domingo, mayo 31, 2009

Premio para Carlos Reyes



Carlos Reyes, escritor de Torreón, acaba de agenciarse el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2009. Los jurados fueron Ana Clavel, Élmer Mendoza y David Toscana, quienes decidieron otorgar el premio al trabajo Travesti presentado bajo el seudónimo Dragull; en su dictamen anotaron que el premio lo decidían para la novela de Reyes “por la mezcla funcional del lenguaje que incluye monólogo, narrador omnisciente y entrevista. La apuesta temática tiene que ver con la identidad de personajes llevados al límite, con un estilo en el que se dan la mano la mesura y la agilidad narrativas”. El libro será editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Carlos Reyes Ávila nació en Torreón, Coahuila, en 1976. Estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de Coahuila y realizó estudios de la Maestría en Filosofía en la Universidad Veracruzana. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en los ciclos 1999-2000 y 2002-2003, en la categoría de Jóvenes Creadores. En el 2000 ganó los Juegos Florales Nacionales, Ma. del Refugio Prats de Herrera, convocados por la casa de la Cultura de Tuxtepec, Oaxaca. En el 2003 recibió el Premio Nacional de Poesía Tijuana. Ha publicado su poesía en La Jornada, El Financiero, Diario de Xalapa, Milenio, Tierra Adentro, Alforja, el Poema Seminal, Acequias, La Cabeza del Moro, Clepsidra, Literal, Arcilla Roja, y Estepa del Nazas. Es autor de Luna de cáncer (Icocult, 1999), Donde oficia la sangre(Dirección Municipal de Cultura, Torreón, 2001), Habitar la transparencia (Icocult, 2003), el libro de poesía infantil Aprendiz de volador (Dirección Municipal de Cultura, Torreón, 2003), Claridad en sombra (IMAC de Tijuana, 2004), Arthasastra (Arlequín Ediciones. 2007), Una llaga en el rostro del tiempo (Universidad Autónoma de Coahuila. Col. Siglo XXI Escritores Coahuilenses, 2007) y la novela El Círculo de Eranos (Fondo Editorial Tierra Adentro/Icocult, 2007; la liga lleva a la reseña contenida en este blog).
Felicidades, pues, para Carlos Reyes, y que siga su ya notable cosecha de premios y publicaciones.

El mundo de Bayer



Leo por estos días una compilación de artículos de Osvaldo Bayer. La llevo a la mitad, pero por la franqueza de su tono, la calidad de su información y la trasparencia de su gesto ético me atrevo desde ya a decir que tal será uno de los libros más importantes que leeré en 2009. Su título es En camino al paraíso (Javier Vergara Editor, 1999) y lo compré en una de las dos librerías de viejo que tenemos en Torreón. ¿Cómo llegó acá? No lo sé. Cuando pasa eso, que un libro bueno, económico y raro llegue a mis manos en esta comarca industrial y remota, pienso que la providencia bibliográfica es demasiado generosa.
Sólo tenía noticias laterales sobre Bayer. Sabía, por ejemplo, que fue amigo del Gordo Soriano, con quien trabó abundante correspondencia mientras ambos pasaban sus respectivos exilios en Europa: Bayer en Alemania y Soriano en Bélgica. La lectura de algunas de sus cartas me dejó una frase de Soriano que luego usé como epígrafe para Ojos en la sombra. Eso me llevó a buscar, sin prisas, pero sí con cierta obstinación, textos de Bayer en internet. Encontré varios, la mayoría en Rebelión (http://www.rebelion.org/), y entendí a las claras por qué debió huir de la Argentina durante la nigérrima noche del Proceso que hizo del exterminio un deporte nacional.
Ahora escribo sobre él, sobre Bayer, para recomendar su obra a quienes quieran asomarse a la visión de un hombre honesto hasta el ardor. Porque cala, y cala en serio, leer a un crítico como Bayer, quien no se anda por las ramas cuando llama ladrones a los ladrones, criminales a los criminales, depredadores a los depredadores. Bayer es una máquina de denunciar, un claro ejemplo de que la palabra es arma poderosa contra las innumerables atrocidades que mancillan el planeta. Es, para presentarlo de inmediato a quienes aquí no lo conocen, una especie de Galeano argentino, tal como Galeano sería un Bayer uruguayo.
Al ir leyendo En camino al paraíso pensé, obvio, en escribir sobre su autor, y eso es lo que aquí hago. Por una de esas casualidades que tiene la cacería de temas, iba en el coche y sintonicé al azar una difusora cultural, no sé si Radio Torreón o Radio UAL. Muy extraño me pareció escuchar un acento argentino que hablaba sobre la Patagonia, sobre crímenes denunciados en sus libros, sobre el valor estratégico de aquellas tierras que ahora son vendidas a particulares norteamericanos y europeos. El entrevistador, también argentino, nunca dijo el nombre de su interlocutor, pero ambos mencionaron un par de veces el libro La Patagonia rebelde, por lo que supe que era Bayer quien, sin saberlo, deambulaba en las ondas hertzianas laguneras. Concluí: leo por primera vez un libro de Bayer, y por primera vez, en la misma semana, lo oigo, todo esto en Torreón; por tanto, debo escribir alguito sobre él, sin duda.
Una ficha biográfica abreviada anota que nació en Santa Fe, Argentina, en 1927. Pasó su niñez en Tucumán y luego en Bernal, Provincia de Buenos Aires, y en Belgrano, Capital Federal. Realizó estudios de medicina y filosofía en la UBA, para luego estudiar Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Es historiador, escritor, periodista, guionista cinematográfico, traductor y fue profesor honorario, titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como redactor en la revista Continente, en el diario Noticias Gráficas; fue jefe de redacción del diario Esquel, secretario de redacción del diario Clarín y director de la revista Imagen. Actualmente escribe notas para el diario Página 12. Fue traductor del alemán de Franz Kafka, Bertolt Brecht, Karl Jaspers, Thomas Mann y otros. Ha publicado La Patagonia rebelde (cuatro tomos); Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia; Los anarquistas expropiadores; Exilio (en colaboración con Juan Gelman); Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?; La masacre de Jacinto Aráuz; La Rosales, una tragedia argentina; Rebeldía y esperanza; Los cantos de la sed, entre muchos otros. En Alemania formó parte de diversos organismos de Derechos Humanos y en más de cien actos en Europa denunció los métodos de la dictadura militar. En 1997 recibió el premio “Veinte años de Madres de Plaza de Mayo”, el reconocimiento que más valora. Bayer fue declarado doctor honoris causa por las universidades patagónicas del Comahue y de la Patagonia Austral.
En camino al paraíso contiene un prólogo de Osvaldo Soriano; sospecho que fue el último o uno de los últimos textos que sobre Bayer escribió el autor de Triste, solitario y final, quien murió en 1997. Tal vez mejor que nadie, Soriano dibuja el contorno intelectual y moral de su prologado. No escasean los elogios, cierto, pero uno siente de inmediato que no son gratuitos, que Soriano opina sobre Bayer con cercanía y respeto, con la admiración de un argentino que probó la crítica y la amistad de un intelectual sin dobleces, de una sola pieza, como se dice de quienes no eluden poner el índice en las llagas. Dice: “Es verdad: Bayer es un hueso duro de roer. Sin él sería más fácil olvidar. Hacerse una historia a medida y cambiar de canal”. Luego, cita unas palabras que obtuvo al entrevistarlo: “Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común”.
Los artículos de Bayer no contradicen las palabras grabadas por Soriano. Al contrario, son la prueba contundente de que en Argentina, en Alemania, en el mundo todo, la abominable sombra de la desigualdad y la injusticia es lo más común y exige permanentes críticos. Permanentes, sí, permanentes porque el mundo está metido y cada vez se mete más en el círculo de una imbecilidad asesina, la “imbecilidad” (así la llama Bayer una y otra veces) del consumo, del armamentismo, del coloniaje cultural, de tanto y tanto más. Bayer pelea, critica con furia indetenible, y en alguno de sus artículos nos recuerda que, en el actual estado de ignominia mundial, “La única norma es la ética”.

sábado, mayo 30, 2009

Cursos de la Escuela de Escritores de La Laguna



Curso taller de dramaturgia
Impartido por Antonio Balquier
Duración: 8 horas repartidas en cuatro sábados
Horario: sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
El curso pretende informar sobre autores dramáticos, corrientes dentro de la dramaturgia e iniciar al asistente a la creación de su propia obra dramática. Dirigido tanto a público en general como a la gente que realiza cualquier actividad dentro del teatro.

Curso de novela corta moderna
Impartido por Carlos Velázquez
Duración: 6 horas repartidas en tres sábados
Horario sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
A través de la lectura de seis novelas cortas contemporáneas el coordinador abordará lo que es la escritura y su problemática, así como descifrar la creación en los tiempos actuales.

Curso de poesía inglesa siglos XIX y XX
Impartido por Alfredo Loera
Duración: 8 horas repartidas en cuatro sábados
Horario: sábados de 10 a 12 horas
Inicio: 20 de junio
El curso tiene como objetivo que el alumno conozca a los poetas de lengua inglesa más representativos, a través de la lectura de sus obras en español, pero haciendo el comparativo en el idioma original. El curso es en español y abarca un estudio de la vida y momento histórico de cada uno de los autores estudiados, sus influencias y el peso que lograron sobre los poetas actuales.

Taller de guión de cine y televisión
Impartido por Víctor Elizalde
Duración: 9 horas repartidas en tres sábados
Horario: sábados de 10 a 13 horas
Inicio: 20 de junio
El objetivo del taller es conocer al mismo tiempo que se realiza, el proceso que sigue el guión técnico tanto para cine como para televisión. Dirigido a público en general, y a las personas que trabajan en medios, publicidad, estudiantes de comunicación, etc.

Curso taller de literatura infantil
Impartido por Teresa Muñoz
Duración: 6 horas repartidas en 4 sábados
Horario: sábados de 12 a 13:30 horas
Inicio: 20 de junio
Se pretende acercar a los niños (7 a 11 años) a la literatura a través de la lectura de obras cortas escritas por autores dedicados a los niños, y fomentar la escritura de las ideas, opiniones, sensaciones, que dichas obras dejen en ellos.

