viernes, mayo 22, 2009

Volver a Conan Doyle



He olvidado las tramas, pero no la racional emoción que me trasmitían los cuentos de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Aunque murió en 1930, hoy cumple 150 años de vida, pues nació en 1859 y su personaje sigue vivito y conjeturando.
Mis diversiones de niño fueron las de un niño sin letras de la provincia mexicana, de aquel Gómez Palacio que siempre ha sido bastante gris. Jugaba futbol, trompo, papalotes y con amigos conversaba sobre películas y luchadores. Tuve la suerte de vivir a media cuadra del cine Elba, así que todos los domingos iba a la fabulosa función de matiné. Todo esto lo digo por una razón: en mi infancia no hubo hermanos Grimm, ni Salgari, ni Verne, ni Defoe. Los libros me fueron llegando un poco tarde, casi al salir de la adolescencia. Lo que leí, pues, de literatura “infantil”, la literatura que según se sabe leían todos los niños en la época en la que supuestamente los niños sí leían, no pude tenerlo a la vista sino hasta que ya me había cambiado la voz, al ir emigrando hacia la prepa.
Al leer biografías o entrevistas de los grandes escritores sentí el bochorno de no haber trabado contacto, como ellos, con los autores que escribían sobre aventuras, sobre viajes, sobre exploraciones fabulosas y audaces lances. Fue por eso que, con rezago, solo y con las puras malditas uñas de la intuición, compré poco a poco todo lo clásico infantil que me cerraba el ojito en las librerías. La colección Sepan cuantos… de Porrúa fue, en tal caso, la benemérita serie que le permitió a mis flacos bolsillos obtener todo el acerbo que tal vez hizo falta en mi niñez como complemento de lúdicas vagancias y estudios entre la muchedumbre de alumnos que sobrepoblaba (sobrepoblábamos) las aulas de la primaria Presidente López Mateos ubicada en la colonia Santa Rosa.
Hoy, con internet a la mano, cualquiera puede “bajar” a Conan Doyle o a quien sea, pero en aquella época todavía lentísima uno debía buscar libros como quien busca pepas de oro en el desierto. Fue así como a principios de los ochenta di con las aventuras de Sherlock Holmes. Porrúa tiene, si no recuerdo mal, tres o cuatro racimos de cuentos que casi corresponden a los que reunió Conan Doyle mientras vivió. Sin más brújula ingresé a los cuentos del famoso detective, y, para mi asombro, fueron un baño de alegría. He olvidado, como dije, las historias, los detalles, pero no el regusto general que me comunicaban y que sobrevive a todo flagelo del tiempo. Recuerdo que acompañar a Sherlock Holmes en el proceso de investigación, de conjetura y de resolución de enigmas fue una lección de cuidado con el zurcido en un género que siempre demanda algo de cálculo, aunque sea poquito. Algo me decía que los cuentos de Conan Doyle no podían ser escritos con la vieja fórmula del burro sin mecate, sino que era necesario trazar un plan de ataque a la trama antes de llegar al proceso de escritura. Conan Doyle me enseñó (lo aprendí mal, pero él lo enseñó bien) a ocultar detalles, a ocultar mostrando, que es lo difícil en el caso del relato detectivesco, a colocar adrede piezas que parezcan obvias, a manipular los crímenes para que la explicación caiga al final como una piedra en el agua, por pura lógica.
No he vuelto a leerlo, pero cada vez que conjeturo algo más o menos detectivesco recuerdo los procedimientos de Holmes. En el fondo, lo que enseña el viejo Sir, y lo enseña fundamentalmente, creo, a los jóvenes, es a advertir que todo es comunicación, que incluso los detalles más insignificantes nos envían mensajes. Las palabras, los gestos, la orientación de unas manchas, la ropa, el silencio, una colilla de cigarro, todo emite signos descifrables a partir del razonamiento deductivo. A siglo y medio de nacido, el viejo escocés padre de Sherlock Holmes puede seguir siendo para los jóvenes un buen maestro de lógica. Para mí, sin quererlo, fue el mejor en esa asignatura.