torreón. Mi balance sobre estas publicaciones es que todas, o su mayoría, surgieron gracias al entusiasmo de algunos pocos animadores culturales y que sería bienvenido, por ello, un apoyo institucional sostenido. El caso emblemático es, precisamente, Acequias, revista que ayudé a fundar y en la que colaboro desde siempre, como aquí mismo lo estoy haciendo.
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En tu opinión, ¿hay algo que caracterice a la literatura lagunera (la escrita por los laguneros)? Creo que no, y menos ahora. Los flujos de información que cada escritor recibe son muy diversos. Si a eso le sumamos la experiencia única de cada uno, el resultado es una compleja y saludable heterogeneidad. Hay, eso sí, algunas sintonías temáticas o tonales, como las que se dan entre escritores como Édgar Valencia y Gilberto Prado, o entre Vicente Alfonso y Miguel Báez, o entre Carlos Velázquez y Daniel Herrera, o entre Angélica López Gándara y Magda Madero, o entre Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez, o entre Miguel Ángel Morales y Carlos Reyes. Es muy difícil encontrar afinidades perfectas, pero hay algo de algunos escritores que de muy sutil manera llamea en otros.

Aluvión de gran cine



Me gusta el cine, pero no soy cinéfilo. Me gusta sobre todo el que lucha por sacudirse los cartabones estéticos de cierto cine facilista a la manera del que preponderantemente auspicia Hollywood. Y ojo con el adverbio terminado en mente: lo pongo en la frase para aclarar que más de una película de las que aparecen en la cartelera de toda la vida puede ser de vez en cuando excelente, distinta, original. Sin embargo, y este comentario es ya de kínder, sabemos que la mayoritaria producción californiana, que predomina en el mundo, hay que recordarlo, se ajusta a patrones architrillados. Tanto es así que a partir de su definición genérica uno sabe de antemano lo qué puede ver, incluido el final. Si es una “comedia romántica”, por ejemplo, luego de algunos avatares algo risibles el Amor triunfa y con mayúscula; sin es una nueva película para niños, un pollito (o un pececito, o un juguetito, o una hormiguita, o un lo que sea terminado en ito) será minusvalorado por quienes habitan en su entorno y al final, sin falla, el esfuerzo del personaje ninguneado lo reivindicará hasta convertirlo en héroe. Es lo mismo de lo mismo de lo mismo, el mundo cinematográfico a merced de fórmulas con sabor a sopa de vasito.
Con la Muestra Internacional de Cine número 51, que comenzó ayer, los laguneros tenemos de nuevo la oportunidad de acceder (o accesar, como dicen andrajosamente los seudoelegantes) a un menú de cintas que de antemano garantizan no sé si calidad en todos los casos, pero sí muchas sorpresas. Sorpresa, originalidad, apuesta nueva, exploración distinta, abordaje fresco, diversidad temática, exploración de mundos distintos, todos esos rasgos y sus afines son las que caracterizan no sólo al arte cinematográfico con genuino apetito estético, sino al arte en general, pues nada hay menos valioso que una obra que obedece sin chistar manuales de uso.
La Muestra, lo subrayo con marcador fosforescente, es un bufet de primer mundo servido en nuestra estepa de tolvaneras como la que veo por mi ventana mientras escribo estas palabras ayer miércoles 11 de febrero. Películas que han ganado premios en festivales, cintas que traen el respaldo de directores no necesariamente adictos a las maneras del imperio, son una promesa de diversión y reflexión, dividendos de una obra fílmica que también pueden ir de la mano cuando en los proyectos se conjugan las más altas potencias de la creatividad.
Organizada por la UIA Laguna desde hace añales y apoyada desde hace mucho por el Icocult Laguna, la Muestra ofrecerá una película diaria, en dos funciones, hasta el 27 de febrero; la sede es Cinépolis de Galerías, y no es apresurado insistir en la calidad de las películas, pues todas han sido seleccionadas por especialistas que suelen configurar un conjunto rico, multinacional y multitemático. Además de Torreón, la Muestra llega en Coahuila a Saltillo y Monclova también por iniciativa de la Ibero y el Icocult, lo que convierte a nuestra entidad en una de las pocas que en México brinda en tres ciudades tal lote de cintas. No es ocioso decir que además del DF, la Muestra anual llega asimismo a Aguascalientes, Querétaro, San Luis, Guanajuato, Xalapa, Villahermosa y Puebla, entre otras.
Para ver el menú completo de las películas hay que ir a la web de la UIA Laguna, pero casi me atrevo a decir que es innecesario, pues la cinta que toque cualquier día puede ser, sin hipérbole, una obra maestra. Vayan y comprueben que el cine no ha terminado de encontrar algo distinto y ser arte.

