miércoles, setiembre 30, 2009

Acequias 49


o
Una felicitación a la UIA Laguna, con énfasis en Édgar Salinas Uribe y Julio César Félix, por el nuevo número de Acequias, el 49 ya y en camino hacia el 50. Fregón.

Futbol sin fronteras



El domingo 27 de septiembre fue un día importante en la historia del futbol profesional en La Laguna y no sé si de México. Como primera prueba para comprobar si la gente se comporta y al fin queda definitivamente decidido cómo resolverán esto en el nuevo estadio, el partido del 27 contra Pachuca fue jugado sin malla que separa cancha y jugadores de afición. Sin temor a errar, pues fui testigo del experimento, aquello logró satisfacer las expectativas de cualquier autoridad, incluso de la más rigurosa. Todos, tanto los confiados y los escépticos, vimos que no había ningún problema, que los laguneros podemos atender un espectáculo de los que enardecen sin incurrir en salvajismos.
Según sé, lo que se desea con esta medida se relaciona con la visibilidad. No creo que sea lo más importante, pues de manera más o menos relajada, sin clavarme, sospecho que el espectáculo se ve igual con o sin malla. O casi igual, si me permiten ese “casi” algo forzado. No hay, pues, gran diferencia en el aspecto visual, y como prueba arguyo que nadie, o muy pocos, reparaba en la malla como elemento intrusivo hasta que comenzó a ventilarse el deseo de quitarla.
El asunto va por otro rumbo, entonces. Mi interpretación del caso transita por los predios de lo simbólico. La malla no estorba tanto la visibilidad como la idea del contacto directo que los aficionados tienen con los jugadores. Sin el obstáculo, el público siente que ahora sí no hay fronteras jerarquizadoras, que entre los jugadores y los espectadores puede entablarse, por fin, una comunicación más estrecha, casi como la que hay en la vía pública donde todos nos topamos con todos y allí nos saludamos. En ese sentido, se crea la ilusión (he ahí lo simbólico del caso) de que un espacio privado (la cancha) se convierte en espacio público, en territorio donde todos se igualan, donde se diluyen las jerarquías entre los héroes y sus seguidores. Por supuesto, insisto, que es sólo una ilusión, pues un ejército de mastodontes vestidos con playerita negra estaba apostado alrededor del foso, y era la valla humana que servía para mantener quieto cualquier ímpetu semiborracho que quisiera pasarse de lanza y saltar campante al terreno de juego.
La decisión de eliminar la valla es, como podemos apreciar, una medida que servirá para probar la civilidad de los laguneros en el caso específico del futbol profesional, espectáculo que con frecuencia ha dado ejemplos de agresividad tan destemplada que ni los obstáculos contienen al aficionado que ha extraviado los estribos. No quisiera expandir mi conclusión a los demás ámbitos de la vida en comunidad, es decir, no siento como pertinente afirmar que accedemos a otro plano de sociabilidad por el sólo hecho de que los aficionados no brincan al terreno aunque no haya una cerca que los reprima. Es un modesto adelanto en la historia de nuestro comportamiento en grupo, pero de eso a creer que ya somos Suecia hay un gran paso.
No sé por qué, pero cuando supe que eliminarían la valla para experimentar, sospeché que nada iba a pasar. Sigo pensando lo mismo. Creo conocer —intuitivamente, pero conocer al fin— la mentalidad del lagunero estándar, y sé que lo suyo no es propasarse y perder la razón hasta llegar a conductas cavernícolas. Hay una especie de vocación por el respeto de la alteridad y un tenue sentido de desapego que lo lleva a no tomarse demasiado en serio lo que sólo tiene implicaciones emocionales. Un lagunero podría pelear por dinero, por bienes materiales, no tanto por símbolos o ideas, por emociones. La gente de la estepa es pragmática: no se bate si no le va nada contante y sonante en ello. Por eso creí, y sigo creyendo, que la gente respetará (pienso sobre todo en la raza brava de sol, la más temible en este caso) y que en el nuevo estadio no habrá necesidad de más fronteras que las establecidas por el respeto a la convivencia pública.

Galería santista 4





























domingo, setiembre 27, 2009

Constelación de cuentos oníricos



La vida puede ser comparada con las dos consabidas caras de una moneda: por un lado, la vigilia, el tiempo en el que suponemos habitar los espacios de la razón; por el otro, el sueño, aquel territorio ingobernable en el que somos todo lo posible. Con esta moneda juega literariamente Marisa Iturriaga Rivas, escritora lagunera radicada en Dunkerque, ciudad ubicada en la punta norte de Francia, a unos milímetros de Londres en el mapa, en la frontera con Bélgica, casi como si geográficamente fuera la Ciudad Juárez francesa.
Cada que nos visita, Iturriaga Rivas está afincando la buena costumbre de traernos un libro nuevo. El anterior al que esta noche nos reúne fue Reflejos, poemario que tuve la suerte de presentar junto con ella en el Archivo Histórico Eduardo Guerra, eso en 2003. Ahora, cinco años luego, Marisa Iturriaga nos sorprende con su faceta de narradora al traernos Constelación de sueños, racimo de nueve cuentos cuyas historias proponen la alquimia de la “realidad” (que en literatura siempre debemos entrecomillar) y el onirismo.
Luego, pues, de dos tentativas poéticas, Iturriaga Rivas da un paso al costado para arar en el terreno de la ficción narrativa. No hay en esto, sin embargo, una renuncia a su quehacer poético; antes bien, las historias de Constelación de sueños se ven apuntaladas en un flujo prosístico que en muchos momentos contiene el tinte implícito (o a veces explícito, como en los epígrafes que aderezan abundantemente cada historia) de la poesía que es, sin duda, un género al que le resulta muy difícil declinar.
Editado por Felou, Constelación de sueños abre con un prólogo de Angelina Hernández Escobedo, quien apela a los grandes apellidos (Freud, Jung, Bretón) relacionados con el estudio de los sueños para explicar el registro del libro que presenta: “Para Freud y Jung los sueños son el camino real, la vía regia al inconsciente que nos permite ver las cosas con una perspectiva diferente y abarcar la totalidad de nuestra experiencia, esto es, todos los sentimientos y emociones, tanto los reconocidos como los no reconocidos”. Esa totalidad de la experiencia es la que Marisa Iturriaga intenta abarcar en sus relatos. Lo hace en cada pieza, al mezclar en estructuras lúdicas los dos planos: el real (que no deja de ser también irreal, al ser literario) y el onírico. El resultado es un zigzag, una oscilación entre realidad y fantasía dentro de cada historia relatada.
La pendulación de la que hablo infunde un clima espectral a todo el libro. Nunca sabemos si los personajes son de carne y hueso, por llamarlos de algún modo, o sueños de otros personajes. Por eso digo que, como en un cuadro de Rene Magrite, ignoramos si el lienzo es extensión del mar o el mar es extensión del lienzo. Igual, entonces, en los cuentos de Iturriaga Rivas no sabemos bien a bien si los sueños son un alargamiento deformado de la realidad o la realidad es un apéndice de la ensoñación. Para el caso es lo mismo: el lienzo de Magrite, que es la página de Iturriaga, contiene por igual ambos flancos: el verdadero y el ficticio.
En “Alicia en el país de los desencantos”, por ejemplo, la dipsomanía lleva a la aniquilación moral del personaje protagónico, quien observa con horror la condición de piltrafa en la que ha quedado. El sueño es, aquí, una tabla de salvación, el pórtico de ingreso a una redención que ya resulta imposible alcanzar en la realidad.
“Entre quimeras y realidades”, cuento que me parece muy bien trabado, anuncia desde su título el eje del asunto. Como algunos de Cortázar, simula contar dos historias paralelas que casi nos aseguramos confluirán al final. Es decir, el plano de la suicida que inaugura el relato amaga con ser el de la eficiente dictaminadora de una editorial, quien a su vez escribe sus propias narraciones. El hilo de la emoción se tensa, rasgo apreciable en todo cuento, y, cuando esperamos lo peor, el cuento nos aplica el mazazo de una sorpresa que recuerda el valor quimérico de la literatura.
Hay siempre en Marisa Iturriaga una mirada cálida para sus personajes. Por más que los coloque en situaciones extremas, recurrentemente localiza el ingrediente mediante el cual sus creaturas se alimentan, crecen y se fugan hacia estadios de dicha. Los sueños, en este caso, son ventana al optimismo, espacios de liberación. Si la realidad es opresiva, asfixiante, la ensoñación ofrece una inabarcable cancha para la liberación. Esto se nota claramente en un cuento como “Hijo de la noche”, donde la ruda circunstancia de un niño arrojado al vacío del abandono, un niño expósito, crece no con rencor, sino alimentado con el sueño de reconstruir una casa frente al mar. Ni un golpe de la suerte es capaz de hacer que el personaje narrador, el “hijo de la noche”, haga un viraje en su propósito de edificar una bella casa de madera donde sólo queda ruina.
Hay un recurso inusual y diseminado en todo Constelación de sueños. Aludí a él hace algunos párrafos. Se trata de epígrafes colocados en ciertas transiciones de cada cuento, versos que condensan la acción, que explican poéticamente el sentido de alguna peripecia o el valor de un hecho. Es inusual, digo, porque si bien hallamos epígrafes en el arranque de un sinnúmero de textos de todos los géneros, no es común que tales acápites aparezcan como encabezamiento de los cuadros que articulan el cuerpo de un relato. Al lector le tocará juzgar sobre la pertinencia de esos añadidos que, por otra parte, siempre tienen un ostensible timbre poético, como si los versos fueran la mejor manera de resumir las vicisitudes de la existencia humana.
Constelación de sueños es un libro de apariencia sencilla, pero insisto en su densidad. No podía ser de otra manera en el caso de estos textos que avanzan en la maraña siempre apretada que configuran lo vivido y lo soñado. Nosotros mismos, si observamos con detenimiento, llevamos dobles vidas, un amasijo de existencias: la real, esta que sentimos aquí, y la otra, esa que nos espera apenas colocamos la sien sobre la almohada. No sé cuál es más real. Quizá leyendo Constelación de sueños comprobemos que hemos vivido equivocados: que la realidad de los sueños es más nuestra que la otra, tan atada a tantas anclas.
Felicidades a Marisa Iturriaga y que siga adelante, en Dunkerque o donde sea, su abundante producción de sueños. (Texto leído en la presentación de Constelación de sueños celebrada el 30 de julio de 2009 en la librería Gandhi de Torreón. Participamos Angelina Hernández Escobedo, la autora y yo).