Todos los cursos anteriores, exceptuando el de literatura infantil, están dirigidos al público en general a partir de los 14 años. Mayores informes, con Teresa Muñoz los sábados en el Cinart Pilar Rioja (Prolongación Galeana esquina con Prolongación Colón antigua estación del ferrocarril), o a los teléfonos 7255515 y 0448711227783

Café literario (ciclo julio-septiembre 2009)



Este es el programa del café literario organizado por el Teatro Isauro Martínez de Torreón. Más informes en el teléfono 7166261. Hacer click sobre la imagen para ampliarla.

Pobre padrecito Alberto



¿A quién se le ocurre vivir en Miami y ser cura? Es como no comer en una semana y entrar a una lonchería llena de mixtos y de triples, o como no dormir en varios días y visitar una fábrica de hamacas. No hay derecho, chatos. Así que, claro, se veía venir que el padre Alberto, sin remedio, procedería tarde o temprano al arremangue de su sotana para cumplir el más antiguo rito que celebran el hombre y la mujer (o la pareja, para no excluir otro tipo de encontronazos un poco menos ortodoxos).
Las fotos de un paparazzi fueron publicadas, se sabe, en una revista de chismes. En ellas fue posible ver que el padre Alberto se revuelca de lo lindo con una chica; ambos retozan en la playa y se nota que el pecado no los hace precisamente infelices. Luego se supo que la chamaca se llama Ruhama y es, o fue, devota feligresa de la capilla donde su galán, el padre Alberto, enunciaba sermones de la montaña.
Tras la publicación de las fotos vino el escándalo. Programas de investigación periodística tan acreditados como el de Cristina Saralegui fueron foros ideales para ventilar no los sermones, sino los secretos en la montaña que guardaba el padrecito supuestamente chilesuelto. Muchas mujeres se reportaron como felices víctimas del semental con alzacuello, pero él, hostigado por la prensa miamense, acusado por índices flamígeros, aseguró que Ruhana era la única chica que había sido depositaria de sus impetuosos licores seminales. El colmo del escándalo llegó cuando las malas lenguas hicieron caminar la especie de que el padre Alberto le había dado para comprar chicles nada más ni nada menos que a Paty Manterola, lo cual, al parecer, resultó más falso que la santidad de Marcial Maciel.
Tras el tiroteo, el padre Alberto señaló que, para mitigar la pena, dedicaría algunas semanas al retiro espiritual y la oración. Pero los acusadores no han cejado y señalan que se retiró espiritualmente no para orar, sino para acercarse carnalmente, de nuevo, a su apetitosa novia y pasearse con ella por Los Ángeles. Al final, el padre Alberto fue separado de sus funciones sacerdotales como cura católico, lo que devino ruptura con esa institución. Hoy, el padre Alberto valió cracas y tuvo que cambiar de burocracia; fue recibido por la iglesia episcopal, que según esto es más liberal y sí permite el casamiento de sus sacerdotes.
Más allá del caso, que por cierto es ideal para el cotilleo de la vomitiva tele miamense, el padre Alberto y sus calenturas han puesto sobre el tapete, otra vez, la necesidad de debatir a profundidad, en el seno de las iglesias, la obligación de la castidad y el celibato y la coherencia que tiene hoy esa medida. Para unos, es medieval; para otros, es una de las pruebas más firmes de la auténtica vocación sacerdotal. Sea lo que fuere, atrevo una opinión de ciudadano común alejado de todas las iglesias habidas y por haber.
El voto de castidad era, digamos, menos torturante hasta cierta época de la historia humana. Antes, los curas se las veían seguramente negras para sobrellevar esa pesada carga, para tolerar las cosquillas que provoca el gusanito del apetito carnal, pero por suerte no había cine, no había revistas, no había televisión, no había internet, y gracias a eso era pobre la presencia de la cochina tentación. La sociedad, al pasar del paradigma, digamos, imaginario al paradigma icónico, diseminó y disemina todos los días, por todos los medios, como productos de consumo, cuerpos de hombres y mujeres hermosos (para mí, hermosas sólo ellas) en todas las situaciones posibles, solos o entreverados (Miami, vale decir, es una capital mundial de la voluptuosidad y el placer). Ante eso, es más fácil que las resistencias se venzan, de ahí que la castidad sea, hoy sí, una prueba de fuego bien canija. Por ello, pobre padrecito Alberto: tan lejos de dios y tan cerca de Miami Beach.

viernes, mayo 29, 2009

Estado de descomposición



La descomposición económica y social es resultado de otra, más aguda: la descomposición política que ha depredado desde las instituciones a las instituciones. La mente, gran armadora de rompecabezas, tiende a fijar su mirada en la ficha más prieta del conjunto, en este caso, la violencia, esa violencia que con sus estallidos en rojo abre la puerta a todo tipo de zozobras y preguntas. Lo malo de esa lectura es que suele ser exculpatoria: “la violencia genera más violencia”, decimos, y en esa manoseadísima frase se esconde la trampa mediante la que el Pilatos en el poder se lava las pezuñas: parece que la violencia que genera más violencia la genera de la nada, simplemente porque sí.
Muchos tratadistas, filósofos del más perro entender, han escudriñado la naturaleza violenta del hombre. “El mal”, le han llamado. Es cierto que aquí está, en nosotros, esa cosa viscosa que nos hace seres agresivos, territoriales, competidores. Son vestigios de nuestra parte animal, una parte que no ha desaparecido ni desaparecerá, pero que se mantiene sofocada por una serie de pactos que Rousseau llamó, para decirlo pronto, “contrato social”. El contrato social fundó tribus, luego estados, después naciones, y nos creó, hasta la fecha, la ilusión de que la convivencia armónica es posible, de que el hombre es, en esencia, un cavernícola más o menos bien domesticado, sometido a reglas, esas mismas reglas que hasta en Suiza llega a transgredir un violador, un defraudador, quien sea.
Desde el momento en que nacemos en una comunidad, todos somos, pues, potenciales trasgresores. No todos llegan a serlo, y, quien lo es, lo es porque ha ejecutado actos ilícitos de pequeña escala. El contrato social, opere en el sistema de gobierno que opere, dicta reglas estrictas; no matar, por ejemplo, al primero que se nos atraviese, o no tomar un bien si antes no lo ganamos o no nos fue otorgado. A esa violencia relativamente aislada y esporádica sí sobrevive una comunidad, pues las manifestaciones de trasgresión serán parte de la naturaleza humana, del mal, que en algunos contados individuos se desboca. Cuando no es así, cuando la violencia se agudiza y se propaga (los cronistas antiguos dirían “como reguero de pólvora”) no es pertinente mirar sólo al individuo que ejerce tal violencia, pues la generalización de ese mal no es la enfermedad, sino un síntoma de algo peor: alguien más grande, el Estado, es el verdadero causante del problema al relativizar/violentar/anular todos los presupuestos del contrato social: hay violencia omnipresente, en efecto, porque han sido abortados los beneficios que en teoría debe acarrear el acatamiento del contrato: no hay trabajo, no hay alimento, no hay vivienda, no hay educación, no hay cultura, no hay salud, no hay ley, no hay justicia. En ese marco, es fácil que no sean uno o dos los trasgresores, sino miles, esos miles que ven segado su futuro y, para reivindicarse o como mero gesto de resentimiento, dinamitan con violencia las bases de la convivencia.
Lo que quiero decir es que la violencia generalizada hace estragos, pero a su vez fue causada por otros estragos mayores y acaso más profundos. En nuestro país, las malas administraciones federales han ido minando, gradual y sostenidamente, sexenio tras sexenio, cada vez con menos sutileza, sin misericordia por la mayoría, con todo tipo de artimañas y mentiras, el estado de derecho. De nada ha servido cambiar de colores, pues en los hechos el desfondamiento ha proseguido; Fox y Calderón han culpado al régimen priísta, que es muy culpable, sí, del desastre, pero no menos cómplices de lo que vivimos son los ocho años recientes de decisiones erráticas y continuismo solapado apenas con barnices discursivos. En resumen, no daremos un paso para salir del hoyo mientras no entendamos que el mal se encuentra en otro lado, no sólo, o no necesariamente, donde queda sangre derramada.

jueves, mayo 28, 2009

Cortázar retomado



Nunca he gustado de jugar a las interpretaciones con la literatura. Las obras que salpican símbolos en sus páginas no son las que más me cuadran, y eso es, claro, un defecto de fábrica (mío, obviamente). No soy bueno, pues, para los rollos esotéricos. Por eso, cuando oí o leí, hace añales, una interpretación simbólica de “Casa tomada”, acaso el más famoso cuento de Cortázar, pensé que aquello era una exageración. No lo es tanto, lo sé, pues ese relato no se deja leer en sentido demasiado estricto; luego entonces, si lo leemos sin esfuerzo connotativo, lo empobrecemos, pues simplemente trata de una pareja de hermanos que vive sola en una amplia casona que es herencia de los dos: “Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse”. Él lee literatura francesa, y ella teje. Ambos han quedado solterones: “Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos”. Sobre su hermana, dice el narrador personaje: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella”
Pero no desea tanto hablar sobre ellos, sino sobre la casa: “Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño”.
Esa casa, poco a poco, sufre un ataque invasor, lo que, irremediablemente, confina a sus inquilinos a un menor espacio: “Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado”.
Así, gradualmente, pieza tras pieza, la casa va siendo tomada por un ente misterioso, lo que impone a los hermanos una reclusión cada vez más sofocante. Nunca sabemos quién o qué toma la casa, pero es un hecho que ese ente invasivo, sea lo que sea, parece inexorable. El final no lo traigo. Sólo concluyo que aquel cuento es, en la interpretación simbólica que alguna vez oí o leí, una metáfora del país que paulatinamente va siendo cercado por fuerzas oscuras, fuerzas que terminan por adueñarse del entorno.

