jueves, abril 23, 2009

Aplauso para 12 hombres



Es una producción de Jorge Ortiz de Pinedo, pero afortunadamente ese comediante no actúa en la obra. Me refiero a 12 hombres en pugna (Twelve angry men), de Reginald Rose. Es, de entrada, una pieza tan inteligente que, sin renunciar a la crudeza de su asunto central, no descarta la pincelada humorística. Debajo de todo este trabajo late el gran tema de la justicia, por lo cual vale esbozar, desde ya, el argumento: doce ciudadanos comunes y corrientes, de diferentes edades y oficios, son convocados para fungir como jurados en un juicio gringo a un joven de 16 años acusado de matar a su padre. La obra comienza cuando las pruebas, las acusaciones, los testigos y la defensa ya han pasado, de manera que acompañamos a los doce jurados en la sala aislada donde deliberarán sobre la culpabilidad o la inocencia del presunto asesino. Lo primero que hacen, para ahorrar tiempo, es votar: si los doce coinciden que es culpable, el joven irá, sin remedio, a la silla eléctrica; al principio, once votan por la culpabilidad, y uno, no. Desde ese momento comienza un largo y complicado debate entre los doce hasta llegar al imprevisible desenlace.
Como son doce presencias ininterrumpidas en escena y un solo cuadro escenográfico, 12 hombres… amenaza con ser una catástrofe llena de aburrimiento. Los jurados hablarán y hablarán para discutir la inocencia o la culpabilidad de un pandillero al que ni conocen. No sé otros espectadores, pero yo presentí que la obra estaba condenada al precipicio del aburrimiento. Y no, pues con pasmosa maestría los doce actores sacan adelante, con lujo de histrionismo, las personalidades de los jurados. Y cómo no, si sobre el escenario calculé que había como 300 años de experiencia actoral, sumadas las trayectorias de López Tarso, Aarón Hernán, Julio Alemán, Patricio Castillo y compañía. Fue de veras impresionante ver cómo una buena obra (aunque pudo ser cualquiera, hasta una mala) era despachada por esa brutal suma de capacidades actorales. Acostumbrados como estamos al teatro deefeño que aprovecha inercias telenoveleras para hacer agostos en provincia, 12 hombres… es, sin duda, un producto literario muy estimable, pero más los es, estoy seguro, la solvencia con la que doce actores mexicanos hicieron de las suyas sobre el escenario. Todos están bien colocados en sus personajes, todos se apropiaron de sus papeles, pero es innegable que en esos grados de profesionalismo también se puede notar la diferencia entre los consagrados y los que pueden estar en vías de serlo. Ignacio López Tarso, que de alguna manera es pilar en el argumento general, actúa con una naturalidad y un desparpajo que hace parecer sencillo ese trabajo. Igual Aarón Hernán, Julio Alemán, Patricio Castillo, Salvador Pineda, José Elías Moreno y me atrevo a sumar a Odiseo Bichir (por cierto, el único Bichir que no me parece tan Bichir). Los demás están muy bien, excelentemente bien, pero sospecho que todavía ocupan un peldaño atrás.
Un detalle importante de la obra, y allí tiene mucho que ver la dirección de José Solé, es su capacidad para mantener la tensión en un centro de diálogo sin que los actores que no participan parezcan maniquíes. En efecto, 12 hombres… hace discutir en torno de una mesa a los doce jurados, pero hay ratos en los que, por exigencias del realismo, algunos diálogos son mantenidos por dos o más personajes al margen de la mesa, de pie, junto a la ventana o en el baño adjunto. Mientras eso sucede, sin embargo, no se deja sentir el artificio de que los demás guarden silencio, pues con absoluta naturalidad se mueven en el escenario como quien toma aire, se estira de brazos o simplemente mira a la calle desde las ventanas. Todo vale en esta obra, sin duda, y las actuaciones están más allá de lo admirable. López Tarso y compañía son un ejemplo de plenitud actoral.