sábado, setiembre 26, 2009

AC-DC, cambio por dolor



Tras muchísimos años (cerca de treinta) sin saber nada sobre él, he recuperado la amistad de Armando Mier Gutre, compañero de la secundaria. Gracias a internet pudo localizarme y yo, a su vez, tener noticias sobre sus peculiares andanzas. Luego de los tres años en los que convivimos dentro de las aulas, Armando viajó a la ciudad de México, donde hizo la prepa y la carrera. Después, sin más, abrazó su máxima pasión: el trotamundismo, lo que determinó su primer viaje al extranjero. Estuvo en Francia, en Polonia y finalmente en Finlandia, donde desarrolló un gran conocimiento de la lengua nativa. Posteriormente pasó a Austria, tuvo una brevísima estancia en Rumania y al final se estableció durante una larga temporada en Hungría, donde también aprendió los secretos del idioma local. Fue allí donde conoció, me informa, al maestro Lazlo Skltürtğkjc, quien diseñó el método motivacional que paso a describir.
A diferencia de los otros procedimientos usados para despertar a los modorros, el método del profesor Skltürtğkjc no apela, digámoslo así, a las caricias, sino al dolor. En efecto, el curioso procedimiento podría ser denominado, en español, AC-DC, lo que vendría a significar “Activación del Cambio por medio del Dolor y el Coraje”. Así pues, en lugar de motivar a las personas con discursos convencionales del tipo “tú puedes”, “siempre sonríe y la fuerza estará contigo”, “sé líder”, “busca la excelencia”, “vence los obstáculos”, “suéñate mejor cada día”, “nadie hará por ti lo que tú no hagas” y todo eso, el profesor Skltürtğkjc ha diseñado planteamientos que basan en la agresión el ideal de transformar al hombre, de mejorarlo.
El método, por supuesto, está sólidamente apoyado en una teoría. Según el profesor Skltürtğkjc, la evolución del hombre se ha cimentado sustancialmente en la agresión. Esto significa, observa, que desde su aparición sobre la tierra, el ser humano ha convivido con la hostilidad: de los elementos, de las fieras, de la incertidumbre y, principalmente, del propio ser humano. No han sido caricias, entonces, las que han estimulado el progreso de la humanidad, sino lo contrario: adversidades de todo signo, riesgos, insultos de la naturaleza, persecuciones de las bestias y permanentes luchas entre los hombres que han sido los más feroces lobos de los mismos hombres.
El profesor húngaro desprende de esa noción todo su método motivacional. Señala que los procedimientos “blandos” (así los denomina) no logran influir de manera determinante en el cambio del ser humano, dado que todo hombre tiene cierta información “arcaico-genético-espiritual” que se niega a aceptar los cambios si antes no hay una presión o una determinada forma de hostilidad. Por ello, el diseño del método AC-DC es tan extraño y en apariencia inviable. El profesor Skltürtğkjc lo ha expuesto en un cuadernillo escrito en húngaro, pero todavía no volcado al castellano. En esa tarea se ha involucrado mi ex condiscípulo Mier, quien me ha hecho algunos generosos adelantos de su trabajo. Hemos acordado que, cuando la versión en español esté lista, me encargará un prólogo, lo que acepté no sin algunos titubeos. Mi vacilación se fundamenta en que, sea cual sea el método, no creo en los cambios abruptos, en los “inspiradores” o “motivadores” o “merolicos del alma” que ahora abundan y repudio. Pero algo diferente, creo, muestra el profesor Skltürtğkjc, así que por lo pronto acepté fungir como potencial prologuista de su método en nuestro país.
Sé que las explicaciones no bastan para aclarar el asunto. Doy, pues, un brevísimo ejemplo. Para motivar a un empresario arruinado, dice: “Será imposible que hagas algo bueno en los negocios, animal. Estás condenado a la mediocridad, todo te saldrá mal. Convéncete: eres un pobre diablo, un fracasado. Abandona tus proyectos y ya, despídete del éxito con el que tanto has soñado inútilmente”. Según el profesor Skltürtğkjc, no hay empresario que no despierte con ese amargo tónico. Me declaro incompetente para asegurarlo.

viernes, setiembre 25, 2009

León de la gente



La Opinión publicó ayer, en su muy concurrido “Templete”, lo siguiente: “Que en el caso de Jesús de León llama la atención que entre sus propuestas de campaña tenga la distribución de monederos y el lema de ‘cerca de la gente’. Peligrosamente parecido a la oferta del gobierno moreirista que hasta agua de la gente distribuía. El punto es: ¿no hay más creatividad en el equipo de campaña de Chuy de León?”. Es una lectura diferente sobre una campaña en cuyo propósito yo vi, más que falta de creatividad, una intención peculiar que tal vez no le granjeará buenos resultados al candidato panista. Quizá tenga falta de creatividad, en efecto, pero no por copiarlo (que copiarlo fue deliberado), sino por creer que copiándolo va a lograr algo.
A diferencia de las que mantuvo Guillermo Anaya con Enrique Martínez, es bien sabido que las relaciones entre José Ángel Pérez y Humberto Moreira se han tensado en diferentes momentos, sobre todo con la controversia provocada por la Secretaría de Desarrollo Regional. Para enfatizar que Jesús de León no aspira a la alcaldía con ánimo pendenciero, e incluso para no agitar más el avispero saltillense, la campaña de Jesús de León insinuó desde su arranque una especie de respetuosa caravana a la figura del Ejecutivo estatal. Los primeros anuncios del panista cerraban con un mensaje que parecía desconcertante; eran aquellos en los que se hacía de De León una breve semblanza (estudió en la UAdeC, está felizmente casado, fue diputado y apareció como tacle en la ominosa foto de Calderón tomando protesta, etcétera) y al final decía, con su imagen a cuadro, que juntos, con nuestro gobernador y nuestro presidente de la república, sacaremos adelante a Torreón (no cito textualmente, pues ese espot ya no está al aire y no lo hallé en YouTube). El caso es que la campaña del panista aludía positivamente al gobernador, lo que para cualquier analista podía tener al menos tres interpretaciones: a) De León no quiere dar la imagen de rijoso y sale desde el arranque mostrando respeto a la figura de Moreira; b) De León se sabe en desventaja y no quiere exacerbar los posibles enconos del gobernador; y c) Al saber de antemano que sus posibilidades de triunfo son muy bajas, De León hace un anticipado coqueteo al gobernador. Me voy por una mezcla de las posibilidades a y b, aunque sé que en ocasiones las razones de la polaca son inescrutables.
La confirmación de que no era casual el guiño al góber vino un poco después, cuando el candidato panista a la alcaldía de Torreón hizo correr el eslogan “cerca de la gente”. Se trata, por supuesto, de un clarísimo calco a la idea favorita del actual gobierno coahuilense, tan claro que no se puede pensar en pobreza imaginativa o en descuido, sino en un proyecto de campaña intencional que al parecer se la pasará guiñando el ojito al gobernador. No estoy en medio de la refriega, así que las razones que puedo dar al respecto no pasarán de ser meras conjeturas. Lo que sí puedo notar es que, arraigada la noción de que todo lo relacionado con “la gente” (textual) es parte del gobierno de Moreira, tal vez el panismo local busca conseguir desesperados votos a partir de la confusión, a partir de que la gente no alcance a saber bien a bien de quién es el rollo de “la gente”. Otro resultado es el que, sospecho, ha caminado con mayor fuerza: que hay pobreza imaginativa en el equipo de campaña blanquiazul, que están plagiando con descaro las fórmulas retóricas de la propaganda moreirista. En resumidas cuentas, hay un dividendo confuso tras la capirotada política que no deja ver con fidelidad el objetivo de la campaña clonada que ha emprendido el rugidor (que no regidor) Jesús de León Tello; su fiereza sólo se ha manifestado con tibios rasguños a los varios chapulinatos ejercidos con denuedo por Eduardo Olmos, su contrincante.
Hasta un periódico ha sacado ya el aspirante del PAN local; su nombre no podría ser menos anómalo en el actual contexto coahuilense: El periódico de la Gente, se llama. Es predominante verdirrojo (como priísta) y en ningún lugar muestra el logo del PAN. Vaya que la campaña de De León es todo un desafío para la semiótica. Ignoro a qué demonios le está tirando.