jueves, febrero 11, 2010

La maldición del enredo



Imaginemos que hay una, dos, tres, cuatro autoridades con deseos de cumplir con su responsabilidad en un caso criminal; imaginemos que hay dos, tres, cuatro comunicadores con deseos de difundir los resultados verdaderamente comprobados en ese mismo caso criminal. Imaginemos ahora a dos, tres, veinte, cuarenta autoridades que por cualquier razón (ineptitud, corrupción, desidia, miedo…) no cumplen con su responsabilidad para aclarar el mencionado caso criminal. Imaginemos por último que hay veinte, cuarenta, cien comunicadores que por sacar la nota suman hipótesis y chismes a la difusión masiva de susodicho caso etcétera. En México ganan los segundos, gana el enredo irresoluble por abrumadora mayoría.
A la corta o a la larga, no hay caso criminal chico ni grande que en México dé siquiera la sensación de claridad. Todas las investigaciones de los sucesos siniestros emiten opacidad, la idea de que son un enredo intragable, nudos ciegos sin final feliz posible, lo que a la postre asienta definitivamente una certeza de irresolución, la imposibilidad de que cuadre aunque sea sólo una vez el armazón de la justicia.
Digo casos chicos y grandes no en función del dolor, pues todos duelen. Al decir chicos me refiero a las tragedias (secuestros, asesinatos, robos) que padecen las personas sin reflectores, los ciudadanos de a pie, es decir, los desaguisados que no tienen esperanzas de convertirse en dinamos de la voracidad mediática. La expectativa de justicia en esos casos es casi nula, pues muy probablemente los expedientes se enreden en el kafkiano dédalo de los trámites atorados o perdidos aunque medie por allí un billete que de todos modos no garantiza la eficiencia, como lo ha podido comprobar la señora Isabel Miranda de Wallace, quien en su lucha por dar con el paradero de su hijo ha tenido que invertir millones y convertirse en experta investigadora. Pero sin reflectores ni dinero, que dios ampare a las víctimas, o que las consuele, pues lo más probable es que primero llegue la resignación que la esquiva o inencontrable justicia.
Con cartel, con fama, con dinero, con medios encima, con todo a favor para dar con los responsables de un delito, siempre falla algo y la tragedia deriva en madeja que más vale arrinconar en el olvido. Es el caso Cabañas. Confieso que las primeras indagaciones del suceso, lo que dijo el procurador Mancera en los noticieros, sumado al video de los sospechosos junto al baño del Bar Bar, me dejaron la ingenua sensación de que el asunto no tenía vuelta de hoja. A dos semanas del balazo aquel, tras el cúmulo de pistas, videos, declaraciones, especulaciones, mentiras, verdades, acusados, exculpados, dimes y diretes, he asumido la seguridad de que por todo México rondan las investigaciones al estilo Caso Colosio: al enredo inicial se suman enredos, y al enredo resultante se le trepan más y más, de suerte que en unos cuantos días el desciframiento del enigma resulta peor de complicado que la lectura de la piedra de Rosetta.
Ante esto, por la certeza de que la maldición del enredo se hace presente en todas partes, lo mejor que puede ocurrirnos es que no nos ocurra nada. Si no, sólo queda el camino de la resignación ya que el de la justicia está vedado.

