domingo, marzo 29, 2009

Micros del NOA



Radicado en Santiago del Estero, Argentina, el poeta, narrador y médico Antonio Cruz me escribió desde allá para invitarme a colaborar en una sección dedicada al microrrelato en el diario El Liberal, de la mencionada ciudad. Acepté la invitación, claro, y a partir de entonces he seguido con atención y gusto las cartas que me envía. Ellas contienen “ligas” para acceder a varios blogs, uno de los cuales alberga muestras de lo que denomina “Microrrelatos del noroeste argentino”. No lo sé con exactitud, pero creo que el noroeste argentino (NOA) comprende una amplia zona donde convergen Catamarca, Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán y Santiago del Estero, principalmente, provincias argentinas ubicadas junto a (o muy cerca de) las fronteras con Bolivia y Chile.
He abierto los blogs y me entusiasmó sobre todo uno: enlosesteros.blogspot.com. Hay en él una muestra de brevedades hasta el momento corta, pero que promete crecer a medida que otros microrrelatistas norestenses argentinos colaboren con sus obras. Las pocas que hay, sin embargo, son muy buenas. Leí algunas en una de mis clases de cuento y el efecto que produjeron fue muy bueno. Las comparto aquí para que aquilatemos lo valioso y universal del molde y, de paso, para reciprocar aquella invitación del amigo Cruz, a quien le mando un agradecimiento y un saludo desde esta humilde página del centro-norte mexicano.

Fantasmas
Orlando Romano (Tucumán)
Dos fantasmas charlaban en la sala principal de un museo londinense (el lugar estaba repleto de personas). Uno de ellos aseguró, alarmado, que de tanto en tanto oía ruidos extraños.
—Borra esa idea. Nadie jamás logró ver a un hombre.

Defensa personal
Ildiko Valeria Nassr (Jujuy)
Alguna vez oyó en la voz de algún poeta, cuyo nombre eligió olvidar, que la poesía sirve contra la muerte.
Con tanto ladrón asesino suelto, ella se siente protegida cargando la “Nueva poesía de Jujuy” en su cartera.

A contramano
Luis María Rojas (Santiago del Estero)
Una parte de él deseaba abofetearla, estrangularla y acuchillarla. Por suerte esa parte no eran sus manos y así, vivió feliz junto a ella, a contramano de sus deseos.

Historias de chat (I)
Mónica Cazón (Tucumán)
Por fin se conocerían. La cita fue pactada para concretarse en un bar cercano al domicilio de ambos.
Hacía frío y se tornaba dificultoso caminar. Cuando se vieron, fue maravilloso descubrir que compartían el mismo geriátrico.

El unicornio
Rosa Beatriz Valdez (Catamarca)
Asomando el cuerno entre la maleza, el unicornio observa los preparativos de la yerra en el corral.
“Herrar es humano” piensa, y se aleja al trotecito.

Político
César Antonio Alurralde (Salta)
(a Gabriel Antonio Calderón)
Toda su vida había sido como estar enancado majestuosamente sobre dos caballos a la vez. Aunque los caminos de la providencia son infinitos, esta vez, y frente a la encrucijada de una ruta bifurcándose en dos alternativas, lo resolvió fácilmente por su condición de excelente y hábil político. Tomó ambos caminos… y se fue para arriba.

Ceremonias
David Slodky (Salta)
Es terrible, sí, pero siento alivio… Su locura me exasperaba. Lavarse las manos ochenta veces al día, levantarse seis veces cada noche para asegurarse de que la puerta esté con llave, sus extrañas ceremonias con los fósforos antes de encender la cocina… ¡Me era insoportable ya!
Ayer se fue. Durante un mes voy a dar dos vueltas a la silla antes de sentarme, para asegurarme de que no vuelva.

La despedida
César Arrueta (Jujuy)
El difunto se despide. En un momento se conmueve de tal forma que desea volver a la vida terrenal. No es posible.
De todas maneras, se siente infinitamente agradecido por las lágrimas que derraman sus seres queridos. Promete que cuando lleguen a la otra vida les preparará un especial recibimiento y les mostrará lo lindo que se siente ver llorar a otros por uno que ya no está. Regocijado, espera.

sábado, marzo 28, 2009

Nery de sangre azul



Si mi memoria futbolera no miente, Costa Rica fue el último rival que le ganó a México dentro del Azteca en un partido eliminatorio. Pese a eso, no veo por dónde la selección verde pierda o empate hoy, aunque con Eriksson se ha comportado como equipo imprevisible, con juegos de lástima y uno que otro chispazo más o menos rescatable. Pero hoy, insisto, el factor Azteca y el azuzamiento de los medios deben ser suficiente veneno para unos ticos que no están, según sé, en su mejor momento.
Soy de los que ha ido descreyendo de la selección en la medida en la que sus directivos han metido mano negra para convertirla en una especie de Cancún futbolística: tiene tantos foráneos que uno ya duda de su nacionalidad mexicana. Aunque no le he dicho, dado que el fut no es mi prioridad y por eso le dedico sólo esporádicos maquinazos, creo que la antigua vocación nacionalista de la selección era un rasgo que nos creaba un vínculo con ella. Si perdíamos, lo que ocurría y sigue ocurriendo en demasía, perdíamos los mexicanos, con todo lo que eso implica al menos en el plano de lo simbólico. Ahora, en esa ensalada cosmopolita y mercenaria del seleccionado actual ya no se sabe ni quién gana, ni quién empata ni quién pierde. Y no es chovinismo, como se puede inferir a propósito de las frecuentes derrotas que consigno, sino mero respeto a la costumbre de atestar, sí, a los clubes con extranjeros (salvo el Guadalajara), pero no a la selección, que con la excepción del Charro Lara y de algún otro por allí perdido en el pretérito siempre alineó paisanos, auténticos ratones verdes.
Aunque la rieguen, aunque sean mediocres, aunque siempre se queden en la orillita, es preferible que la selección sea de mexicanos. Si en realidad es un timbre de orgullo para los jugadores locales, no veo la razón para hurtar tres o cuatro lugares a jóvenes que no sólo juegan aquí, sino que aquí nacieron y son hombres generalmente hechos a punta de tortilla. No aceptar nuestra condición, pedir socorro a piernas fuereñas y naturalizadas al cuarto para las doce, añade un ingrediente más de desconfianza en los nuestros, y puede ser tomado de paso como signo de baja autoestima. Por ello, aunque la defeque Rafa Márquez (por cierto, no sé si ya notamos que el defensa central del Barcelona fue clonado por el Vicentillo Zambada), se queda Rafa Márquez, ya que su paso por Europa no le ha quitado un ápice de mexicanidad nopalera a su forma de jugar.
Apelar a mexicanos exprés, como pasó con Nery Castillo, nos expone de paso a situaciones penosas como la sucedida en la rueda de prensa donde el méxico-uruguayo despotricó, como escuincle, contra la prensa. Me bastó ver algunas imágenes para comprobar que ese chico le estorba más de lo que le sirve a la selección, o al menos al concepto de lo que debe ser una selección. Al escupir (es una metáfora, aunque seguramente ganas no le faltaron de hacerlo) contra alguno o algunos reporteros, Castillo señaló que aquí la prensa futbolera sólo resalta lo negativo, jamás lo bueno. Más allá de la banalidad que contiene esa observación elaborada a la carrera, Castillo pudo afirmar eso en cualquier país pambolero del mundo, dado que parte del futbol es precisamente que los jugadores jueguen y que la prensa vea e/o invente señalamientos por lo general aguafiestas. Es, como dicen, parte del negocio, si no cómo meter a la gente en un deporte-espectáculo que suele tornarse soso cuando terminan los encuentros, y de alguna manera deja de serlo gracias a la “polémica”, al “debate”, por más hueros que estos sean. Pero no, Nery se dio el lujo de denostar a sus “compatriotas” y de paso a todos los que no nos fogueamos nunca en Europa dentro de nuestras respectivas chambas. Dijo a un reportero que era mediocre “porque tú estás en México, y yo en Europa”. Caray, qué soberbia tan pendeja. Ni que fuera Maradona en el Nápoles.

viernes, marzo 27, 2009

Hacerle al méndigo



La escena no puede ser más conmovedora: vestidos como rebeldes sin causa, bien méndigos, uno con pantalón de soldado desconocido, botas de obrero Village People y barbas de náufrago, y el otro con lentes oscuros de pordiosero ciego y pelos desaliñados, los dos aparecen al costado de Natividad González Parás, gobernador de Nuevo León, en el noticiero de López Dóriga. Es un control remoto desde la casa de gobierno neoleonesa, y en ningún momento se nota que la “aventura” sea muy “aventurada”. Según sé, andan en moto, recorren la baleada república en un choro llamado “Aventura por México rumbo al bicentenario”, o algo así. Jaime Camil y Javier Poza, como nacidos para perder versión descafeínada, venden su imagen de vagamundos cheguevarianos en motocicleta, como dos rockeros divertidos y libérrimos, pero sin perder de vista que deben hacer pausas con gobernadores y todo eso.
Con frecuencia reciben críticas los trepadores, esos bichos y bichas que con tres pesos en la faltriquera se creen París Hilton y tienen poses metrosexualizadas, mamilas a más no poder. Es lo que mi amigo Prometeo Murillo ha calificado sabiamente como “rapell social” y en mi rancho las señoras denominan “chocantería”. Pero, oh sorpresas de la mugrosa vida, cunde ya, digámoslo con una paradoja, una especie de trepadurismo hacia abajo. Los chicos fresas que deambulan en los medios han advertido que ser eso, chicos fresas, no es tan redituable como pasar por desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás. Finalmente, los chicos fresas han de concluir que si sus productos serán consumidos por auténticos desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás, nada mejor que ser desgarbados, rudos, cursis, nacos, contestatarios, ojéises, léperos y demás, de ahí que se dediquen a cultivar, con toda la artificiosidad del caso, lo que Evodio Escalante alguna vez definió como “estética de lo raspa”.
¿Y quiénes son, a mi modesto y miserable parecer, los principales cultores de la estética de lo raspa en nuestro país? No lo sé con precisión, pero sin duda Camil y Poza quieren un lugar en ese top ten, de ahí que de la noche a la mañana luzcan ese look preocupado por lucir despreocupado, bien banda mugrosa aunque estén junto el gobernador González Parás que por nada del mundo recibiría a dos motociclistas con esas fachas si no fueran, como Camil y Poza, un producto envasado al alto vacío en Televisa.
Pero no son los únicos, claro está. Los Grandes Méndigos artificiosos pululan en la tele, aunque algunos como Gael García y Diego Luna han hecho carrera en el cine y han llevado hasta Hollywood esa traza de reventados de tiempo completo. Ese es su producto: parecer niños terribles, transgresores, cábulas o alivianadotes. Se les nota en las entrevistas, donde para suplir su poco ingenio improvisatorio se la pasan gastando bromas como de bato bien culey y barriobajero.
El rollo raspa, pues, tiene muchas vertientes, pero al final entronca en lo mismo: es un producto para la perrada, como la canción norteña e hipertarada de Gael, que curiosamente venden por medio de los celulares. Pero decía, ¿quién más? Hay muchos. Por ejemplo, Facundo, un sujeto que ha insistido por todos los medios provocar algo de risa y ha fracasado sin remedio; su técnica consiste siempre en hacerle al méndigo, en humillar a la raza con frases y prosodia de chilango sin escrúpulos. Siempre he dicho que ese tipo no sobreviviría ni cinco minutos a la carrilla en una esquina de Neza. Otro caso paradigmático es el tono que asume Carlos Loret de Mola cuando se pone en plan bromista: pese a su traje sin arrugas y su camisa de marca, cotorrea a gritos como si fuera estibador de la merced, como Beverly de Peralvillo. Cuando lo veo, pienso en una hermosa interpretación de Bienvenido Granda, el famoso “bigote que canta”: “Todo es falso, pero tú eres mucho más”.