jueves, setiembre 24, 2009

Números enchilados



En nuestro querido código ranchero el color rojo, cuando es de veras rojo, rojo encendido, no suele ser llamado rojo, sino enchilado. Así, enchilados, enchiladísimos, son los números obtenidos por una encuesta de El Universal sobre libros y escritores. Si le concedemos alguna verdad a los resultados que nos proporciona ese ejercicio demoscópico, sin duda estamos para llorar como sociedad sin vocación lectora, y sin duda también han fracasado con estrépito las campañas y los programas educativos de fomento a la lectura, tanto los escolares promovidos por la SEP como los “instrumentados” (esta palabra de seudocaché suele ser usada por los políticos no lectores) desde las instancias culturales. El único consuelo que me queda (muy tonto, por cierto) es que la encuesta, como muchas otras, tal vez no contiene datos absolutamente verdaderos, que los entrevistadores y/o los entrevistados sólo han tropezado por una zancadilla del azar. Pero insisto: es un espejismo que me invento ahora para no sentir que vivimos en un Sahara de lectores.
Es tan pobre la información libresca de los mexicanos que hasta los encuestadores presentaron mal sus resultados: “Textos como ‘Código da Vinci’ y ‘100 años de soledad’ fueron mencionados también por los mexicanos encuestados, aunque 4% de ellos erró al señalar que el escritor Gabriel García Márquez (colombiano) es mexicano”. Primero, no es “Código…”, sino “El código…”, con artículo inicial; y, segundo, no es “100 años…”, sino “Cien años…”, con letra. Eso sin considerar que los títulos de libros no van entre comillas, sino en itálicas.
La encuesta fue aplicada vía telefónica a 500 personas mayores de 18 años y de los 32 estados. Su confiabilidad, dice, es del 95%, y tiene un margen de error de +/- 4.5%. Con esta advertencia, los datos obtenidos mueven a compasión. A la pregunta “¿Cuál es el libro más conocido?”, la Biblia alcanzó el 17%, seguido por Harry Potter (10%), el Quijote (5%), El código da Vinci (4%), No lee (3%), Cien años de soledad (3%), Juventud en éxtasis (2%) y una larga fila de obras con el 1%. Puesto que la pregunta sólo pide el título de un libro, es claro el peso de la mercadotecnia ha colocado al mago inglés sólo un 7% debajo del libro por antonomasia. El No contestó obtuvo un 33%.
La segunda pregunta no es menos entristecedora: “¿Quién considera usted que es el escritor mexicano más conocido?”. Ganó Octavio Paz, con 20%, aunque supongo que de conocerlo de nombre a leerlo hay un gran trecho; luego siguen, empatados con 4%, los escritores Carlos Cuauhtémoc Sánchez y Gabriel García Márquez, uno de los cuales es también filósofo e injustamente no ha recibido el Nobel. Juan Rulfo aparece con 3%, Neruda con 2%, Ninguno (escritor a quien sinceramente no conozco) figura con 2%, Carlos Fuentes con 2% y No contestó consiguió un poderoso 56%.
De nuevo Octavio Paz ganó en la última pregunta: “¿Y el escritor mundial más conocido?”. El Nobel mexicano consiguió el 6%, seguido por el mexicanizado García Márquez con 5%, J.K. Rowling con 3%, Paulo Coelho con 2%, Shakaspeare con 2%, y con 1% Cervantes de Saavedra (¡sic!), Pablo Neruda, Ernest Hemingway, Stephen King, Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa. Otras menciones obtuvo 6% y No contestó arrasó con 69%.
Como podemos apreciar, son preguntas más fáciles que las de El rival más débil, pero con todo y eso el público pujó para decir algo, lo que fuera. La razón de esa dificultad radica en la pobre o nula convivencia que el mexicano tiene con el libro, instrumento de suyo liberador, pero ajeno a los intereses de la raza nostra sometida a la dictadura de la tele. Al ver los resultados de la encuesta, no podemos sino pensar en ese otro desastre, en ese otro déficit: el de la imaginación y el conocimiento que detonan gracias a los libros. La lectura arroja en nuestro país, por ello, números pavorosamente enchilados.

miércoles, setiembre 23, 2009

Palabras en la punta



Ya casi ni volteo hacia ellas, por monótonas dentro de su hueca escandalera. Me refiero a las campañas políticas que además de la cumbia y el vinil gigante, apelan a las incorrecciones gramaticales para difundir sus productos, en este caso llamados candidatos. La del PAN local, por ejemplo, usa una frase coloquial para exaltar no sé si la ferocidad o algo así de su aspirante a la alcaldía: “¡Ya rugiste León!”. Son tres míseras palabras, un campo de acción lo suficientemente estrecho como para que el mensaje sea perfecto. Pero no, le falta la coma luego del verbo, como cuando decimos “Ella está triste, Juan” o “¿Cómo estás, Gorda”. La explicación gramatical es simple: todo vocativo va precedido de coma, entre comas o después de coma, como en estos ejemplos: “¡Ya rugiste, León!”, o “Ya rugiste, León, ganaremos!”, o “¡León, ya rugiste!”. Pero qué pasa: hacen viniles y calcomanías y jamás reparan en la limpieza del minúsculo discurso en el que basarán la grandeza política del señor candidato.
Lo mismo pasa en la campaña del PRI. Una de sus frases critica la campaña de la actual administración panista, y para propinarle el pellizco han dado con la frase subliminal “Rescatemos Torreón” (la original del panismo joseangelista es “Trasformemos Torreón”). Si la gramática no se equivoca, le falta allí una preposición, dado que “Torreón” es un nombre propio y pasaría lo mismo si dijéramos erróneamente “Rescatemos María”. Así como rescatamos “a” María, igual debemos recatar “a” Torreón.
La escritura es una selva llena de peligros. Con frecuencia comento que al escribir hay tantas posibilidades de error como teclazos damos, eso independientemente del contenido que de igual forma nos pone en el precipicio de los disparates. Siempre digo, además y como cura en salud, que al escribir dos cuartillas y media de golpe, como en este texto, uno puede tropezar, sin duda, pues poco más de dos cuartillas hacen cerca de cuatro mil caracteres, es decir, aproximadamente cuatro mil posibilidades de regarla. Ya podemos imaginar entonces lo que es una novela. De eso desprendo, precisamente, que un eslogan es nada, que un lema es nada, que una leyenda propagandística es nada como para caer en errores, lo que no sólo habla mal de los candidatos, sino de la fauna de diseñadores gráficos que se preocupan mucho del color y de la textura (en el mejor de los casos), pero muy poco o nada del texto que llevaran los carteles, los viniles y las calcomanías.
Quería hablar de un libro titulado La punta de la lengua, de Alex Grijelmo, pero me fui por otra ruta, aunque por el mismo rumbo del descuido verbal. Como a veces me piden información relacionada con curiosidades lingüísticas, creo que este libro de Grijelmo es el más accesible de los varios que ya lleva tratando asuntos vinculados con nuestra lengua, entre ellos Defensa apasionada del idioma español, tal vez su obra más famosa. La punta de la lengua es un libro inteligente y divertido, además de que puede ser leído a saltos. Seccionado en doce partes, cada una contiene un tipo específico de palabras: administrativismos, politiquismos, periodistismos, avionismos, cancionismos, anglicismos y galicismos, clonaciones, de todo un poco, otros desacuerdos con el nuevo diccionario, neologismos aceptables y un diccionario de palabras moribundas. Dije que es divertido y eso lo enfatiza el mismo subtítulo: “Críticas con humor sobre el idioma y el Diccionario”. Por su origen, el libro contiene muchas voces de empleo exclusivamente español (o sea, de España), pero son una minoría, así que el libro es atractivo para un lector situado de este lado del charco. Por su popularidad, los “cancionismos” (o sea, los errores encontrados en letras de canciones) configuran uno de los apartados más risueños. Y cómo no: las canciones son una fuente inagotable de defectos gramaticales, un bufet para los interesados en la caza de disparates. Bueno, también las campañas políticas, como ya vimos.

domingo, setiembre 20, 2009

Film con propina



Nunca ha resbalado de mi memoria la inmortal secuencia en la que los maleantes discuten casi filosóficamente el tema de las propinas en la película Perros de reserva (1992), de Quentin Tarantino. Son tipos duros, se dedican a robar, y a diferencia de lo que ocurre con otros tipos duros en otras películas con tipos duros, los de Tarantino suelen discutir minucias de la vida cotidiana, tal y como las discute todo mundo a toda hora. Los sujetos son presentados por el orquestador del atraco, quien les pone motes cromáticos para evitar que alguno suelte la sopa en caso de que sea capturado por la policía. Terminan de comer y llega el momento de pagar. Es aquí donde se da el diálogo que atiza el Señor Rosa personificado por el fregonazo Steve Buscemi (he copiado ese debate de una web; creo que es sustancialmente fiel a lo que propone el film en inglés; añadí en corchetes el nombre de los actores):
“JOE [Lawrence Tierney, quien es el cabecilla]: Bueno, yo me ocupo de la cuenta, y ustedes de la propina. Un dólar cada uno. Y tú, cuando vuelva quiero mi agenda.
SEÑOR BLANCO [Hervey Keitel]: Lo siento, ahora es mía.
JOE: He cambiado de idea. Pégale un tiro a esta mierda.
EDDIE [Chris Penn]: Bueno, todos a aflojar la propina para la señorita. Vamos, suelta un dólar.
SEÑOR ROSA [Steve Buscemi]: Ah, no doy propinas.
EDDIE: ¿No das propinas?
SEÑOR ROSA: No, no creo en eso.
EDDIE: ¿No crees en dar propinas?
SEÑOR AZUL [Edward Bunker]: ¿Sabes lo que ganan esas chicas? Una mierda.
SEÑOR ROSA: No jodas, si no ganan bastante... pueden renunciar.
EDDIE: Ni un puto judío tendría huevos para decir eso. Bueno, a ver si me aclaro. ¿Tú nunca dejas propina?
SEÑOR ROSA: Aunque esté bien visto, no me siento obligado a hacerlo. De acuerdo, si alguien se lo merece, si se esfuerza, doy algo extra, pero dar propina porque sí, por costumbre, no va conmigo. ¡Es de idiotas! Al fin y al cabo sólo están haciendo su trabajo.
SEÑOR AZUL: La chica es simpática.
SEÑOR ROSA: No está mal. Pero tampoco es nada especial.
SEÑOR AZUL: ¿Qué querías, que te la chupara debajo de la mesa?
EDDIE: Yo por eso daría una buena propina.
SEÑOR ROSA: Oye, he pedido un café, ¿no? Llevamos aquí bastante tiempo y sólo me ha llenado la taza tres veces. Cuando pido un café quiero que me sirvan seis veces.
SEÑOR RUBIO [Michael Madsen]: Seis veces… Bueno, ¿y si está demasiado ocupada?
SEÑOR ROSA: Ocupada no debería estar en el vocabulario de una buena camarera.
EDDIE: Disculpe, Señor Rosa, lo último que necesita es otro café. Lo pone muy nervioso.
SEÑOR ROSA: Venga ya, estas mujeres no están muertas de hambre. Cobran el salario mínimo. Yo también trabajé así, cobrando eso, pero entonces no tuve la suerte de que alguien me diera propina.
SEÑOR AZUL: ¿No te preocupa que para vivir necesiten tus propinas?
SEÑOR ROSA: ¿Sabes qué es esto? El único violín del mundo que escuchan las camareras.
SEÑOR BLANCO: No tienes ni idea de lo que estás diciendo. Esta gente se rompe el culo. Es un trabajo duro.
SEÑOR ROSA: Y trabajar en McDonald también, pero a ellos no les dejas propina. ¿Por qué no? Te sirven igual, pero no, la sociedad dice: ‘No dejes propina a estos, sin embargo dásela a aquellos hijos de puta’.
SEÑOR BLANCO: La hostelería es la mayor ocupación de las mujeres sin cualificación y sin estudios de este país. Es el único trabajo que cualquier mujer puede hacer para ganarse la vida. Y la base son las propinas.
SEÑOR ROSA: Que les den por el culo. Siento mucho que el gobierno les haga pagar impuestos, pero qué vamos a hacer, no es culpa mía. Además, para qué tanto lío. Las camareras no son las únicas a las que el gobierno jode por costumbre. Mira, si me presentas un escrito protestando para que no lo hagan, lo firmaré, votaría en contra de ello… (…)
SEÑOR NARANJA [Tim Roth]: Me ha convencido. Devuélveme mi dólar.
EDDIE: ¡Eh! Deja ahí el dinero.
JOE: Bueno, señores, es hora de irse. Un momento… ¿quién no ha puesto?
SEÑOR NARANJA: El Señor Rosa.
JOE: ¿El Señor Rosa? ¿Por qué no?
SEÑOR NARANJA: Nunca deja.
JOE: ¿Nunca deja propina? ¿Por qué no dejas nunca?
SEÑOR NARANJA: No cree en eso.
JOE: ¡Cállate! ¿Cómo es que no crees en eso? ¡Vamos, suelta un dólar, maldito tacaño! Te he pagado el desayuno.
SEÑOR ROSA: Bueno, está bien, como me has invitado pagaré, pero normalmente no lo hago.
JOE: Me da igual lo que hagas normalmente, tú suelta un puto dólar como todos los demás. ¡Gracias!”
Sobre lo mismo, acabo de leer que está en debate un proyecto de ley que pretende hacer obligatorio un diez por ciento de propina al consumo gastronómico en Argentina. Los que están en contra dicen que con eso se desnaturalizaría el sentido de ese “extra”, que es una voluntaria gratificación al buen servicio, lo que a la postre es un “adicional” al sueldo. Por mi parte, nunca he entendido bien el asunto de las propinas. Quisiera, claro, que no hubiera necesidad de dar propinas, pero para que eso ocurra es necesario que mejoren los salarios. Lo más extraño es que en los restaurantes la propina se enjareta casi de cajón, como ley no escrita. ¿Acaso los meseros tienen más necesidad que los taxistas o lo plomeros o las mucamas o los lavacoches? El de la propina es un acto que me sigue pareciendo enigmático. No sé a quién se le ocurrió y por qué nomás se maneja como dogma en los restaurantes. Si lo pensamos bien, es muy raro, tan raro como todo lo que nos rodea.

