domingo, junio 28, 2009

Esbozo de Parábola



Contar la historia de un libro es regresar al misterioso origen de la creación. ¿En qué momento y a propósito de cuál visión, frase o aroma nació la idea que luego habría de generar un puñado más o menos amplio de cuartillas? En general, mi memoria suele conservar intacto aquel instante, sobre todo si se trata de los libros personalmente más apreciados. Juegos de amor y malquerencia, por ejemplo, nació completo, de golpe, cuando vi la foto de quienes luego serían los Tereseros; el embrión de Leyenda Morgan, mi más reciente libro, metáfora de la corrupción y la impunidad a la mexicana, fue engendrado mientras escuchaba una conferencia sobre derechos humanos. Parábola del moribundo tuvo su origen en un momento de desesperación, mientras pensaba cómo hacerle para arrimar más recursos a mi entorno familiar. Pensé en la desgracia de un escritor que, angustiado por la falta de oportunidades en su entorno provinciano, publica un anuncio en el periódico donde ofrece sus servicios de redactor a destajo. Nunca publiqué el anuncio y nunca lo publicaré, pero allí nació Santiago Macías, el poeta cuya historia empieza siendo un cuento sobre la supervivencia de la literatura en La Laguna; pasados algunos meses, aquel relato terminó convertido en una novela. Su borrador lo armé en 1999, así que tuve diez años para, de vez en vez, volver sin mucha convicción a esas cuartillas. Les metí un poco de mano cada dos o tres años, pero siempre terminaba por abandonarlas, por imaginar que en algunas vacaciones rearmaría todo el conjunto hasta dejarlo completamente acicalado.
Lo que pasó fue esto: muy poco después de escribir Parábola del moribundo, en 2000, me pegó una compulsión cuentística que sospecho jamás regresará. En efecto, de 2000 a 2005 escribí Las manos del tahúr, Ojos en la sombra, Polvo somos, Leyenda Morgan y otro libro de cuentos más (por ahora inédito). En suma, más de cuarenta cuentos pensados tal vez con excesivo y necio rigor formal. Eso me puso demasiado lejos el proyecto de Parábola del moribundo, pues frente a la rígida complexión que trataba de imprimirle a mis cuentos, la novela del 99 me parecía un mero ejercicio de vagancia narrativa.
Esto significa que Parábola del moribundo es, o vaya a ser cuando publicado esté, un libro anacrónico en mi producción. Nació cuando yo tenía tres libros publicados, pero estará en circulación, gracias al concurso Rafael Ramírez Heredia, luego de siete u ocho libros escritos y publicados con ulterioridad. Su estilo, sus preocupaciones, su percepción de la realidad y su tema son los de un escritor de treinta y tantos años, y aunque por estas fechas tengo oportunidad de maquillarlo y repeinarlo un poco, su base es inamovible y quedará tal y como fue parida.
Dije que, como todos mis relatos, Parábola… nació con la modesta aspiración de ser un cuento. Empecé, como empieza la novela, con mi personaje narrador contando que es poeta y que, tras pagar un miserable aviso clasificado en el periódico, le caen esporádicos clientes, entre ellos, Vicente Caballero, un setentón lleno de vitalidad, con lana y un apetito insaciable de mujeres. El descubrimiento de ese personaje provocó que el cuento quedara chico; sin premeditarlo, di con una pareja cómica cuyas andanzas me permitieron pespuntear del mundo emproblemado de Santiago al universo etílico-lúbrico-musical de Vicente, de la realidad culterana y pedante de Santiago a la barbarie ágrafa de Vicente, de las carencias de Santiago a los excesos tontos de Vicente. En el camino, Parábola… me permitió trabajar algunos subtemas de mi interés: la picaresca cultural, los límites del realismo en la literatura y la propuesta de una estructura narrativa que posibilitara ensamblar una novela dentro de la novela.
No seré yo el que diga que Parábola… es un libro escrito con flecos humorísticos, pues siempre suena grotesco que alguien declare tener capacidad para hacer reír. En su dictamen, los jurados (Eugenio Aguirre, Hernán Lara Zavala y Óscar de la Borbolla) advirtieron que este libro acusa un “discurso narrativo interesante y ameno que fluye sin tropiezos y que demuestra talento, ingenio y una dosis de humor y malicia por parte del autor”. Si es así, sospecho que no fue tan deliberado como parece; en todo caso, el humor, si lo hay, surgió de la conjunción de la pareja dispareja que habita todo el libro, del contraste marcado entre el joven lleno de libros y encierro y carencias y el viejo lleno de ingenuidad y vida y holgura de recursos. Todo fue dejarlos hacer, permitir que se movieran con libertad por la comarca lagunera, dejarlos entrar y salir sobre todo de aquellos sitios en los cuales Vicente Caballero está permanentemente al acecho de mujeres. La risa, si surge, se debe al hecho obvio de que ambos actúan movidos por resortes muy distintos, y al amargor de Santiago, quien narra las peripecias.
Cuando recién me anunciaron el premio, Karla Lobato, reportera cultural de La Opinión Milenio, me pidió un resumen. Mi respuesta es hoy la misma; para visualizar completo, de un jalón, todo Parábola..., sintetizo que la historia es, pues, muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.
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Texto leído ayer en el teatro Ricardo Castro de Durango capital dentro del marco de la Feria Nacional del Libro Durango 2009.

sábado, junio 27, 2009

Denevi, grande del micro



Frecuento mucho la narrativa sudamericana. Sin duda, me gusta más que la mexicana y la española, y esto lo digo sin el ánimo de imponer tal preferencia. Es una cuestión de química, dirían los jóvenes de hoy. Me hallo bien, sobre todo, con los narradores argentinos. A uno que nunca, creo, he recomendado frontalmente es a Marco Denevi (1922-1998), quien con su libro Falsificaciones (1966) habita, sin atisbo de duda, el canon del microrrelato moderno. En internet o en libro hay que leerlo. Me atrevo a decir que su prosa es un placer mayor. Veamos tres piezas nomás, como prueba:
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Gobernantes y gobernados
Por las noches el Gran Tamerlán se disfrazaba de mercader y recorría los barrios bajos de la ciudad para oír la voz del pueblo. Él mismo les tiraba de la lengua.
—¿Y el Gran Tamerlán? —preguntaba—. ¿Qué opináis del Gran Tamerlán?
Invariablemente se levantaba a su alrededor un coro de maldiciones y de rabiosas quejas. El mercader sentía que la cólera del pueblo se le contagiaba. Arrebatado por la indignación, añadía sus propios denuestos, revelaba un odio feroz contra el gobierno.
A la mañana siguiente, en su palacio, el Gran Tamerlán se enfurecía. ¿Sabe toda esa chusma —pensaba— qué es manejar las riendas de un imperio? ¿Creen esos granujas que no tengo otra cosa que hacer sino ocuparme de sus minúsculos intereses, de sus chismes de comadres? Y se dedicaba a los intrincados problemas oficiales.
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Los animales en el arca
Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada especie animal. Pero durante los cuarenta días y las cuarenta noches del diluvio ¿qué sucedió? Las bestias ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes, las fieras de los bosques y de los desiertos ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios ¿no desataría ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos sino los más hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la belleza en un navío colmado de pasajeros de todas clases, todos asustados y malhumorados, muchos de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes. Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el pavorreal y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas criaturas no descendieron del arca de Noé.
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Los animales del génesis
Recién expulsado del Paraíso, Adán hizo una aparición espectacular entre los animales. Todos reconocieron en él a una criatura más poderosa que los demás habitantes del agua, del aire y de la tierra. Pero mientras algunos corrieron a someterse, otros, orgullosos de su libertad, prefirieron mantenerse apartados. A estos últimos Adán los llamó fieras salvajes.

viernes, junio 26, 2009

Adiós al último decoro



Hace pocos días un lector me preguntó por qué le estaba dedicando al menos un comentario por semana al tema de la guardería ABC. Le respondí sin rodeos: porque si las autoridades no atienden con severidad un caso donde de la peor manera han muerto 47 niños y varios más permanecen graves y, si sobreviven, quedarán marcados por las quemaduras, entonces ya no hay remedio para las “instituciones” de nuestro país. Así de simple. No porque un niño valga más que un adulto, sino porque a los niños ni siquiera les pueden inventar culpas. No los pueden tachar de provocadores, de revoltosos, de violentos, de nada. Son, sin más, la inocencia a plenitud, de ahí que no existan excusas para postergar una buena investigación que dé con los culpables y, como dicen, se les finquen responsabilidades.
Así que, si con 47 niños muertos y varios más en situación delicada, las autoridades judiciales y los gobiernos federal y estatal montan el performance de la mutua acusación (que en el fondo no es más que la postergación del castigo), ¿qué puede uno esperar si algún día ve violentados sus derechos de manera grave? Pues nada. En todo caso, silencio, impunidad, olvido.
El incendio de la guardería ABC ha permitido ver con lente de aumento el tamaño de la mafia mexicana. Sin otro interés que el control político que es control económico, una inmensa red de parentescos y amistades cubre el mapa nacional en todas las áreas de la política y la economía. En el estricto rubro de las guarderías subrogadas no ha salido de sus cloacas la famosa lista porque le daría una encuerada mayúscula al sistema en su totalidad. ¿Quiénes están allí? No se sabe, por supuesto, pero la tardanza de su publicación genera suspicacias que no deben andar muy descaminadas. Como en cualquier contrato a la mexicana, detrás de las guarderías subrogadas pueden estar hermanos, primos, cuñados, compadres, amigos cercanos de algún chipocludo estatal o federal. Hasta la extensa parentalia de Calderón salió a balcón con el abominable percance de la guardería sonorense. Por eso, sólo por eso, hay un anómalo manto de indiferencia oficial en torno al asunto de la lista, pues aquí no habría para dónde hacerse: las cientos de guarderías, como negocio, han quedado en manos del hermano, del primo o del compadre al que se le debe echar la mano para que se ayude tantito con unos pesos fáciles, esto porque no importan demasiado, como ya se vio, las condiciones en las que vivirán durante varias horas del día los hijos de trabajadores que no pueden pagar nana ni viven en un mundo de juguete.
Lo que vemos ahora, el bombardeo de estiércol entre el relamido y retórico Gómez Mont contra el engallado (que no empollado, lo que sería más cercano a la verdad) Bours Costelo, es una disputa ajena por completo a las investigaciones forenses y a la impartición de justicia lógicos en cualquier estado de derecho. Habida cuenta de que cuando se cruzan gobiernos de distinto partido todo se politiza, ahora no podía ser de otra manera, pues la circunstancia electoral ha sido radicalmente modificada por la tragedia. El gobernador saliente, un triunfador echón como el que más, tenía bajo su control las riendas del potranco, pero el desaguisado vino a despertar los apetitos blanquiazules de agenciarse por primera vez la anhelada Sonora, tierra de militares emblemáticos del régimen priísta y uno de los estados con mayor riqueza legal e ilegal en el país. Por eso, para quitarse la papa caliente de las manos y de paso acabar de hundir al mandatario de Sonora y a su delfín Alfonso Díaz Serrano, alias el Vaquero, el felipismo impúdico no ha tenido empacho en usar el siniestro de la guardería como macana electoral. La morosidad de las investigaciones les conviene a los dos gobiernos: a uno, para que el incendio quede arrumbado en el olvido; al otro, para que esté lo más fresco posible el día de las elecciones. Todo es, en fin, torcido. La “vileza estructurada”, como dice Osvaldo Bayer, no cesa de operar.