jueves, marzo 26, 2009

Guiness laguneros



Leo la sección frívola de El Universal (una de mis favoritas) y encuentro una noticia que me forza (lo conjugación correcta es “fuerza”, pero el verbo forzar también suena bonito así, como dicho en italiano) una reflexión sobre las capacidades laguneras para batir marcas y entrar, por fin, al selecto libro Guiness de los récords. La nota a la que me refiero aborda “Los records (sic, sin tilde en récords) sexuales”, y en su sumario nos hace una pregunta-anzuelo: “¿Querés (sic, como dicho en argentino) conocer las marcas numéricas que registran los campeones en cuestión de sexo?”, y concluye: “Los siguientes son los hechos más insólitos y datos curiosos extraídos del libro Guiness”.
Luego de esas dos líneas de aperitivo, entramos al mundo de los atletas venéreos, aquellos héroes de la humanidad que han alcanzado la gloria gracias a su formidable calentura. Lamentablemente la nota casi no da nombres, sólo consigna las proezas. Por ejemplo, el récord de eyaculación: “Para quienes dudaban de que las mujeres también pudieran eyacular, una fémina alcanzó nada menos que una distancia de tres metros de eyaculación. Nada que envidiar al género masculino...”. Inmediatamente después, un ser humano superdotado: “Si bien muchos se jactan de ser inigualables en cuestiones de cama, posiblemente nadie supere el record (sic) del hombre que tuvo el mayor número de relaciones sexuales a lo largo de toda su vida: ¡52.000 en apenas 30 años!”. Dos más, los últimos que cito; el del “padre-niño”: “Aunque hace poco fue noticia que en Inglaterra un niño de apenas 13 años fue padre, en la zona de Sharnbrook se registra un record todavía menor. Su nombre es Sean Stewart y tenía sólo 12 años cuando tuvo a su hijo en 1988”; y el récord orgásmico: “Dedicado a quienes ni siquiera pueden llegar al orgasmo al menos una vez, esta mujer logró acabar 138 veces en una hora. Una duda: ¿cómo se puede asegurar que no haya fingido ni uno?”.
Como la empresa Guiness admite que la humanidad intente batir cualquier marca, incluidas las más imbéciles que uno logre imaginar, se me ocurre que los laguneros podemos hacer algunas propuestas interesantes. Todo es cuestión de organizarnos. Van algunas ideas.
1. Podemos sugerir que Guiness venga a cotejar un censo de población y compruebe que La Laguna cuenta con la ciudad con el mayor número de torreonenses en el mundo. Esa ciudad, para quienes todavía no lo sepan, es nada menos que Torreón. De paso podemos romper otros interesantes récords: una tras otra, la ciudad con el mayor número de lerdenses, de gomezpalatinos, de tlahualilenses, de sampetrinos y etcétera. Seríamos imbatibles.
2. La comarca donde se venden más loches mixtos en el universo. Como aquí fue inventado ese rústico y populachero baguette, es prácticamente imposible que otra región en el mundo nos arrebate la supremacía en dicho renglón. En el mismo viaje podemos quebrar otra marca: la de consumo directo de chiles serranos crudos, pues así se acompaña la ingesta de un lonche mixto como dios manda. Este récord también lo podríamos batir con gorditas.
3. Nuestra región puede levantarse con un Guiness en extracción irracional de agua de manto acuífero agotado y arsenicoso para consumo de vacas y desastre de toda una comunidad. ¿Quién nos ganaría en ese rubro?
4. Otro Guiness que podríamos asegurar es el de cochinero en parques y paseos públicos cuando hay aglomeración de ciudadanos. Ninguna comunidad como la nuestra para dejar (véase los lunes el Bosque Venustiano Carranza) un lugar público hecho cagada luego de pasearnos por allí.
5. El récord que nadie se animaría a disputarnos es el de obra pública más costosa e inútil de la humanidad: el DVR. Lo construyeron con millones de pesos, no sirvió para nada y luego lo demolieron. Para Ripley (o para Guiness), nadie pisó un milímetro de bote por ese delito.

miércoles, marzo 25, 2009

La máquina japonesa



Ni idealizar ni generalizar, para no caer en odiosos estereotipos, pero lo que ha hecho la novena japonesa al ganar por segunda vez el mundial de beisbol lleva a pensar en un país tan bien organizado que se da el lujo de ganarle, para no decir más, a los inventores de ese deporte y a los cubanos, que no lo inventaron pero se supone que lo juegan de maravilla. Quizá por ahora los países beisboleros le han prestado regular atención a ese mundial, pero es de suponer que en algunos años tal justa alcanzará a gozar de mayor penetración en el planeta. Mientras eso ocurre, los nipones ya se embolsaron dos trofeos y no dan trazas de tomar a la ligera eso que les gusta tanto y por lo que pagan la millonada.
Vi —recuérdese que además del fut soy apasionado del beis, del básquet, del box y de la matatena, único deporte, él último, que ahora puedo practicar— algunos partidos del mundial beisbolero y me impresionaron los japoneses y los coreanos. Esos cabrones chinos hijos de la chingada juegan pelota casi perfecta, no se equivocan, siguen las reglas del librito con vocación maquinal y dejan la impresión de que nunca van a rendirse. A diferencia, por ejemplo, de los nuestros, comandados esta vez por Vinicio Castilla, los orientales saltan al terreno de juego y hacen todo con una concentración kalimanesca, jamás dudan, y poco a poco van minando a sus rivales, carrerita tras carrerita, sin desesperarse ante nada. Sonríen poco, siempre tienen la cabeza puesta en lo que sigue, en el batazo o en la atrapada imprescindibles ora para empujar una carrera, ora para hacer out a los rivales. Me impresionaron.
Vi también algo de los venezolanos, de los puertorriqueños y, por supuesto, de los cubanos; estos despacharon dos veces, lo sabemos, al conjunto azteca, y lo hicieron con tremendas palizas. México sólo pudo verse más o menos bien frente a dos rivales que en teoría no deben darle guerra: Australia y Sudáfrica. Fuera de eso, los cubanos y los coreanos le dieron tremendas repasadas, casi como si fueran futbolistas de la selección pambolera frente a los Estados Unidos. No me burlo, simplemente observo que frente al orden y la disciplina, el caos y la desesperación. El equipo de Castilla apenas pudo lucir un poco frente a las franelas australiana y sudafricana; al encarar a rivales de mayor peso se vio como suele verse nuestro país en competencias de conjunto: mal, sin convicción ganadora, con miedos escénicos que paralizan a cada jugador y lo ponen out antes de que entre en acción.
En cambio, Japón y Corea dictaron cátedra de todo lo bueno que puede hacer un equipo para encaminarse a la victoria. Cualquier aficionado mediocre al beis podía notar que en el rostro de esos peloteros se dibujaba el deseo de ganar, pero no arrebatadamente. Pongo por caso contrastante lo que hacía México: cada vez que necesitaba carreras, los jugadores del tricolor trataban de pegar jonrón, de hacer “la jugada grande”. Al contrario, los orientales actuaban como engranes, casi con disciplina castrense: cuando necesitaban embasarse, se embasaban; cuando requerían robar una base, la robaban; cuando necesitaban el roletazo de doble matanza, lo forzaban; cuando les urgía el ponche, lo aplicaban. El asunto aquí pasa, creo, por la confianza, por la seguridad en el trabajo de conjunto, casi como si fueran espejo de las sociedades en las que se han criado: espacios de exigencia y de disciplina, de creatividad y de respeto al mérito.
Ni de broma soy experto en beis, como no lo soy en nada, que yo sepa, pero con pocas luces se puede advertir la enorme distancia que todavía debemos cruzar para creer que podemos, para confiar en uno como individuo y en nosotros como colectividad. Esa lección me queda del poderoso y ejemplar beis japonés.

domingo, marzo 22, 2009

Tres vislumbres del espanto



No tengo la página a la mano y la memoria no me da para recordar el libro preciso donde leí aquellas palabras de Revueltas sobre el horror de la lepra y los lazaretos. No tengo a la mano la referencia, es verdad, pero sí muy vivo el recuerdo de aquellas páginas en las que el narrador duranguense observa la terrible enfermedad que se come desde afuera al ser humano, que lo deforma, que lo convierte en pesadilla viviente. El autor de El luto humano escribió aquellos dolorosos párrafos en un prólogo; allí bordea los grados de espanto a los que puede descender la condición humana cuando es acosada por una enfermedad como la lepra, esa carcoma que defeca el bacilo de Hansen. Y no exagero: aquellas fueron páginas que leí con una tristeza que escarba, palabras hechas de llano contenido, magistrales si lo que pretendían era permear al lector un sentimiento de infinita desdicha. Un genio, Revueltas, en aquellas páginas espesas de sufrimiento.
Unos años después me topé con una afirmación de Pitol; decía el poblano que el capítulo más conmovedor de La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, era el “Relato del leproso”:
“Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la luna en una piedra oscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.
—¿Quién eres?, le dije.
—Johannes el Teutón, respondió. Y sus palabras eran límpidas y saludables.
—¿Adonde vas?, repliqué. Y él respondió:
—A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.
Entonces me puse a reír, y le pregunté:
—¿Quién es tu Señor? Y él me dijo:
—No lo sé; es blanco.
Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:
—¿Por qué no tienes miedo de mí? Y él dijo:
—¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?
Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la tierra con mis labios terribles, y grité:
—¡Porque soy leproso! Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:
—No lo sé.
¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.
—Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.
Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el sol. Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libértame!”.
Más adelante leí “La isla de los resucitados”, del argentino Rodolfo Walsh; es un reportaje que está en El violento oficio de escribir. También se trata de una joya sobre la monstruosidad de la lepra, y termino con un fragmento de ese texto: “La zona de reclusión abarca unas diez hectáreas con veinte grandes pa­bellones. Un alambrado la separa del bajo o zona limpia, donde se dis­tribuyen los edificios de la administración y vivienda del personal sano. Con sus naranjos, sus palos borrachos, sus canteros de teresitas y penachos dobles, su césped cortado, el sanatorio parece un gran par­que. La edificación es excelente. Todo está limpio, cuidado, paradisía­camente ordenado.
—Pero vean primero lo peor —dijo el doctor Obregón, usando con nosotros una especie de psicología quirúrgica.
El pabellón de imposibilitados (cuarenta hombres y mujeres) era realmente lo peor, la desgracia sin atenuantes, la carne del hombre so­metida a una lenta explosión, que arranca acá una mano y allá un pie y termina rodeándose de fealdad, ceguera, desesperanza, locura. Por más que uno haga, es difícil aceptar el mal gratuito en su formidable apari­ción. Uno se pregunta qué espíritu ordenador pudo planear —permi­tir— una cosa como ésta. No hay réplica, por supuesto, y es preciso aferrarse a algunas reflexiones salvadoras, algunos tibios consuelos. (…)
—Este es el pasado —dijo el médico—. Son las reliquias de la era presulfónica”.

sábado, marzo 21, 2009

Sabines prosigue



Recuerdo que en el 87 u 88, o tal vez un poco antes, cuando yo era feliz y desempleado y recién ex convicto del hoy cumpleañero Iscytac, conocí la poesía de Jaime Sabines. Los ímpetus de la juventud se identifican fácilmente con esos versos de apariencia fácil, conversacional, tristona y en más de algún momento deliberadamente cursi. Por eso me identifiqué con el chiapaneco: sus versos emitían descargas emotivas más o menos adaptables al estado de ánimo de alguien (en este caso yo) que tenía la obligación de añadirle amargura a la existencia para parecer de veras escritor. Cumplía a ciegas con el imperecedero mito del romanticismo (me refiero al romanticismo de la época del Romanticismo, no al actual, que es pura melcocha): uno debía imponerse la tarea de ser infeliz, pues se suponía que la dicha no era buena argamasa para construir literatura. Hoy, al contrario, ya al final de la vida, uno quiere ser feliz, hacer mierda el mito de la tristeza romántica, y ahora es la realidad la que se obstina en no permitirlo. Pero en fin.
Leí con gusto, digo, a Sabines. Poco después con algo de pena, pues me enteré de que para muchos críticos era un poeta “popular”, un escritor “no intelectual”, de poesía elaborada con los intestinos más que con la razón. De hecho, como murió casi al mismo tiempo que Paz, recuerdo que alguna revista hizo una especie de sondeo para saber qué poeta había tenido más punch entre los lectores: el intelectual Paz o el visceral Sabines. A estas alturas me parecen improcedentes tales comparaciones, pues uno puede gustar sin favoritismos de varios platillos del bufet, es decir, podemos probar la fruta y gozarla a fondo porque es el momento de la fruta, así como los chilaquiles saben de maravilla cuando les llega su ocasión. Paz, Sabines, Bonifaz, Lizalde, Pacheco, Chumacero, Cervantes (Francisco), Bartolomé, todos los grandes poetas mexicanos tienen su sitio en el santoral, de manera que es ejercicio infantil andar diciendo que Paz es mejor (¿mejor por qué?) que Sabines. Pero ese debate caminó con suerte en el periodismo mexicano, tal vez porque los dos encarnaban los polos del hacer poético: uno, Paz, el frío, el calculador, el milimétrico, el erudito que bordeaba con sus versos la lingüística, la filosofía, la antropología, la teología; el otro, Sabines, el cálido, el desgarrado, el callejero, el mundano, el vocero de los desesperados y los amorosos. A diez años de su muerte, Sabines se ha alejado un poco de mis lecturas, pero cuando topo con alguno de sus poemas vuelvo, secretamente, a ser el joven desesperado por alcanzar un poco de desesperación, de rabia, de dolor y de fe en la redención de la carne cuando ésta interactúa bajo las sábanas.
¿Un poema que lo pinte de cuerpo entero? Hay muchos, casi todos pintan completo al chiapaneco muerto el 19 de marzo del 99. Comparto un fragmento de “El llanto fracasado”, donde se nota el fraseo de Sabines, su aproximación sin tapujos al Eros y al Tánatos: “Roto, casi ciego, rabioso, aniquilado, / hueco como un tambor al que / golpea la vida, / sin nadie pero solo, / respondiendo las mismas / palabras para las mismas / cosas siempre, / muriendo absurdamente, / llorando como niña, asqueado. / He aquí éste que queda, el que me queda todavía. / Háblenle de esperanza, / díganle lo que saben ustedes, lo que ignoran, / una palabra de alegría, otra de amor, que sueñe. // Todos los animales sobre la tierra duermen. / Sólo el hombre no duerme. / ¿Han visto ustedes un gesto de ternura en el rostro de un loco dormido? / ¿Han visto un perro soñando con gaviotas? / ¿Qué han visto?”.
o
Una felicitación
Felicito con jaimesabineano arrebato a Gerardo García Muñoz, uno de mis mejores amigos: que la aventura venidera le depare (o les depare, más bien) un futuro pleno de alegría. Es lo menos que puedo desear para mi gran secuaz y, claro, para Martha Yadira también.