miércoles, mayo 27, 2009

Disculpen a Galeano



Hoy, asqueado y con luto por la barbarie estéril, lamento que los libros y los artículos de Eduardo Galeano no caduquen. Si así fuera, significaría que este mundo ya sería otro. No peor, sino más habitable. Pero ocurre que lo escrito en 1971, o ayer, por la mano del uruguayo tiene una vigencia pavorosa, y aunque lo minusvaloren Montaner, Plinio y Vargas Llosa Jr., la realidad es que los gritones amantes de la libertad y la democracia no se han dado una escapada a las favelas, a las cárceles, a las zonas rojas, a las selvas, al periodismo en México, para calar in situ el sañudo rigor de la justicia que profesan. No hay sofisma de escritorio que pueda contra esas realidades.
Ahora que lo rehidrató Chávez tras el regalo que hizo a Obama, Galeano pasó a ser un Quijote charrúa. Sus textos navegan por los axones de la red y pasan de buzón en buzón, como éste que me llegó gracias al amable reenvío de Iván Berrón López. Su título es “Disculpen la molestia” (Página 12, 8-5-09) y en él, con algunas preguntas más o menos pertinentes, pisa grandes callos del planeta. Traigo un fragmento; lo calco íntegro en el blog:
“Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés? El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración? ¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla? ¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden? Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes? ¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan? ¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores? ¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles? ¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de ‘crimen organizado’? Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles. Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres? ¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es? ¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes. Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina. En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea? Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia? ¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia? ¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo? Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos? ¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías? Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos? Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas: —Ahí lo tienes —dijo la Reina—. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final. En El Salvador, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento. El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia? A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego”.

martes, mayo 26, 2009

Nuevo premio



Mi novela Parábola del moribundo ganó el primer premio nacional de novela corta Rafael Ramírez Heredia convocado por el IPN, la revista La Otra (ex Alforja), el Instituto de Cultura del Estado de Durango y la Fundación Guadalupe y Pereyra. Los jurados fueron Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. El premio será entregado el 12 de junio en Durango, Durango. La siguiente entrevista, realizada por Karla Lobato, fue publicada el 26 de mayo de 2009 en La Opinión Milenio.

1. ¿Cuál fue el detonante para que diez años después de escribirla sacara del cajón esta novela?
Cuando en 1999 terminé Parábola del moribundo sentí casi de inmediato que debía dejarla reposar. Con el paso del tiempo le dediqué algunos momentos de revisión y eso me llevó a cambiar su aspecto como cinco veces. Nunca me dejaba plenamente satisfecho, así que le permutaba, le quitaba y le añadía detalles. Llegó a tener como 250 cuartillas y le tumbé páginas por kilos hasta dejarla de 120. No fue difícil aligerarla. Lo que pasa es que su personaje protagónico es un escritor y yo creía pertinente que entre capítulo y capítulo mostrara textos de su cuño. Decidí eliminar esas secciones y el libro se contrajo considerablemente. Así que, en efecto, es un libro del 99, pero con intermitentes retoques y podas aplicados durante una década. Lo más difícil no fue hacer la obra negra, sino aplicar los acabados, casi reescribirla, lo que hice con cuidado, más o menos, en 2002 o 2003.
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2. ¿Cuál es la primera intención de esta producción, es decir, qué tema aborda en ella?
La historia es muy sencilla: trata sobre un poeta de 33 años (la edad que más o menos tenía yo cuando la escribí) que vive en La Laguna y, por ello, hace alardes de ingenio para sobrevivir y mantener su vocación: corrige libros, imparte talleres, escribe reseñas e incluso desea escribir una novela, para ver si de allí sí obtiene algo. Ese poeta es pobretón, misántropo, resentido, culto y medio depresivo, y desde el primer capítulo traba amistad con un viejo de setenta años que jamás ha leído un libro pero tiene una enorme fuerza vital, pese a sus años, y es muy bueno para el trago y las mujeres, además de que tiene bastante plata. Narro sus andanzas por la noche lagunera, el disparate de su amistad, casi como si fueran el Quijote y Sancho al revés: el Quijote es el joven poeta y Sancho el viejo lúbrico, todo en un ambiente que me atrevo a considerar deudor de la novela picaresca española, que siempre ha sido una de mis principales pasiones como lector. Ahora bien, en medio de esas peripecias, como aderezo, la novela describe la odisea de ser escritor en La Laguna, el mundillo literario-periodístico local, las pequeñas mezquindades y ridiculeces que se dan por nuestro todavía evidente provincianismo.

3. ¿Qué significado tiene para usted obtener un galardón como éste?
La primera vez que recibí un reconocimiento fue en 1984: fue una mención honorífica en el primer concurso regional de cuento Magdalena Mondragón organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón; el jurado fue Rafael Ramírez Heredia, quien murió en octubre de 2006. En 2009, varias instituciones se organizaron para homenajearlo, lanzaron la convocatoria del concurso y lo gané, lo que es motivo de orgullo para mí, pues siempre he dicho que el mejor premio literario que he recibido en mi vida fue aquella humilde mención honorífica determinada por Ramírez Heredia cuando yo tenía veinte años.

4. ¿Obtener este premio puede ser un detonador más para motivarlo a continuar con otros proyectos?
Los premios ayudan, pero no son determinantes de nada. Digamos que este premio lo he recibido con gusto, me enorgullece, pero con o sin él yo sigo trabajando como puedo y cuando puedo, como el poeta protagonista de la novela. En todo caso, la motivación más importante es la que proviene de quienes decidieron otorgarle el primer lugar: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala son tres escritores que respeto y admiro.

5. Con la creación de premios como éste, ¿existen apoyos suficientes para los creadores?
Comparado con otros de Latinoamérica, México es un país que apoya decorosamente a los escritores. Lo malo es que no hay, creo, tanto apoyo para quienes empiezan como sí lo hay para quienes ya están encarrilados. Es un juego algo perverso: apoyan hasta que uno demuestra que la hace, pero lo malo es que muchas veces no se puede demostrar nada por falta de soportes, de suerte que los comienzos de casi cualquier escritor, sobre todo en provincia, son muy sufridos. Imaginemos, por ejemplo, a un joven escritor de Gómez Palacio: si pide apoyo le van a decir “Mira, si ni siquiera has publicado nada”. En mi caso, que soy de Gómez Palacio, fui alguna vez “reconocido” por el ex alcalde Rendón, quien ni siquiera fue a la ceremonia en el cabildo. Luego, dos años después, Ricardo Rebollo me dijo, muy entusiasta pero falazmente, “esta presidencia te apoyo un proyecto”, luego estiró y estiró la decisión definitiva, que quedó en nada, porque él sabía que iba a largarse como chapulín a una candidatura. Pero bueno, ante ese vacío en el entorno local he buscado fuera y por suerte cada vez tengo mejores contactos en periódicos y editoriales de la capital y de otros países. Todo es cuestión de no bajar la guardia, de dignificar el oficio de escribir y no andar rogándole a nadie.

6. Después de una larga carrera, ¿de dónde sacar nuevas ideas para la creación de algún texto?
Por suerte, desde hace varios años tengo al menos cinco libros en pausa. A estas alturas ya son como gorditas: sale una y ya voy echando la otra en el comal.

7. ¿A quién dedica este premio?
Parábola del moribundo ya tiene dedicatario explícito: es un poeta de Torreón. Además, todo lo que hago es para mis cuatro mujeres.

domingo, mayo 24, 2009

Teoría de los alfileres



No son muchos, pero sí fieles. Me refiero a mis lectores, quienes por medios diversos me aproximan un reconocimiento que por supuesto no merezco pero sí acepto, pues de chiquito me enseñaron a no desairar lo que de buena gana sale del prójimo. Uno de esos lectores es una lectora; su nombre es Estela Perezgasga de Valdez, que como podemos imaginar es la esposa de don Bulmaro Valdez y madre ejemplar de trece hijos entre los que cuento como amigos a Paco, Pepe y Uriel. Pues bien, doña Estela leyó “Madre sólo hay dos”, columna que publiqué hace dos domingos, precisamente el 10 de mayo; esa columna trata sobre la noción de “patria” que han tenido algunos poetas mexicanos. Poco después, por asuntos de chamba vi a Pepe, quien además de ser un gran artista resultó puntual heraldo: me hizo llegar un texto que su madre mandó fotocopiar para que yo lo leyera. Doña Estela es una mujer de edad, una señora que vivió el otro México, el México en el cual todavía era posible respirar en paz y soñar con un futuro donde cundiera el respeto y no la barbarie insolente que hoy vivimos.
Soy de los que, sin poder explicarlo bien a bien, sobre todo desde el punto de vista económico, veo un México metido en el laberinto de su propia orfandad. Siento al país cayendo hacia el abismo, sin hijos que quieran hacer valer algún verso de su himno, hundido en el lodazal de la corrupción, de la indiferencia y el cinismo. Me pregunto, por ejemplo, qué hacer con el problema de la corrupción. ¿Se puede hacer algo para acabar con ella? ¿Por qué da la impresión de que es ubicua? ¿Por qué parece el lubricante de todas las bisagras que mueven al país? ¿Por qué detrás de todos los políticos y los funcionarios parece haber, al menos, un aura de corruptos? Cualquier semana nos da tela para cortar sobre este tema: las noticias y, en estos días, la propaganda electoral son los picos de una realidad que debajo parece agusanada, irremediablemente podrida, como les comenté ayer, en ameno pero triste coloquio, a mis cuates Jorge Zarzosa, Pepe Valdés y Chuy Burciaga. Aproveché la charla de sobremesa para refritear mi teoría de los alfileres; es una teoría que sólo tiene de teoría el hecho de que yo la llame así, pero qué importa: consiste en afirmar que el ideal de progreso, desarrollo, bienestar social, paz, estado de derecho, institucionalidad, empleo, justicia y demás son, a estas alturas, entelequias. Los políticos suelen discursear todavía con esas y otras palabras del mismo o parecido campo semántico, pero la verdad, si le echamos un poco, un poquito de realismo/pesimismo advertiremos que, en la podredumbre actual, en medio del desastre al que nos han llevado criminales tecnocráticos y empoderadas burras que no saben ni leer “epidemiológico”, la única esperanza que nos queda es prender con alfileres los jirones de país y seguir adelante, haciendo como que estamos bien, sobreviviendo hasta que por fin acabemos con lo poco que todavía queda.
Si alguna vez alcanzamos progreso, desarrollo, bienestar social, paz, estado de derecho, institucionalidad, empleo, justicia, es decir, si alguna vez llegamos a ser Finlandia o Suecia, será porque ocurra el milagro de la participación social en estado de pureza. Como los milagros no existen, como la inercia de la corrupción y el desaliento todo lo permea, que sea con alfileres como se sostenga la patria a la que por supuesto el cielo un soldado en cada hijo no dio. En fin, en fin.
Por todo, el texto que en fotocopia me mandó doña Estela Perezgasga es, más que un texto en prosa poética, una especie de imagen que sirve para medirnos por contraste. Su título es “La Patria”, lo escribió José López Bermúdez en 1948, según dice la nota escrita a mano por doña Estela. Lo transcribo y lo comparto, pues muestra un tono y una aspiración que acaso nos parecerán obsoletos exactamente porque ya nadie cree en la patria y sólo ve por su interés individual y quizá familiar, por el sálvese quien pueda. Va:
“La patria se pierde en la guerra y se pierde también en la paz. No ha menester perderse en los campos heroicos, cuando se pierde en el corazón. Ahí se prostituye y prostituir a la patria es perderla.
La patria no es sólo el concepto de la tierra ocupada, el mapa geográfico, el plano azul de los mares, el amor a lo nacional, el himno luminoso y marcial.
La patria es la suma de los recursos naturales y los elementos tradicionales. Es el derecho a la cultura, la libre concurrencia a la vida pública, el derecho a la libre vecindad, el derecho al buen gobierno, el derecho al pan justamente ganado, la libertad de la risa y el amor bajo la luna popular.
El pan en la esclavitud, la prisión en la calle, el sueño a la sombra de las bayonetas y el canto impuesto en la boca nos niegan la patria y nos hacen caer en la más terrible orfandad social.
Se comienza a tener patria cuando se tiene un rincón donde cantar y pensar. Una moral sencilla. Una ley que acatar. Un pan fresco y luchado. Un lecho sin remordimiento. Un hijo en quien perpetuarse. Un libro grato al corazón. Un balcón abierto como un surco al grano dorado por el sol.
Esa es mi patria. Elegid la vuestra”.
López Bermúdez dibuja un país que no será, desdichadamente, el que heredaremos a quienes lo habiten más delante. Pensar en una noción de país, creo, es un acto político, el mitin más importante que podemos celebrar en la conciencia. No lo hemos hecho, ni eso ni mucho más; el resultado de tal sistemática omisión salta a la vista.