sábado, setiembre 19, 2009

Todos somos Juanito



Es cierto que con dinero baila el perro. También con dinero bailan el gato, el chivo, la guacamaya, el rinoceronte, la cebra, el cerdo y toda la fauna doméstica o salvaje que queramos añadir. El dinero es entonces el punto de inflexión para todos (o casi casi todos), la vara mágica que con sus toques milagrosos convierte la ética en plastilina. Juanito, en este sentido, ejemplifica a la perfección lo que cualquier mexicano estándar haría a la hora de ver por sus intereses. Lo primero es el hueso, la ganancia personal, el placer de mamar las ubérrimas tetas del presupuesto y no vivir en el error ni en el horror de la pobreza. Después de asegurar eso, a la gáver todo lo demás.
Trato de no afirmar con ligereza. Baso mi hipótesis de que lamentablemente todos somos Juanito no sólo en Juanito, sino en los cientos de Juanitos grandes y pequeños que he conocido o los miles sobre los que he leído y que sin necesidad de traicionar al juanítico estilo ruñen buenos huesos y son capaces de seguir ruñéndolos aunque pasen encima de sus mismísimas madres. Con el hueso no se juega ni se regatea, esa parece ser la moraleja del caso Juanito, triste paradigma del instinto mexicano de supervivencia y salvación.
Como digo, he visto Juanitos por doquier. No son casos idénticos, por supuesto, pero para efectos de este apunte diré que a mi juicio es un típico Juanito quien ocupa espacios mañosamente lucrativos y no los deja ni a mentadas. El caso extremo, claro, es el de la traición al modo de Rafael Acosta, pero hay casos intermedios que se le asemejan: obtener con palancas un puesto burocrático, conseguir un permiso chueco para hacer negocios, ganar un contrato con marrullerías, lograr a la mala una zona de exclusividad, alcanzar un puesto político, todo ello muestra cuán jodida es la moral al momento de ganarse en México el pan (un pan que es metáfora de pan, inmuebles, vehículos, ahorros y demás lujos). Pero estaba en que todos somos Juanito y cuando digo esto pienso en lo que cotidianamente hago, que es platicar con la gente sobre “la situación del país”. Por razones obvias, los taxistas son referencia obligada si hablamos sobre conversaciones forjadas al vapor, nomás por platicar. Como no hay tema para la charla, con frecuencia los choferes expresan su opinión sobre el clima (“Qué calorón, edá”), o sobre la inseguridad (“No, yo ya no taxeo en la madrugada, está bien cabrón”). Ante tales escenarios monotemáticos, he decidido indagar, sin que se note, sus pareceres sobre la realidad del país. Invariablemente llegamos al mismo charco: México está muy mal, y eso por culpa de tanto méndigo ratero, de tanto canijo político o servidor público que nomás usa el puesto para su beneficio. Luego de que los escucho, los imagino detrás de una corbata o debajo de una guayabera, y pienso: ¿en qué se diferencia el de la voz del canijo político que nomás usa el puesto para su beneficio? Sólo en un detalle: en que uno anda en el taxi y el otro, por la razón que sea, gracias a mi padre dios fue a parar en un sitio donde hay plata a carretadas. En esencia son el mismo sujeto, tienen la misma mentalidad, y si el taxista fuera, digamos, funcionario de Pemex o diputado, los taxistas lo definirían como méndigo ratero y etcétera.
Juanito, en resumen, probó el poder y la disponibilidad de recursos, y qué dijo: pues adiós a la lealtad, al demonio con las poses y véngache pa’cá el bendito presupuesto. Es decir, derivó en lo que derivaría, como suele expresar la seudoestadística, el 99.99% de los mexicanos.
Yo mismo me sé débil y tal vez, si me lo dispararan, no aguantaría un obregonista cañonazo. Tras hacer esta afirmación, ya sé, los fariseos se pondrán en guardia para luego lanzar acusaciones de blandenguería y corruptibilidad, como si tuvieran idiosincrasia de finlandeses. Aunque sé que en esto no hay justificación que valga, lo único que me consuela es que usaría mi cañonazo para leer y escribir, no para andar haciendo más maldades. Con una, la de aceptar lo que casi todos aceptarían, basta.

viernes, setiembre 18, 2009

Peluche de Ale Guzmán



Estoy en un café releyendo las profundas obras completas del filósofo Paulo Coelho y me desconcentra el audio del televisor. El mesero ha subido el volumen a una nota de cierto programa chirinolero que hace las delicias del amable televidente mexicano a eso de las seis de la tarde. Según el locutor y según la imagen, Alejandra Guzmán se presentó en el teatro del pueblo de la feria zacatecana y allí amarró a Adal Ramones en una silla preparada ex profeso para concelebrar una rutina cómica-teibológica-musical.
En efecto, la hija de Enrique Guzmán y Silvia Pinal aparece con una minifalda untada a su sinuoso cuerpo. Ya está un poco tamaloncita, pero conserva las curvas suficientes y bien tonificadas como para alborotar la hormona del exigente público trailero. La Guzmán usa unas botas de cuero negro que le llegan hasta los muslos, lo que enfatiza su aspecto zorruno. Fálico micrófono en mano, la rockera canta y poco a poco se desplaza hacia la silla donde, como víctima de una chica sádica, la espera atado el sonriente/nervioso ex conductor de Otro rollo. La cantante llega entonces a la silla y se trepa perniabiertota a las antebraceras, de suerte que queda parada frente a Adal, quien mira cerca de su rostro el caderamen de la Guzmán. Es allí donde ocurre lo más pelangocho: la chica, con un sublime y ascendente movimiento de cintura desliza su área púbica por la cara de un Ramones que ve pasar demasiado cerca, casi hasta rozarle la nariz, un objeto volador sí identificado, es decir, un peluche sólo cubierto, y eso acaso, por alguna tanga más pequeña que la lealtad de Juanito. Acto seguido, la cantante se abre más de ancas y apoya sus pliegues íntimos en la mollera de Adal, víctima/beneficiario de los pecaminosos arrejuntamientos que prodiga el pescado zarandeado de quien interpreta el hit “Hacer el amor con otro”.
Luego de esos meneos, Alejandra procedió, igualmente cachonda, a propinar el mismo show a un caballero del público que también fue amarrado para que gozara la dinámica sadomasocas. Allí corta la escena y pasamos a la sección editorial del programa. Las conductoras lucen ataviadas a la usanza dizque mexicana, con trenzas, vestidos chillones y atuendos de charra, dado que era día de la independencia. Una de ellas expresa que ese espectáculo se lo avienta la Guzmán en todas partes, y otra le reclama que una cosa es el palenque (o sea, el lugar donde son organizadas peleas de gallos y conciertos populares, no el sinónimo coloquial de la palabra “palo” que a su vez es sinónimo coloquial del ayuntamiento cárnico) y otra muy distinta es la feria del pueblo donde, se supone, van familias con niños y todo eso. Una de las conductoras concluyó que las mamás que fueron con sus pequeñines de seguro no quedaron muy contentas con el performance de la Guzmán, menos en un lugar y en una hora en la que toda la gente está xavierlopezchabelescamente “en familia”. De hecho, poco antes de que la rockera apareciera en escena, los espectadores de Zacatecas tuvieron un rato de sano esparcimiento con Chabelo, así que, señalaron, el horno no estaba para bizcochos.
Lo que en todo caso llama la atención es la bicéfala moral de programas como esos. Se jalan de los pelos por una rutina seudoteibolera presentada en una feria a donde asiste público de todas las edades y no hay ninguna alarma por las escenas de sexo y violencia que, para toda la familia, son difundidas todos los días en todos los horarios. El error de la Guzmán es haberse mostrado en público, como si igualmente no fueran públicas las poco recatadas situaciones que ven (y forman el gusto) de millones de niños en todo el país e incluso fuera de él.
Nunca he comprendido bien a bien el discurso esquizofrénico de las televisoras. Critican una escena sexosa y muestran miles; ayudan a las personas con capacidades especiales (como les llaman ahora) y por otro lado se ríen de ellas. Quién las entiende.