Dos valiosas inauguraciones



Dos inauguraciones, una pública y una privada, se dieron ayer en nuestra ciudad. Con inversión al cincuenta-cincuenta entre el gobierno del estado de Coahuila y Ramón Iriarte Maisterrena, fue abierta al público la Galería del Deporte Lagunero. Se trata, sin duda, de un valioso inmueble más de su índole en nuestra comarca, región que en muy poco tiempo ha visto nacer el Museo Arocena, el Museo de los Metales, el Museo de la Revolución y el Museo del Algodón, lo que amplió jugosamente la oferta cultural para quienes radicamos en La Laguna y para quienes, por negocios o turismo, nos visitan.
La Galería del Deporte Lagunero contará, según sé, con instalaciones harto modernas. La planta baja tiene un sofisticado sistema de exhibición que emplea rieles y conectores de acero, así como vitrinas y mamparas que permiten instalaciones ágiles. Su mediateca dispone de computadoras con internet y con capacidad para analizar videos deportivos; cuenta asimismo con un área disponible para reunir bibliografía deportiva y varios espacios para que jóvenes y niños tengan experiencias lúdicas interactivas. El auditorio de la Galería servirá para realizar clínicas, seminarios, encuentros y proyecciones, con lo que apoyará el flanco académico del trabajo deportivo. La planta alta reúne tres pabellones dedicados al Santos Laguna, a Vaqueros Laguna y al Maratón LALA.
La otra inauguración que merece reflectores y enhorabuenas es la de la librería Gandhi, empresa que indiscutiblemente ampliará la oferta librera por lo general modesta en nuestra región. Con la Gandhi entre nosotros, creo que el mercado del libro en La Laguna viene a recibir una inyección muy fuerte de vitalidad, aunque sería injusto no reconocer el esfuerzo de otros espacios afines que, pese a las dificultades generadas por el poco afecto que al libro tenemos los laguneros, siguen en pie, sorteando las vicisitudes de la crisis atávica y de la coyuntural. Antes de Gandhi, pues, y todavía en pie, luchan las librerías Educal (hoy instalada en el Museo Arocena), del Teatro Isauro Martínez (aledaña al TIM, sobre la Matamoros), Gonvill y Cimaco (instaladas ambas en las entrañas del mall Cuatro Caminos), las dos de Sanborn’s, las dos de viejo instaladas sobre la Galeana esquina con Matamoros, la Punto y Aparte (recientemente abierta gracias a la generosa iniciativa de Lucero Galindo) en la Colón, la Del Cristal y Del Estudiante, ambas sobre la Morelos en el agónico centro de Torreón. Tal vez omito alguna, pero creo que son las más salientes en el contexto lagunero. No es mucho, pero con ellas los lectores de la comarca hemos aprendido a defendernos, a hurgar, a pepenar ofertas con lupa, a localizar libros caros que ambicionamos y compramos en abonitos. Ahora, con una Gandhi cerca, el abanico de posibilidades ha sido ampliado, enriquecido. Ya ayer, en la inauguración a la que me asomé gustoso, pude comprobar que el surtido es rico, que hay ediciones y editoriales poco difundidas por acá, de suerte que los muy lectores y los no tanto tendremos cancha para satisfacer nuestra necesidad de buenos párrafos.
En la rueda de prensa, Alfredo Achar —encargado de mercadotecnia de Gandhi— dio detalles de la empresa y del mercado en el que se mueve el libro, y fue interrogado por los reporteros sobre la posibilidad de que los autores laguneros tengan espacio en los anaqueles. Hay, según Achar, algunas condiciones que atender por cuestiones contables, como el código de barras, pero en general señaló que Gandhi estará abierta a los lectores y a los escritores de la comarca lagunera, con lo que podemos especular con un mejor destino para las publicaciones locales.
Gandhi comienza en La Laguna. Más allá de que sea un negocio, no deja de trabajar con un objeto generalmente acosado por la indiferencia, aunque sumamente útil desde el punto de vista social: el libro. Ojalá podamos apoyarla. A Gandhi y a todas las librerías de la comarca. Ojalá, ojalá.

jueves, marzo 19, 2009

Canal 11 en La Laguna



Recién he visto que la empresa Megacable hizo movimientos en el acomodo de los canales de su servicio básico. En realidad, no soy televidente adicto, aunque tampoco puedo ocultar que me gusta ver algunos canales de deportes, los canales científicos, los que pasan películas y los culturales, principalmente el 22 y el 11 de la ciudad de México. El lunes pasado, a propósito, quise sintonizar el programa Primer Plano, pero no hallé el Canal 11. Quise creer que no busqué bien, pero luego me inquietó una carta enviada por el señor Héctor Astorga Zavala, asiduo lector de La Opinión Milenio. En ella, el señor Astorga apunta que no pudo ver Primer plano y comentó que la empresa Megacable tal vez suprimió el Canal 11 de su lista de canales básicos, lo cual es, y yo coincido con él si eso es verdad, un grave error de la empresa de televisión vía cable. El Canal 11 es, para muchos, una opción de suyo valiosa. En estos tiempos de supuesta apertura es muy importante tener alternativas mediáticas de todo tipo, más de aquéllas que tradicionalmente encajan en el rubro cultural gracias a que su señal parte de instituciones educativas y/o gubernamentales, como es el caso de los Canales 11 y 22.
En una segunda carta, el señor Astorga Zavala amplía su inquietud: “Amigas y amigos: Es muy probable que ya sea de su conocimiento que con la re-programación de Megacable, esta empresa eliminó (en la Región Lagunera) al Canal 11 del Politécnico, canal esencialmente cultural y noticioso de muy buen nivel, según los conocedores del ramo. Dentro de su programación, Canal 11 cuenta con el programa Primer plano, mesa de análisis político de altísima confiabilidad dada la capacidad y neutralidad de quienes la integran: Lorenzo Meyer, María Amparo Cazar, Francisco José Paoli Bolio, Leonardo Curzio, Sergio Aguayo y José Antonio Crespo (citados no precisamente por orden de importancia).
Este programa contribuye, según mi punto de vista, muchísimo a la democracia tan ansiosamente buscada por la sociedad mexicana. Sin embargo, Megacable decidió eliminar este canal de su programación regional (ignoro en que otras regiones del país se tomó la misma medida).
Dado lo anterior, me permití dirigirme a la empresa Megacable para quejarme por privarnos de la programación de Canal 11 y mi queja supuestamente va a ser atendida según me hacen saber en contestación que me envían como respuesta y que me permito anexarles. Por ello, acudo a ustedes para solicitarles que si a bien lo tiene, envíen una protesta similar por la medida de cancelación que tomaron para ver si es posible que logremos que dicho canal vuelva a su programación anterior. Igualmente agradecería a quienes no radican en la Región Lagunera, me informen si esta cancelación no se dio también en sus respectivas ciudades.
Ojalá que con nuestra protesta generalizada logremos que Megacable reinstale este canal tan importante para la difusión cultural y democrática de nuestro país.
Un saludo respetuoso para todas y todos. Héctor Astorga Zavala.
P.D. Igualmente sería muy conveniente que ésta iniciativa la compartan con todos sus contactos. Un abrazo”.
La empresa Megacable, por su lado, le envió esta carta al señor Astorga: “Hemos recibido su caso y está siendo asignado. Recibirá por correo electrónico cualquier modificación o seguimiento que se haga al mismo pero es muy importante notar que si necesita respondernos o darnos más información, no nos responda este correo directamente, en su lugar utilice la siguiente página que fue creada específicamente para ello: Haga Clic Aqui". Esperemos pues una respuesta; ojalá sea positiva y vuelva a nosotros la programación del Canal 11, empezando por Primer plano.

Prosas de Daniel Maldonado



















Hay escritores que escriben con música. Es un don, casi como cantar. No abundan, por cierto. En La Laguna no tenemos muchos, que yo sepa. Son tan hábiles para usar la cuartilla como si fuera partitura que todo, hasta la prosa, les sale con una entonación melodiosa, encantadora en sentido estricto, es decir, que hipnotiza como si canto fuera. Por eso en tales casos es difícil disociar su poesía de su prosa, porque todo parte del mismo impulso, de esa tendencia natural a escritura rítmica. Uno de esos pocos escritores laguneros que se pueden sentir aludidos en este párrafo es Daniel Maldonado (Torreón, 1978) quien esta noche presentará Prosas fulanas, su tercera obra individual y primera con contenido prosístico.
Y digo prosístico sólo por distinguir la forma evidente de los textos, porque en su fondo tanto Los otros males como Engranajes memoriales, que son poesía, poco se diferencian de Prosas fulanas, que obviamente son prosa. El sustrato es, en los tres casos, una especie de densidad poética, un estado emocional hilvanado con palabras, una música hecha no con notas, sino con sílabas. Genéricamente, pues, Prosas fulanas responde al género todavía definido con incertidumbre como prosa poética, prosa de intensidades, prosema, poema en prosa y demás. En todo caso se trata de lo que en el análisis del fragmentarismo literario es conocido como microtexto, eso para diferenciarlo del microrrelato o microficción, cuyo propósito es contar algo, narrar, no trasmitir un estado de ánimo.
Pero insisto que más allá de definir lo que ya de por sí tiene algo de centáurico, la obra que hoy presentará Daniel Maldonado junto a su colega Gerardo Monroy reúne un menú de ejercicios que muestran las posibilidades sonoras del verbo, su elástica condición de sonido con sentido.
De formación autodidacta y tallerística, Maldonado es autor de los poemarios Los otros males (2002) y Engranajes memoriales (2002). Compilador y coautor del libro Las lenguas dementes (2004). Figuró como parte de la antología en el libro de poesía bilingüe español-francés Cantos de Piedra / Chants de Pierre, 2005, junto a poetas contemporáneos mexicanos y franceses, y en el libro Las voces del tranvía, Muestra poética de la Laguna, 2007. Ha publicado su obra literaria en diversas revistas, suplementos y periódicos del país y en internet. Se dedica al periodismo, la enseñanza y la crítica de medios entre otras actividades. Recientemente colaboró en el colectivo Coral para Enriqueta Ochoa. Tiene inédito un par de libros de poesía.
Por su parte, Gerardo Monroy, el presentador, nació en Monterrey en 1977 y estudió ciencias biológicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Radica en Torreón Asiste al taller literario coordinado por Saúl Rosales en el teatro Isauro Martínez y es, además, articulista. En 2005 fue becario del programa Jóvenes Creadores de Nuevo León en el área de letras. El Instituto Coahuilense de Cultura editó en 2007 su primer libro, una selección de poemas titulada Algunas hojas.
En “Inventario de cama”, dice: “Hay dos o tres brazos mal formados henchidos de remotas ansias, hastiados de la falsedad en hora, brazos que sangran el rasgar vicioso del placer. Hay también vientres, poemas recurrentes para el sexo, diálogos de miel plañidera, fondos del encuentro solidario, todo inscribiéndose en la sábana, dejando los grafitis del deseo oscurecido por el acto en flama. Tenemos dos vínculos venéreos que tragan la saliva de lo eterno, fluidos de víspera marginal a la espera del gemido en hierro. Tenemos un hambre de blasfemia durmiendo en las orejas de los sexos, hendida en la hora como un incierto encierro, sellado con candados del éxtasis perpetuo”. Hoy, en el Icocult, a las ocho de la noche, nos vemos y nos oímos con Daniel Maldonado.
 