sábado, mayo 23, 2009

Cumpleaños 45, hoy



Hoy llego a 45 en la friolera y voy tamando ya la bajadita de la vida. Optimista, pese a todo.

Borges en el futbol



Publicado por Lectorum en 2008, El humor de Borges, libro de Roberto Alifano, recoge a flashazos una amplia tanda de ocurrencias amonedada por el escritor más importante de América Latina. Es un título que merece reseña aparte, pues si algo caracterizó a Borges fue una capacidad demoledora para hacer bromas con la materia prima de la inteligencia, lo que se ve más que claro en todo en este libro. Prometo, pues, un comentario amplio; por ahora, en tiempos de liguilla, me detengo sólo en el apartadito “De gambetas y en orsai” (eso de orsai es, creo, la pronunciación rioplatense de off side).
Allí, Alifano el compilador recuerda que alguna vez le hizo esta pregunta al protagonista de su libro: “¿Fue alguna vez a ver un partido de fútbol, Borges?”. La respuesta es la siguiente: “Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay contra Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menos idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo, alguien nos dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle, yo le dije a Amorim: ‘Bueno, yo le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay —Amorim era uruguayo— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted’. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol”.
Esa anécdota se anuda al comentario nacido de la pregunta “¿Así que nunca le atrajo el fútbol?”. Quizá haya sido Borges el anómalo argentino que más ha odiado ese deporte, como se puede notar en la siguiente respuesta: “No, nunca. Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final: yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esa estupidez, apasiona a la gente. A mí me parece ridículo”. Alifano apostilla: “Sin embargo, es el deporte más popular”, pero Borges no se inmuta y sigue con su denostación: “Y, sí, porque la estupidez es una cosa popular. Y eso lleva a la gente al insulto, a la calumnia, a la humillación. Porque siempre los que ganan se burlan de los que pierden”.
Más adelante, la entrevista trata sobre el origen del futbol; pregunta Alifano: “Ahora, qué curioso que sea un deporte inventado por los ingleses”. Y Borges: “Es muy raro, sí. Y también es muy raro que siendo Inglaterra un país tan odiado —tan injustamente odiado— nadie le haya echado en cara el haberle metido al mundo ese juego tan estúpido. Yo creo que el haber impuesto el fútbol en el mundo es el peor crimen, el mayor crimen cometido por Inglaterra”.
Las opiniones de Borges sobre el arte pambolero no fueron, en suma, nada favorables. Extrañamente, siento una simpatía oscilante por sus pareceres. Estoy de acuerdo, sí, en mucho, pero hay algo en la estupidez del soccer que luego de ejercerla en la niñez uno se ata a ella de por vida. Me pasa siempre: voy, es un ejemplo, por la banqueta y disparo penales y tiros libres en el área de mi imaginación. Tal vez a Borges le faltó pisar alguna cancha, patear un balón. Pero es cierto, lo acepto: es un juego retacado de simplonerías.

viernes, mayo 22, 2009

Volver a Conan Doyle



He olvidado las tramas, pero no la racional emoción que me trasmitían los cuentos de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Aunque murió en 1930, hoy cumple 150 años de vida, pues nació en 1859 y su personaje sigue vivito y conjeturando.
Mis diversiones de niño fueron las de un niño sin letras de la provincia mexicana, de aquel Gómez Palacio que siempre ha sido bastante gris. Jugaba futbol, trompo, papalotes y con amigos conversaba sobre películas y luchadores. Tuve la suerte de vivir a media cuadra del cine Elba, así que todos los domingos iba a la fabulosa función de matiné. Todo esto lo digo por una razón: en mi infancia no hubo hermanos Grimm, ni Salgari, ni Verne, ni Defoe. Los libros me fueron llegando un poco tarde, casi al salir de la adolescencia. Lo que leí, pues, de literatura “infantil”, la literatura que según se sabe leían todos los niños en la época en la que supuestamente los niños sí leían, no pude tenerlo a la vista sino hasta que ya me había cambiado la voz, al ir emigrando hacia la prepa.
Al leer biografías o entrevistas de los grandes escritores sentí el bochorno de no haber trabado contacto, como ellos, con los autores que escribían sobre aventuras, sobre viajes, sobre exploraciones fabulosas y audaces lances. Fue por eso que, con rezago, solo y con las puras malditas uñas de la intuición, compré poco a poco todo lo clásico infantil que me cerraba el ojito en las librerías. La colección Sepan cuantos… de Porrúa fue, en tal caso, la benemérita serie que le permitió a mis flacos bolsillos obtener todo el acerbo que tal vez hizo falta en mi niñez como complemento de lúdicas vagancias y estudios entre la muchedumbre de alumnos que sobrepoblaba (sobrepoblábamos) las aulas de la primaria Presidente López Mateos ubicada en la colonia Santa Rosa.
Hoy, con internet a la mano, cualquiera puede “bajar” a Conan Doyle o a quien sea, pero en aquella época todavía lentísima uno debía buscar libros como quien busca pepas de oro en el desierto. Fue así como a principios de los ochenta di con las aventuras de Sherlock Holmes. Porrúa tiene, si no recuerdo mal, tres o cuatro racimos de cuentos que casi corresponden a los que reunió Conan Doyle mientras vivió. Sin más brújula ingresé a los cuentos del famoso detective, y, para mi asombro, fueron un baño de alegría. He olvidado, como dije, las historias, los detalles, pero no el regusto general que me comunicaban y que sobrevive a todo flagelo del tiempo. Recuerdo que acompañar a Sherlock Holmes en el proceso de investigación, de conjetura y de resolución de enigmas fue una lección de cuidado con el zurcido en un género que siempre demanda algo de cálculo, aunque sea poquito. Algo me decía que los cuentos de Conan Doyle no podían ser escritos con la vieja fórmula del burro sin mecate, sino que era necesario trazar un plan de ataque a la trama antes de llegar al proceso de escritura. Conan Doyle me enseñó (lo aprendí mal, pero él lo enseñó bien) a ocultar detalles, a ocultar mostrando, que es lo difícil en el caso del relato detectivesco, a colocar adrede piezas que parezcan obvias, a manipular los crímenes para que la explicación caiga al final como una piedra en el agua, por pura lógica.
No he vuelto a leerlo, pero cada vez que conjeturo algo más o menos detectivesco recuerdo los procedimientos de Holmes. En el fondo, lo que enseña el viejo Sir, y lo enseña fundamentalmente, creo, a los jóvenes, es a advertir que todo es comunicación, que incluso los detalles más insignificantes nos envían mensajes. Las palabras, los gestos, la orientación de unas manchas, la ropa, el silencio, una colilla de cigarro, todo emite signos descifrables a partir del razonamiento deductivo. A siglo y medio de nacido, el viejo escocés padre de Sherlock Holmes puede seguir siendo para los jóvenes un buen maestro de lógica. Para mí, sin quererlo, fue el mejor en esa asignatura.