jueves, junio 25, 2009

Libro y lectura en Acequias



Hoy a las ocho de la noche en la librería Gandhi, Carlos Reyes, Andrés Jáquez y yo presentaremos el número 48 de Acequias, revista de la UIA Laguna. A reserva de ampliar el comentario, espigo aquí algunas ideas sobre su contenido. Recuerdo a los lectores que Acequias circula gratis desde su mismísimo nacimiento, así que esta noche podrán llevarse los ejemplares que deseen con solo hacer acto de asistencia. Entre otras, aquélla es una de las muchas razones que han consolidado a esta publicación de “literatura y crítica cultural”, pues siempre ha ofrecido sus páginas sin ningún costo, hecho por demás generoso y extraño en el mundo con código de barras que hoy vivimos.
Pero la circulación gratuita es una más entre sus varias virtudes. Acequias, como ya lo he dicho en numerosas ocasiones, ha caminado sola entre las publicaciones universitarias de La Laguna, pues, que yo sepa, no existe ninguna revista de esta índole bajo el auspicio de alguna institución de nivel superior en la región. Supongo que han sido emprendidos proyectos similares, pero de vida efímera. Asimismo, algunas universidades mantienen boletines internos con cierto formato de revista, pero ninguna instancia ha propuesto una publicación donde quepan el ensayo de temática miscelánea, la poesía y la narrativa con cierta densidad y extensión más o menos aceptables para ser tenidos como dignos de niveles académicos universitarios.
Acequias, al contrario, ha llegado a su año doce notablemente fortalecida. De la buena revista que ya era cuando rompió el cascarón, ahora sigue sólida y con el extra de un diseño moderno, mucho color y material de alta calidad. Pero no debemos engañarnos: es bienvenido lo exterior y es harto agradecible que una revista de esta pinta llegue a nuestras manos con la leyenda “Ejemplar gratuito”. Lo fundamental es y seguirá siendo, sin embargo, el contenido, la calidad de los textos que número tras número nos ofrece esta publicación trimestral.
Como ejemplo de lo que aseguro, basta ver el menú del número 48, dedicado en su parte monográfica al libro y la lectura. La idea de apartar una sección de Acequias a un tema específico es de Édgar Salinas, director de la revista desde el número 39. Gracias a esto, a la fecha sumamos ejemplares de Acequias en los que han sido abordados temas de suyo interesantes, como el de nueva tecnología y escritura y el de editores laguneros, donde tuve la suerte de colaborar. Ahora, tres especialistas en materia de libros y lectores ofrecen su visión sobre el asunto, que no por panorámica deja de ser interesante. Felipe Garrido hace en “Lengua, identidad y cultura” una reflexión sobre el valor de la palabra que se alberga en los libros; gracias a ellos, observa el escritor jalisciense, el hombre cruza a dimensiones liberadoras, al amplio horizonte de la imaginación. Saúl Rosales, en “De la lengua al libro”, hace un inteligente sondeo a las posibilidades de la palabra en tanto instrumento rico y enriquecedor; sin perder profundidad, el texto de Rosales tiene una fuerte intención didáctica, tanto que podría persuadir a cualquiera sobre la importancia del libro como receptáculo de lo mejor que el ser humano tiene: su inagotable capacidad de comunicar. Por su parte, Carlos Reyes traza un breve texto (“Reflexión sobre el libro y la lectura”) donde piensa en la universalidad de la lectura, en la relación libro-lector, permanentemente abierta a combinaciones infinitas.
Además, Acequias 48 contiene un sesudo ensayo de Andrés Jáquez, una entrevista (sobre el genio de Mozart) a Eusebio Ruvalcaba, un emotivo cuento de Édgar Salinas cuyo personaje innominado es nada menos que Magdalena Mondragón, y mucho más. Nos vemos hoy por la noche en Gandhi. Aprovechando el viaje, quiero felicitar en persona a Édgar y a Julio César Félix por sus diez primeras salidas: Acequias, con ellos, sigue firme.

miércoles, junio 24, 2009

Acequias 48 en Gandhi Torreón

Arte de diluir



El tiempo es el gran verdugo, el gran aplanador, el gran rasero, el gran nadificador (si es que existe esta palabra que alguna vez le oí a un filósofo infuloso). Por eso me impresiona tanto aquella frase de Borges metida como si nada en el cuento “La intrusa”: “La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá”. Sí, toda crónica está condenada a perderse, a ser nada conforme la devora el calendario con su inmenso hocico. Bordo tan vaporosa reflexión cuando pienso en el tratamiento que por parte del Estado reciben los crímenes como el de la guardería ABC, fechoría que apunta ya a su tercera semana y todavía no deja un solo culpable claro, salvo quizá unos cuantos peces chicos que serán usados, en todo caso, no como peces, sino como chivos para que el tiempo pase y todo termine arrumbado en el expediente inútil de una Procu, perdido como todo se perderá.
El factor tiempo es, entonces, imprescindible para los políticos sorpresivamente metidos en megaescándalos como el de la guardería. Entre más semanas pasen, mejor para ellos, pues la gaseosa opinión pública se cansará del tema, por trágico que haya sido, y dejará que todo se diluya hasta derivar en el resumidero de la historia. Ese ha sido el tenor de sucesos parecidos: truenan, provocan una ola poseidónica de interés mediático, desestabilizan un rato al poder (en este caso, al gobierno de Sonora y al matrimonio Calderón-Zavala), hay promesas de investigación a fondo y mientras, mientras pasan las semanas, los meses, hasta que llega el olvido.
Leo un viejo libro sobre la masacre del Jueves de Corpus. Su título es La investigación, y lo publicó Proceso a principios de los ochenta, hace más de treinta años. El aporte de Enrique Maza da seguimiento a la información difundida por los medios luego de aquel jueves sangriento. Declaraciones de Luis Echeverría y de Alfonso (mejor conocido desde entonces como Halconso) Martínez Domínguez apuntaban, mutatis mutandis, lo mismo que ahora oímos de Bours o de Medina Mora: se castigará a los culpables, se llegará hasta el fondo de la verdad, nadie está por encima de la ley, el estado de derecho blablablá. El resultado de aquellas promesas con guayabera blanca quedó en nada, en crimen caído en el pozo de la historia nacional, en “misterio sin resolver”, como dice un programa forense-policiaco gringo. La voz popular, apagada poco a poco por el tedio, señalaba y señala como culpables al Echeverría y al ex regente Halconso, pero nunca pasó nada: el Jueves de Corpus fue carcomido por los años y desde hace mucho está condenado a ser nomás una carpeta perdida en la borrosa historia de la impunidad mexicana.
Ahora, como procedió Enrique Maza con la información nacida inmediatamente después del siniestro represivo, traigo esta nota sobre el incendio de la guardería: “Tehuacán, Pue., 15 de junio. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dará a conocer esta semana los nombres de las guarderías subrogadas que representan un riesgo para los niños y por tanto suspenderán su servicio, así como de los dueños de todos estos establecimientos en el país.
Daniel Karam, titular del IMSS, indicó que en la página de Internet de la institución aparecerá el listado de personas a quienes se ha adjudicado el servicio de guardería, de forma directa o como resultado de un proceso de licitación”.
Tal vez fue precipitada la declaración del director del IMSS, pues en una semana no estuvo lista la lista prometida, pues ya vamos en la segunda semana desde que Karam arrojó al mundo el ofrecimiento y no pasa nada. También podemos pensar que sólo fue lo que es: una táctica distractiva, una forma segura de diluir dos o tres semanas con la creación de una expectativa falsa. Vayan ustedes a saber la cochinada que esconde esa lista. Por eso la esconden, por eso tardan en darle su buena rasurada.

domingo, junio 21, 2009

Camerata quinceañera



Modestia al margen, fui, si no el primero, sí de los primeros en aplaudir la feliz iniciativa de fundar una camerata, la Camerata de Coahuila, y establecer su sede en Torreón. En efecto, el primero de julio de 1994, hace exactamente quince años, escribí y publiqué, con la prosa agreste que todavía me gastaba en aquel año trágico para la política de nuestro país, que la Camerata abría una oportunidad espléndida en el contexto de la cultura regional, pues por primera vez en la historia de La Laguna se asentaría una instancia que de manera profesional y sistemática iba a dedicar aquí su esfuerzo a la difusión y el fomento de la música grande.
Creo que pocos imaginaron que un emprendimiento como el de la Camerata lograría permanecer vivita y tocando durante quince años. Y así es, pues en los días que corren esta institución cumple década y media de existencia y todo indica que en tal lapso ha echado raíces firmes para permanecer durante muchos años más, tantos como queramos los laguneros.
En mi texto celebratorio por el nacimiento de la agrupación cerré con una felicitación enfática “a los músicos de nuestra Camerata (músicos que deben hacer escuela), al personal administrativo, al matrimonio de los Santibáñez [Ricardo y Lucrecia], al patronato, al director Ramón Shade y a la encantadora Cristy Matouk [quien por entonces era la gerente]”. A esos músicos, a esos administrativos, a ese director y a ese patronato hay que reiterarles ahora una felicitación retroactiva, pues gracias a su iniciativa, gracias a lo que antes fue aventura de unos pocos, la Camerata es hoy una realidad tangible, viva, sólida y definitivamente fructífera en la historia del arte lagunero.
Dije allí, ojo: “músicos que deben hacer escuela”. En aquel momento no sabía bien a bien lo que afirmaba, es cierto, pero la presencia de músicos profesionales mexicanos y extranjeros resultó definitiva en la creación de un clima favorable para la música culta en la región. Con la Camerata llegó una ola de maestros voluntarios e involuntarios, de músicos que además de formar parte de esta agrupación han ido diseminando sus conocimientos entre muchos prospectos laguneros. Gracias a la Camerata cuajó entonces un saludable ambiente de instrucción musical en La Laguna con maestros como Natalia Riazanova, Joel de Santiago y Tatul Yeghizarian, entre otros; además, se multiplicaron las presentaciones de ensambles o formaciones parecidas en actividades culturales y sociales que antes no contaban con música clásica en sus programas.
Asimismo, y dado el entorno en el que debía operar, la Camerata se propuso desde su fundación no concentrar sus empeños en el escaso público especializado, de ahí que entre sus iniciativas vertebrales haya estado la de ofrecer “conciertos didácticos”, es decir, presentaciones en las que junto con la ejecución, ya de por sí valiosa, el público es informado en vivo sobre las piezas interpretadas, sobre los instrumentos, sobre los géneros, sobre los compositores y, en general, sobre todo aquello que ayude a crear las bases necesarias para alcanzar una mejor inteligencia del arte musical.
La Camerata ha tenido dos escenarios magníficos: el Teatro Isauro Martínez y el Teatro Nazas, ambos de Torreón. Su labor, sin embargo, no ha quedado encerrada en esos queridos recintos, pues ha desempeñado un papel de representante cultural de La Laguna en foros igualmente importantes como el Palacio de Bellas Artes, el alcázar del Castillo de Chapultepec, además de escenarios en festivales de Estados Unidos y Cuba. La Camerata ha acompañado también a solistas con reconocimiento internacional, como Ramón Vargas, Carlos Prieto, Horacio Franco, Edison Quintana, Jorge Federico Osorio, Román Revueltas, Emilio Angulo, Stefan Milenkovic, Pilar Rioja, Fernando de la Mora, Jorge López Yánez, Walter Boeykens, entre otros, y ha presentado conciertos misceláneos, todos de calidad, en cada una de sus nutridas temporadas. Su página web afirma que “ha realizado estrenos mundiales de obras escritas por compositores mexicanos para la orquesta como lo son el maestro Manuel de Elías, Graciela Agudelo y Mario Kuri Aldana, así como los conciertos de gala donde se integran músicos invitados para interpretar obras escritas para orquesta sinfónica”. Además, ha puesto en escena las óperas Bastián y Bastiana, de Mozart, El barbero de Sevilla, de Rossini; La serva padrona, de Pergolesi; La isla deshabitada, de Haydn (estrenada aquí en el ámbito de América Latina); el Orfeo, de Gluck; Elíxir de amor, de Donizetti; Dido y Enéas, de Henry Purcell y La Traviata, de Giuseppe Verdi. En materia de grabaciones, la Camerata de Coahuila cuenta con tres discos producidos: Camerata de Coahuila (2003), Paisaje cubano (2005), Astor Piazzolla. Las 4 estaciones (2006).
Por todo, es de justicia felicitar a todos los integrantes del patronato de la Camerata de Coahuila. Afortunadamente es amplio, y lo encabezan, como presidentes, el gobernador Humberto Moreira Valdés y su esposa, Vanesa Guerrero de Moreira; y los vicepresidentes ejecutivos Antonio Méndez Vigatá y su esposa, Gabriela Romero de Méndez.
Quede también el siguiente testimonio sobre los integrantes de la Camerata en el momento en el que arriba a su aniversario quince; aunque vengan otros, todos forman parte ya, como sus predecesores, de esta institución artística lagunera: director artístico y general: Ramón Sade; violines primeros, concertino: Tatul Yeghizarian; co-concertino: Marina Gorbenko, Ani Mkrtchyan, José Antonio Alanís; violines segundos: Dmitri Myzdrikov, Andrei Vlassov, Abraham Serrano, Samia Maloof; violas: Yulia Mokhnatkina, Vladimir Leshin, Babken Vardyan; cellos: Sergey Kosemyan, Alberto Jairo Ossa, Elena Myzdrikova, Jorge A. Paulín Arenas; contrabajos: Gabriel Robles, Guillermo Prieto; flautas: Juan Manuel Rosales, Katherine Calvey; oboes: Josef Gamilagdishvili, Enrique Trujillo; clarinetes: César Encina; Fernando Guijarro; fagots: Ventsislav Rumenov Spirov, Konstantin Melik-Vrtanesyan;, cornos: Serguei Marouchtchak, Alexandre Marouchtchak; trompetas: Francisco Cedillo, Carlos Espinosa; piano: Mariana Chabukiani; percusiones: Ricardo Jáuregui, Jorge Valenzuela, José Manuel Portilla.
Quince años suenan bien; que vengan muchos más.

