sábado, febrero 21, 2009

Tiempo para Mempo



Pasé el mediodía del 23 de mayo de 2004, mi cumpleaños cuarenta, en un restaurante de Tucumán, Argentina. Acompañado por David Lagmanovich y su esposa, y los ensayistas Enrique Foffani y Juan Pablo Neyret, la charla nos llevó, no sé cómo, al soneto, y allí pude recordar el de Renato Leduc titulado “Tiempo” que luego cantaron José José y Marco Antonio Muñiz. Para mi asombro, la pavorosa erudición de David no lo conocía, y lo glosé como pude: doce de sus versos terminan en la palabra tiempo, que no tiene consonante… y todo eso (“Sabia virtud de conocer el tiempo; / a tiempo amar y desatarse a tiempo…”). David, con su ingenio habitual, acuñó un endecasílabo veloz: “Lo comparto con Giardinelli, Mempo”. Reímos, porque en efecto “Mempo” rima juguetonamente con “tiempo”.
Recuerdo la anécdota porque a propósito de lo que vivimos ahora, la militarización, he querido releer Luna caliente. Hace algunos años le hinqué el ojo, y escribí una reseña que quizá, si la rehidrato, convide a su lectura. Sé que es una novela breve y espléndida. Vaya entonces “Luna caliente o el horror en Resistencia”.
Sabía de ella desde el ochenta y tantos, cuando le otorgaron un premio de novela en México, pero no la había encontrado en nuestras desnutridas librerías. Hace unas semanas la compré en una edición de bolsillo y su lectura me confirmó su éxito de hace dos décadas: Luna caliente, novela corta del escritor Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, Argentina, 1947), en una obra de arte torneada con la arcilla del horror. Su extraordinaria trama, para empezar, es una rara y viscosa y atractiva mezcolanza de relato negro, político, erótico y hasta filosófico, lo que permite leerla de un alucinado jalón, virtud que en estos tiempos de apremio es muy agradecible.
Giardinelli no es muy conocido en México. Su ficha internética declara que ha publicado La revolución en bicicleta (novela, 1980), El cielo con las manos (novela, 1981), Vidas ejemplares (cuentos, 1982), El género negro (ensayo, 1984), Qué solos se quedan los muertos (novela, 1985), El castigo de Dios (cuentos, 1994), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional “Rómulo Gallegos” 1993) e Imposible equilibrio (novela, 1995). Fundó y dirigió la revista Puro cuento entre 1986 y 1992.
Luna caliente narra, en tiempo objetivo, dos o tres días en la vida de Ramiro, doctor en derecho graduado en una universidad francesa. Ramiro habita su mejor momento: tiene un título rimbombante, ha regresado al Chaco tras ocho años de ausencia y sabe que es joven y capaz, así que nada parece impedir su ascenso rápido en la vida pública de aquella ardiente zona del noreste argentino, precisamente donde el país de las pampas se junta con las voraces selvas del Paraguay. El joven exitoso es invitado a cenar en casa de un doctor que fue amigo de su padre, y allí, entre bocado y bocado, reencuentra a Araceli, ahora una adolescente de trece años que, como el Tadzio de Muerte en Venecia, despierta, en el pegajoso clima del Chaco, los confusos y bochornosos instintos del protagonista, un Gustav von Aschenbach criollo.
Lo que sigue en la trama es imprevisible, y a partir de allí irrumpe el horror: en la madrugada, Ramiro abusa de Araceli y cree matarla para evitar que hable. Al tratar de huir, el padre alcohólico de la adolescente, sin saber del siniestro, sigue a Ramiro y le pide buscar una tabernucha para continuar tomando cañas. Es el 77, los sorprende la policía represora de la dictadura, pero al no hallar evidencia de nada, los deja ir. La trama se complica en este punto: Ramiro elimina al viejo dipsómano y prosigue su huida. Todo le deja ver que, según lo sucedido, puede desviar la atención sobre el asesino de Araceli (inculpar a su padre) y luego dejar correr la hipótesis de que el médico se suicidó. Pero el asunto no es sencillo: los sabuesos de la policía argentina de esos tiempos negros y teñidos de sangre por la represión política le dicen que si confiesa el sistema lo ayudará, pues como doctor graduado en Francia puede servir al régimen dentro de la universidad. Ramiro no coopera, pues está obsesionado en no delatarse. La noveleta sufre otra vuelta de tuerca con la reaparición, vivita y seductora, de Araceli, quien por su precoz voracidad sexual encubre a Ramiro y todo se complica más.
Dejó la trama en este punto, para no regalar demasiado el magnífico cierre de la historia. Lo importante, en todo caso, y más allá de la brillante sucesión de los acontecimientos que ya enumeré, es de admirar la forma en la que Ramiro, el profesionista equilibrado, el abogado con futuro luminoso, el joven de éxito seguro, se desfigura cuando aúllan en él las hienas del deseo. Como en Muerte en Venecia, insisto, la rectitud que impone la Cultura con mayúscula se ve bruscamente trastrocada por la insubordinación del ello, del salvajismo íntimo que, lo queramos o no, es parte inherente de la condición humana. Por eso Giardinelli, en una pausa reflexiva de la narración, anota que “Un hombre en el límite es capaz de todo. Y él [Ramiro] había llegado al límite”.
Luna caliente es una novela corta excepcional. Ahora que han tenido tanta resonancia mediática los crímenes pasionales e impulsivos, leer esta ficción de Mempo Giardinelli es una experiencia tan placentera como abrumadora.
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Luna caliente, Mempo Giardinelli, Byblos, Barcelona, 2005, 156 pp.