jueves, setiembre 17, 2009

Regreso a la prehistoria



¿Qué le ofrece nuestro país a un joven, digamos, de entre 13 a 18 años? Me hago esa pregunta y recuerdo la archisobada sentencia motivacional de John F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”. Nacidos en barriadas sin ley o en poblados miserables, millones de jóvenes no tienen la oportunidad de conocer el lindo pensamiento del ex presidente norteamericano, y, si lo oyen o lo leen en alguna parte, su formación no da para que entiendan de retuécanos cívicos. Además, si llegan a entenderlo, ¿qué pueden dar si nada tienen? La frase de Kennedy, pues, adquiere sentido en la burguesía que, acodada en las oportunidades que ha tenido, se crea una idea más o menos noble de la responsabilidad social y puede “dar” algo a su patria. Los desheredados, cuando lo son de veras, como tantos hay en México, no pueden dar lo que no tienen, ni siquiera el afecto a la patria que suponemos inherente a todo hombre. No: el civismo es un valor aprendido, una convención que pasa por la atmósfera educativa creada en la familia, en la escuela y en el grupo social donde se mueve el individuo, de suerte que al faltar o relajarse esos espacios (familia, escuela, barrio o colonia) se diluye el sentido de amor por el país. Por más que lo queramos, pues, un joven sin oportunidades y con una formación “valoral” débil o ausente, no piensa qué dar a su país, sino qué diablos puede hacer para obtener algo que compense las carencias o desahogue el cochino resentimiento.
Me pongo muy acá, supuesta y acaso fallidamente sociológico, porque acabo de leer otra noticia proveniente de Juárez: ocho sujetos con pavoroso armamento ingresaron al Centro de Rehabilitación Vida, A.C., ejecutaron a diez personas y dejaron heridas a tres. Según los primeros datos, siete de los diez muertos eran jóvenes internos en proceso de recuperación por adicciones; los otros tres caídos fueron el encargado del centro, el médico y una mujer. Por supuesto, esta nueva masacre recuerda la del 2 de septiembre pasado en la que un comando entró al Centro de Rehabilitación Casa Aliviane y ejecutó a 18 jóvenes; las autoridades señalaron que se trató de un ataque de exterminio entre bandas rivales.
El escenario, por ello, pinta tenebroso para quienes por cualquier razón no nacen en un ambiente más o menos sano y llegan a la adolescencia enviciados por las drogas y/o vinculados a las bandas criminales. Con un promedio de quince años, los jóvenes ejecutados son los hijos de quienes nacieron en la transición lopezportillista-delamadridista. En otras palabras, son los hijos de los hijos de miles de mexicanos que abrieron sus ojos a la vida cuando el neoliberalismo comenzó a hacer de las suyas en nuestro país. Hoy, los pobres se han multiplicado, la falta de oportunidades rasca altísimos registros y el sistema de regulación de jóvenes sin futuro es, como en un mecanismo de pistones, la aniquilación entre ellos mismos. Como en el fenómeno de las maras, se ha perdido el sentido de patria o de comunidad para descender al de clan, al de clica que en el feroz sálvese quien pueda vehicula sus actos de agresión no al poder que empobrece y humilla, sino al hermano que es víctima de las mismas enfermedades sociales.
Con notable ingenuidad algunos creen que la insatisfacción y la crítica de muchos (me cuento entre ellos) va encaminada al régimen actual cuya punta tiene el apellido Calderón. Eso es falso: el asco aflora ante un poder y un modo de ejercerlo que provienen de varios sexenios atrás, porque han cambiado los nombres, la sigla y los colores del partido gobernante, pero se han mantenido en lo sustancial los candados al bienestar de las más gruesas capas de la población. Allí los jóvenes, cuando al fin saben quiénes son, se dan cuenta, sin reflexionarlo muy a fondo, que habitan en las ruinas. Proceden luego, sin remedio, a la brutalidad, a matar o morir, así de simple y terrible, como en la prehistoria.

Medalla Magdalena Mondragón



Medalla Magdalena Mondragón que confiere el rango de ciudadano distinguido en el área de cultura; fue concedida unánimemente por el cabildo deTorreón en septiembre de 2009. La ceremonia se llevó a cabo en el Teatro Isauro Martínez el 15 de septiembre de 2009.

miércoles, setiembre 16, 2009

Galería santista 3


















o








Té de manzanilla



Tal vez otros tengan una opinión más optimista, pero hasta el momento, tres años después de iniciada, la “guerra” contra el narco se encuentra en las mismas condiciones. Cifras más, cifras menos, el número de cárteles y efectivos del crimen organizado es prácticamente el mismo, de suerte que el gigantesco despliegue del aparato de seguridad no ha servido para lo sustancial: frenar el negocio y/o acabar con las ejecuciones. La falta de buenos resultados quizá se deba a que fue un asunto más mediático que pertinente, lo que a la larga puede resultar, incluso, más peligroso. Si tras la embestida del estado mexicano no se ha hecho real mella a los grupos que controlan el tráfico, el mensaje para la tropa y las policías es desmoralizador.
Mucho se insistió, desde el principio de esa política de confrontación, que no era prudente ni legal sacar al ejército a las calles y que más que redadas y patrullajes era urgente una mejor labor de inteligencia. Quienes opinaron eso, creo, tenían razón. Por un lado, con métodos más sutiles podían ser atacados objetivos precisos, a diferencia de la cacería desgreñada que sólo ha dado la impresión de exhibir en las calles a los guardianes del orden, pero sin que hayan obtenido resultados contundentes y de verdad extirpatorios del poderoso mal al que se enfrentan. Cierto que, según las noticias, han caído algunos capos, han sido desmantelados algunos megalaboratorios y han sido decomisados varios kilos de droga, pero de eso a que el problema haya disminuido un ápice hay una distancia muy grande. El problema sigue allí, tan campante como en el amanecer del sexenio corriente.
Una prueba irrecusable de que la táctica choquista dio pábulo a los medios, pero no ayudó a la salud de la República, es lo que fue informado ayer sobre la salida de mil efectivos militares de Ciudad Juárez. El problema de la delincuencia es tan hondo que no puede ser abatido con represión o tratamientos cosméticos. Ciudad Juárez, paradigma de los males estructurales mexicanos, no bajó sustancialmente sus índices de violencia con los patrullajes y la casi ubicua presencia militar. Hace dos semanas hubo incluso un día que rompió el récord mexicano de ejecutados, lo que contribuyó a que Chihuahua tuviera cuarenta muertos con violencia en una sola jornada.
Uno de los argumentos esgrimidos para justificar el ataque frontal a la delincuencia es el número de capturas y de bajas sufridas por el enemigo. Son frecuentes incluso los mensajes propagandísticos que dan nombres y hasta apodos de los integrantes de cárteles ya capturados, eso para convencer a la población de que lo invertido en la “guerra” ha dejado buenos dividendos. ¿Es lógico que la baja de un mando de la delincuencia deje vacía o acéfala su función? Tal vez sí, pero sólo por un instante, ya que de inmediato la vacante es ocupada por el integrante inmediato inferior, casi como si fuera un juego de reacomodos que no tendrá fin, pues el diseño actual de la sociedad abre al extremo el ámbito delictivo como área de oportunidad para muchos que se la quieran jugar. Hay, como escribí hace relativamente poco, un ejército nacional de reserva para los cárteles, un mundo de personas que, independientemente de su extracción social, aspira tener más y, si el caso es desesperado, con facilidad llenen huecos dejados por los que van cayendo o por los que son atrapados. Y así hasta no acabar.
La moraleja es, entonces, la misma: más allá de los polémicos gravámenes o de los supuestamente saludables recortes a la burocracia, ¿qué se está haciendo para frenar la precipitación al vacío de la economía nacional? ¿En materia de lucha contra la delincuencia hay algún plan B o C o D cuando por fin el plan A termine por mostrar que sirvió para nada o para muy poco? México requiere cirugía mayor, pero desde hace 25 años lo estamos queriendo curar con té de manzanilla.

