domingo, setiembre 13, 2009

Ni hablal: alabanza de Pérez Prado



Pido que me lean con el monitor puesto en este video de YouTube; así empieza: “Sí, un ritmo nuevo creado por Pérez Prado para regocijo de todos, un ritmo distinto, formado por los elementos más primitivos y sencillos de la naturaleza que excita e incita a la alegría y a la danza. Vamos con él de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, hasta los lugares más apartados de la tierra pregonando nuestra idea con el propio ejemplo del mambo, y veremos que hasta los esquimales acabarán por ser felices bailando al son del mambo”. Con estas palabras resume el locutor lo que propuso Dámaso Pérez Prado en los cincuenta: un ritmo que atravesará todas las fronteras y hará felices hasta a los esquimales. Supongo que el mambo no llegó a tanto, pues aquí y en Alaska el ser humano sigue siendo desdichado; pese a ello, hasta la fecha creo que Pérez Prado, alias el Caraefoca, hizo casi lo que quiso con la gente nocturna, la gente que goza del baile y del alcohol, es decir, con casi todos. Recuerdo ahora al inventor del mambo porque mañana 14 de septiembre cumple veinte años de muerto y desde siempre su ritmo me trasmite una emoción especial, pese a que me considero una roca en materia de baile.
El video del que he tomado las palabras sobre la grandeza internacional del mambo es un buen ejemplo de lo que hizo Pérez Prado, el Stravinsky del Caribe. Empieza pues con el elogio ya transcrito y sigue con la aparición casi imperial, en contrapicado, del mero rey, el Caraefoca que porta un traje claro, de solapas amplias y pañuelito medio salido en el bolsillo, paradigma todo él de la elegancia que buscaron siempre muchos bohemios antillanos. Así, lujoso y mandón, Pérez Prado da la primera orden a su orchestra. El tema es “José”, y arranca con un suave ritmo de bongoes al que se suman, en escala ascendente, saxes graves y agudos, trombones, trompetas, lo que provoca una atmósfera de sensual frenesí al inicio de la pieza. Luego viene un diabólico solo de trompeta, y de inmediato el coro con la escasa letra: “José, tú tienes la bemba colorá”, que es como decir que José tiene labios gruesos, que es un negro “bembón” (jetón), como en el poema de Nicolás Guillén. Aparecen entonces unas bailarinas buenísimas y calzonudas, rellenitas, de esas mujeres de más antes; todas emprenden un meneo cadencioso y apegado al oleaje que marcan los bongoes y las trompetas. Es en ese momento cuando surge como milagro la figura esbelta de Resortes, quien entra bailando cual ondulante anguila detrás de una güerota bien sabrosa. Es allí donde el video se eleva al cielo: al hechizo de las estridencias perezpratenses, Resortes añade algunos movimientos colocados impecablemente sobre el ritmo; habilita incluso el pasito en cámara phantom que muchos años después haría famoso Michael Jackson, el del caminante de la luna. Don Adalberto lo ejecuta sin avanzar, caminando sin retroceder, y es una delicia admirar sus calcetines blancos en movimiento, igualitos a los que luego usaría el llamado rey del pop, lo que incluye por supuesto el pantalón de brincacharcos.
Ese video muestra el portento que fue, que es, la música de Pérez Prado, y de paso nos ilustra la catadura que Resortes tuvo como bailarín. Pero estoy en el cubano, quien nació en Matanzas hacia 1916 y murió en la ciudad de México en 1989. Como a otros de su época, lo aprecio sin poses y ahora es muy grato verlo cuantas veces quiera gracias al adelanto del YouTube. Antes, mucho antes de que el internet nos diera esta alivianadota, tuve a Pérez Prado en casetes de Peerles, y nunca olvidaré el homenaje que le rindió Vargas Llosa en Los cachorros, la genial novelita que narra los avatares de la hombría con sintaxis quebrantada (por el punto de vista oscilante entre la primera y la tercera personas del plural): “… por lo que dábamos cualquier cosa era una fiesta con discos de Pérez Prado y permiso de la dueña de la casa para fumar. (…) Cuando Pérez Prado llegó a Lima con su orquesta, fuimos a esperarlo a la Córpac, y Cuéllar, a ver quién se aventaba como yo, consiguió abrirse paso entre la multitud, llegó hasta él, lo cogió del saco y le gritó: ‘¡Rey del mambo!’. Pérez Prado le sonrió y también me dio la mano, les juro, y le firmó su álbum de autógrafos, miren. Lo siguieron, confundidos en la caravana de hinchas, en el auto de Boby Lozano, hasta la plaza San Martín y a pesar de la prohibición del arzobispo y de las advertencias de los Hermanos del Colegio Champagnat, fuimos a la plaza de Ancho, a Tribuna de Sol, a ver el campeonato nacional de mambo. Cada noche, en casa de Cuéllar, ponían Radio El Sol y escuchábamos, frenéticos qué trompeta, hermano, qué ritmo, la audición de Pérez Prado, qué piano”. De ese tamaño fue el golpazo que propinó el Caraefoca. Una generación que ahora ronda los sesenta o poco más, lo bailó como energúmena, así que no fueron pocos los lugares en los que las buenas conciencias trataron de prohibirlo, pues consideraron epítome de amoralidad los movimientos provocados por tal ritmo. No lo tengo a la mano, pero en Textos costeños, un librote de Bruguera que recoge columnas periodísticas de García Márquez, el colombiano dice algo similar a lo que narra Vargas Llosa: que el clero se obstinó en detener lo indetenible, el torrencial ritmo engendrado por un negrito matancero (es decir, oriundo de Matanzas, Cuba) de nombre Dámaso. Sospecho que la iglesia casi tenía razón al tratar de censurarlo, pues si algún ritmo bailan las no tan infelices almas que habitan el infierno, seguramente es el mambo.
Pérez Prado fue considerado un gran músico, un innovador. Dominaba el piano y creo que poseía un talento casi africano para el ritmo percusivo. Lo raro para mí es que el acento selvático de los tambores se unió a los alientos despavoridos y de ese matrimonio surgió lo que a mi juicio es el primer ritmo que define a las grandes urbes latinoamericanas; ya existía el tango, claro, cuando apareció el mambo, pero el ritmo de Pérez Prado es acelere de bongoes y claxonazos, es decir, música que mezcla la selva con el apurado coche de la ciudad. No por nada se habla ahora de la jungla de concreto, la ciudad, y eso es el mambo: el selvático ruido de una ciudad en movimiento.
No puedo terminar esta mínima alabanza al Caraefoca sin remitir a varios videos del You: el que hermana a “Patricia” con “El ruletero”, donde, por cierto, Pérez Prado habla un poco en un inglés cubanizado y conmovedor; o “Qué rico mambo”, un clásico donde el sin abuela Resortes aparece como lo que fue: el hombre-liga; o “Politécnico”, donde el Caraefoca aparece con trajesuco negro y zapatos blancos, lo que anticipó a Ricardo Montaner; o “El dengue”, ritmazo donde el maese Dámaso usa un ring de coche para crear un sonido inédito. Hay muchos más, todos magistrales.
A veinte años de su muerte, mi querido Pérez Prado vive en su más honda música de selva, en los inmortales alientos que saben a claxonazo de ciudad y tigre al acecho.