jueves, mayo 21, 2009

Benedetti sigue siendo



Tres días con sus noches duró el luto periodístico por la muerte de Mario Benedetti. Así mueren ahora los artistas famosos, con todos los reflectores encima, incluidos los internéticos, y con una extraña unanimidad que deja fuera los matices. No recuerdo otro caso similar, que un escritor latinoamericano haya convocado tantos titulares y un aplauso tan cerrado. Muchos, aunque seguramente no la mayoría, lamentaron esa muerte con sinceridad y luego de un contacto cierto con la obra del uruguayo. Los más, como ocurre con frecuencia cuando de inercias mediáticas se trata, se sumaron a la congoja porque suena de caché adscribirse a la secta beneditteana, decirse sus lectores de toda la vida y hasta sus deudores literarios. Sea cual sea el caso, el hecho real es que fue querido hasta por quienes de haberlo conocido bien quizá no lo defenderían, pues Benedetti es (conste que hablo en presente, pues su obra todavía goza de excelente salud) uno de los intelectuales latinoamericanos más incómodos para los poderes que habitualmente han dominado los países llamados con desdén “repúblicas bananeras”. El lado más flaco y cursi de su producción, la poesía con tema amoroso, ha servido para velar su flanco subversivo, aquel que fue dinamo de innumerables críticas en su contra y en algunos momentos se tornó hasta peligroso, tan peligroso que forzó sus exilios y sus trashumancias.
En poesía no fue Neruda, en cuento no fue Cortázar, en novela no fue Vargas Llosa, en teatro no fue Elena Garro, en ensayo no fue Ángel Rama, cierto. Fue, sin embargo, uno de los casos más visibles de, como se dice hoy, versatilidad. Trabajó con varias arcillas y las vació en distintos moldes. No era su obra, en ningún género, espectacular, pero lograba tocar fibras muy peculiares del alma humana. Supo entender cuáles eran los problemas más comunes del ciudadano de hoy y convertirlos en objetos literarios de relativamente fácil digestión, y eso lo llevó a formar parte del imaginario colectivo latinoamericano.
Recuerdo en particular que en mi juventud lo leí con sumo entusiasmo. Sentí desde el principio que era un escritor ideal para las clases de literatura, así que durante muchos años fue lectura obligada en los muchísimos grupos que tuve durante mis más de quince años como trotador del aulas, eso hasta que en 2005 me retiré, harto, de la docencia. Ahora lo leo y no me trasmite la misma emoción de antes, pero de ninguna forma desdeño el innegable valor de sus creaturas. Aprecio mucho su prosa, y de su poesía me gusta la que toca, a veces con agrio humor, los temas de la vejez y el paso del tiempo, los que reflexionan sobre la amistad, la soledad, el optimismo. Los poemas amorosos suelo dejarlos un poco al margen, aunque no discuto que le gusten a quien le gusten.
Ahora que ha muerto, las necrológicas periodísticas han enunciado por encimita que Benedetti nunca le dio la espalda a su posición de escritor (digámoslo como se decía en los sartreanos sesenta) comprometido. En efecto, fue un escritor que supo conciliar el arte con la crítica, y en más de una ocasión hizo explícita su posición en un ambiente en el que la ambigüedad o la indiferencia comenzaron a ser la moda. Por eso, en Perplejidades de fin de siglo, obra de 1993, aseguró esto, casi como si fuera una profesión de fe: “Un viejo tango nombraba ‘la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser’. Hoy esos versos podrían ser un retrato de cierta izquierda vulnerable, desguarnecida, esa que encoge a la primera lluvia. En conclusión: no hay que tener vergüenza de haber sido, y, para no sentir el dolor de ya no ser, lo mejor es seguir siendo. De izquierda, claro”. Y Benedetti siguió siendo, hasta su muerte y más allá.

miércoles, mayo 20, 2009

Dinosaurio cincuentón



“Este libro se acabó de imprimir el día 20 de mayo de 1959 en los talleres de Imprenta Nuevo Mundo (…) La edición estuvo al cuidado de Joaquín Díez-Canedo y del autor”, dice el colofón de la primera edición de Obras completas (y otros cuentos). Eso significa entonces que “El dinosaurio”, microrrelato contenido en aquel libro (p. 69), cumple hoy sus primeros cincuenta añitos de vida. Para ser una línea de apenas siete palabras se le ve todavía robusta, feliz en su trono de relato más corto de la historia. Luego otros han querido superar su rapidez y acaso lo han logrado, pero el mérito de haber llegado primero a la síntesis extrema le cabrá siempre a Augusto Monterroso. Lo demás es sombra.
A esa obra y a ese autor les dediqué un librito titulado Monterrosaurio (2008). Lo hice porque desde hace algunos años cambié mi percepción acerca del tamaño literario. Por mucho tiempo intuí que la brevedad y el fragmentarismo tenían un encanto peculiar, pero no me animaba a aceptarlo por la gravitación que en mí ejercía el mito de la novela decimonónica, del ladrillote hecho libro. Con la edad afiné mi noción de que toda obra es válida en función de su eficacia, no necesariamente de su tamaño. Así, Monterroso el brevísimo y su desdén por lo mega me sedujeron, aunque en mi caso sin desdén por lo mega, más bien con aprecio por todo aquello que ofrezca algo digno de recuerdo, use o no use muchas palabras en el trance de comunicar.
Tampoco me lo tomo muy en serio, debo decir. El escepticismo formal del microrrelato es una manifestación de un escepticismo más amplio, de una duda sembrada en todo lo que atraviesa los sentidos. El microrrelato es, a mi ver, una púa, un instante de luz. Tengo la corazonada de que su aroma siempre es humorístico y quizá por eso los microrrelatos adustos no me agradan. Una paradoja, un juego de palabras, una ironía son ingredientes básicos del molde. Allí lo importante no es lo dicho, sino lo no dicho, de ahí que el microrrelato suela ser alusivo e inquietante, como “El dinosaurio” que luego pasaría a convertirse en hito y luego en escuela.
Mi libro sobre ese tema tiene adrede un prólogo largo, para jugar desde allí con la paradoja: un prólogo de veinte páginas que desmenuza una línea de texto. Insisto que no lo tomo muy en serio, por eso hay bromas metidas en el embustero estilo académico que le calcé. Hago citas que hasta parecen de investigador, como ésta del propio Monterroso:
—¿Cómo nació la idea de este cuento?
—No lo tengo tan presente como mi primer recuerdo erótico. Sin embargo, no creo que haya nacido en un momento dado, sino quizá en un momento de bromas con los amigos, de chistes ocurrentes que uno dice de pronto, y se conjugó esa frase. Me pareció ser un buen texto breve, lo escribí y lo más importante es que lo publiqué en forma de cuento. La valentía no estaba en escribirlo en ese tiempo (hace más de treinta años) sino publicarlo como tal. Lo metí en el primer libro de cuentos y está en medio de los dos más largos que he escrito [‘Diógenes también’ y ‘Leopoldo (sus trabajos)’], tienen 20 ó 30 páginas, éste tenía una sola línea y eso llamó la atención. Ahora se ha convertido en una pregunta un tanto obligada. No creo que tenga mayor valor”. Así, en registro falsamente docto acometí la introducción hasta llegar al meollo de mi libro, una sarta de “monterrosaurias”, piezas que son versiones chuscas inspiradas en el original. Creo que son 85, como ésta: “El lupanar: Cuando ingresó, su hermana todavía estaba allí” (por si alguien desea perder su tiempo en él, ese libro está a la venta en la librería del Teatro Martínez y en la librería Punto y Aparte).
Para acabar pronto, “El dinosaurio” cumple cincuenta y creo que no habrá meteorito yucateco capaz de aniquilarlo. Su vida estará asegurada mientras haya en el mundo exploradores que gusten cazar hormigas con el arpón de un alfiler.

domingo, mayo 17, 2009

Memorias del subsuelo de un lector del boom


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Conferencia leída por Saúl Rosales en el Icocult Laguna el 22 de abril de 2009. Agradezco al autor haber aceptado la invitación a publicar en este espacio que, ante la falta de soportes impresos adecuados en La Laguna, desea poner textos de calidad al alcance del lector. La coincidencia de comenzar a publicar este tipo de colaboraciones en "Ruta Norte" el mismo día de la muerte de Benedetti es sólo eso, una coincidencia. La aprovechamos, sin embargo, para inaugurar este foro en homenaje a la memoria del escritor uruguayo. La imagen que encabeza este post es la credencial que acredita a Saúl Rosales como integrante de algunos talleres de la UNAM.
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Memorias del subsuelo de un lector del boomx
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Saúl Rosales
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Para contribuir a la llamarada de petate, dicho muy mexicano por lo menos si lo consideramos desde el nahuatlismo petate, digamos que el boom de la literatura latinoamericana es un producto de México para el mundo como lo son el chicle, el chocolate, el cacahuate y algo ya imprescindible en incontables y solazados hogares del mundo, la marihuana.
Como vemos, la humanidad tiene mucho que agradecerle a este país por haberle descubierto la gimnasia de masticar chicle, las afrodisiacas calorías del cacahuate y del chocolate y, sobre todo, por la marihuana, por lo bueno que es para las reumas. Con el fin de jugar con esta idea escudriñé los libros de Bernardino de Sahagún. Me metí a ese mundo de los antiguos mexicanos mucho antes de que la Cámara de Diputados se rebullera debatiendo la legislación de las drogas. Empecé a tirar estas líneas a principios de marzo, cuando los diputados apenas se estaban desperezando de las vacaciones de navidad. En Sahagún me encontré con que los antiguos mexicanos ofrecían al dios Opochtli “flores y cañas de humo”. Al leer “cañas de humo” no me imaginé airosas cañas de azúcar ni frondosos tallos de plantas ca-na-bi-ná-ceas, sino carrizos habilitados como rudimentarias pipas de fumar. Cañas-carrizos-carrujos. Estas cañas preparadas para venerar a Opochtli, igual que las llantas del carro de Camelia, llevaban su noble alma repleta de una hierba en polvo con el que “se emborracha y se adormece”. Estas son palabras textuales. La misma hierba con la que “se emborracha y se adormece” se le avienta a una monstruosa culebra para dominarla, le dictan a Sahagún sus informantes.
Pero para medio volver al tema diré que también en los libros de este patricio de la historiografía se lee que la hierba que emborracha y adormece la usaban los antiguos mexicanos como anestesia. No encarrujada y gasificada como podría imaginarse, no, sólo se fregaban con ella las mordeduras de culebra. Muchos años después, la lírica popular de México exportó al mundo la hierba, aunque sólo en la letrilla de la cucaracha que no puede caminar porque le falta marihuana que fumar. La exportación de la hierba, sólo en la letrilla, ocurrió durante y después de la Revolución de 1910. Como se ve, mediante la canción, y luego el cine, México exportó la hierba; por su parte la mafia, bueno, no La Mafia, el legendario “corporativo”, sino una mafia cultural, exportó el boom de la literatura hispanoamericana.