domingo, setiembre 13, 2009

Ni hablal: alabanza de Pérez Prado



Pido que me lean con el monitor puesto en este video de YouTube; así empieza: “Sí, un ritmo nuevo creado por Pérez Prado para regocijo de todos, un ritmo distinto, formado por los elementos más primitivos y sencillos de la naturaleza que excita e incita a la alegría y a la danza. Vamos con él de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, hasta los lugares más apartados de la tierra pregonando nuestra idea con el propio ejemplo del mambo, y veremos que hasta los esquimales acabarán por ser felices bailando al son del mambo”. Con estas palabras resume el locutor lo que propuso Dámaso Pérez Prado en los cincuenta: un ritmo que atravesará todas las fronteras y hará felices hasta a los esquimales. Supongo que el mambo no llegó a tanto, pues aquí y en Alaska el ser humano sigue siendo desdichado; pese a ello, hasta la fecha creo que Pérez Prado, alias el Caraefoca, hizo casi lo que quiso con la gente nocturna, la gente que goza del baile y del alcohol, es decir, con casi todos. Recuerdo ahora al inventor del mambo porque mañana 14 de septiembre cumple veinte años de muerto y desde siempre su ritmo me trasmite una emoción especial, pese a que me considero una roca en materia de baile.
El video del que he tomado las palabras sobre la grandeza internacional del mambo es un buen ejemplo de lo que hizo Pérez Prado, el Stravinsky del Caribe. Empieza pues con el elogio ya transcrito y sigue con la aparición casi imperial, en contrapicado, del mero rey, el Caraefoca que porta un traje claro, de solapas amplias y pañuelito medio salido en el bolsillo, paradigma todo él de la elegancia que buscaron siempre muchos bohemios antillanos. Así, lujoso y mandón, Pérez Prado da la primera orden a su orchestra. El tema es “José”, y arranca con un suave ritmo de bongoes al que se suman, en escala ascendente, saxes graves y agudos, trombones, trompetas, lo que provoca una atmósfera de sensual frenesí al inicio de la pieza. Luego viene un diabólico solo de trompeta, y de inmediato el coro con la escasa letra: “José, tú tienes la bemba colorá”, que es como decir que José tiene labios gruesos, que es un negro “bembón” (jetón), como en el poema de Nicolás Guillén. Aparecen entonces unas bailarinas buenísimas y calzonudas, rellenitas, de esas mujeres de más antes; todas emprenden un meneo cadencioso y apegado al oleaje que marcan los bongoes y las trompetas. Es en ese momento cuando surge como milagro la figura esbelta de Resortes, quien entra bailando cual ondulante anguila detrás de una güerota bien sabrosa. Es allí donde el video se eleva al cielo: al hechizo de las estridencias perezpratenses, Resortes añade algunos movimientos colocados impecablemente sobre el ritmo; habilita incluso el pasito en cámara phantom que muchos años después haría famoso Michael Jackson, el del caminante de la luna. Don Adalberto lo ejecuta sin avanzar, caminando sin retroceder, y es una delicia admirar sus calcetines blancos en movimiento, igualitos a los que luego usaría el llamado rey del pop, lo que incluye por supuesto el pantalón de brincacharcos.
Ese video muestra el portento que fue, que es, la música de Pérez Prado, y de paso nos ilustra la catadura que Resortes tuvo como bailarín. Pero estoy en el cubano, quien nació en Matanzas hacia 1916 y murió en la ciudad de México en 1989. Como a otros de su época, lo aprecio sin poses y ahora es muy grato verlo cuantas veces quiera gracias al adelanto del YouTube. Antes, mucho antes de que el internet nos diera esta alivianadota, tuve a Pérez Prado en casetes de Peerles, y nunca olvidaré el homenaje que le rindió Vargas Llosa en Los cachorros, la genial novelita que narra los avatares de la hombría con sintaxis quebrantada (por el punto de vista oscilante entre la primera y la tercera personas del plural): “… por lo que dábamos cualquier cosa era una fiesta con discos de Pérez Prado y permiso de la dueña de la casa para fumar. (…) Cuando Pérez Prado llegó a Lima con su orquesta, fuimos a esperarlo a la Córpac, y Cuéllar, a ver quién se aventaba como yo, consiguió abrirse paso entre la multitud, llegó hasta él, lo cogió del saco y le gritó: ‘¡Rey del mambo!’. Pérez Prado le sonrió y también me dio la mano, les juro, y le firmó su álbum de autógrafos, miren. Lo siguieron, confundidos en la caravana de hinchas, en el auto de Boby Lozano, hasta la plaza San Martín y a pesar de la prohibición del arzobispo y de las advertencias de los Hermanos del Colegio Champagnat, fuimos a la plaza de Ancho, a Tribuna de Sol, a ver el campeonato nacional de mambo. Cada noche, en casa de Cuéllar, ponían Radio El Sol y escuchábamos, frenéticos qué trompeta, hermano, qué ritmo, la audición de Pérez Prado, qué piano”. De ese tamaño fue el golpazo que propinó el Caraefoca. Una generación que ahora ronda los sesenta o poco más, lo bailó como energúmena, así que no fueron pocos los lugares en los que las buenas conciencias trataron de prohibirlo, pues consideraron epítome de amoralidad los movimientos provocados por tal ritmo. No lo tengo a la mano, pero en Textos costeños, un librote de Bruguera que recoge columnas periodísticas de García Márquez, el colombiano dice algo similar a lo que narra Vargas Llosa: que el clero se obstinó en detener lo indetenible, el torrencial ritmo engendrado por un negrito matancero (es decir, oriundo de Matanzas, Cuba) de nombre Dámaso. Sospecho que la iglesia casi tenía razón al tratar de censurarlo, pues si algún ritmo bailan las no tan infelices almas que habitan el infierno, seguramente es el mambo.
Pérez Prado fue considerado un gran músico, un innovador. Dominaba el piano y creo que poseía un talento casi africano para el ritmo percusivo. Lo raro para mí es que el acento selvático de los tambores se unió a los alientos despavoridos y de ese matrimonio surgió lo que a mi juicio es el primer ritmo que define a las grandes urbes latinoamericanas; ya existía el tango, claro, cuando apareció el mambo, pero el ritmo de Pérez Prado es acelere de bongoes y claxonazos, es decir, música que mezcla la selva con el apurado coche de la ciudad. No por nada se habla ahora de la jungla de concreto, la ciudad, y eso es el mambo: el selvático ruido de una ciudad en movimiento.
No puedo terminar esta mínima alabanza al Caraefoca sin remitir a varios videos del You: el que hermana a “Patricia” con “El ruletero”, donde, por cierto, Pérez Prado habla un poco en un inglés cubanizado y conmovedor; o “Qué rico mambo”, un clásico donde el sin abuela Resortes aparece como lo que fue: el hombre-liga; o “Politécnico”, donde el Caraefoca aparece con trajesuco negro y zapatos blancos, lo que anticipó a Ricardo Montaner; o “El dengue”, ritmazo donde el maese Dámaso usa un ring de coche para crear un sonido inédito. Hay muchos más, todos magistrales.
A veinte años de su muerte, mi querido Pérez Prado vive en su más honda música de selva, en los inmortales alientos que saben a claxonazo de ciudad y tigre al acecho.

sábado, setiembre 12, 2009

El caso Venturini



Al hacer una purga de documentos he encontrado, o más bien reencontrado, una noticia sobre la reedición de Las primas (Mondadori, 2009), novela de la escritora argentina Aurora Venturini. Me atrevo a comentar algo sobre ella aunque nunca la he leído. Supongo que nunca ha circulado un libro suyo en nuestro país, pero más allá de su obra está su caso, un caso que mezcla, a mi parecer, los ingredientes imprescindibles de toda obra literaria que se ponga más allá del reconocimiento y la fama y más acá de la paciencia y el acatamiento de una vocación, se tenga o no talento.
Lo curioso es que repesqué ayer ese tema, justo un poco después de que en un curso afirmé tajante que el verdadero escritor es aquel que no espera nada a cambio, es decir, el que escribe porque tiene algo que decir, sin más. Si de paso, por añadidura, llega un poco de dinero y un poco de fama, qué mejor, pero lo ideal es trabajar sin hacerse demasiadas ilusiones, sin soñar en anaqueles ni nada que se le aproxime. Al menos es así como entiendo esto: escribir con fe en la obra, no en sus posibilidades de seducción, apetencia que muchas veces frustra a quien convierte la literatura en trampolín extraliterario.
Cuando lo leí, el caso Venturini me dejó perplejo; ahí les va. Aurora Venturini nació en La Plata, Argentina, en 1922; tiene pues 87 años y ha publicado alrededor de treinta libros, casi todos en ediciones caseras. Hace dos, cuando tenía 85, hizo una diablura que dejó frito al respetable: salió del anonimato al ganar, con su novela Las primas, el Premio Nueva Novela organizado por el periódico Página 12, de Buenos Aires. Y no se piense que hubo chanchullo o jurado facilón; quienes dictaminaron a favor de esa obra fueron nada más ni nada menos que Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, siete pesos completos del periodismo y la literatura gauchos. En su fallo, los jurados asentaron que se trata de una “novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio”.
Sobre el desconcierto que produjo, estas palabras de la noticia: “Venturini pronosticó el efecto que generaría la lectura de su novela: ‘Se van a caer de culo’, ha dicho. Enrique Vila-Matas, uno de los que celebra el haberse caído de culo desde España, tuvo el enorme acierto de decir que quizá tras el manuscrito pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de loca faulkneriana. ‘Las primas es el boom de la Venturini’, aclara la escritora, como si no fuera ella la que habla”. Va un fragmento de la entrevista:
—¿A qué se debe tanta productividad?
—Yo siempre fui muy novelera, vengo a ser una suerte de prisionera de las novelas que estoy escribiendo. Yo tecleo en la máquina eléctrica y la temática de la novela surge como si fuera agua de un manantial. Creo que aunque escribamos muchísimos libros, todos los escritores somos una novela o un libro. Borges es El Aleph, Sabato es El túnel, y yo voy a ser Las primas eternamente. Aunque me sorprendí cuando me llamaron para avisarme que había ganado, íntimamente estaba segura de que ese premio era para mí.
—¿Cuál es el origen de la crueldad que hay en Las primas?
—Mi infancia fue cruel; yo era una chica autista, solitaria, a la que querían socializar. (…) A esa edad [cerca de los cinco años] ya leía y escribía; en la escuela me pasaban de un grado a otro, cada medio año me sacaban del curso porque no me aguantaban y no sabían qué hacer conmigo. Por eso entré a la Universidad a los dieciséis años. Quería un mundo a la manera de mi imaginación creadora y terminaba duramente castigada. Por eso mis novelas tienen un fondo muy angustioso. (…) No, yo soy una mujer sin edad. No siento la edad que tengo, voy y vengo a todas partes, soy muy ágil. Yo no cumplo más años, no nací todavía. A mí el Altísimo no me tiene en cuenta. Me hizo por descuido, por eso no me quiere terminar de aceptar.

viernes, setiembre 11, 2009

Crónica de una mala broma



Cuando yo era un niño gomezpalatino, es decir, a mediados de los setenta, las noticias mundiales difundían frecuente información sobre aerosecuestros. En aquella época la palabra era, creo, un neologismo y pronto se convirtió en sinónimo de peligro extremo. Recuerdo que en 1976 se dio uno de los casos más sonados, el famoso rescate en Entebbe, acción que hasta dio tema para una película que vi en el cine Palacio, que en paz descanse. Un grupo de terroristas palestinos y alemanes secuestraron un avión de Air France que iba a hacer la ruta Atenas-París, pero fue desviado primero a Libia, donde cargó combustible, y luego al aeropuerto ugandés de Entebbe. El avión llevaba 244 pasajeros y 12 tripulantes. Ya en la Uganda encabezada por el tiranazo Idi Amin, el rescate fue, sin exagerar, milimétrico, tanto que luego serviría para el film de acción y suspenso ya mencionado (Raid on Entebbe, 1976).
De tal calibre eran los aerosecuestros setenteros. Los veíamos en la tele y eran un verdadero bufet en los noticiarios que siempre mostraban imágenes lejanas de aviones en vaporosas pistas de aterrizaje, torres de control, negociadores que se aproximaban a las escalerillas, parabrisas donde asoman los pilotos y muchos vehículos militares en torno a la nave secuestrada. Luego, por lo general, el descenso de los rehenes por una escalerilla siempre videograbada desde muy lejos.
Cuando el miércoles recibí en mi celular el mensajito de Tuda que me informaba sobre el secuestro de un avión en el DF, pensé de inmediato, por reflejo condicionado, en Entebbe. Yo andaba en una oficina del Conaculta por un asunto burocrático y luego de eso, para aprovechar el recorrido al centro histórico, entré a la catedral metropolitana y tomar un par de fotos. Fue allí, dentro de esa impresionante edificación novohispana, donde me sonó el celular para avisarme del aerosecuestro. Pensé, claro, lo peor: que México había entrado ya al selecto mundo del terrorismo internacional, o algo así. Sentí que, para acabarla de amolar, además de las crisis económicas, políticas y sociales nativas, ahora tendríamos también que padecer plagios de aviones y despliegues peliculescos en los aeropuertos. Era mediodía y yo había acordado comer con un amigo en Reforma y Morelos, como a quince cuadras del centro histórico. Caminé hacia el zócalo, tomé algunas fotos más y emprendí la retirada.
En el camino pasé por Bellas Artes, por el hemiciclo a Juárez, por el Caballito. Me sentía inquieto, claro, porque ignoraba lo que estaba ocurriendo en el aeropuerto. Tuda y yo solemos jugar con bromas informativas, y como noté que la ciudad no alteraba su habitual frenesí, concluí que tal vez mi cuate estaba haciendo de las suyas. En eso recibí una llamada. Era el amigo que me esperaba ya en el restaurante: me informó que la tele trasmitía el desarrollo de un aerosecuestro. Con eso confirmé que la de Tuda no era broma, que en efecto pasaba algo muy grave.
Llegué al restaurante. Los televisores estaban a todo monitor en el asunto del avión. Comí tenso, con una oreja en la charla de mi amigo y la otra en la narración del periodista que daba detalles sobre lo que acontecía. Terminé de comer cuando bajaban los pasajeros por la escalerilla. Luego pasé la tarde en otros dos asuntos de trabajo, despaché con dificultades lo de mi columna y el futbol no en el estadio, sino en otro restaurante.
Ya algo noche vi el noticiero. Lo que percibí como un desaguisado mayúsculo se había diluido hasta convertirse en una mafufada, en un oso. Extrañamente, como sucede con frecuencia en nuestro país, algo pasa cuando viene un martillazo económico. Se anuncia el 2% de aumento al impuesto de todo y, quien sabe si para tapar la mala nueva, se arma el alboroto de un terrorista que baja sonriendo del avión y casi diciendo amor y paz. Malísima, si fue una broma.