miércoles, febrero 10, 2010

Escuincles en el aparador



Freudianamente planteado, hay dos temas en los que me pongo algo ripaldo cuando son vinculados a la niñez: la violencia y el sexo. Creo, en descargo de mi acusación contra mí mismo, que no pienso así por mochilez o conservadurismo, sino por puro instinto de protección a esa parte del grupo humano que por edad no tiene ni medianamente formado su criterio para distinguir entre lo que le conviene y lo que no. Explico.
Si algo me apena de la desigualdad social, es la indefensión de los niños y el futuro que se les abre (o se les cierra, más bien) a los pequeños que nacen en medio de la nada. Es monstruoso. Saber, por ejemplo, que en millones de estómagos y pieles y almas y ojos de millones y millones de niños no hay alimento o vestido o educación o un entorno sano que mirar me provoca rabia, tanta como saber que igual, por millones, se crean y afinan las condiciones de una violencia múltiple y aterradora. El resentimiento, las baterías de odio que se cargan en medio de espacios miserables son ya suficiente problema como para sumar más adeptos a la barbarie mediante el fomento de juegos electrónicos sangrientos o espectáculos como el toreo, donde el asunto eje es la muerte, aunque sus defensores digan que es el “arte”. Nomás por eso me parece que el reclamo para que ya no actúe en las plazas el niño torero Michelito es una cuestión que no debe ser ubicada sólo en el contexto de la tauromaquia, sino en toda aquella actividad que induzca el gusto o la abierta participación de niños en actos violentos. Negarse a que Michelito participe en corridas y sea un botín de su padre es negarse también, radicalmente, a que los niños sean involucrados y armados en guerras que no entienden, en mafias cuyos tuertos fines desconocen y, para acabar pronto, en todo aquello que añada ímpetus de violencia a quienes, se supone, debemos aislar de la bestialidad lo más que se pueda. La delincuencia no pide permiso, lo sé, para reclutar menores, pero podría ser un agravante de culpabilidad el hecho de sumar niños a una causa ilegal. Lo que sí podría ser definitivamente clausurado, por artificial y morboso, es el espacio para los niños en espectáculos como los toros. En términos de ejemplo, ¿qué le añade un niño torero a la visión de respeto por la naturaleza que ahora supuestamente fomentamos en la infancia? ¿Es un bello ejemplo que un niño mate toros? Si es así, ¿por qué no hay también niños canadienses que aniquilen focas o niños japoneses que cacen ballenas?
Eso en cuanto a la promoción de la muerte. Por otro lado, hay cada vez más casos de promoción forzada de la precocidad sexual en todo el mundo. Uno de ellos está sonando mucho en estos días. Julia Lira, de siete años apenas, está a punto de ser declarada reina del carnaval de Brasil. Por razones obvias, en un país con índices alarmantes de agresión sexual a niños no deja de ser lamentable que una niña encabece un desfile en el que, por tradición, han figurado como reinas unas beldades adultas llenas de curvas, provocativas y en más de una ocasión sin tapujos en las tetas. Julia, es verdad, no iría descubierta de esa forma, pero de todos modos el papel simbólico que representaría es de monarca de la sensualidad, lo que en el imaginario de los perversos será como un aval. Cuando tenga 18 años, que Julia decida. Mientras tanto, hay que protegerla, a ella y a todos los niños, de papeles que no le van a su brevísima edad.