domingo, marzo 15, 2009

Vuelo de gaviotas



Todo arte es, en esencia, político. Sea o no explícita, la política palpita en el interior de la obra artística, sea como compromiso solidario, sea como acto demoledor, sea como intento revolucionario de la pura forma, sea como evasión. Hay, pues, detrás de toda creatura con aspiración estética una postura que no sin esquematismo puede ubicarse como acomodada al establishment u opuesta a él. Dentro de esos extremos caben muchos matices, por supuesto, pero en general se puede afirmar que todo arte, lo quiera o no, es político en el sentido de que avala o contradice un estado de la realidad.
El grupo La Gaviota, dirigido por Gerardo Moscoso y Esteban Osorio, ha hecho conciente su rol de catalizador en el contexto teatral coahuilense, particularmente en el lagunero. Sus propuestas han sido deliberada, abierta, frontalmente planteadas para zarandear algún fleco de la adormecida conciencia del espectador hoy habituado al entretenimiento por el entretenimiento en sí, a la cultura de la diversión, que es una de las más altas manifestaciones del dominio que sobre la mayoría tienen las empresas diseminadoras de espectáculos “artísticos”. Moscoso y Osorio, armados hasta las muelas con las herramientas propias del teatro como espacio de la crítica, emprendieron hace cinco años la tarea de configurar un grupo que más allá de lo artístico tuviera un plan de acción con descaro —por llamarlo de algún modo— social. Sin renunciar a la calidad artística que per se deben tener las actuaciones y todos los requerimientos técnicos convocados por el teatro, quienes encabezan el grupo La Gaviota se han distinguido además por alentar una combatividad en el discurso que cada vez parece más distante no sólo del teatro, sino de todas las artes hoy más bien acostumbradas a urdir involuntaria política desde el flanco de la reacción o de la evasión desactivadora de todo impulso crítico.
En su autodefinición (http://www.teatrolagaviota.com.mx/), el Grupo Coahuilense de Teatro La Gaviota A.C. plantea que esta compañía “está conformada por estudiantes y trabajadores de San Pedro de Las Colonias, Fco. I. Madero y Torreón, Coahuila, para propiciar la inquietud en jóvenes y adultos como futuros espectadores o artistas potenciales. Intentamos crear espectáculos que además de revelarnos pasiones humanas y traernos noticias de nosotros mismos, sean un espejo de la realidad en la que vivimos (…) Nuestros montajes intentan lograr una experiencia estética y ética del más alto nivel posible”.
Dato curioso consignado en la web de La Gaviota es el que explica el origen de su logo. Hacia 1972, el poeta Rafael Alberti y Gerardo Moscoso coincidieron en el pueblo de Ariccia, próximo a Roma, para ofrecer una serie de recitales que tenían como fin recaudar fondos para las familias de los obreros asesinados por el franquismo en el pueblo de El Ferrol, Galicia. En alguna pausa, el autor de Sobre los ángeles le obsequió a Moscoso el libro Alla pintura (poema del colore e de la linea), en cuya dedicatoria, además de palabras, estampó un dibujo que a mi ver no le pide nada a las geniales espontaneidades de Picasso o de Miró, quienes al margen de su obra pensada como tal, como “obra”, garabatearon una montaña de dibujos que no por ocasionales dejan de ser bellos, tanto como el ave (¿paloma, gaviota?) de Alberti asentada en el libro que le dedicó a Moscoso. Tomada de allí, el ave es ahora el emblema de la compañía, un símbolo bisémico de paz y libertad.
La Gaviota es una compañía con todo lo que ello implica, es decir, un emprendimiento conjunto en el que los elementos ostentan pareja importancia. Osorio y Moscoso han hecho énfasis en la necesidad de infundir al equipo una actitud de respeto al arte escénico en tanto responsabilidad con los compañeros y para el público. Actores y técnicos, por ello, trabajan bajo el acuerdo de que la individualidad importa sólo en función de su armónico engranaje en el conjunto, lo que a su vez deriva en mejores propuestas teatrales para el espectador. La compañía, además de sus dos cabezas, está conformada por Norma Pecina, Henry Serrano, Jazmín Morales, Jorge Rodríguez, Xóchitl Aguilar, Javier Soto, Lesly Cervantes, Gerardo Cervantes, Cinthia Martínez, Azucena Muruaga, Jennifer Flores, J. Antonio Salazar, Nancy Sosa Macías, Pablo Mercado, Carolina Sosa Macías, J, Concepción Cervantes, Graciela Martínez, Gerardo Perales, Alejandro Alvarado y Óscar Caldera.
Para celebrar su quinto aniversario La Gaviota hará lo que tal vez nunca se ha hecho en las tierras otrora bañadas por el Nazas: presentar un repertorio amplio de obras, siete en total. Todo comenzará el martes 17 de marzo, y así los días sucesivos hasta el domingo 22. Las obras del repertorio son Los camaleones, de Óscar Liera y Antes del desayuno, de Eugene O’Neill; El árbol, Los perros y Un hogar sólido de Elena Garro; Ligazón, de Ramón María del Valle Inclán y Antología rota, de León Felipe. El foro para las presentaciones celebratorias será en todos los casos el Teatro Nazas.
El compromiso con el arte y con el juicio de las condiciones de injusticia que campean en el mundo es, en suma, la línea rectora del trabajo de La Gaviota. Pocos estados de la república, pocas regiones, pocas ciudades pueden presumir lo que aquí —con carencias, a contracorriente, no sin grandes dificultades— tenemos. Ojalá que los cinco años de La Gaviota sean apenas el inicio de muchos, de muchísimos más.
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Nota del editor: la imagen que encabeza esta entrada no es un fotograma de Vittorio de Sica; muestra a Gerardo Moscoso en un momento de su niñez torreonense.

sábado, marzo 14, 2009

Homenaje postergado



Muchos creen que los reconocimientos laguneros para Enriqueta Ochoa fueron pocos, modestos y tardíos. Soy de los que creen que junto al tamaño espiritual de su obra, en efecto, lo que hicimos para reconocerla en vida y para celebrarla en muerte es poco, aunque si comparamos sus frutos con los de otros artistas locales de valía, la poeta es una de las más celebradas entre nosotros. Porque allí está el caso siempre postergado, por ejemplo, del pintor sampetrino Xavier Guerrero, quien sigue esperando la hora en la que un centro cultural importante de su tierra, o de La Laguna en general, lo reconozca. Yo supe de él gracias al maestro Alonso Licerio. Hace cinco años la UIA montó una exposición del Guerrero y el maestro Licerio me informó con detalle sobre la importancia del sampetrino. Desde entonces, lo que escribí en aquel momento me parece apenas un posible punto de partida para darle a Guerrero, al fin, lo que merece por el legado pictórico que nos dejó. Dije en aquella ocasión estas palabras que tal vez no publiqué y que todavía, creo, sirven:
A numerosos artistas el público les paga con múltiples y frecuentes elogios; muchos se llevan, antes de su muerte, el reconocimiento colectivo a su quehacer. Desafortunadamente otros —pensemos por ejemplo en el caso legendario de Van Gogh— se van sin recibir el aplauso que merecen hasta que les llega de manera póstuma. Otros más, quizá la minoría, se van sin recibir nada o muy poco y ni siquiera tras su muerte viene lo deseable: el homenaje, la gratitud, el elogio. Tal es, me parece, el caso de Xavier Guerrero, artista notabilísimo, hombre de dimensión universal que nunca ha sido valorado, como bien merece, en la tierra donde nació, en la Comarca Lagunera que hoy le brinda, mediante una retrospectiva, el tributo mínimo que acaso nos servirá a todos para ponderar por vez primera la inusitada calidad de sus cuadros y el dominio de sus técnicas.
Xavier Guerrero nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, en 1896. El arco de su vida se extendió hasta 1974, y en medio de esas dos fechas logró edificar una existencia consagrada al arte. Consumió a plenitud su vida de creador, y con esto queremos decir que el lagunero no vivió encerrado en su taller como guardián del artepurismo. Al contrario, el trabajo de Guerrero le dio resonancia a su apellido: fue un artista involucrado con su lugar y con su hora. El dolor, la lucha social, la solidaridad, el optimismo revolucionario y el humanismo visto desde el muro, desde el lienzo y desde el papel no le fueron ajenos. Su mano fue, pues, tan diestra con el pincel como generosa y combativa.
Maestro de su oficio, Xavier Guerrero compartió sin regateo sus conocimientos a muchos otros creadores; el más famoso fue Diego Rivera, pintor que le adeuda al sampetrino las técnicas de la pintura al fresco. Porque Guerrero fue, digámoslo con énfasis, artista y artesano. Su dominio de materiales e instrumentos, de superficies y temperaturas, no riñó nunca con su telúrica inspiración creativa. Allí están sus cuadros para confirmar que la plástica no tuvo secretos para él, y que junto a la frialdad de la técnica convivió la calidez de poeta que escribió versos —que son trazos— dotados de enérgico vigor expresivo. La pericia de su mano fue tal que asombra no considerar al sampetrino ya, ahora mismo, el más grande pintor lagunero de todos los tiempos y, sin litigio, uno de los mejores de México.
La Laguna le debía a Xavier Guerrero, por todo, un reconocimiento digno de su dimensión artística y humana. Aquí lo tenemos. Con esto resarcimos en algo el enorme silencio tendido sobre la figura del maestro. Además, la UIA Torreón no podía conmemorar mejor su vigésimo aniversario: la obra de un lagunero universal está frente a nosotros y esa es, por sí sola, toda una celebración. Celebremos, pues (y ya va siendo hora de recelebrar).

viernes, marzo 13, 2009

Morir de letras



No puedo despachar en dos cuartillas un tema así de complejo y que me queda tan cerca; por eso le he dedicado, acaso como pocos en La Laguna, una decena de aproximaciones que ha circulado como circula todo lo mío: sin dejar de parecer inédito. Hoy apelo a una anécdota y a una cita textual. Avanzo en mi coche y de copiloto llevo a un escritor mexicano muy conocido; es mayor de sesenta años. No digo más sobre él, pues la anécdota que cuento no me autoriza a citar su nombre. Por esas carambolas que tiene toda conversación espontánea, en cierto instante nos instalamos en el tema de las chambas y de los pagos. En un alarde de sinceridad, sin dramatismos, el escritor, que es una verdadera lumbrera, me comenta que hace algunas semanas su cuenta de ahorros tocó fondo al alcanzar la cifra de quinientos pesos. Claro, habían sido meses sin mucho jale y además no le habían pagado unas deudas por artículos y prólogos y conferencias y qué sé yo; el caso es que durante algunos días todo su capital ascendió a quinientos pesos. No había, como digo, dramatismo en sus comentarios, sólo el tono de quien describe una situación más o menos incómoda. Yo fui el que me alarmé: “¿Cómo, maestro, tiene usted, con todo y su prestigio literario, problemas económicos?”. Su respuesta prosiguió en el tono sereno: “Claro, siempre los he tenido”. Y resumí, casi decepcionado: “Bueno, maestro: si usted, que es usted, pasa por ésas, imagínese cómo le hacemos nosotros por acá”. Tal es la anécdota. Su moraleja es triste.
La cita textual proviene del libro titulado El décimo hombre, de Graham Greene (Booket, 1999). Allí, el supernovelista inglés ofrece un prólogo que en una parte transita el tema de la estrechez: “La razón por la que firmé el contrato fue que cuando la guerra terminó y abandoné mi empleo en la Administración temí que mi familia se viera en dificultades debido al precario estado de mi economía. Antes de la guerra no había podido mantenerla con el solo recurso de escribir novelas. Había estado, de hecho, endeudado con mis editores hasta 1938, en que Brighton, parque de atracciones vendió ocho mil ejemplares y saldó temporalmente nuestras cuentas. El poder y la gloria, que apareció más o menos en la época de la invasión de occidente, en una edición de unos tres mil quinientos ejemplares, apenas mejoró la situación. Yo no tenía confianza en mi futuro como novelista, y en 1944 acepté gustoso lo que resultó ser un contrato casi de esclavo con la MGM, que al menos nos aseguraba a mí y a los míos un medio de vida suficiente durante un par de años, a cambio de la idea de El décimo hombre”.
En suma, un escritor vivo, famoso, culto, premiado, políglota, un escritor que ha convivido con la crema de la crema de la intelectualidad chilanga pasa todavía por apuros económicos. Y un escritor todavía más famoso, un monstruo de las letras inglesas del siglo XX, alguien que escribió El poder y la gloria, no veía resuelta, pese a ello, su situación material ni la de su familia. La conclusión no puede ser más pesimista: sin el talento de aquellos, ubicado en un contexto cultural menor y cicatero, el escritor mexicano de provincia está condenado a la indigencia. Por eso me suena un poco (por decir lo menos) ligero opinar en contra de esos (malditos) escritores que escriben para concursos o buscan becas. No voy a ser yo el que diga si los concursos y las becas son buenos o malos en sí mismos, o sí en México suelen ser otorgados con justicia o sin ella, pero lo cierto es que un premio es, la mayoría de las veces, la única esperanza (microscópica, además) de sacarle un peso de legítima ganancia a la escritura literaria, y una beca es por lo general poca cosa si la comparamos con las becas que reciben (para dedicarse al ocio) los diputados y los senadores. La discusión es amplia, claro. Por lo pronto, me queda la certeza de que el escritor auténtico escribirá con o sin premios y becas, aunque es mejor hacerlo sin tanta angustia de por medio.

jueves, marzo 12, 2009

Costalazos universitarios



La Laguna es tierra de universidades. Así pues, polvorienta y todo, nuestra región es una Hélade, un faro del conocimiento para la nación. Hace años, cuando vi que en Pachuca creaban la Universidad del Futbol, soñé con la idea de proponer a los empresarios del terruño una Universidad de Lucha Libre. Tenemos buena mata, pensé, y lo que falta sólo es crear las condiciones para el desarrollo académico de tan hermoso deporte. Diseñé un plan de estudios, y esta es la primera vez que lo hago público:
De niño escuché muchas veces que los luchadores debían prepararse muy bien antes de subir al ring. Eso es totalmente cierto. El riesgo de la profesión obliga a respetar, en principio, una regla de oro ineludible: nadie que no se haya preparado a fondo será capaz de actuar con solvencia sobre la lona. Quien decida trepar al cuadrilátero sin conocer los rudimentos esenciales de la profesión, lo sabemos, corre el albur de salir herido, de perder la vida y/o de hacer por lo menos el ridiculazo.
Pasaron los años y por lo visto aquella idea sobrevivió como tatuaje en mi cerebro: los luchadores requieren preparación, harta preparación. Una madrugada, entre sueños, imaginé borrosamente cierta carrera consagrada al dominio de la lucha. Imaginé objetivos, imaginé materias, imaginé docentes, imaginé bibliografía. Todo fue un sueño delirante, pero hermoso. Esa carrera no existe, pero estoy seguro que ningún buen aficionado afirmará que es innecesaria. Si en México tenemos ya la Universidad del Futbol, ¿por qué no especular con la Universidad de Lucha Libre? ¿Acaso no somos los mejores del mundo en esta disciplina histriónico-muscular?
He aquí el programa que soñé.
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PROGRAMA
Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Lucha Libre (LCTLL)
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Objetivo general
El alumno aprenderá de manera científica todas las técnicas relacionadas con el arte-espectáculo de la lucha libre encaminadas a convertirlo en un especialista solvente para desenvolverse en esta profesión con absoluto dominio de todas y cada una de las habilidades luchalibrísticas.
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Objetivo específico
La LCTLL tiene como fin formar luchadores capaces de ofrecer un excelente espectáculo cuando suban al cuadrilátero, de tal manera que cada gladiador del pancracio sepa usar pormenorizadamente el arte de combatir, la historia y la técnica del bellísimo deporte de los costalazos.
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PLAN DE MATERIAS
Primer semestre
1. Introducción a la lucha libre
Docente: René Copetes Guajardo
2. La lucha libre en la edad ateniense
Docente: El Bello Greco
3. La lucha en los pueblos bárbaros
Docente: Atila
4. ¿Fantasía o realidad? Una ontología de la lucha libre
Docente: Coloso Colosetti
5. La lucha como aritmética del cuerpo
Docente: El Matemático
6. Taller de quebradoras I
Instructor: Blue Panther
7. Taller de elaboración de máscaras
Instructor: Mil Máscaras
8. Ética y estética del luchador amateur
Instructor: El Ángel Blanco
9. Laboratorio de mañas
Instructor: El Médico Asesino
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Segundo semestre
1. Conceptos elementales de lucha libre profesional
Docente: Lizmark
2. Historia de la lucha libre en la Edad Media
Docente: El Fúnebre
3. Principios del luchador técnico
Docente: Tinieblas
4. Teoría de los rudos
Docente: El Perro Aguayo
5. Psicología del luchador sobre el ring
Docente: Psicosis
6. Taller de elaboración de botas II
Instructor: Atlantis
7. Taller de quebradoras II
Instructor: El Negro Casas
8. Laboratorio de quiropráctica post-lucha
Instructor: Dr. Wagner