sábado, junio 20, 2009

Recordatorio chileno



Acaba de morir la señora Hortensia Bussi, esposa de Salvador Allende. Sobreviviente del golpe militar chileno de 1973, la señora Bussi pasó parte de su exilio en nuestro país, lugar donde dejó grata memoria. Y a propósito de la asonada gorila que la obligó a salir de Chile, y aprovechando de paso que sopla un vientecillo fascistoide en nuestro actual régimen, no está mal releer (que es como escuchar) algunas de las palabras de Allende emitidas por Radio Magallanes, palabras enunciadas en el mismísimo momento en el que los milicos estaban apoderándose del gobierno chileno. Unos pocos fragmentos, sí, pero que son una lección inextinguible de aquel Allende frente a un micrófono de radio diciendo sus últimas palabras:
“Compañeros que me escuchan:
La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participa la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada.
Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito. El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse.
Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará su a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida. (…)
En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato conciente de un presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas.
En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra... roto la doctrina de las Fuerzas Armadas.
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor...”.

Bunge estuvo aquí



Siempre he tenido la impresión de que los laguneros no sabemos apreciar lo que tenemos y, menos todavía, lo que esporádicamente nos llega de fuera. Doy un ejemplo; hace dos años, en mayo de 2007 si mi memoria no cascabelea, vino a Torreón, traído por la UAdeC, el doctor Mario Bunge. La invitación se la hizo el doctor Roberto Tuda Rivas, de la Facultad de Economía. Ignoro por qué razón no había un auditorio lleno a tronar para ver y oír a Bunge, sino un aula con apenas quince personas que, me cuento, lo atendimos deslumbrados. Puedo presumir, no me apena, que me tomé una foto con él, que ese un intelectual de peso apabullantemente completo.
Lo mismo o algo similar pasó en noviembre de 2007, cuando vino el poeta Juan Gelman. Los alcaldes laguneros no fueran a recibir a esa eminencia, lástima, y se perdieron así el privilegio de codearse con quien poco después sería reconocido con el premio Cervantes. En otro momento contaré la anécdota sobre el libro que me envió.
Vienen muy de vez en vez esos tipazos y nos pasan de noche, así que cuando encuentro comentarios como el que citaré, no puedo no pensar que andamos muy lejos del aprecio por lo verdaderamente valioso. Cito algunos párrafos de la reseña “La fuerza de Mario Bunge” publicada recién (13, junio, 09) en el suplemento cultural Babelia del El País de España; su autor es Jesús Mosterín, quien se refiere al libro Filosofía política: Solidaridad, cooperación y democracia integral (Gedisa, 2009): “Mario Bunge, que en septiembre cumple 90 años, es el filósofo hispano (en sentido amplio) más importante de su generación. Nacido en Argentina, se doctoró con el físico austriaco Guido Beck, aunque pronto dejó la física por la filosofía. Después de sonados encontronazos con peronistas y militares, en 1963 tuvo que abandonar Argentina. Tras una estancia en Estados Unidos y en Alemania, se estableció definitivamente en Canadá, en Montreal, en cuya Universidad McGill él y Marta, su mujer, obtuvieron sendas cátedras de filosofía y matemáticas. Trabajador infatigable, todavía no ha reducido su pasmoso ritmo de producción. Su ingente obra está destinada a promover una visión sistémica y materialista del mundo. Todavía su penúltimo libro, A la caza de la realidad (Gedisa, 2006), constituye una vigorosa y penetrante defensa del realismo materialista, entendiendo por materia lo mutable o cambiante, por contraposición a la inmutabilidad de las ficciones y de los constructos abstractos de la matemática. (…) La obra está dedicada a su padre, médico, parlamentario e impulsor de la justicia social en Argentina, que transmitió sus ideales progresistas al joven Bunge, cuya primera empresa consistió en fundar una Universidad obrera. Cuando ya estaba en Canadá, durante la dictadura del general Onganía, sus obras fueron quemadas en el patio de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, junto a las de Marx. Cuando en 1982 los militares argentinos invadieron las islas Malvinas, y muchos intelectuales blandengues, como el mismo Ernesto Sabato, se dejaron llevar por un patrioterismo irracional a apoyar la acción de la dictadura, los realmente lúcidos, como Borges y Bunge, mostraron su completo desacuerdo. (…) En el prólogo leemos que ‘la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros’. Este reproche nadie se lo haría a Bunge, que no tiene pelos en la lengua y es lo contrario de un escolástico: es un auténtico surtidor de ideas originales, iluminadoras a veces y otras insuficientemente digeridas y precisadas. El matiz no es lo suyo y con frecuencia se lo ha comparado al elefante en la cristalería, pero hay que reconocer que se trata de un elefante filosófico magnífico, lleno de fuerza y empuje intelectual”. Y pensar que Bunge estuvo en Torreón. Tal vez sea el hombre más lúcido que ha pisado estas tierras y ni cuenta nos dimos.
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Nota del editor: en la imagen, Roberto Tuda con Mario Bunge en la UAdeC-Torreón. La foto es mía.

jueves, junio 18, 2009

Palabras en Durango



Esto leí ayer en Durango capital: Tengo pocos, pero todos los que he recibido son ya parte importante de mi modesta carrera literaria. Me refiero, por supuesto, a los premios. Ellos son, sin duda, espaldarazos que además de socorrer en lo económico ayudan a tomar confianza en lo que uno hace, a creer en la obra propia, esa obra que nace siempre entre la soledad y el escepticismo, entre las pequeñas y grandes complicaciones de la vida y la permanente angustia por no escribir lo que uno quiere, sino lo que uno puede, que por lo general es poco y de muy cuestionable calidad.
Los premios, es cierto, no garantizan nada, pero en el plano estrictamente literario son al menos garantía de que a uno lo han leído muy buenos lectores. Con esto quiero decir que lo más valioso de los premios es haber pasado frente a los ojos de colegas con obra demostradamente sólida. En mi caso, he recibido alguna vez el voto favorable de José Agustín, de Evodio Escalante, de Guillermo Samperio, de Daniel Sada, de Elmer Mendoza y otros escritores más igualmente reconocidos, como los que dictaminaron el premio que esta noche nos convoca: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. A todos ellos los he leído con admiración, y cuando me enteré de que juzgaron positivamente mi Parábola del moribundo no puedo dejar, por dentro, de enorgullecerme y, por fuera, de morder el rebozo, dado mi irremediable provincianismo lopezvelardeano.
De todos los reconocimientos y de todos los jurados no es éste, ciertamente, el más importante. Esto que parece una afirmación políticamente incorrecta no lo es tanto, ya verán por qué. Hace un cuarto de siglo yo sumaba veinte años, iba a la mitad de mi carrera y no tenía en las manos más que dedos. Ya escribía un poco, ya quería dedicarme a la literatura, pero nada me permitía asegurar que podía hacerlo. Estaba en Torreón, no había escuelas de letras, no teníamos un movimiento literario alentador ni contaba con la más elemental biblioteca para bucear por la libre. Eso no fue obstáculo, sin embargo, para borronear con timidez algunos mecanuscritos en mi Letera Olivetti color cremita. Por esas fechas sancoché mis primeros cuentos, unos relatos de cuyos contenidos no quiero acordarme pues sistemáticamente me dejaban la impresión de que no servían ni para envolver tomates.
A ciegas, con el puro lazarillo de la intuición y con algunas lecturas hechas con la brújula del azar, en 1984 vi una convocatoria y me atreví a mandar un relato. Era el primer concurso de cuento Magdalena Mondragón convocado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Se trataba de un certamen regional, y otorgaba módicos premios al primero, segundo y tercer lugares. Cuando los resultados aparecieron en el periódico, vi que mi cuento no ganó nada, pero en un parrafito final decía que el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas, una de ellas para mí. Aquella bicoca fue, sin embargo, el mejor regalo que he recibido en mi vida, y me estimuló tanto que lo considero desde entonces mi mejor permio literario.
Fue tan grande mi alegría que tuve la ocurrencia de asistir a la premiación, y allí me dieron un diploma. No había nada más, pero me alegré al escuchar que me nombraron y pasé a tomar el reconocimiento, que recibí de manos del único jurado: Rafael Ramírez Heredia. 25 años después, tengo la fortuna de ganar la primera convocatoria del concurso que con toda justicia homenajea al Rayo Macoy gracias a la iniciativa de la Fundación Guadalupe y Pereyra, la revista La Otra, el Instituto Politécnico Nacional y el Instituto de Cultura del Estado de Durango, instancias a las que agradezco sinceramente. Este premio cierra para mí una especie de ciclo; es, por ello, como un paréntesis que en sus extremos lleva el entrañable nombre del narrador tamaulipeco. Ignoro qué sigue para mí, pero estos primeros 25 años han sido, creo, rounds de estudio, la dura etapa del inagotable y titubeante aprendizaje.
En cierta forma, ese es el tema de la novela, la vida un tanto picaresca de un escritor perdido en la estepa lagunera, es decir, un creador ajeno al ambiente cultural que abre oportunidades a granel y permite al menos asegurar los bienes de consumo básico. En Parábola del moribundo, el personaje narrador se las ve literalmente negras para sobrevivir; es poeta y no quiere dejar de serlo, así que se inventa una forma lateral para arrimar recursos: escribir, editar, corregir a destajo en un ambiente, como ya dije, en el que esos oficios son menos importantes que la poesía en una junta de la Coparmex.
No digo más; sólo concluyo con mi más enfático agradecimiento a Juan Ángel Chávez Ramírez, presidente de la Fundación Guadalupe y Pereyra; a José Ángel Leyva y a María Luisa Martínez Passarge, responsables de la revista La Otra; a Enrique Villa Rivera, director general del IPN y a nuestro anfitrión, Juan Antonio de la Riva, director del Instituto de Cultura del Estado de Durango. A todos, muchísimas gracias por colocar este importante pedestal en memoria del maestro Rafael Ramírez Heredia.
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Durango, Durango, 17, junio y 2009