1962
Antes de comentar por qué el boom es una aportación mexicana retrocedamos al año en que para mí empieza el boom, 1962. Digo que para mí porque sus orígenes históricos los veremos más adelante siguiendo a Mario Benedetti. (Creo que no necesito adelantar quien es Mario Benedetti.) En dicho año 1962, la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, recibe el Premio Biblioteca Breve de la editorial española Seix Barral. Con esa novela me inicio yo como lector del boom. Pero retrocediendo otra vez metámonos a la mañana del 5 de mayo de ese año, en la ciudad de Puebla, donde desfilan banderas mexicanas capturadas un siglo atrás durante la intervención francesa. La mañana es fresca pero con sol. Por aire, carreteras y vías de ferrocarril habían llegado desde lejos contingentes para el desfile patriótico. Francia había devuelto los lábaros mexicanos con motivo del centenario de la Batalla de Puebla que aún conmemoramos cada año con suspensión de labores y tibios actos cívicos. La Escuela Militar de Mecánicos de Aviación del Colegio del Aire de la Fuerza Aérea Mexicana instalada en Zapopan, Jalisco, proporcionó la escolta de una de las banderas reintegradas a la nación. El sargento segundo comandante de la escolta que hundiendo el filo posterior de los tacones marchaba con orgullo de seleccionado nacional de futbol por las calles de Puebla, que escuchaba los vítores con marcialidad atildada durante tres años en el Colegio de la Fuerza Aérea Mexicana, enérgico, orgulloso y henchido de patriotismo, era yo.
Unas semanas después del desfile del 5 de Mayo dejé de ser alumno de la escuela militar, por cierto de nombre igual al de una institución sudamericana de tristísima memoria. Graduado como sargento segundo, la Fuerza Aérea Mexicana me colocó en la capital de la república. Para vivir allí me hospedé en un departamento de la calle de Donceles junto a condiscípulos que habían recibido el mismo destino. Tuve la suerte de encontrarme en el comedor de la casa de asistencia la revista semanaria Siempre. Como yo ya estaba acostumbrado a leer y me pasaba mucho tiempo solo, me habitué a buscarla cada jueves. Después me enteré que me había aficionado a la revista de mayor circulación nacional. Sus páginas de temas generales eran interesantísimas y su suplemento cultural que ondeaba como páginas centrales hacía sentir al lector que se asomaba al Parnaso. En este suplemento impreso con tinta verde y llamado “México en la Cultura”, me familiaricé con la literatura mexicana y la literatura hispanoamericana, y además con ciertos teatro, cine, música, pintura, etcétera. Las notas, los comentarios, las críticas, los análisis, las opiniones impresas en verde me orientaban para dispersar de maneras diversas mi soledad, en tanto las impresas en sepia contribuían a mi educación política. Confesaré que la literatura mexicana y la latinoamericana no habían existido antes para mí porque desde niño era lector de Selecciones del Readers Digest y no tuve escuela de nivel medio superior que me las revelara con énfasis y pirógrafo mercadotécnico.

1963
Unos meses después de aquel patriótico y marcial 5 de Mayo, es decir, ya en 1963, dotado de cierta holgura económica gracias a los sobresueldos que me redituaba el ser mecánico en el hangar presidencial y a que mi vida previa de obrero temprano me acostumbró a vivir con bajo presupuesto, pude comprar La ciudad y los perros. Inducido por las reseñas, los comentarios, las notas periodísticas y las entrevistas a Vargas Llosa llevé a mi incipiente biblioteca un ejemplar de la primera edición que, por cierto, perdí en las manos de una alumna de Letras Españolas de la UNAM. La virgen de Lourdes Equis no me hizo el milagro de regresármelo. La novela y su autor empezaban a actuar como pendones de lo que sería la vanguardia del boom de la literatura latinoamericana. La novela de Vargas Llosa, permitámonos recordarlo, tiene como escenario principal una escuela militarizada. En su lectura conviví con los cadetes, compartí la prepotencia de El Jaguar, la abulia de El Esclavo y el abuso de los suboficiales y oficiales contra los alumnos. Me entregaba gozoso a la ficción trazando paralelismos con la realidad que yo había vivido durante tres años en la escuela de la Fuerza Aérea Mexicana.
Ya en ese tiempo en Vargas Llosa y La ciudad y los perros convergían las luces de innumerables reflectores puesto que habían ganado el Premio Biblioteca Breve del concurso convocado por la editorial española mencionada. Ahora yo sabía que existían premios literarios y que eran importantes y que existía la literatura latinoamericana. Leí con ansiedad y gozo el libro, sorprendido porque la historia ocurría en la escuela militar, pero también intrigado por los intrincados trazos de la narración. Me cautivaban los suspensos dosificados por el escritor y me deslumbraba la poliédrica forma de la historia. Me asombraba que se pudiera narrar de manera tan distinta a la que se usaba en las novelas que había leído antes. El tiempo libre que me dejaban mis obligaciones de mecánico del hangar presidencial y mi poco apego al ping pong con que nos distraíamos los de tierra mientras las naves volaban de gira, me facilitaban meterme en la vida de los personajes de La ciudad y los perros y visitar los lugares de Perú que poblaban. Por supuesto, me perdía en la novela durante lapsos más prolongados cuando, distante de mi vida militar de sargento segundo del Estado Mayor Presidencial, disfrutaba mi vida de civil.
La prolongada soledad se convertía en libros leídos. Sin saberlo, estaba yo convertido en lector de lo que vendría a ser el boom de la literatura latinoamericana. Mi gula de fanático explorador de líneas y líneas, páginas y páginas, libros y libros, era estimulada por la información periodística, las propias lecturas de evasión y la publicidad de las editoriales. Me sentía bien siguiendo las recomendaciones de las reseñas de libros de “México en la Cultura” y de los suplementos dominicales de los diarios de la capital de la república. En ese tiempo, cuando todavía fulguraba potente la luz de los reflectores puesta en Vargas Llosa y La ciudad y los perros se prendió otra, atraída por el mexicano Vicente Leñero, quien había ganado en el propio 1963, con Los albañiles, el mismo premio que el autor peruano.
Los índices coquetos de los premios pescalectores que engurruñados hacen la señal de ven, los premios que como cupidos tejen cardillos entre el lector y los libros me llevaban a las obras galardonadas pero yo leía también muchas que no presumían medallas ni diplomas ni veneras ni condecoraciones. Leía muchos de los libros que críticos y reseñistas recomendaban y en ese entonces la crítica y la publicidad editorial se preocupaban por llevar la mirada de los lectores hacia la literatura latinoamericana. De cualquier manera, otro análisis mostraría cómo el modo de producción económica afecta, se aprovecha y determina la estética. La determina porque al impulsar un prototipo lo convierte en modelo a seguir y hace seguirlo.

1965
A mediados de 1965 dejé el hangar. Guardé el medidor de densidad del líquido de las baterías y colgué mis uniformes e insignias del Estado Mayor Presidencial y la Fuerza Aérea y me puse a trabajar de empacador en la bodega de la cadena de librerías donde compraba los volúmenes con que llenaba mis vacíos, con los que evadía la soledad, los que me ayudaban a no hacerme ilusiones en este mundo. En otro lado he integrado a la ficción pasajes de la nueva posición que conquisté al pasar de bodeguero empacador a dependiente en una de las librerías. En este año, 1965, no sé si también en los anteriores a mi alta en el empleo de dependiente, se vendía mucha literatura hispanoamericana. Por una razón que se evidenciaría pocos meses después los lectores buscaban con avidez El Señor Presidente, novela del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (según Enrique Anderson Imbert “una de las mejores en toda la novelística hispanoamericana”), publicada diez años antes, junto con otra que había salido en 1963, Mulata de tal. Los lectores procuraban también otras obras pero ahora me acordé de El Señor Presidente porque me conmovieron mucho cinco palabras de uno de sus personajes, el Pelele, que en el mundo de sus alucinaciones le dice a su madre: “Ñañola, me duele el alma”. Y la madre de su fantasía le responde: “Hijo, me duele el alma.” Edipo lector por ese tiempo vivía en una casa de asistencia de la colonia Roma con los libros como única familia.
Moderando la hipérbole, digamos mejor que los libros no eran su única familia porque le hacían compañía, un radiecillo y ecos de las páginas de El Señor Presidente como “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre!”, palabras que resonaban también como eco que le llegaba desde los días de infancia en Torreón, es decir, resonancias alejadísimas en tiempo y espacio de la Guatemala de Miguel Ángel Asturias. Pero decía que acompañaba también a Edipo lector, para distraerlo en la Colonia Roma, un radiecillo. Era de transistores, neologismo mágico. Su marca era National y por supuesto made in Japan. Tenía las dimensiones de un libro de obras completas. Gracias a los transistores escuchaba Radio Universidad, emisora hertziana de la UNAM que mencionaba el boom entre música del diapasón extendido desde la Edad Media hasta la vanguardia de Pierre Boulez, música extraña y hermosa, y voces que hablaban de Latinoamérica, de la Revolución y de la literatura hispanoamericana.

1966
Como consecuencia de su búsqueda de un empleo mejor y para, sin proponérselo, envolverse más en la atmósfera de lector del boom, el de la voz, se encadenó al trabajo enajenado en la imprenta donde entonces imprimían dos publicaciones importantes para la historia del boom, la Revista de la Universidad de México y la Revista de Bellas Artes. Ambas revistas, la de la UNAM y la del INBA albergaban en sus páginas y en sus respectivos directorios a muchos de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana. Yo los leía en las dos poderosas publicaciones como escuchar admiradas voces familiares. La razón de que me resultaran cercanas es que muchas de ellas también eran las voces del suplemento cultural de la revista Siempre y de la Gaceta del Fondo, que también procuraba yo. Y más aún, en esa imprenta, a la que llegué a trabajar como corrector de pruebas en 1966, se publicaban y se reeditaban los libros de Editorial Era, libros como El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1966), de cuyo autor, altísima figura del boom, ustedes han de acordarse; Aura (1962), cuyo autor de inmediato se adivina y en fin, Gracias por el fuego, de Mario Benedetti, quien mucho y muy pronto escribiría con claridad y tino del recién reconocido boom.