Tercer semestre
1. La lucha, ¿para qué? Una aproximación a la fenomenología del combate cuerpo a cuerpo y cara a cara
Docente: Octagón
2. La imparcialidad del réferi
Docente: Tirantes
3. Historia de la lucha en el Renacimiento
Docente: Sergio el Hermoso
4. La lucha como voluntad y representación
Docente: Konán el Bárbaro
5. Introducción al sillazo en la cabeza
Docente: Ringo Mendoza
6. Taller de elaboración de mallas
Docente: Super Muñeco
7. Taller de manipulación de sangre falsa
Docente: Jerry Estrada
8. Laboratorio de patadas voladoras
Docente: Super Astro
9. Seis propuestas para la lucha del próximo sexenio
Docente: Latin Lover

Cuarto semestre
1. La mentada de madre: una poética del insulto
Docente: Bocazas Pierrot
2. La lucha y la reivindicación de género
Docente: La Tetona Mendoza
3. Historia de la lucha en México
Docente: El Rayo de Jalisco
4. La lucha según el esquema de la tercera vía
Docente: Rudy Reyna
5. Lucha y minorías: gente pequeña en el pancracio
Docente: Mascarita Sagrada
6. La magia de la lucha
Docente: Wolf Rubinskis
7. Taller de utilización de corcholatas de cerveza para tallar los ojos
Docente: Carmelo Reyes Cien Caras
8. Taller de masa muscular
Instructor: André El Gigante
9. Laboratorio de tope volador desde las cuerdas a ring side
Instructor: El Satánico

Quinto semestre
1. La lucha como herencia familiar
Docente: Ciclón Ramírez
2. Vida, pasión y muerte del Enmascarado de Plata
Docente: El Hijo del Santo
3. Las grandes lecciones de Blue Demon
Docente: Camorra
4. La lucha libre, una síntesis filmográfica
Docente: Dr. Alfonso Morales
4. Grandeza y decadencia de los álbumes de estampitas con luchadores
Docente: Jaime Muñoz Vargas
5. Lucha y mercado
Docente: El Vampiro Canadiense
6. Taller de llaves y de contrallaves
Docente: Espanto III
7. Taller de maniobras sobre las cuerdas
Docente: Máscara Sagrada
8. Laboratorio de golpes en el pecho para imponer temor
Instructor: Emilio Charles
9. El perfil de la lucha y la cultura en México
Docente: Carlos Monsiváis

Sexto semestre
1. Lucha libre y sindicalismo: por un espectáculo sin promotores gandallas
Docente: Joe Marquina
2. Seminario de titulación a tres caídas de tres sin límite de tiempo
Docente: El Reptil
3. Didáctica de edecanes en la lucha libre
Docente: Rosa Gloria Chagoyán
4. Psicoterapéutica del público borracho y agresivo
Docente: Sexi Pisis
5. Decálogo del perfecto luchador
Docente: Stuka
6. Prolegómenos para toda metafísica de la lucha libre
Docente: La Parka
7. Taller de desafío “máscara contra caballera”
Docente: Rafael Sebastián Guillén Vicente
8. Laboratorio de teatralidad
Instructor: Ignacio López Tarso
9. Taller de candados
Instructor: Brazo de Oro

Bibliografía básica
La lucha en la prehistoria, El Cavernario Galindo, Editorial Cromagnon, Altamira, 1953, 324 pp.
La lucha clásica: un periplo historiográfico, El Bello Greco, Sócrates Editores, Tlahualilo, 1967, 233 pp.
ABC sobre la lona, Pedro Aguayo, Grupo Editorial Doberman, Zacatecas, 1978, 334 pp.
La lucha: ¿teatro popular o lacerante realidad?, Rogelio Guerra, Editorial anda, México, 1985, 256 pp.
¡Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar!, Piloto suicida, FCE, México, 1998, 130 pp.
Espectacular de lucha libre, Lourdes Grobet, Trilce-unam, México, 2005, 296 pp.

NOTAS
1 Optativa
2 Optativa

miércoles, marzo 11, 2009

Ley de salarios cínicos



Si la presidencia era imperial, justo era también que sus achichincles lo fueran. No había límites, pues, para que toda la estructura (gobernadores, alcaldes, secretarios, subsecretarios, asesores, directores, técnicos, aviadores, subaviadores, asesores de los aviadores) se despachara con el cucharón frijolero. Eso en cuanto a los salarios, que de todos modos han sido tradicionalmente lo de menos. Ya puestos en el sitio donde hay, lo común era, es, tomar, hacer de lo ajeno algo propio, convertir el espacio público en patrimonio privado, individual o de grupo. Durante décadas, lo normal en México ha sido establecer sueldos como mejor le parece al jefe de algún coto. El presidente municipal los fija a su antojo, el gobernador igual, y en las dependencias son los propios funcionarios quienes determinan cuánto van a ganar (ellos mismos), lo que en este país ha garantizado una antimedianía juarista en la que nadie se sacrifica para servir de oquis a la patria. Por eso es un caos. Un alcalde que gobierna a cincuenta mil ciudadanos puede ganar lo mismo que el presidente de la república, o un gobernador embuchacarse lo mismo que un primer ministro europeo. En Torreón se dio el caso de Alatorre Dressel en Simas, quien alguna vez ganó más que Ronaldinho en el Barcelona.
La pregunta es simple: ¿cuánto debe ganar un funcionario público? Por falta de radicalismo hemos dejado que una punta de patanes se pague lo que guste. Aceptamos como normal que los sueldos en la función pública de cierto nivel sean altos, y así sigue adelante ese viejo problema que engulle millones y millones del presupuesto anual del país. Para empezar, los sueldos en el sector público creo que nunca deben estar por encima de los que ofrece el sector privado. Por simple sentido común, ya que un ciudadano bien nacido, un dizque servidor al país, no puede aceptar que la patria “a la que sirve” le esté sirviendo a él. Así el abarrote, un alcalde no debería ganar más de cuarenta mil pesos, por decir. Claro que gobernar Guadalajara no es lo mismo que gobernar Lerdo, pero la diferencia salarial no debe ser muy notoria, dado que para gobernar Guadalajara hay una estructura de colaboradores ideal para gobernar Guadalajara, así que el alcalde de ese municipio no puede hacerle al mártir.
Si aceptamos que con cuarenta mil pesos un alcalde está mejor que bien pagado (y si no le gusta ese salario entonces para qué tanta demagogia relacionada con su pasión por servir), un gobernador no debe ganar más de sesenta mil. Un diputado local, treinta. Uno federal, 35 o cuarenta. Un senador, 45. Un secretario de estado, 55 o sesenta. Un secretario estatal, 30. El presidente de la república, unos 70 u 80. Claro que estoy tirando números un poco a lo que me da la inspiración, cifras con las que sé que puede vivir holgadamente, aunque sin lujos desorbitados, una familia de cuatro miembros. Pero qué ocurre: estamos tan acostumbrados a imaginar que los funcionarios vivan como reyes, con sueldazos y prestaciones de toda índole, que nos parece ridículo imaginar al secretario o al alcalde en un Tsuru, con sus hijos en una escuela pública o en una privada aunque modesta, con una casa mona y pequeña en vez de esas mansiones de telenovela que suelen comprarse con el dinero de las arcas públicas. Estamos acostumbrados a imaginar eso, cierto, pero es una anomalía, no lo que la lógica y la moral pueden recomendar.
Hace unas semanas los consejeros del IFE quisieron dobletearse el sueldazo, pero ni en este país de cínicos pudo pasar incólume su desvergonzada iniciativa. Ahora nos enteramos de que los ministros de la SCJN se la pasan cachetonamente con prestaciones que son una mentada de madre al águila de la bandera, pero todo sigue igual: en la anarquía, en el desorden, hasta el comisariado ejidal de Lechuguillas puede establecer el salario que mejor convenga al desempeño de su alta misión nacionalista.

domingo, marzo 08, 2009

Arte del cantinflismo



Leo en el tomo I el ejemplar número 21 de la revista Letras de México (que compiló en versión monstruosa y hermosamente facsimilar el FCE en su serie Revistas Literarias Mexicanas Modernas) y hallo unos párrafos no muy bien escritos por Efrén Hernández sobre un libro, Singladura, de César Garizurieta. La reseña de Hernández, que por cierto fue republicada luego en el libro Bosquejos (UNAM, 1995), elogia la inteligencia y el humor de Garizurieta, quien fue conocido con el apodo de El Tlacuache y más conocido todavía por haber acuñado la máxima máxima de la sabiduría del vivir cínico mexicano: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Tengo pocos datos adicionales sobre Garizurieta; sé que nació en 1904 en Tuxpan, Veracruz (la tierra de donde zarpó el Granma con rumbo a la epopeya barbuda), y que se distinguió como abogado, político y diplomático, donde confirmó en carne propia su teoría de no vivir en el error. Murió en 1961. Puedo añadir por qué lo motejaron El Tlacuache; uso una anécdota que cuenta Gilberto Escobosa Gámez: “Cuando Garizurieta buscaba votos para una diputación por Tuxpan, vino un amigo a decirle que su contrincante era un verdadero gallo y que ganarle sería muy difícil; entonces a quien se pretendía intimidar, respondió sin el menor asomo de preocupación: ‘Pues que se cuide mi rival que es un verdadero gallo, porque yo soy un verdadero tlacuache’”.
De Garizurieta tengo un solo libro: Isagoge sobre lo mexicano (Porrúa y Obregón, S.A., México, 1952). Es de la colección México y lo mexicano, publicada a mediados del siglo pasado bajo la dirección de Leopoldo Zea. Alguna vez abracé la utopía de reunir una vasta biblioteca con libros que exploraran el ser mexicano. Reuní como cincuenta (El perfil del hombre y la cultura en México, El laberinto de la soledad, El mexicano: psicología de sus motivaciones, El mexicano enano, Picardía mexicana, Fenomenología del relajo) hasta que supe lo de Zea y frené el proyecto. De alguna forma, quise entender mi culpa de ser mexicano estudiando lo que se pudiera sobre esa cosa amorfa que somos. Con el tiempo me di cuenta asimismo de que es imposible medirnos con un mismo rasero, pues hay muchos Méxicos, tantos como ciudades o regiones tiene nuestro mapa, y en corto he podido notar diferencias marcadísimas: un homo torreonensis es muy distinto a un homo saltillensis o a un homo duranguensis, por citar un solo caso. Ahora que, si existe la reencarnación, quisiera ser de nuevo mexicano; no lo digo por orgullo patriótico, sino por placer, dado que fui con una sicóloga bien chula y me detectó tendencias masoquistas.
Pero estaba con Garizurieta. En Isagoge sobre lo mexicano reúne cuatro aproximaciones sobre lo que, a su juicio, somos. Me interesa, por lo pronto, el tercero, titulado elocuentemente “Catarsis del mexicano”. Ya dije que ahora descreo de las generalizaciones que tanto eco tuvieron en aquella época de laberintos de nuestras soledades y fenomenologías de nuestros relajos, pero algo, aunque poco, debe de tener la mexicanidad para ser identificada como tal, así que no debemos desistir en el propósito de hurgar la anatomía espiritual de toda la perrada nostra.
En “Catarsis del mexicano”, El Tlacuache se aproxima al conocimiento de lo mexicano por el lado de lo cómico. Observa que “Lo cómico debía ser fuente y medio de investigación; la filosofía, demasiado académica y apretada, lo ha olvidado por ser poco serio; debía darle credencial de ciudadanía a pesar de todo”. Así pues, “En lo cómico, en lo grotesco (que es la caricatura del hombre) debemos exprimir la raíz más íntima de lo mexicano”. Escoge a Cantinflas, y su análisis parece ni haber perdido actualidad, como no la pierde el hecho de que el cantinflismo, ese comunicar sin comunicar, está en el tuétano de nuestros errores chicos y grandes: si un niño pierde un lápiz y es cuestionado, cantinflea; si un político la caga (lo que por cierto casi no sucede en México) y es cuestionado, megacantinflea. El caso es que si nadie acepta sus fallas o sus mañas, todos sabemos que podemos equivocarnos, transar, joder, incumplir, chafear, rascarnos las pelotas, el ombligo, las orejas y no pasará nada mientras aprendamos a cantinflear con propiedad, es decir, a hablar con impropiedad, confusa y profusamente.
“Cantinflas, en defensa de su persona, se expresa en un lenguaje artificioso, no alambicado, resultado de los aspectos de su incapacidad. Ante su abultado sentimiento de inferioridad, sabe que lo mismo se compromete negando que afirmando; entonces no niega ni afirma: oscila entre la afirmación o la negación. Sin proponérselo, al hablar provoca indistintamente la risa o las lágrimas, porque no existen fronteras que le delimiten lo trágico de lo cómico”. Aunque, como dice Garizurieta, el lenguaje de Cantinflas es una defensa contra la hostilidad del medio en el que se mueve, el recurso de la ambigüedad no sólo le sirve a los pobres, a los pícaros de este país lleno de irremediables Lazarillos que aquí y allá se las ingenian (nos las ingeniamos) para no sucumbir, sino que es patrimonio de todos o al menos de la mayoría, y son los empoderados (si se me permite el uso de esa horrible palabra) quienes más provecho le han sacado, pues así se escurren, se comprometen a medias (lo que es no comprometerse) y salen airosos rumbo al reino del más poder. No de otra forma puede uno entender cómo diantres sobreviven el Niño Verde, o Gamboa Patrón, o Elba Esther, o Fox, o Bejarano o tantos y tantos congéneres suyos que cuando declaran se agachan y se van de lao como quien no quiere la cosa, sin decir ni sí ni no, a medios chiles, chimoltrufios, ni muy muy ni tan tan, ni bien ni mal, sino todo lo contrario.
Ese discurso de las medias tintas, de las verdades y las mentiras parciales, gaseoso y revestido siempre de fárrago y circunloquios, es lo que en gran parte nos mantiene en la ruina política. Hemos aceptado la opacidad como regla, el arte del cantinflismo como rasgo toral de nuestra cultura discursiva. Para sobrevivir o como botana quizá esté bien, pero para administrar un país es criminal.
o
Nota de disculpa
La semana que hoy termina fui ferozmente atacado por una bronquitis. A pujidos saqué, con las uñas, las Rutas Nortes y todas mis chambas aledañas. Ya estoy mejor. Ofrezco desde aquí una disculpa a quienes se hayan sentido desatendidos y agradezco a mis editores su paciencia ante las demoras de la columna. Ya pronto iré a que me den una barridita en Catemaco; como dijo Cantinflas: lo prometo.