miércoles, junio 17, 2009

46 muertos, 0 culpables



Se equivocó redondo José Alfredo cuando dijo que allá en su León, Guanajuato, la vida no vale nada. Si pudiéramos hacer una versión corregida de aquella ranchera, creo que nadie se enojaría si en vez de decir “León”, afirmamos que es todo el país, que en el México entero de este tiempo la vida no vale un rábano. Quien lo dude, basta que vea la pizarra electrónica del siniestro hermosillense: 46 niños muertos (de una manera literalmente infernal) y cero detenidos. Sólo en un país como el nuestro se puede dar esa criminal contradicción, que mueran tantos inocentes frente a los ojos de la “autoridad” y que luego todo se diluya en la manoseadas frases dilativas: “Se actuará hasta las últimas consecuencias”, “el Estado hará valer todo el rigor de la ley”, “se procederá caiga quien caiga”.
El incendio de la guardería ABC vino a probar, por si hiciera falta y con las más desgarradoras víctimas, la increíble y triste podredumbre de la política al uso y su sistema desalmado. El siniestro no sólo quemó las a todas luces inadecuadas instalaciones de esa estancia para niños, sino que arrasó con las últimas hebras de credibilidad que tienen los administradores de este país, sean del nivel que sean. El hecho luminoso de que no haya un solo culpable visible y al menos arraigado, muestra hasta qué punto los negocios privados se han confundido con los quehaceres públicos, como si el país se hubiera fernandezdecevallizado por completo, como si México no fuera ya un Estado sino un tianguis gigante en el que no importa el hombre, sino sólo lo que vende y lo que compra.
Fernando Gómez Mont, el corpulento engominado que despacha en Gobernación, señaló ayer que no es pertinente “politizar” la tragedia. Es posible estar parcialmente con él, sobre todo en el estricto caso de las indagaciones, la compilación de pruebas y el reparto de culpabilidades, todo en el caso de que sean profesionales y en verdad estén tratando de llegar al esclarecimiento de los hechos para fincar las penas correspondientes. Sin embargo, el desaguisado se politiza en automático por el simple hecho de que las guarderías son, como tanto en México, un botín para hacer negocios particulares en los pasillos del poder político.
De ahí quizá que el IMSS no haya dado a conocer de inmediato el padrón de responsables de las guarderías subrogadas, como si la tardanza obedeciera a un impulso protector de hermanos, primos, tías y compadres de encumbrados. Ante la demora, la suspicacia, una suspicacia apoyada en años de saber que detrás de un contrato, de una concesión, de un concurso, está la mano negra de los cambalaches en lo oscurito.
En México son bien conocidos los resultados que se gastan las autoridades judiciales luego de desastres de parecida magnitud al sonorense. Todos pasan, forzosamente, por el factor disolvente conocido como “tiempo”. Estamos, hoy, a doce días del incendio en la guardería; debido al tortuguismo deliberado y al congestionamiento de otras noticias los afectados se van quedando más solos de lo que ya estaban, es decir, pierden hasta el favor de la opinión pública que en general vira si interés hacia donde soplan nuevos aires noticiosos. Pasadas varias semanas, o meses, las procuradurías estatal y federal darán estos resultados: A) que por angas o mangas no hay delito qué perseguir, pues los papeles de los subrogantes están en regla y, bueno, fue un penoso accidente; B) caerá algún chivo expiatorio de peso mosca, que es el recurso favorito de las autoridades, pues sale escandalosamente barato construir un expediente retorcido a cualquier pelagatos, y C) que caiga un culpable verdadero, pero con derecho a fianza. En síntesis, aquí en mi México lindo, la vida no vale nada.

lunes, junio 15, 2009

Gracias, Melody



No han pasado ni diez minutos y ya escribo esto que no quisiera escribir. Lo escribo consternado, triste por la partida de Melody Villarreal Miranda. Cuido en casa a mis tres hijas mientras Renata, luego de sus actividades de sábado por la mañana, va al Sanatorio Español para ponerse al corriente sobre la salud de nuestra común amiga, quien apenas el miércoles dio a luz a su segunda hija nacida prematuramente, pero bien. El viernes en la noche, tras la operación en la que los médicos le detuvieron una hemorragia después del complicado parto, las noticias sobre Melody eran alentadoras. La madrugada del sábado, sin embargo, los problemas no cesaron. En la mañana de ayer le llamé a Miguel Frías, su esposo, para saber cómo iba todo: él, con varios días sin poder dormir, me dejó entrever que los médicos no se mostraban demasiado optimistas. Unas horas después, al mediodía, su esposa partió.
Borroneo estos párrafos, como digo, con la mala noticia todavía fresca en el corazón. Me siento muy triste, muy apenado y, por qué no decirlo, con una especie de rabia contenida e impotente. Me siento así, lo confieso, no sólo porque Melody era nuestra amiga, la solidaridad encarnada ante cualquier mal momento, sino porque uno siente injusto que se vayan tan tempranamente personas como ella, seres humanos a los que nadie puede señalarlos con el dedo para decirles nada, nada salvo palabras de elogio, cariño y respeto.
Nacida en el seno de una familia trabajadora y muy religiosa, Melody fue alumna de mi esposa en el Iscytac. Estudió diseño gráfico y desde entonces mantenía una relación estrecha con nuestra familia. Por la edad de nuestras hijas, nunca faltó y nunca faltamos a los cumpleaños infantiles mutuos. A mi esposa y a mí nos había dado el bello estatuto de padrinos, de padrinos honorarios, acaso un padrinazgo más auténtico que los oficiales, pues en él no mediaba ninguna ceremonia ni papel. Gracias a su negocio de diseño, durante casi diez años Melody se apuntó para elaborar, con inverosímil generosidad, las etiquetas que todavía lucen los cuadernos de mis hijas, esos rotulitos que indican la propiedad y el colegio donde estudian. Cada inicio de año escolar, pues, mis hijas esperaban con ansia los diseños que Melody les hacía para pegarlos durante la rutina anual de forrar libros y libretas.
Un rasgo definía a Melody: la alegría. Su nombre casi determinó su personalidad. Increíblemente, ella tenía una capacidad innata para el optimismo. Nunca la vi, nunca nadie la vio triste alguna vez, y hasta supe que en la cama del sanatorio, sin habla por el equipo médico y las anestesias, lograba reconocer a los suyos y les sonreía como siempre le sonrió a todo. Esa alegría a prueba de cualquier adversidad tenía, creo, dos bases: su propia naturaleza, por un lado, y, por el otro, la fuerza espiritual que rodea a su familia, a sus padres, a su hermano Jorge, a su esposo, a su pequeña hija mayor y de seguro rodeará también a su recién nacida. La combinación de esos dos factores daban como resultado un ser humano entero, firme, justo, pródigo, honrado, pulcro, cristalino y capaz de trasmitir felicidad con solo estar.
Quizá alguien piense que me rebasa el dolor y que, ante la cercanía de la pena, me excedo en el elogio. Es costumbre, cierto, que hiperbolicemos los rasgos positivos de quien se nos adelanta, pero no es menos cierto también que en ocasiones no es necesario exagerar nada, y éste, el de Melody Villarreal, es el caso. Destaco la limpieza de su personalidad porque era evidente para todos, tanto que en ocasiones parecía desbordante. Estamos tan habituados al estrés, a las malas caras, al exabrupto y al mal trato que aquí y allá encontramos (nosotros mismos solemos caer en acritudes de distinto signo), que nos deslumbra hallar una persona de ésas que nunca están de malas, que siempre se desviven por servir y por comunicar alegría. Melody, insisto, era así, y esto no lo afirmo porque me lo hayan contado, porque me enteré de oídas. Lo vi, sentí varias veces cerca la cordialidad de esta joven lagunera excepcional y dueña de un espíritu de servicio fuera de todo orden, poseedora de un corazón en permanente acto de dar.
Pensar en Melody, por todo, me desgarra hoy, es verdad, pero más me desconcierta. Carezco de bases religiosas que me ayuden a comprender el sentido trascendente de la muerte así, llegada tan de sorpresa. Como siempre en mi caso, traigo a un plano terrenal los hechos que me tocan. Tanto que necesita esta país de gente buena, tanto que requiere de personas inteligentes, generosas, justas, y perdimos aquí la valiosa colaboración de Melody para que este mundo esté un poco mejor. ¿Por qué, por qué se van esos hijos, esos hermanos, esas madres, esos amigos tan necesarios para hacer más respirable la existencia? Sólo meneo la cabeza, desconcertado, abatido por una ausencia que deja a mi familia, a mi mujer y a mis hijas, a mí, sin una ahijada que siempre nos buscó para preguntar, sonriente, en qué ayudar, en qué podía servirnos. Porque nunca habló para pedir. O sí: hablaba para pedir que le pidiéramos, y sé bien que así lo hacía con todas las personas que tenían la inmensa fortuna de toparse con su amistad.
Melody, como su nombre, era una fiesta sin orillas. Frente al negror del mundo, frente a las desgracias que a toda hora nos abaten, ella pintó siempre en su rostro el gesto de la alegría que a su vez era el gesto de su fe en dios manifestándose en ella o desde ella. De veras, qué increíble que se vayan personas con esa madera espiritual, jóvenes que desde muy jóvenes dan ejemplo de sabiduría y de desprendimiento por el otro.
Insisto que no tengo autoridad ninguna para explicar el sentido metafísico de un hecho como éste, pero me atrevo a imaginar que si Melody nos viera tristes, no se acongojaría ni se enojaría, pues para ella esos sentimientos fueron desconocidos. Simplemente sonreiría y nos tendería la mano para ayudarnos a salir del desaliento.
Gracias por todo, Melody. Siempre.

Biodiversa 2009. Declaración Final



Los asistentes a Biodiversa 2009 deseamos hacer nuestro público compromiso con la sostenibilidad de la Comarca Lagunera.
Entendemos que esto sólo será plenamente posible si aseguramos la perdurabilidad de Durango, de Coahuila, de México y del planeta entero.
Actuamos en lo local mientras pensamos en lo global.
En La Laguna se están usando los recursos de manera insostenible. Los acuíferos se agotan, los suelos se salinizan y pavimentan, los ríos se desecan y el aire se ensucia.
Esta lógica pone en peligro la base misma de nuestro desarrollo y bienestar.
En particular el agua, un factor indispensable para la vida, no es valorada en todas sus dimensiones por quienes la usan y la administran.
Se le reduce a un insumo para la producción, en una veta minera con la que hay que terminar cuanto antes.
Esto nos ha llevado a una pérdida sin paralelo de ecosistemas lacustres, a la muerte de preciosos bosques de río y a la elevación de los niveles de arsénico en el agua que consumimos cada día.
El entredicho en el que se encuentra la salud y el bienestar de nuestros seres queridos, de nuestras comunidades y de nuestros ecosistemas nos lleva a asumir este compromiso.
Desde este compromiso hacemos un llamado a los partidos políticos, organizaciones sociales, empresas, iglesias y sindicatos a que abran espacios de reflexión y de acción que nos permitan enderezar este camino que hoy nos conduce a la ruina, a la enfermedad y a la muerte.
Hacemos este llamado conscientes de que la lucha por la sostenibilidad es la lucha por un futuro de progreso, de bienestar y de equidad. Una lucha en la que nadie sobra.