1968
Este año, 1968, es en el que ubica el auge del boom el mismo Mario Benedetti, quien es una de las personalidades más recias de la literatura latinoamericana de antes, durante y después del propio boom. En el ensayo que lleva como título “Sobre poetas comunicantes”, fechado en 1972 e incluido en El escritor latinoamericano y la revolución posible, libro de 1974, Benedetti afirma que el auge pleno del boom ocurrió cuatro años antes de la publicación de su ensayo, o sea, en 1968. Esto no quiere decir que en este año hayan aparecido las más resplandecientes obras. Surgieron muchos libros memorables. Para mencionar algunos de los más reconocidos, de los cuales la mayoría pueblan los entrepaños de literatura hispanoamericana en mi biblioteca personal –aún puede uno enorgullecerse de practicar el oficio de lector y poseer una biblioteca personal–, aparecidos a partir del año que comienza esta cronología, anoto, de 1962, la obra que me inscribió como lector fanático del boom, La ciudad y los perros, de Vargas Llosa; El Siglo de las Luces, de Carpentier; Aura y La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes; de 1963, Mulata de tal, de Asturias y Rayuela, de Cortázar, libro que viene a asestarse y asentarse como afirmación incontrastable de que la literatura es un juego, un juego de las profundidades humanas en el que se tañen las cuerdas de las deficiencias y las virtudes evidenciadas y potenciales del alma. Debo aquí, en un acto de autopunición, confesar que en la amargura de la soledad leí Rayuela con la miope idea de que si el libro me proponía infinitas maneras de leerlo, es decir, si se podía comenzar en cualquier capítulo, entonces para qué incomodarme, así que comodonamente y paradójicamente lo leí y más tarde lo releí de la manera tradicional. La amargura es más cómplice del marasmo que del juego. También de 1963 es –lo dije antes– Los albañiles, novela que como ya también mencioné antes, ganó ese año el mismo premio que la de Vargas Llosa; de 1964 son Juntacadáveres, de Onetti y Cantar de ciegos, de Fuentes; de 1965 es la ya citada Gracias por el fuego, del admirable Benedetti, novela que empieza en el restaurante Tequila, de Nueva York y acaba en la corrupción sudamericana. De 1966 son Todos los fuegos el fuego, de Cortázar, con sus ilusionismos de realidad irrealidad; La casa verde, de Vargas Llosa, con diestros juegos de tiempo, espacio y personas, y La mala hora, de García Márquez. Esta última novela había sido publicada en 1962 en España, pero como el editor europeo se permitió “cambiar ciertos términos y almidonar el estilo”, García Márquez no reconoció la edición. De este modo, por voluntad del autor, la edición príncipe es la mexicana de 1966. La publicó Era, como ya dije.
Pero qué pasa con el boom. Sigamos a Benedetti para ver cómo el boom de la literatura latinoamericana es una aportación de México al mundo, igual que lo fueron en otro tiempo el chicle del ejercicio mandibular, el cacahuate de las calorías afrodisiacas, el chocolate del gusto sibarita y la marihuana sin epítetos, para no hablar de oídas. Claro, el escritor uruguayo no lo dice de la manera en que lo acabo de enunciar. El autor de Gracias por el fuego afirma en El escritor latinoamericano y la revolución posible: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Repito la cita: “El célebre boom fue en realidad una prolongación internacional de la mafia; y no es casual que los mexicanos hayan sido sus más fervientes y eficaces promotores.” Los mexicanos produjeron, por supuesto no toda la obra del boom pero sí parte de ella y sobre todo la hicieron retumbar en el exterior. Por qué señala Benedetti la eficacia promotora de la mafia. Aclaremos. La “mafia” a que se refiere Benedetti no era una pandilla transnacional de delincuentes ni una banda que se reunía para “hacer oración” ni un club de jardinería de los jueves. La “mafia” era un grupo de narradores, poetas, dramaturgos, pintores y en general intelectuales y artistas que tenían su nicho, o mejor dicho sus nichos, en la ciudad de México, en el ya mencionado suplemento cultural de la revista semanal Siempre; en las mensuales Revista de la Universidad de México, Revista de Bellas Artes y Gaceta del Fondo y además, en Radio Universidad. Algunos integrantes de la ubicua “mafia”, o asociables con ellos eran Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Emmanuel Carballo, Sergio Pitol, Huberto Bátiz, José Emilio Pacheco, Luis Guillermo Piazza, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, Margo Glantz, María Luisa Mendoza, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Paz, Cuevas, los hermanos García Ponce, Vicente Rojo, Juan Soriano. (Por su distanciamiento recoleto no sé si hice bien en incluir a José Emilio Pacheco, pero publicaba con disciplinada constancia en los mismos lugares.)
Como conclusión provisional haré aquí un nudo para que sus mentes lo desaten: una buena cantidad de autores de la mafia publicaban sus obras en Ediciones Era. Ediciones Era era propietaria de la imprenta donde se imprimían sus propios libros pero también la Revista de la Universidad y la Revista de Bellas Artes. En estas revistas publicaban los de la mafia y formaban parte del cuerpo editorial. Además, la mayoría de los libros producidos por Era eran marxistas. (Muchos de ellos contribuyeron al despertar de mi conciencia de clase proletaria.)
Sin embargo, aparte del origen mexicano del boom indicado por Benedetti encontramos, siguiendo todavía a este autor en El escritor latinoamericano y la revolución posible, en el ensayo que lleva este mismo nombre, que también tiene un origen cubano, gestado por la triunfante Revolución con todas sus audacias ejemplares: “A través de la estallante experiencia cubana”, dice Benedetti refiriéndose al proceso revolucionario cubano de 1953 a 1959, “Europa se interesó por el resto de América Latina”. Y sigo citando al escritor uruguayo con el siguiente fragmento donde adelanto que plantea un paralelismo entre el rompimiento de Cuba con las relaciones de dependencia política tradicionales y el rompimiento de los autores con las formas antiguas de narrar: “Con la revolución cubana comenzó, pues, una nueva manera, experimental e imaginativa de llevar adelante una política antimperialista. Curiosamente la literatura latinoamericana (en particular la narrativa, pero también aunque en menor grado, la poesía y el teatro) rompió así mismo con los viejos moldes, con la vieja retórica, con la vieja rutina y se lanzó con entusiasmo a experimentar.”
Como digresión digamos que una vez más aparecen hermanados Cuba y México, esta vez como cunas del boom. Cuba lo impulsaría mucho en el campo editorial, tanto como lo hacían Buenos Aires y la Ciudad de México. La Cuba revolucionaria fundó la Casa de las Américas y promovió intensamente la creación mediante los concursos literarios.
Ahora permítanme recordar lo que presumí antes, esto es que entré a trabajar de corrector de pruebas en la imprenta donde se imprimían la Revista de la Universidad de México, la Revista de Bellas Artes (del INBA) y los libros de Ediciones Era. Era Era, como lo sugerí antes, uno de los engranajes del boom. Las instalaciones de la imprenta ocupaban una casa común de la calle Aniceto Ortega en la Colonia del Valle, en la Ciudad de México (el número y el teléfono se pueden encontrar en las páginas legales). Las labores de impresión atronaban en la planta baja; en la alta, al fondo a la izquierda, quedaba el cuarto donde trabajábamos los correctores. Frente a este cuarto quedaba el de la dirección de Ediciones Era albergando los tratos y los documentos que se resuelven en la publicación de libros que podemos integrar al boom como Aura, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, ya datados antes, y varios más. Mientras yo me ganaba el salario corrigiendo pruebas en el cuarto del fondo a la izquierda, haciendo resonar la duela pasaban hacia o desde la dirección de Era, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Fernando Benítez, et al. y, diariamente varias veces, Emmanuel Carballo y Vicente Rojo. Rojo era copropietario en las siglas de Era, según me confió la correctora que ya estaba allí cuando yo llegué. A Carballo lo acercaban a Era vínculos familiares. Yo miraba entonces a aquellos integrantes de la mafia como miraría a Adela Noriega, si me la encontrara en la tiendita de la esquina.
La novela, por muchas razones superjustificadas, más llamativa del boom, Cien años de soledad, había aparecido en 1967. La ilustración de su portada, el barco de velas varado y abandonado, la reprodujo el suplemento cultural de Siempre. El premio Seix Barral que habían obtenido la novela peruana La ciudad y los perros y la novela mexicana Los albañiles, este año lo conquista la novela Cambio de piel, de Carlos Fuentes, quien el mismo 1967 había publicado otra novela, Zona sagrada. Aunque no había hecho mutis, Vargas Llosa reaparece publicando Los cachorros, relato que es un minucioso atentado terrorista contra la sintaxis por su violencia contra las personas y los tiempos del verbo. A Miguel Ángel Asturias, el de El Señor Presidente y Mulata de tal, novelas muy buscadas cuando yo trabajaba de dependiente en la Librería de Cristal, lo premian con el Nobel.
Fue un buen año para el boom 1967 y sus reverberaciones seguirían muchos años más. Por lo pronto ya había muchos libros latinoamericanos para leer durante el revolucionario 68 y platicarlos entre activismo político y canciones folclóricas también latinoamericanas.
Tras la eclosión del boom, en 1969, Vargas Llosa publica una novela de audacias formales y de atmósfera igual a la que para los lectores se había revelado con v chica y rebelado con b grande el año anterior, me refiero a Conversación en La Catedral, que se convirtió en mi favorita de las del autor peruano; Fuentes lanzó, Cumpleaños, libro de cuentos que no satisfizo al personal.
Pero el boom no había estallado sin procedimientos ni ingredientes precursores. Los hubo y muy importantes en las formas narrativas de cuento, novela corta, relato y novela de amplio volumen. Mencionaré algunos títulos sin su registro cronológico pero observando su cronología a partir de 1939, año en que aparece El pozo, de Onetti.
Al año siguiente y en los siguientes años, elevan el caudal precursor Ficciones y El Aleph, de Borges; Viaje a la semilla (deslumbrante relato de Carpentier en donde el protagonista pasa de ser viejo a ser semen, tema que repitió hace poco la película El extraño viaje de Benjamin Butto), El reino de este mundo y El acoso, de Carpentier, ya lo dijimos; El túnel y Sobre héroes y tumbas, de Sábato; La vida breve y El astillero, del ya mencionado Onetti; El llano en llamas y Pedro Páramo, de Rulfo, es decir, del “mejor narrador de América Latina”, según apreciación de Benedetti; La región más transparente y Las buenas conciencias, de Fuentes; Montevideanos y La tregua, del propio Benedetti; Los pasos perdidos, del ya mencionado Carpentier; Las armas secretas y Los premios, de Cortázar; Los jefes, de Vargas Llosa y, en fin, Hijo de hombre, de Roa Bastos.
Y si es caudaloso el torrente precursor del estallamiento del boom, lo es igualmente el que lo siguió. Es así que en 1972, corregida por Cortázar y Monsiváis, sale de Ediciones Era Paradiso, novela de Lezama Lima y para llegar sólo hasta 1981 nombraré los libros que todavía sobreviven en mi biblioteca, aunque no en mi memoria: de Cortázar El libro de Manuel y Octaedro; de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y la grandiosa La guerra del fin del mundo; de Carpentier El recurso del método, novela que hizo resaltar el tema de los dictadores latinoamericanos, ya tratado antes por Asturias y Valle Inclán, Concierto barroco, muy divertida novela corta, una obra magna en arquitectura y en tono, La consagración de la primavera y El arpa y la sombra; de Sábato, Abbadón el exterminador; de Roa Bastos otra de dictadores latinoamericanos y realismo mágico que es Yo el supremo; de Borges, El libro de arena; de García Márquez, también de dictadores, El otoño del patriarca y finalmente, aunque el boom seguía copioso, La cabeza de la hidra y Terra nostra, de Fuentes.
En el anterior alud de títulos y autores he mezclado libros de novela y cuento aunque en la realidad la preferencia de los editores y la tolerancia de los lectores privilegiaron la novela. Para acercarse a la literatura dramática del tiempo del boom pueden leerse varios volúmenes preparados por Carlos Solórzano, un fino colaborador de los mismos lugares ocupados por los divulgadores del boom.
Sé que omito muchos títulos y autores, pero con las ráfagas disparadas superé ya el tiempo en que mi perorata podría ser tolerable. De ese modo que acabo de narrar me gesté, me desarrollé y me templé como miembro de una generación de lectores de lo que se conocería como el boom, el boom, que para mí es un momento peculiar en la historia general de una literatura vigorosa que ya contaba en sus catálogos con nombres como Carpentier, Borges, Asturias, Vallejo, Hudiobro, Neruda y muchos más. El boom, con ese nombre identificado, es sólo un momento de la gran corriente de la literatura latinoamericana que ya se había sumado a las vanguardias literarias del siglo XX, sobre todo con la poesía.
Sentí una gran responsabilidad al tener que hablar para ustedes de ese importante tema, por eso malinterpretando impúdicamente la lección de Montaigne hablé de lo que conozco menos mal, hablé de mí, aunque en el contexto del boom de la literatura latinoamericana. Estas palabras fueron como unas memorias del subsuelo de un lector del boom.