domingo, febrero 07, 2010

Comer con Carlos Montemayor



El viernes en la noche presenté un libro de historia en Durango y eso me impidió estar, el sábado por la mañana, en la conferencia sobre historia, literatura y educación que ofreció Carlos Montemayor en el Teatro Alvarado de Gómez Palacio. En opinión de los que sí tuvieron ese gusto, las palabras del maestro Montemayor fueron, como es su costumbre, informadas y precisas, pensadas por una de las mentes mejor amuebladas de la literatura mexicana.
Conocido en los años recientes por sus cápsulas editoriales trasmitidas en el noticiero de López Dóriga, el maestro Montemayor es, por supuesto, mucho más que un intelectual que aparece a cuadro en horario triple A. Se trata de uno de esos pocos, contadísimos escritores mexicanos que han ramificado sus intereses hacia rutas que en apariencia parecen demasiado divergentes, pero que gracias a la vocación y al trabajo pueden coincidir en una sola inteligencia. En efecto, Montemayor es novelista, cuentista, poeta, ensayista, articulista, traductor, académico de la lengua y conferencista. Autor, entre otros, de las novelas Guerra en el paraíso, Las armas del alba y La fuga, todas vinculadas temáticamente a luchas guerrilleras mexicanas, ha publicado también cuentos (Las llaves de Urgell, Cuentos gnósticos) y varios libros de poesía (Las armas del viento, Abril y otros poemas). En cuanto a premios, ganó ya el Xavier Villaurrutia y el Juan Rulfo de París. Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y políglota con dominio del inglés, italiano, francés, griego y latín. Colaborador en varios periódicos y revistas del país, nació en 1947 en Parral, Chihuahua, y radica desde hace muchos años en el DF. El año pasado ganó el premio nacional en el área de Literatura y Lingüística.
A este personaje es al que no pude escuchar ayer en el Alvarado, pero sí en la comida que le fue ofrecida en Torreón. De parte de los organizadores recibí la deferencia, aclaro que inmerecida, de ser ubicado junto al maestro Montemayor, lo que sin duda es un honor y un desafío, pues la conversación se ve forzada, ante tamaño personaje, a no ser vacua. Ayudó a mi distensión un detalle que valoro: como nos vimos hace un par de años y hace como seis conversamos en una cena, el maestro Montemayor me recibió con un gesto de generosa camaradería y charlamos, creo, gratamente.
Por esas extrañas razones que tiene la conversación no programada, en pocos minutos quedó sobre la mesa un tema fijo: Ciudad Juárez. El maestro Montemayor trajo a propósito una frase que también habla muy bien de él: que procura estar al tanto y no distanciarse nunca de su estado natal. Por eso, cuando el municipio fronterizo saltó a la plática, Carlos Montemayor bordó una explicación llena de datos y precisa pese a su espontaneidad. Con su ritmo de voz pausado, atento a los matices de la palabra y cuidadoso del sentido de todo lo que va diciendo, el escritor chihuahuense comentó que durante muchos años Juárez ha sufrido un flujo aleatorio y constante de migrantes mexicanos y centroamericanos; entre todos ellos han configurado, señaló, al menos cuarenta comunidades de grupos migrantes, lo que nos da idea de la mezcolanza de orígenes y los problemas que eso, por sí mismo, acarrea.
No lo cito textualmente, pero retuve en papelitos algunos comentarios sobre un tema que conoce al dedillo dado que además de sus labores académicas, o como parte de ellas, se ha especializado en el estudio de grupos vulnerables mexicanos, sobre todo indígenas. Observó pues que tras el levantamiento armado del EZLN en Chipas, el gobierno federal descargó en aquella entidad una sobredosis de recursos que, pese al desorden y a lo artificioso del suministro, ayudó a paliar los graves problemas económicos de la región. En contraste, Ciudad Juárez ha padecido una desatención brutal, de suerte que la construcción de su hospital más reciente, por ejemplo, data de hace 25 años. Es, pues, un municipio que ha recibido un flujo migratorio descomunal sin la respuesta urgente que eso demanda: los recursos provenientes de la federación. En otros términos, el caos de Juárez se explica por el olvido al que lo han sometido los gobiernos, principalmente el federal y, en el caso de la presente administración, por la peculiar forma en la que Calderón entiende la guerra contra el narco: sin una visión integral que ayude verdaderamente a terminar con el problema de la violencia..
Le pregunté al maestro Montemayor lo que, en este escenario, vislumbraba para el porvenir de Juárez. Tristemente, no es optimista, pues insiste en que los remedios están quedando muy rabones ante el tamaño de la enfermedad. Aunque parezca increíble e imposible, el gran escritor chihuahuense ve para la ciudad fronteriza un “deterioro mayor”. No lo dice alegre, es obvio, y nomás por eso me atrevo a soñar que se equivoque, lo cual no deja de ser eso: un simple sueño personal frente a la solidez de las evidencias que coloca sobre la conversación el escritor y académico Carlos Montemayor.
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Nota del 28 de febrero de 2010. Ha muerto hoy el maestro Montemayor. En mi columna del 7 de febrero no añadí un comentario: le pregunté si asistiría al V Congreso Internacional de la Lengua Española a celebrarse del 2 al 5 de marzo de 2010 en Valparaíso, Chile, dado que yo ya estaba acreditado como periodista y allá nos podíamos ver de nuevo. Me respondió: "Lo estoy pensando todavía, no le he decidido". Lejos, lejísimos estaba yo de saber que el maestro Montemayor padecía una enfermedad grave y que tres semanas después los sorprendería la muerte. Hoy, 28 de febrero, recibo pues dos noticias: la relacionada con el deceso del escritor chihuahuense y la suspensión, por el lamentable terremoto, del V Congreso Internacional de la Lengua Española.