sábado, marzo 07, 2009

Nómadas contra gángsters



Debo a la iniciativa de Jaime Torres Mendoza, escritor y editor y amigo radicado en Saltillo, la publicación de Nómadas contra gángsters (apuntes para subsistir en la barbarie) en la veinteañera revista Historias de entretén y miento auspiciada por el Gobierno del Estado de Coahuila durante al menos cuatro sexenios. Publiqué allí en alguno de sus primeros números, pero pasaron casi dos décadas para que volviera a hacerlo, esta vez en un título individual. Historias… es una de las revistas de mayor edad en Coahuila y para mí es un orgullo que el número 170 contenga poco más de veinte artículos de mi cosecha. Historias… tuvo como primer director al escritor Jesús de León y desde hace varios años es Torres Mendoza quien ha tomado, no sin grandes esfuerzos, el timón de la nave. La revista circula gratuitamente y sé que su tiraje es alto. El prólogo con el que presenté mi material es el siguiente:
En enero de 2006 acordé con Armando Monsiváis —mejor conocido como Monsi en el mundo del cartón político— entregar un artículo para cada número de Nomádica, revista que encabeza junto al periodista Héctor Esparza. Hacía años que me preocupaba, así sea desde los predios de la diletancia, el medio ambiente, la destrucción del planeta en general y de mi pequeño nicho comunitario en particular, pero no había intentado escribir algo sistemático, o por lo menos frecuente, sobre esos delicados temas. Un miedo tremendo a equivocarme y la sensación de parecer invasivo me detenían; así fue como cierto día, al conversar de casualidad con Monsi, vencí la timidez, le pedí espacio y el accedió con una convicción desconcertante pese a las advertencias que le di sobre mi pobre instrucción de ambientalista amateur. “No importa —me aclaró—, nos interesa tu opinión sobre estos asuntos”. Brincado el cerco, derrotada mi reticencia, empecé a colaborar de inmediato, creo que en el número 22 de Nomádica. Pronto me di cuenta de que los temas sobre el medio ambiente, o que rozan aunque sea tenuemente esa materia, abundan, y sólo es necesario, para alertar al lector sobre los peligros de la indiferencia, enfocar los hechos cotidianos desde un ángulo distinto, colocarse en el pellejo del planeta y sus especies más vulnerables para saber que urge, si no una conversión de la gente al activismo, sí al menos un poco de conciencia, una mínima responsabilidad cotidiana para no cooperar en la depredación.
Este libro reúne pues veinte artículos. Espero que así, arracimados, les insinúen a mis hijas en el futuro que no me sumé arteramente al ataque del mundo, que quise heredarles un planeta que al menos fuera el mismo que el que yo recibí en 1964.
Y termino. “Todos tenemos algo qué decir sobre la naturaleza”, ha escrito el científico lagunero Héctor Chapa Saldaña; “La defensa del medio no es privativa de los ambientalistas”, me ha comentado en un correo electrónico Francisco Valdés Perezgasga, el más combativo y preparado ambientalista lagunero. Pues bien, las páginas que vienen contienen algo de lo que he podido decir sobre la naturaleza y sus achaques, y asumo con ellas mi pequeña pero necesaria responsabilidad de ciudadano. El título parafrasea, ya lo sabemos, al de una película oroleana: maniqueamente, aquí los nómadas son los buenos del film, los que viven o tratan de vivir en armonía con los ciclos de la naturaleza y conforme a lo que les dicta el entorno; los gángsters son todos aquellos que, como si no vivieran en él, se desentienden sin empacho del medio ambiente. Casi es innecesario expresar que estos apuntes sólo tienen afán de borrador, así que tomarlos como definitivos no es lo más recomendable. Ojalá sean útiles, insisto, para mis tres hijas: a ellas les deseo un mundo que no sea el que ya tenemos, el feo mundo que hoy exige el socorro de todos sin pretexto.

La regresión según Crespo



A mediados de 2008 Manuel Espino puso en circulación su libro Señal de alerta. Advertía allí, recordamos, el peligro de una regresión política debida sobre todo a dos factores: los errores del PAN en el poder y el avance hacia Los Pinos de Manlio Fabio Beltrones. José Antonio Crespo, columnista de El Universal y analista del programa Primer Plano, opinó sobre el tema e hizo un planteamiento que, pese a la fugacidad del discurso opinativo, no ha caducado. Ahora sí que, como dice Manzanero, parece que fue ayer cuando escribió sobre las señales de alerta espinistas y el retroceso en marcha.
Hemos visto en poco más de dos semanas que el pacto coyuntural PRI-PAN entra a una bolsa de turbulencia en la medida en la que se acercan las elecciones de julio. Saldrán chispas, y mientras allá se dan con todo el lopezobradorismo trata de reacomodar su mensaje de verdadera oposición. El 16 de julio de 2008 Crespo vaticinó tal cual lo que ya estamos viendo:
Manuel Espino, en su libro Señal de alerta. Advertencia de una regresión política (2008), advierte a los ciudadanos, a su partido y a Felipe Calderón del riesgo de una regresión política. Eso, en caso de que en 2012 el senador Manlio Fabio Beltrones llegase a la Presidencia. Si lo hace alguien más del PRI, no hay inconveniente (sería parte de la alternancia democrática, considera Espino). El problema estriba en que la regresión política se encuentra ya en plena marcha. Y lo más lamentable es que no fue provocada por el PRI, sino por el PAN, a poco de alcanzar el poder. Espino asegura que hay una creciente percepción en sentido de que “el PAN aprendió demasiado rápido del PRI” (proceso que documentó ampliamente Álvaro Delgado en su libro El Engaño; prédica y práctica del PAN, 2007). En efecto, aprendió las mañas, pero no el oficio político de los tricolores. El “pequeño yunque”, que según Germán Martínez llevan los panistas, y el “pequeño priista”, que también albergan, de acuerdo con Calderón, se fusionaron en la peor combinación imaginable: corrupción, falta de honestidad, componendas electorales e impunidad —típicos vicios del PRI—, fusionados con ineptitud, torpeza, insensibilidad política y fariseísmo —rasgos propios del PAN—. Es el resultado de la decisión panista de conducirse según las recetas de Maquiavelo, pero sin lo que el florentino llamaba virtú politica, es decir, el talento, el oficio. Ejemplos de eso son los siguientes:
1) Espino incluye en su lista de actos ilícitos cometidos por Beltrones el tráfico de influencias. Pero nada dice acerca del que se cometió durante el gobierno de Vicente Fox, sobre todo por Marta Sahagún, de quien sólo se queja de haber querido sustituir al esposo en Los Pinos. Protesta Espino por la impunidad hacia los priistas bajo el gobierno de Calderón, pero calla la que prevaleció durante la administración de Fox.
2) Espino reconoce que el famoso desafuero era percibido por la opinión pública, no tanto como una torpe forma de manejar un asunto jurídico menor, sino una estrategia que tenía “un claro propósito político”. Y justo eso provocó la ruptura del frágil acuerdo democrático signado en 1996, pues implicó el uso del Estado para fines político-electorales. Algo reprobado por Manuel Gómez Morín, según cita Espino: ‘Un partido (gobernante)… no tiene derecho de utilizar los recursos del poder… la estructura jurídica y administrativa… para perseguir y hostilizar adversarios’. Justamente lo que hizo Fox, con lo que dio así inicio a la regresión política. 3) Espino califica a Beltrones como otro ‘peligro para México’. Pero tales caracterizaciones son en sí mismas un indicio más de regresión, pues ya vimos cómo las resuelve el PAN: si un candidato de cualquier partido se percibe como un peligro para el país o la democracia, hay que pararlo como sea

De Liverpool a Ushuaia



El lunes pasado concluyó la edición cincuenta de la Muestra Internacional de Cine. Para seguir con mi pésima costumbre, vi pocas películas, aunque debo decir que a todas las que vi les atiné. Una de ellas, tal vez la mejor, fue Liverpool (2008), del cineasta argentino Lisandro Alonso. La ficha técnica anota que es una coproducción de Argentina, Francia, Países Bajos, Alemania y España. El guión es del mismo Alonso en colaboración con Salvador Roselli.
Liverpool me parece un ejemplo acabado de conjunción forma-fondo. Frente al ritmo al que nos tiene acostumbrado el cine de California, la cinta de Alonso parece detenida en el tiempo, terca en una tesitura morosa. Conforme al tema que aborda, la película comienza en el interior de un inmenso barco carguero que hace la ruta de Inglaterra a la Tierra del Fuego. Cuando para en Ushuaia, es decir, en el último rincón sureño del continente americano, el marinero Farrel (Juan Fernández) le solicita a su capitán un par de días libres para bajar y visitar “a su vieja”, lo que en Argentina significa visitar a su madre. Obtiene el permiso y sin más prepara una pequeña maleta en la que no falta una botella de alcohol a la que en lo sucesivo le pegará muy buenos buches. El clima de Ushuaia es extremo: todo está decorado por la nieve, por un frío ventoso que no deja margen al optimismo. La cruda inmensidad de las tierras fueguinas sirve de fondo al deseo de Farrel por reencontrarse con su madre luego de, suponemos, una vida entera sin verla.
De aventón, caminando a trechos, Farrel da con el poblado fantasma en el que pasó su infancia, un aserradero enclavado en la más absoluta nada. Para llegar a él, la película camina con tomas fijas que llegan a durar, inmóviles, hasta cinco minutos sin intercorte alguno. Igual, los diálogos son escasos y breves, como si en Ushuaia se congelaran hasta las palabras. En la sinopsis de Liverpool hay una hija que yo más bien ubico como hermana: “Filmado en los inhóspitos parajes de Tierra del Fuego —donde reinan la nieve y la soledad—, el cuarto largometraje de Alonso, a diferencia de sus filmes previos en los que actores no profesionales se interpretaban a sí mismos, tiene como protagonista a un personaje nacido de la ficción. Farrel es un marinero alcohólico que regresa, tras una larga ausencia, a su natal Ushuaia para ver si su madre aún vive. Su búsqueda arrojará los más sorpresivos resultados y una posible hija aparecerá en su camino. Tal como lo hiciera en La libertad y Los muertos, Alonso vuelve a emplear tomas largas y casi estáticas para confeccionar un retrato en el que la vida de los personajes es tan aislada como el paisaje que los rodea”.
Sea lo que fuere, Analía (Giselle Irrazábal) apenas lo reconoce, pues padece una evidente tara. En el desmejorado círculo familiar, Farrel se reencuentra con su madre. La halla enferma, ya decrépita, tendida en una cama y también afectada de sus condiciones mentales. El momento en el que Farrel “conversa” con ella es gélidamente desgarrador, pues en unas cuantas palabras advierte que el reencuentro será frustrante. Su madre ya ni lo reconoce, lo mira casi con indiferencia desde su vulnerable ancianidad.
Así como llega, en encuadres eternos y lentos, con la eternidad y la lentitud que retrata fielmente un lugar del mundo en el que la vida es desolación, Farrel abandona el pueblo. Antes de partir, de casualidad ve a Analía y le regala un llavero grande, metálico y rojo, que dice la palabra “Liverpool”. No es, claro, un filme que acomode al gusto estandarizado de hoy, un gusto formado por la vertiginosa estética de Hollywood. Pese a ello, Liverpool logra con creces su propósito: en la desolación del paisaje vemos la desolación del ser humano, la desdicha que suele provocar el regreso hacia el pasado.