Mario Benedetti (1920-2009)



Consternados, rabiosos, así recibimos la noticia. Hoy se fue el viejo de Montevideanos, de La tregua, de Poemas de oficina, de Pedro y el capitán, de El recurso del supremo patriarca y de tantos, tantísimos libros más que, nos gustaran o no, salían de un hombre claro, entregado a la palabra y a la opinión sin dobleces éticos. Queda, por supuesto, su obra, que no es poca y tiene asegurada larga vida, pues se levanta como testimonio de una época agitada, una época de banderas y consignas que después muchos arrumbaron. No él, por cierto.

Al cine con Alfonso López



Podría decir que Alfonso López Vargas fue mi alumno en dos o tres clases de narrativa en la Escuela de Escritores de La Laguna, que durante muchos años trabajó para la CFE, que es apasionado de la actuación y de la dirección teatrales, que hace como cinco años publicó su primer libro de cuentos (Del alba al anochecer) y que tiene otro inédito con historias para niños. Podría decirlo, pero eso es a fin de cuentas un resumen que huele a frío currículum y dice poco, o nada, sobre el fondo de la persona. Prefiero decir, mejor, que Alfonso López Vargas es una buena, una generosísima persona.
Dicho eso, lo compruebo. En un momento de la vida en la que muchos hombres ven la declinación y hasta el agotamiento de sus entusiasmos, Alfonso López obsequia tiempo, dinero y esfuerzo, como decía un antiguo comercial, para la cultura lagunera. No es poco lo que da, pues con sus propios recursos mantiene vivo un ciclo de cine. No sólo consigue las películas, sino que recorre en taxi los medios para hacerle promoción, imprime carteles y el día de cada exhibición asiste para dirigir las sesiones en una especie de cine-debate. Todo eso, como digo, sin exigir ningún crédito, con el dinero de su bolsillo y con el tiempo de su reloj. Y no se piense que es un hombre rico en lo económico, que si lo fuera de todos modos tendría mérito. Es jubilado de la Comisión y su esposa se encuentra en un estado de salud delicado; eso no merma, sin embargo, su fe en el cine y su deseo de compartir lo que sabe. Alfonso López Vargas es, para mí, pues, ejemplo de desprendimiento en este mundo en el que la mayoría quita, pide, exige, cobra y hasta roba. Alfonso no, Alfonso simplemente da.
El ciclo de mayo está en marcha. Le he pedido a Alfonso que me permita añadir el cartel de sus presentaciones en el blog de “Ruta Norte” y aquí estará también el de junio, a la vista de quien desee informarse. La cita de cada función ha quedado establecida para los lunes a las ocho de la noche en el Museo Regional de La Laguna. Por supuesto, todas las exhibiciones son gratuitas.
Al creador del ciclo “Los escritores van al cine” le he solicitado, además, un esbozo conceptual de su proyecto, y lo plantea así:
“Origen del proyecto. Conjugar nuestra adicción a la literatura con una firme y sana pasión por el cine nos ha llevado a los siguientes razonamientos:
En principio, nos parece una verdad irrefutable que ‘para que haya una buena película debe de haber una buena historia’ Por lo tanto, una cinta basada en una obra literaria aceptada y bien calificada por críticos y lectores lleva ya cierta garantía respecto a la calidad de ese film.
Lo anterior, por supuesto, no es garantía ‘absoluta’ de la bondad de ese film. Crear cine es un trabajo de equipo y para que haya un buen resultado, se precisan varios elementos más, entre los cuales podemos mencionar.
De inicio, una buena adaptación para adecuar la forma de expresión del texto literario al lenguaje cinematográfico que es, evidentemente, distinto. Para esto se necesita un buen guionista.
Como, además, en el cine se maneja imagen y no solo palabra, se vuelve imprescindible la acertada selección de locaciones, escenografía, utilería, iluminación, vestuario, maquillaje, etcétera, y, para la presentación de esa historia en imágenes, los sonidos ambientales y, a criterio del creador, música de fondo que dé la atmósfera adecuada que subraye la acción, todo lo cual es manejado por un grupo de técnicos calificados.
Luego viene la selección de los actores que interpretarán a los diversos personajes y que deberán tener la presencia física necesaria y manejar las formas de expresión (matiz en la voz, expresión gestual y corporal, desplazamientos lógicos y precisos, etcétera). que proyecten actitudes, emociones y sentimientos acordes a la situación que marca la trama, así como una vital y convincente interrelación para que, al final el editor dé el toque final, dándole la necesaria continuidad y haciendo de todo el material filmado una unidad.
Todo ese complejo equipo técnico, del cual mencionamos sólo una pequeña parte, ya con la supervisión y aprobación del productor, es coordinado por el talento creativo de un comprometido director, que es, a fin de cuentas el responsable de que el producto final que veamos proyectado en pantalla sea o no de satisfactoria calidad.
Tomando en cuenta lo anterior, nos hemos dado a la tarea de planear un ciclo de cine diseñado para dar a conocer al público lagunero un grupo de películas que cuenten, por un lado, con la base de una historia de calidad avalada por el nombre de un buen escritor y, por el otro, que hayan sido realizadas por un selecto equipo de cine, aprobado por un buen productor y comandado por un talentoso director.
Observaciones. El cine ha dejado de ser (si es que alguna vez fue únicamente eso) un simple espectáculo para divertirnos y ‘pasar el rato’. El cine cobra cada vez mayor importancia bajo diversos aspectos:
—Como expositor de relatos que nos dejen experiencias capitalizables para la formación de criterios.
—Como testigo de la historia para integrar nuestra memoria individual o grupal y, en este último caso, a nivel regional, nacional o mundial.
—Como eficaz difusor de ideas (el público que se sienta frente a una pantalla lo hace con una mentalidad totalmente receptiva aun cuando posteriormente pueda rebatir las ideas que, mientras está ahí, perciba y acepte)
—Como vehículo de propaganda (su proyección es masiva).
Objetivos a lograr. Aunque nuestra intención inicial haya sido únicamente (lo confesamos con honestidad) la de presentar un ciclo de películas que impulsen al público a interesarse en la obra literaria en la cual se basa, la experiencia nos ha mostrado que, efectivamente, se empieza con:
1) Promoción a la lectura. Ya que los comentarios que, al final de la función, hacen los asistentes, son, a medida que el ciclo avanza, no solo con una intención crítica a la cinta sino, además, con atención a la obra literaria, lo que, a paso lento, pero seguro, confiamos en que redundará en la captura de posibles nuevos lectores. (La pregunta que ya empezamos a oír y nos causa satisfacción es ‘¿Y qué otras novelas ha escrito ese autor?’ (en una hoja de información que les entregamos al llegar a la sala les damos una breve semblanza del escritor que contiene información sobre su bibliografía). Lo que nos crea la ilusión (que esperamos pronto percibir como realidad) de que estamos formando nuevos adeptos a la lectura. Puede que el proceso sea lento, pero hay que recordar que ‘La gota de agua orada la roca’ y que ‘El que persevera, alcanza’ y ya sabemos que los refranes son la sabiduría popular. Pero, además:
2) Mejora nuestra calidad de espectadores. Por otra parte, el observar los detalles y comentar acerca de ellos nos desarrolla el espíritu crítico lo que, a la larga nos hace un mejor público y, como consecuencia, más exigente que ya no se conforma con cualquier cosa y de esa manera contribuirá, con su asistencia al buen cine y su inasistencia al malo, a presionar o, por lo menos, a estimular a los productores para buscar que eleven la calidad de ‘nuestro’ cine.
Comentario final: En la selección de películas se intenta, además del estricto cuidado en cuanto a la calidad, dar variedad al programa incluyendo cintas de diversos países, diferentes épocas, así como variados temas y géneros para que los asistentes tengan una muestra integral y representativa de lo que es y ha sido el cine ‘universal’.
Esperamos que la asistencia al ciclo ‘Los escritores van al cine’ poco a poco se incremente y sea constante. Ese será el gran premio a nuestro esfuerzo. No es nuestro interés obtener éxitos económicos en taquilla ya que la entrada es gratuita, cortesía conjunta de la Escuela de Escritores de La Laguna con el Museo Regional de La Laguna”.