sábado, febrero 06, 2010

Futbol de letras



Por varios lados, con una ubicuidad pasmosa, he recibido una convocatoria que según puedo apreciar caminará con más velocidad que Garrincha en sus mejores tiempos. Se trata de un certamen que muy oportunamente convida a la participación de escritores con habilidad para la gambeta cuentística. En efecto, el Club de Futbol Pachuca, la Universidad del Futbol y Ciencias del Deporte, Gamesa y Editorial A Leer/IBBY México han ideado un trampolín para que en este año de mundial no sólo hablan las palabras dichas y las imágenes, sino también las escritas, las literarias.
Que yo recuerde, hay muchos antecedentes de cuentos futboleros. Los más famosos son los compilados por Jorge Valdano, el campeón del mundo argentino, para la editorial Alfaguara. El ex jugador, directivo y periodista reunió allí muchos relatos sobre balompié con una nómina de firmas que dan fácilmente para asombrarse de que tantos buenos escritores le hayan dedicado tiempo a un tema que desde siempre ha sido considerado frívolo desde la alta cultura. Pero Benedetti, Cortázar, Fontanarrosa, Galeano, Ribeyro, Villoro y muchos más alguna vez han trotado por la cancha de papel y han anotado excelentes cuentos.
Tras la convocatoria mencionada presiento que se avecina una avalancha de cuentistas futboleros. No quisiera estar en el pellejo de los jurados, pues de seguro tendrán que elegir los tres primeros lugares entre una maraña enorme de trabajos.
Y cómo no, si las bases suenan harto jugosas. Traigo aquí las más importantes por una razón simple: sé que un tema así de popular y un concurso así de llamativo moverán a muchos que no escriben a escribir. Eso, en sí, es una ganancia, pues tras ese experimento quizá algunos que jamás han escrito se den cuenta de que, si abordan un tema conocido, su prosa no sólo no desluce, sino que puede acaso hasta brillar.
Las bases especifican, entre otros detalles, los siguientes: 1. La presente convocatoria tiene carácter nacional y podrán participar todos los escritores que residan en la República Mexicana. (…) 3. Los interesados deberán enviar un cuento inédito, dirigido a jóvenes, escrito en castellano y cuyo tema sea el futbol. La extensión mínima es de 3 y la máxima de 12 cuartillas. 4. Los trabajos se presentarán por triplicado, en hoja tamaño carta por una sola cara, a doble espacio, mecanografiados o en computadora y en un sobre rotulado con los siguientes datos: nombre del concurso, título del cuento y seudónimo del autor. Dentro deberá incluirse otro sobre cerrado, de menor tamaño, que contenga la plica o datos de identificación: nombre completo del concursante, domicilio que especifique calle, colonia, ciudad, estado, código postal, teléfono y correo electrónico; este sobre también deberá rotularse con el título del cuento y el seudónimo del autor. (…) 6. Se otorgarán los siguientes premios: Primer lugar: $100,000.00 (Cien mil pesos 00/100 M.N.) y diploma. Segundo lugar: $50,000.00 (Cincuenta mil pesos 00/100 M.N.) y diploma. Tercer lugar: $25,000.00 (Veinticinco mil pesos 00/100 M.N.) y diploma. Menciones honoríficas con derecho a diploma. Los cuentos ganadores serán publicados por Editorial CIDCLI. 7. La fecha de cierre de esta convocatoria es el 28 de febrero de 2010. Convocatoria completa en http://www.ibbymexico.org.mx/.