Suscrita y firmada por 700 asistentes al Séptimo Encuentro Biodiversa 2009, enTorreón, La Laguna, centro norte de México a 12 de junio de 2009

sábado, junio 13, 2009

Fin de la propaganda



Estamos parados en el fin de la propaganda. Ante el tamaño cósmico del escepticismo, los mensajes políticos han sido tan enanizados que los candidatos no nos resultarían persuasivos ni arrodillados y suplicando por el voto. Platiqué sobre esto, hace poco, con mi cuate Eduardo Holguín. Le comenté, entre otras percepciones, que con frecuencia escucho hablar sobre la “falta de propuestas”, sobre la “carencia de ideas” de los candidatos. Mi respuesta a eso es otra pregunta: ¿y qué pueden proponer que parezca convincente y que la realidad no se encargue de desmentir en automático?
Efectivamente, la cochina realidad aniquila (aniquilar procede del latín annichilare, reducir a nada, y es palabra etimológicamente hermana de nihilista, quien no cree en nada, donde se ve que ambas comparten la raíz nihil, nada) cualquier intento por convencer desde un cartel, un espot, un espectacular o una calcomanía adherida a los coches (que es lo único, por cierto, que adhiere hoy a esas causas). Antes incluso de enunciarlos, los mensajes encaran, per se, una contradicción en los hechos: si alguien ofrece paz, ese día matan a 46 en el país; si alguien ofrece educación, Elgángster Gordillo sigue allí; si alguien propone mejores salarios, mañana mismo botan de sus chambas a otros tres mil trabajadores; si alguien asegura que legislará a favor del medio ambiente, miles de metros cúbicos de agua siguen siendo saqueados o contaminados en el momento en el que leemos esta línea. O sea, la propaganda no puede ya, ni a pujidos, sonar más que a demagogia.
Por eso mi afirmación es contundente: mientras la terca realidad se obstine en evidenciar la galopante jodidización del ciudadano, los eslóganes y los discursos no pasarán de ser lo mismo que la Constitución o la Biblia: letra muerta. Vivimos pues el impasse de la propaganda, así que preguntar por las “propuestas” es ingenuo. ¿Cómo articular una propuesta? ¿Cuáles son las siete, ocho, nueve o diez palabras que, combinadas en lemas de combate, lograrían persuadir al electorado? Por fuerza, entonces, los lemas de batalla serán gaseosidades sin sustento, palabras más huecas que el corazón de un usurero. La propaganda hace presencia, sirve en lo inmediato para crear la ilusión de campaña electoral, pero no creo que predisponga favorablemente a nadie. En todo caso, la estrategia ahora es vender, sin metáfora, la imagen al estilo peñanietil, es decir, convencer al electorado con rostros como sacados de revista Players o Poder y negocios, con Photoshop abusivo (photoshopear es un neologismo que hoy se usa mucho) y diseños tipográficos vistosos.
Muestro un par de casos locales en los que el discurso electoral (la famosa “propuesta”) aterrizó en las mismísimas entrañas de la Nada. El primero, del candidato Luis Gurza, es un mensaje diseminado en viniles y pegotes para coche. Muestra al candidato en big close up, con una sonrisa tanguera, buen trabajo de Photoshop y un mensaje que tiene algo de disparatado: “Contra el secuestro y la violencia”. Me recordó el letrero que alguna vez vi en el interior de un billar: “Prohibido ingerir bebidas embriagantes y cerveza”, o la tarjeta de presentación de un fallido intelectual lagunero: “Poeta y escritor”, como si uno de los términos no comprendiera al otro, como si el secuestro no fuera, y vaya que lo es, violencia.
Otro anuncio, el de Ricardo Rebollo, peca al menos de ambigüedad. Photoshopeado excesivamente, trasformado en lo facial con un doradazo look brunette que envidiarían Paulina Rubio y Galilea Montijo, el ex alcalde gomezpalatino opera con la leyenda “Para hacer más”. ¿Hacer más qué? Es como si el verbo “hacer” sólo implicara la ejecución de buenas obras. Por ello, su simplonería es escandalosa, de una pobreza retórica digna de los tiempos políticos que vivimos: tiempos de descreimiento y ruindad, tiempos de extravío y cinismo, tiempos de propaganda sin vergüenza, tiempos para no despilfarrar el tiempo en esa estéril promoción de naderías.

viernes, junio 12, 2009

(S)obras públicas



Este país estará bien cuando los hijos de los funcionarios públicos de más o menos buen nivel para arriba usen las carreteras públicas, las escuelas públicas, los parques públicos, las instalaciones deportivas públicas, los hospitales públicos, lo espacios culturales públicos, los centros vacacionales públicos y, por supuesto, las guarderías públicas. Mientras tanto, la obra pública edificada para los mexicanos es de octava, improvisada, de mala calidad y diseñada en muchas ocasiones con las patrullas, digna de la pelusa (pensarán) que usará edificios y demandará servicios sin merecerlos realmente, pues todo ciudadano es para el poder un simple votante, un animal electoral, no un ser humano.
Desde que recuerdo, vivimos condenados a, si la hay, infraestructura pública pichicatera y fea. Por eso, cuando uno nace o se instala en la clase media repelera decide de inmediato escapar para siempre de los beneficios que nos da el gobierno. Del clasemediero en adelante, todos huyen de la obra pública y recurren a los servicios privados, esos servicios un poco más decorosos y donde es posible reclamar deficiencias. Llega un momento en el que, pese a los impuestos pagados religiosa, sistemáticamente, el clasemediero luchón ya no usa nada o casi nada de lo que nuestro gobierno amablemente arroja, como al suelo unas migajas, como las sobras de un plato. Así, viajamos por carreteras de cuota, nos compramos un segurito de gastos médicos, contratamos con un club social (“llévame a Sani, mamá”), inscribimos a los chamacos en un cole, los llevamos a clases vespertinas exclusivas, residimos en algo que no huela a ratonera de Infonavit y si de guardería se trata, pues una estancia infantil privada es lo mejor. La razón es simple: todo o casi todo lo que edifica el Estado para la perrada nostra es escaso, queda chico, no funciona bien y al final sólo sirve para que nuestra briosa raza de bailadores de jarabe sienta que la atienden.
Por eso, aunque el hecho fue desgarrador, nada me asombra que la guardería ABC de Hermosillo consistiera básicamente, desde el punto de vista arquitectónico, en una megacaja de galletas Marías, en un bodegón infame en el que ni siquiera luciría un taller de enderezado y pintura. En esos edificios cuchos, improvisados e informes hay un mensaje del Estado a la ciudadanía: esto es lo que el populamen se merece, y si no le gusta, no hay remedio: que chingue a su madre. Haga el lector, porfa, un esfuerzo por recordar algún sitio con infraestructura pública que no lo haya deprimido. Aseguro que el esfuerzo será mínimo, pues abundan esas instalaciones sin zonas verdes, mal planeadas, sin el menor sentido de la funcionalidad y la estética, verdaderos homenajes al atole con el dedo. Los niños y los padres que asistían a la guardería ABC no tenían más alternativa, unos por pequeños, otros por pobres. El caso es que ese espacio, aunque no le hubiera pasado nada, era en sí mismo, como tantos y tantos, indigno de seres humanos que, pese a sus limitaciones económicas, merecen algo mucho mejor.
En otra oportunidad quisiera hablar sobre este mismo tema en relación a una conferencia de Sergio Fajardo Valderrama, ex alcalde de Medellín y ahora aspirante a la presidencia de Colombia. No adelanto mucho, sólo que ante una realidad pavorosa de marginación y violencia puso en marcha un plan para abatir de manera honda y nada demagógica los índices más negros de la realidad medellinense. Por hoy sólo comento, con rápida simplicidad, que Fajardo y sus asesores construyeron grandes edificaciones públicas (escuelas, centros culturales, hospitales) en zonas marginales de Medellín. Pensaron ofrecer un servicio del Estado, sí, pero también levantar la autoestima de la gente, hacerla sentir con derecho a lugares hermosos. Muchos espacios públicos de México, como la guardería ABC, son deprimentes y ahora comprobadamente peligrosos. (S)obras públicas, en suma.

jueves, junio 11, 2009

Quisiera ser mercenario



Vi en febrero y a saltos la entrega de los Óscares; algunos meses después vi Quisiera ser millonario, cinta que obtuvo el galardón como mejor película de 2008; durante todo el trayecto de la historia pensé en un libro que leí recientemente: La existencia sitiada (Fineo, 2006) del español Eduardo Subirats. Esas páginas son un arduo bucear en las claves de la maquinaria/mundo que vivimos: la violencia, el mercado, la construcción de realidades vicarias con los medios, la fragmentación y banalización informativas, el aniquilamiento de la memoria histórica y la anulación de las diferencias culturales. Todo eso pensé mientras pasaba frente a mí el choro de Quisiera ser millonario, film que no hace más que montar un viejo dispositivo de dominación: crear en la masa sometida la ilusión de éxito y libertad. Es, claramente, un producto hecho ex profeso por y para la academia hollywoodense y deja sin tocar un pelo a los causantes pasados y actuales de la miseria, en este caso, hindú.
Se trata pues de un film exculpatorio, uno más: qué importan los millones y millones (esta no es una hipérbole, pues en verdad son millones, más de mil, por lo que la India es el segundo país más poblado del planeta) de parias que viven en la tierra de los mahatmas y en el mundo entero, si al final un afortunado hijo de la miseria llega a millonario. Qué importa el latrocinio mundial de los países neocoloniales, de las trasnacionales, de las mafias político-económicas internacionales, si hay un concurso televisivo que nos permite soñar en la pachocha, que es sinónimo de salvación. Es el “sí se puede” ogmandinesco que alimenta bobas fantasías y desactiva enconos.
En Quisiera ser millonario la realidad aparece edulcorada, por más que veamos dos o tres imágenes tremendistas (joder los ojos de un pequeño para enceguecerlo y convertirlo en mendigo, o que el protagonista, cuando niño, caiga desde la letrina en un lago de mierda). El mafioso de Bombay, por ejemplo, es un malvavisco comparado con lo que podría ser un fayuquero de Neza. La chica del basurero, en vez de terminar convertida en un andrajo por culpa de la indigencia extremísima, termina por parecer una Bratz de lo más sexi, no pierde sus “valores” y se convierte en fundita de gángster.
El final no tiene abuela. Lo que debería ser una película estremecedora, casi automáticamente crítica de la miseria más miserable que en el mundo hay, termina con una postsurrealista coreografía de High School Musical donde de plano se descara el afán de complacer a los culpígenos y distantes espectadores de Beberly Hills, quienes con ese clímax no deberán sentirse tan mal por haber visto al niño ojetemente enceguecido o al pequeño que nada en excremento; al final, todo Bombay, la India toda bailará llena de júbilo por la belleza de la vida, por la suerte de tener una oportunidad (una sola, la del concurso) de redención, y no agitará sus juanetes en una danza tradicional, sino en una muy coordinada pieza que envidiaría Michael Jackson en Thriller.
Los caminos de la depravación mercantil llegan al límite en películas como Quisiera ser millonario. Un país con tan pavorosa miseria no merece que Hollywood le sancione como espléndida una película que termina por ser testimonio indoloro y hasta aséptico, pese a sus dos o tres escenas truculentas. Por ello, traigo a Subirats: “Uno de los daños colaterales de la aceleración y fragmentación informativas es la descontextualización de los signos. Se construyen y diseminan ‘paquetes de realidad’ programadamente ilegibles. En la pantalla, desaparecen técnica y estéticamente los marcos sociales, políticos o culturales de lo que resulta enteramente imposible comprender el signo de un conflicto social”. Un fraude, en suma, y fue Óscar a la mejor película de 2008. Así nos imaginan los grandes mercenarios del entretenimiento: jodidos pero contentos, felices y soñando ser millonarios.

