domingo, agosto 23, 2009

Élmer Mendoza y sus Balas de plata



El sábado 15 de agosto leí en Saltillo este comentario sobre Balas de plata, novela con la que el sinaloense Élmer Mendoza ganó el premio Tusquets 2007:
“¿Qué país es éste, Agripina?”, pregunta el profesor de “Luvina” en el cuento de ya sabemos quién. Y eso mismo les pregunto yo: ¿qué país es éste, Agripinos que esta noche vienen a celebrar el gusto de tener a Élmer Mendoza, acaso el mejor narrador de la viscosa realidad que hoy padecemos? Porque, pese a la mala prensa que históricamente ha recibido la literatura policial, detectivesca y de suspense, el género goza de cabal salud no tanto gracias a los escritores o a los lectores, sino a la realidad, que es a fin de cuentas la mayor proveedora de historias, personajes y atmósferas que a la corta o a la larga alimentan toda literatura. ¿Cómo contar, sin embargo, el desastre que en avalancha se nos vino encima y no parece tener coto? Si la academia y el periodismo tienen sus técnicas, la literatura, creo, no se queda atrás. La literatura contaba ya con el género policial, que ciertamente parecía agotado, o al menos algo reseco, antes de que el fenómeno de la narquiza se entronizara en el lugar que hoy ocupa. La ficción, pese a sus limitaciones, tenía que trabajar con esa arcilla, pues no de otra manera se entiende mejor, sobre todo para los fuereños, un asunto tan peliagudo como el de la delincuencia en los grados superlativos de barbarie que ahora salpica de rojo el mapa de la república. Dada su naturaleza, la ficción literaria, pues, aunque se quede corta o no dé exacto en el blanco, es la herramienta ideal para bucear en el océano de mierda que es la violencia. El periodismo, por sus implicaciones, corre el riesgo de caer victimado por los plomazos, como de hecho ocurre con lamentable frecuencia. Al contrario, salvo Roberto Saviano el de Gomorra, hasta el momento, por suerte, no hay escritor de tales temas que haya sido acosado por los malos de la película, y eso se debe, insisto, a que la ficción es eso, una mentira, una creatura de la imaginación que sin embargo, para decirlo con Vargas Llosa, devela o al menos deja entrever las verdades profundas, los cogollos de la podredumbre criminal en este caso.
Casualmente, hace unos días, mientras le daba trámite veloz a Balas de plata, vagué por mis bookmarks de internet y caí en Babelia, el suplemento de El País. Eso me dio pauta para escribir una columna titulada “Narcoletras mexicanas en España”. Creo que Élmer Mendoza ha descrito bien, en El País, a los dueños de la calle. El aperitivo tienta a los españoles para que vayan suponiendo qué hallarán si comienzan a interesarse en el fenómeno del narco mexicano y llegan a novelas como Balas de plata, verdadero muestrario de todos los rasgos culturales que ha generado, principalmente en el noroeste del México, la delincuencia organizada. Y no se piense que encontrarán allí violencia y muerte hollywoodenses, puro entretenimiento, lo que en un momento dado de la historia del policial fue pasto para sus detractores. Si en Inglaterra se picaban con misterios perfectamente bien imbricados, desafíos intelectuales para el lector, o si en EUA había sangre a raudales en el eterno juego de policías y ladrones, en América Latina la cosa caminó por otros derroteros: la literatura policial, nacida divertimento, sirvió para que los narradores hicieran, casual o deliberadamente, política en el sentido más amplio de esta palabra. El caso más visible es, quizá, el del argentino Rodolfo Walsh, quien supo combinar perfectamente el relato literario con el señalamiento de los lastres judiciales y políticos de su país.
El caso de un narrador como Élmer Mendoza es ejemplo de lo que estoy afirmando. En la superficie de Balas de plata está la anécdota, esa larga e intrincada pesquisa del agente Édgar Mendieta (cuyo nombre, por cierto, es silábica y tónicamente simétrico al del autor) y su ayudante Gris Toledo para solucionar el enigma multicéfalo de unos asesinatos perpetrados con balas de plata. Hasta allí, todo en orden, Balas de plata es o parece una novela de intriga más, de léase y deséchese. Pero no. Lo fundamental, lo genuinamente rico, la almendra del quehacer mendocino, está debajo de la anécdota: el barroquismo de la investigación, por caso, es ya un dato importante para quienes quieran saber (en España, por ejemplo) cómo son indagados los delitos por acá, casi sin pistas, con un montón de sobornos y amenazas en el camino, con el eterno peligro de la insigne institución mexicana llamada carpetazo. Debajo de la anécdota palpita pues una antropología: la del lujo, la de la valentía gratuita, la del permanente arreglo entre las cúpulas políticas con las cúpulas matonas, la de Malverde y la música con tuba, la del gusto por las mujeres bien chulas y las armas bañadas en oro, la de los feroces sicarios y los escasos, poquísimos, casi inexistentes policías como Mendieta, que en medio del caos, ilusamente, quiere dar con el paradero de la verdad. Eso es, siento, el mayor logro de Mendoza: no la anécdota (que de todos modos importa porque sin ella no habría nada qué contar), sino el minucioso dibujo del fresco social que nos permite ver y fijar los rasgos de un fenómeno de suyo movedizo.
Aunado a eso, Balas de plata, como es ya habitual en el narrador de Culiacán, acusa otras virtudes. Para evitar el carpetazo, Mendieta investiga a todo trapo, sin detenerse un segundo a morder una rosquilla como lo haría un investigador de EUA, lugar donde la cultura del carpetazo no es tan común y pueden proceder con morosidad. Como en su casi tocaya Plata quemada de Ricardo Piglia, la investigación del Zurdo en Balas de plata avanza deprisa, y todo es contado a un ritmo cinematográfico, en capítulos cortos y con una sintaxis que con inusitada frecuencia se disloca por la ausencia de verbos y de bisagras preposicionales o conjuncionales. Esta forma de escritura (no lo menos valioso de la obra, por cierto) me recuerda al “Acto preparatorio” de Agustín Yáñez en Al filo del agua, pero mientras al jalisciense ese estilo le sirve para describir y crear la enrarecida atmósfera poética que requiere su asunto, Mendoza lo aprovecha para narrar incesantemente, sin pausa siquiera para abrir diálogos a la manera tradicional, con el frenesí que requiere toda investigación que anhela evitar el susodicho carpetazo. Sé que algún día alguien estudiará con minucia el estilo de Mendoza, un bufet para los interesados en lingüística.
Balas de plata, no me alargo más, no es en suma una novela sobre el narco, sino sobre algo mucho más pesado: sobre la cultura que soporta la terrible realidad de un país que tal vez ya sea una ruina sin que nos hayamos dado cuenta.