Cambio de vía



Los dolorosos sucesos del fin de semana han puesto en un predicamento, como nunca en este sexenio, al gobierno federal. Cierto que han sido muchas y muy variadas las formas del horror que como espectáculo siniestro hemos visto en el actual sexenio, pero lo ocurrido en Juárez y en Torreón casi simultáneamente son ya un hito del sexenio por más que Felipe Calderón mire hacia otro lado. Distintas voces se han pronunciado, por ello, a favor de un cambio radical en la política seguida por el calderonato para acabar, según él, con la enfermedad del narco.
El replanteamiento que viene, si es que viene un replanteamiento, ofrece cuatro salidas al feo túnel en el que fuimos metidos a la fuerza sólo para legitimar, mediante argumentos de plomo, a un gobierno que nació con fórceps y muy poco reconocido por la ciudadanía que en los hechos nunca perdonó el “haiga sido como haiga sido”. Más allá del pecado original vinculado a las urnas del 2006, el calderonato ha actuado a sus anchas y tras los acontecimientos del domingo está en la obligación de escuchar, ahora sí, el grito angustiado de la gente.
Muchos legisladores y analistas han declarado ya la urgencia de cambiar la ruta del combate al crimen organizado. Otros, menos quizá, se declaran a favor de la suspensión de las hostilidades hasta que no se tenga una garantía plena de victoria frente a la fuerza y la ferocidad de la delincuencia. El segundo camino es imposible de seguir, pues sería una declaración abierta de derrota que lamentablemente sólo conviene al bando criminal, no al gobierno ni a la ciudadanía.
Los derroteros a seguir, por tanto, son cuatro:
1. Continuar igual la llamada guerra contra el narcotráfico. Esta posibilidad asegura lo que ya hemos visto: palos de ciego que en el revoltijo ayuno de estrategia dan como resultado un ritmo sostenido y creciente de muertos por todas partes y de todos los frentes, esto con picos elevadísimos como los dos graficados el pasado fin de semana.
2. Agudizar la intensidad de la guerra bajo el mismo esquema desarrollado hasta hoy. El ritmo ascendente del número de muertos es una prueba irrefutable de que la lucha, tal y como ha sido emprendida, sólo abona muertes y desgaste. Incrementar la dureza de las medidas en el mismo sentido en el que van sólo escalaría el problema hacia una, perdón por el ingrato y lamentable neologismo, juarización del país.
3. Suspender la guerra. Como ya dije, sería un harakiri que por obvio es absolutamente inviable. De hecho, a estas alturas no conviene a nadie, menos a los Estados Unidos, país que ve con beneplácito el preservación de una guerra que sólo deja muertos de este lado del río Bravo.
4. Modificar el esquema de la guerra. No se trata sólo de bajar la intensidad de las hostilidades, sino de orientar mejor el sentido de la lucha y acompañarlo con medidas constructivas, no represivas. Dado que en el fondo es un problema económico, el rigor en el uso de la fuerza es lo de menos si no se apareja con la creación de oportunidades para los jóvenes, no sólo para los que ya se han involucrado en actos delictivos y caen presos, sino, igualmente o más, para aquellos que están en riesgo permanente de enredarse con la telaraña.
Es borroso el futuro de la mentada guerra. Lo definitivo es que no puede seguir así, pues hay mexicanos caídos por todos lados y es absurdo pensar que unos duelen y otros no.