miércoles, junio 10, 2009

Héroes de Hermosillo



La mente apenas puede digerir las imágenes creadas por la palabra cuando las descripciones son así de espeluznantes: me refiero a la crónica “Tenían plástico derretido en la piel”, de Shaila Rosagel (El Universal), quien narra, a partir de lo que le cuenta Francisco Manuel López, los minutos de horror en los que la guardería ABC era devorada por las llamas. Y no es que otras tragedias de ese tipo duelan menos, como la del News Divine: todas son igualmente lamentables, pero el hecho de saber que el siniestro de Hermosillo tuvo como escenario una estancia para bebés torna pavorosamente aguda la sensación de desgracia.
La crónica de Rosangel se apoya, como dije, en la experiencia que le cuenta Francisco Manuel López, de 23 años. Empleado de un taller de laminados cercano a la guardería, el joven supo del incendio por su padre. De inmediato, López se apersonó en el sitio donde ocurría la tragedia. Vio que el lugar sólo tenía una puerta y que ese acceso no podía ser usado por culpa de las intensas llamas y la saturación de humo. Eran minutos, segundos decisivos, por eso varios ciudadanos usaban un zapapico para tratar de abrir un boquete y poder ingresar por otro punto al local. Tal fue la razón por la que, sin dudarlo, Francisco Manuel arremetió con la parte trasera de su troca contra el muro; no fue fácil fracturarlo, e incluso se quedó atorado por un instante. La desesperación por ayudar fue tanta que, tras ocho golpes, abrió el primer hoyo; luego haría otros dos, por donde pudieron entrar, al fin, los rescatistas.
Todo eso pasó en unos segundos, los suficientes para provocar la mayúscula desgracia que ya conocemos. Sin embargo, gracias a las agallas de un muchacho muchos niños fueron rescatados de la que es, acaso, una de las muertes más dramáticas que pueda padecer el ser humano. La heroica voluntad de Francisco Manuel no terminó con la peligrosa demolición provocada con su camioneta; cuando terminó esa obra, ya de por sí valiosa, ingresó a la guardería para ver qué tanto podía hacer entre la lumbre y la espesez del humo.
Lo que sus ojos vieron son tal vez las escenas más desgarradoras que unos ojos puedan ver: “La gente entraba y salía. El primer policía que entró no tardó ni cinco minutos para salir gateando y ahogado por el humo. Yo levanté pedazos de hielo seco ardiendo y vi niños con plástico derretido pegado en la piel”, declaró. Ahí el dolor es inimaginable y rebasa lo que un ser humano sensato puede tolerar siquiera en el plano de la fantasía. Eran niños, bebitos que de golpe sentían en sus cuerpos desvalidos un dolor infernalmente cruel.
Francisco Manuel quedó lastimado de la columna debido a los golpazos de su camioneta contra las paredes de la guardería. Ante los hechos, no le importó nada y procedió con una conciencia más que ciudadana, humanitarísima, lo que demuestra que en cualquier persona puede haber gestos de valentía que por lo general quedan oscurecidos por lo contrario: por la ruindad de las sociedades que hemos construido, una ruindad que opera a imagen y semejanza de autoridades envilecidas en el negocio con lo público.
No es, quizá, buen momento para hablar de lo que está saliendo a la luz tras el horrible acontecimiento de Hermosillo: que las guarderías son también parte, como tantas otras cosas en este país, de un tráfico de intereses multifamiliares en las cúpulas del poder. No es una calamidad menor, sino una desgracia inconmensurable, que las guarderías manejadas bajo el sistema de subrogación sean parte de una red de amarres decididos en la esfera política. No es la primera vez, entonces, que tras un siniestro como el de Sonora sale a relucir lo peor del sistema, sus enjuagues y trastadas. Eso, en lo inmediato, no debe sofocar, sin embargo, el elogio bien merecido para muchas personas que arriesgaron su vida por decenas de niños. Francisco Manuel López y otros sonorenses son buen ejemplo de que en México aún hay ímpetus heroicos.

domingo, junio 07, 2009

Premio a Travesti



Felicitemos a Carlos Reyes (Torreón, 1976) porque acaba de agenciarse el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2009. A continuación, una entrevista y, luego, el arranque de su novela:
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¿De qué trata tu novela (protagonistas, ubicación geográfica, época)?
Sobre el fenómeno del travestismo en Torreón. Son tres historias de tres distintos travestis. El primero se llama Sonia y anduvo circulando por acá en los sesenta en la zona de tolerancia. El segundo es Verónica Verano, también de la zona, pero cuyo auge más bien fue en los ochentas; y el tercero, Paulina, ya en la época actual y más bien en La Rueda. Algunas de las escenas se ubican en la frontera norte del país, sobre todo las andanzas del travesti llamado Sonia.
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¿Cuándo la escribiste y motivado por qué?
Empecé a escribirla en el 2005. Al principio estaba escribiendo un libro de relatos, y me faltaba uno que ya estaba en mi planificación; era un relato sobre travestis. Comencé a hacer una investigación, y cuando me di cuenta ya tenía demasiado material y muchísimas historias. El relato resultó insuficiente, así nació esta novela.
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¿Qué tanto embona o que tanto se separa de tus anteriores obras?
Se separa de todas definitivamente en temática y forma, pero bueno, casi todos mis libros han sido muy diferentes entre sí. Por ejemplo, de la novela anterior, no creo que tenga similitudes más que la flexibilidad de la estructura y la forma en que el tiempo se rompe, pero en temática son muy distintas. Y de los libros de poesía, pues ni hablamos, supongo que nada tiene qué ver con ellos. Pero opino que es un libro raro, y en eso es similar a todos los demás, al menos es lo que me gusta e intento hacer.
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¿Qué extensión y estructura tiene tu novela?
La novela tiene 120 cuartillas, no es muy larga, pero tampoco llega a ser una novela corta. Rápida sí, sus capítulos son breves, son de fácil lectura. La estructura es rara, a veces estamos en los sesentas con Sonia, luego en el 2005 en La Rueda. Además incluyo una entrevista y algunos capítulos más cercanos a ensayos sobre el travestismo, y esos se van mezclando sin una aparente relación. El único eje que sostiene el libro sería en todo caso el “travestismo”, ya que de alguna forma intenté yo mismo como autor travestir mi obra, hacer de mi novela un fenómeno travesti. ¿Si lo logré o no? A ver qué opina la gente, pero creo que el objetivo se cumplió: hablar del fenómeno travesti sin usar un discurso moralista ni caer en etiquetas como literatura gay, no se apoya ni se ataca el travestismo, simplemente se cuenta una (¿varias?) historias donde los personajes principales son travestis. Esta novela no aborda el tema gay ya que el travestismo no es inherente a la homosexualidad.
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¿Qué significado tiene para ti este nuevo premio?
Tiene varios: 1) me ayuda a terminar de convencerme que cuando haces las cosas sin intentar ser nadie funciona mejor, sale algo más propio, y creo que este premio es la prueba de que por ahí es por dónde; 2) me ayuda a seguir vigente en las publicaciones, seguir y trabajando; y 3) para mí significa mucho poder ganar un premio desde la provincia, porque me queda claro que no es necesario ir al centro para triunfar.
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Nuestra Señora de las Flores (primer capítulo de la novela Travesti)
Camelia vendía flores de papel que ella misma elaboraba. Solían llamarla “Nuestra Señora de las Flores”. Hacía de “Celestina” presentando señores con señoras. Como toda mujer romántica creía en el amor. Montaba valses para quinceañeras. En el fondo de su corazón seguía siendo una chiquilla enamorada. Camelia no era mujer. Su verdadero nombre era Carlos Pérez. Fue el primer travesti de Torreón allá en los sesenta. Hoy su nombre es un emblema.
—¿Quéee? pérate, pérate, pérate. ¿Era hombre?
—Sí, se llamaba Carlos, vivía en la Leandro Valle y...
—¿Fue el primer travesti de Torreón?
—La primer “vestida”, exactamente. Aunque no total. Se maquillaba, se peinaba como mujer, usaba aretes, y collares, traía las uñas arregladas, pero se vestía con pantalones de hombre, camisetas y zapatos de mujer. No se “vestía” totalmente, pero era lo más cercano.
—Pero ¿no era cierto eso de las flores y lo de la Celestina y lo de los valses, verdad?
—Todo es cierto. Eso hacía La Camelia. ¿Qué quieres? Era una romántica.
—¿De qué años estamos hablando?
—De los sesentas.
—¿Todavía vive?
—No, ya murió.
—¿De qué?
—Dicen que de Sida, pero no es cierto. Antes decían eso siempre que se moría un homosexual, pero Camelia no murió así.
—¿Cómo sabes?
—Camelia antes que travesti y homosexual, era una dama. Se portaba bien, no era una loca, era tierna, linda, sana. Era raro verla en la Zona, donde sí andaban los maridos de las mujeres que dijeron que murió de Sida. Esos maridos que por cierto preferían bailar, tomar, platicar y hasta pichonear con las vestidas que con las prostitutas.
—¿Se las cogían?
—Unos sí, otros no. La cuestión es que en aquel entonces no sabían que eran hombres. Cuando descubrían el truco, a veces las golpeaban y unos hasta las mataban. Otros se hacían los indignados frente a los cuates, pero de rato regresaban.
—¿Neta?
— (Silbido de afirmación)
—Bueno, a ver, ¿qué pedo? ¿Qué pasó con la Camelia, y las flores? ¿Qué más?
—Ah, guey, si el morbo es cabrón, ¿verdad?
—Ándale, ya, síguele, ¿estaba guapa?
—Camelia era un hada atrapada en un terrible cuento.

sábado, junio 06, 2009

Palabras para una colección



Tomo un fragmento de las palabras que Saúl Rosales escribió para presentar, el jueves pasado, la segunda serie de la colección de libros auspiciada por la UAdeC. Quiero insistir en un hecho irrefutable que por cierto aprendí años ha de Saúl: la importancia que tiene la publicación de libros por parte de las universidades. Van pues las palabras de Saúl:
"Con la proverbial tenacidad (terquedad) de los habitantes del norte árido, mi admirable amigo Gerardo Segura me insistió para que yo presentara, junto con Claudia Berrueto, la segunda serie de libros de la Colección Siglo XXI Escritores Coahuilenses, publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila. Yo me resistí. En general evito salir de mi catacumba si no es para ir a ganarme los maravedíes de la quincena. Pero sobre todo eludía el compromiso de la presentación porque mi condición de milusos me ata a muchas obligaciones asalariadas y porque mi condición de milusos me deja cada día como minero de Pasta de Conchos, sin fuerzas ni para escribir mi testamento. A mi edad es una obligación asentar el ocio en el bosque, en la playa o en la nada.
Sin tiempo ni energía disponibles tenía la justificación para resistirme a la insistencia de Gerardo. No me estimulaba ni la tentación de convivir en esta mesa con Claudia Berrueto, amiga de mi especial aprecio. Pero triunfaron sobre mí, es decir, me derrotaron, el tesón de vencedor del desierto de Gerardo y mi vergüenza porque parecía que quería poner a mi amigo en el papel de Jorge Negrete en la canción de El rogón. Por eso estoy ahora participando en esta presentación de libros publicados por nuestra Universidad, lo que es un mayúsculo motivo de júbilo hasta para mi osamenta y mi ánimo minados.
Sé que no escribí nada bueno para hablar de tan buenos libros publicados por la Universidad Autónoma de Coahuila, por eso esta larga introducción trata de disculparme.
No lo hice bien. Si no me creen, escuchen lo que alcancé a redactar con mi mente constreñida (y estreñida) por la falta de tiempo y energía.
Es motivo de júbilo la presentación de libros de autores que conocemos y de autores que desconocemos. Sin embargo esta vez prefiero encomiar el que sea una universidad, la Universidad Autónoma de Coahuila, quien patrocina una segunda serie de volúmenes de Escritores Coahuilenses. Y no por la calidad de los autores, que en general es extremadamente meritoria, sino porque nuestra Universidad –nuestra porque es de nuestro estado y nuestra porque me honra permitiéndome ejercer el magisterio en sus aulas– nuestra Universidad, digo, cumple la noble tarea de dar cause a un caudal editorial mientras instancias que también debieran hacerlo no incluyen esta labor entre sus afanes. A la institución que la sociedad conoce como universidad se le ha asignado la difusión cultural como una de sus funciones fundamentales. La publicación de libros es una de las más trascendentes formas de la difusión cultural y en proporción con las casas de estudios superiores que nos adornan puede decirse que no existe.
En nuestro tiempo tan alejado de los libros y tan encaminado a la incultura y la barbarie, es un acto de fe en la potencia del espíritu publicar libros de literatura como los de la colección que la Universidad Autónoma de Coahuila presenta ahora. Gracias a la serie de volúmenes que la Universidad pone a disposición de todos los lectores disfrutaremos la convivencia con autores que nos son cercanos y con otros que lo serán gracias a la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses. Recordemos que en la primera serie otra buena camada de laguneros tuvimos la oportunidad de aparecer publicados.
Mediante los volúmenes de esta colección, la Universidad nos da a los lectores la oportunidad de conocer y reconocer una parte significativa de las letras coahuilenses. Tenemos en la nueva serie el ensayo, con su lucidez; la poesía, con su esencialidad; la narrativa, con su riqueza y aun el guión cinematográfico que más allá de las imágenes previstas nos instala, con el empleo de la palabra, en un momento y un espacio de nuestra lengua, la del coloquio cotidiano.
Si pretendemos “comprender nuestro interior y nuestro exterior”, como en su lúcido libro de esta colección (Microcosmos. El hombre como compendio del ser) propone Mauricio Beuchot, entre los mejores instrumentos para lograrlo encontraremos los libros, y entre ellos, los que son como los que nos ofrece la Universidad en esta serie.
La paranoia de aficionado a la lectura me lleva como a otros a ver no pocos indicios de acechanzas contra el libro. No ataques directos que pretendan desterrarlo, sino la promoción y la protección desmedidas de competidores que restan el tiempo que antes se le dedicaba. Por eso a la menor provocación, quienes creemos en el libro como valioso invento de la humanidad que conviene preservarse, debemos resaltar sus bondades y los esfuerzos de quienes lo producen y que, a pesar de todo, lo mantienen en una robusta vida.
Libros de literatura como los de esta serie nos llevan a extremos lingüísticos en los que la palabra es cieno o manjar, armonía o estridencia, experimento fallido o mezcla revolucionaria; y también a geografías remotas o imaginarias; a todos los tiempos y a las complejidades floridas o erosionadas de las sociedades y de las almas, y en sus viajes los lectores encontramos el refugio de mundos si no mejores, sí distintos y completamente abiertos.
El libro de literatura además de entretener a desocupados y ocupados, como dice el Quijote, ayuda a pensar y no sólo estimula el raciocinio sino excita la imaginación y agiliza la mente, por lo que es antídoto contra el irracionalismo que los altos poderes mundiales están inoculando en las sociedades para convertirlas en masas productoras de riqueza que no reclamen más que diversión fútil, sexo abundante e hipocresía litúrgica. Estas tres cosas, se puede apreciar fácilmente, tienen como común denominador el irracionalismo.
Celebremos esta memorable tarea editorial institucional. Y aunque sueno como vocero oficial y puede parecer que lo soy, sin serlo, hablo como hombre que ha encontrado en los libros muchas explicaciones para las interrogaciones internas y para las que me arroja el exterior, quiero decir, hablo como ser humano agradecido por lo mucho que los libros me han ayudado para aligerar el peso de sobrellevar la vida.
Esta segunda serie de la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses de la Universidad Autónoma de Coahuila con sus volúmenes me ayudará a seguir resolviendo enigmas de la vida y a embeberme sin magnetismos pragmáticos con el goce de la lectura. Supongo que lo mismo hará con todos los que se adentren en sus páginas. Compartamos el júbilo por los nuevos libros".