miércoles, setiembre 09, 2009

Tres claves de la selección



A las seis de la tarde de ayer tronó definitivamente la conexión que alimenta de energía eléctrica mi computadora portátil. Eso no es lo grave, sino que el desperfecto me agarra en el DF y a punto de salir rumbo al estadio Azteca para ver el juego de la selección contra Honduras. Recurro entonces a una computadora del así llamado “centro de negocios” del hotel donde me hospedo, pero las malditas máquinas de estos espacios generalmente son lentas, no les sirve el ratón, el teclado tiene borradas las letras o algo así. En este caso, no lee la unidad USB donde guardo materiales que me puedan sacar del apuro. No tengo, entonces, otro remedio: hay que escribir en media hora lo que sea, y en este caso ese “lo que sea” es precisamente la selección de Aguirre a la que, si Tláloc lo permite, veré en unos momentos.
El mejor juego que he visto en muchos meses de la selección cuajó el sábado en el estadio Saprissa de Costa Rica. Y conste que no me dejo llevar por la ola mediática que de golpe descubrió una nueva maravilla en la dirección técnica de Aguirre; eso ya lo sabía. Desde hace rato vengo percibiendo que la selección marcha mejor por las tres razones que enumero: 1) la capacidad organizadora y motivacional de Javier Aguirre unida al extraño y gesticulante talento de Mario Carrillo; b) el peso de dos veteranos fundamentales: Cuauhtémoc Blanco y Gerardo Torrado y c) la revelación de dos jóvenes que las traen todas consigo: Efraín Juárez y Giovani Dos Santos. Esas, a mi parecer, son las claves de lo que por lo pronto parece un repunte del futbol mexicano en la Concacaf, zona que Roberto Gómez Junco ha rebautizado, acaso involuntariamente, como “concacafquiana”, lo que también podría escribirse así: concakafkiana, eso para rendirle tributo al tótem del absurdo llamado Franz.
No soy, pues, de los que atribuyeron todo el peso del éxito a un solo pico del triángulo que acabo de dibujar. Si algo sé de futbol es que nunca (salvo cuando jugaba Maradona) podemos justificar el triunfo con un solo elemento. Cualquier análisis debe, por esto, hurgar en todos aquellos puntos, generalmente tres o cuatro, que puedan explicar un resultado favorable. Así, la mejoría de la selección, creo, se debe a varios factores entre los que sobresalen los que ya destaqué.
Noté que el aplauso se inclinó a Giovani, quien el sábado tuvo una actuación notable, es cierto. Sospecho, sin embargo, que su participación no tendría ese brillo si detrás de él no aparece, antes, el poderoso despliegue de Blanco y de Torrado. El primero sigue siendo a mi juicio el mejor jugador mexicano de los últimos quince años; se trata de un cabrón jorobado que, como ya lo he dicho antes, sabe siempre qué hacer con la pelota, al grado tal que de cada diez balones nueve los tramite con efectividad y a veces con imprevisto veneno, como ocurrió en la jugada del primer gol contra Costa Rica. Blanco pasó de ser un extremo con marcada tendencia al centro del ataque a medio ofensivo con el estilo de Zidane, toda proporción guardada. El actual activo del Chicago Fire, entonces, sirve de maravilla como impulsor de los embates en una parte crucial del terreno: los tres cuartos de la cancha, allí donde los verdaderos talentos dejan ver qué tanto pueden crear. Ahora bien, Blanco funciona porque detrás de él está un sujeto como el carapálida Torrado, el mejor recuperador que haya tenido la selección en mucho tiempo. Torrado sabe que lo suyo es eso: el choque y el arrebatamiento de balones. Lo suyo no es la construcción, sino el acopio de pelotas para que un tipo como Blanco arme jugadas. Para mí, el sábado pasado fue tan evidente el talento de Torrado que sólo él y Blanco entendieron desde el minuto 10 que la cancha del Saprissa no podía ser usada con juego aéreo, así que el contención de Cruz Azul se afanaba por recuperar balones, como siempre, y servirlos a ras de suelo para sus compañeros desmarcados. Aguirre, Carillo, Blanco, Torrado, Giovanni y Juárez: he allí, creo, la base del nuevo impulso que está cobrando la selección. Ya veremos mañana si no los he elogiado en vano.

Seguir en el intento



Como una continuación del texto que publiqué el domingo aquí, celebro trabajando. Estoy en el DF, llegué un día después de la tromba que levantó coches e hizo todo tipo de estragos, y pienso como siempre que esta ciudad es fascinante, pero no me acomodo bien en ella. Yo soy de La Laguna y cualquier salida me expone al síndrome de la “Canción mixteca”. En fin, esto de pasar un rato en la capital me lleva a reflexionar en lo que siempre se ha dicho sobre la radicación de los escritores: quien no vive en el DF, jamás avanza.
He oído esa afirmación durante los 25 años que hoy 9 de septiembre cumplo dedicado a la creación literaria. A los escritores laguneros de mi generación se nos planteaba el caso emblemático de Jesús Gardea, escritor que nunca se avecindó en el DF y urdió toda su obra en Chihuahua, su estado natal. El caso de Gardea es meritorio, pues en una época de incomunicación (si la comparamos con la internética actual) logró que sus libros fueran publicados en México. Fue de los pocos que pudieron hacer eso sin salir de provincia. Otros coterráneos y coetáneos suyos (como Carlos Montemayor, Ignacio Solares y Joaquín Armando Chacón) se establecieron en la capital, publicaron mucho allí y siguen vigentes.
¿Qué podía pasar, pues, a un escritor lagunero que tomara la decisión de no abandonar el solar doméstico? En los hechos, era una especie de autocondena, optar por la oscuridad definitiva en vez de buscar la luz posible. Aunque nunca lo he contado con detalle, alguna vez intenté irme, pero no al DF, sino a estudiar en Estados Unidos. Surgió una diminuta posibilidad y quise aprovecharla, pero a la hora buena algo salió mal y desde entonces me prometí ser fiel a la pequeñez literaria de mi polvosa patria chica. El matrimonio y otras vicisitudes (vicisitudes como el hecho de ser padre en tres ocasiones) me afincaron inexorablemente en La Laguna y cuando volví a pensar en la salida ya era demasiado tarde.
Pero llegó internet. Con este recurso a disposición ahora es fácil mantenerse al tanto de lo que uno quiera. Lo que antes era difícil de obtener, la información, ahora está a merced de cualquiera. Esto, sin embargo, no lo es todo. Por más que se haya facilitado la comunicación, un escritor lagunero que viva en la comarca no puede acceder con facilidad, por ejemplo, a los círculos editoriales del DF. He comprobado que la superabundancia de correos electrónicos impide que uno sea atendido, que los proyectos sean por lo menos observados. El camino de las cartas impersonales está prácticamente cerrado. Quiero decir con esto que si uno cree que tiene una obra meritoria y envía su propuesta a la capital, lo más probable es que no ocurra nada. El internet no sirve en este caso, pues nadie se tomará la molestia de atender a nadie por la modesta vía del mail. Así pues, como todo en este país, es necesario un mínimo contacto personal, una mínima amistad, lo que sea, para que las propuestas no se pierdan en el limbo de la correspondencia electrónica.
El otro camino es el de los concursos. Finalmente, es tan azaroso como el de los contactos personales, pero si se obtiene un dictamen favorable no sólo cae un poco de dinero, sino la posibilidad de publicar en sellos que de verdad le den al libro una mejor distribución. A estas alturas habré publicado seis libros en la capital. De ninguno he recibido beneficios económicos que me permitan presumir de desahogo, si siquiera del que lleva una edición y dos reimpresiones. Por supuesto que no. El éxito de un escritor provinciano, por muy grande que sea, es minúsculo si lo comparamos con el éxito de un escritor radicado en la capital. Pero no me quejo. Lo bueno de esas publicaciones es que me han permitido asegurar ahora que no todo está perdido para un escritor que no sale de La Laguna por decisión personal u otras circunstancias. Algo se puede lograr si uno trabaja, si uno intenta romper con la inercia que nos ata al aislamiento y al silencio. Yo sigo en eso, intentándolo.