Una bienvenida para La Otra



“Al final sólo tenemos lo que hemos dado”, ha escrito mi amigo el poeta colimense Rogelio Guedea. Esas palabras pueden servir de epitafio para la recién extinta revista Alforja, publicación que al final, en efecto, tuvo muchísimo, todo lo que dio a la literatura en general y a la poesía en particular. Y eso que dio no es pasajero: se queda como herencia de cientos, tal vez miles de lectores que la acariciaron en su soporte de papel y todavía hoy pueden apreciarla en su hemeroteca internética. El aprecio por la poesía en su más alta valoración es el legado de Alforja y sus muchos colaboradores, quienes no contentos con el esfuerzo de once años continuos han cerrado una cortina para abrir de inmediato otra, la de La Otra, revista que esta noche nos convoca a lidiar con amor por el género literario más extraño y poderoso creado por el hombre: la poesía.
La Otra no es Alforja, han aclarado sus editores. Cierto. Alforja fue, es, será Alforja, y su lugar entre las revistas literarias mexicanas modernas ya no se lo quita nadie, como nadie ahora le regatea un nicho de importancia a Savia Moderna o Taller o Letras de México o Plural o la Revista de la Universidad o Vuelta. El tiempo se encargará de confirmar que Alforja ya convive con sus congéneres ilustres, pues once años de entregas especializadas en poesía no cualquiera los aguanta con tan alta y pareja calidad. Pero todo lo que empieza, concluye, como bien observa Perogrullo, y Alforja ha expirado casi con alegría, pues uno de sus sarmientos ha dado nueva mata para ser, a un solo tiempo, la misma y sin embargo La Otra, un proyecto con análogo propósito pero con estrategias distintas para seguir siendo terreno donde la poesía eche raíz y crezca y dé frutos, tantos como los que ya comenzó a dar desde su salida inaugural.
En su ejemplar de estreno, lo más evidente es el cambio de formato, una variación simple, pero que de inmediato marca el camino distinto que pretende seguir la rama en relación al tronco. El cintillo pasó a ser explícitamente más abarcador, pues de “Revista de poesía” pasó a ser “Revista de poesía+artes visuales+otras letras”. Eso significa que La Otra tomará la estafeta que de alguna forma recibe de su predecesora, pero ahora con el deseo de convidar públicos cercanos al hacer poético, como es el caso de las artes visuales.
Eduardo Lizalde es el centro del La Otra en su salida de presentación. José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y Alfredo Fressia, responsables de la revista, han elegido con puntería el tema eje, pues los ochenta años de vida de Lizalde son motivo suficiente para levantar un homenaje con varios acercamientos a su vida y obra condensados en una sección inmejorablemente titulada “Las 80 rayas del tigre”. Allí hay siete subsecciones que ayudan a delimitar los territorios pisados por Lizalde; Evodio Escalante, Marco Antonio Campos, Juan Manuel Roca, Rosario San Miguel y Luis Antonio de Villena observan la trayectoria seguida por el autor de Cada cosa es Babel y nos ayudan a reconsiderarlo una de las cumbres vivas del mapa poético nacional. Segmento revelador es el que los editores han abierto para cuatro cercanos de Lizalde (Salvador Elizondo, Ernesto Mejía Sánchez, Octavio Paz y Ramón Xirau), quienes nos acercan al compañero de andanzas literarias, más que al poeta admirado desde la lejanía; concluye la sección con un zarpazo del propio tigre, unos “Poemas de mi libreta Moleskine”.
Como en los mejores momentos de Alforja, La Otra indaga en otras latitudes y aproxima a los lectores mexicanos un condensado descriptivo y crítico sobre poesía italiana contemporánea. Esta labor de difusión y acercamiento, por lo regular asumida sólo en soporte bibliográfico, se agiliza sobremanera gracias a la publicación periódica y es de esperar que en lo venidero La Otra siga estableciendo las coordenadas de la poesía mundial en síntesis como la publicada en el número uno, sondeo firmado por Emilio Coco y aderezado con muestras de poesía de reciente acuñación. Cierra el apartado una entrevista, “Ser poeta en el sur”, a Lino Angiuli.
En el orden del cintillo incorporado al cabezal de La Otra, la sección de artes visuales presenta un asedio a la obra de Alejandro Mojica Díaz muy bien complementado con reproducciones a color, de libro de arte. Otros apartados, reseñísticos algunos, con prosa amena otros (como el de Óscar de la Borbolla), terminan por redondear La Otra, revista a la que sin duda le damos la mejor de las bienvenidas y le deseamos el trabajo fructífero del linaje al que pertenece.
Vale decir, por último y a manera de complemento necesario, que Sinaloa es un estado de nuestra república que nunca deja de hacer ruido. Por allá nació la música de banda, que con todas sus variantes es hoy uno de los ritmos más reconocibles de la norteñidad mexicana; por allá se han dado muchas de las misses que apenas son una muestra de las chuladas de chuladas que nacen en sus matas; por allá se juega el mejor beisbol del país; por allá nació el más grande ídolo cinematográfico del país; por allá también nació la mejor cantante del género ranchero; por allá fue acuñado el santo extraoficial más emblemático de la narcada; por allá, a propósito, hay una tensión grande y permanente por el clima de violencia. Menos conocido y más importante es, creo, el trabajo cultural que por décadas han ofrecido los gobiernos y la Universidad Autónoma de Sinaloa: de por allá son varios concursos literarios nacionales de importancia; de por allá son dos de los narradores con obra más significativa del norte bronco (Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez) y ahora, gracias a una labor de coedición entre La Cabra Editores y la Universidad de Sinaloa, aparece La Otra, revista con énfasis en la poesía que esta noche, con inmenso gusto y mejores deseos de éxito, presentamos en Durango.
o
Nota del editor: Reseña leída en la presentación de La Otra celebrada en Durango el pasado 27 de febrero. Participaron los maestros José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y el autor de este comentario.

jueves, marzo 05, 2009

Recepción del Villaurrutia 2008



El maestro Adolfo Castañón me ha enviado y permitido publicar su discurso de recepción del premio Villaurrutia 2008, galardón que recibió por su libro Viaje a México (Iberoamericana, 2008). Desde hace algunos meses me honra con un trato epistolar que, aunque breve, no deja para mí de ser enriquecedor:

“Si bebe agua de este pozo nunca saldrá del pueblo”
Premio Xavier Villaurrutia 2008
Viaje a México

Muchos leen un libro teniéndolo en su poder
y no saben qué leen ni saben entender
Otros poseen cosas preciadas de valor
pero no las estiman cual deberían hacer.

El Arcipreste de Hita
Décimo tercera Dama
La Marja Doña Gómez

La historia de Viaje a México se podría remontar a varios momentos: En un extremo, hasta poco antes del nacimiento del autor, cuando, a fines de 1951, se encontraron un domingo por la mañana, las miradas de la Dra. Estela Morán Núñez y el Lic. Jesús Castañón Rodríguez y poco tiempo después decidieron vivir juntas en los ojos del hijo futuro; en el otro, cuando Klaus D. Vervuert decidió proponerme en diciembre de 2005 que le diera un texto para que formara parte de su catálogo —sin saber yo que con ese libro se iniciarían las actividades de la editorial Iberoamericana en México en colaboración con Juan Luis Bonilla y Benito Artigas.
En medio, otros momentos, por ejemplo: cuando (hacia 1966) llegó el primer extranjero —un francés filósofo exdiscípulo de Michel Serres— que trabajaba en Nueva York como taxista— a pasar una temporada a casa de mis padres. O bien cuando salí en una excursión hacia Oaxaca en una motocicleta BMW para ver el eclipse total de sol con Enrique Alatorre —el hermano menor de Antonio—,Yolanda, su esposa y sus hijos Argel e Iris, Moisés Gamero y Jacobo Chenzinsky, quienes me hicieron sentir, por su forma tan distinta de ser, acaso influida por Erich Fromm, Ejo Takata, el monje zen, o por sus amigos intelectuales tal Jorge Ibargüengoitia o José de la Colina, como ajeno a mi propia familia, peregrino en mi patria o en fin, cuando recibimos en a la mítica y chimuela Alcira Soust Scaffo —evocada por Elena Poniatowska y por el infrarrealista Roberto Bolaño—; casi todo un año hasta que un día mi madre, Santa Dentista, le dijo que tenía que escoger entre irse de la casa o dejarse arreglar la boca —Alcira comprendería bien que no era una buena publicidad para alguien de ese oficio (“en casa del herrero…”) tener en casa a una belleza desdentada.
Detrás del libro Viaje a México discierno una cuestión ética o, para decirlo con Paul Ricoeur, del sí mismo como otro. En la composición del manuscrito se fueron primero sumando y luego restando muchos textos (una primera versión incluía 82 textos y más de 500 páginas tamaño carta) hasta dar con la forma del libro en cuestión que sólo incluye 39 y tiene menos de 375 pp. Entre sus páginas palpita la pregunta: ¿quién soy?, ¿de dónde venimos? A mí ciertamente me costó trabajo darme cuenta de que la biblioteca de mi padre —a quien está dedicado uno de los capítulos del libro— no era México sino que estaba en México y que él era, para decirlo pronto, un hijo de su circunstancia, nacido en 1916, —un año antes de la Constitución de 1917 a la que cuidaba como una hermana menor—, formado en la escuela nacional preparatoria de San Ildefonso y en la Facultad de Derecho bajo la tutela de sus maestros Virgilio Domínguez, mi padrino Adolfo Menéndez Samará —cuyo nombre llevo—, Eduardo García Maynez, César Sepúlveda y Antonio Martínez Báez. Compañero de escuela de Ricardo Garibay, Manuel Calvillo, Gastón García Cantú, Jesús Reyes Heroles, Moisés González Navarro y Susana Francis, en fin, amigo de Manuel Porrúa, Andrés Henestrosa, René Avilés (padre) y Raúl Noriega Ondovilla.
Me costó, como digo, trabajo, años, diría la longevidad, darme cuenta de que ese señor que presumía de haber visto a los Octavios —Barreda y Paz— en el Café París junto con León Felipe, Jorge Cuesta, Alí Chumacero y Xavier Virraurrutia, era mi padre y que no sólo había nacido en México sino, que en algún momento de su vida, había decidido hacerse mexicano, ser “voluntario de México”, como diría Alfonso Reyes con quien, por cierto tomó el curso de invierno 1941-1942, sobre La antigua retórica, según consta en un diploma de la Universidad Nacional Autónoma de México, fechado el 15 de febrero de 1942 y firmado por el Rector Mario de la Cueva.
¿Cómo le había hecho? ¿Cómo le habían hecho para sentirse a gusto en el país y no salir corriendo de aquí o vivir alimentándose del odio al país natal, para citar a Leopardi, o fingir que vivían en otra parte?
Durante mucho tiempo traje enterradas estas preguntas como aguijones en la garganta. A veces en la noche, me despertaba con un sentido de asombro y extrañeza, como si hubiesen cantado en mi interior, uno después de otro, los gallos de Sócrates y de San Pedro: ¿Qué hago aquí? ¿De qué se trata esto? Y por la mañana al ver a la gente en la calle, tan atareada y ensimismada, o tan despreocupada como alegre comadre de Windsor, me preguntaba si no estaría disimulando, si no sentiría en el fondo lo mismo que yo.
De niño prefería la compañía de los amigos de mi padre o de las amigas de mi madre a la de los muchachos de mi propia edad. Pero a partir de que en la adolescencia empezaron a llegar a mi casa visitantes extranjeros, me incliné hacia esos extraños y me transformé en guía de forasteros. Por una razón: esa gente —digamos la psicóloga canadiense a la que acompañé a Guanajuato— no sólo me divertía sino que, en cierto modo, me ayudaba a sobrevivir y alimentarme, me enseñaba, por ejemplo, que las alegrías de amaranto y obleas pintadas de colores que se vendían por la calle y que mucho antes habían servido de adorno comestible en los altares sacrificiales prehispánicos, como panes de panespemia, eran apetitosas; que aquellas vasijas metálicas llenas de granos de maíz eran sabrosas aunque en casa no comiéramos ezquites…; que las peregrinaciones religiosas podrían ser interesantes sobre todo si no se era creyente…; en fin, que se podía ir a una iglesia no a rezar ni a confesarse sino a tomar clases de historia del arte.
Estas experiencias me llevarían a leer como si fueran libros de aventuras —y de hecho lo eran— los relatos de los viajeros extranjeros por México o que aquí se reencontraron a sí mismos con todo y su desarraigo y desconcierto: D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Aldous Huxley, Antonin Artaud, la Marquesa Calderón de la Barca, y desde luego, mucho más tarde, el Viaje a México de Paul Morand, traducido por Xavier Villaurrutia. Por cierto, el francés Paul tiene en común con el mexicano Castañón un rasgo: como mi segundo apellido es Morán, los dos viajes a México son obra de un Moran(d).
A la pregunta de quién soy la acompañaba en paralelo otra: ¿y quiénes son esos multitudinarios que se dicen mexicanos y se ufanan de serlo? ¿De dónde les viene ese orgullo de vivir en un país donde la vida no vale nada pero donde se hacen peregrinaciones a la Virgen? ¿No tienen vergüenza? ¿Qué les dieron? Y me venía a la mente una voz como de leyenda: “si bebe agua de este pozo, nunca saldrá del pueblo”. Me preguntaba dónde estaba el pozo. Tuve que dar largos rodeos. Para abreviar, diré que tuve la fortuna de tener, además de mi padre, algunos maestros y amigos. A muchos de ellos le dedico ensayos o retratos en Viaje a México o aparecen mencionados en sus páginas: Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Luis Martínez, Ernesto Mejía Sánchez, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid, José de la Colina, Alejandro Rossi, Leopoldo Zea, Jaime Reyes, Elsa Cross, Huberto Batis, Jaime García Terrés, José Luis Rivas, Christopher Domínguez, Guillermo Sheridan. ¿No será casual que muchos de ellos hayan sido premios Xavier Villaurrutia?
¿Dónde estaba ese pozo? Tomaré un ejemplo. Octavio Paz en su libro Xavier Villaurrutia en persona y en obra lee unos versos del autor de Nostalgia de la muerte en que descubre la presencia de otros escritores como en un palimpsesto. Así discierne a Jules Supervielle tras un poema de Xavier Villaurrutia quien mejora la fuente de su inspiración:

Saisir
Saisir, saisir le soir, la pomme et la statue,
saisir l’ombre et le mur et le bout de la rue.