viernes, junio 05, 2009

Peluche justiciero



Cualquiera sabe que Alejo Carpentier, monstruo de la narrativa cubana, adhirió al movimiento surrealista durante su primera estada, joven él, en París. Hacia 1933, en pleno auge de la estética defendida por Bretón, Miró y demás secuaces, el narrador y musicólogo habanero publicó su primer libro, ¡Écue-Yamba-O!, texto de tema afrocubano y sobrepoblado por guiños surrealistas. Pasado el tiempo, Carpentier renunció voluntariamente al onirismo a la Bretón pues halló en la realidad latinoamericana, redescubierta tras su regreso de Europa, el caldo cultural que le serviría para fraguar su noción de lo real-maravilloso, noción que es, se supone, una etapa superior del surrealismo o, al menos, su versión criolla, no voluntaria, tan real como asombrosa.
He escrito ya que la revelación carpenteriana fue para mí determinante. Luego de conocerla, de leerla en ese prólogo-diatriba contra el surrealismo contenido en El reino de este mundo, la realidad de mi pequeño mundo lagunero se me dejó venir con otra consistencia, y el asombro no cesa. De hecho, siento que son idénticos, en lo básico, los grandes desastres de nuestro continente espiritual, Latinoamérica, sus líderes de pacotilla, sus pavorosas franjas de miseria aledañas a los paradójicos guetos del privilegio, la corrupción forjada por décadas, el caos, el lameculismo de una clase media que desea subir y no puede lograrlo por su asustadiza catadura política.
Esto significa que, además del idioma, nos unen rasgos que en muchos casos hacen que parezca idéntica una situación salvadoreña a una colombiana, o una uruguaya a una ecuatoriana, o una peruana a una mexicana: es el común denominador de la improvisación, la corrupción, la anarquía y el cinismo lo que a puños genera acontecimientos que escapan a la lógica para instalarse en el teatro del absurdo sin necesidad de escenografías efectistas. Cuento uno que leí ayer en un cable informativo. Ocurrió en Bahía Blanca, ciudad situada casi mil kilómetros al sur de Buenos Aires. Es el puerto donde nacieron, entre otros, los escritores Héctor Libertella, Eduardo Mallea y Jorge Boccanera, pero ahora es más famoso porque de allí es Emanuel Ginóbili, el basquetbolista de los Spurs de San Antonio.
Bueno, en aquella ciudad un hombre que usaba una botarga de pollo para promocionar un restaurante en la vía pública vio que un tipo intentaba abrir, sospechosamente, un coche. Era un ladrón en pleno acto. De inmediato, el pollo humano, en vez de no decir (literalmente) ni pío, gritó para que el caco (palabra ésta que era venerada por la antigua crónica policial) dejara de hacer su diablura. Al verse sorprendido, y al notar que el emputado pollo se aproximaba con cara de muchos amigos, el delincuente salió juido. No había tiempo para transformase en Supermán, así que el pollo emprendió la corretiza por el centro bahíense (tal es el gentilicio de Bahía Blanca). La escena, descrita así, con esta simplicidad, parece normal, pero debemos imaginar bien, como en un film postbuñuelesco, a ese enorme pollo antropomorfo que va detrás, en verdadera y nada peluche chinga, de un tipo que, más ligero, sin un estorboso disfraz naive, elude coches y transeúntes. Bien imaginada, toda la situación parece epítome de lo que somos: tragicómicos, real-maravillosos.
La conclusión fue, obvio, ideal para cerrar con broche de etcétera el desaguisado. Cuatro cuadras después de perseguir, el pollo demostró asimismo que, contra lo afirmado por la avicultura, algunas aves de esta especie sí vuelan, pues logró alcanzar al presunto ladrón hasta que llegaron las autoridades competentes (el adjetivo “competentes” es sólo eso, un adjetivo, pues bien se sabe que en casi toda América Latina las autoridades son incompetentes). La hazaña no sólo generó una nota internacional, sino el aumento en las ventas del restaurante y, para la intrépida botarga, un apodo que en este momento ya le da la vuelta al mundo: “El pollo justiciero”.

jueves, junio 04, 2009

Parto múltiple en la UAdeC



Veo con una mezcla de gusto, orgullo, satisfacción y, perdonen la cursilería, esperanza la nueva contribución de la Universidad Autónoma de Coahuila a la literatura de nuestra entidad. En estos tiempos de secas, de violencia y demás malas noticias, que nuestra máxima institución educativa saque a la luz otra serie de libros no es una poquedad. Insisto que a los que andamos en esto de aporrear teclados y de pasar a diario la mirada por renglones nos da gusto, orgullo, satisfacción y nos arrima a la esperanza que en la UAdeC no se haya olvidado una de las muchas obligaciones que deben abrazar las universidades: difundir el patrimonio humanístico, más si tal patrimonio ha sido pensado, en el caso específico de Coahuila, por quienes tienen lazos, por nacimiento o radicación, con nuestra entidad.
Con ésta suman tres las series que la dirección editorial de la UAdeC ha puesto en circulación. La primera, con obras de escritores considerados clásicos en Coahuila (Artemio de Valle Arizpe, Julio Torri, Magdalena Mondragón, Enriqueta Ochoa…); la segunda, de escritores contemporáneos (Saúl Rosales, Julián Herbert, Alfredo García, Carlos Reyes, Miguel Báez, Vicente Alfonso…); y, la tercera, con otra gran tanda de autores que se encuentran en plena producción. En total, cada serie ha publicado en promedio trece títulos, lo que da un aproximado de cuarenta obras. Poesía, ensayo literario e histórico, cuento, novela y guión son los géneros abordados por este emprendimiento bibliográfico de la UAdeC.
Gerardo Segura, Claudia Berrueto, Chaíto Contreras y Gloria Esthela Hernández han sido los responsables de la edición. El resultado, en la tercera serie, son catorce títulos bellamente editados, mejor incluso que la serie anterior, dada la pulcritud en el diseño de sus portadas, que además del juego tipográfico añade, en fotografía, un detalle del moblaje que perteneció a Valle Arizpe.
Los autores que desfilan en este inmejorable lote son, la mayoría, oriundos de Coahuila; otros (como Sada) aquí radican o radicaron en algún momento de sus vidas. La serie está armada, en orden de título y autor, por Praga como un cuerpo, de Carmen Ávila; Casa de entonces, de Gloria Lozano-Castrejón; De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales, de Fernando Fabio Sánchez; La dispersión, de Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo; Dolor de ser isla, de Gilberto Prado Galán; Duende de luna y noche, de Haidy Arreola Semadeni; La invitación. Alfonso Reyes y la literatura fantástica, de Édgar Valencia; José Tercero, de José Luis Luna; Kilómetro cero, de Jorge Valdés Díaz-Vélez; Microcosmos. El hombre como compendio del ser, de Mauricio Beuchot; Poliéster, de Dana Gelinas; Registro de causantes, de Daniel Sada; Tres amores (o más), de Francisco José Amparán y Silabario de Eros, de Fernando Martínez Sánchez.
No a todos los conozco, así que esta será la primera vez que me acercaré a sus obras. A la mayoría sí, pues se trata de la batería lagunera más pesada: Ferfabio, Jiménez, Prado. Valdés Díaz-Vélez, Beuchot, Valencia, Amparán y Martínez Sánchez configuran un contingente que evidencia a la comarca, otra vez, como tierra generosamente productora de sandías, pinabetes y escritores.
Hay que resaltar, como detalle no menor, que la mayor parte de las contratapas contiene palabras de excelentes escritores: Jaime Augusto Shelley, Gerardo de la Torre, Hugo Gutiérrez y Jaime Torres, quienes asimismo tuvieron la difícil tarea de dictaminar qué libros eran publicables luego de que la UAdeC lanzó la convocatoria para armar el bonche que será presentado hoy a las ocho de la noche en el foyer del Teatro Nazas. Saúl Rosales hará los comentarios. Y ojo: en el blog de Ruta Norte estarán todas las portadas y las cuartas de forros de esta nueva serie. Nos vemos hoy en el Nazas y, de antemano, muchas felicidades a la UAdeC por este nuevo parto múltiple.

miércoles, junio 03, 2009

La caída de los signos



La caída de los signos
Prólogo a De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales
de Fernando Fabio Sánchez

Por Ignacio Corona
The Ohio State University
corona.7@osu.edu
http://people.cohums.ohio-state.edu/corona7/