domingo, setiembre 06, 2009

25 años



Desde que comenzó este año sabía que agosto y septiembre iban a tener, para mí, dos momentos celebratorios. Uno de ellos ya pasó, y fue la publicación de la entrega número mil de Ruta Norte, como bien lo sabe mi extraordinario número de lectores (o sea, tres o cuatro). El otro se dará el próximo miércoles 9 de septiembre de 2009, día en el que exactamente cumplo 25 años de publicar en periódicos y, luego, en revistas y libros. Sé la fecha porque vivo atento de las cronologías y porque padezco la costumbre heroicamente insana de almacenar papeles. En efecto, un periódico amarillento que obra en mi poder y que espero nunca se filtre al bajo mundo de la crítica literaria, muestra que el 9 de septiembre de 1984 publiqué cuatro “poemas” (las comillas me amparan ante cualquier extemporánea acusación de mala calidad) en el suplemento cultural de La Opinión que para entonces coordinaba Saúl Rosales. Los textos aparecen en la página 3 y son, obviamente, los primeros arpegios de un joven que vislumbraba lo que todavía, ya más que cuarentón, vislumbra: ser escritor.
La temeridad que nace de la ignorancia me llevó a dialogar con Saúl para ver si aquellos engendros que yo llamaba versos podían caber en el suplemento. Supongo que la pensé dos o tres veces, pero al fin, armado de ingenua valentía, le di las cuartillas escritas en una Remington de la segunda guerra mundial. Saúl las tomó, no me prometió nada y así pasó un tiempo hasta que llegó el domingo 9, día que sigo considerando uno de los más importantes de mi vida, dado que por primera vez sentí lo que es la exposición al ridículo, pero también, acaso, el pequeño orgullo de escribir y publicar. Aseguro sin inmodestias inútiles que Saúl me publicó más con criterios altruistas que literarios, pero quizá algo vio en mis conatos de literatura que se animó al fin a colocarlos en un ejemplar de la publicación que coordinaba, un tabloide con ocho páginas en blanco y negro y plasta de color sólo en la primera página.
Así pues, la portada de aquel suplemento anunciaba sus contenidos de la siguiente forma: “Poesía de lo doméstico, de Francisco González León”, “Pintura paisajística de Rafael G. Aguirre”, “Vinculación entre la teoría y la práctica cultural” y “Poemas de Jaime Eduardo Muñoz Vargas”. De esa manera, con el nombre completo al que después se le caería el “Eduardo”, comenzó esto de procurar el hilvanamiento de palabras que todavía no sé para qué sirve exactamente, pero que sin quererlo, poco a poco, se convirtió en una obsesión y luego en una forma de vida para mí.
La ficha biográfica colocada al pie de mis “poemas” es maravillosa, por lo pobrecita que se ve aunque ya quería mostrar que no tenía dientes de leche: “Jaime Eduardo Muñoz Vargas nació el año de 1964 en la ciudad de Gómez Palacio, Durango. Desde hace algunos años vive en Torreón [en esa fecha tenía como ocho años viviendo aquí]. Esta es la primera ocasión en la que publica sus obras. Escribe poesía y cuento. Entre sus autores preferidos están el poeta Pablo Neruda, el poeta y ensayista Octavio Paz y el cuentista Julio Cortázar. Muñoz Vargas estudió la primaria en la escuela Presidente Adolfo López Mateos, de Gómez Palacio; la secundaria en la escuela Ricardo Flores Magón, de Ciudad Lerdo; la preparatoria en la Prefedi, de Torreón. Actualmente cursa el quinto semestre de la carrera de comunicación en el ISCYTAC”. Es increíble la cantidad de información que ofrecen esos pocos renglones, cuánto comunican ahora que ha pasado un cuarto de siglo desde que fueron escritos. En efecto, soy de Gómez, y prometo que ya no lo vuelvo a hacer; me llamo Eduardo, nombre que heredé de mi abuelo por el lado materno; era, casi sin necesidad de aclararlo, la primera vez que publicaba; escribía poesía y cuento, géneros con los que empieza cualquier joven; mis autores favoritos eran ésos, aunque lo más cercano a la verdad hubiera sido afirmar que eran los únicos que había leído; y, por último, estudié en todas aquellas escuelas, por eso siempre afirmo que fui un alumno conurbado, casi como un camión Torreón-Gómez-Lerdo.
Exageré un poco cuando dije que Neruda, Paz y Cortázar eran los únicos escritores cuyos libros figuraban en mi estantería. Ya en 1984, a mediados de la carrera, trabé contacto con otros autores, pero se suponía que aquellos tres me subyugaban. Los sigo respetando, por supuesto, pero a ellos se han sumado otros no menos queridos. Por eso, precisamente por eso, creo tanto en el autodidactismo. Yo tuve un maestro, Saúl, que me orientó para llegar a los primeros libros de importancia; lo que siguió fue olfatear la tinta de las obras y los autores que andaban en la misma órbita. Un ejemplo: por consejo magisterial de Saúl leí a Cortázar en 1983, y tras leerlo e investigar un poco sobre él, por lógica llegué a Poe, el inventor del molde cuentístico con el que trabajaba el argentino. Por Cortázar llegué también a Chejov, tal vez el máximo cuentista de la historia, y a Borges, quien de alguna forma fue impulsor de Cortázar e hizo también inmejorables cuentos. De esa manera, gracias a Cortázar pasé a Poe, a Chejov, a Borges, y así, con efecto geométricamente expansivo, de Poe, Chejov y Borges pasé a otros escritores, de suerte que nunca requerí una escuela de letras para ponerme a la sombra de un amplio domo literario.
Los libros, entonces, son el secreto de este trabajo. Fui un niño tímido que nació en Gómez sin muchas ventajas materiales, sin antecedentes literarios en la familia, sin escuelas de letras a disposición, sin biblioteca personal, sin nada de eso que en ciertas biografías de escritores son elementos recurrentes. No digo nada extraño, pues en Gómez los chicos de mi edad y de mi entorno sólo teníamos lo que traíamos puesto, los libros de texto, cuatro ladrillos para marcar las porterías y una pelota de hule anaranjado comprada en la juguetería El Gallito. Con esos bienes, los escuincles de mi generación y de mi cuadra teníamos que abrir los ojos a la vida. Supongo que algunos comenzaron a trabajar muy jóvenes, otros habrán estudiado, muchos ya serán, como yo, padres, e incluso no faltará el que sea abuelo más o menos prematuro. Hacia 1981 u 82, tentaleante en la errancia vocacional, sospeché que me gustaba leer; poco después sospeché que también me gustaba escribir, eso hasta que el 9 de septiembre de 1984 vi mi nombre sobre una hoja de periódico.
Es muy extraño saber ahora que aquello siguió adelante, que seguí escribiendo y publicando con la misma pregunta, hasta hoy, clavada en la cabeza como púa de cardenche: ¿para qué sirve todo esto?

sábado, setiembre 05, 2009

Un viejo cáncer



La autonomía de muchas universidades estatales es sólo de membrete, como sabemos. Su libertad está acotada, sobre todo, por la fuerte vinculación que suelen tener los rectores y sus camarillas con el gobierno estatal de turno y entidad. Así, en muchos estados pasa que las rectorías dependan prácticamente del gobernador o de grupos políticos corruptos, cuando se supone que un rector sólo debe rendir cuentas a la comunidad universitaria. Un amigo, el escritor Rogelio Guedea, colimense que desde hace algunos años radica en Nueva Zelanda (donde es maestro en la Universidad de Otago), ha mantenido, pese a la distancia, un genuino interés en ver por la salud de la universidad que alguna vez lo acogió y que hoy es un campus donde reinan el soborno y la mendacidad. Preocupado, me manda esta carta de denuncia. Le hago eco en función de su verdad, cierto, pero también porque se han dado amenazas en su contra y/o de los suyos. Vaya para él mi solidaridad. Guedea escribe:
“Es necesario hacer un llamado nacional para evitar que la Universidad de Colima se vuelva a convertir, otra vez, en un mero trampolín político y, con ello, deje a la deriva su compromiso sustancial con la academia. Existe actualmente un reclamo general por parte de la comunidad universitaria —un reclamo solapado, claro está, debido a la represión ejercida por el rector de la máxima casa de estudios, Miguel Ángel Aguayo López— en el sentido de que el dirigente no ha cumplido y no cumple con ninguno de los compromisos que prometió durante la toma de protesta como rector —hace ya más de cuatro años— y que, en cambio, se ha aliado a un grupo de políticos que gozan de una pésima reputación como servidores públicos en la sociedad colimense. Estos políticos son Arnoldo Ochoa, actual diputado federal, y Fernando Moreno Peña, ex rector y además ex gobernador de Colima, principales cabecillas de todo este malogro y con quienes el rector Aguayo López ha establecido alianzas que ponen en serio riesgo el futuro de la Universidad en virtud de que se trata de personajes corruptos que sólo utilizarían a nuestra alma máter para sus fines políticos, tal como ahora lo está haciendo el propio rector Aguayo, quien quiso aprovechar la plataforma universitaria para alcanzar la gubernatura del Estado (proyecto fallido, afortunadamente) y ahora la usa también para intentar conseguir un puesto de primer nivel en el gabinete en formación del gobernador electo Mario Anguiano. Aparte de esto, el rector Aguayo López es acusado de represión, de incapacidad para resolver los problemas sustanciales de la Universidad (crisis económica aparte), de nepotismo, falta de transparencia en los procesos, verticalidad en las decisiones y, por supuesto, de corrupción. Yo mismo, por algunos señalamientos que he realizado sobre su cuestionada gestión, he sido objeto de intentos de soborno, hostigamiento y ofensas públicas, todo ello sólo por advertir del riesgo que implicaría tener como rector, otra vez, a un político corrupto (como lo será cualesquiera de los aliados a este grupo, rector Aguayo López incluido) en lugar de a un verdadero académico que cuente con una trayectoria limpia dentro de la burocracia universitaria, que es lo que no sólo estará necesitando la Universidad de Colima sino la mayoría de las universidades mexicanas. Por eso escribí al principio que esto era un ‘llamado nacional’. Me preocupa, sí, lo que pasa en la Universidad de Colima, y más ahora que trabajo en una universidad neozelandesa, en donde los dirigentes no pueden ser sino académicos (profesores e investigadores) en activo, reales, pero también me preocupan los destinos de todas las universidades del país, muchas de las cuales estarán padeciendo las mismas calamidades. Me preocupa, en suma, como a muchos, el destino de la educación en México, que —por estos motivos que he señalado y otros más que a cualquiera se le escapan de la vista— se presentan tan desalentador como incierto si no se abandonan los discursos oficiales y oficiosos y se concretan acciones reales y de verdadero compromiso no con tales o cuales intereses particulares sino, simple y únicamente, con el porvenir”.