Saisir le pied, le cou de la femme couchée
Et puis ouvrir les mains. Combien d’oiseaux lâchés,

Combien d’oiseaux perdus qui deviennent la rue,
l’ombre, le mur, le soir, la pomme et la statute.

El poema de Xavier tiene trece líneas, está en versos libres sin rima y a partir de la tercera línea la semejanza con el poema de Supervielle empieza a disiparse hasta desaparecer del todo en las siguientes. Los elementos del poema de Villaurrutia son muy distintos y hasta opuestos —fichas en lugar de pájaros— y su movimiento general consiste en una metamorfosis que se revela como una condenación: la estatua despierta sólo para decir que está muerta de sueño. El poema de Supervielle es crepuscular, el de Villaurrutia es un nocturno (…)

Nocturno de la estatua

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo,
Hallar en el espejo la estatua asesina,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una herramienta imprevista
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.

Paz, en ese hermoso libro cuadrado color violeta de 16 cm de ancho X 22 cm de alto y 1 cm de grosor, que lleva 10 ilustraciones de Juan Soriano —tan amigo de Xavier Villaurrutia— y acompaña una elegante iconografía y fue impreso el 25 de agosto de 1978 en la Imprenta Madero bajo la mirada vigilante de Vicente Rojo, Paz da, en ese ensayo, distintas claves para entender el vaivén entre tradición, traducción y talento individual. Un vaivén que apuesta siempre al enriquecimiento y está gobernado por la búsqueda de lo excelso.
“’Suite del insomnio’ —dice más adelante Paz— revela una lectura atenta de Tablada y en Aire y Cézanne hay ecos de Carlos Pellicer”. Casi se podría decir que a Paz —y con razón— sólo le interesaba un poema o un poeta en la medida en que éste sabía pulsar los armónicos invisibles de la tradición, para echar mano de la fórmula del crítico y filólogo Amado Alonso.
Al publicar en 1978 —hace 31 años— una modesta reseña de este libro de Paz advertía y señalaba al paso que este ensayo “no sólo [es] un comentario sobre la obra de Villaurrutia sino —lo cual es mucho más importante— el texto más acusadamente villaurrutiano de Octavio Paz, un texto donde, para decirlo con la voz de Paul Valéry, desde las profundidades del juez, nos habla el culpable”. Era un paso —ya se ve— alambicado y barroco como el mío adolescente. Paz me llamó de inmediato por teléfono para agradecérmela pero en su comentario oral me dijo algo sobre la observación en cuestión que yo traduje en mi interior como “por ahí va la cosa”. Iba en efecto por ahí. Con los años descubriría que, sin salirnos de Paz, detrás del Nocturno de San Ildefonso estaba el San Ildefonso de Alfonso Reyes y que, antes de La otra voz del autor de Los hijos del limo, estaba la plaquette Otra voz de Alfonso Reyes y que detrás del “Óyeme como quien oye llover” de Paz había versos de Bergamín y, ¿quién lo diría?, de Unamuno. Pero, volviendo a Xavier Villaurrutia, atrás o debajo de algunos de sus versos sonámbulos yacen o se yerguen no sólo Ramón López Velarde, Jules Supervielle o Paul Valéry, sino los nuestros: Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, Leopoldo Lugones, Rubén Darío y el propio Alfonso Reyes. Años después yo descubriría —atención tesistas— que del libro en cuestión Xavier Villaurrutia en persona y en obra sólo sobrevivieron en el ensayo recogido en el Vol. IV “Generaciones y semblanzas” de las Obras completas de Paz unos cuantos fragmentos. Además, se rescata en ese libro uno de los últimos poemas que Xavier Villaurrutia escribió. El poema se encontraba en la última página de Libertad sobre palabra, en el ejemplar que Paz le había regalado a Xavier Villaurrutia y que a la muerte de éste le fue caballerosamente restituido por Elías Nandino, “Xavier —dice Paz— lo había mandado empastar y lo había anotado con cuidado. En la última página había escrito con su letra clara y menuda, un poema de cuatro líneas, probablemente uno de los últimos que escribió: Palabra. Lo leo como un oblicuo comentario a mi libro y a la poesía:
o
“Palabra que no sabes lo que nombras.
Palabra, ¡reina altiva!
Llamas nube a la sombra fugitiva
de un mundo en que las nubes son las sombras”.

Hasta donde sé el poema “Palabra”, recogido por Octavio Paz, no se encuentra todavía reproducido en las Obras completas de Xavier Villaurrutia recopiladas por Miguel Capistrán, Luis Mario Shneider y Alí Chumacero para el Fondo de Cultura Económica.
Esta agua, como la he llamado, es la de la tradición y la traducción y aquí ya debería empezar a hacer trazos con el otro lado del lápiz. Todo lo que no es plagio es tradición, sentencia la voz solar y cruel de Eugenio D’Ors. Dicho de otro modo y toda proporción guardada, de la misma manera en que es imposible concebir algo que esté fuera de la naturaleza —pues el progreso y la industrialización son en primer lugar síntomas de esas fuerzas titánicas que mueven y sacuden la gran cadena del ser—, de esa misma manera, resulta difícil decir o escribir algo que no tenga un parentesco o un modelo con enunciados previos, es decir, tradición. Pero, ya se sabe, al menos desde Juan de Mairena: sin excepción, no hay regla.
Esa dificultad desafiante como esfinge tiene un nombre o si se quiere una máscara: se llama el presente, se llama uno mismo. ¿Cómo llegar a eso que casi no existe y que se encuentra, como diría Octavio Paz, al final de su ensayo sobre Xavier Villaurrutia, entre, entre el pasado y el porvenir?

“En esa zona vertiginosa y provisional que se abre entre dos realidades, ese entre que es el puente colgante sobre el vacío del lenguaje, al borde del precipicio, en la orilla arenosa y estéril, allí se planta la poesía de Villaurrutia, echa raíces y crece. Prodigioso árbol transparente hecho de reflejos, sombras, ecos.
El entre no es un espacio sino lo que está entre un espacio y otro; tampoco es tiempo sino momento que parpadea entre el antes y el después. El entre no está aquí ni es ahora. El entre no tiene cuerpo ni substancia. Su reino es el pueblo fantasmal de las antinomias y las paradojas. El entre dura lo que dura el relámpago (…)
El entre es el pliegue universal. El doblez que, al desdoblarse, revela no la unidad sino la dualidad, no la esencia sino la contradicción. El pliegue esconde entre sus hojas cerradas las dos caras del ser; el pliegue, al descubrir lo que oculta, esconde lo que descubre; el pliegue, abrir sus dos alas, las cierra; el pliegue dice No cada vez que dice Sí; el pliegue es su doblez: su doble, su asesino, su complemento. El pliegue es lo que une a los opuestos sin jamás fundirlos, a igual distancia de la unidad y de la pluralidad. En la topología poética, la figura geométrica del pliegue representa al entre del lenguaje: al monstruo semántico que no es ni esto ni aquello, oscilación idéntica a la inmovilidad, vaivén congelado. El pliegue, al desplegarse, es el salto detenido antes de tocar la tierra —¿y al replegarse? El pliegue y el entre son dos de las formas que asume la pregunta que no tiene respuesta. La poesía de Villaurrutia se repliega en esa pregunta y se despliega entre las oposiciones que la sustentan:
o
¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?" (1)

¿Cómo llegar a uno mismo y salir del solitario laberinto que es el pecho y de la caverna platónica de la mente? ¿Cómo mirarse al espejo? ¿Cómo conocer y cómo reconocer? Se necesita una mirada, la de otro, la del prójimo, la mirada del otro. Por eso me ha dado tanta alegría este Premio Xavier Villaurrutia que, como tantas cosas en mi vida, llegó rodeado de un ramo florido de coincidencias y casualidades. “Xavier se escribe con equis” yo estaba en Oaxaca cuando mi amiga, Ma. Teresa Franco, Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, me llamó para anunciármelo. La primera persona a quien hablé fue a mi amigo, el librero Enrique Fuentes, quien me dijo: “Te tengo una sorpresa”, yo también, le respondí, ¿Cuál es la tuya?: “Tengo para ti un ejemplar de Laurel [la antología de poesía hispánica hecha por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados, Juan Gilbert y publicada por la editorial Seneca] ¿Y tu sorpresa?”. A mí me dieron un Laurel, el Premio Xavier Villaurrutia 2008. Por supuesto, nos reímos. Los días siguientes, al ver la prensa en distintos periódicos, aparecía junto a mi nombre y la noticia del Premio, la noticia de la muerte del pintor Andrew Wieth, autor del cuadro El mundo de Cristina de 1948, cuadro que muestra una mujer arrastrándose en un campo vacío dominado por dos casas. Da la casualidad que tengo una reproducción ese cuadro exactamente frente a mí, en mi escritorio de Copilco. Hubo otras coincidencias cuya exposición le ahorro al público pues este género —el de las causalidades— puede ser muy tedioso para quien no se encuentra atrapado en su red. El Premio Xavier Villaurrutia significa para mí un acto de reconocimiento por parte de un grupo de escritores que leen, representados por Silvia Molina, Daniel Leyva y Federico Patán, Enzia Verduchi hacia un lector que escribe. Un jurado de lujo auspiciado por la Sociedad Alfonsina organizadora de este premio.
Reconocimiento es una palabra preñada de implicaciones poéticas y filosóficas: Luego de su travesía Ulises es reconocido por su perro, su criado, su esposa y su hijo; Atenas reconoce a Sócrates a través de la cicuta; Antígona se entrega a la muerte porque la ciudad no quiere reconocer el cadáver de su hermano como hijo de la ciudad; Jesucristo reconoce a Judas en el tiempo mítico en que le anuncia a San Pedro que lo negará tres veces. La universidad reconoce a sus maestros e investigadores eméritos, mientras que el médico, a su vez, practica a sus pacientes otro tipo de reconocimientos.
Ni Xavier Villaurrutia, ni Gilberto Owen, ni José Gorostiza, ni Jorge Cuesta tuvieron ningún premio, en aquellos tiempos había mecenazgo pero no había becas, ni estímulos. Sin embargo, fueron reconocidos, es decir, leídos y saludados, por Alfonso Reyes, Octavio Paz, Alí Chumacero y José Luis Martínez, quienes no sólo los leyeron y releyeron, los transcribieron sino que los reescribieron y hasta reeditaron (con Martínez y García Terrés) —esa forma de salvar— sus obras y sus revistas.
El secreto de la fama, para evocar el nuevo título de Gabriel Zaid, no estaba tan mercantilizado ni tan amenazado por los discursos ideológicos y partidarios como ahora y el papel del escritor como ciudadano no estaba tan sujeto al Cheque y carnaval, título de mi segundo libro que tuve el honor de ver reseñado por Francisco Zendejas, en su columna de Excélsior, fundador de este Premio Xavier Villaurrutia cuya sombra saludo desde aquí, junto con la presencia de Alicia Zendejas, al entrar a su casa como hijo pródigo en este martes de carnaval.
La salud de una ciudad se puede medir por la calidad de sus reconocimientos, y la mexicana le debe a la Sociedad Alfonsina, a sus fundadores e integrantes un agradecimiento por haber sabido dar consistencia y continuidad a este reconocimiento. Yo se lo debo a las letras que alguna vez aprendí a deletrear en las rodillas de mi madre y los brazos de mi padre y en los escritorios de mis maestros y amigos, también se lo debo a mi familia y a mi esposa Marie Boissonnet quien me acompaña desde hace casi 35 años y al apoyo de mis asistentes.
Gnosis y anagnorisis, conocimiento y revelación— que tengo el honor de recibir de manos de mis amigos y lectores [Silvia Molina, Daniel Leyva, Federico Patán, Alicia Zendejas, Enzia Verduchi y María Teresa Franco]. Muchas gracias.

1 Octavio Paz, “Xavier Villaurrutia en persona y en obra”, Generaciones y semblanzas, Obras completas, tomo 4, Circulo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 2003, p. 277.