Escribir sobre el crimen en ámbitos en que la burla de toda certeza e indagatoria legal parece ser la norma constituye no solo un ejercicio crítico sino, tal vez, catártico. Ello adquiere mayor importancia en sociedades en franca crisis o que experimentan accidentados procesos de transición. Sociedades que podrían caracterizarse por una galopante cultura de la ansiedad, a juzgar por la identificación de la inseguridad como la principal preocupación ciudadana en encuestas y otros instrumentos de opinión pública; o en las que apenas uno de cada diez crímenes es sometido a debido proceso judicial y el o los culpables castigados; o en las que los despojos de mujeres jóvenes se descubren en parajes desérticos como si, al igual que la arena y las piedras, formaran parte del árido ecosistema; o en que las evidencias de los inefables “ajustes de cuentas” regularmente amanecen entre la basura de calles o lotes baldíos; o en las que poderes al parecer mejor armados y adiestrados que las fuerzas de seguridad desafían a voluntad los aparatos de seguridad y las redes de protección del Estado. Por más que la escritura sobre el crimen se abstraiga de tales realidades o solo represente un fantasioso divertimento para el escritor “serio” –como algunos autores lo han señalado-, es difícil no interpretarla en relación a la experiencia colectiva en que se inscribe, tanto en el ámbito de la escritura informativa, como en el de la ficción literaria, en especial de la literatura policíaca.
Por contraparte, si nos enfocamos en los destinatarios de tal literatura, bien se podría inquirir sobre lo que éstos buscan en ella. Puede que sea el goce de una violencia permitida en que se sublime la agresividad o la confección de crímenes simbolizados; tal vez la solución analógica de casos que, con demasiada frecuencia, quedan sin resolver en la realidad; o el incremento del desasosiego personal a veces rayano en el masoquismo; o la estimulación de la violencia mimética sino es que el morbo, aunque para ello reinen supremos los medios audiovisuales; o, por el contrario, la pretensión de familiarización con relatos de crímenes en una especie de conjuro de la sensibilidad, aunque para ello existan muchas otras opciones de escapismo y cultivo del ocio. No obstante, los ejemplos más acabados de literatura policíaca, en sus diversas acepciones y estilos, sugieren una clave de otro tipo, la cual comparte con la supuesta literatura “con mayúscula”: una oferta epistemológica. Es decir, se acude también a ella aspirando crear un sentido de algunos de los aspectos más oscuros y perturbadores de la realidad psicológica y social. Aspectos que si bien parecen representar un rebase de la cultura o el germen de su destrucción, al mismo tiempo resultan inherentes a ésta pues –a menos que los etólogos nos desdigan- el crimen solo puede definirse como un fenómeno humano. Es cierto que en la práctica del género hay anchas avenidas hacia el escapismo y no escasean elementos que, sino resultan francamente reaccionarios, reafirman de forma acrítica todo tipo de prejuicios y actitudes sexistas, clasistas y racistas. Empero, hay también un buen número de obras que cuestionan en el lector anquilosados esquemas éticos, cognitivos, sociales y culturales. En tales casos, la narrativa policíaca constituye un instrumento de sondeo de la realidad social, cultural y política y, para ello, no requiere de prescindir de fórmulas establecidas o revolucionar por necesidad el género.

Cuente el texto policíaco con un detective como protagonista central o no, el crimen o el delito siempre aparece de forma prominente y, por ello, constituye, en realidad, su elemento definitorio. Si bien, dicho crimen no deja de asociarse con lugares físicos comunes, mayormente cerrados o marginales, o de adscribirse a ciertos ámbitos sociales que metafóricamente corresponden a los llamados sótanos de la sociedad, otro rasgo de la mejor literatura policíaca es el de hacer visible, además de la violencia física, los contextos de violencia social en que aquélla se genera. Tal hecho de hacer visible lo invisible pone en juego no solo el propio acto de la violencia, su móvil y sus medios, sino que evidencia los mecanismos identificatorios por los cuales una víctima llega a ser tal. Según lo ha visto Josefina Ludmer en su estudio de la literatura argentina, el cuerpo del delito es aquél en que coinciden las razones del Estado y las de la cultura: “solo puede constituirse el corpus delicti (cuerpo de la evidencia) cuando se le considera una unidad de ficción desde la perspectiva del estado y, a su vez, desde el interior de la cultura”.1 Razones culturales y políticas se entremezclan, entonces, en la asunción de la evidencia en el discurso literario. De ahí también, la importancia de éste con respecto a la comprensión del crimen, pues conforma un terreno idóneo para detectar cierto tipo de condiciones sociales y capturar las tensiones que operan en contextos de alta violencia social.
La colección de historias “De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales” de Fernando Fabio Sánchez emerge apelando a algunos de los contextos sociales antes mencionados. Su propuesta narrativa ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios. Al viabilizarse la narrativa a través de una “estructura de convergencia”, las “siete historias (pseudopoliciales)” que componen el libro se encaminan hacia un dispositivo de solución narrativa que, en ciertos aspectos, recuerda los modelos empleados por Tomás Rivera en …y no se lo tragó la tierra o el propio Carlos Fuentes en La frontera de cristal, aunque ninguna de éstas aborde la temática policíaca. En dicha estructura las historias, en un primer término independientes entre sí, terminan adquiriendo una cierta organicidad por la recurrencia autorial a una subjetividad articuladora que, en ocasiones, permanece en el anonimato. No así en “De la escritura a la evidencia…”, la cual nos presenta en ese rol a un personaje excéntrico y fascinante, Orlando Lipatín, el cual suma varios arquetipos detectivescos y otros de “sabuesos” accidentales, siendo a la vez distinto de todos. En efecto, no es el típico detective entrenado en el arte de la supervivencia y el encuentro con las “fuerzas del mal”, sino que su visión de la realidad y capacidad deductiva las ha moldeado y ejercitado —como moderno Quijote— a través de la lectura. Se trata de un profesor de literatura retirado al servicio de las “fuerzas del orden”. El autor coloca a un especialista en crítica literaria y en la hermenéutica de los textos, es decir, en la interpretación de los signos, a desentrañar los casos que la policía no logra a través de sus métodos legales de investigación ni ilegales de “extracción de la verdad”. Asimismo, les hace un guiño a los lectores al otorgarle a las humanidades un nuevo papel en el ámbito de la procuración de justicia, pues Lipatín propone que los agentes se sometan a métodos alternos de agudización de su intelecto y capacidades deductivas por medio de la lectura de obras literarias y sesiones de estudio dirigidas por él. En el fondo, tal propuesta conlleva el sometimiento de la fuerza a la razón, con el agregado de humanizar en el proceso a sujetos que, muchas veces, se esfuerzan por obrar en sentido contrario. Más aún, implica interpretar la realidad a través de la ficción. La ubicación física de Lipatín en el centro del país, desde donde reflexiona sobre eventos ocurridos en lugares distantes (i.e. en la frontera norte o en la península yucateca), constituye un solapado recordatorio del centralismo político y del punto neurálgico de la procuración de justicia. Tal centralización complementa los efectos corrosivos de los desplazamientos geográficos y las migraciones sobre las identidades, a lo cual se alude en varios de los relatos.
De la escritura a la evidencia… es una obra de búsqueda en el más amplio y multivalente sentido del concepto. Por una parte, busca su acomodo entre las genealogías del policial a partir de la reconocida presencia de Edgar Allan Poe, entre otros, a lo largo del libro. En términos de expresividad, se evidencia una preferencia por la intelectualización de la materia narrativa —es, asimismo, notable su homenaje a Jorge Luis Borges—. La prosa exhibe una gran voluntad de estilo, encontrándose salpicada por ricos giros poéticos, algo nada común en la narrativa tradicional del género. Más aún, las historias abrevan de fuentes más amplias y antiguas que las de la literatura policiaca. Así, el lector se encontrará estimulado a reconocer pistas —la figura de Lilith, por ejemplo, cuya sombra atraviesa culturas e idiomas desde su más remota aparición en la cultura mesopotámica—, tramas, lugares comunes para, a fin de cuentas, aceptar el juego intelectual que el autor hace con tales elementos, como un sagaz ajedrecista que mueve sus piezas plenamente consciente del valor de cada una de ellas y su ventaja posicional. Y aunque los elementos sean reconocibles, su combinatoria y los desenlaces de cada una de las tramas están lejos de ser formulaicos, como si se aplicara una desconstrucción derridiana a las fórmulas clásicas del policial. Por añadidura, propone una cierta inversión en momentos claves de su narrativa: la escritura antecede o explica el status de lo evidente.
En términos de representación, dicha búsqueda ausculta universos relacionales y rituales crípticos que se vislumbran en los flashazos del crimen en el desborde de las fuerzas cohesivas de la cultura. Así, literatura y detección se funden entonces en una propuesta del mayor interés. La analogía es productiva, como en el mencionado caso de Lipatín.
El libro busca entonces leer tras las imágenes y los objetos, los signos de una realidad no aparente. Por sus páginas transitan personajes simbólicos (vgr. John Wayne y Elisa Valenzuela), cuya aspiración no es tanto la de representar la verosimilitud, cuanto una idea: la naturaleza del doble, la introspección, la despersonalización, la duplicidad, el interjuego de identidades, la inestabilidad psicológica, la rebelión del inconsciente, etc. No es casual que la relación entre escritura y evidencia que el título sugiere viabilice un abordaje hermenéutico en que también los objetos representan más que la mera realidad de su contexto funcional. Hay en esto, sobre todo, una búsqueda semiótica tras los signos que permitan capturar el sentido más profundo de la realidad. Las fotografías, no son la evidencia más inequívoca de ésta, sino tal vez su forma más sutil de engaño. Asimismo, los mensajes y los signos son mensajes de alguien para alguien más. Las identidades tras dichas autorías son, así, otro motivo de búsqueda. En esa búsqueda semiótica desfilan objetos que los conocedores del género reconocerán: la brújula, las cartas, los libros y poemas codificados, los cuchillos, todos ellos esconden claves y misterios, acertijos. Es decir, son signos de una realidad no aparente pero fundamental en el caos del mundo. Como los objetos en el sueño para el psicoanálisis, tales objetos asociados a los crímenes y a las pistas de los criminales en la pesadilla de la realidad cotidiana son igualmente proclives a interpretación. Los objetos en su función simbólica comunican y puede que el crimen mismo también esté estructurado como un lenguaje. Por ello, el detective, en ese sentido hermenéutico, es como el analista en busca de lo no aparente tras el mensaje cifrado. Representa la perspectiva racionalista tratando de abarcar el mundo a través de esquemas explicativos y causales, incluidos los mundos interiores y las pesadillas.

De la escritura a la evidencia…, empero, no abriga mayores optimismos en ese sentido. No parece reafirmar que los signos, a fin de cuentas, sean tales ni que lo que simbolizan pueda ser, en última instancia, comunicable. Los relatos nos acercan, de esa manera gradual, al precipicio, que no es el de la inestabilidad de los signos, rebeldes a sujeciones impositivas de un orden, sino en un sentido mucho más dramático, puesto que el anuncio de una caída es inminente. No en vano la escena final nos presenta a un apesadumbrado Lipatín en la cúspide del más alto edificio de la ciudad, desde donde se contempla el entorno urbano —escenario de crímenes, pero también de vida y comunicación social— y se sospecha la posibilidad de una caída. En su desánimo y derrota, acepta la multiplicidad de sentidos incapturables en un orden dado y, con ello, la imposible exégesis de los símbolos personales. Ahí, en el fracaso de la investigación que cerraría seis asesinatos, se simboliza una caída más que figurativa: la de los signos. Y con ella, la de las pistas, los rastros, las evidencias y las certidumbres. No será interés del autor promover una asociación literal con la realidad extratextual pero, en el fondo, tal claudicación del sentido y de la perspectiva racionalista no resulta muy diferente de la hoja de servicios actual de muchas procuradurías de justicia a lo largo y ancho de aquellas sociedades a que hacíamos referencia al principio. Ahora bien, como lectores que hemos apenas conocido a Lipatín, esperamos que esta derrota personal no sea definitiva y nos lo volvamos a encontrar una vez más en el futuro, pues no solo sus nuevos discípulos en la corporación policíaca tienen mucho que aprenderle.

1 Josefina Ludmer, “The Corpus Delicti”, The Places of History. Regionalism Revisited in Latin America. Ed. Doris Sommer (Durham and London: Duke University Press, 1999) 12.