Imagen del profesor Lazalde



Voy de vez en cuando al café del hotel Calvete y allí reencuentro amigos con los que converso feliz. Uno de ellos es Nacho Lazalde. Hace unos días quedé de verme en ese lugar con Silvestre Faya Romero, otro excelente amigo. Por él me enteré, tarde ya, que había muerto el profesor Lazalde, padre de Nacho. Le pedí por ello a Silvestre una evocación para recordar en este espacio al profesor Lazalde y dar un pésame a su familia. Debo decir, de paso, que yo lo traté varias veces, pero sólo como comprador asiduo de libros en sus bien surtidas librerías. Emotivamente, Silvestre escribió:
Conocí al profesor Francisco Javier Lazalde Alcalá en 1975, cuando el Iscytac organizó una serie de presentaciones de música clásica en el Casino de La Laguna. Acudí con el deseo de escuchar a los diferentes artistas que durante varios domingos se presentaron en ese sitio. Ahí lo vi. Su rostro enmarcaba una gran sonrisa y un entusiasmo que me contagió de inmediato. Le escuché hablar sobre el sistema nervioso, los clásicos griegos, Unamuno y Ramón y Cajal. En ese preciso instante decidí estudiar psicología clínica. Mi vocación profesional quedó marcada por su influencia. Era imposible resistirse al encanto del maestro que ponía la vida en cada una de sus cátedras. La descripción acuciosa y detallada sobre el sistema nervioso y la influencia poderosa de la educación sobre éste, desataron en mí la necesidad de investigar de manera constante. El descubrimiento de mi enorme ignorancia siempre fue subsanado por la palabra de aliento, la sonrisa franca y a veces burlona del profesor Lazalde. Tuve la buena fortuna de compartir con su hija Rocío la misma carrera y como psicólogos disfrutamos del eterno desafío que se vive en el área clínica psicológica. Nuestra estancia en el Hospital Civil B de Gómez Palacio conformó nuestra visión profesional y cimentó nuestra metodología clínica.
El profesor Lazalde poseía una manera única para sacar lo mejor de sus alumnos; los desafiaba. Siendo el mayor de sus admiradores siempre busqué ser reconocido por él y ser acogido bajo su ala protectora. Le agradezco a Dios y a la vida que él que lo hiciera siempre. ¿Qué definió la influencia del profesor Lazalde en mi vida?
Su inteligencia portentosa al conducir a sus alumnos por los laberintos intrincados del cerebro humano; su insistencia en el desarrollo de la persona frente a la cultura; pues igual nos llevo de la mano de Unamuno, Gregorio Marañón, que la vida y obra de Santiago Ramón y Cajal.
Era un hombre con letras mayúsculas y alma de niño. Contemplar el universo a través de la visión lazaldiana siempre fue un gran deleite. Recuerdo sus disertaciones sobre el Cristo de Velazquez y su nunca cansada insistencia en el desarrollo de los valores universales del bien, la verdad y la belleza. El 9 de junio de 2005 la ONG “Amor al Ser Humano” le entregó el reconocimiento “Extraordinaria Calidad Humana”.
Admiro el amor que siempre derramó a su alrededor y la abnegada devoción por su esposa, con quien mantuvo una relación extraordinaria hasta el último aliento. El pasado 21 de enero de 2010 este mundo perdió a un hombre que supo sembrar la esperanza en la humanidad y forjar con nuestro esfuerzo una mejor generación de seres humanos. Para su familia y para las generaciones que abrevamos de esa fuente de sabiduría y amor, mi más sentido pésame.
Maestro: no le digo adiós, sino hasta pronto.